libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Allá, en la bajura, o en la otra costa, o más lejos. En un país que dicen queda cerca, como a dos días de viaje por mar. ¿Sabes adónde? En ese país adonde se escapan los esclavos. Conque ya lo sabes me meto hasta el cogote en el negocio que me produzca lo necesario para establecerme lejos de estos arrabales. Yo creo que ése... debe tener ahí... más de tres mil pesos. -¿Quién? -dijo ella con azorado acento. -Andújar... Silvina se llenó de consternación. ¡Ah, no había abandonado el tremendo propósito! -Pues sí, hija: hay que sacudir la morriña y buscar fortuna. Con lo que nos pueda tocar nos las guillamos. Pero, vamos, di algo mujer. -Ya te he dicho bastante. La gente honrada... ¡Barajo! Tú estás recién nacida, muchacha... ¿Y es así como vas a ayudar? -añadió él, viendo que ella prorrumpía en sollozos-. Yo no me vuelvo atrás, ¿eh? Llorar y na, pa mí es lo mismo. Vamos... ¡Cállate! Óyeme y verás cómo es la cosa más fácil del mundo. Sin comprometernos, en un dos por tres, nos metemos en cuartos. Sollozaba Silvina. ¡Imposible! Lo que de ella exigían era un crimen. ¿Por qué no la dejaban tranquila? ¿Por qué arrastrarle, hacerla cómplice de tal barbaridad? A las mujeres se las debía considerar y no empujarlas así a todo lo malo. -Deblás y yo -continuó Gaspar- lo tenemos todo arreglado. Temprano rondará él por la tienda: cuando el tío duerma vendrá a reunirse con nosotros a Palmacortada: ahí, junto al risco. Después bajaremos a la tienda. ¿Qué? La cosa más fácil. Se asegura a ese bandido, se rompe la cerradura del baúl y se parte por la mitad lo que haiga. Pasado mañana, mucha serenidad, y dentro de dos o tres días, pies para qué os quiero... Silvina temblaba. El frío relato de Gaspar causábale espanto. Dolíale la vida en aquel momento. Hubiera querido morir para librarse de aquella inquietud. -Con respecto a ti, si bien, bien, y si no, también. Quiero que nos acompañes, y con eso está dicho to... -Pero lo que tú quieres es espantoso. ¿Cómo yo tu mujer, tu mujer por la Iglesia, una mujer de bien que nunca ha robado, va a estar conforme con semejante tropelía? ¿Cómo es posible que yo tenga valor para tanto? ¿Cómo es posible que una infeliz...? -¡Bah!... Mira, no seas pendona... -... Sí, debía impedirlo para salvarte de esa tentación, de esa locura que te ha dado... -¡Dios te libre! ...y contar la cosa, no guardar el secreto, para que te contengas... Levantose Gaspar de un salto, y asiendo las manos de Silvina las apretó con fuerza. -Por eso... por eso mismo quiero que vengas, que te comprometas tú también, para que no cantes... -¡Ay! ¡Ay!... ¡Me estás haciendo daño!... ¡Suéltame! -... para que te veas obligada a callar... -¡Suéltame! -... para que no puedas venderme. -¡Ay! -¡Pobre de ti si me desobedeces! -¡Gaspar, Gaspar!... ¡Me partes los huesos! -Soy capaz de agarrarte por el pescuezo y retorcértelo, ¡bribona! Aquí mando yo. Tú, a callar y a obedecer... Silvina logró al cabo desasirse. Estaba aterrorizada, vacilante de susto. ¡Dios santo, aquel infame era capaz de matarla!... Era preciso tomar una resolución, aquella vida no podía durar más tiempo. Su marido la ordenaba una iniquidad, y los maridos que empujan al delito no tienen derechos que invocar. Mas ¿cómo librarse, a quién acudir? Volvió la zozobra a resolverse en lágrimas. Lloró, lloró con infinita amargura, sintiéndose sola en el mundo, abandonada de todos. Gaspar sacó del cinturón un cuchillo que en una vaina de cuero llevaba. -Toma -dijo a Silvina-. Coge en tu mano este cuchillo. -¡Por el amor de Dios, Gaspar! -Cógelo en tu mano... Eso es... Ahora yo cojo tu mano dentro de la mía. Así... Pues mira, si tienes el atrevimiento de desobedecerme en lo más mínimo, tu misma mano, empujada por la mía, te clavará este pincho en el corazón. Vete ahora, anda... Cuéntale a todo el mundo lo que tu marido tiene entre manos. Anda, ¡atrévete!... Tenía Silvina el alma en un yunque; con la mirada vaga, el semblante bañado en lágrimas, los brazos caídos, fue presa de angustiosa congoja. Lloró mucho tiempo, hasta que fue de noche, hasta que volvió Leandra, que viéndola llorar todos los días no daba importancia a su llanto, hasta que Gaspar se tumbó en su lecho de trapos para roncar a poco gargarizando el aire. Luego, solitaria en el umbral, pensó en Ciro, la única pincelada azul en sus amarguras. Ciro la amaba, la perseguía. Su cariño era continuo, constante, a prueba de contrariedades. Él fue quien la despertó a las primeras ilusiones, quien la encadenó en el sentimiento del primer amor. Todo inútil. La desgracia colocó entre ambos el obstáculo. Cuando los primeros ultrajes del infortunio hirieron su inocencia, Ciro lo ignoraba todo. Más tarde, cuando la condujeron a un desposorio repugnante, y ella, sin albedrío, sin conciencia de sus actos cedió, Ciro fue consecuente, siguió amándola, persiguiéndola, invitándola cien veces a seguirle, libre de preocupaciones, por el camino de la felicidad. Ella le amaba, era idealmente suya. Pero, ¡ah!, siempre interpuesto Gaspar como odiado estorbo... Muchas jóvenes de la comarca se entregaban sin fórmulas nupciales, cediendo un día a la pasión, para ceder otro al capricho; abandonando con alegría o dejándose abandonar sin dolor; eligiendo nuevo esposo entre la turba de seductores cada vez que las circunstancias lo exigían. Observaba que algunas jóvenes campesinas legalmente casadas no daban importancia al lazo, considerándose tan libres que en un día de discordia abandonaban al esposo, entregándose a otro amador, mientras el legítimo marido buscaba otra hembra rendida a quien poner en el lugar de la fugitiva. Y los rompimientos, las soldaduras, realizadas sin extrañezas, sin desolación, como la cosa más natural del mundo, que a nadie causaba rubor ni deshonra. Silvina recordaba la historia de