libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Verne, Julio (1828-1905)) Escritor francés. Julio Verne nació en Nantes el 8 de febrero de 1828. Se escapó de su casa a la edad de 11 años para ser grumete y más tarde marinero, pero, prontamente atrapado y recuperado por sus padres, fue llevado de nuevo al hogar paterno en el que, en un furioso ataque de vergüenza por lo breve y efímero de su aventura, juró solemnemente (para fortuna de sus millones de lectores) no volver a viajar más que en su imaginación y a través de su fantasía. Una promesa que mantuvo en más de ochenta libros que, según un informe publicado a principios de 1972 por la prestigiosa revista francesa Paris Match como resultado de una investigación realizada por la UNESCO, han sido traducidas a 112 idiomas, lo que coloca a Verne en segundo lugar en la lista de vendedores de éxitos detrás de otro autor de producción más reducida pero mucho más densa (Karl Marx, traducido a 133 idiomas). Su adolescencia transcurrió entre continuos enfrentamientos con su padre, a quien las veleidades exploratorias y literarias de Julio le parecían el todo ridículas, y los continuos desaires de su prima Caroline, que sumen al joven Julio en profundas crisis de melancolía. Alfinconsigue trasladarse a París donde empieza a codearse con lo más granado de la intelectualidad del momento, Victor Hugo, Eugenio Sue, etc., y consigue la amistad y protección de los Dumas, padre e hijo. En 1850 acaba sus estudios de derecho y su padre le conmina a volver a Nantes. Pero Julio se resiste, afirmándose en su decisión de hacerse un profesional de las letras. Es por esta época cuando Verne, influenciado por las increíbles cotas que alcanzaban por aquel entonces ciencia y técnica, concibe el proyecto de crear la literatura de la edad científica, vertiendo todos estos conocimientos en relatos épicos, ensalzando el genio y la fortaleza del hombre en su lucha por dominar y transformar la naturaleza Pero antes está la necesidad de comer y vestirse. Para conseguir el dinero que le es necesario, una vez que su padre le cortó el suministro del mismo, se centra en el teatro y en operetas, de calidad y éxito irregulares, pero en cualquier caso un trabajo agotador e insatisfactorio, puesto que le roba el tiempo necesario para el estudio de esas ciencias que tanto admira. En 1856 conoce a Honorine de Vyane, con la que se casa en 1857 tras establecese en París como agente de bolsa. Su carrera como tal no le resultó en absoluto satisfactoria, y así Verne siguió el consejo de un amigo, el editor P. J. Hetzel, quien será su editor in eternum, y convirtió un relato descriptivo de Africa en la que sería la novela. CINCO SEMANAS EN GLOBO, (1863) fue un éxito fulminante y tuvo como resultado un espléndido contrato con Hetzel que garantizaba al joven e inexperto novelista (tenía 35 años cuando publicó su primer libro) la cantidad anual de 20.000 francos durante Los siguientes veinte años, a cambio de lo cual Julio Verne se obligaba a escribir dos novelas de un nuevo estilo cada año. El contrato fue renovado por Hetzel y más tarde por el hijo de éste, con el resultado de que, durante más de cuarenta años, Los voyages extraordinaires aparecieron en capítulos mensuales dentro de la revista MAGASIN D'EDUCATION ET DE RECREATION. Estaba claro que el destino de la obra de Verne, quien se anticipó a su tiempo con más lógica y acierto que la mayoría de los escritores del género a los que podemos considerar primitivos, con la única excepción de nombres como H. G. Wells, tenía que ser como éste, un auténtico filón para el arte que estaba naciendo al mismo tiempo que sus libros: el cine. La obra de Verne, en efecto, estará entre las más adaptadas dentro de la literatura (y en ese aspecto si que podemos decir que gana a Karl Marx) y desde LAS TRIBULACIONES DE UN CHINO EN CHINA hasta LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DIAS, los modos de adaptar su obra han sido también muy diversos, desde la aventura granguiñolesca a la francesa, como puede darse en el primer caso citado, hasta el gran espectáculo en pantalla grande y reparto estelar, como ocurre en el segundo. Pero son otros los títulos que han merecido un tratamiento más respetuoso y un acercamiento más profundo, como VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO, VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA o DE LA TIERRA A LA LANA (adaptada entre otros por George Mélies) que inspiraron lo que puede denominarse con toda justicia como el primer film serio de ciencia ficción posibilista realizado par los americanos en 1950, CON DESTINO A LA LUNA (Destination: Moon), una vez pasada la época de las delirantes fantasías de invasiones marcianas, venusianas, selenitas y de toda la retahila de catastrofismos, incluyendo el cheque de la Tierra con otro cuerpo estelar, con el que el cine USA se divirtió (y nos divirtió, todo hay que decirlo) durante la década de los 30 y los 40, que incluyó la adaptación de clásicos del comic (ya entonces considerados como tales) como Flash Gordon, el Capitán Marvel, Buck Rogers o Brick Bradford. Tan dotado para la ciencia ficción como para la aventura pura y simple (LOS HIJOS DEL CAPITÁN GRANT, MIGUEL STROGOFF), Verne une las dos vertientes en una de sus obras más sólidas y afortunadas, VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO, en la que nos presenta a uno de sus personajes más logrados, patéticos y humanos, el capitán Nemo (nadie), especie de trágico holandés errante que vaga sin rumbo de una parte a otra del mundo, en una sorprendentemente real anticipación de lo que en su día serán los submarinos atómicos, en su Nautilus. Pese a todo, la vida de Verne no fue fácil. Por un lado su dedicación al trabajo minó hasta tal punto su salud que durante toda su vida sufrió ataques de parálisis. Por si esto fuera poco era diabético y acabó por perder vista y oído. Su hijo Michael le dio los mismos problemas que él mismo había proporcionado a su padre y, desgracia entre las desgracias, sufrió una agresión por parte de uno de sus sobrinos, que le disparó un tiro a quemarropa dejándolo cojo. Su vida marital tampoco fue todo lo feliz que él hubiera deseado, y es comunmente admitido por todos sus biógrafos que mantuvo un matrimonio paralelo con una misteriosa dama, que sólo acabó cuando esta murió. Verne también se interesó por la vida política, llegando a ser elegido concejal de Amiens en 1888 por la lista radical, siendo reelegido en 1892, 1896 y 1900. Ideológicamente era decididamente progresista en todo lo que concernía a educación y técnica pero de un marcado caracter conservador, y en ocasiones reaccionario, en el aspecto político. Murió el 24 de Marzo de 1905 OBRAS: Alejandro VI (drama) 1847 La conspiración (drama) 1847 Abdallah (drama) 1849 Un drama bajo Luix XIV (drama) 1849 La Guimard (drama) 1850 Las mil y dos noches (drama) 1850 Las pajas rotas (comedia) 1850 Los sabios (drama) 1851 Quiridine (drama) 1851 La Torre de Montlhery (drama) 1852 Martin Paz 1852 Colin Maillard (opera) 1853 Lamentación de un pelo de culo de mujer (atribuído) 1854 Maestro Zacarías 1854 A orillas del Adur 1855 Guerra a los tiranos 1855 Les compagnons de la Marjolaine (opereta) 1855 Un invierno en los hielos 1855 Los felices del día (drama) 1856 El albergue de las Ardenas (opereta) 1860 Señor chimpacé (opereta) 1860 Once días de asedio (comedia) 1861 Cinco semanas en globo 1863 Viaje al centro de la Tierra 1864 De la Tierra a la Luna 1865 Geografía ilustrada de Francia y sus colonias 1866 Viajes y aventuras del capitán Hatteras 1866 Los hijos del capitán Grant 1868 Alrededor de la Luna 1870 El descubrimiento de la Tierra 1870 Veinte mil leguas de viaje submarino 1870 Una ciudad flotante 1871 Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el Africa austral 1872 El país de las pieles 1873 La vuelta al mundo en ochenta días 1873 Un sobrino en América (comedia) 1873 Amiens en el año 2000 1874 La vuelta al mundo en ochenta días (drama) 1874 Un experimento del doctor Ox 1874 El chancellor 1875 La isla misteriosa 1875 Miguel Strogoff 1876 El doctor Ox (opera bufa) 1877 Hector Servadac 1877 Las indias negras 1877 Historia de los grandes viajes y los grandes viajeros 1878 Un capitán de quince años 1878 Las tribulaciones de un chino en china 1879 Los quinientos millones de la Begun 1879 La casa de vapor 1880 Los Exploradores del siglo XIX 1880 Miguel Strogoff (drama) 1880 Diez horas de caza 1881 La jangada 1881 El rayo verde 1882 Escuela de robinsones 1882 Kebaran el testarudo 1883 El archipielago en llamas 1884 La estrella del sur 1884 Los restos del Cynthia (en colaboración con Pascal Grousset) 1885 Matias Sandorf 1885 Robur el conquistador 1886 Un billete de lotería 1886 El camino de Francia 1887 Norte contra sur 1887 Dos años de vacaciones 1888 El eje de la tierra 1889 Familia sin nombre 1889 Jornada de un periodista americano en el año 2889 1889 Cesar Cascabel 1890 La señora Branican 1891 Claudius Bombarnac 1892 El castillo de los carpatos 1892 Pequeño personaje 1893 Las magníficas aventuras del maestro Antifer 1894 La isla a hélice 1895 Clovis Dardentor 1896 Frente a la bandera 1896 La esfinge de los hielos 1897 El soberbio Orinoco 1898 El testamento de un excentrico 1899 Segunda patria 1900 El pueblo aéreo 1901 Las historias de Jean Marie Cabidoulin 1901 Los hermanos Kip 1902 Becas de viaje 1903 Dueño del mundo 1904 Un drama en Livonia 1904 El faro delfindel mundo 1905 La invasión del mar 1905 24 de marzo de 1905. Muere Julio Verne OBRAS POSTUMAS El volcán de oro 1906 La agencia Thomson & Cía 1907 El piloto del Danubio 1908 La caza del meteoro 1908 Los naufragos del Jonathan 1909 Ayer y mañana (recopilación de relatos) 1910 El secreto de Wilhelm Storitz 1910 La asombrosa aventura de la misión Barsac 1917 De Glasgow a Charleston El secreto de Maston Los grandes navegantes del siglo XVIII CLOVIS DARDENTOR Julio Verne I EN EL QUE EL PRINCIPAL PERSONAJE DE ESTA OBRA NO ES PRESENTADO AL LECTOR. Cuando los dos se apearon en la estación de Cette, del tren de París al Mediterráneo, Marcel Lornans, dirigiéndose a Juan Taconnat, le dijo: —¿Qué vamos a hacer mientras esperamos la partida del paquebote? —Nada— respondió Juan Taconnat. —Sin embargo, según la Guía del viajero, Cette, aunque no antigua, es una ciudad curiosa. Es posterior a la creación de su puerto, el término del canal Languedoc, debido a Luis XIV. —¡Y tal vez lo más útil que Luis XIV ha hecho durante su reinado!— respondió Juan Taconnat.— Sin duda el Gran Rey preveía que acudiríamos a embarcarnos aquí hoy 27 de Abril de 1895. —Ten formalidad, y no olvides que el Mediodía puede oírnos. Me parece lo más sabio que visitemos a Cette, puesto que en Cette estamos, sus canales, su estación marítima, sus doce kilómetros de muelles, su paseo regado por las límpidas aguas de un acueducto... —¿Has concluido?... —Una ciudad— continuó Marcel Lornans— que hubiera podido ser otra Venecia. —¡Y que se ha contentado con ser una Marsella en pequeño!— respondió Juan Taconnat. —Como tú dices, mi querido Juan, la rival de la soberbia ciudad provenzal; después de ella, el primer puerto franco del Mediterráneo que exporta vinos, sal, aguardientes, aceites, productos químicos... —Y que importa pesados como tú— respondió Juan Taconnat volviendo la cabeza. —Y también pieles, lanas de la Plata, harinas, frutas, bacalao, maderas, metales... —¡Basta! ¡Basta!— exclamó el joven, deseoso de escapar a aquella catarata de detalles que caía de los labios de su amigo. —Doscientas setenta y tres mil toneladas de entrada y doscientas treinta y cinco mil de salida— añadió el despiadado Marcel Lornans—, sin hablar de sus talleres de salazón de anchoas y sardinas; de sus salinas, que producen anualmente, de doce a catorce mil toneladas; de su fábrica de toneles, tan importante que ocupa a dos mil obreros y fabrica doscientos mil barriles. —En los que yo desearía fueses doscientas mil veces encerrado, amigo parlanchín. Y hablando en serio, Marcel, ¿qué puede interesar esa superioridad industrial y comercial a dos jóvenes que se dirigen a Orán con la intención de incorporarse al 5º de cazadores de África? —Todo es interesante en viaje— afirmó Marcel Lornans. —¿Y hay en Cette bastante algodón para que pueda uno taparse las orejas? — Paseando lo preguntaremos. —El Argelés parte dentro de dos horas— dijo Juan Taconnat—, y en mi opinión lo mejor es ir directamente a bordo del Argelés. Y tal vez tenía razón. ¿Cómo visitar con algún provecho en dos horas aquella ciudad siempre en auge? Preciso hubiera sido ir a la balsa de Thau junto al canal, al fin del cual está construida; subir por la montaña calcárea, solitaria entre la balsa y el mar, ese pilar de Santa Clara, ese flanco en el que la ciudad está dispuesta en forma de anfiteatro, y que las plantaciones de pino convertirán en bosque en un próximo porvenir. ¿No merece detener al turista durante algunos días aquella capital marítima sud—occidental que comunica con el Océano por el canal del Mediodía, con el interior por el canal de Beaucaire, y a la que dos líneas férreas, la una por Burdeos, la otra por el centro, unen al corazón de Francia? Marcel Lornans, sin embargo, no insistió más, y siguió dócilmente a Juan Taconnat, al que precedía un mozo empujando la carretilla de los equipajes. Tras corto trayecto llegaron al antiguo dique. Los viajeros del tren, que se dirigían hacia el mismo sitio que los dos jóvenes, estaban ya reunidos. Gran número do los curiosos, a los que siempre atrae la marcha de un barco, esperaban en el muelle, y no sería exagerado calcular el número en unos ciento para una población de 36.000 habitantes. Ésta posee un servicio regular de paquebotes para Argel, Orán, Marsella, Niza, Génova y Barcelona. Los pasajeros nos parecen muy avisados dando la preferencia a una travesía que favorece el abrigo de la costa de España y del archipiélago de las Baleares en el Oeste del Mediterráneo. Aquel día unos cincuenta iban a tomar pasaje en el Argelés, navío de dimensiones modestas— de ochocientas a novecientas toneladas—, que, dirigido por el capitán Bugarach, ofrecía todas las garantías deseables. El Argelés con sus primeros fuegos encendidos, y lanzando por su chimenea un turbión de humazo negro, estaba amarrado en el interior de la vieja dársena, a lo largo del muelle de Frontignan. Al Norte se dibuja, con su forma triangular, la nueva balsa, en la que termina el canal marítimo. En el opuesto está la batería circular que defiende el puerto y embarcadero de San Luis. Entre éste y la llave del dique de Frontignan, un paso fácil da acceso a la antigua dársena. Los pasajeros embarcaban por el muelle, en tanto que el capitán Bugarach vigilaba la colocación de los fardos bajo el puente. La cala, llena, no ofrecía un lugar vacío con su cargamento de aceite, de madera, de carbón, de salazones y de los vinos que Cette fabrica en sus almacenes, fuente de una exportación considerable. Algunos viejos marinos, con los rostros curtidos por la brisa, los ojos brillantes bajo espesas cejas, gruesas orejas orladas de rojo, balanceándose como si estuvieran sacudidos por constante vaivén, hablaban y fumaban en el muelle. Lo que decían era agradable para los pasajeros, a los que una travesía de treinta a treinta y seis horas no deja de emocionar. —Buen tiempo— afirmaba uno. —Brisa del Noroeste, que se mantendrá según parece decía otro. —Debe de hacer buen fresco en las Baleares— concluía un tercero sacudiendo la ceniza de su pipa. —Con este viento el Argelés andará sus once nudos por hora— dijo el piloto, que acababa de tomar posesión de su puesto a bordo del paquebote.— Además, con el capitán Bugarach no hay nada que temer. El viento favorable está en su sombrero, y no tiene más que descubrirse para lograrle. Aquellos lobos del mar mostraban mucha seguridad. Pero ¿quién no conoce el refrán marítimo que dice: Quien quiera mentir que hable del tiempo? Si los dos jóvenes no prestaban mas que mediana atención a estos pronósticos o si el estado del mar no les causaba inquietud alguna, la mayor parte de los pasajeros se mostraba menos indiferente o menos filósofa. Algunos sentían perturbados el estómago y el cerebro aun antes de haber puesto el pie a bordo. Entre estos últimos, Juan Taconnat hizo fijarse a Marcel Lornans en una familia que sin duda iba a debutar sobre la escena un poco movida del teatro mediterráneo, frase metafórica del más jovial de los dos amigos. Esta familia constaba de padre, madre e hijo. El padre era un hombre de cincuenta y cinco años, de cara de magistrado, por más que no pertenecía a la magistratura, patillas en forma de chuleta, la frente poco desarrollada, baja la estatura, unos cinco pies y dos pulgadas gracias a los zapatos de alto tacón; en una palabra, uno de esos hombres gruesos y pequeños, comúnmente designados con el nombre de “tapones de alcuza”. Vestía un terno de gruesa tela con diagonal dibujo, una gorra con orejeras cubría su cabeza canosa, y en una de sus manos llevaba un paraguas metido en su luciente funda, y en la otra la manta de viaje de atigrado color, rodeada por una doble correa. La madre tenía sobre su marido la ventaja de dominarle en algunos centímetros: era una mujer alta, delgada, de amarillo rostro, aire altivo, sin duda a cansa de su elevada estatura; los cabellos peinados en bandas, de un negro sospechoso cuando la mujer se acerca a los cuarenta; la boca delgada, las mejillas manchadas de un ligero humor herpético, y toda su importante persona envuelta en una capa de lana obscura forrada de petit gris. Un saco con cerradura de acero pendía de su brazo derecho, y un manguito de piel imitación de marta de su brazo izquierdo. El hijo era un joven insignificante, llegado a la mayor edad hacía seis meses, rostro inexpresivo, cuello largo, lo que, junto a lo demás, es frecuentemente indicio de estupidez nativa; bigote rubio que apuntaba; ojos sin vida, con anteojos de gruesos cristales de miope; cuerpo descuajaringado, sin saber qué hacer de sus brazos y piernas, por más que hubiera recibido lecciones de buenos modales; en una palabra: uno de esos seres nulos o inútiles que, para emplear una locución algebraica, llevan en sí el signo “menos” Tal era aquella familia de vulgares burgueses. Vivían de una docena de miles de francos de renta proveniente de una doble herencia, no habiendo, por lo demás, hecho nunca nada para aumentarla, ni tampoco para disminuirla. Naturales de Perpignan, habitaban una antigua casa sobre la Popinière, que alarga la ribera de Tet. Cuando eran anunciados en alguno de los salones de la Prefectura o de la Tesorería general, se hacía de este modo: “El señor y la señora de Desirandelle, y el señor Agatocles Desirandelle” Llegada al muelle ante el puentecillo que daba acceso al Argelés, la familia se detuvo. ¿Embarcarían inmediatamente, o esperarían paseándose el momento de la partida? Gran cuestión en verdad. —Hemos venido demasiado pronto, señor Desirandelle dijo la señora con disgusto.— Siempre te pasa lo mismo. —Y tú no dejas nunca de regañar, señora Desirandelle respondió el caballero. La pareja se llamaba siempre “señor y señora”, lo mismo en público que en privado, lo que sin duda creía el colmo de la distinción. —Vamos a bordo— propuso el señor Desirandelle. —¡Una hora más— exclamó la señora—, cuando tenemos que permanecer tantas en ese barco, que ya se balancea como un columpio! En efecto, aunque la mar estuviera, en calma, el Argelés experimentaba algún balanceo, debido al oleaje, del que la antigua balsa no está completamente libre por el rompeolas de quinientos metros construido a algunas encabladuras del paso. —Si estando en el puerto sentimos el mareo— respondió el señor Desirandelle—, mejor hubiera sido no emprender este viaje. —¿Cree, pues, el señor Desirandelle que, si no se tratase de Agatocles, hubiera yo consentido en él? —Entonces, puesto que está decidido... —Eso no es una razón para embarcarnos antes de tiempo. —Pero— observó el señor Desirandelle— sólo tenemos el suficiente para colocar nuestro equipaje, tomar posesión de nuestro camarote y elegir nuestro sitio en el comedor. —Bien; advierte— respondió la dama secamente— que el señor Dardentor no ha llegado aún. Y se enderezaba, a fin de extender su campo visual recorriendo con la mirada el muelle de Frontignan. Pero el personaje designado con el resplandeciente nombre de Dardentor no aparecía. —¡Eh!— exclamó el señor Desirandelle.— Ya sabes que Dardentor no hace lo que los demás... No le veremos hasta el último momento... Siempre se expone que se parta sin él. —¡Y si ahora ocurriese tal cosa!— exclamó la señora de Desirandelle. —¡No sería la primera vez! —¿Porqué ha abandonado la fonda antes que nosotros? —Iba, querida, a visitar a Pigorin, un viejo tonelero amigo suyo, y ha prometido que se reuniría con nosotros en el barco. Así que llegue subirá a bordo, y estoy seguro que no tendrá tiempo de resfriarse en el muelle. —Pero no ha llegado. —No tardará— replicó el señor Desirandelle, que se dirigió hacia el puentecillo. — ¿Qué piensas tú?— preguntó la señora de Desirandelle a su hijo. Agatocles no pensaba nada, por la sencilla razón de que nunca lo hacía. ¿Porqué había de interesarse en aquel movimiento marítimo y comercial, transporte de mercancías, embarque de pasajeros, en la agitación de a bordo que precede a la marcha de un paquebote? Emprender un viaje por mar, explorar un país nuevo, no provocaba en él esa alegre curiosidad, esa instintiva emoción tan natural en los jóvenes de su edad. Indiferente a todo, extraño a todo, apático, sin imaginación ni talento, se dejaba hacer. Su padre le había dicho: “Vamos a partir para Orán”, y él había respondido: “¡Ah!” Su madre le había dicho: “El señor Dardentor ha prometido acompañarnos”, y él había respondido: “¡Ah!” Ambos le habían dicho: “Vamos a permanecer algunas semanas en casa de la señora Elissane y su hija, a las que tú has conocido en su último viaje a Perpignan”, y él había respondido: “¡Ah!” Esta interjección sirve de ordinario para indicar la alegría, el dolor, la admiración, la lástima, la impaciencia; pero en boca de Agatocles hubiera sido difícil decir lo que indicaba, sino la nulidad en la estupidez y la estupidez en la nulidad. Pero en el momento en que su madre acababa de preguntarle lo que pensaba sobre la oportunidad de subir a bordo, o de permanecer en el muelle, viendo que el señor Desirandelle ponía el pie en el puentecillo, Agatocles había seguido a su padre, con lo que la señora de Desirandelle se decidió a embarcarse. Los dos jóvenes se habían ya instalado, en la toldilla de la embarcación. La agitación que allí reinaba les divertía. La aparición de tal o cual compañero de viaje hacía nacer en su espíritu esta o la otra reflexión, según el tipo de los individuos. La hora de la partida se aproximaba. El silbido del vapor desgarraba el aire. El humo, más abundante, se aglomeraba en el final de la chimenea, muy cercana al palo mayor, que había sido cubierto con su funda amarillenta . La mayor parte de los pasajeros del Argelés eran de nacionalidad francesa, que regresaban a Argelia. Soldados que iban a unirse a su regimiento, algunos árabes y algunos marroquíes con destino a Orán. Estos últimos, desde que ponían el pie sobre el puente, se dirigían a la parte reservada a los viajeros de segunda clase. En la popa se reunían los de la primera, para los que estaban destinados exclusivamente la toldilla, el salón y el comedor, que ocupaban el interior, recibiendo luz por una elegante claraboya. Los camarotes la recibían por medio de tragaluces de gruesos cristales lenticulares. Evidentemente, el Argelés no ofrecía ni el lujo, ni la comodidad de los navíos de la Compañía Transatlántica o de las Mensajerías marítimas. Los vapores que parten de Marsella para Argelia son de más toneladas, de marcha más rápida, de más propia distribución. Pero cuando se trata de una travesía tan corta, no hay que mostrarse exigentes. Y en realidad, al servicio de Cette a Orán, que funcionaba a precios menos elevados, no le faltaban ni viajeros ni mercancías. Aquel día, si bien había unos sesenta pasajeros en la proa, no parecía que los de popa debieran pasar de la cifra de treinta o cuarenta. Efectivamente; uno de los marineros acababa de señalar las dos y media a bordo. Dentro de media hora el Argelés largaría sus amarras, y los retrasados no son nunca muy numerosos en la partida de los paquebotes. Desde que desembarcó la familia Desirandelle, se había dirigido hacia la puerta que daba acceso al comedor. —¡Cómo se mueve ya este barco!