otros hogares y sentíase impulsada a imitar la conducta de otras, huyendo, alzando el vuelo. Ella tenía en su corazón el sagrario del cariño, el ansia de la dicha. La casucha de Leandra no era su hogar, el rincón de su encanto, el nido de su fe. Allí estaban el dolor, la tiranía, la brutalidad, acaso el hambre. ¿Por qué no huir? ¿Qué le importaban a ella obstáculos que la cabeza y el corazón querían romper? ¿Por qué no escapar con Ciro, su amado, su ensueño, su idolatría, a quien, después de tantas desdichas, no había de premiar perteneciéndole? Mas entonces, ante ella, se alzaba el fantasma. Allí, pocos momentos antes le había propuesto una infamia; por allí cerca era casi seguro que rondara Ciro, acechando constantemente una ocasión, más enardecido y resuelto desde la noche que desplazó las tablas: esperándola, esperándola siempre... ¿Por qué, pues, volvería? Estaba sola; todos en la casucha dormían; la noche agitaba afuera los invisibles brazos del vacío; la ocasión era tentadora, irresistible. ¿Por qué dudaba, desfalleciendo su valor? Era que una voluntad más fuerte dominaba a distancia. ¡Huir! Pensaba con horror el rebelde sacudimiento. ¡No; Gaspar la mataría! Iría tras ella, la alcanzaría, clavando en ella la mirada de sus ojos dominadores. Imposible, no tenía resolución para tal audacia. Entró luego en la choza y, aplicando al hueco de la puerta la hoja de palma, fue a tenderse en su parte de estera, en el soberbio tálamo que le habían deparado la miseria y la infamia. Al día siguiente la tienda se cerró temprano. Todos los días el dependiente solía llamar a Andújar al alba. Éste abría y reanudábanse los trabajos. El tendero estuvo todo el día inquieto, nervioso, meditando su fuga. Pensó que escapando por la noche no podría regresar hasta muy entrada la mañana, y dio al mancebo la llave de una de las puertas, ordenándole que muy temprano abriese, como de costumbre, y esperase su regreso. Pretextó quehaceres urgentes en el poblado, y todo fue dicho después de cerrada la tienda, cuando el dependiente, bostezando, no pensaba en otra cosa que en dormir la grasienta fatiga del día. A poco, Andújar quedó solo. A la derecha de la tienda había un establo, detrás del cual, sobre un lecho de paja, dormía un caballo. En breve tiempo le trajo del ronzal, le aparejó con albardas, colocó cuidadosamente en ellas dos paquetes muy atados con cordeles, guardose el revólver en la cintura, cerró con llave la puerta de su cuarto, en la fachada posterior; guardó en el bolsillo de su chaqueta la llave, y de un salto quedó sentado sobre la montura, colocándose debajo de una pierna un afilado machete. En tanto, discutía mentalmente consigo mismo las ventajas de su determinación. Tenía buenos amigos en el poblado; se hospedaría en casa del más discreto, pasearía, cenaría en algún fonducho, y temprano, al monte otra vez. Su dinero, guardado en buenas manos, que le otorgaban recibos de depósito, estaría seguro. Pensando así dio rienda al caballo y, como era ya de noche, pronto jinete y cabalgadura desvaneciéronse en la sombra. Gaspar, durante el día, estuvo buscando un pretexto, un motivo fácil, natural, que le permitiese salir de la casucha con Silvina en las primeras horas de la noche sin llamar la atención de Leandra, sin despertar sospechas. Le ocurrió una visita, un cumplimiento rendido al compadrazgo de cualquier montañés. Pero ¿visitar de noche y en día de trabajo? La idea rayaba en lo desusado, en lo anormal, y desechó el plan de la visita. Ocurriósele enseguida inventar una excursión al poblado. Tampoco... A las diez de la noche debía estar junto a Palmacortada en espera del cómplice; el negocio ocuparía una hora más o menos, ¿cómo hacer verosímil un viaje a pie al poblado saliendo a las seis de la tarde para regresar a media noche? Resultaría sospechosa la evolución, y Gaspar quería proceder con las mayores precauciones. ¿Qué hacer entonces? Un momento hubo en que creyó resuelto el problema: irían a pernoctar a la finca de Galante porque un trabajo de importancia reclamaba a Gaspar... No, tampoco. Después del golpe, ¿cómo diablo ir a casa de nadie cuando lo conveniente era ocultarse, hacerse los dormidos, hacer desaparecer ciertas huellas? ¿Y por qué no fingir un sencillo paseo por las veredas? Saldrían al crepúsculo invocando un gran calor, pasarían un rato y luego volverían a recogerse. Llegó Gaspar a decidirse por ese plan, no obstante ser proverbial su costumbre de dormir desde muy temprano. Una casual circunstancia, muy frecuente en la vida de los campesinos, resolvió la dificultad. Alguien dijo que cerca de Vegaplana había muerto un niño, hijo de un labrador conocido de todos. ¡Ah, qué desgracia! ¿Cómo faltar siquiera un rato de la casa del duelo? Irían temprano; pero, eso sí, regresarían de once a doce, porque a él, a Gaspar, no le gustaba el trasnoche. De ese modo todo era creíble. De seis a nueve al velorio; a las diez, en Palmacortada; después..., a lo otro, y a las doce, a dormir, ¿Pregunta algún curioso qué hicieron desde la salida de Vegaplana hasta mediar la noche? Pues la cosa más inocente; bañarse alegremente en el río. Y Gaspar, a las seis, salió de la casucha, y Silvina tras él. Sobre un lampo brumoso de nubes bajas entrelució el novilunio, apareciendo el astro como un segmento oriental empenachando el turbante del crepúsculo. El disco de luna cayó en su ocaso, entregando la amplitud del cielo a la irradiación estelar. A las nueve todo estaba solitario, silencioso; sólo el río, desde el fondo del barranco, elevaba su eterno rumor. Un aire medroso recorría la fronda, en donde en inefable comensalismo los árboles entrelazaban el ramaje. El arbolado que rodeaba la tienda y los ranchones oscurecía los detalles. Todo confuso: las casas, los troncos de los árboles, el establo, el bosquecillo de cafetos de la barranca. Sólo