— no pudo menos de decir la madre de Agatocles. El padre no había respondido. No se preocupaba más que de elegir un camarote de tres camas y tres puestos en el comedor cerca de la repostería, sitio por el que llegaban los platos, con lo que se puede elegir los mejores trozos y no estar reducido a servirse lo que los demás dejan. El camarote que obtuvo su preferencia llevaba el número 9. Colocado a estribor, era uno de los más cercanos al centro, donde las cabezadas de los barcos son menos sensibles. En cuanto al balanceo, no hay que pensar en evitarle. En la proa y en la popa resulta desagradable para los pasajeros que no gustan del encanto de estas mecedoras oscilaciones. Escogido el camarote, colocado en él el equipaje de mano, el padre, dejando a la señora de Desirandelle colocar sus fardos, volvió al comedor con Agatocles. La repostería estaba a babor, y a este sitio se dirigió a fin de señalar los tres puestos que deseaba al extremo de la mesa. Un viajero estaba sentado en un extremo, en tanto que el jefe del comedor y los mozos se ocupaban en disponer los cubiertos para la comida de las cinco. El mencionado viajero había ya tomado posesión de aquel sitio y colocado su tarjeta entre los pliegues de la servilleta puesta sobre el plato, que llevaba el escudo del Argelés. Y sin duda, en el temor de que algún intruso quisiera escamotearle tan buen sitio, permanecería sentado ante su cubierto hasta la partida del paquebote. El señor Desirandelle le dirigió una mirada oblicua, a la que el otro contestó con una igual; al pasar, leyó estos dos nombres en la tarjeta: Eustache Oriental; señaló tres sitios frente a aquel personaje, y seguido de su hijo abandonó, el comedor para subir a la toldilla. Faltaban unos doce minutos para partir, y los pasajeros retrasados sobre el muelle de Frontignan oirían los últimos silbidos. El capitán Bugarach paseaba por el puente. Desde el mástil de proa, el segundo del Argelés vigilaba los preparativos para desamarrar. El señor Desirandelle sentía que aumentaba su inquietud. Se le oía repetir con impaciencia: —¿Pero qué hace que no viene? ¡Sin embargo, sabe que la partida es a las tres en punto!... Va a faltar... ¡Agatocles! —¿Qué?— respondió éste, al parecer sin saber la causa por la que su padre se entregaba a aquella agitación extraordinaria. —¿No ves al señor Dardentor? —¡Cómo!... ¿No ha llegado? — No... no ha llegado! ¿Qué piensas de esto? Agatocles no pensaba nada. El señor Desirandelle iba y venía de un extremo a otro de la toldilla, paseando su mirada, ya por el puente de Frontignan, ya sobre el malecón, al opuesto lado de la antigua balsa. El retrasado podía, efectivamente, aparecer por este lado, y con algunos golpes de remo, un bote le hubiera conducido a bordo del paquebote. ¡Nadie! ¡Nadie! — Qué va a decir la señora de Desirandelle!— exclamó su esposo.— ¡Ella, tan cuidadosa de sus intereses!... ¡Y, sin embargo, es preciso que yo la prevenga! Si ese diablo de Dardentor no está aquí dentro de cinco minutos... ¿qué hacer? La desesperación de aquel hombre divertía a Marcel Lornans y a Juan Taconnat. Era evidente que el Argelés soltaría pronto sus amarras, y si no se prevenía al capitán, y si éste no concedía el tradicional cuarto de hora de cortesía lo que no se hace cuando se trata de la partida de un paquebote— se partiría sin el señor Dardentor. Además, la alta presión del vapor hacía ya mugir a las calderas, y el maquinista disponía su máquina y aseguraba el funcionamiento de la hélice. En este momento, la señora de Desirandelle apareció sobre la toldilla. Más seca que de ordinario, más pálida que de costumbre, hubiera permanecido en su camarote para no salir en toda la travesía, de no sentir el aguijón de una real inquietud. Presintiendo que el señor Dardentor no estaba a bordo, a despecho de sus angustias quería pedir al capitán Bugarach que esperase al pasajero retrasado. —¿Y bien?— dijo a su marido. —¡No ha llegado!— respondió éste. —No podemos partir antes que Dardentor. —Sin embargo... —Ve a hablar al capitán, señor Desirandelle. Ya ves que yo no tengo fuerzas para ir... El capitán Bugarach, inspeccionándolo todo, dando órdenes a proa y a popa, parecía poco abordable. A su lado, en el puente, el timonel, con los puños sobre la rueda, esperaba una orden para mover el timón. No era este momento propio para interpelarle, y, sin embargo, bajo el mandato de la señora de Desirandelle, después de haberse izado penosamente por la escalerilla de hierro, el señor Desirandelle se agarró a los montantes del puente cubierto de tela blanca. —¿Capitán?— dijo. —¿Qué quiere usted?— respondió bruscamente, el amo después de Dios, con voz de trueno. —¿Piensa usted partir? —A las tres en punto... Y no falta más que un minuto. — Pero el caso es que un compañero nuestro de viaje se ha retrasado. —Tanto peor para él... —Pero ¿no podía usted esperar?... —Ni un segundo. —¡Pero se trata del señor Dardentor! Y al pronunciar este nombre, el señor Desirandelle creía seguramente que el capitán Bugarach iba a descubrirse primero, a inclinarse en seguida. —¿ Quién es ese Dardentor?... No le conozco... —El señor Clovis Dardentor... de Perpignan... —Pues bien, si el señor Clovis Dardentor, de Perpignan, no está a bordo dentro de cuarenta segundos, el Argelés partirá sin el señor Clovis Dardentor... ¡Arriad a proa! El señor Desirandelle rodó más bien que bajó la escala, y fue a la toldilla. —¿Se parte?— exclamó la señora de Desirandelle, mientras sus mejillas, ya pálidas, se enrojecían. —¡El capitán es un ganso! ¡No quiere oír nada!... ¡No quiere esperar!... —¡Desembarquemos al instante! —Señora de Desirandelle, eso es imposible. Nuestro equipaje está en el fondo de la cala. —¡Digo que desembarquemos!... —Nuestros asientos están pagados. Ante la idea de perder el importe de tres billetes de Cette a Orán, la señora de Desirandelle se puso lívida... —¡La buena señora amaina su pabellón!— dijo Juan Taconnat. —¡Entonces se va a rendir!— añadió Marcel Lornans. Rendíase, en efecto; pero no sin lanzar tremendas recriminaciones. —¡Ah! Ese Dardentor... Es incorregible... Jamás está en el sitio que debe... ¿Por qué ha ido a casa de ese Pigorin, en vez de venir directamente al barco?... Y allá... en Orán, ¿qué haremos nosotros sin él?... —Le esperaremos en casa de la señora Elissane— respondió el señor Desirandelle—, y se reunirá con nosotros en el próximo paquebote, aunque tenga que ir a tomarle a Marsella. —¡Ese Dardentor!... ¡Ese Dardentor!... — repetía, la señora, cuya palidez aumentó a las primeras oscilaciones del Argelés.— ¡Ah!... ¡Si no se tratase de nuestro hijo!... ¡De la dicha y del porvenir de Agatocles!... ¿Preocupaban su dicha y su porvenir aquel mozo tan nulo, a aquel minus habens? No había motivo para suponerlo viéndole tan indiferente a la agitación física de sus padres. En cuanto a la señora Desirandelle, no tuvo más que la fuerza precisa para exhalar estas palabras, entrecortadas por los gemidos: —¡Mi camarote!... ¡Mi camarote!... El puente volante acababa de ser retirado al muelle por los mozos, y el paquebote hizo las evoluciones precisas para dirigirse al paso... La hélice se movió provocando un remolino blancuzco en la superficie de la antigua ensenada. El silbato lanzaba sus agudas notas a fin de anunciar la salida, en la previsión de encontrar fuera algún navío. Por última vez el señor Desirandelle paseó una mirada desesperada por la gente que asistía a la marcha del paquebote, y después por el extremo del muelle de Perpignan por donde podía aparecer el retrasado... Con un bote aun tendría tiempo de llegar a bordo del Argelés. —¡Mi camarote!... ¡Mi camarote!...— murmuraba la señora de Desirandelle con voz desfallecida. El señor Desirandelle, muy disgustado por aquel contratiempo y por el alboroto, hubiera enviado con mucho gusto a todos los diablos al señor Dardentor y a la señora de Desirandelle. Pero lo más importante era llevarla al camarote, que no debió abandonar. Procuró levantarla del banco en que se había dejado caer. Hecho esto la cogió por la cintura, y ayudado por una de las camareras la hizo bajar de la toldilla al puente. Después de haberla arrastrado por el comedor hasta su camarote, se la desnudó, se la acostó, se la envolvió en la manta con el objeto de darle el calor vital, casi extinguido. Acabada esta operación penosa, el señor Desirandelle subió de nuevo a la toldilla, desde la que sus miradas furiosas y amenazadoras recorrieron los muelles de la antigua balsa. El retrasado no estaba allí... Y aunque hubiese estado, ¿qué podría hacer sino entonar el mea culpa, golpeándose el pecho? En efecto, después de su evolución, el Argelés habíase dirigido por el centro del paso, y recibía los saludos de los curiosos apiñados, de una parte sobre el muelle, de otra en torno del embarcadero de San Luis. Después modificó ligeramente su dirección sobre babor a fin de evitar una goleta, cuya última bordada se prolongaba al interior de la ensenada, y franqueando el paso, el capitán Bugarach maniobró de forma de dar vuelta al rompeolas por el Norte y doblar el cabo de Cette a pequeña velocidad. II EN EL QUE EL PRINCIPAL PERSONAJE DE ESTA HISTORIA ES DECIDIDAMENTE PRESENTADO AL LECTOR. —Ya estamos en camino— dijo Marcel Lornans.— En camino para... —Lo desconocido— respondió Juan Taconnat—, lo desconocido, que es preciso investigar para hallar lo nuevo, como ha dicho Baudelaire. —¿Lo desconocido, Juan? ¿Es que esperas encontrarlo en una simple travesía de Francia a África, en un viaje de Cette a Orán? —No niego que se trata de una navegación de treinta a cuarenta horas, de un simple viaje del que Orán debe ser la primera, y tal vez la única etapa. Pero cuando se parte, ¿sabe uno dónde va? —Seguramente, Juan, cuando un paquebote te lleva adonde debes ir...; y a menos de algún accidente... —¡Bah!... ¿Quién te habla de eso, Marcel?— respondió Juan desdeñosamente— ¡Los accidentes del mar, una colisión, un naufragio, una explosión de la máquina, hacer el Robinsón quince días en una isla desierta! ¡Linda cosa! No..., lo desconocido, de lo que, por otra parte, no me preocupo, es la X de la existencia, el secreto del destino, que, en la antigüedad, los hombres grababan sobre la piel de la cabra Amaltea, es lo que está escrito en el Gran Libro de allá arriba, y que es imposible leer, es la urna en que están depositados los lotes de la vida que la mano del azar saca... —Pon un dique a ese torrente de metáforas, o me vas a marear. — Es la misteriosa decoración que el telón va a descubrir... —¡Basta! ¡Basta! No caracolees sobre tus quimeras... No cabalgues con la brida suelta... —¡Ah! Me parece, que tú también te vuelves metafórico. —Tienes razón, Juan. Razonemos fríamente, y veamos las cosas como son. Lo que pretendemos hacer es muy sencillo. Hemos tomado en Cette pasaje para Orán con mil pesetas en el bolsillo cada uno, y vamos a unirnos al 5º de cazadores de África. No hay nada más sabio, ni más sencillo, y en todo esto lo desconocido no aparecerá con sus fantásticas perspectivas. —¿Quién sabe?— respondió Juan Taconnat, trazando con su dedo índice un mayúsculo punto interrogativo. Esta conversación, que marca con algunos rasgos distintivos el carácter de ambos jóvenes, se efectuaba en la popa de la toldilla. Desde el banco en que estaban sentados, su mirada, dirigida a proa, no era detenida más que por el puentecillo que dominaba el puente, entre el palo mayor y el palo de mesana del paquebote. Unos veinte pasajeros ocupaban los bancos laterales y las sillas de tijera que el pabellón, suspendido de su driza, abrigaba contra los rayos del sol. En el número de estos pasajeros figuraban el señor Desirandelle y su hijo. El primero recorría febrilmente el puente con las manos tan pronto a la espalda como levantadas hacia el cielo. Después poníase de codos en la barandilla y contemplaba la estela del Argelés, como si el señor Dardentor, transformado en marsuino, estuviera a punto de aparecer entre la blanca espuma. Agatocles seguía demostrando la más absoluta indiferencia por el desengaño que tanto disgusto y sorpresa causaba a sus padres. De los demás viajeros, los unos, los más insensibles al balanceo, que era débil, se paseaban, hablando, fumando, pasándose unos a otros el anteojo marino a fin de observar la costa que huía, accidentada en la parte Oeste por la soberbia cima de las montañas pirenaicas. Otros, menos seguros de soportar las oscilaciones del Argelés, estaban sentados en sillones de mimbre en el rincón que había obtenido su preferencia para mientras durase la travesía. Algunas viajeras, envueltas en chales, con aire de resignación y la cara triste, habían buscado abrigo en el sitio en que el movimiento es menos perceptible, o sea cerca del centro. Formaban grupos de madres con sus hijos, seguramente muy simpáticos, pero que lamentaban no tener treinta y seis horas más. En torno de los pasajeros circulaban las camareras del paquebote; en torno de los pasajeros los grumetes, espiando un gesto, una señal para acudir a prestar sus servicios indispensables y fructuosos. De aquellos diversos viajeros, ¿cuántos irían a sentarse a la mesa cuando sonara la campana transcurridas unas dos horas? Esta era la invariable pregunta que se hacía el médico del Argelés, y no se engañaba al calcular en un cincuenta o sesenta por ciento los que ordinariamente faltan a aquella primera comida. Era el doctor un hombre pequeño y grueso, locuaz, de un buen humor inalterable; de una actividad sorprendente a despecho de sus cincuenta años; gran comedor, gran bebedor, y que poseía una inverosímil colección de fórmulas contra el mareo, a la eficacia de las cuales no prestaba fe alguna. Pero era tan pródigo en palabras consoladoras, persuadía tan delicadamente a su clientela de a bordo que las infortunadas víctimas de Neptuno le sonreían entre dos náuseas. —Eso no será nada— repetía él.— Tenga usted cuidado de respirar cuando se sienta usted subir y de aspirar cuando se sienta usted bajar. En cuanto ponga usted el pie en tierra firme esto desaparecerá... Esto significa la salud para el porvenir, pues le evitará a usted enfermedades futuras. ¡Una travesía vale tanto como una temporada en Vichy o Uriage! Los dos jóvenes se habían fijado en aquel hombre pequeño y vivo, que se llamaba el doctor Bruno, y Marcel Lornans había dicho a Juan Taconnat: —¡He aquí un alegre médico, que no debe merecer el calificativo de mortífero! —No— respondió Juan,— pero solamente porque cura de una enfermedad de la que nadie se muere. ¿Qué era del señor Eustache Oriental, que no había aparecido por el puente? ¿Acaso su estómago experimentaba rebeliones mortificantes, o, para emplear una frase del argot de los marinos, se ocupaba en “contar sus camisas”? Hay desventurados que llevan docenas de ellas en su maleta. ¡No! El portador de aquel poético nombre no estaba enfermo. No lo había estado nunca en la mar, y jamás lo estaría. Penetrando en el comedor por el vestíbulo de la toldilla, se le hubiera visto al extremo de la mesa, sitio que había elegido y que no abandonaría antes de comer. ¿Cómo disputarle aquel sitio? Por lo demás, la presencia del doctor Bruno hubiera bastado para dar animación a la toldilla. Entablar relaciones con todos los pasajeros era a la vez su placer y su deber. Ávido de saber de dónde venían, dónde iban, curioso como una hija de Eva, hablador como una pareja de urracas o mirlos, verdadero hurón introducido en una madriguera, iba del uno al otro, les felicitaba de haber tomado pasaje en el Argelés, el mejor paquebote de las líneas argelinas, el mejor dispuesto, el más cómodo, un vapor mandado por el capitán Bugarach, y que poseía— él no lo decía, pero se adivinaba un médico como el doctor Bruno, etc., etc. Después, dirigiéndose a los viajeros, les daba toda clase de seguridades sobre los incidentes de la travesía. El Argelés no sabía aún lo que era una tempestad. Y ofrecía pastillas a los niños... que tomasen cuantas quisieran los querubines... La cala estaba llena, etc., etc. Observando aquello, Marcel Lornans y Juan Taconnat sonreían; conocían aquel tipo de médico, que no es raro en el personal de los transportes por mar. Una verdadera gaceta marítima y colonial. —Ea, caballeros— les dijo después de sentarse a su lado.— El médico de a bordo tiene obligación de entablar relaciones con los pasajeros... Ustedes, pues, me permitirán... —Con mucho gusto— respondió Juan Taconnat— Puesto que estamos expuestos a pasar por manos de usted— a pasar y no a traspasar—, justo es que nos las estrechemos. Y cambiaron un caluroso apretón de manos. —Si no me engaño— dijo el doctor, tengo el gusto de hablar con parisienses. —Sí, señor— respondió Marcel Lornans—, parisienses... de París...— De París... muy bien— exclamó el doctor; del mismo París, no de un distrito... ¿Tal vez del centro? —Del barrio de la Banca— respondió Juan Taconnat; — y si quiere usted que precise mas, de la calle Montmartre, número 13, piso cuarto izquierda. —Caballero— dijo el doctor.— Posible es que mis preguntas sean indiscretas, pero nacen de mi calidad de médico. Un médico tiene necesidad de saberlo todo, hasta lo que no le interesa... Ustedes, pues, me dispensarán. —Está usted dispensado— respondió Marcel Lornans. Entonces el doctor Bruno desató su lengua como una taravilla. ¡Qué gestos! ¡Qué frases al contar lo que ya sabía de unos y de otros, riéndose de la familia Desirandelle; de aquel señor Dardentor que no había aparecido; alabando por adelantado la comida, que sería excelente; asegurando que el Argelés estaría al día siguiente a la vista de las Baleares, donde debía esperar algunas horas, escala encantadora para los turistas; dando, en fin, libre curso a su natural verbosidad, o, para emplear palabra que pinte mejor aquel flujo de frases, a su logodiarrea crónica! —Y antes de embarcarse, ¿han tenido ustedes tiempo de ver a Cette?— preguntó mientras se levantaba. —No, doctor— respondió Marcel Lornans. —¡Es lástima! ¡La ciudad vale la pena! ¿Y han visitado ustedes ya a Orán? — ¡Ni por soñación!— respondió Juan Taconnat. En aquel instante un grumete se acercó a prevenir al doctor que el capitán Bugarach le aguardaba. El doctor Bruno abandonó a los dos amigos, no sin nuevas protestas de amistad y prometiéndose reanudar una conversación en la que tanto quedaba por saber. Lo que él no había sabido respecto al pasado y presente de los dos jóvenes conviene resumirlo en algunas líneas. Marcel Lornans y Juan Taconnat eran primos hermanos por parte de madre, dos hermanas nacidas en París. Desde su más tierna edad, faltos de padre, habían sido educados en condiciones de fortuna algo difíciles. Externos en el mismo liceo, al terminar sus clases siguieron, Juan Taconnat los cursos de los estudios superiores de comercio, y Marcel Lornans los de la Escuela de Derecho. Pertenecían a la burguesía del París comerciante, y su ambición era modesta. Tan unidos como dos hermanos en la casa común, sentían el uno por el otro el más profundo afecto; una amistad cuyos lazos no se romperían por nada, por más que entre los dos hubiera gran diferencia de carácter. Marcel Lornans, reflexivo, atento, disciplinado, había tomado la vida por su lado serio, mientras Juan Taconnat, de una jovialidad continua, y tal vez algo más amante de los placeres que del trabajo, era el movimiento, el ruido de la casa. Si sus vivacidades intempestivas le atraían algunas veces reproches, tenía gran habilidad para hacerse perdonar. Por lo demás, lo mismo que su primo, mostraba cualidades que obscurecían sus defectos. Ambos poseían un corazón bueno, abierto, franco, honrado. Ambos sentían verdadera adoración por sus madres, y no es de extrañar que ellas les amasen hasta la debilidad, puesto que ellos no abusaban de este cariño. Cuando tuvieron veinte años llamóles el servicio militar en calidad de exentos, no teniendo que pasar más que un año en el servicio, tiempo que cumplieron en el regimiento de cazadores de una guarnición cercana a París. La buena suerte hizo que no tuvieran que separarse allí tampoco, ni de escuadrón ni en el cuarto. La vida del cuartel no les disgustó. Cumplieron su oficio con celo y buen humor. Eran excelentes sujetos, considerados por sus jefes, queridos por sus compañeros, y a los que el oficio militar no les hubiera disgustado si desde su infancia se hubieran dirigido sus ideas por tal senda. Aunque sufrieran algunos arrestos— está mal visto en una compañía no sufrirlos—, salieron del regimiento con buena nota. De regreso a la casa materna, Marcel Lornans y Juan Taconnat, de veintiún años de edad, comprendieron que había llegado la hora de ponerse al trabajo. De acuerdo con sus madres, decidióse que ambos entraran en una casa de comercio de toda confianza. Allí se iniciarían en la práctica de los negocios y tendrían más tarde una participación en aquella casa. Las señoras de Lornans y de Taconnat les animaban a que buscasen la fortuna por este camino. Era el porvenir asegurado para sus dos hijos, a los que amaban entrañablemente. Alegrábales el pensamiento de que dentro de algunos años estarían establecidos; que se casarían convenientemente, y de simples empleados se convertirían en socios primero, en amos después, siendo aun jóvenes; de que el comercio prosperaría; de que el honrado nombre de los abuelos continuaría en los nietos, etc., etc. En fin, esos sueños que se forjan todas las madres y que les salen del corazón. Sueños que, por desgracia, no habían de realizarse. Algunos meses antes de la vuelta del regimiento, antes que ellos entrasen en la casa donde habían de comenzar su carrera, una doble desgracia hirió a los dos primos en su más profundo afecto. Una enfermedad epidémica que azotó los barrios del centro de París, se llevó a las señoras de Lornans y de Taconnat con algunas semanas de intervalo. ¡Qué dolor para los jóvenes fue el encontrarse solos! Quedaron aterrados, sin poder convencerse de la realidad de tan inmensa desventura. Sin embargo, era preciso pensar en el porvenir. La herencia de cada uno consistía en unas cien mil pesetas, que con la baja de la plata representaba una renta líquida de tres mil a tres mil quinientas pesetas, mediano ingreso que no permite permanecer ocioso, cosa que ellos tampoco hubieran hecho. Pero, ¿era conveniente aventurar su pequeña fortuna en negocios tan difíciles en aquella época, entregarla al azar de la industria o del comercio? En una palabra: ¿debían continuar los proyectos formados por sus madres faltando éstas? Un amigo de la familia, un oficial retirado, antiguo jefe del escuadrón de cazadores de África, intervino en el asunto. El comandante Beauregard les expuso claramente su manera de ver las cosas; no debían exponer su herencia, sino colocarla en acciones de los caminos de hierro franceses, y alistarse, puesto que no conservaban malos recuerdos de su vida militar. Pronto alcanzarían el grado de suboficiales. Mediante un examen entrarían en la Escuela de Saumur. De ella saldrían con el grado de subtenientes. Una noble, hermosa e interesante carrera se abría ante ellos. Un oficial que sin contar su sueldo poseía tres mil libras de renta, estaba, en opinión del comandante Beauregard, en la situación más envidiable del mundo. Y además, los grados, la cruz, la gloria... En fin, todo lo que puede decir un viejo soldado del África. ¿Quedaron Marcel Lornans y Juan Taconnat muy convencidos de que la carrera militar basta para satisfacer todas las aspiraciones del corazón y del cerebro? ¿ Le respondieron con tanta franqueza como el anciano había hablado? ¿Cuándo trataron de ello se persuadieron de que era el único camino que debían seguir, y que marchando por él hallarían la felicidad? —¿Qué arriesgamos con probar, Marcel?— dijo Taconnat.— Tal vez tiene razón. Nos ofrece recomendarnos al coronel del 5º de cazadores en Orán. Partamos para Orán. Tenemos tiempo de reflexionar durante el viaje. Y una vez en tierra argelina, nos alistaremos o no, según se presenten las cosas. —Con lo que habremos hecho una travesía y un gasto inútil— dijo el juicioso Marcel Lornans. —Conformes; pero por algunos centenares de pesetas habremos pisado el suelo de la otra Francia... Esta bella frase vale el gasto Además, ¿quién sabe? —¿Qué quieren decir esas palabras? —Lo que dicen de ordinario, y nada más. Rindióse Marcel no sin trabajo. Convínose que los dos primos partirían para Orán, llevando las recomendaciones del antiguo jefe de escuadrón para su amigo el coronel del 5º de cazadores. Una vez en Orán se decidirían con conocimiento de causa, y el comandante no dudaba que de acuerdo con su opinión. En resumen: si en el momento de hacer el enganche su resolución se modificaba, regresarían a París, donde buscarían otra carrera. También, aunque en este caso el viaje sería inútil, Juan Taconnat juzgó que el viaje debía ser circular. ¿ Qué entendía por esta palabra, cuya significación no comprendió al principio Marcel Lornans? —Entiendo— dijo el otro— que debemos aprovechar esta ocasión de ver el país. —¿Y cómo? —Yendo por un camino y regresando por otro. Esto nos costará mucho más caro, pero será infinitamente más agradable. Por ejemplo, si embarcamos en Cette para Orán, después iríamos a Argel para tomar el barco de Marsella. —Es una idea... —Excelente, Marcel. Por mi boca te hablan Tales, Pittacos, Bías, Cleóbulo, Periandro, Chilón y Solón. Marcel Lornans no se permitió discutir una resolución tan indudablemente dictada por los siete sabios de Grecia, y he aquí por qué el 27 de Abril los dos primos se encontraban a bordo del Argelés. Marcel Lornans tenía veintidós años, y Juan Taconnat algunos meses menos. El primero, de estatura más que regular, era más alto que el segundo, diferencia de dos o tres centímetros solamente. Su aspecto era elegante, el rostro simpático, los ojos un poco velados, impregnados de profunda dulzura, la barba rubia; pero él estaba dispuesto a sacrificarla para conformarse con la Ordenanza. Si Juan Taconnat no poseía las cualidades externas de su primo; si no representaba como él, lo que en el mundo burgués se llama, “un buen mozo”, era en extremo agradable; un moreno gracioso, de bigote retorcido, fisonomía astuta, ojos de singular viveza, actitud graciosa... y el aire de un buen muchacho. Ya se les conoce en lo físico y en lo moral. Están en camino para un viaje que tiene poco de extraordinario. No poseen otra calidad que la de pasajeros de primera clase en aquel paquebote destinado a Orán. ¿La cambiarían a su llegada por la de caballeros de segunda en el 5º de cazadores de África? —¿Quién sabe?