indecisamente clareaban el camino, endurecido por el tránsito, algunas piedras rodadizas que destacaban sus facetas. De pronto surgió del bosquecillo una sombra. Era Deblás. Miró a todos lados, y caminando lentamente acercose a la tienda. Puso las manos sobre el tabique y permaneció inmóvil escuchando. Aplicó la cara a las tablas como para recoger el más leve roce. Nada; ni un rumor, ni el vuelo de un cínife. Siempre a tal hora, Andújar roncaba... ¿Por qué aquel silencio? ¿Habría salido? Deblás quiso la evidencia. Dio en torno de la tienda un rodeo completo, empujó todas las puertas, detúvose a escuchar en las de la fachada, dio la vuelta sigilosamente y volvió junto a la puerta del cuarto de Andújar. Nada: el arca del silencio. De nuevo escuchó, esperando oír la respiración de Andújar. Fue en vano. Al fin vio algo que le sorprendió. En el marco de la puerta, a la izquierda, pendía de un clavo enorme el ronzal, y unido a éste una cuerda que arrastraba por el suelo. Todo quedó explicado: el tendero no estaba en la cueva. Deblás fue entonces al establo, echose de bruces sobre el comedero e inspeccionó el lugar en que solía dormir la jaca. Ésta no estaba en su sitio habitual. El pájaro había volado. Cayó Deblás en un mar de confusiones. Sabía que el tendero vagaba de noche pocas veces; de vez en cuando, persiguiendo alguna aventura barata, a la que daba cima temprano. Salir dejando dinero en el arcón no era creíble. Luego su ausencia significaba también ausencia del dinero. Dio otra vuelta alrededor de la tienda: no quería convencerse de que el gran proyecto había fracasado. Lleno de contrariedad vaciló. ¿Qué hacer? Enseguida las hipótesis comenzaron su trabajo de duda. ¿Por qué había salido Andújar? ¿Presumió lo que le esperaba? ¡Quién sabe! ¿Sería Gaspar, por alguna indiscreción, responsable de ello? No era fácil... ¡Ah!... Silvina... Era posible que la bestia de la mujer tuviera la culpa. Sin embargo, ¿cómo pensar que, dominada por el otro, se hubiese atrevido a aguarles la fiesta? Y luego, si Andújar supo algo, ¿por qué no reunió gente y esperó el momento de cogerles en la ratonera? Sobre todo, a él, a su primo, a quien echándole mano daría el disgusto más fuerte. No... Andújar había salido casualmente, y no quedaba más recurso que aplazar el negocio. De nuevo dudó... ¿Y el dinero" ¿Era de esperar que el tendero hubiera cargado con la hucha? De noche, por caminos solitarios, tratándose de un solo hombre, y tan receloso como Andújar, no era creíble aquel trasiego. Entonces, ¿cómo explicar la inverosimilitud de que saliera dejando solo el talego? De todos modos, una cosa resultaba evidente: Andújar no estaba allí. Quedaba, pues, por averiguar si el tesoro se había también evaporado. En ese orden de ideas, Deblás no creyó difícil que el tendero, obligado a salir por cualquiera circunstancia, dejara los fondos. En ese caso, volvería pronto. De intentar salir de dudas no había tiempo que perder. Sacó su cortafrío y le introdujo por la juntura de los batientes, palanqueando y subiendo poco a poco hasta la cerradura. Luego una idea le detuvo... ¿Y los otros, que le esperaban en Palmacortada? ¿Les avisaría? ¿Para qué? Ausente Andújar, se bastaba solo... Mas ¿y el pacto? Tuvo una gran vacilación: le ocurrió que Gaspar, cansándose, fuera a rondar, sorprendiéndole en plena traición. De otro lado, ¿para qué tanta gente? Resolviose al cabo. Iría a darles contraorden, y el asunto quedaría aplazado para mejor ocasión. Los otros, creyéndole, convendrían en el aplazamiento, y él, en tanto, volvería a la colmena. ¿No había dinero?... ya lo habría otra noche. ¿Lo había?, pues la tajada para él solo. Aunque Gaspar supiera luego la mala partida, a nadie se quejaría. ¡Bah!, era un cobardón con quien no era difícil ajustar cuentas. Además, ¿para qué estaba la cordillera? Pronto les halló. En un grupo de palmas reales había una cuyo tronco partido denunciaba los desastres del rayo. Al pie de ese tronco estaban Silvina y Gaspar. Era un lugar escarpado. Enfrente de las palmas veíase el agrio borde de un risco, un precipicio por cuyo fondo discurría un arroyuelo afluente del río, caudal remoto que, de salto en salto, bajaba desde las lejanas serranías. -Nada de lo dicho -exclamó Deblás al acercarse. -¿Cómo? -Que por hoy nada puede hacerse. -Pero... ¿qué ha sucedido? -Una cosa con que no contábamos: el pájaro voló. -¿Qué? -Pues nada, que Andújar no está en la tienda, que ha emplumado, que se ha llevado el dinero. Nuestro negocio tiene que aplazarse. Silvina, hasta entonces silenciosa y entontecida, respiró con placer. -Bien -insistió Gaspar-. ¿Y cómo te explicas eso? -Una casualidad... El hombre tenía el baúl repleto, se le derramaba, y como es desconfiado, cargó con los cuartos. Ahora que le corran detrás... Eso pasa por culpa tuya. Si no hubieras tenido tantos repulgos, aprovechando una noche de la semana pasada, con seguridad hubiéramos llegado a tiempo. Quisiste pensarlo tanto que... ahí tienes el resultado. -No me convenzo. ¿Crees que se haya ido por casualidad? Y al decir esto dirigió a Silvina una mirada torva. -¿Por qué otra causa, hombre? -Un soplo... -No hay soplo que valga. Se fue, se llevó su dinero y volverá temprano. Si hubiera sabido algo, se queda y nos coge en la trampa. Pero no te derritas la mollera: por ahora no hay que pensar en la cosa. Ya veremos cuando convenga volver a las andadas. Gaspar, después de algunos instantes de reflexión, añadió: -Estando la tienda sola, casi debíamos registrarla. -¡Magnífico! Y mientras nos llenamos los bolsillos de papas y pan viejo llega el otro y nos divierte. -Es verdad... Sin embargo, ¿cómo ese tío ha dejado la tienda sola? Lo natural era que, cuando menos, el dependiente estuviera allí. -Te digo que no hay nadie, dinero inclusive. Andújar prefiere dejarlo todo bajo llave a que quede dentro ningún mocoso. Se fía más de una llave que de un hombre. Silvina, en tanto, experimentaba la sensación expansiva del sosiego. ¡Qué felicidad! La infamia no podría, al menos por entonces, llevarse a efecto. Sería luego, mas un plazo era siempre un compás de espera en que las cosas podrían cambiar. -Conque cada cual a su casa, y hasta más ver -añadió Deblás. -No te vayas, espérate. Vamos a pensarlo bien. ¿Por qué no intentar un registro allá abajo? -No puede ser. Correríamos peligro de desayunarnos en la cárcel. -Fíjate... Si se ha llevado el pico a la bajura no es probable que regrese hasta mañana; si vuelve pronto es señal de que lo ha dejado. -Bien, ¿y qué? -Intentemos algo..., rondemos... -Intenta, ronda tú solo... Yo me voy a dormir. -¡Ah, no! Solo, no. -Conmigo no cuentes. -Pero, hombre... -No soy tan mentecato que vaya a meterme tontamente en el peligro. -Escucha. -No puede ser. -Pero mira... -Te digo que no puede ser. -No puede ser, Gaspar... -atreviose a murmurar Silvina, y él, iracundo, diola un manotón, diciendo: -¿Qué dices? ¿Quién te mete a ti? ¡Cállate o te pico la lengua!... -Vamos, ¿te vas a poner ahora a reñir con tu mujer? Buenas noches. -Oye... -No, adiós. Hasta mañana. Ya hablaremos despacio para ponernos de acuerdo... -Escucha, hombre... -Nada... Buenas noches. Y Deblás se internó en el bosque, mientras Gaspar, cerrando con rabia los puños, blasfemaba. Luego empujó a Silvina, que cayó sentada en la maleza. -Siéntate -dijo, sentándose él también. Doblando las piernas, con los codos sobre las rodillas y la frente en las manos, diose a cavilar. Discurría la noche como fantasma que pasara envuelto en túnica cenicienta. El cielo, estrellado, parecía piélago de fulgores. Cada astro irradiaba una saeta de luz, primero tímida, enseguida inmensa, después tímida otra vez, replegándose y apagándose la viveza de la irradiación, como si, horrorizado de las contiendas humanas, quisiera el astro cerrar los ojos. Junto al reguero estelar la inmensa bóveda azuleaba muy suave, muy tersa, muy serena, como si hubiera sido creada para envolver en la eternidad de los siglos la eternidad del bien. Las cumbres se aplomaban sobre su base de coloso, apagando en los paisajes muertos las inciertas claridades. El grupo de palmas se erguía discorde: un tronco recto, otro oblicuo, cual esbelto, cual otro inclinado como si quisiera poner al alcance del hombre sus ánforas colmadas de refrigerante licor. Y siempre el eterno concierto... Alguna ráfaga silbando al agitar la arboleda, el incansable lamento del río formando remolinos y limando pedruscos; la gran sonata de insectos, de violines alados, de sutiles élitros, estridentes cigarras, sobresaliendo del conjunto el disílabo canto del sapillo de los canalizos y las zanjas, repitiendo siempre su monótono ¡kokí! ¡kokí!... Gaspar rompió al cabo el silencio. -Diga lo que diga Deblás, la cosa ha llegado al tuétano... Sí; una joroba, una completa joroba... Tanto pensar, tanto dar vueltas al asunto para quedar en na: en que se nos escapa el negocio... No puede ser por ahora. ¡Por ahora!... ¿Pues cuándo entonces?... ¡Tenía, tenía dinero! Yo no me conformo... ¿Pero por qué se ha largado Andújar?... ¿Sabría algo? ¿Fue casualidad?... ¿Alguna hembra?... ¡Quién sabe si no está lejos, si está por ahí, persiguiendo mujeres que otros pagan! Y luego, ¿por qué tan desabrío Deblás? ¿Se habrá acobardado?... ¡Él, tan valentón!... ¡Qué diablos, hombre, qué diablos de estorbo se atraviesa!... ¡Y yo tan preparao pa to, con hambre de meterle mano al bollo! ¡Bah! Ese Deblás se apura por poco... ¡Y qué prisa tenía! Un miedo de primera. Pues..., y verá usted cómo resulta luego que la tienda está sola y con el dinero. Quedose pensativo. Arrugando las cejas miró al cielo, poniendo en juego el singular instinto campesino que con pequeño error precisa la hora con sólo mirar las estrellas. -Si yo me atreviera -continuó-. ¡Qué bueno!, ¿eh? ¡Si probáramos! La tienda aún solita; Deblás durmiendo allá en su seboruco; faltan para las doce como hora y media... Todo viene bien. Se ronda un poco, se abre una puerta, se rompe la cerradura del baúl, y... si no hay cuartos, por lo menos se convence uno de la verdad y bebe un par de copitas. ¡Qué facilidad tan grande! Por supuesto, las cosas de manera que se remate en un dos por tres, no sea que el tío aparezca de pronto, y ¡paf!, patas arriba de un tiro el que le toque la china... Sí, creo que debemos meter mano, porque si no, ¿qué vamos a hacer aquí con la boca abierta? No podemos volver a casa hasta las doce o la una, tendríamos que esperar dos horas aquí al raso, al sereno... ¡Qué diversión!, ¿eh? Silvina, un instante tranquila, volvió a sentirse consternada. Creyó verse libre aquella noche del peligro; pero de nuevo su marido pensaba en él, insistiendo testarudo. Gaspar se rascaba la cabeza, como si a la maraña de pelos pidiera que resolviese la vacilación. -La verdad, ése sería un gran golpe -continuó-. Dejemos a un lado a ese tuno, y nosotros solos damos el golpe. Y si no hay moneda, siempre habrá allí algo que se pegue... Lo malo fuera que el otro llegara de pronto y... No; salió oscurecido y no ha ido lejos, ¿qué menos que a media noche pa volver? Si ha ido a la bajura, entonces no se diga... Después, otra vez a cavilar. Silvina le miraba desvanecido en la sombra, mientras azorada, temblando, esperaba de un momento a otro la solución de la perplejidad. Así pasó mucho tiempo. De pronto, Gaspar levantose de un salto. -¡Ea, vente!... -¡Por Dios, Gaspar, por tu vida! ¿Qué vas a hacer? -Vamos: echa pa alante. -Gaspar... -¡Cállate! -¡Pero no me empujes, hombre, que voy a irme de cabeza cuesta abajo! -Vamos... -¡Ten misericordia de mí! Mira: otro día... Eso no puede ser esta noche, hay muchos peligros... El dinero que tú buscabas no está allí... Cuando Deblás no quiso hacer nada