— había dicho Juan Taconnat como hombre convencido de que el azar juega un papel importantísimo en el destino humano. El Argelés llevaba unos veinticinco minutos de marcha, y no iba aun a toda velocidad. El rompeolas quedaba atrás a distancia de una milla, y el barco se preparaba a evolucionar en dirección SO. En este momento, el doctor Bruno, que se encontraba en la toldilla, tomó el anteojo y le colocó en dirección del puerto a un objeto moviente coronado por volutas de humo negro y vapores blancos. Mirar fijamente aquel objeto durante algunos segundos, lanzar una exclamación de sorpresa, subir al puentecillo, en el que se encontraba el capitán Bugarach, preguntarle con voz apresurada, ponerle el anteojo entre las manos... Todo ello fue para el doctor Bruno cosa de medio minuto. —Capitán mire usted— dijo indicándole el objeto que se aproximaba. Después de haberle observado el capitán dijo: —Me parece que es una chalupa de vapor. —Y es chalupa viene a nuestro encuentro— añadió el doctor Bruno. —No es dudoso, pues en la proa hacen señales con un pabellón. —Y bien... ¿dará usted orden de parar? —No sé si debo. ¿Qué puede querernos esa chalupa? —Lo sabremos cuando esté junto al barco. —¡Phs!— dijo el capitán Bugarach, que no parecía sentir deseos de inmovilizar su hélice. El doctor Bruno no abandonó la partida. —¡Si fuera el viajero retrasado que corre tras el Argelés!... —¿Ese señor Dardentor, que no ha llegado a tiempo? —Y que se habrá arrojado en esa chalupa para venir a bordo. Explicación lógica, pues era evidente que la chalupa, forzando su velocidad, procuraba reunirse al paquebote antes de que éste llegase a alta mar. Y realmente podía esto ser por cuenta del retrasado, cuya ausencia tan amargamente deploraba la familia Desirandelle. No era el capitán Bugarach hombre para sacrificar el precio de un billete de primera al disgusto de detenerse durante algunos segundos. Lanzó tres o cuatro juramentos de una sonoridad meridional, pero envió al camarote de las máquinas la orden de detenerse. La marcha disminuyó progresivamente; se detuvo. Sin embargo, como el oleaje le cogía de costado, su balanceo se acentuó, con gran disgusto de los viajeros y viajeras, víctimas ya del mareo. Entretanto la chalupa se acercaba con velocidad tal, que el bajo de su branque salía del agua espumosa. Se comenzaba a distinguir a un hombre que desde la proa agitaba su sombrero. En este momento el señor Desirandelle se atrevió a subir al puentecillo, y dirigiéndose al doctor Bruno, que no había abandonado al capitán, le dijo: —¿Qué esperan ustedes? —Esa chalupa— respondió el doctor. —¿Y qué quiere? —Dejarnos un pasajero más... Sin duda el que se ha retrasado. —¡El señor Dardentor! —El señor Dardentor, si es ése su nombre. El señor Desirandelle cogió el anteojo que le presentaba el doctor, y después de gran numero de infructuosas tentativas, consiguió encuadrar la chalupa en el objetivo del movible aparato. —¡Él!... ¡Es él!— exclamó. Y apresuróse a ir a comunicar la buena noticia a la madre de Agatocles. La chalupa no estaba más que a tres encabladuras del Argelés, al que balanceaba el oleaje, mientras que el vapor se escapaba de las válvulas con un ruido de ensordecedora carraca. La chalupa llegó junto al paquebote en el momento en que el señor Desirandelle, un poco pálido por la visita hecha a su mujer, reaparecía en el puente. En seguida una escala de cuerda con travesaños de madera cayó contra el flanco del paquebote. El pasajero se ocupaba en pagar al patrón de la chalupa, y es de presumir que lo hizo a lo príncipe, pues, fue saludado con uno de esos “Gracias, Excelencia”, del que los lazarones parecen poseer únicamente el secreto. Algunos instantes después, el dicho personaje, seguido de su criado, que llevaba una maleta, trepaba por la escala, saltaba sobre el puente, y con el rostro alegre, sonriendo e inclinándose con gracia, saludaba a todos. Después, viendo al señor Desirandelle que se acercaba para dirigirle reproches: —¡Eh!... ¡Sí!... ¡Aquí estoy!— exclamó dándole un golpe en el vientre. III EN EL QUE EL SIMPÁTICO HÉROE DE ESTA HISTORIA EMPIEZA A COLOCARSE EN PRIMER LUGAR. El señor Dardentor, Clovis de nombre, había nacido cuarenta y cinco años antes del comienzo de esta historia en la plaza de la Loge, número 4, en la antigua Ruscino, convertida en capital del Rosellón, hoy capital de los Pirineos Orientales, la célebre y patriótica Perpignan. El tipo de Clovis Dardentor no era raro en aquella excelente capital de provincia. Era hombre de estatura más que mediana, anchos hombros, el sistema muscular dominando al nervioso, en perfecta eustenia, es decir, para aquellos que han olvidado el griego, en completo equilibrio de sus fuerzas; la cabeza redonda, el pelo cortado al rape, la barba negra en forma de abanico, la mirada viva, la boca grande, la dentadura soberbia, el pie seguro, la mano diestra, bien templado física y moralmente, buen muchacho, aunque de naturaleza imperiosa, de buen humor, de inagotable facundia, muy francote, en fin, todo lo más meridional que puede serlo quien no es originario de esa Provenza, en la que se absorbe y resume todo el Mediodía francés. Clovis Dardentor era soltero, y realmente no se le concebía sujeto a los lazos conyugales, y ni que jamás luna de miel alguna se hubiera levantado en su horizonte. No quiere esto decir que fuera misógino, al contrario: la sociedad de las mujeres le agradaba; pero era misógamo en alto grado. Este enemigo del matrimonio no concebía que un hombre sano de alma y de cuerpo, lanzado en los negocios, tuviera tiempo de pensar en aquel. ¡El matrimonio! Dardentor no le admitía de inclinación, ni de conveniencia, ni de interés, ni de razón, ni bajo el régimen de la comunidad, ni bajo el régimen de la separación de bienes, ni en ninguna de las maneras usadas en este bajo mundo. Por lo demás, de que este hombre permanezca soltero no se deduce que haya permanecido en la ociosidad. Esto no se podía decir de Clovis Dardentor. Poseía una fortuna de dos millones, que no había adquirido ni de sus padres, ni por otra herencia. ¡No! La había ganado con su trabajo. Interesado en numerosas sociedades comerciales o industriales, en las tonelerías, fábricas de mármol, vinos de Rivesaltes, siempre había realizado beneficios considerables. Pero particularmente había consagrado la mayor parte de su inteligencia y de su tiempo a la industria tonelera, tan importante en aquella región. Retirado de los negocios a los cuarenta años, una vez hecha su fortuna, que le producía pingües rendimientos, no quiso ser uno de esos avaros cuidadosos de economizar sus rentas. Desde que se retiró vivía bien, no desdeñando hacer viajes, a París principalmente, donde iba con frecuencia. Dotado de una salud a prueba de todo, poseía uno de esos estómagos que le hubiera envidiado el volátil tan renombrado por esta cualidad, colocado entre los corredores del África meridional. La familia de nuestro héroe se reducía a él solo. La larga línea de sus antepasados se extinguía en él. Ni un ascendiente, ni un descendiente, ni un colateral, a no ser en el grado veintiséis o veintisiete, puesto que, según los estadistas, en tal grado son colaterales todos los franceses, con sólo remontarse a la época de Francisco I. Pero, como se comprende, estos colaterales no dan graves motivos de preocupación. Y además, todo hombre, remontándose al principio de la era cristiana, ¿no posee treinta y nueve cuatrillones de abuelos, ni uno más ni uno menos? Clovis Dardentor no estaba orgulloso por esto. Encontrábase sin familia, en lo que no veía inconveniente alguno, puesto que no había pensado en creársela por los procedimientos que están al alcance de todo el mundo. Hele aquí embarcado para Orán, y tal vez desembarcaría sano y salvo en la capital de la gran provincia argelina. Una de las razones por las que convenía que el Argelés fuese favorecido por una navegación soberbia, era por llevar a bordo a Dardentor. Hasta aquel día, cuando iba a Argel— un país que le gustaba mucho— partía de Marsella, y era aquella la primera vez que otorgaba su preferencia a la línea de Cette. Habiendo hecho a uno de sus paquebotes el honor de confiarle el transporte de su persona, era importante que hiciera el viaje a gusto, o, en otros términos, que fuera conducido a buen puerto después de una travesía tan corta como feliz. Al poner el pie en el puente, Clovis Dardentor se volvió a su criado. —Patricio... Ve a asegurarte de que el camarote número 13 está dispuesto— le dijo. Patricio respondió: —El señor sabe que ha sido pedido por telegrama, y no debe tener inquietud alguna en este punto. —Pues bien, baja mi maleta y elígeme un lugar en la mesa, el mejor posible..., cerca del capitán... Ya tengo el estómago en las patas. Esta frase pareció sin duda a Patricio poco distinguida, y tal vez hubiera preferido que su amo dijera “en los talones”, pues en sus labios dibujóse una mueca despreciativa. Fuera lo que fuera, se dirigió hacia la toldilla. En este momento Clovis Dardentor notó la presencia del capitán, que acababa de abandonar el puentecillo, y le abordó en estos términos: —¡Eh!... ¡Eh!... ¡Capitán! ¿Cómo no ha tenido usted paciencia para esperar a sus pasajeros? ¿Le picaba el cuerpo a la máquina del paquebote y le tardaba dar gusto a la hélice? Esta metáfora no tenía nada de marítima; pero Clovis Dardentor no era marino, y en su figurado lenguaje decía las cosas tal como se le ocurrían, en frases ya abominablemente pomposas, ya terriblemente vulgares. —Caballero— respondió el capitán Bugarach—, nuestras partidas se efectúan a hora fija, y los reglamentos de la Compañía no nos permiten esperar... —¡Oh..., no le reprocho a usted por eso!— respondió Clovis Dardentor tendiendo la mano al capitán. —Ni yo a usted— dijo éste, aunque me haya visto en la necesidad de mandar parar. —Muy bien— exclamó Clovis. Y sacudió la mano del capitán Bugarach con el vigor de un antiguo tonelero que ha manejado el apretador y la doladera. —Sepa usted— añadió— que si mi chalupa no hubiera podido atrapar al paquebote, hubiese seguido hasta Argel...; que de no haber encontrado la chalupa me hubiera arrojado al agua desde el muelle, siguiendo a ustedes a nado... Así soy yo, bravo capitán Bugarach. Sí... Así era Clovis Dardentor, y los dos jóvenes, que escuchaban con gusto a aquel ente original, fueron honrados con un saludo, al que respondieron sonriendo. —¡Buen tipo!— murmuró Juan Taconnat. En aquel momento, el Argelés se puso en dirección del cabo Agde. —A propósito, capitán, una pregunta de la mayor importancia— dijo el señor Dardentor. —Hable usted. —¿A qué hora se come? —A las cinco. —Dentro de cuarenta y cinco minutos entonces... No más pronto..., pero no más tarde. Y Dardentor hizo una pirueta después de haber consultado su magnífico reloj de repetición, que una gruesa cadena de oro sujetaba al ojal de su chaleco de buena tela diagonal con tres gruesos botones de metal. Ciertamente, para emplear una locución justificada por toda su persona, Dardentor tenía mucho chic con su sombrero inclinado sobre la oreja izquierda, su chaquetón a cuadros, su manta de viaje, cayendo de la espalda hasta la cintura, sus pantalones bombachos, sus polainas con hebillas de cobre y sus botas de caza de doble suela. De nuevo, con su fuerte voz, dijo: —Si he faltado a la partida, no faltaré a la comida, querido capitán, y por poco que el cocinero haya pensado su menú, me verá usted masticar como es debido. De repente, aquel flujo de palabras, cambiando de curso, se dirigió a otro interlocutor. El señor Desirandelle, que había ido a advertir a su señora la llegada del compañero de viaje, acababa de aparecer. —¡Eh!¡Querido amigo!— exclamó Clovis Dardentor.— ¿Y la señora de Desirandelle? ¿Dónde está esa excelente señora? ¿Y el más hermoso de los Agatocles? —No tema usted, Dardentor— respondió el señor Desirandelle—; no nos hemos retrasado, y el Argelés no se ha visto en la necesidad de partir sin nosotros. —¿Reproches, eh?... —A fe mía que los merece usted. ¡Qué inquietud nos ha causado!... ¡Nos veíamos desembarcando en Orán, en casa de la señora Elissane sin usted! —¡No ha sido mía la culpa, Desirandelle, sino del animal de Pegorin! ¡Me ha detenido con sus muestras de viejo Rivesaltes!... Ha sido preciso probarlas todas, y cuando he aparecido en el extremo del muelle, el Argelés desembocaba el paso... Pero heme aquí, y las recriminaciones son inútiles..., ni hay que poner ojos de salmón a medio morir... Esto acabaría por aumentar el vaivén del barco... ¿Y su señora de usted? —Está en su lecho... un poco... —¿Ya? —¡Ya!— suspiró Desirandelle, cuyos párpados temblaban.— Y yo mismo... —¡Querido, un consejo de amigo! No abra usted la boca como lo hace... Téngala usted cerrada cuanto pueda... Otra cosa, es tentar al diablo. —¡Caramba!— balbuceó el señor Desirandelle...— ¡Usted hable cuanto quiera!... ¡Ah! ¡Esta travesía hasta Orán!... Ni la señora de Desirandelle ni yo nos hubiéramos arriesgado a hacerla, a no tratarse del porvenir de Agatocles... Tratábase, en efecto, del porvenir del único heredero de los Desirandelle. Todas las noches, Clovis Dardentor, antiguo amigo de esta familia, iba a jugar una partida de bézigue o de piquet a la casa de la calle de la Popinière. Había visto nacer a aquel niño, le había visto crecer, físicamente al menos, pues la inteligencia habíale estacionado en él. Agatocles hizo en el Liceo esos malos estudios que son lote ordinario de los perezosos y de los ineptos Vocación para algo, no la tenía. No hacer nada en la vida, le parecía el ideal de una criatura humana. Con lo que heredara de sus padres poseería un día unas diez mil pesetas de renta, lo que ya es algo; pero no hay que extrañar que los señores Desirandelle soñasen un porvenir mejor para su hijo. Conocían a la familia Elissane, que antes de vivir en Argel vivía en Perpignan. La señora Elissane, viuda de un antiguo negociante, de cincuenta años de edad entonces, disfrutaba de bienestar gracias a la fortuna que le había dejado su marido, el que, después de retirarse de los negocios, fijó su residencia en Argel. La viuda no tenía más que una hija de veinte años... ¡Luisa Elissane era un buen partido!, se decía hasta en el Sud—Oranais, y también en los Pirineos occidentales, o por lo menos en la casa de la calle de la Popinière. ¿Qué cosa mejor se hubiera podido imaginar que un matrimonio entre Agatocles Desirandelle y Luisa Elissane? Pero antes de casarse preciso es conocerse; y aunque Agatocles y Luisa se habían visto niños, no conservaban recuerdo el uno del otro. De forma que, puesto que Orán no venía a Perpignan, pues la señora Elissane no gustaba de viajes, Perpignan iba a Orán. De aquí este viaje, por más que la señora Desirandelle sentía los síntomas del mareo con sólo ver las olas extenderse en la playa, y por más que el señor Desirandelle, a pesar de sus pretensiones, no tuviera el estómago más sólido. Entonces se pensó en Clovis Dardentor. Éste estaba acostumbrado a viajar. No rehusaría acompañar a sus amigos. Tal vez no se hacía ilusiones sobre el valor del mozo, al que se quería casar; pero, en su opinión, para maridos valen todos lo hombres. Si Agatocles gustaba a la joven heredera, la cosa iría como una seda. Verdad que Luisa Elissane era encantadora... Cuando los Desirandelle desembarquen en Orán será oportuno momento para presentarla al lector, y éste quedará libre para ponerse sobre la pista y desbancar a Agatocles. Ya se sabe, pues, la razón que había para que este grupo hubiera tomado pasaje en el Argelés y afrontase una travesía mediterránea. Esperando la hora de la comida, Clovis Dardentor subió a la toldilla, donde se encontraban los viajeros de primera clase, los que el vaivén del barco no había aun enviado a sus camarotes. El señor Desirandelle, cada vez más pálido, le siguió y fue a echarse en un banco. Agatocles se aproximó. —¡Eh!... ¡Tú tienes mejor canilla que padre!— dijo Dardentor.— Esto arrulla, ¡eh! Agatocles respondió que “aquello arrullaba” —Más vale así, y procura llegar al fin: ¡No vayas a mostrar allá abajo una cara de papel mascado o de calabaza en conserva! No. ¡No había que temer esto! La mar no producía malestar alguno al mozo. Clovis Dardentor no había juzgado oportuno bajar al camarote de la señora de Desirandelle. La buena señora sabía que estaba a bordo: con esto bastaba. Los consuelos de Dardentor no hubieran producido efecto alguno, y, además, el señor Dardentor pertenecía a esa categoría de gentes abominables, siempre inclinado a burlarse de las víctimas del mareo. Bajo pretexto de que ellos no le sienten, no quieren admitir que se pueda sentir. ¡Se debiera colgarles a la punta del palo mayor! Encontrábase el Argelés a la altura del cabo de Agde cuando la campana llamó a comer. Hasta entonces el balanceo del paquebote no había sido muy fuerte. La ola, aunque corta, no producía más que un movimiento muy soportable a la mayor parte de los pasajeros; pues el Argelès por recibirla casi por la popa, se movía con ella; era, pues, de esperar que los viajeros no faltarían al comedor. Los pasajeros, y hasta cinco o seis pasajeras, bajaron por la doble escalera de la toldilla ocuparon en la mesa los sitios designados de antemano. El señor Eustache Oriental ocupaba el suyo, manifestando ya una viva impaciencia. ¡Hacía dos horas que estaba allí! Era de presumir que, terminada la comida, aquel acaparador de buenos sitios subiría al puente, y que no quedaría pegado a su silla hasta la llegada al puerto. El capitán Bugarach y el doctor Bruno estaban en el fondo del comedor. Nunca faltaban al deber de hacer los honores a los pasajeros. Clovis Dardentor, y los señores de Desirandelle, padre e hijo, se dirigieron a la cabecera de la mesa. Marcel Lornans y Juan Taconnat, con el deseo de estudiar aquellos tipos, se colocaron junto a Dardentor. Los demás, que eran unos veinte, se instalaron a su gusto: algunos cerca del señor Oriental, próximos al sitio por donde venían los platos bajo las órdenes del jefe del comedor. El señor Clovis Dardentor entabló en seguida relaciones con el doctor Bruno, y se puede tener la seguridad de que con aquellos dos habladores sempiternos la conversación no languidecería en torno del capitán Bugarach, —Doctor— dijo Dardentor; — tengo a gran dicha poder estrechar su mano aunque estuviere llena de microbios como las de sus colegas. —No tema usted, señor Dardentor— respondió el doctor en el mismo tono de buen humor—, acabo de lavarme con agua boricada. —¡Bah! Yo me río de los microbios— exclamó Dardentor.— Nunca he estado enfermo, ni un día, ni una hora, mi querido Esculapio. ¡Ni un mal constipado! Jamás he tomado ni una tisana, ni una píldora. Y usted me permitirá creer que no empezaré a medicinarme por orden de usted. ¡Oh! ¡La compañía de médicos me es muy agradable! ¡Son buenas personas, sin más que un defecto: el de echar a perder la salud nada más que con tomar el pulso o mirar la lengua! Dicho esto, estoy encantado de estar a su lado en la mesa, y si la comida es buena, la haré honor. No se dio por vencido el doctor Bruno aunque hubiere encontrado otro más hablador que él. Replicó sin procurar defender el cuerpo médico contra un adversario tan bien armado. Después, y como sirvieran la sopa, nadie pensó en otra cosa que en satisfacer un apetito aguijoneado por el aire vivo de la mar. Al principio, las oscilaciones del paquebote no eran tan rudas que molestaran a los pasajeros, hecha excepción del señor Desirandelle, que se puso blanco como su servilleta. No se sentían ni esos movimientos de columpio que comprometen la horizontalidad, ni esas elevaciones y depresiones que desarreglan la postura vertical. Si este estado de cosas no se modificaba durante la comida, los diversos platos seguirían sin contratiempo hasta los postres. Pero de repente la vajilla empieza a crepitar. Las arañas del comedor se balancean sobre la cabeza de los pasajeros, con gran disgusto de éstos. Con el movimiento cada vez más acentuado, las sillas se tambalean. No hay más seguridad en el movimiento de los brazos y de las manos. Los vasos son llevados a la boca con grandes dificultades, y con gran frecuencia los tenedores pinchan en las mejillas o en la barbilla. La mayor parte de los comensales no pudo resistir aquello. El señor Desirandelle fue el primero que abandonó la mesa con significativa precipitación, a fin de respirar el aire libre... Siguiéronle muchos: una verdadera desbandada a pesar de que el capitán Bugarach decía: —Señores, esto no será nada... Esto durará poco. Clovis Dardentor gritaba: —¡Vea usted cómo huyen!... —¡Siempre es así!— dijo el capitán guiñando el ojo. —No comprendo— respondió Clovis que no se tenga más corazón en el estómago. Admitiendo que esta expresión no sea contraria a las leyes del organismo humano, y si realmente el corazón puede cambiar de sitio como esta locución popular indica, el de aquellas pobres gentes tendía más bien a subir a los labios que a bajar. En el momento en que el jefe de comedor hizo circular el segundo plato, en la mesa no había más que unos diez intrépidos comensales. Entre estos figuraban, sin hablar del capitán Bugarach, ni del doctor Bruno, acostumbrados a estos casos, Clovis Dardentor, fiel en su puesto; Agatocles, al que la huída de su padre dejó indiferente; los dos primos Marcel Lornans y Juan Taconnat, sin experimentar la menor turbación en sus funciones digestivas; y, en fin, en el extremo opuesto el señor Eustache Oriental, preguntando a los mozos, sin pensar en quejarse por las sacudidas del Argelés, puesto que tenía la elección de los mejores pedazos. Después de la huída de los pasajeros, el capitán Bugarach arrojó una singular mirada al doctor Bruno, a la que respondió éste con extraña sonrisa. Mirada y sonrisa cuyo significado debió de comprender el jefe del comedor, puesto que en su rostro se reflejaron como en fidelísimo espejo. Juan Taconnat dio a su primo con el codo y dijo: —Este es un golpe preparado. —Me es igual, Juan. —Y a mí— respondió éste, sirviéndose un sabroso trozo de salmón, del que el señor Oriental no había podido aprovecharse. La cosa consiste en lo siguiente: hay capitanes, no todos, que con un objeto bien comprensible modifican un poco la dirección del paquebote precisamente al comenzar la comida. Un ligero cambio del timón, nada más. ¿Pudiera dirigírseles por esto algún reproche? ¿Está prohibido durante una media hora escasa ponerse de acuerdo con el balanceo para realizar una economía en los platos de la comida? Seguramente que no. Por lo demás, aquello no se prolongó; verdad que los pasajeros no sintieron la tentación de volver a ocupar sus sitios en la mesa, aunque el paquebote tomase una marcha más calmosa. La comida, servida sólo para algunos comensales, iba pues a continuar en excelentes condiciones, sin que nadie se inquietase por los desdichados arrojados del comedor, y agrupados en el puente en actitudes tan variadas como lamentables. IV EN QUE CLOVIS DARDENTOR DICE COSAS DE LAS QUE JUAN TACONNAT PIENSA APROVECHARSE. —¡Cuántos sitios vacíos en la mesa, mi querido capitán!— exclamó Clovis Dardentor, mientras el jefe del comedor vigilaba el servicio sin perder su dignidad de costumbre. —Y tal vez es de temer que haya más sitios vacíos si la mar se pone mala— observó Marcel Lornans. —¿Mala? ¡Si es una balsa de aceite!— respondió el capitán Bugarach.— El Argelés ha caído en una contracorriente en que el oleaje es más duro. Algunas veces sucede esto. —Y muy frecuentemente a las horas del almuerzo y de la comida— respondió Juan Taconnat lo más serio del mundo. Efectivamente— añadió Clovis Dardentor con negligencia.— Lo he notado. Y si esas satánicas compañías marítimas se aprovechan de ello... —¿Puede usted creer?...— exclamó el doctor —No creo más que una cosa, y es que, en lo que a mí se refiere, jamás he perdido un bocado, y si no queda más que un pasajero en la mesa... —¡Lo será usted!— dijo Taconnat. —Usted lo ha dicho, señor Taconnat. Dardentor le llamaba ya por su nombre, como si le conociera de dos días antes. —Sin embargo— dijo entonces Marcel Lornans.— Es posible que algunos de nuestros compañeros vuelvan a la mesa. El balanceo ha disminuido. —Lo repito— afirmó el capitán...— Esto era momentáneo. Ha bastado una distracción del timonel. Y dirigiéndose al jefe del comedor, añadió: Vea usted, pues, si entre los pasajeros... —Entre otros tu pobre padre, Agatocles— recomendó Clovis. Pero el joven Desirandelle movió la cabeza, pues tenía la seguridad de que el autor de sus días no se decidiría a volver al comedor, y no se movió. En cuanto al jefe del comedor, se dirigió a la puerta convencido de lo inútil del paso que daba. Cuando un pasajero ha abandonado la mesa, aunque las circunstancias se modifiquen, es raro que consienta en volver. Los asientos vacíos no se ocuparon, por lo que el digno capitán y el excelente doctor aparentaron gran disgusto. Un ligero golpe de timón había rectificado la dirección del paquebote; la ola no le cogía por la proa, y la tranquilidad estaba asegurada para los diez comensales que quedaron en sus puestos. Por lo demás, vale más no ser muchos a la mesa, como decía Clovis Dardentor. El servicio gana con ello, la intimidad también, y la conversación puede generalizarse. Así sucedió. El peso de ella llevóle, con gran gusto, el héroe de nuestra historia. Por parlanchín que el doctor Bruno fuera, apenas si de tarde en tarde podía colocar alguna palabra. Lo mismo le sucedía a Juan Taconnat, al que la verbosidad de Dardentor divertía mucho. Marcel Lornans se contentaba con sonreír. Agatocles comía sin oír nada. Eustache Oriental saboreaba los mejores trozos, regándoles con una botella de pommard que el jefe del comedor le había llevado en una canastilla de una horizontalidad aseguradora. De los demás comensales no hay para que ocuparse. La superioridad del Mediodía sobre el Norte; los indiscutibles méritos de la ciudad de Perpignan; el puesto que en ella ocupaba uno de sus hijos, Clovis Dardentor en persona; la consideración que le valía su fortuna, honradamente adquirida: los viajes que ya había hecho; los que pensaba hacer; su deseo de visitar a Orán, del que sin cesar le hablaban los Desirandelle; el proyecto que había formado de recorrer aquella hermosa provincia argelina... En fin, él había partido y no se preocupaba de la vuelta. Sería error suponer que este flujo de palabras escapadas de los labios de Clovis Dardentor le impedía comer. No; la entrada del alimento y la salida de las palabras se ejecutaba simultáneamente con maravillosa facilidad. Aquel asombroso tipo hablaba y comía a la vez, sin olvidarse de vaciar su copa a fin de facilitar la doble operación. —¡Qué máquina humana!