por algo fue. Créelo: déjate de eso... -Pica..., pica... -Gaspar, por tu madre, por lo que más quieras, deja eso. -Camina..., camina... -O, por lo menos, déjame marchar a casa. ¿Para qué te he de servir yo? De estorbo, ¿sabes?, de estorbo nada más... -Si no callas, si resistes, ya sabes lo que te espera. Estoy rabioso, con gana de meterle mano al mismo demonio si me saliera. Sigue sin chistar y no me provoques. Estoy aborrecío, Y si me joo... robas mucho te tiro por el risco... Y comenzaron así a descender por el monte. En tanto, Deblás no había perdido el tiempo. Dejando a su cómplice en Palmacortada, volvió a la tienda. Detúvose nuevamente a escuchar, y convencido de la ausencia del tendero, otra vez introdujo el cortafrío por la juntura de los batientes. Con un movimiento de palanca, acompañado de otro ascendente, hizo llegar el trozo de hierro hasta la cerradura, manteniendo separadas las hojas. Entonces, metiendo las manos por la ranura, tiró con fuerza, y saltando la cerradura la puerta cedió. Vencida la primera dificultad, el desertor penetró en la tienda. Un olor espeso y caliente le envolvió, denunciando el hacinamiento en aire confinado de sustancias comestibles. Una vez dentro encendió un fósforo, y a su luz, con un pedazo de madera que halló a mano, atrancó la puerta. De ese modo estaría seguro. Quien quisiera entrar necesitaba llamar o abrirse paso por la fuerza. Encendió una vela de sebo, que colocada en una botella estaba sobre una silla junto al catre. Cuando hubo claridad miró en torno... ¡Solo, al fin, en el envidiado recinto! Junto a la silla estaba el arcón, un gran cofre de más vejez que resistencia. Levantando la luz diose cuenta de los detalles, reconoció el cuarto de las albardas y paseó como un fantasma entre los aparadores y el mostrador. Con mirada de lince lo registraba todo: era preciso dar el golpe con la mayor seguridad y el mayor provecho. Recordó el dilema de Gaspar, que a él también le había ocurrido: si Andújar se ha llevado el dinero no es probable que regrese hasta mañana; si está el pico allí volverá pronto. Lo importante, pues, era salir de dudas. Si el dinero estaba en el arcón era menester apresurarse y cargar rápidamente con él; si no estaba, Andújar no volvería hasta el día siguiente, dando tiempo para registrar detenidamente la tienda y para limpiarla de objetos transportables de que valiera la pena apoderarse. Volvió al cofre, e introdujo el cortafrío por la juntura de la tapa, levantando la cinta de latón que la cubría. Con poco trabajo soltó una aldaba, luego la otra, y al cabo, Deblás vio el hueco del cofre ante sus ojos. Un montón desordenado de ropas se apiñaba allí; en el fondo, un cajón de madera en otro tiempo destinado a guardar galletas mostraba también su hueco vacío. Sólo algunos ochavos caídos al descuido ennegrecían como lunares grotescos el fondo de papel blanco que tapizaba el cajón. ¡El tesoro había volado! Deblás, en un arrebato de rabia, arrojó contra el suelo el cortafrío, que, produciendo un golpe seco, rodó hasta quedar debajo del catre. Se irguió, cerró los puños, y mirando con ira el vacío vientre del arcón lanzó una blasfemia. ¡Ah, el miserable de su primo le jugaba una mala pasada! Entonces recorrió la tienda. ¡Bah!, porquerías... Sólo el diablo cargaría con cosas de tanto bulto para ocultarlas y enajenarlas después sin despertar sospechas. Sobre una tabla mugrienta había un embutido que solía detallarse a los parroquianos. Deblás se echó en la boca un pedazo y después un gran bocado de pan y queso. Luego dedicose a buscar... Nada de lo que veía le gustaba: telas, cintajos, zapatos ordinarios, hilo de coser, botones de cobre. ¡Valiente cosecha! Y seguía comiendo queso, pan, salchichón, jamón... Engullía nerviosamente grandes bocados que tragaba casi sin masticarlos. Hubiera querido tener un apetito de diez años de abstinencia para poderse aprovechar, para consumir la mayor cantidad posible de subsistencia y así fastidiar a su primo, castigándole por haberse llevado el codiciado talego. Durante el registro movíase en todas direcciones; pasaba de un lado a otro del mostrador, subíase encima alcanzando objetos altos; bajábase registrando debajo. Como todo estaba cerrado, la temperatura era elevada, y Deblás sentíase inundado de sudor, sofocado por la escasez de aire. Y así, registrando y comiendo, dio fin a una lata de conservas, husmeando en el surtido, revolviendo la tienda. Sintió sed. Sirviose ron y lo apuró de un trago. Había abierto el cajón del despacho: ni un céntimo. Sólo sobre el mostrador una peseta falsa, clavada allí como escarmiento de confiados o muestra de mala fe. De nuevo la sed se impuso. De una tinaja metida debajo del mostrador sacó un cacharro de agua. Pero no bien la hubo probado la devolvió con asco; estaba espesa, caliente. Abrió una botella de cerveza y la bebió toda. Continuando el registro, guardose algunas chucherías en los bolsillos: pares de medias, un cortaplumas, un cinturón de cuero y dos o tres pañuelos. Registrando y bebiendo pasó una hora. Al fin, después de una copiosa libación de aguardiente, volvió al cuarto de Andújar. Los bolsillos repletos le abultaban de tal modo que tuvo que empujar hacia adelante el puñal que llevaba envainado al cinto. Colocó la luz sobre la silla, se enjugó el sudor con el dorso del pulgar de la mano derecha y, resuelto a salir, empezó a levantar la tranca. Mas una observación le detuvo. En lo alto del tabique, junto al catre, había una tablilla; desde lejos, Deblás vio hacinados sobre ella multitud de objetos. Quiso registrar... Como el catre impedía llegar a la tablilla, subiose sobre él, y con un pie en cada lado, abierto de piernas, comenzó el registro. Nada halló: cajones vacíos, trozos de cordeles viejos, papel de estraza arrumbado. En aquella actitud de coloso, Deblás experimentó una