— pensaba Juan Taconnat.— ¡Cómo funciona! Dardentor es uno de los mejores ejemplares del Mediodía que he encontrado. No le admiraba menos el doctor Bruno. ¡Qué admirable objeto de disección, y qué provecho sacaría la Fisiología escudriñando los misterios de tal organismo! Pero como la proposición de que se dejara abrir el vientre hubiera sido inoportuna, el doctor se limitó a preguntar a Clovis Dardentor si siempre había gozado de buena salud.. —¿La salud, mi querido doctor? ¿Qué entiende usted por esto? —Entiendo lo que todo el mundo— respondió el doctor—, o sea, siguiendo la definición admitida, el ejercicio permanente, y fácil de todas las funciones de la economía. —Y aceptando esa definición— hizo observar Marcel Lornans—, deseamos saber si en usted ese ejercicio es fácil. —Y permanente— añadió Juan Taconnat. —Permanente, puesto que jamás he estado enfermo— declaró Dardentor, golpeándose el pecho; — y fácil, puesto que se efectúa sin que yo lo note. —Pues bien, querido amigo— preguntó el capitán Bugarach—, fijado ya lo que se entiende por la palabra salud, ¿permitirá usted que bebamos por la suya? —En efecto, me parece llegada la hora de embocar el champagne, y sin esperar a los postres. En el Mediodía, la expresión “embocar el champagne” es de uso corriente, y pronunciada por Clovis tomaba una magnífica redundancia. Trajeron el champagne, llenaron las copas, coronándose de blanca espuma, y la conversación no se ahogó... Al contrario. El doctor Bruno fue el primero que habló. —¡Eh! ¡Señor Dardentor!— dijo— Le suplico a usted me responda a esta pregunta: para conservar ese estado de imperturbable salud, ¿se ha abstenido usted de todo exceso? —¿Qué entiende usted por la palabra exceso? —¡Ah!— preguntó Marcel Lornans sonriendo.— ¿Es desconocido en los Pirineos orientales el significado de la palabra “exceso”, como el de la palabra “salud”? —Desconocido... no, señor Lornans; pero, para hablar con propiedad, no sé muy bien lo que significa. —Señor Dardentor— respondió el doctor—, cometer excesos es abusar de uno mismo; es usar el cuerpo y el alma de modo inconsiderado, intemperante e incontinente...; abandonándose, sobre todo a los placeres de la mesa; deplorable pasión que no tarda en destruir el estómago. —¿Qué es el estómago?— preguntó Clovis Dardentor en tono serio. —¿Qué es?— exclamó el doctor Bruno.— ¡Diablo! Una máquina que sirve para fabricar las gastralgias, las gastritis, las gastroenteritis, las endogastritis, las exogastritis. Y al pronunciar este montón de palabras que tienen la raíz gaster por radical, parecía muy satisfecho de que el estómago hubiera hecho nacer tantas afecciones especiales. Puesto que Clovis Dardentor persistía en sostener que todo lo que indicaba un deterioro en la salud le era desconocido; puesto que rehusaba admitir que aquellas palabras tuvieran una significación, Juan Taconnat, muy divertido, empleando la única locución que resume la intemperancia humana, dijo: —En fin... y de otra manera..., ¿no se ha divertido usted?... —No, puesto que no me he casado. Y lanzó una carcajada tal, que los vasos titilaron en la mesa como si ésta fuera sacudida por un vaivén violento. Se comprendió que sería imposible saber si aquel inverosímil Dardentor había o no sido el prototipo de la sobriedad, y si debía a su temperancia habitual la excelente salud de que gozaba, o si era esto efecto de una constitución de hierro, que ningún abuso había podido estropear. —¡Vamos!... ¡Vamos!— dijo el capitán Bugarach.— Veo, señor Dardentor, que la Naturaleza le ha hecho a usted para ser uno de nuestros futuros centenarios... —¿Por qué no, querido capitán? —Sí..., ¿por qué no?— repitió Marcel Lornans. —Cuando una máquina está sólidamente construida— añadió Clovis Dardentor,— bien engrasada, bien alimentada, no hay motivo para que no dure siempre. —En efecto— concluyó Juan Taconnat;— y desde el momento en que no falte combustible. —¡No es combustible lo que faltará— exclamó Clovis Dardentor, dando golpes en su chaleco, que devolvió un sonido metálico.— Y ahora, queridos señores— añadió riendo—, ¿han terminado ustedes de hacerme preguntas? —No respondió el doctor Bruno. Y empeñándose en poner a Clovis entre la espada y la pared, dijo: —¡Error, caballero, error! No hay máquina tan buena que no se desgaste; no hay tan buen mecanismo que no se estropee algún día. —Eso depende del maquinista— respondió Clovis Dardentor llenando su copa hasta los bordes. —Pero, en fin— exclamó el doctor—, supongo que usted morirá. —Y ¿por qué quiere usted que yo muera si jamás consulto a un médico?— ¡A la salud de ustedes, señores! Y en medio de la general hilaridad levantó su copa, y después de chocarla alegremente con la de sus compañeros, la vació de un trago. Hasta los postres continuó la conversación, cada vez más animada, ensordecedora realmente. Júzguese del efecto que aquel tumulto causaría en los desdichados pasajeros, extendidos en el lecho del dolor, y cuyo mareo crecía forzosamente con la vecindad de tan alegre conversación. El señor Desirandelle había al fin aparecido en el umbral del comedor. Puesto que su comida y la de su mujer estaban comprendidas en el precio del billete, ¡qué disgusto no poder consumir su parte! Pero apenas abrió la puerta sintióse invadido por vértigos, y apresuradamente volvió al puente. Su único consuelo consistía en decir: —Por fortuna, Agatocles está en disposición de comer por tres, y realmente el joven trabajaba a conciencia, a fin de indemnizarse de los desembolsos paternales. Entretanto, después de la última respuesta de Clovis Dardentor, la conversación se dirigió a otro punto. ¿No se podría encontrar el flaco de aquel vividor, buen bebedor y comedor? Indiscutible era que su constitución— fuese excelente, inalterable su salud, y su organismo de hierro. Mas ¿no acabaría por abandonar este bajo mundo como todos los mortales? (digamos casi todos para no desanimar a nadie). Y ¿a quién iría su gran fortuna cuando sonara la hora fatal? ¿Quién tomaría posesión de las casas, de los valores mobiliarios del antiguo tonelero de Perpignan, no habiéndole a éste dado la Naturaleza heredero directo ni indirecto, ni un solo colateral con derecho a heredarle? Se le hizo la pregunta, añadiendo Marcel Lornans: —¿Cómo no ha pensado usted en hacerse herederos? —Y ¿cómo? —¡Diablo! Como se hacen estas cosas exclamó Juan Taconnat:— casándose con una mujer joven, bonita, digna de usted. —¿Yo casarme? —Sin duda. —Es idea que nunca he tenido. —Pues debiera usted haberla tenido, señor Dardentor dijo el capitán, y aun es tiempo... —¿Es usted casado, mi querido capitán? —No. —¿Y usted, doctor? —Tampoco. —¿Y ustedes, señores? —No— respondió Marcel Lornans—, y a nuestra edad nada tiene de extraño. —Y bien, si ustedes no se han casado, ¿por qué quieren que yo lo haga? —Por tener una familia— respondió Juan Taconnat. —¡Y los cuidados que la familia trae consigo! —Para tener hijos... —¡Y con los hijos, los tormentos que causan! —En fin, para tener descendientes naturales que se aflijan cuando usted muera... —¡O que se alegren de ello! —¿Supone usted— dijo Marcel Lornans— que el Estado no se alegrará si le hereda a usted? —¡El Estado... heredero de mi fortuna, y que se la comerá como un disipador que es! —Eso no es responder, señor Dardentor— dijo Marcel Lornans—, y el destino del hombre es formar una familia y perpetuarse en sus hijos. —Conformes; pero el hombre puede tenerlos sin casarse... —¿Cómo entiende usted esto?— preguntó el doctor. —En el buen sentido..., y en lo que a mí atañe, preferiría los que uno busca... —¿Hijos adoptivos ?— preguntó Juan. —Seguramente. ¿No es cien veces mejor?... ¿No es lo más sabio? ¡Se les elige!… Se les puede buscar sanos de alma y cuerpo, cuando ya han pasado de la edad del sarampión y de la escarlatina. Se les elige rubios o morenos, bestias o inteligentes; mujer o varón, según el sexo que se desee. ¡Se puede tener uno, dos, tres, cuatro y hasta una docena, según que está más o menos desarrollado el instinto de la paternidad adoptiva! ¡En fin, se tiene libertad para fabricarse una familia de herederos en condiciones excelentes de garantía física y moral, sin esperar que Dios se digne bendecir vuestra unión! ¡Se bendice uno mismo cuando quiere—, y a su gusto! —¡Bravo, señor Dardentor, bravo!— exclamó Juan Taconnat.— ¡A la salud de sus hijos adoptivos! Y una vez más chocaron los vasos. ¡Imposible formarse idea de lo que los comensales sentados a la mesa del Argelés hubieran perdido de no oír al expansivo Dardentor lanzar la última frase de su discurso! ¡Había estado magnífico! —Sin embargo— añadió el capitán—, aunque el método de usted es excelente, si todo el mundo se conformara con él, si no hubiera más que padres adoptivos, bien pronto no habría niños que adoptar... —¡No tanto, capitán, no tanto! Nunca faltará brava gente que se case... ¡Millares de millones! —Lo que es una fortuna— concluyó el doctor—, pues sin eso el mundo no tardaría en acabarse. Por este camino siguió la conversación, que no logró distraer al señor Eustache Oriental, que saboreaba su café en el otro extremo de la mesa; ni a Agatocles Desirandelle, que se servía de los distintos postres. En el curso de ella, Marcel Lornans, recordando el título VII del Código civil, llevó la cuestión al terreno jurídico. —Señor Dardentor— dijo—, cuando se quiere adoptar a alguno es indispensable tener ciertas condiciones. —No lo ignoro, señor Lornans, y me parece que ya lleno algunas. —Efectivamente— respondió Marcel Lornans; — en primer lugar, usted es francés y de uno u otro sexo. —Más particularmente del sexo masculino si quieren ustedes creerlo... —Le creemos a usted bajo su palabra afirmó Juan Taconnat—, y no nos sorprende. —Además— añadió Marcel Lornans—, la ley obliga a la persona que quiera adoptar a no tener hijos ni descendientes legítimos. —Que es precisamente mi caso, señor abogado— respondió Clovis Dardentor—, y añado que ni aun ascendientes tengo. —El ascendiente no está interdicto por la ley. —En fin, yo no los tengo. —Pero hay algo que usted no tiene, señor Dardentor. —¿El qué? —¡Cincuenta años de edad! Es preciso haberlos cumplido— para que la ley permita adoptar. —Los cumpliré dentro de cinco años si Dios me da vida... Y ¿por qué no ha de dármela? —Haría mal en lo contrario— dijo Juan Taconnat—, pues no encontraría sitio mejor donde colocarla. —Esa es mi opinión, señor Taconnat. Así es que esperaré a cumplir mis cincuenta años para hacer el acto de adopción, caso que se presente una ocasión, una buena ocasión, como se dice hablando de negocios. —Con la condición— añadió Marcel Lornans— de que el adoptado no tenga más de treinta y cinco años; pues la ley exige que el adoptante tenga por lo menos quince años más que el adoptado. —¡Eh!... ¿Cree usted— exclamó el señor Dardentor— que pienso en regalarme con un hijo viejo o una hija anciana? ¡No! Y no le elegiré de treinta y cinco, ni de treinta, sino al comenzar su mayor edad, puesto que el Código establece que sean mayores... —Todo eso está muy bien, señor Dardentor— respondió Marcel Lornans— Es indudable que usted llena esas condiciones. Pero, y lo siento por sus proyectos de paternidad adoptiva, hay una que le falta a usted. —¿Acaso es que no gozo de buena reputación? ¿Quién se permitirá sospechar del honor de Clovis Dardentor, de Perpignan, Pirineos Orientales, en su vida pública o en su vida privada? —¡Oh! ¡Nadie!...— exclamó el capitán Bugarach. —Nadie— añadió el doctor. —No... — Nadie— proclamó Juan Taconnat. —Nadie, ciertamente— dijo Marcel Lornans—, y no era de esto de lo que quería hablar... —¿De qué entonces— preguntó Clovis Dardentor. —De cierta condición impuesta por el Código, condición que usted, sin duda, ha descuidado. —¿Y cuál es? —La que exige que el adoptante haya prestado al adoptado, en la menor edad de éste, cuidados no interrumpidos durante un período de seis años. —¿La ley dice eso? — Formalmente. —¿Y quién es el animal que ha puesto eso en la ley? —¡Poco importa el animal!... —Y bien, señor Dardentor— preguntó el doctor Bruno insistiendo—, ¿ha prestado usted esos cuidados a algún menor? —¡No, que yo sepa! —Entonces— declaró Juan Taconnat no le queda a usted otro recurso que el de emplear su fortuna en un establecimiento benéfico, que llevará el nombre de usted— —¿La ley lo quiere así?— preguntó Clovis Dardentor. —Lo quiere— afirmó Marcel Lornans. Clovis Dardentor no ocultó el descorazonamiento que esta exigencia del Código le causaba. ¡Le hubiera sido tan fácil proveer a las necesidades de la educación de un menor durante seis años! ¡No haber pensado en esto! Verdad que ¿cómo tener la seguridad de haber hecho una elección acertada, tratándose de adolescentes que no ofrecen la menor garantía para el porvenir? Pero ¿era la cosa indispensable? ¿No se engañaba Marcel Lornans? —¿Usted me asegura que el Código civil?...— preguntó por segunda vez. —Se lo aseguro— respondió Marcel Lornans.— Consulte usted el Código, título “De la adopción”, artículo 345. Hace de esto una condición esencial..., a menos que... —A menos que...—repitió Clovis Dardentor, y al decirlo serenóse su rostro.— Vamos... acabe usted— exclamó. –Me desespera usted con sus excepciones y sus “a menos que”... A no ser— continuó— Marcel Lornans—, que el adoptado haya salvado la vida al adoptante, ya en un combate, ya arrojándose para salvarle al agua o al fuego, conforme a la ley. —¡Pero yo ni he caído, ni caeré jamás al agua!— respondió Clovis Dardentor. —Eso le puede a usted suceder como a cualquiera— dijo Juan Taconnat. —Espero que no se me quemará mi casa... —Su casa de usted corre el riesgo de quemarse como cualquiera otra; y si no en su casa, puede usted estar en un teatro..., en este mismo paquebote... Si se declarase un incendio a bordo... —Sea, señores, el fuego o el agua. En cuanto a un combate, mucho me asombraría tener necesidad de que me socorriesen. ¡Poseo dos buenos brazos y dos excelentes piernas que no reclaman ayuda de nadie! —¿Quién sabe?— respondió Juan Taconnat. Llagase lo que llegase, Marcel Lornans, en el curso de la conversación, había establecido las disposiciones de la ley, tales como las presenta el título VIII del Código civil. De otras prescripciones no había hablado por ser inútil la cita. Por ejemplo: nada había dicho de la obligación de que el cónyuge del adoptante consienta en la adopción, puesto que Clovis Dardentor era soltero; ni nada tampoco del consentimiento de los padres del adoptado si éste no había cumplido su mayor edad. Por lo demás, parecía difícil que Clovis Dardentor llegase a realizar su sueño y se crease una familia de hijos adoptivos. Sin duda podía elegir un adolescente y prodigarle sus cuidados durante seis años consecutivos, y darle con su nombre todos los derechos de un heredero legítimo. ¡Pero qué albur!... Y si no se decidía por esto, veríase comprendido en el tercer caso prescrito por el Código. Era menester que fuera salvado de un combate, de las olas o del fuego. ¿Había probabilidades de que ocurriese tal cosa tratándose de un hombre como Clovis Dardentor? El no lo creía ni nadie lo sospecharía. Los comensales cambiaron algunas otras palabras, rociadas abundantemente con champagne. Dirigiéronse a nuestro héroe algunas bromas, que él reía el primero. Si no quería morir sin herederos, si renunciaba a dar al Estado el derecho de tal, fuerza era seguir la opinión de Juan Taconnat, consagrando su fortuna a alguna fundación de caridad. Después de todo, libre era de dar su herencia al primero que se presentase. ¡Pero no... él tenía sus ideas!... Terminada aquella memorable comida, los comensales subieron a la toldilla. Eran cerca de las siete, pues la comida había durado mucho. Hermosa tarde, que anunciaba una hermosa noche. Respirábase el aire puro del mar. La tierra, hundida por el crepúsculo, no aparecía más que como confusa masa en el horizonte de la parte Oeste. Mientras hablaban, Clovis Dardentor y sus compañeros se paseaban por la cubierta entre el humo de exquisitos tabacos, de los que Dardentor había hecho buena provisión y ofrecía con encantadora liberalidad. A las nueve se separaron, despidiéndose hasta el día siguiente. Clovis Dardentor, después de acompañar al señor Desirandelle al camarote de su señora, se dirigió al suyo, en el que ni el ruido ni la agitación propia de un barco debían turbar su sueño. Entonces Juan Taconnat dijo a su primo: —Tengo una idea... —¿Cuál? —¡Si nos hiciéramos adoptar por ese buen hombre! —¿Nosotros? —¡Tú y yo... o bien, tú y yo! —¡Tú estás loco, Juan! —La noche es buena consejera, Marcel, y yo te diré mañana el consejo que me haya dado. V EN EL QUE PATRICIO SIGUE ENCONTRANDO QUE ALGUNAS VECES SU AMO ES POCO DISTINGUIDO. Al día siguiente a las ocho, no había aun nadie sobre cubierta. El estado de la mar no era, sin embargo, tan malo que obligase a los pasajeros a permanecer en sus camarotes. Apenas si el suave oleaje del Mediterráneo imprimía un débil balanceo al Argelés a la apacible noche iba a suceder un espléndido día. Si, pues, los pasajeros no habían abandonado el lecho al amanecer, era porque la pereza les retenía en él; los unos bajo el imperio del sueño; los otros, ya despiertos, abandonándose al vaivén, como un niño en su cuna. Claro es que nos referimos a esos seres privilegiados que jamás están enfermos en la mar, ni aun en mal tiempo, y no a los desventurados que lo están siempre, aun con tiempo apacible. Entre los últimos hay que colocar a los Desirandelle y a gran número de otros que no recobrarán su aplomo moral y físico hasta que el paquebote ancle en el puerto. La atmósfera muy clara y muy pura, y templada por los rayos solares que reverberaban en la superficie de las aguas. El Argelés caminaba, con una velocidad de diez millas por hora, por el cabo SSE., en dirección al Archipiélago de las Baleares. Algunos barcos pasaban al largo y a contrabordo, lanzando al viento el humo de sus chimeneas, o extendiendo su blanco velamen sobre el fondo algo brumoso del horizonte. El capitán Bugarach iba y venía de un extremo del puente a otro por las necesidades del servicio. En este momento Marcel Lornans y Juan Taconnat aparecieron a la entrada de la toldilla. El capitán se acercó a ellos y les estrechó las manos. —¿Han pasado ustedes bien la noche, señores? —Admirablemente, capitán— respondió Marcel Lornans—, y sería difícil imaginar otra mejor. No conozco cuarto de fonda que valga lo que un camarote del Argelés. —Soy de la opinión de usted, señor Lornans— respondió el capitán Bugarach—, y no comprendo que se pueda vivir más que a bordo de un navío. —Vaya usted a decir eso al señor Desirandelle— indicó el joven—, y a ver si participa del placer de usted. —Ni ese señor ni los que se le parecen son capaces de apreciar el encanto de una travesía— exclamó el capitán.— Son como baúles en la cala. Esos pasajeros constituyen la vergüenza de los paquebotes. En fin... como pagan su pasaje... —¡Claro!— respondió Marcel Lornans. Juan Taconnat, tan locuaz por costumbre, tan expansivo, se había contentado con estrechar la mano del capitán, y no había tomado parte en la conversación. Parecía preocupado. Marcel Lornans preguntó al capitán: —¿Cuándo estaremos a la vista de Mallorca? —A eso de la una de la tarde. No tardaremos en ver las primeras alturas de las Baleares. —¿Haremos escala en Palma? —Hasta las ocho de la noche; el tiempo preciso para embarcar las mercancías con destino a Orán. —¿Podremos visitar la isla? —La isla, no; pero sí la ciudad de Palma, que vale la pena según se dice. —¿Cómo según dice? ¿Es que usted no ha estado en Mallorca? —Treinta o cuarenta veces. —¿Y no la ha explorado usted? —¿Y el tiempo, señor Lornans, y el tiempo? ¿Acaso le he tenido? —Ni tiempo... ni gusto tal vez. —Efectivamente, ni gusto... Me mareo en tierra. Y el capitán Bugarach abandonó a su interlocutor para subir al puente. Marcel Lornans se volvió a su primo y le dijo: —Vamos, Juan; esta mañana estás mudo como un Harpócrates. —Es que reflexiono, Marcel. —¿En qué? —En lo que te dije ayer. —¿Qué me has dicho? —Que teníamos una ocasión única para hacernos adoptar por ese ciudadano de Perpignan. —¿Aun piensas en eso? —Sí... y después de haber pensado toda la noche. —¿Hablas en serio? —Muy en serio... Él desea hijos adoptivos... Que nos tome... ¡No encontrará otros mejores! —¡Eres tan modesto como fantaseador, Juan! —Mira, Marcel; ser soldado es muy hermoso. Alistarse en los cazadores de África es muy honroso. Sin embargo, temo que el oficio de las armas no sea lo que era en otra época. Antes había una guerra cada tres o cuatro años. Significaba esto el ascenso seguro, grados, cruces... Pero la guerra, una guerra europea se entiende, se ha hecho casi imposible con el enorme contingente que representan millones de hombres a quienes armar, conducir, alimentar, etc. Nuestros oficiales no tienen más porvenir que retirarse capitanes, la mayor parte al menos. La carrera militar, aun con suerte, no dará ya lo que daba hace treinta años. Las grandes guerras han sido reemplazadas con las grandes maniobras. Desde el punto de vista social esto es un progreso, pero... —Juan— dijo Marcel Lornans.— Era preciso haber pensado así antes de ponerse en camino para Argel. —Entendámonos, Marcel. Yo estoy siempre dispuesto, como tú, a alistarme. Sin embargo, si la fortuna se decidiese a abrir sus manos a nuestro paso... —¡Estás loco! —¡Diablo! —Tú ves ya en el señor Dardentor... —¡Un padre! —Olvidas, pues, que para adoptarte sería preciso que te hubiera prestado sus cuidados durante seis años de tu menor edad. ¿Lo ha hecho? —No, que yo sepa, o, en todo caso—, yo no le he notado. —Veo que recobras el juicio, querido Juan, puesto que te lamentas de ello. —Me lamento y no me lamento. —¿Acaso habrás salvado a ese hombre de las olas, de las llamas o en un combate? —No..., pero le salvaré, o, mejor dicho, le salvaremos. —¿Cómo? —No lo sospecho. —¿Será en la tierra, en la mar o en el espacio? —Según como se presente la ocasión, y no es imposible que se presente. —¿Cuando tú quieras hacerla nacer? —¿Por qué no? Estamos a bordo del Argelés, y suponiendo que el señor Dardentor caiga al mar... —No tendrás la intención de arrojarle... —En fin..., admitamos que cae. Tú o yo nos precipitamos en su auxilio, como un heroico terranova; éste le salva, y el dicho terranova se convierte en un perro..., digo, en un hijo adoptivo. —Habla por ti, que sabes nadar, Juan. Yo no sé; y si no tengo más que esa ocasión de hacerme adoptar por ese digno señor... —Comprendido, Marcel... Yo opero en la mar y tú en la tierra... Pero convengamos en ello; si tú llegas a ser Marcel Dardentor, no sentiré envidia; y si soy yo quien obtiene ese nombre magnífico..., al menos que ambos... —No quiero responderte, mi pobre Juan. —Y yo te dispenso a condición que me dejes realizar mis planes... —Lo que me inquieta es que tú hagas desfilar ese montón de locuras con una gravedad que no está en tus costumbres. —Porque la cosa es muy grave. Por lo demás, tranquilízate; tomará el negocio por su lado alegre, y si no obtengo resultados, no me saltaré la tapa de los sesos. —Pero ¿los tienes aun? —Aun quedan algunos gramos. —Te repito que estás loco. —¡Diablo!... Continuaron en esta conversación, a la que Marcel Lornans no quería dar importancia alguna, y mientras fumaban, recorrieron la toldilla de proa a popa. Al aproximarse a la baranda del barco vieron al criado de Clovis Dardentor inmóvil junto a la chupeta de la máquina y vestido con su librea de viaje, de irreprochable corrección. ¿Qué hacía allí y qué esperaba, sin demostrar impaciencia alguna? Esperaba que su amo despertase. El criado del señor Dardentor era tan original como su amo. Pero entre ambos, ¡qué diferencia de temperamento y de carácter! Patricio— aunque no fuese de origen irlandés, se llamaba así, y merecía el nombre que viene de los patricios, de la antigua Roma— era un hombre de unos cuarenta años. Sus maneras distinguidas contrastaban con las del de Perpignan, al que tenía a la vez la buena y mala suerte de servir. Las facciones de su rostro, siempre afeitado; su frente un poco inclinada hacia atrás; su mirada llena de cierto orgullo; su boca, cuyos labios medio cerrados dejaban ver hermosos dientes; su cabellera rubia, cuidadosamente peinada; su reposada voz, su noble aspecto, permitían colocarle en ese tipo, cuya cabeza, según los frenólogos, forma “un circuito alargado” Tenía el aire de un miembro de la Alta Cámara de Inglaterra. Desde hacía quince años ocupaba aquella plaza, que algunas veces tuvo deseos de dejar. A la inversa, Clovis Dardentor había tenido, no menos frecuentemente, la idea de ponerle en la calle; pero la verdad era que, no obstante la diferencia de su naturaleza, ninguno de ellos podía pasarse sin el otro. Lo que encadenaba a Patricio a su amo no eran los gajes, con ser éstos de importancia, sino la seguridad de que Dardentor tenía en él una confianza absoluta, y en realidad merecida. Pero ¡qué herido en su amor propio se sentía Patricio viendo la familiaridad, la locuacidad, la exuberancia del meridional! A sus ojos, al señor Dardentor le faltaba distinción. No demostraba la dignidad que su situación social le imponía. El antiguo tonelero aparecía en su manera de saludar, de presentarse, de expresarse. Le faltaban buenas formas; y ¿cómo hubiera podido adquirirlas fabricando y rodando millares de toneles por sus almacenes? ¡No! No podía ser, y Patricio no se ocultaba para decirlo. Algunas veces, Clovis Dardentor, que, como se habrá notado, tenía la manía de “hacer frases”, aceptaba de buen talante las observaciones de su criado. Reíase de ellas y se burlaba de aquel “mentor con librea “, gozándose en excitarle con sus respuestas. Algunas veces también, en días de mal humor, se incomodaba; enviaba a paseo al maldito consejero, y le daba como tiempo para que se marchase la tradicional semana, cuyo fin no llegaba nunca. En el fondo, si Patricio estaba disgustado por servir a un amo tan poco gentleman, Clovis Dardentor estaba orgulloso de tan distinguido criado. El día de que se habla, Patricio no tenía grandes motivos de satisfacción. Sabía por el jefe del comedor que durante la comida de la víspera, el señor Clovis Dardentor se había abandonado a censurables intemperancias de lenguaje, que había hablado sin juicio, produciendo en los convidados una pobre idea de un natural de los Pirineos orientales. No; Patricio no estaba contento, y no podía ocultarlo. Por esto desde muy temprano, antes de ser llamado, se había permitido golpear a la puerta del camarote núm. 13. Al primer golpe, sin respuesta, sucedió un segundo más acentuado. —¿ Quién es?— gruñó una voz somnolienta. —Patricio. —¡Voto al diablo! Sin ir donde se le enviaba, Patricio se retiró en seguida, muy molestado por aquella respuesta poco parlamentaria, a la que, no obstante, debía de estar acostumbrado. —¡Nada haré nunca de semejante hombre!— murmuró, obedeciendo. Y siempre digno, siempre noble, siempre “lord inglés”, volvió al puente, a fin de esperar pacientemente la aparición de su amo. Duró la espera una hora larga, pues el señor Dardentor no sentía prisa por abandonar el lecho. Al fin oyóse el ruido de la puerta del camarote, y después se abrió la de la toldilla para dar paso al principal personaje de esta historia. En aquel momento, Juan Taconnat y Marcel Lornans, que estaban apoyados en la barandilla, le vieron. —¡Calle!... ¡Nuestro padre!— dijo el primero. Al oír este prematuro calificativo, Marcel Lornans soltó la carcajada. Entretanto, con paso mesurado, aspecto severo y rostro con expresión desaprobadora, Patricio, bastante mal dispuesto a recibir las órdenes de su amo, avanzó hacia éste. —¡Ah!.. ¿Eres tú, Patricio?... ¿Has sido tú el que ha venido a despertarme en lo mejor de mi sueño? —El señor convendrá que mi deber... —Tu deber era esperar a que yo llamase. —El señor se cree sin duda en Perpignan, en su casa de la plaza de la Loge. —Yo me creo donde estoy— replicó el señor Dardentor—; y si hubiera tenido necesidad de ti, te hubiera mandado a buscar, especie de despertador mal montado... El rostro de Patricio se contrajo ligeramente, y respondió con gravedad: —Prefiero no oír al señor cuando el señor expresa su pensamiento en tales términos. Además, haré observar al señor que la gorra con que el señor se ha cubierto no me parece de lo más propio para un viajero de primera. En efecto, la gorra que echada atrás llevaba Dardentor era poco elegante. —¿De modo que no te gusta mi gorra? —No más que la blusa que el señor se ha puesto, bajo pretexto de ser preciso tener el aire marino cuando, se navega. —¡Verdaderamente! —Si el señor me hubiera recibido, hubiera impedido al señor que se vistiera de ese modo. — ¿Lo hubieras impedido, Patricio? —Tengo la costumbre de no ocultar mi opinión al señor, aun cuando esto le contraríe, y es lo que hago en Perpignan en casa del señor, y es natural que lo haga a bordo de este paquebote. —¿Cuándo concluirá usted, señor Patricio? —Aunque esta fórmula sea de una perfecta cortesía, debo confesar que no he dicho todo lo que tengo que decir, y lo primero es que el señor debió ayer, durante la comida, observarse más que lo hizo. —¿Observarme... sobre la comida? —Y sobre las libaciones, que fueron más allá de lo justo. En fin, según lo que me ha referido el jefe del comedor, un hombre muy correcto... —¿Y qué le ha contado a usted ese hombre tan correcto?— preguntó Clovis Dardentor, que ya no tuteaba a su criado, indicio de que su mal humor llegaba a lo último. —Que el señor había hablado..., hablado, y de cosas que vale más callar, en mi opinión, cuando no se conoce a las personas delante de las que se habla. Esto es no solamente cuestión de prudencia, sino de dignidad... —¡Señor Patricio!... —¿Me llama el señor?... —¿Ha ido usted donde le he enviado esta mañana cuando llamó a la puerta de mi camarote de manera tan intempestiva? —No recuerdo. —Yo le refrescaré la memoria. Le he enviado a usted al diablo, y con todos los miramientos debidos, me prometo enviarle a usted al diablo por segunda vez, y esté usted allí hasta que yo le llame. Entornó Patricio los ojos y apretó los labios. Después se dirigió a proa en el momento en que el señor Desirandelle salía de la toldilla. —¡Ah, excelente amigo!— exclamó Clovis Dardentor al verle. El señor Desirandelle se había atrevido a salir al puente a fin de respirar un oxígeno más puro que el de los camarotes. —Y bien— añadió Dardentor—, ¿cómo va desde ayer? —Mal... —¡Animo, amigo, ánimo! Tiene usted la cara más blanca que una sábana, los ojos vidriosos, los labios pálidos...; pero esto no es nada, y esta travesía se acabará... —¡Mal, Dardentor! —¡Qué pesimista está usted! Vamos: sursum corda, como se canta en las fiestas en que repican gordo. ¡Realmente, la cita era oportuna tratándose de un hombre mareado! —Por lo demás— añadió Dardentor—, dentro de una hora podrá usted poner el pie en tierra firme. El Argelés anclará en Palma. —¡Donde no permanecerá más que medio día!— suspiró el señor Desirandelle—, y llegada la noche será preciso volver a embarcar en este abominable columpio ¡Ah! ¡Si no se tratase del porvenir de Agatocles! —Claro es, Desirandelle, y eso merece esta ligera molestia. ¡Ah! Mi viejo amigo, me parece ver allá abajo aquella encantadora joven, con la lámpara en la mano, como Hero esperando a Leandro, a Agatocles quiero decir, en la ribera argelina. Y aun resulta mala la comparación, porque, según dice la leyenda, el desdichado Leandro se ahogó en el camino. ¿Almorzará usted hoy con nosotros? —¡Oh, Dardentor! En el estado en que me encuentro... —¡Es lástima, mucha! La comida de ayer ha sido muy alegre, y el menú de primera. ¡Los manjares eran dignos de los comensales! ¡El doctor Bruno es una excelente persona!... Y esos dos jóvenes, ¡qué simpáticos compañeros de viaje! ¡Y de qué manera se ha portado ese asombroso Agatocles! ¡Si no ha abierto la boca para hablar, por lo menos la ha abierto para comer!...¡Se ha llenado hasta la barba! —¡Ha hecho bien! —Ciertamente. ¡Ah! ¿No veremos esta mañana a la señora de Desirandelle? —No lo creo...; ni esta mañana... ni más tarde... —¿Cómo? ¿Ni en Palma? —La es imposible levantarse. —¡Querida señora! ¡Cómo la compadezco! ¡Y cómo la admiro! ¡Todo lo sufre por Agatocles! ¡Tiene verdadera— mente entrañas de madre... y un corazón! Pero no hablemos ahora de su corazón... ¿Sube usted a la toldilla? —No. No podría, señor Dardentor. ¡Prefiero permanecer en el salón! ¡Es más seguro! ¡Ah! ¡Cuándo se construirán barcos que no dancen, y por qué obstinarse en hacer navegar en tales máquinas! —Es cierto, señor Desirandelle, que en tierra los barcos se burlarían del balanceo. Pero aun no estamos en esa época. ¡Ya llegaremos, ya llegaremos! En espera de la realización de este progreso, el señor Desirandelle tuvo que resignarse a tenderse sobre uno de los canapés del salón, que no debía abandonar hasta la llegada a las Baleares. Clovis Dardentor le estrechó la mano, y subió por la escalera de la toldilla con el aplomo de un viejo lobo de mar, la gorra echada atrás, el rostro alegre, y la blusa desplegada al viento como un pabellón. Los dos primos se reunieron a él. Cambiáronse saludos de simpatía y preguntas sobre la salud recíproca. ¿Había Clovis Dardentor dormido bien después de las horas pasadas a la mesa? Perfectamente; con sueño no interrumpido y reparador: ¡lo que se llama tapiar los dos ojos! ¡Oh!. ¡Si Patricio hubiera oído tales palabras en boca de su amo! Y aquellos señores, ¿habían descansado —Como un par de leños— respondió Juan Taconnat, que deseaba mantenerse al diapasón de Clovis. Por fortuna Patricio no estaba allí. Conversaba en elegante forma con su nuevo amigo, el jefe del comedor. Verdaderamente, no hubiera formado buena idea de aquel joven parisiense que se expresaba en tan vulgares términos. Siguió la conversación en familiar abandono. El señor Clovis Dardentor se felicitaba por haber entablado relaciones con los dos jóvenes. Y para éstos, ¡qué fortuna haber conocido a un compañero de viaje tan simpático como Clovis Dardentor! ¿Se volverían a ver en Orán ¿Aquellos señores pensaban prolongar su estancia en aquel punto? —Sin duda— respondió Marcel Lornans— pues nuestra intención es incorporarnos... —¿Incorporarse al teatro? —No, señor Dardentor, al 7º de cazadores de África. —Hermoso regimiento, señores, y ustedes sabrán abrirse camino. De forma, ¿que es cosa resuelta? — A menos— continuó Juan— que sobrevengan ciertas circunstancias. —Señores— respondió Clovis Dardentor.— Tengo la seguridad de que honrarán ustedes la carrera a que se dediquen, cualquiera que esta sea. ¡Ah, si hubiera llegado esta frase a oídos de Patricio! Pero éste, en compañía del jefe del comedor, había bajado a la cocina, donde humeaba el café con leche en las vastas tazas de a bordo. En fin, lo cierto era que los señores Clovis Dardentor, Juan Taconnat y Marcel Lornans habían tenido un gran placer al encontrarse, y esperaban que el desembarco en Orán no sería causa de una brusca separación, como frecuentemente sucede entre compañeros de viaje. —Y— dijo Clovis Dardentor— si no tienen ustedes inconveniente, nos alojaremos en el mismo hotel. —Ninguno— se apresuró a responder Juan Taconnat,— y eso presenta ventajas indiscutibles. —Pues queda convenido. Nuevo cambio de apretones de manos, en los que Juan Taconnat encontraba algo de paternal y filial. —Si por feliz casualidad— pensaba— se declarase un incendio en el hotel, ¡qué ocasión para salvar de las llamas a este excelente hombre! A las once fueron señalados los contornos lejanos del Archipiélago de las Baleares en el SE. Antes de las tres, el paquebote estaría a la vista de Mallorca. Sobre aquella mar favorable no sufriría retraso alguno, y llegaría a Palma con la exactitud de un expreso. Los pasajeros que habían asistido a la comida de la víspera bajaron al comedor. La primera persona a quien vieron fue al señor Eustache Oriental, siempre sentado a un extremo de la mesa. ¿Quién era aquel personaje tan obstinado, tan poco sociable, aquel cronómetro de carne y hueso, cuyas agujas no señalaban más hora que la de la comida? —¿Es que ha pasado la noche en este sitio?— preguntó Marcel Lornans. —Probablemente— respondió Juan Taconnat. —Se le habrá olvidado destornillar su tuerca— añadió Clovis Dardentor. El capitán Bugarach, que esperaba a sus pasajeros, les saludó afectuosamente, formulando la esperanza de que el almuerzo merecería todos sus elogios. Después el doctor Bruno saludó a todos. Tenía un hambre de lobo, de lobo marino, se entiende, tres veces al día. Se informó particularmente de la extravagante salud del señor Clovis Dardentor. Clovis Dardentor gozaba de mejor salud que nunca, cosa que lamentaba por el doctor, del que sin duda no utilizaría los primeros preciosos servicios. —Nada se puede asegurar en ese punto, señor Dardentor respondió el doctor Bruno.— Muchos hombres tan sólidos como usted, después de resistir una travesía, han caído a la vista del puerto. —Vamos, doctor. Eso es lo mismo que si aconsejara usted a un marsuino que tuviera cuidado con el mareo. —He visto marsuinos que le padecían— respondió el doctor— cuando se les sacaba del agua a la punta de un arpón. Agatocles ocupó su sitio de la víspera. Tres o cuatro pasajeros nuevos se sentaron a la mesa. ¿Hizo tal vez un gesto de desagrado el capitán Bugarach? Aquellos estómagos a dieta desde el día anterior debían de tener un hambre horrible. ¡Qué brecha en el menú, del almuerzo! Durante éste, y a despecho de las observaciones de Patricio, el gasto de la conversación le hizo Dardentor. Pero esta vez habló menos de su pasado y más de su porvenir, y por porvenir entendía su estancia en Orán. Contaba con visitar toda la provincia, tal vez toda la Argelia, tal vez aventurarse hasta el Desierto. ¿Por qué no? A este fin preguntó sí había árabes en Argel. —Algunos— respondió Marcel Lornans.— Se les conserva por el color local. —Más de media docena— añadió Juan Taconnat—; y aún conservan la piel de carnero y argollas en las piernas. —No se fíen ustedes, señores— creyó deber afirmar el capitán Bugarach. Se comió bien, se bebió mejor. Los nuevos pasajeros se atracaron. Parecían toneles de las Danaides. ¡Ah! ¡Si el señor Desirandelle hubiera estado allí!... Pero más valía que no, pues varias veces los vasos chocaron contra los cubiertos y los platos se agitaron sobre la mesa. Ya era el mediodía cuando, después de consumido el café y los licores, los pasajeros se levantaron, abandonando el comedor para refugiarse bajo el toldo de la cubierta. Sólo el señor Oriental permaneció en su sitio, lo que hizo que el señor Clovis Dardentor preguntase quién era aquel pasajero tan puntual a la hora de las comidas y tan deseoso de no intimar con nadie. —Lo ignoro— respondió el capitán Bugarach—; y no sé más que se llama el señor Eustache Oriental. —¿Dónde va? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su profesión? —Creo que no lo sabe nadie. Patricio se acercaba para ofrecer sus servicios si eran necesarios. Como oyera la serie de preguntas hechas por su amo, creyó poder permitirse decir: —Si el señor me autoriza para ello, yo puedo darle algunas noticias. —¿Le conoces? —No; pero he sabido por el jefe del comedor lo que éste ha sabido por el recadero del hotel en Cette. —Di en tres palabras lo que sepas. —Presidente de la Sociedad Astronómica de Montelimar respondió Patricio secamente. El señor Eustache Oriental era, pues, un astrónomo. Esto explicaba el anteojo de larga vista que llevaba en banderola, y del que se servía para interrogar los diversos puntos de vista del horizonte o cuando se decidía a aparecer sobre cubierta. Parecía poco dispuesto a intimar con nadie. —¡Su astronomía le absorbe!— se contentó con responder Clovis Dardentor. A la una, Mallorca mostró las variadas ondulaciones de su litoral y las pintorescas alturas que la dominan. El Argelés modificó su dirección a fin de rodear la isla, y con el abrigo de la tierra encontró la mar más en calma, lo que hizo que gran número de pasajeros abandonaran sus camarotes. —El paquebote dobló en seguida el peligroso arrecife de la Dragonera, sobre que se yergue un faro, y entró en el estrecho paso de Friou, entre rocas abruptas. Después, dejando a babor el cabo Calanguera, el Argelés evolucionó a la entrada de la bahía de Palma, y fue a amarrar al muelle, donde se agolpaba una multitud de curiosos. VI EN EL QUE LOS MÚLTIPLES INCIDENTES DE ESTA HISTORIA CONTINÚAN EN LA CIUDAD DE PALMA. Si hay un sitio que se pueda conocer a fondo sin haberle visitado jamás, es el magnífico archipiélago de las Baleares. Seguramente merece atraer a los turistas, que no sentirán haber pasado de una isla a la otra, aunque las azules olas del Mediterráneo estuvieran blancas de furor. Después de Mallorca, Menorca; después de Menorca, el salvaje islote de Cabrera, el islote de las Cabras. Y después de las Baleares, que forman el grupo principal, Ibiza, Formentera, Conejera, con sus espesos bosques de pinos. ¡Sí! Si lo que se ha hecho para este oasis del Mediterráneo se hubiera hecho con cualquiera otro país de los dos continentes, sería inútil que uno abandonara su casa y se pusiera en viaje para ir a admirar con los propios ojos las maravillas naturales recomendadas a los viajeros. Bastaría encerrarse en una biblioteca, a condición de que esta biblioteca poseyera la obra de Su Alteza el Archiduque Luis Salvador de Austria sobre las Baleares, y leer un texto tan completo y tan preciso, mirando los grabados en colores, las vistas, los dibujos, los croquis, los planos, los mapas, que hacen de esta publicación una obra sin rival. Es, en efecto, un trabajo incomparable por la belleza de la ejecución, por su valor geográfico, étnico, estadístico, artístico... Por desgracia esa obra maestra de librería no está en el comercio. Así es que Clovis Dardentor no la conocía, ni Marcel Lornans, ni Juan Taconnat. Sin embargo, puesto que, gracias a la escala del Argelés, habían desembarcado en la principal isla del archipiélago, por lo menos iban a presentarse en su capital, penetrando en el corazón de aquella ciudad encantador, y fijar sus recuerdos en sus notas. Y probablemente después de saludar en el fondo del puerto el yate Nixe del Archiduque Luis Salvador, sentirían el deseo de fijar su residencia en la admirable isla. Así que el paquebote amarró en el puerto artificial de Palma, gran número de pasajeros desembarcó. Los unos, aún conmovidos por la agitación de aquella travesía, tan tranquila no obstante— principalmente las señoras—, no veían allí más que la satisfacción de sentir bajo sus pies la tierra firme durante algunas horas. Los otros contaban aprovechar la escala visitando la capital de la isla y sus alrededores, si el tiempo lo permitía, desde las dos hasta las ocho de la noche, pues, el Argelés debía hacerse a la mar al caer la noche, y para comodidad de los excursionistas la comida se había retrasado hasta después de la marcha. Entre los últimos no extrañará que se contasen el señor Clovis Dardentor, Marcel Lornans y Juan Taconnat. Desembarcaron igualmente el señor Eustache Oriental con su anteojo, los señores Desirandelle, padre e hijo, dejando a la señora de Desirandelle en su camarote, donde dormía un sueño reparador. —¡Buena idea, mi excelente amigo! dijo Clovis Dardentor al señor Desirandelle.— ¡Algunas horas en Palma sentarán bien a su máquina, algo estropeada! ¡Qué ocasión para desentumecernos, vagando por la ciudad pedibus cumjambis!... ¿Es usted de los nuestros? — Gracias, Dardentor— respondió el señor Desirandelle, cuyo semblante comenzaba a recobrar el color.— Me sería imposible seguir a ustedes, y prefiero instalarme en un café, donde les esperaré. Y esto fue lo que hizo, mientras Agatocles iba a gandulear por la izquierda y el señor Oriental por la derecha. No parecía que ni uno ni otro estuvieron poseídos de la manía del turismo. Patricio, que había abandonado el paquebote siguiendo a su amo, se acercó a pedirle órdenes con voz grave: —¿Acompaño al señor? —Por de contado. ¡Es posible que encuentre algún objeto de mi gusto, un bibelot del país, y no tengo la intención de llevarle a cuestas! Efectivamente; no hay turista que, vagando por las calles de Palma, no encuentre algún bibelot de origen mallorquín, uno de esos cacharros que sostienen la comparación con la porcelana de China, una de esas mayólicas, llamadas así por el nombre de la isla muy afamada por esta fabricación. —Si usted lo permite— dijo Juan Taconnat— pasearemos juntos. —¡Cómo, señor Taconnat! Precisamente iba yo a suplicar a ustedes que aceptasen mi compañía durante este breve tiempo. Patricio encontró la respuesta conveniente, y la aprobó con un ligero movimiento de cabeza. No dudaba que su amo ganaría mucho con el trato de los dos parisienses, que, en su opinión, debían de pertenecer a la más distinguida sociedad. Mientras Clovis Dardentor y Juan Taconnat cambiaban aquellas palabras de cortesía, Marcel Lornans sonreía, adivinando el objeto que tenían por parte de su amigo. —Pues bien... ¡sí!— le decía éste aparte.— ¿Por qué no ha de presentarse la ocasión que deseo? —¡Sí... Sí! ¡La ocasión, Juan!... La famosa ocasión exigida por el Código..., el combate..., el fuego..., las olas... — ¿Quién sabe? No había que temer que durante el paseo por las calles de la ciudad el señor Dardentor fuese arrastrado por las olas, ni envuelto por las llamas, ni atacado por nadie; por desgracia para Juan Taconnat, no había ni animales feroces, ni malhechores de ninguna especie en las afortunadas islas Baleares. Y como no había tiempo que perder, preciso era aprovechar las horas de escala del paquebote. Al entrar el Argelés en la bahía de Palma, los pasajeros pudieron notar tres edificios que dominan pintorescamente las casas del puerto. Eran la catedral, un palacio que está al lado, y a la izquierda, cerca del muelle, una construcción de soberbio aspecto, cuyas torrecillas se reflejan en el agua. Destacábanse sobre el muro los campanarios de las iglesias y grandes aspas de molinos movidas por la brisa. Lo mejor cuando no se conoce un país es consultar la Guía de los viajeros, y si no se tiene este librito, tomar un guía. Esto último fue lo que hicieron el señor Dardentor y sus compañeros. Era el tal guía mozo de unos treinta años, de elevada estatura y rostro dulce. Una especie de capa obscura sujeta a la espalda, un pantalón bombacho y un sencillo pañuelo rojo a la cabeza constituían su traje. Por algunos duros se convino entre Dardentor y el mallorquín en que recorrerían a pie la ciudad, y visitarían los principales edificios, completando la exploración con un paseo en Carruaje por los alrededores. Lo que sedujo principalmente a Dardentor fue que el guía hablaba el francés de un modo inteligible, con el acento propio del Mediodía de Francia, que distingue a los naturales de los alrededores de Montpellier. Y como se sabe, entre Montpellier y Perpignan la distancia no es grande. Tenemos, pues, a nuestros tres turistas en camino, escuchando las indicaciones de un guía— cicerone, que empleaba frases tan pomposas como descriptivas. El archipiélago de las Baleares vale que se conozca su historia, tan magistralmente contada por la voz de sus monumentos y de sus leyendas. Lo que se ve ahora, no indica nada de lo que fue en otra época. Muy floreciente hasta el siglo XVI, si no desde el punto de vista industrial, a lo menos desde el punto de vista comercial, su admirable situación, la facilidad de las comunicaciones marítimas con los tres grandes países de Europa, Francia, Italia y España, y su vecindad al litoral africano, le valieron ser un punto de escala para toda la marina mercante. Bajo la dominación del rey Jaime I el Conquistador, de tan venerada memoria, llegó a su apogeo, merced al genio de sus audaces armadores, que contaban entre ellos los más distinguidos miembros de la nobleza mallorquina. Hoy el comercio está reducido a la exportación de los productos del suelo: aceite, almendras, alcaparrones, limones, legumbres. Su industria se limita a la cría de puercos, que son expedidos a Barcelona. La cosecha de las naranjas, menos abundante de lo que se cree, no justifica el nombre de “Jardín de las Hespérides” que aún se atribuye a las islas Baleares. Pero lo que este archipiélago no ha perdido, lo que no puede perder Mallorca, la isla más extensa del grupo, de una superficie de tres mil cuatrocientos kilómetros cuadrados para una población que pasa de doscientos mil habitantes, es su clima encantador, de infinita dulzura; su atmósfera limpia, sana, vivificante; sus maravillas naturales; el esplendor de sus paisajes; el luminoso color de su cielo, que justifican otro de sus nombres mitológicos: el de la “Isla del buen genio” Rodeando el puerto para dirigirse al monumento que atrajo desde luego la atención de los viajeros, el guía cumplió a conciencia su oficio de cicerone, un verdadero fonógrafo de rotación continua, que repetía por centésima vez las frases de su repertorio. Refirió que la fundación de Palma, un siglo antes de la era cristiana, databa de la época en que los romanos ocupaban la isla, después de habérsela disputado por largo tiempo a los habitantes, ya célebres por su habilidad en manejar la honda. Clovis Dardentor admitió que el nombre de Baleares fuese debido a ese ejercicio en que tanta fama adquirió David, y hasta que el pan de cada día no se daba a los niños sino después de haber hecho blanco con su honda. Pero cuando el guía afirmó que las balas lanzadas por aquel primitivo aparato de proyección se fundían al atravesar el aire tanta era su velocidad—, dirigió una mirada significativa a los dos jóvenes. —¡Ah!... ¿Es que este insular se burla de nosotros?