sensación extraña, algo como un vértigo, un peso grande en la cabeza, un sueño irresistible. Bajose, arrodillándose primero en el catre, y luego sentose en el borde. ¿Qué le pasaba? Como era tarde, ya media noche, y había bebido, no era raro... Contempló el catre y dio un puñetazo en la almohada. ¡Ah!, su primo era un bribón, un ratero que debía su fortuna a la rapiña. Él no le perdonaría la que le había hecho aquella noche. ¡Qué lástima! ¡Tan bien preparado todo, tan arreglados los detalles del plan! Y aquél era su catre... Sí, allí dormía como un cerdo, después de contar cien veces el diario recogido del cajón; allí preparaba sus planes astutos; allí roncaba como un fuelle enmohecido. Allí debió quedar clavado de una puñalada si no hubiera sido por la maldita casualidad... Puso el codo en la almohada y dio un gran bostezo. ¡Qué lástima, desbaratarse sus planes cuando ya casi tocaba el fin! Pero le cogería en otra noche más feliz. Por la mañana volvería sin duda tan fresco, tan regordete, tan rollizo... Dábase cuenta Deblás de que indomable sueño le invadía. Sus miembros relajábanse en agradable dejadez, y no fue el codo, sino la cabeza, lo que apoyó en la almohada. Allí, boca arriba, paseó la mirada por el techo sin sobrado. No era conveniente regodearse: podía el sueño dominarle y exponerle a una sorpresa. Había aprendido en días fugitivos en la cordillera a dormir con un ojo, velando con otro, y siempre, al amanecer, el primer gallo cantor le despertaba. Serían las doce; podría dormir un rato allí, en donde no se estaba mal, y muy temprano escapar. Sin embargo, no... La usurpación del catre de Andújar podría costarle cara. En una mala hora cualquiera se queda dormido, y ¡bonito papel haría él roncando allí con el sol ya fuera! No, marcharse, huir..., esto era lo conveniente. Mientras pensaba, íbase el sueño apoderando de su conciencia. La voluntad de huir disponía de su cabeza, el impulso indominable del sueño formulaba su tirano mandato al cuerpo. Raciocinio y alcohol luchaban a brazo partido; si el pensamiento hubiera podido volar hubiera huido; mas para huir arrastrando el cuerpo, el pensamiento tenía que remover la pesadez de los miembros, desvanecer el sopor de los músculos, combatir la clausura de los párpados, y todos aquellos resortes del movimiento yacían entonces encadenados por el alcohol. El pensamiento, aún despierto, el cuerpo, ya dormido, y en la lucha burlándose el alcohol de la energía volutiva. Al fin, perdió el freno que le mantenía en la conciencia de las cosas: el raciocinio... Perdido éste, ya no fue dueño de sí mismo. La materia imperó con sus necesidades despóticas, y, faltándole el equilibrio de la razón, la miserable masa sucumbió al narcotismo, y Deblás cayó volcado en un sueño avasallador, profundo, bestial... Era materia inerte que suspendía la actividad de relación, levadura grosera que no tiene conciencia de sí misma e ignora cuándo, a impulsos de la fuerza, ha de apiñarse para formar el astro o debe disgregarse para formar el pus; masa viviente, que durante el sueño se hunde en el quietismo, lo mismo envolviendo al honrado que al malhechor; arcilla neutra que sirve para todo, lo mismo para hermosear el pecho de una Venus que para endurecer la pezuña de un centauro. Deblás, boca arriba, con los brazos abiertos, quedó inmóvil. La vela de sebo, próxima a consumirse, lacrimeaba sobre la superficie verdosa de la botella hilos amarillentos. El pabilo, deformado por la combustión, mostraba en su remate un ascua intensa y de la llama desprendíase una columnilla de humo que trazaba espirales antes de desvanecerse. Los objetos que interceptaban los rayos de luz poblaban el cuarto de sombras deformes, y la débil claridad que a través de la puerta llegaba hasta el mostrador reflejábase tenuemente sobre los platillos de la balanza. A poco no hubo más sebo... La velilla se devoró a sí misma, y el pabilo, vacilando sin base, inclinose en la boca de la botella y acabó por caer dentro. Un instante, con fulgor de luciérnaga, brilló en su cárcel de vidrio; luego extinguiose, quedando todo en sombras. Entonces, del bosquecillo de cafetos que sombreaba la barranca se destacaron dos cuerpos. Eran Gaspar y Silvina; el uno arrastrando a la otra. Aunque Gaspar estaba seguro de que en la tienda no había nadie, quiso ser cauto y se detuvo a escuchar, pegando la oreja al tabique posterior. Ni el más ligero ruido, ni la más pequeña alarma. Con su cuchillo empezó a forzar la puerta que correspondía al cuarto de Andújar; mas como Deblás la había atrancado, la puerta resistió, renunciando Gaspar a su empeño. Siempre arrastrando a Silvina rodeó el edificio, probando la solidez de las puertas. Todas resistieron. Obraba impulsado por un alarde de valor y de codicia: si el dinero estaba allí sería para él solo, si no estaba no había peligro en penetrar, porque el tendero no regresaría hasta el día siguiente. Sin embargo del esfuerzo, a duras penas dominaba el miedo. Apresurábase, imponía una actividad febril. Sí, era menester maniobrar con rapidez. Silvina, rendida, muda, con los ojos secos, seguíale trémula. Ya no lloraba; pero sus recelosos ademanes denunciaban la reconcentración de un susto mortal. En el rodeo llegaron a la puerta cuya llave había dado Andújar al mancebo. Era una de las de la fachada del camino y no tenía tranca. Logró Gaspar deslizar el cuchillo y establecer el palanqueo hasta la cerradura. Introdujo por la juntura una piedra y mantuvo así separados los batientes. Tiró con energía, y la puerta, astillando como leña hendida, quedó franca. El caliente hálito del local, el vaho de comestibles, bañó el semblante de los salteadores. Penetraron en la tienda el uno siempre remolcando a la otra. Juntó él la puerta y detúvose un instante: nada se oía. Hizo luz con un fósforo, y levantando la tapa situada en uno