— murmuró. —¡Oh! ¡En el Mediodía!... – añadió Marcel Lornans. Sin embargo, aceptaron como auténtico este pasaje de historia: que el cartaginés Amílcar hizo escala en la isla de Mallorca, durante su travesía de África a Cataluña, y que allí vino al mundo su hijo, conocido generalmente con el nombre de Aníbal. En cuanto a dar por cierto que la familia Bonaparte fue originaria de la isla de Mallorca, y que en ella residía desde el siglo XV, Clovis Dardentor lo rehusó obstinadamente. ¡Córcega, sí!... Las Baleares, jamás! Palma fue el teatro de numerosos combates; primero, cuando se defendía contra los soldados del rey D. Jaime; después, cuando los campesinos propietarios se levantaron contra la nobleza, que les abrumaba con impuestos, y, en fin, cuando tuvo que resistir a los corsarios berberiscos. Pero aquellos tiempos habían pasado. La ciudad gozaba al presente de una calma que debía de quitar a Juan Taconnat toda esperanza de intervenir en una agresión dirigida contra su futuro padre adoptante. El guía, remontándose a principios del siglo XV, refirió que el torrente de la Reina, en una crecida extraordinaria, había causado la muerte de mil seiscientas treinta y ocho personas. De aquí esta pregunta de Juan Taconnat. —¿Dónde está ese torrente? —Atraviesa la ciudad. —¿Le encontraremos? —Sin duda. —Y..., ¿tiene mucha agua? —No más que para ahogar un ratón. —¡Eso no me sirve!— dijo el pobre joven al oído de su primo. Mientras hablaban, los tres turistas tomaban una idea de la ciudad baja siguiendo los muelles, o más bien las terrazas que soportan la muralla a lo largo de la mar. Algunas casas presentaban las fantásticas disposiciones de la arquitectura morisca, lo que depende de que los árabes han habitado la isla durante un período de cuatrocientos años. Las entreabiertas puertas dejaban ver corredores centrales, patios rodeados de ligeras columnas, el pozo tradicional con su elegante armadura de hierro, la escalera de caprichoso giro, el peristilo adornado de plantas trepadoras en plena floración, las ventanas con bastidores de piedra de una esbeltez incomparable, algunas con miradores a la española. Clovis Dardentor y sus compañeros llegaron ante un edificio flanqueado por tres torres octogonales, que aportaba la nota gótica en medio de los primeros ensayos del Renacimiento. —¿Qué construcción es ésta?— preguntó el señor Dardentor. Según Patricio, pudo emplear una palabra más fina. Era “la Fonda”, la antigua Bolsa; un magnífico monumento de soberbias ventanas almenadas, cuya cornisa artísticamente cortada y finas molduras hacían honor a los adornistas de aquel tiempo. —Entremos— dijo Marcel Lornans, al que le interesaban las curiosidades arqueológicas. Entraron franqueando una arcada que un sólido pilar partía por medio. En el interior había un espacioso salón, capaz para contener mil personas, la bóveda del cual estaba sostenida por columnas en espiral. No faltaba allí más que el movimiento del comercio, el tumulto de los mercaderes que llenaban aquel sitio en épocas más prósperas. Esto es lo que hizo observar Clovis Dardentor. Hubiera querido transportar aquel edificio a su ciudad natal, y él sólo le hubiera vuelto su animación de otra época. No hay que decir que Patricio admiraba aquellas hermosas cosas con la flema de un viajero inglés, produciendo en el guía la impresión de un gentleman discreto y reservado. A Juan Taconnat, la charla del cicerone no producía más que mediano interés, no porque el joven fuera insensible a los encantos del gran arte de la arquitectura, sino porque estaba bajo la obsesión de una idea fija, y se lamentaba de “no tener nada que hacer en aquel edificio”. Después de una breve visita, el guía les encaminó por la calle de la Reina. Había bastante gente. Los hombres tenían hermoso tipo, aspecto elegante. Vestían pantalón bombacho y chaqueta de piel de cabra sujeta a la cintura. Las mujeres eran muy hermosas, de subido color, ojos negros y profundos y rostro expansivo. Su traje se componía de falda de vivos colores, talle corto, corsé escotado. Llevaban los brazos desnudos; algunas jóvenes iban graciosamente cubiertas con el “rebocillo”, el que, a pesar de lo que tiene de monacal, no roba nada al encanto del rostro ni a la vivacidad de la mirada. No había tiempo para entretenerse en cambiar cumplimientos y saludos, por más que sea muy dulce y agradable hablar con las jóvenes mallorquinas. Apresurando el paso, los turistas pasaron por la muralla del Palacio Real, vecina a la catedral, y que, vista desde cierta parte, desde la bahía, por ejemplo, parece confundirse con ella. Es un vasto edificio con torres cuadradas, precedido de un pórtico, que tiene un ángulo de la época goda, por más que en su híbrida construcción muestre la mezcla del estilo romano y del morisco. A algunos centenares de pasos, el grupo de los excursionistas llegó a una gran plaza de irregular dibujo, y en la que desembocan varias calles que conducen al interior de la ciudad. —¿Qué plaza es ésta?— preguntó Marcel Lornans. —La plaza de Isabel II— respondió el guía. —¿Y esa ancha calle que tiene casas de tan hermosa apariencia? —El paseo del Borne. Era una calle de pintoresco aspecto, con casas de fachadas diversas, con ventanas llenas de verde, espaciosos balcones y miradores de vidrios coloreados, colocados junto a las murallas, y algunos árboles diseminados por todas partes. El paseo del Borne conduce a la plaza oblonga de la Constitución, en la que se alza el edificio de la Hacienda pública. —¿Subimos por el paseo del Borne?— preguntó Clovis Dardentor. —Bajaremos por él a la vuelta— respondió el guía.— Es preferible ir a la catedral, que está cerca. —¡Vaya por la catedral!— respondió Dardentor—, y no me disgustaría subir a una de sus torres, a fin de ver desde allí el conjunto de la ciudad. —Mejor sería— dijo el guía— ir a visitar el castillo de Bellver, fuera de la ciudad, desde el cual se dominan los alrededores. —¿Tendremos tiempo?— observó Marcel Lornans.— El Argelés parte a las ocho. Juan Taconnat acababa de vislumbrar una esperanza. ¿Acaso una excursión por el campo ofrecería la ocasión que buscaba en vano en las calles de la ciudad? —Tendrán ustedes tiempo, señores— respondió el guía.— El castillo de Bellver no está lejos, y ningún viajero se perdonaría abandonar a Palma sin verle. —¿Y de qué modo iremos? —Tomando un coche en la puerta de Jesús. —Pues bien; a la catedral— dijo Marcel Lornans.— Volvió el guía a mano derecha, entró por una estrecha calle, la calle de la Seo, se dirigió hacia la plaza del mismo nombre, en la que se eleva la catedral, dominando con su fachada occidental la muralla por encima de la calle del Mirador. El guía condujo primero a los turistas ante la portada de la Mar. Esta portada es de la admirable época de la arquitectura ojival, en la que la disposición resplandeciente de las ventanas y de los florones deja presentir la próxima fantasía del Renacimiento. Algunas estatuas pueblan sus urnas laterales, y su tímpano reproduce, entre las guirnaldas de piedra, escenas bíblicas finamente dibujadas, de inocente y sencilla composición. Cuando se encuentra uno ante la puerta de un edificio, lo primero que se ocurre es que se penetra en el edificio por aquella puerta. Clovis Dardentor se disponía, pues, a empujarla, cuando el guía le detuvo. —Esa puerta está tapiada. —¿Y por qué razón? —Porque el viento de la mar entraba con tal violencia, que los fieles podían creerse ya en el valle de Josafat, bajo los golpes de la tempestad del juicio final. Frase que el guía repetía invariablemente a todos los extranjeros, de la que estaba muy orgulloso, y que agradó a Patricio. Rodeando el monumento, terminado en 1601, se puede admirar el exterior, sus dos flechas muy adornadas y sus múltiples pináculos. Esta catedral, en suma, rivaliza con las más renombradas de la Península ibérica. Entraron por la puerta mayor, colocada en la fachada principal. Como todas las de España, esta iglesia es muy sombría. Ni una silla en la nave ni en los lados. Aquí y allá algunos bancos de madera. Nada más que las frías losas sobre las que los fieles se arrodillan, lo que da un carácter particular a las ceremonias religiosas. Clovis Dardentor y los dos jóvenes subieron la nave entre su doble hilera de pilares, cuyas aristas prismáticas van a unirse a la caída de la bóveda. Así llegaron hasta el extremo. Detuviéronse ante la capilla real para admirar un retablo magnífico; penetraron en el coro, colocado en mitad del edificio. Les hubiere faltado el tiempo preciso para examinar detalladamente el rico tesoro de la catedral, sus maravillas artísticas, sus sagradas reliquias, veneradas con gran fe en Mallorca, particularmente el esqueleto del rey D. Jaime de Aragón, encerrado desde tres siglos en un sarcófago de mármol negro. Tal vez durante aquella corta visita no tuvieron tiempo de rezar una oración. En todo caso es seguro que, de rezar Juan Taconnat por Clovis Dardentor, no hubiera sido sino a condición de salvarle en este mundo, esperando otro. —¿Dónde vamos ahora?— preguntó Marcel Lornans. —Al Ayuntamiento— respondió el guía. —¿Por qué calle? —Por la calle del Palacio. Desanduvo el grupo lo andado subiendo por la calle dicha, de unos trescientos metros de longitud, o sea mil seiscientos palmos, para contar a la mallorquina. La calle lleva a una plaza menos espaciosa que la de Isabel II, y de no menos irregular dibujo. Nótese que en las Baleares no se encuentran ciudades tiradas a cordel como en América. ¿Valía la pena visitar el Ayuntamiento, o, por otro nombre, la Casa Consistorial? Seguramente, y ningún extranjero se va de Palma sin admirar este monumento de soberbia fachada, con dos puertas abiertas entre dos ventanas, que dan acceso (las puertas) al interior, donde está la tribuna. El primer piso consta de siete ventanas; caen sobre un balcón que ocupa todo el largo del edificio; el segundo piso está protegido por un tejado de chalet y, sus florones, que soportan cariátides de piedra. En una palabra, la Casa Consistorial es considerada como una obra maestra del Renacimiento italiano. Allí está el salón adornado de pinturas que representan las notabilidades locales, sin hablar de un notable San Sebastián de Van Dyck; allí los maceros de rostro seco y larga hopalanda se pasean con aire grave y paso mesurado. Allí se toman las decisiones proclamadas en la ciudad por los soberbios tamborileros del Ayuntamiento, vestidos con trajes tradicionales, bordados de pasamanerías rojas, pues el oro está reservado a su jefe, el tamborilero mayor. Clovis Dardentor hubiera sacrificado algunos duros por poder admirar en todo su esplendor a este personaje, del que hablaba el guía con vanidad realmente propia de las Baleares; pero dicho personaje no estaba visible. Ya había transcurrido una hora de las seis que la escala había de durar, y era conveniente apresurarse si se quería visitar el castillo de Bellver. Así, pues, por un laberinto de calles y callejas, donde el mismo Dédalo hubiera perdido el hilo de Ariadna, el guía subió de la plaza de Cort a la del Mercado, y ciento cincuenta metros más allá los turistas desembocaron en la plaza del Teatro. Clovis Dardentor pudo hacer entonces algunas compras, entre ellas una pareja de mayólicas a buen precio. Patricio recibió la orden de conducir aquellos objetos a bordo del paquebote, cuidando de ponerlos en buen lugar, en el camarote de su amo, y volvió a bajar hacia el puerto. Más allá del teatro, los viajeros tomaron por una ancha calle, el paseo de la Rambla, cuya longitud es de tres mil metros, y que va a unirse con la plaza de Jesús. El paseo está bordeado de iglesias y de conventos, entre otros el de los religiosos de la Magdalena, frente al cuartel de Infantería. En el fondo de la plaza de Jesús está la puerta del mismo nombre, abierta en la muralla, sobre la cual se tienden los hilos telegráficos. Por todas partes vense casas coloreadas por los vanos de los balcones o por las verdes persianas de las ventanas. A la izquierda, algunos árboles alegran aquel lucido rincón de plaza llena del sol del Mediodía. Al través de la gran puerta aparecía la verde planicie, atravesada por un camino que baja hacia el Terreno y conduce al castillo de Bellver. VII EN EL QUE CLOVIS DARDENTOR VUELVE DEL CASTILLO DE BELLVER MÁS DEPRISA DE LO QUE HA IDO. Eran las cuatro y media. Quedaba, pues, tiempo bastante para prolongar la excursión hasta aquel castillo, cuya buena situación había alabado el guía, para visitar su interior, para subir a su alta torre, y tomar una vista del litoral que rodea la bahía de Palma. En menos de cuarenta minutos, un carruaje con buenos caballos puede hacer el trayecto. Esto no es más que cuestión de duros, y será fácil resolverla a gusto de los excursionistas, a los que el capitán Bugarach no esperará si se retrasan. Clovis Dardentor sabe algo de esto. Precisamente, en la puerta de Jesús había una media docena de galeras que no deseaban más que lanzarse al camino al galope de sus mulas. Tal es la costumbre de estos carruajes de construcción ligera, que ruedan bien y que en terreno llano como en pendientes, no conocen más marcha que el galope. Llamó el guía a uno de los cocheros, cuya galera agradó a Dardentor. Con frecuencia él iba en coche por las calles de Perpignan, y a tener que desempeñar el oficio de cochero, no necesitaría de aprendizaje. Pero no era aquella ocasión para lucir sus talentos de sportman, y dejó al cochero el cuidado de conducirles. El trayecto, pues, se efectuaría sin peligro, y Juan Taconnat vería huir sus esperanzas de “adopción traumática”, como decía Marcel Lornans. —¿De modo que esta galera les basta?— preguntó el guía. —Sí— respondió Marcel Lornans—, y si el señor Dardentor quiere subir... —Al momento, amigos míos... Usted primero, señor Marcel. —No, usted... —De ningún modo... Deseando poner fin a aquel cambio de cumplimientos, Marcel Lornans se decidió. —¿Y usted, señor Taconnat?— dijo Dardentor.— ¿Pero qué tiene usted? ¿Qué aire de preocupación? ¿Dónde está su buen humor habitual? —¡Yo, señor Dardentor!... No tengo nada; se lo aseguro... —¿Cree usted que puede ocurrirnos algún accidente en este coche? —¡Un accidente, señor Dardentor!— respondió Juan Taconnat encogiéndose de hombros.— ¿Por qué ha de ocurrirnos? ¡Yo no creo en accidentes! —Ni yo tampoco, y les aseguro a ustedes que nuestra galera no naufragará en el camino. —Además— añadió Juan Taconnat,— si naufragase convendría que lo hiciese en un río, en un lago, en un estanque... en una cubeta. O no entraría en cuenta. — ¿Cómo?— exclamó Dardentor lleno de asombro. —Quiero decir— añadió el otro— que el texto del Código está bien claro. Es preciso... En fin, yo me entiendo. Marcel Lornans reía al oír las confusas explicaciones de su primo, que buscaba una paternidad adoptiva. —¡No entraría en cuenta! ¡No entraría en cuenta!— repitió Clovis Dardentor. Verdaderamente, no he oído nunca cosa semejante. Vamos... Andando... Juan Taconnat tomó asiento junto a su primo. El señor Dardentor se sentó delante, al lado del cochero, y el guía, invitado a ir con ellos, se colocó en el estribo. Franqueada la puerta de Jesús, los turistas distinguieron el castillo de Bellver sobre su verde colina. No, era campo raso lo que la galera tenía que atravesar; debía seguir primero el Terreno, especie de arrabal de la capital de las Baleares, que con razón está considerado como estación balnearia en las cercanías de Palma, y cuyas quintas elegantes y lindas alquerías se extienden bajo la fresca sombra de los árboles, más particularmente de viejas higueras. Este conjunto de casas blancas se halla colocado sobre una eminencia, cuya base rocosa está bordeada por las espumas de la resaca. Después de dejar atrás aquel gracioso Terreno, Clovis Dardentor y los dos parisienses pudieron, al volverse, abrazar con la mirada la ciudad de Palma, su bahía azulada hasta el límite de la alta mar y los caprichosos dibujos de su litoral. La galera caminó entonces por una calle ascendente, perdida bajo la profundidad de un bosque de pinos de Alep que rodea la ciudad y tapiza la colina coronada por los muros del castillo de Bellver. Pero conforme se subía, el aspecto del sitio era más alegre... Las casas se esparcen bajo palmeras, naranjos, granados, higueras y olivos. Clovis Dardentor, siempre expansivo, no economizaba sus frases de admiración, por más que estuviere acostumbrado a paisajes semejantes en el Mediodía de Francia. Verdad que, en lo que concierne a los olivos, nunca los había visto más gibosos, más llenos de nudosidades ni más gigantescos. Después, aquellas cabañas de paja de los campesinos, rodeadas de campos de legumbres, esparciéndose fuera de los chaparros de mirtos y de citisos, llenas de profusión de flores, entre otras esas “lágrimas” de nombre poético y triste... ¡Cómo regocijan los ojos con sus tejados con aleros cubiertos de racimos de rojos pimientos! Hasta entonces, el viaje se había efectuado con toda comodidad. La galera no marchaba con ayuda de remos por el pérfido elemento. En aquel campo no era de temer ninguna agresión de bárbaros piratas. Había aquella navegado felizmente por un camino menos caprichoso que la mar, y eran las cinco cuando llegó a buen puerto, o sea ante el puente del castillo de Bellver. El castillo fue construido en aquel sitio para defender la bahía y la ciudad de Palma. Con sus fosos profundos, sus espesas murallas de piedra, la torre que le domina ofrece el aspecto militar común a las fortalezas de la Edad Media. Cuatro torres flanquean su muralla circular, dentro de la cual se ven dos pisos de un doble estilo romano y gótico. Fuera de la muralla se yergue la torre del Homenaje, de feudal aspecto. A la plataforma de ésta es donde iban a subir los tres turistas a fin de tomar una vista general del campo y de la ciudad, vista más completa que la que pudieran haber tomado desde una de las torres de la catedral. La galera quedó ante el puente de piedra echado sobre el foso, y el cochero recibió la orden de aguardar a los excursionistas que, acompañados del guía, penetraron en el castillo. La visita no podía ser larga. En realidad, más que de escudriñar los rincones de la antigua fortaleza, tratábase de pasear, una mirada por el lejano horizonte. Así es que, después de lanzar una ojeada a los cuartos bajos al nivel del patio, Clovis Dardentor dijo: —Y bien; ¿subimos a lo alto, amigos míos? —Cuando usted quiera— respondió Marcel Lornans—; pero no nos retrasemos. ¡Fuera bueno que el señor Dardentor, después de haber faltado una vez a la partida del Argelés!... —¿Faltara otra?— interrumpió Dardentor.— Esto sería más imperdonable, porque en Palma no encontraría una chalupa de vapor que me llevara a bordo del paquebote. ¡Y qué sería de ese pobre Desirandelle! Dirigiéronse, pues, hacia la torre del Homenaje, que se eleva fuera de la muralla, y que dos puentes unen al castillo. La torre, redonda y maciza, de un tono cálido de piedra cocida, tiene por base el fondo de un foso. En su parte SO. Vese una puerta rojiza a la altura de aquel. Encima se abre una ventana con arco de bóveda, dominada por dos estrechas troneras, y después la repisa, que soporta el parapeto de la plataforma superior. Siguiendo al guía, Clovis Dardentor y sus compañeros subieron por una escalera de caracol labrada en el interior del muro y débilmente iluminada por las troneras. Después de una penosa ascensión, llegaron a la plataforma. A decir verdad, no podía acusarse al guía de haber exagerado. Desde aquel punto la vista era magnífica. Al pie del castillo, la colina verde con su manto negro de pinos de Alepo. Más allá el encantador barrio de Terreno. Más abajo la azulada bahía, tachonada de puntitos blancos semejantes a pájaros de mar, y que son las velas de los barcos. Más lejos, y en forma de anfiteatro, la ciudad, su catedral, sus palacios, sus iglesias, resplandeciente conjunto bañado en aquella atmósfera luminosa, que el sol hiere con sus dorados rayos al declinar hacia el horizonte. En fin, a lo largo resplandece la mar inmensa, y aquí y allá navíos desplegando sus blancas velas, los steamer, que barren el cielo con su larga cola fuliginosa. Nada de Menorca al E., nada de Ibiza al SO.; pero al Sur el abrupto islote de Cabrera, donde tantos soldados franceses perecieron miserablemente durante las guerras del primer Imperio. Desde la torre del castillo de Bellver, la parte occidental de la isla da una idea de lo que es Mallorca, la única del archipiélago que posee verdaderas sierras plantadas de encinas y de lotos, sobre las que sobresalen agujas porfiríticas, dioríticas o calcáreas. La llanura está sembrada de tumescencias que llevan el nombre de “puys”, lo mismo en las Baleares que en Francia, y no se encontrará una que no esté coronada por un castillo, por una iglesia o una ermita en ruinas. Añádase que por todas partes culebrean tumultuosos torrentes, que al decir del guía pasan de doscientos en la isla. — ¡Doscientas ocasiones para que el señor Dardentor pudiera caer al agua! pensó Juan Taconnat— , ¡pero seguramente no caerá! Lo que se veía de más moderno era el camino de hierro de la parte central de Mallorca. Va desde Palma a Alcudia, por los distritos de Santa María y de Binisalem, y se trata de extenderle al través de los valles de la montaña, que yergue su pico a más de mil metros de altura. Siguiendo su costumbre, Clovis Dardentor se entusiasmaba al contemplar aquel maravilloso espectáculo. Marcel Lornans y Juan Taconnat participaban de su justificada admiración. Realmente era una lástima que la visita al castillo de Bellver no pudiera prolongarse, que no fuera posible volver, y que la escala del Argelés fuera tan breve. —¡Sí!— dijo Clovis Dardentor.— Sería preciso permanecer aquí semanas, meses. —¡Ah!— respondió el guía, que sabía muchas anécdotas—; es precisamente lo que pasó a un compatriota de ustedes. —¿Cómo se llamaba?— preguntó Marcel Lornans. —Francisco Arago. —Arago... Arago...— exclamó Clovis Dardentor—; una de las glorias de Francia. Efectivamente, el ilustre astrónomo fue en 1808 a las Baleares con el objeto de completar la medida de un arco del Meridiano entre Dunkerque y Formentera. Sospechoso a la población mallorquina, amenazado de muerte, fue encerrado en el castillo de Bellver durante dos meses, y no se sabe lo que su prisión hubiera durado a no conseguir escapar por una de las ventanas del castillo, y fletar después un barco que le condujo a Argel. —Arago— repetía Clovis Dardentor.— ¡Arago, el célebre hijo de Estagel, el glorioso hijo de mis Pirineos Orientales! Entretanto apremiaba el tiempo, y era preciso abandonar la plataforma, desde la que se dominaba aquel país incomparable como desde la barquilla de un aerostato. Clovis Dardentor no acertaba a separarse de allí. Iba y venía de un lado a otro, inclinándose sobre el parapeto de la torre. —¡Cuidado!— le gritó Juan Taconnat, sujetándole por la chaqueta. —¿Cuidado? —Sin duda..., por poco se cae usted... ¿A qué causarnos este susto? Susto muy legítimo, pues si el digno hombre hubiese dado la vuelta por encima del parapeto, Juan Taconnat no hubiera podido más que asistir, sin poder darle socorro, a la caída de su padre adoptante en las profundidades del foso. En suma; lo más lamentable era la falta de tiempo, que no permitía organizar la completa exploración de la admirable Mallorca. No es bastante haber recorrido los diversos barrios de Palma, su capital; es preciso visitar las demás ciudades... ¿y cuáles más dignas de atraer a los turistas que Soller, Inca, Manacor, Valldemosa? ¡Y las grutas naturales de Artá y Drach, consideradas como las más bellas del mundo, con sus lagos legendarios, sus capillas de estalactitas, sus baños de aguas límpidas y frescas, su teatro, su infierno, denominaciones fantásticas si se quiere, pero que merecen las maravillas de aquellas inmensidades subterráneas! ¡Y que diremos de Miramar, el incomparable dominio del archiduque Luis Salvador; de los bosques milenarios, cuyos árboles ha respetado este príncipe sabio y artista; y de su castillo, edificado sobre un alto que domina el litoral; y de “hospedería”, cuyos gastos paga S.A., abierta a todos los que pasan, que les ofrece lecho y comida durante dos días gratuitamente, y hasta, los que en ello tienen empeño, procuran inútilmente agradecer por una gratificación a las gentes del Archiduque la acogida! ¿Y no es digna también de ser visitada la Cartuja de Valldemosa, desierta ahora, silenciosa, abandonada, y en la que Jorge Sand y Chopin han pasado una temporada, lo que nos ha valido bellísimas obras del gran artista, y del gran novelista la relación de Un invierno en Mallorca y la extraña novela Spiridión? Esto es lo que con su inagotable verbosidad decía el guía, empleando frases estereotipadas desde mucho tiempo en su cerebro de cicerone. No hay, pues, que extrañarse que Clovis Dardentor manifestase el pesar que le causaba abandonar aquel oasis mediterráneo, prometiendo volver a las Baleares en compañía de sus dos jóvenes amigos, por poco lugar que ellos tuvieran para ello. —Son las seis— advirtió Juan Taconnat. —Y no podemos dilatar nuestra partida— añadió Marcel Lornans—. Tenemos aun que recorrer un barrio de Palma antes de ir a bordo. —Partamos, pues— respondió Clovis Dardentor suspirando. Arrojóse una última mirada a los múltiples paisajes de la costa occidental, a aquel sol cuyo disco se balanceaba sobre el horizonte y doraba con sus oblicuos rayos las blancas quintas de Terreno. Clovis Dardentor, Marcel Lornans y Juan Taconnat descendieron por la escalera de caracol, franquearon el puente, entraron en el patio y salieron por la poterna. La galera esperaba en el sitio que la dejaron. El cochero ganduleaba al borde del foso. Llamado por el guía, reunióse a los turistas con paso tranquilo e igual; el paso de los mortales privilegiados que por nada se apresuran en ese país dichoso, en el que la existencia no exige nunca apresuramiento. El señor Dardentor montó el primero en el vehículo, antes que el cochero tomara asiento en el pescante. Pero en el momento que Marcel Lornans y Juan Taconnat ponían el pie en el estribo, la galera se conmovió bruscamente, y los dos jóvenes se vieron en la precisión de retroceder rápidamente para evitar el choque del eje. Lanzóse el cochero a la cabeza del tronco para sujetarle. ¡Imposible! Las mulas se encabritan y derriban al hombre, que por un milagro no es aplastado por las ruedas del coche, que arranca como una flecha. Gritos simultáneos del cochero y del guía. Ambos se precipitan por el camino de Bellver, que la galera cruza a gran galope, con riesgo de hundirse en los precipicios laterales o de reventarse contra los árboles del sombrío bosque. —¡Señor Dardentor! ¡Señor Dardentor!