de los extremos del mostrador pasaron a la trastienda. Gaspar, en un encasillado que servía para guardar cereales, encontró velas de sebo. Encendió una y la acuñó en la boca de una botella. Enseguida pensó en el arcón... Era preciso forzarlo, abrirlo de par en par, registrando hasta el último rincón. Reconoció rápidamente su cuchillo, comprendiendo que no bastaría para la maniobra. Buscó con mirada viva algo apropiado... Debajo del mostrador vio un pico de hierro de los que se utilizan en las siembras para cavar los hoyos. Aquello serviría... Puso la luz sobre el mostrador y levantó el pico del suelo. -Tú no tienes más que seguirme -dijo-. Con esta punta haré saltar la tapa del baúl... Pero bueno es estar prevenidos: toma, sujeta tú el cuchillo. -¡Yo no!... ¡Yo no!... -¡No me repliques!... No quiero perder tiempo. Meteré el pico y luego empujaremos los dos hasta alzar la tapa. Cuando te avise, vienes a buscar la luz. ¿Comprendes? ¡Ánimo! Quizá estamos cerca del tale... Un rumor súbito le interrumpió. Era Deblás respirando ruidosamente. Gaspar, sobrecogido de sorpresa, se encogió rápidamente, metiéndose debajo del mostrador. Un instante después arrastró por el traje a Silvina, obligándola a arrodillarse a su lado, mientras con imperceptible voz le dijo al oído: -¡Estamos perdidos!... ¡Andújar está ahí!..., ¡está ahí!... Deblás nos engañó... El corazón de Silvina parecía un martillo de fragua, golpeando sobre el yunque. Muda de terror, era masa inerte que iría donde la llevaran. Gaspar diose rápidamente cuenta de la situación. Andújar estaba allí; tenía que habérselas con un hombre vigoroso y resuelto. De un momento a otro podía silbar en el aire el mortífero proyectil del revólver. Era necesario escapar... Sin embargo, ningún otro rumor se dejaba oír. Era indudable que el tendero no había despertado. Pensando en huir vio que podían deslizarse por debajo del mostrador hasta la tapa movible, y de allí, en dos saltos, al camino. Pero ¡ah!, si Andújar estaba allí, el dinero también estaría. Con un esfuerzo, con un poco de serenidad, tal vez lograran apoderarse de la hucha. Sí, ¡valor!... ¡ánimo!... La luz oscilaba en tanto con llama melancólica apenas suficiente para distinguir los objetos remotos. Gaspar reaccionó sobre su cobardía. ¡Ea, a jugar el todo por el todo! Levantose, levantando de un tirón a Silvina; cerciorose de que ésta mantenía en la mano el cuchillo: asió fuertemente el pico, escudriñó en la sombra del cuarto y dijo al oído a Silvina. -Sigue..., le encontraremos por el bulto.... anda lista. ¡Cuidado! ¡No le des tiempo para disparar!... ¡Mátalo de un golpe..., anda!... Así diciendo la empujaba por la cintura. Ella, horrorizada, inconsciente, sin fuerza para resistir, cedió, y ambos entraron en la alcoba de Andújar: una delante, armada del cuchillo; otro, empujando detrás y armado del pico. Llegaron junto al catre, distinguiendo en la penumbra un cuerpo tendido. Un paso más y todo habría terminado... Silvina entonces sintiose invadida por un frío intenso, experimentó un cosquilleo que le lamía la carne, una sensación de embotamiento que la paralizaba; perdió la conciencia de todo, se desvaneció en su cabeza la noción de la vida, miró estática y con los brazos caídos un lugar del tabique que le pareció luminoso y quedó inmóvil. Gaspar, apresurado, tembloroso, la estimuló de nuevo: -Ahora..., ¡dale ahora!... Mas Silvina no hería, y su cabeza se inclinaba hacia atrás. -¡Mátalo, demonio!... ¡Mátalo!... La escena fue rápida, instantánea. Gaspar alargó el brazo, apretó con su mano derecha la diestra de Silvina y la levantó en alto, preparando la puñalada. Pero Silvina, vacilando, dejó escapar un grito, y abriendo los brazos cayó de espaldas. La ansiedad de un inmenso peligro relampagueó en Gaspar. Creyó que la joven caía herida en la penumbra por la mano de Andújar; pensó que el arma invisible iba enseguida a dirigirse contra él; el instinto de conservación contrajo sus miembros, y levantando con ímpetu el pico descargó sobre el cuerpo dormido el terrible golpe. Escuchose un lamento sordo, y un torrente de sangre manó del cuerpo de Deblás, filtrándose por el lecho, inundando el cuarto, saltando en hilos rojos, mojando como caliente lluvia el semblante y las ropas de Silvina, yacente en el pavimento. Gaspar, en la excitación del crimen, conteniendo el temblor de las piernas, fue al mostrador, volviendo con la luz al cuarto. Con una mirada lo abarcó todo: Silvina, a quien creía muerta, inmóvil; el arcón abierto, eventrado, mostrando la miserable vacuidad, sin un céntimo, sin un objeto que saciara la codicia; en el catre, el cuerpo de un hombre. Todo simultáneo. Un solo ademán recogiendo cien sorpresas. Acercó Gaspar la luz al lecho, reconoció la víctima, retrocedió presa de asombro, dejó caer la luz, que se apagó en la caída, y rugió con despavorido acento: -¡Condenación del infierno!... ¡He matado a Deblás!... Luego, en la oscuridad, un instante de vacilación. El miedo le sacudió el cuerpo, el terror le clavó su acicate, el pánico le dio ímpetu. ¡Dos asesinatos..., dos muertos!... De un salto llegó a la puerta que se abría hacia la barranca, de un golpe hizo volar la tranca, que volteando en el aire cayó con estrépito de punta sobre las tablas, de un empujón abrió la puerta, y como fiera perseguida que descubre una brecha lanzose al campo, descendió la barranca, pasó a saltos el río, repechó el cerro por donde no había camino, e internose en el bosque poseído del ansia de huir, con locura de distancia, inundado de sudor, con la cabeza descubierta, con los ojos espantados y profiriendo horribles imprecaciones, atroces maldiciones, injurias sacrílegas al cielo, a la tierra, al infierno y a Dios. En tanto, en la tienda, por el hueco de la puerta, entraban los aires de la noche. Una orgía de átomos bañándose en frescura, flotando