— exclamaba Marcel Lornans con toda la fuerza de sus pulmones— ¡Se va a matar! ¡Corramos, Juan, corramos! —Sí— respondió Juan Taconnat—; y sobre todo, si esta ocasión debe de ser contada... Fuese como fuese, en esta ocasión era preciso sujetar los caballos; es decir, las mulas. Pero, mulas o caballos, iban con tal rapidez que dejaban poca esperanza de detenerlos. El cochero, el guía, los dos jóvenes y algunos campesinos que se les reunieron, se lanzaron tras el coche corriendo lo más que podían. Entretanto, Clovis Dardentor, al que su sangre fría no abandonaba nunca, había cogido las riendas con vigorosa mano, y procuraba sujetar al tronco. Era lo mismo que querer detener un proyectil en el momento en que escapa de la escopeta, y lo mismo para los que pasaban y lo procuraron. El camino fue descendido locamente, y atravesado el torrente en la misma forma. Clovis Dardentor, siempre en posesión de sí mismo, habiendo conseguido mantener la galera en línea recta, pensaba que aquello acabaría ante la muralla, que el vehículo no franquearía por ninguna de sus puertas. No pensó en dejar las riendas y arrojarse del coche, por saber que en esto hay gran exposición y que vale más permanecer en el coche, aunque éste haya de volcar o estrellarse contra algún obstáculo. ¡Y aquellas malditas mulas sin cesar en su velocidad, con un arranque como no se había visto nunca en Mallorca ni en ninguna de las islas del Archipiélago! Después de pasar por Terreno, la galera siguió la muralla por su parte exterior, haciendo ziszás terribles, saltando como una cabra, pasando ante las puertas de la muralla y llegando a la puerta Pintada, en el ángulo NE. de la ciudad. Preciso es admitir que las mulas conocían particularmente esta puerta, pues la franquearon sin vacilar, y se puede tener por cierto que no obedecían ni a la mano ni a la voz de Clovis Dardentor. Ellas dirigían la galera a triple galope, sin cuidarse de los transeúntes que huían, arrojándose a las puertas y dispersándose por las calles vecinas. Las maliciosas bestias parecían decirse a la oreja: “Iremos así mientras nos plazca, y a menos que no naufrague... ¡bogue la galera!” Y por el dédalo de aquel rincón de la ciudad, un verdadero laberinto, el alocado tronco se lanzó con ardor terrible. Desde el interior de las casas y tiendas la gente gritaba. Cabezas asustadas aparecían en las ventanas. El barrio se agitaba como en otra época, algunos siglos antes, cuando escuchaba el grito de, “¡Los moros, los moros!” No se explica cómo no se produjo ningún accidente en las calles estrechas y tortuosas que terminan en la de los Capuchinos. Clovis Dardentor procuraba hacer algo. A fin de moderar aquel galope insensato tiraba de las riendas a riesgo de romperlas o de dislocarse los brazos. En realidad, las riendas eran las que tiraban de él, amenazando sacarle del coche en condiciones difíciles. —¡Ah! ¡Qué galope del infierno!— se decía.— No veo razón para que se detengan mientras tengan sus cuatro patas cada una. Y esto..., baja... Bajaban, en efecto, y bajarían hasta el puerto, donde la galera tal vez se daría un chapuzón en las aguas de la bahía; lo que seguramente calmaría el ardor del tronco. Tomó primero a la derecha, luego a la izquierda, desembocó en la plaza de Olivar, a la que dio la vuelta como los antiguos carros romanos en la pista del Coliseo aunque ahora no había ni enemigos a quien vencer, ni premio que ganar. En vano, en dicha plaza, tres o cuatro agentes de policía se arrojaron sobre las mulas, queriendo prevenir una catástrofe imposible de evitar. Su heroísmo fue inútil. El uno fue derribado y se levantó herido; los otros tuvieron que dejar escapar su presa. La galera siguió su vertiginosa carrera, como sometida a las leyes de la caída de los cuerpos. Era de presumir que aquello terminara de desastrosa manera cuando entraron en la calle de Olivar, pues en la mitad de ésta, muy pendiente, hay una escalera de unos quince escalones, y ya se comprende que tal sitio no es muy propio para carruajes. Entonces redoblaron los clamores, a los que se unieron los ladridos de los perros. Bah!... ¡Por violentos que éstos fuesen las mulas no se inquietaban por algunos escalones!... Y he allí a la carroza bajando por la escalera a riesgo de romperse en mil pedazos. Pero no se rompió. Resistieron la caja y los ejes, y las manos de Clovis Dardentor no abandonaron las riendas durante aquel descenso extraordinario. Tras la galera se amontonaba una multitud cada vez más numerosa, de la que Marcel Lornans, Juan Taconnat, el cicerone y el cochero no formaban parte todavía. Después de la plaza del Olivar, la calle de San Miguel, a la que sucedió la plaza de Abastos, donde una de las mulas, después de caer, se levantó sana y salva; después la calle de la Platería, después la plaza de Santa Eulalia. —Es evidente— se dijo Clovis Dardentor— que la galera irá así hasta que le falte el terreno, y si no es en la bahía de Palma, no veo donde puede suceder esto. En la plaza de Santa Eulalia se elevaba la iglesia destinada a esta santa mártir, que es para los de las Baleares objeto de particular veneración. No mucho tiempo antes la dicha iglesia servía como lugar de asilo, y los malhechores que conseguían refugiarse en ella escapaban a las garras de la policía. Esta vez no fue a un malhechor al que su buena suerte arrastró allí, sino a Clovis Dardentor, fijo en la banqueta del vehículo. ¡Sí! En aquel momento la magnífica puerta de Santa Eulalia estaba abierta de par en par. Los fieles llenaban la iglesia. Se celebraban los oficios de salud, que tocaban a su fin, y el oficiante, vuelto hacia la piadosa reunión, levantaba las manos para bendecirla. ¡Qué tumulto, qué agitación, que gritos de espanto cuando la galera botó y rebotó sobre las losas de la nave! Pero, también ¡qué prodigioso efecto cuando el tronco cayó al fin ante las gradas del altar, en el instante en que el sacerdote decía: ¡Et Spiritui Sancto! — ¡Amén!— respondió una voz sonora. Era la voz de Clovis Dardentor, que acababa de recibir una bendición bien ganada. Que vieran un milagro en este inesperado desenlace, no es de extrañar en un país tan profundamente religioso, y no seria asombroso que todos los años, el día 28 de Abril, se celebrase en la iglesia de Santa Eulalia la fiesta de Santa Galera di Salute. Una hora después Marcel Lornans y Juan Taconnat se habían reunido con Clovis Dardentor en una fonda de la calle de Miramar, donde el último fue a descansar de tantas fatigas y emociones si se puede hablar de emociones tratándose de un carácter tan bien templado. —¡Señor Dardentor!— exclamó Juan Taconnat. —¡Ah, amigos míos!...— respondió el héroe del día.— ¡Buena carrera! —¿Está usted sano y salvo?— preguntó Marcel Lornans. —¡Completamente! ¡Y hasta me parece que nunca me he encontrado tan bien!... ¡A su salud, señores! Y los dos jóvenes tuvieron que vaciar algunos vasos del excelente vino de Binisalem, cuya fama se extiende más allá del archipiélago de las Baleares. Cuando Juan Taconnat pudo hablar aparte con su primo, le dijo: —¡Una ocasión perdida! —No, Juan, no... —Sí, Marcel, pues no me harás creer que si yo hubiese salvado al señor Dardentor deteniendo su galera, aunque no le hubiese librado de las olas, ni de las llamas, ni en un combate... — ¡Brava tesis para defenderla ante un tribunal civil!— se contentó con responder Marcel Lornans. En fin, a las ocho de la noche todos los pasajeros del Argelés estaban a bordo. Esta vez no se retrasó ninguno, ni los señores Desirandelle, padre e hijo, ni el señor Eustache Oriental. En lo que se refiere al astrónomo, ¿había pasado el tiempo en observar el sol en el horizonte de las Baleares? Nadie lo hubiera podido decir. Llevaba diversos paquetes encerrando productos comestibles propios de estas islas, “ensaimadas”, especie de pasteles de hojaldre, en los que la manteca está reemplazada por la grasa; y muy sabrosa, y una media docena de “tourds”, pescado muy buscado por los pescadores del cabo Formentor, y que el jefe del comedor recibió el encargo de hacer preparar con particular cuidado para el astrónomo. Realmente, el presidente de la Sociedad Astronómica de Montelimar se servía más de la boca que de los ojos, por lo menos desde que salió de Francia. A las ocho y media largó sus amarras el Argelés y abandonó el puerto de Palma, sin que el capitán Bugarach hubiese concedido a sus pasajeros la noche completa en la ciudad mallorquina, razón por la que Clovis Dardentor no oyó la voz de los serenos, ni los cantos nocturnos, ni las habaneras y jotas nacionales, acompañadas de los melodiosos sonidos de la guitarra, que suenan hasta el amanecer en los patios de las casas de las Baleares. VIII EN EL QUE LA FAMILIA DESIRANDELLE SE REÚNE A LA FAMILIA ELISSANE. — Hoy retrasaremos la hora de comer hasta las ocho— dijo la señora de Elissane,— Vendrán el señor Desirandelle con su señora y su hijo, y probablemente el señor Dardentor. —Bien, señora— respondió la doncella. —Nuestros amigos tendrán necesidad de reposo, Manuela, y temo que la pobre señora de Desirandelle haya sufrido mucho en tan penosa travesía. Cuide de que su habitación esté dispuesta, pues es posible que prefiera acostarse en seguida de llegar. —Comprendido, señora. —¿Dónde está mi hija? —En la cocina, señora, preparando un plato de postre. Manuela, al servicio de la señora de Elissane desde su instalación, era una de esas españolas entre las que se recluta principalmente el personal doméstico de las familias de Orán. La señora de Elissane habitaba una casa bastante linda en la calle del Castillo Viejo, donde las casas han conservado una fisonomía mitad española, mitad morisca. Un jardincito mostraba sus dos canastillas de volúbilis; su césped, aun verde en principio de la estación cálida, y algunos árboles, entre otros, el “buena sombra” de buen augurio, y de los que el paseo del Estanque posee tan hermosos ejemplares. La casa, compuesta de dos pisos, era suficiente para que la familia Desirandelle encontrase en ella cómoda hospitalidad. Nada les faltaría durante su estancia en Orán. Esta capital de la provincia es una hermosa ciudad. Está agradablemente situada entre los taludes de una quebrada, por cuyo fondo el Rehhi pasea sus aguas vivas que cubre en parte el malecón del bulevar Oudinot. Cortada por las fortificaciones del Castillo Nuevo, aparece como todas las ciudades, antigua por un lado, nueva por otro. La antigua, la vieja ciudad española con su Kasbah, sus casas altas, su puerto situado al Oeste, ha conservado antiguas fortificaciones. La nueva, al Este, con casas judías y moriscas, está defendida por una muralla que se extiende desde el castillo hasta el fuerte de San Andrés. Esta ciudad, la Gouharan de los árabes que construyeron en el siglo X los moros de Andalucía, está dominada por una alta montaña, cuyo lado abrupto ocupa el fuerte La Moune. Cinco veces mayor que en la época de su fundación, su superficie es de unas setenta y dos hectáreas, y varias calles, fuera de los muros, se prolongan en una distancia de dos kilómetros hasta la mar. Continuando su paseo más allá de los fuertes, en dirección Norte y Este, un turista llegaría a los anexos de creación reciente, como los arrabales de Gambetta y de Noiseux—Eckmülh. Difícilmente se encontraría una ciudad argelina donde la diversidad de tipos fuera objeto de más interesante estudio. Entre sus cuarenta y siete mil habitantes, hay diez y siete mil franceses y judíos naturalizados, diez y ocho mil extranjeros, la mayor parte españoles, o italianos, ingleses y anglo— malteses. Añadid unos cuatro mil árabes aglomerados en el Sur de la ciudad, en el barrio de los Djalis, llamado también el pueblo negro, de donde salen los barrenderos de la calle y los mozos de cuerda del puerto; dividid esa mezcla de razas en veintisiete mil fieles a la religión católica, siete mil adeptos a la israelita, un millar de creyentes de la religión musulmana, y tendréis desde este punto de vista la clasificación casi exacta de la híbrida población de Orán. El clima es generalmente duro, seco, abrasador. El viento levanta turbiones de polvo. En lo que a la ciudad se refiere, el riego cotidiano, en manos de la municipalidad, debía ser más regular y más abundante que lo que es en manos del amo celeste. Tal es la ciudad a la que el señor Elissane se había retirado después de haber sido comerciante en Perpignan durante quince años con bastante fortuna, pues adquirió unas doce mil libras de renta, las que no habían disminuido nada bajo la prudente administración de su viuda. La señora de Elissane, de cuarenta y cuatro años de edad, no debió de haber sido nunca tan bonita como su hija, ni tan graciosa, ni tan encantadora. Mujer positivista hasta el extremo, pesaba sus palabras como su azúcar, y presentaba el conocido tipo de la administradora femenina, cifrando los sentimientos y llevando en vida, como llevaba, sus libros, con su debe y haber, como una cuenta corriente, con el perpetuo cuidado de que resultara saldo a su favor. Conocidos son esos rostros de curvas duras, frontal prominente, aguda mirada y boca severa; conjunto que en el sexo débil indica costumbre de concentración y de terquedad. La señora de Elissane había organizado su casa correctísimamente, sin gastos inútiles. Hacía economías, que colocaba en sitios seguros y fructuosos. Sin embargo, no reparaba en nada cuando se trataba de su hija, por la que sentía afecto sincero y profundo. Vestida casi de manera monacal, quería que Luisa fuese elegante, y nada descuidaba para conseguirlo. En el fondo, sus deseos tendían a la dicha de su hija, y no dudaba que esta dicha se asegurase, gracias a la proyectada unión con la familia Desirandelle. Las doce mil pesetas de renta que en su día tendría Agatocles, unidas a la fortuna que Luisa heredaría de su madre, es una base que gran número de personas encuentra lo bastante sólida para fundar sobre ella un tranquilo porvenir. Luisa apenas se acordaba de cómo era Agatocles. Su madre la había educado en la idea de que algún día sería esposa del joven; esto le parecía natural, a condición de que su futuro la agradase... Y ¿porqué no había de tener lo que hace falta para agradar? Después de dar sus últimas órdenes, la señora de Elissane pasó a la sala, donde su hija se reunió a ella. —¿Tu postre está presto, hija mía?— preguntó la primera. —Sí, madre. —Es un fastidio que el paquebote llegue algo tarde, casi al caer la noche. Estate vestida para las seis. Ponte el vestido de cuadros y bajaremos al puerto, donde tal vez se habrá señalado al Agatoclès. La señora de Elissane, equivocando el nombre, añadió un acento grave a la è que no debía tenerle. —El Argelés querrás decir— respondió Luisa riendo.— Además, mi prometido no se llama Agatoclés, sino Agatocles. —Bien... Bien— respondió la madre. —Argelés... Agatocles... Esto no importa. Puedes estar segura que él no equivocará tu nombre. —¿Es seguro?— dijo la joven algo burlonamente.— El señor Agatocles no me conoce... y a mí, confieso que me pasa lo mismo. —¡Oh!... Os dejaremos todo el tiempo necesario para que os conozcáis antes de decidir nada... —¡Es muy justo! —Además, tengo la certeza de que tú le gustarás, y hay motivos para pensar que él sabrá agradarte... ¡La señora Desirandelle le elogia tanto!... Y entonces fijaremos las condiciones del matrimonio. —¿Y la cuenta quedará liquidada? —Sí... En provecho tuyo, burlona. ¡Ah! No olvidemos que su amigo, el señor Clovis Dardentor, acompaña a los Desirandelle... Ya sabes quién. Ese rico de Perpignan, del que ellos están tan orgullosos, y que, a creerles, es el mejor hombre del mundo. Como los señores Desirandelle no tienen costumbre de viajar, ha querido dirigirles hasta Orán... Eso está muy bien de su parte, y le haremos buena acogida, Luisa. —Todo lo buena que se merece, y hasta si tiene la idea de pedir mi mano... Pero no me olvido de que yo debo ser, que seré la señora de Agatocles... ¡Bonito nombre, aunque, propio de la antigüedad griega!... —Vamos, Luisa... ¡Ten formalidad! Formal lo era, y de humor alegre y encantador. Y esto no lo decimos porque siempre haya de ser así tratándose de la heroína de una novela. No: ella lo era en realidad, en el florecimiento de sus veinte años; su naturaleza franca, su fisonomía viva y movible, sus ojos brillantes y azules, su cabellera rubia y abundante, su gracioso paso, suave como la seda, para emplear un epíteto que Pedro Loti— antes de ser académico— no tuvo reparo en aplicar al vuelo de la golondrina. Estos ligeros rasgos bastan para pintar a Luisa Elissane, y el lector verá que presentaba gran contraste con el fardo que, unido a otros del Argelés, se le expedía desde Cette. Llegada la hora, y después que la dueña de la casa dio el último vistazo a las habitaciones destinadas a la familia Desirandelle, la señora de Elissane llamó a su hija, y ambas se dirigieron al puerto, deteniéndose en el jardín en forma de anfiteatro que domina la rada. Desde tal sitio, la vista se extiende hasta plena mar. El cielo estaba magnífico; el horizonte, de una pureza perfecta. Ya el sol declinaba hacia la punta de Mers—el—Kebir, ese Portus divinus de los antiguos, en el que los acorazados y cruceros pueden encontrar excelente abrigo contra las frecuentes borrascas del Oeste. Hacia el Norte se destacaban algunas velas blancas, Lejanos penachos de humo indicaban la presencia de los steamers de las numerosas líneas del Mediterráneo que anclan en la tierra africana. Dos o tres de estos paquebotes iban sin duda con destino a Orán, y el uno de ellos se encontraba ya a distancia de tres millas. ¿Era el Argelés con tanta impaciencia esperado, ya que no por la hija, por la madre? Porque, en fin, el caso era que Luisa no conocía a aquel joven que a cada vuelta de la hélice se acercaba a ella... y tal vez lo mejor hubiera sido que el Argelés diera contravapor... y volviera atrás. —Van a dar las seis y media— dijo la señora de Elissane.— Bajemos. —Te sigo, madre— respondió Luisa. Y madre e hija descendieron por la larga calle que desemboca en el muelle hacia el dique en que los paquebotes anclan. La señora de Elissane preguntó a uno de los oficiales del puerto si el Argelés había sido señalado. —Sí, señora— respondió el oficial—, y entrará dentro de media hora. La señora de Elissane y Luisa rodearon el puerto, cuyas alturas por la parte Norte ocultaban ahora la vista del mar. Veinte minutos después oyéronse prolongados silbidos. El paquebote doblaba la mole del extremo del muelle, de un kilómetro de extensión, que termina al pie del fuerte de La Moune, y después de algunas evoluciones fue a colocarse en su sitio, en la parte atrás del muelle. Establecida la comunicación, la señora de Elissane y su hija subieron a bordo. Los brazos de la primera se abrieron para estrechar a la señora de Desirandelle, repuesta desde su entrada en el puerto, y después al señor Desirandelle y Agatocles, mientras Luisa se mantenía en una reserva que las jóvenes solteras comprenderán. —Y bien... ¿y yo, querida y excelente señora? ¿Es que no nos hemos visto en otra época en Perpignan? Yo me acuerdo perfectamente de la señora de Elissane, y también de la señorita Luisa... algo más crecida ahora...; así..., ¿no habrá un beso, ni hasta dos, para este buen hombre de Dardentor? Si Patricio había esperado que en la primera entrevista su amo demostrara la reserva de un hombre de mundo, ¡qué cruel decepción experimentaría ante aquella familiar entrada en escena! Retiróse, pues, severo, pero justo, en el momento en que los labios de Clovis Dardentor sonaban sobre las secas mejillas de la señora Elissane como un palillo sobre la piel de un tambor. Claro es que Luisa no había evitado el abrazo del matrimonio Desirandelle. Sin embargo, y por francote que fuera el señor Dardentor, no llegó a gratificar a la joven con besos paternales, que ella sin duda hubiera recibido graciosamente. Respecto al joven Agatocles, después de avanzar hacia Luisa, la había honrado con un saludo mecánico, en que sólo tomó parte su cabeza, gracias al juego de los músculos del cuello, y después había retrocedido sin pronunciar una palabra. La joven no pudo contener una mueca bastante desdeñosa, que Clovis Dardentor no notó, pero que no escapó ni a Marcel Lornans ni a Juan Taconnat. —¡Ah!— dijo el primero,— no esperaba ver tan linda persona. —Muy linda, en efecto— añadió el segundo. —¿Y se casará con ese bobo?— dijo Marcel Lornans. —¡Ella!...— exclamó Juan Taconnat.— Dios me perdone, pero para impedirlo me gustaría faltar al juramento que me he hecho de no casarme. ¡Sí! Juan Taconnat había hecho este juramento. Así lo decía al menos. Después de todo, a su edad tal juramento vale lo que tantos otros que no se cumplen. Además, Marcel Lornans no había jurado nada semejante. ¿Qué importaba? Ambos habían ido a Orán con la intención de alistarse en el 7.º de cazadores África, y no para casarse con la señorita Luisa Elissane. Digamos, para no volver sobre ello, que la travesía del Argelés entre Palma y Orán se había efectuado en buenas condiciones. Una mar de aceite, para emplear la frase vulgar, capaz de hacer pensar que todos los aceites de la Provenza estaban en su superficie; una brisa NE. que cogía al paquebote por babor, y había permitido que tuviera el apoyo de su trinquete, sus foques y su mesana. De forma que desde la partida de Palma, la casi totalidad de los viajeros habíase sentado a la mesa, y la compañía marítima hubiera hecho mal en quejarse de este inusitado número de comensales. Por lo que toca al señor Oriental, no hay que decir que los “tourds” condimentados a la moda napolitana le habían parecido deliciosos, y que se había regalado con ensaimadas con la sensualidad de un aficionado profesional. Se comprenderá, pues, que todo el mundo llegase con buena salud a Orán, incluso la señora de Desirandelle, que tanto había sufrido hasta el archipiélago de las Baleares. Aunque hubiese recobrado su aplomo físico y moral durante esta segunda parte del viaje, el señor Desirandelle no había trabado amistad con los dos parisienses. Estos jóvenes le producían indiferencia. Les consideraba muy inferiores a su hijo Agatocles, no obstante su talento, que le parecía de mal gusto. Dardentor era libre de encontrar agradable su trato, distraída su conversación. En su opinión, esto terminaría al anclar el Argelés. Se comprende que el señor Desirandelle no pensó en presentar a los dos primos, ni a la señora de Elissane ni a su hija. Pero Clovis Dardentor, con su franqueza y la costumbre de seguir su primer impulso, no dudó en hacerlo. —El señor Marcel Lornans, y el señor Juan Taconnat; de París— dijo.— Dos jóvenes por los que siento vivísima simpatía, que ellos me pagan. Tengo la esperanza de que nuestra amistad durará más que ésta corta travesía. ¡Qué contraste había en nuestro héroe! He ahí sentimientos expresados en forma correcta. Era de lamentar que Patricio no estuviera allí para verle. Los dos jóvenes se inclinaron ante la señora de Elissane, que les devolvió un saludo discreto. —Señora— dijo Marcel Lornans—, nos llena de alegría la atención del señor Dardentor. Le hemos podido apreciar en lo que vale. Creemos también en la duración de una amistad... —Paternal de su parte y filial de la nuestra— añadió Juan Taconnat. La señora de Desirandelle, disgustada por aquellos cumplimientos, miraba a su hijo, el que no había aún desplegado sus labios. La señora de Elissane, que hubiera podido manifestar a los dos parisienses el placer con que los recibiría durante su estancia en Orán, no lo hizo, lo que in petto le agradeció la madre de Agatocles. Con su instinto maternal, las dos señoras pensaban que lo mejor, respecto a los dos extranjeros, era guardar una prudente reserva. La señora de Elissane dijo al señor Dardentor que en su mesa estaba un cubierto preparado para él, y que sería un placer para ella que la acompañara a comer desde aquel primer día con la familia Desirandelle. —El tiempo preciso para ir al hotel dijo Dardentor—, arreglarme un poco, cambiar mi blusa y gorra de marino por traje más propio, e iré a comer con ustedes, querida señora. Convenido esto, Clovis Dardentor, Juan Taconnat y Marcel Lornans se despidieron del capitán Bugarach y del doctor Bruno. Si volvían a embarcar en el Argelés, sería para ellos una satisfacción encontrar allí al amable doctor y al atento capitán. Respondieron éstos que pocas veces habían encontrado pasajeros más agradables, y separáronse muy satisfechos unos de otros. El señor Oriental había ya puesto el pie en el suelo africano, con su anteojo, encerrado en un estuche de cuero, a la espalda, su saco de viaje en la mano, y seguía a un mozo que le llevaba una pesada maleta. Como siempre, se había mantenido alejado de los pasajeros; nadie se molestó en saludarle a su partida. Clovis Dardentor y los parisienses desembarcaron, dejando a la familia Desirandelle ocupada en el transporte de su equipaje a la calle del Castillo Viejo. Después, subiendo en el mismo carruaje, cargado con sus maletas, se dirigieron hacia un excelente hotel de la plaza de la República, que el doctor Bruno les había recomendado. Se puso a disposición de Dardentor una sala en el primer piso, una alcoba y un gabinete para Patricio. Marcel Lornans y Juan Taconnat ocuparon dos cuartos en el piso segundo, con ventanas a la plaza. Se encontraron con que el señor Oriental había igualmente escogido aquel hotel. Cuando sus compañeros de viaje llegaron le vieron instalado en el comedor, pensando en el menú de la comida que iba a hacerse servir. —¡Singular astrónomo!— dijo Juan Taconnat.— Lo que me asombra es que no pida para su comida una tortilla a las estrellas o un pato a los planetas menores. Media, hora después Clovis Dardentor abandonaba su cuarto, con un tocado cuyos menores detalles habían sido vigilados por Patricio. Cuando a la puerta se encontró con los dos primos, les dijo: —Y bien, mis jóvenes amigos... Ya estamos en Orán. —Ya estamos— respondió Juan Taconnat. —Espero— que no pensarán ustedes en alistarse desde hoy al 7.º de cazadores. —Señor Dardentor, no tardaremos mucho— respondió Marcel Lornans. —¿Están ustedes, pues, dispuestos a ponerse la chaqueta azul, el pantalón rojo y el casquete de ordenanza? —Cuando se ha decidido una cosa. —¡Bien, bien! Esperen ustedes al menos a que hayamos visitado juntos la ciudad y sus alrededores... Hasta mañana. —Hasta mañana— dijo Juan Taconnat. Y Clovis Dardentor se hizo conducir por el camino más corto a casa de la señora de Elissane. —¡Sí!... como dice ese simpático hombre. ¡Ya estamos en Orán!— repitió Marcel Lornans. —Y lo que importa cuando se llega a un sitio, es saber lo que se va a hacer— añadió Juan Taconnat. —Creo que esa cuestión está resuelta desde hace tiempo. Firmar nuestro alistamiento. —Sin duda, Marcel, pero... —¿Cómo? ¿Acaso piensas aún en el artículo 345 del Código civil? —¿Qué artículo? —El que trata de los requisitos de la adopción. —Si trata de ella el artículo 345, en él pienso. La ocasión que no se ha presentado en Palma, puede presentarse en Orán. —Con una probabilidad menos— dijo Marcel riendo.— No tienes olas a tu disposición, y quedas reducido a los combates o a las llamas, mi pobre Juan. Pero...si esta noche hubiera fuego en la fonda, te advierto que procuraría salvarte primero, y salvarme en seguida. —Así se porta un amigo verdadero, Marcel. —Respecto al señor Dardentor, me parece hombre capaz de salvarse por sí solo. Posee una sangre fría de primera... Algo de eso sabemos. —Conformes, Marcel, y lo ha probado cuando ha entrado en Santa Eulalia a recibir la bendición. Sin embargo, si no sospechase el peligro, si fuera sorprendido por un incendio..., si no pudiera ser socorrido... —¿De modo que no abandonas, tu idea de que Dardentor pueda llegar a ser nuestro padre adoptante? —¡Perfectamente... nuestro padre adoptante! —¿No renuncias a ello? —¡Jamás! —Entonces no te dirigiré más burlas en lo que a ese punto se refiere; pero con una condición. —¿Cuál? —Que vas a dejar tu aspecto sombrío y preocupado, y a recobrar tu buen humor de siempre, tomando a risa lo que sucede. —Convenido, Marcel: a risa si consigo salvar al señor Dardentor de alguno de los peligros previstos por el Código; a risa en caso contrario; a risa si obtengo buen éxito como si no lo obtengo..., riendo siempre y de todo. —¡Gracias a Dios que recobras tu buen humor! Respecto a nuestro alistamiento... —No corre prisa, Marcel, y antes de que nos presentemos en el despacho del subintendente pido una prórroga. —¿Cuál? —Quince días, ¡qué diablo! Cuando va uno a esclavizarse por toda la vida, bien se pueden pedir quince días de libertad. —Concedida la quincena; y si hasta entonces no te has procurado un padre en la persona del señor Dardentor... —Yo ó tú, Marcel. —O yo...; bueno, iremos a cubrirnos con el casquete de forma de bellota. —Convenido. —¿Pero estarás alegre, Juan? —¡Alegre como una gaita! IX EN EL QUE EL PLAZO TRANSCURRE SIN RESULTADO NI PARA MARCEL LORNANS NI PARA JUAN TACONNAT. No está un gallo más alegre a las primeras horas de la mañana que Juan Taconnat al saltar de su lecho, despertando a Marcel Lornans con sus trinos matinales. Tenía ante sí quince días para transformar en su padre adoptante a aquel hombre bimillonario. Clovis Dardentor no abandonaría a Orán antes de la celebración del matrimonio de Agatocles Desirandelle con Luisa Elissane. ¿Acaso no serviría de testigo al hijo de sus antiguos amigos de Perpignan? Por lo menos transcurrirían cuatro o cinco semanas hasta que la ceremonia nupcial se efectuase. Pero, a decir verdad, ¿se celebraría? Aquel sí y aquel pero revoloteaban en el cerebro de Marcel Lornans. Parecíale a éste inverosímil que el insípido mozuelo llegase a ser marido de aquella adorable joven, pues por poco tiempo que la hubiere visto a bordo del Argelés, creía que era faltar a sus deberes no adorarla. Se explica que el señor y la señora de Desirandelle viesen en su Agatocles un esposo conveniente para Luisa. Un padre y una madre están dotados de un “golpe de vista especial”, como diría el señor Dardentor, en lo que a sus hijos se refiere. Pero era inadmisible que el señor Dardentor no se diera cuenta, más tarde o más temprano, de la nulidad de Agatocles, y que no reconociera que dos seres tan diferentes no habían nacido el uno para el otro. A las ocho y media el señor Dardentor y los parisienses se encontraron en el comedor para desayunarse. El primero estaba de buen humor. La víspera había comido bien y dormido perfectamente por la noche. Con un magnífico estómago, un excelente sueño y una conciencia tranquila, se puede estar bien seguro del día de mañana... ¿Cuándo, si no? —Jóvenes— dijo el señor Dardentor mojando su bollo en una taza de excelente chocolate—, desde ayer por la tarde no nos hemos visto, y la separación me ha parecido muy larga. —Usted se nos ha aparecido en sueños, señor Dardentor, con la cabeza rodeada de un nimbo— respondió Juan Taconnat. —¡Cómo un santo! ¿Y cuál? —Algo como el patrón de los Pirineos Orientales. —Vamos, señor don Juan, ¿ha recobrado usted su alegría de costumbre? —Como usted lo dice— afirmó Marcel Lornans—; pero está expuesto a volverla a perder. —¿Por qué causa? —Porque va a ser preciso que nos separemos de nuevo, señor Dardentor. —¡Cómo! ¡Separarnos!— Sin duda, puesto que la familia Desirandelle le reclamará a usted. —¡Poco a poco! ¡Yo no consiento que se me monopolice de ese modo! ¡Que de cuando en cuando acepte un rato de conversación en casa de la señora de Elissane, sea! ¡Pero que se me sujete allí para siempre, eso no! La mañana y la tarde me las reservo, y confío en que las emplearemos recorriendo juntos la ciudad y sus alrededores. —Con mucho gusto, señor Dardentor— exclamó Juan Taconnat.— No quisiera separarme de usted ni un paso. —¡Ni un paso!— respondió Clovis—. Me agrada la juventud, y me parece que me quito la mitad de los años de encima cuando estoy con amigos que tienen la mitad de mi edad. Y bien contado, yo podría ser padre de ustedes. —¡Ah, señor Dardentor!— exclamó Juan Taconnat sin poderse contener. —¡Permanezcamos, pues, juntos, jóvenes! Ya es bastante conque tengamos que separarnos cuando yo salga de Orán para ir... a fe mía que no sé dónde. —¿Después del casamiento?— preguntó Marcel Lornans —¿Qué casamiento? —El de Agatocles. —Es verdad; ya no me acordaba. ¡Ah, qué joven más hermosa es la señorita Luisa Elissane! —Tal la hemos encontrado desde que fue a bordo del Argelés— añadió Marcel Lornans. —También yo, amigos míos. Pero desde que la he visto en casa de su madre tan graciosa, tan atenta, tan... en fin, ¡que ha ganado un ciento por ciento para mí! Verdaderamente, ese mentecato no tiene motivos para quejarse. —Si él agrada a la señorita Elissane—, insinuó Marcel Lornans. —Sin duda... Ambos se han conocido desde la infancia. —¡Y aun desde antes!— dijo Juan Taconnat. —Agatocles es un buen muchacho, aunque algo... algo... —Algo mucho— dijo Marcel Lornans. —Y hasta más de mucho— añadió Juan Taconnat. Y murmuró aparte: —¡No es el que conviene a la señorita Elissane! No creyó que era el momento oportuno para afirmar esta opinión ante el señor Dardentor, que continuó la frase comenzada. Si..., algo..., convengo en ello. Pero se despabilará como una marmota después del invierno. —¡Y no quedará menos marmota!— no pudo menos de decir Marcel Lornans. —¡Un poco de indulgencia, jóvenes, un poco de indulgencia!— exclamó el señor Dardentor.— Si Agatocles viviese solamente con parisienses como ustedes, estaría domesticado antes de dos meses; ustedes debían darle lecciones. —¡Lecciones de talento a cien sueldos!— exclamó Juan Taconnat.— Esto sería robarle el dinero. El señor Dardentor no se dio por vencido. Aunque el heredero de los Desirandelle fuese más pesado que el plomo, añadió: —Basta, señores, basta. Olvidan ustedes que el amor es huésped de los espíritus más ineducados, y hasta de los animales, y él llenará el de joven... —¡Gagatocles!— acabó Juan Taconnat. Al oír este chiste el señor Dardentor, no pudo menos de soltar la carcajada. Marcel Lornans volvió a hablar de la señorita Elissane. Preguntó la clase de vida, que llevaba en Orán. ¿Qué tal, había el señor Dardentor encontrado su casa? —Una lindísima casa alegrada por la presencia de un pájaro encantador. Ustedes lo verán. — Si no es una indiscreción— observó Marcel Lornans. —Si yo les presento a ustedes, no. Pero hoy no puede ser. Preciso es dejar que Agatocles tantee el terreno. Mañana veremos. Ahora no nos ocupemos más que de nuestras expediciones; la ciudad, su puerto, sus monumentos. —¿Y nuestro alistamiento?— dijo Marcel Lornans. —No corre prisa. No ha de ser hoy, ni mañana, ni pasado... Al menos esperen a la boda. —Esto podría tal vez significar que esperáramos hasta la edad de la reserva. —¡No, no tanto! ¡Qué montón de frases que hubieran hecho torcer el gesto al ceremonioso Patricio! —Así, pues— exclamó Clovis Dardentor—, no se hable más de alistamiento por ahora. —Seguramente— dijo Juan Taconnat.— Nos hemos dado un plazo de quince días. Si hasta entonces no ha cambiado nuestra situación, si nuevos intereses... —¡Bien, amigos míos, no discutamos!— exclamó Clovis Dardentor.— Se han dado ustedes un plazo de quince días. Yo los tomo y los doy por recibidos; durante este tiempo me pertenecen ustedes. Realmente, yo no me he embarcado en el Argelés sino porque sabía que había de encontrarles a ustedes a bordo. —¡Y a pesar de eso ha faltado usted en el momento de la partida, señor Dardentor!— respondió Juan Taconnat. En el colmo del buen humor, Dardentor se levantó de la mesa y pasó al salón donde estaba Patricio. —¿Tiene el señor algo que mandarme? —¡Órdenes!... ¡Órdenes!... Te doy licencia durante todo el día. ¡Métete esto en la cabeza y no vuelvas hasta las diez! Mohín desdeñoso de Patricio, que no agradeció a su amo licencia dada en tan vulgares términos. —¿De forma que el señor no desea que le acompañe? —Lo que deseo, Patricio, es perderte de vista... ¡Conque vuelve tus talones! —El señor me permitirá hacerle una advertencia. —Sí... Con tal de que desaparezcas en cuanto me la hagas. —Pues bien: el consejo se reduce a que el señor no suba a un coche antes de que el cochero esté en el pescante. Esto podría acabar, no en una bendición, sino en un vuelco. —¡Anda al diablo! Y Clovis Dardentor bajó la escalera de la fonda entre los dos parisienses. —¡Tiene usted un buen tipo de criado!— dijo Marcel Lornans.— ¡Qué correcto! ¡Qué distinguido! —Y ¡qué afectado en sus maneras! Pero es un mozo honrado, que se arrojaría al fuego por salvarme. —¡No sería él solo, señor Dardentor! exclamó Juan Taconnat, que, llegado el caso, hubiera procurado disputar a Patricio el papel de salvador. Aquella mañana, Clovis Dardentor y los dos primos vagaron por los muelles de la ciudad baja. El puerto de Orán ha sido construido sobre el mar. Un largo muelle le cubre, y está dividido en ensenadas. El total comprende una superficie de veinticuatro hectáreas. Si los dos jóvenes no se entusiasmaron con el movimiento comercial que da a Orán el primer puesto entre las ciudades argelinas, el antiguo industrial de Perpignan, manifestó un vivísimo interés. El cargamento de las alfas, que son objeto de una explotación considerable, y que suministran en abundancia los vastos territorios del Sur de la provincia; la expedición de las bestias, de los cereales, del azúcar; el embarco de los minerales extraídos de la región montañosa; todo esto era para agradar al señor Dardentor. Aseguro a ustedes que pasaría muchos días entre el tumulto de estos negocios. Me encuentro aquí como me encontraba en otra época en mis almacenes repletos de mercancías. No es posible que Orán pueda ofrecer nada más curioso. —Si no es sus monumentos, su catedral sus mezquitas respondió Marcel Lornans. —¡Bah!— dijo Juan Taconnat, queriendo lisonjear los intereses de su padre en perspectiva—, yo no estoy lejos de pensar como el señor Dardentor. Este movimiento es de los más interesantes; esos navíos que entran y salen, esos camiones cargados de mercancías, esas legiones de mandaderos de tipo árabe... Ciertamente que en el interior de la ciudad hay edificios que ver, y nosotros los veremos... Pero este puerto, este mar, esa agua azulada donde se reflejan los mástiles... Marcel Lornans le lanzó una mirada burlona. —¡Bravo!— exclamó Clovis Dardentor... — ¡Cuando no hay agua en un paisaje, me parece que falta algo! En mi casa de la plaza de la Loge tengo varios cuadros de excelentes firmas, y siempre está el agua en primer lugar. Sin esto no los compraría. —¡Lo entiende usted, señor Dardentor!— respondió Marcel Lornans—Así es que vamos a buscar esos sitios en que haya agua. ¿Prefiere usted que sea dulce? —Poco importa eso, puesto que no se trata de beberla. —¿Y a ti Juan? —Tampoco... ¡Con tal que me sirviera para lo que deseo!— respondió Juan Taconnat, mirando a su amigo. —Pues bien— añadió Marcel Lornans— encontraremos agua; además de que en el puerto, y después del Joanne, hay el torrente de Rehhi, cubierto en parte por el boulevard Oudinot. Aquella mañana fue empleada en recorrer los muelles del puerto, después de cuya visita el señor Dardentor y los dos parisienses regresaron a la fonda para almorzar. Tras de dos horas dedicadas a la siesta y a la lectura de los periódicos, Clovis Dardentor hizo el siguiente razonamiento, que comunicó a sus jóvenes amigos: —Lo mejor sería dejar para mañana el paseo por el interior de la ciudad. —Y ¿por qué?— preguntó Marcel Lornans. —Porque tal vez los Desirandelle censurarían mi falta. Esta noche como en casa de la señora de Elissane. Desde mañana será otra cosa. Hasta la vista, pues. Y Clovis Dardentor tomó el camino de la calle del Castillo Viejo. —Cuando no estoy a su lado— dijo Juan Taconnat—, temo siempre que le suceda alguna desgracia. —¡Buen corazón!— respondió Marcel Lornans. Inútil sería insistir en que el señor Dardentor fue recibido con placer vivísimo en casa de la señora de Elissane, y que Luisa, que simpatizaba instintivamente con el excelente hombre, le demostró gran amistad. En cuanto al hijo de los Desirandelle, no estaba allí, pues prefería vagar por fuera, y no aparecía más que a las horas de las comidas. Tomó asiento en la mesa a la derecha de Luisa, pero apenas si la dirigió la palabra. Realmente, el señor Dardentor, sentado junto a ella, no era hombre que dejase languidecer la conversación. Habló de todo: de su departamento, de su ciudad natal, de su viaje a bordo del Argelés, de sus aventuras en Palma, de su galera arrastrada por los caballos desbocados, de su soberbia entrada en la iglesia de Santa Eulalia, de sus jóvenes amigos de veinte años, por más que sólo los conociera de tres días, con lo que se veía en la necesidad de fechar aquella amistad en el año siguiente al del nacimiento de los dos primos. El resultado fue que Luisa Elissane sintió un secreto deseo de que su madre admitiese en su casa a los dos parisienses, y no pudo contener un gesto de aprobación cuando el señor Dardentor propuso presentarles. —Se los presentaré a usted, señora de Elissane— dijo—, se los presentaré a usted mañana. Son jóvenes muy apreciables, y no sentirá usted haberlos recibido. Tal vez la señora de Desirandelle encontró aquella proposición, por lo menos inoportuna. No obstante, la señora de Elissane creyóse en el deber de acceder No tenía nada que rehusar al señor Dardentor. —¡Nada que rehusarme!— exclamó éste.— Le cojo a usted la palabra, querida señora. Aparte de esto, nunca pido más que cosas razonables. Lo mismo a mí que a los demás..., y se me pueden conceder como yo me las concedo... Pregúnteselo usted al amigo Desirandelle. —Sin duda— respondió sin mucha convicción el padre de Agatocles. — Está convenido— añadió el señor Dardentor.— Los señores Marcel Lornans y Juan Taconnat vendrán mañana a pasar la velada aquí... Y a propósito, Desirandelle, será usted de los nuestros para visitar la ciudad desde las nueve hasta el medio día. —Usted me dispensará, Dardentor. Deseo no abandonar a estas señoras y hacer compañía a nuestra querida Luisa. —Como usted guste... como usted guste. Lo comprendo. ¡Ah!, señorita Luisa, ¡cuánto la quiere a usted ya esta excelente familia, en la que va usted a entrar!... Y bien, Agatocles, hijo mío, ¿no dices nada? ¿ No encuentras encantadora a Luisa? Agatocles creyó muy espiritual responder que no decía en voz alta lo que pensaba, y que pensaba que valía más decirlo bajo... En fin, una frase vulgar que nada significaba y en la que se hubiera embrollado de no ayudarle el señor Dardentor. Y Luisa, que no procuraba ocultar el desencanto que aquel imbécil la producía, miraba al señor Dardentor con ojos asombrados, mientras la señora de Desirandelle decía para animar a su hijo: —¡Es gentil! Y el señor Desirandelle: —¡Y cuánto la quiere! Evidentemente, Clovis Dardentor procuraba no ver nada. En su opinión, estando decidido el matrimonio era como si se hubiera efectuado, y no concebía que no se efectuara. Al segundo día, siempre jovial, resplandeciente y dispuesto, Clovis Dardentor, en compañía de los dos parisienses, se encontraba ante su taza de chocolate. Y antes de nada les comunicó que pasarían juntos la velada en casa de la señora de Elissane. —Ha tenido usted una excelente idea— respondió Marcel Lornans.— Durante nuestra estancia de guarnición, tendremos al menos una casa agradable que visitar. —¡Agradable!... ¡Muy agradable! –respondió Clovis Dardentor.— Verdad que después del matrimonio de Luisa... —Es verdad— respondió Marcel Lornans... — Hay el matrimonio. —Al que serán ustedes invitados. —Señor Dardentor— respondió Juan Taconnat—, usted nos confunde. No sé cómo podremos agradecerle... Usted nos trata... —¡Cómo a hijos! ¿Acaso mi edad no me permitiría ser padre de ustedes? —¡Ah, señor Dardentor, señor Dardentor!— exclamó Juan Taconnat con acento que indicaba muchas cosas. Emplearon todo el día en recorrer la ciudad. Pasearon por el paseo de Turín, plantado de hermosos árboles; por el bulevar Oudinot, por la plaza de la Carrera y las del Teatro, de Orleans, de Nemours. Tuvieron ocasión de observar los diversos tipos de la población de Orán, mezclados con soldados y oficiales, de los que un regular número vestía el uniforme del 7.º de cazadores de África. —Es muy elegante ese uniforme— repetía Clovis Dardentor.— Les sentará a ustedes admirablemente... Les veo a ustedes ya brillantes oficiales en camino de un buen matrimonio. Decididamente el oficio de soldado es soberbio... cuando se tiene vocación... y pues ustedes la tienen... —¡Eso está en la sangre!— respondió Juan Taconnat.— ¡Heredamos esto de nuestros abuelos, bravos comerciantes de la calle de Saint— Denis! Encontraron judíos con traje marroquí, judíos vestidos de telas bordadas en oro, moros paseando su indolencia por las calles llenas de sol; en fin, franceses y francesas. No hay que decir que Clovis Dardentor se manifestaba entusiasmado por cuanto veía; pero tal vez sentía acrecentarse su interés cuando los azares de la excursión le llevaban ante algún establecimiento industrial, tonelería, fábrica de fideos o de tabaco. En efecto: ¿por qué no confesarlo? Su admiración se contuvo en los límites moderados en presencia de los monumentos de la ciudad; la catedral, que fue reedificada en 1839, sus tres naves, la Prefectura, el Banco, el teatro, edificios modernos por lo demás. Respecto a los dos jóvenes, prestaron seria atención a la iglesia de San Andrés; una antigua, mezquita rectangular, cuyas bóvedas reposan sobre los arcos de hierro de la arquitectura morisca, y que termina en un elegante minarete. Esta iglesia, sin embargo, les pareció menos curiosa que la mezquita del Bajá, cuyo pórtico en forma de “koubba” es muy admirado por los artistas. Tal vez se hubiesen detenido más tiempo ante la mezquita de Sidi—el Haouri y sus tres arcadas, si Clovis Dardentor no les hubiera advertido que el tiempo urgía. Al salir, Marcel Lornans vio en el balcón del minarete un personaje que, armado de un anteojo de larga vista, recorría el horizonte. —¡Calla!— dijo.— ¡El señor Oriental!. —¿Cómo? ¿Ese descubridor de estrellas? ¿Ese registrador de planetas?— exclamó Clovis Dardentor. —El mismo... y su anteojo. —¡El anteojo podrá ser, pero él no! afirmó Juan Taconnat.— Desde el momento en que no come no es el señor Oriental. Sí que era el Presidente de la Sociedad Astronómica de Montelimar, que seguía al astro radioso en su carrera diurna. En fin, los señores Dardentor, Marcel Lornans y Juan Taconnat tenían gran necesidad de descanso cuando entraron en la fonda a la hora de la comida. Patricio, aprovechándose, sin abusar, de la licencia de su amo, había vagado metódicamente por las calles, no creyéndose obligado a verlo todo en un solo día, y enriqueciendo su memoria con preciosos recuerdos. Así es que se permitió censurar la conducta de su amo, que, en su opinión, no demostraba la necesaria moderación en sus actos, arriesgando fatigarse. Obtuvo por respuesta que la fatiga no hacía presa en un natural de los Pirineos Orientales, el que le envió a la cama. Lo que hizo el sirviente a eso de las nueve, no metafóricamente, sino de un modo material, después de encantar con sus perfectos modales a la gente de la cocina. A dicha hora el señor Dardentor y los dos primos llegaban a la casa de la calle del Castillo Viejo. Las familias Desirandelle y Elissane se encontraban en el salón. Presentados por Clovis, Dardentor, Marcel Lornans y Juan Taconnat fueron recibidos con gran amabilidad. La velada fue una de tantas veladas burguesas: una ocasión de hablar, de tomar una taza de té y hacer un poco de música. Luisa Elissane tocaba el piano con exquisito gusto y con verdadero sentimiento artístico. Y ¡lo que es la casualidad! Marcel Lornans poseía, para emplear la palabra al uso, una buena voz; de forma que los dos jóvenes pudieron ejecutar algunos trozos de una partitura nueva. Clovis Dardentor adoraba la música, y la escuchaba con ese fervor inconsciente de las personas que no la entienden gran cosa. Basta que les entre por un oído y les salga por otro, y no está demostrado que su cerebro sufra impresión. No obstante, Clovis Dardentor cumplimentó, aplaudió con entusiasmo meridional. —¡Dos talentos que se casan, lindamente!— ,concluyó. Sonrisa de la joven pianista, ligera confusión del cantante, fruncimiento de ceño de los señores Desirandelle. En verdad, su amigo no era muy acertado en la elección de sus frases, y la última estaba fuera de tono en aquellas circunstancias. En efecto: en Agatocles no había nada que casar, ni talento, ni gracia, ni persona aun tratándose de un matrimonio de conveniencia, como Juan Taconnat pensaba. Hablóse del paseo que el señor Dardentor y los dos parisienses habían dado por la ciudad. Luisa Elissane, muy instruida, respondió sin pedantería a algunas preguntas que la hicieron: la ocupación de los árabes durante tres siglos, la toma de posesión de Orán por Francia hacía sesenta años, su comercio, que le da el primer lugar entre las ciudades argelinas. —Pero— añadió la joven— nuestra ciudad no ha sido siempre dichosa, y su historia es fecunda en calamidades. Después de los ataques musulmanes, los siniestros naturales. También el temblor de tierra de 1790 la ha casi destruido... Juan Taconnat prestó oído. —Y— continuó la joven— después de los incendios que este siniestro ocasionó, fue entrada a saco por los turcos y los árabes. Su tranquilidad no data más que desde la dominación francesa. Juan Taconnat pensó: —¡Temblores de tierra, incendios, ataques!... Vamos... ¡Llego con cien años de tardanza!... Y diga usted, señorita, ¿se experimentan aún esas sacudidas? —No, señor— respondió Luisa. —¡Es una lástima! —¿Cómo... una lástima?— exclamó el señor Desirandelle.— ¿Le son a usted precisos temblores de tierra, cataclismos de ese género, caballero? —No hablemos más de eso— dijo secamente la señora Desirandelle, pues acabaré por volver a sentir el mareo. Estamos en tierra firme; ¡basta con los balanceos de los barcos, sin que las ciudades se muevan! Marcel Lornans, al oír la reflexión de la señora, no pudo menos de sonreír. —Siento haber hablado de esos recuerdos— dijo Luisa—, puesto que la señora Desirandelle se ha impresionado. —¡Oh, hija mía— respondió el señor Desirandelle—, no se la reprocha a usted! —Y además— exclamó el señor Dardentor—, si sobreviniese un temblor, de tierra yo sabría destruir sus efectos... Un pie aquí, otro aquí, como el coloso de Rodas, y nada se menearía. Y Clovis, con las piernas separadas, hacía temblar el piso con sus botas, presto a luchar contra toda conmoción del suelo africano. libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,.