con liviandad, penetrando impalpables para luchar con el ambiente confinado de la tienda, para vencer el tufo ingrato de vituallas casi corrompidas. Unos minutos pasaron. El cuerpo de Silvina se agitó convulso. Una respiración breve y estertórea filtró aire en su pecho; los contraídos puños, que apretaban los pulgares sobre la palma de las manos, cedieron su rigidez, y la cabeza, antes rígida, comenzó a moverse de un lado a otro. Era la crisis, la terrible crisis que se apiadaba. Los nervios no se retorcieron más, el mordisco tetánico soltó la presa, y al fin una inspiración profunda, devuelta en un prolongado suspiro, disipó en el cuerpo doliente el morboso latigazo. Silvina levantó la cabeza, se incorporó sobre una mano. ¿Dónde estaba? ¿Qué le había pasado? ¿Por qué tan recio dolor que le destrozaba el cuerpo? Quiso recordar y no pudo. Miró en torno, tratando de sacudir el embotamiento de sus sentidos; hizo esfuerzos por volver a su cabeza vacía las claridades de la memoria; alargó los brazos, tropezó con el catre, se agarró al borde y, apoyándose en él, púsose en pie. Entonces fue horrible... Súbito como exhalación que una nube fulmina bajaron en tropel a su cabeza memoria, raciocinio y pensamiento. Como a la luz de un relámpago lo vio, lo recordó, lo juzgó todo... -¡Misericordia! -exclamó, lanzando un grito penetrante; y loca, insensata, sintiendo en la espalda el contacto helado del pavor, frunciendo los labios como deteniendo al alma que aterrorizada quería escapársele, traspasó el umbral, emprendiendo vertiginosa carrera. El raciocinio, bajo el imperio del terror, forjaba quimeras. El cuerpo ensangrentado que acababa de distinguir la seguía, la seguía para estrangularla. Y ella corría como lanzada por una fuerza propulsora, como despedida por una honda. En el barranco dio traspié; si el miedo dábale alas, la última crisis la desfallecía con su depresor paroxismo. Quería huir, desaparecer... En el río, ya en la opuesta ribera, cayó. Alzose y siguió corriendo. De vez en cuando volvía la cara, y en el tronco de los árboles le parecía ver el hombre ensangrentado. Sí, tras ella iba persiguiéndola para asirla por el cuello, para matarla. ¡Misericordia!... Y seguía corriendo. Comenzó a repechar el cerro. El declive y lo pedregoso del suelo la hacían caer a cada paso. Pero corría, corría siempre, saltaba de montón en montón, tropezando con los árboles, resbalando sobre las piedras. Pisaba en falso a veces, daba pasos inseguros, haciendo rodar piedras por el declive, y asustábase al escuchar el ruido lúgubre que esas piedras, al despeñarse, producían. Así, en dirección oblicua, alcanzó la vereda. ¡Ah, por allí era más fácil! La siguió desalada, en el vértigo de la fuga. En un recodo volvió a caer. Al levantarse miró atrás y vio al muerto. Sí, era él, horrible, espantoso, teñido de rojo, con una mano alargada para cogerla. De la nueva ola de pánico reaccionó otra de energía, y rápida, con velocidad de lebrel, siguió corriendo. ¡Arriba..., arriba! Si debía morir, que no fuese al campo raso y estrangulada por la visión que la perseguía... De ese modo, anhelante, desencajada, moribunda de terror, subía, subía, cada vez con menos fuerzas, por la vereda. Hubo un momento en que creyó morir: se había oído llamar. -¡Silvina! -dijo una voz. Saltó como disparada por un resorte, y la voz repitió: -¡Silvina!... ¡Silvina!... Junto a la voz dejose oír un rumor positivo de pasos, de pasos vivientes y ligeros que repechaban también. -¡Silvina!... ¡Silvina!... Mas ella, en su desolación, no obedeció a otro dueño que al miedo; no hallaba más asidero que la veloz carrera. A poco, quien la llamaba y corría tras ella, ganó terreno. Como la vereda serpeaba en la montaña, el perseguidor, aprovechando uno de los recodos, saltó por el monte, y mientras Silvina corría por la vereda logró llegar primero al remate de una de las ondulaciones. De ese modo, el paso quedó cortado, y Silvina, desfalleciendo de horror, vio delante de ella la temida sombra. -¡Misericordia!..., ¡misericordia! -dijo, dirigiendo las manos hacia adelante como para defenderse. -Silvina -repitió una voz jadeante-. Espera, por Dios... ¿No me conoces? Soy yo... Era Ciro... Ciro, que rondaba como siempre; que la había visto salir con Gaspar y dirigirse a Vegaplana; que husmeaba una ocasión propicia y jugaba siempre la probabilidad de encontrarla. Silvina, emocionada, sin aliento, sintiéndose desfallecida, no se daba aún cuenta exacta del encuentro. El joven adelantaba y ella retrocedía. -Soy yo..., soy yo... Al fin, en medio de la emoción, surgió para Silvina la luz. ¡Era Ciro, el hombre que la amaba, el único ser piadoso para ella! La atrajo el joven y la estrechó en sus brazos. ¡Al fin, la soñada ocasión! Y ella, que en nada pensaba que no fuera su angustioso terror, le abrazó también, estrechose contra su cuerpo, colgose de su cuello con nervioso júbilo. ¡Qué felicidad! Allí estaba su defensor, el único brazo capaz de defenderla, el único pecho tierno para ella; y en un éxtasis de sosiego que iba poco a poco disipando el espanto le pareció que entre la tienda, con su escena lúgubre, con su charco de sangre, con su muerto mutilado, y Ciro, con sus abrazos palpitantes y sus sedientos besos, mediaba un muro, un muro muy espeso, muy alto, del tamaño de una montaña, infranqueable para el terror, cerrado a los horrorosos recuerdos del pasado. Con tal ánimo se abrazaba a Ciro como el náufrago al resto flotante, y al estrecharle experimentaba el placer del perseguido que halla paladín que le escude. Apretábase a él palpitante, temblorosa, como quien cayendo de muy alto encuentra un asidero en la caída. Ciro la apartó de la vereda, y en el bosque sentáronse en el tronco tronchado de un banano. Apenas daba crédito el joven a su ventura, y colmando de caricias a Silvina notaba en su azoramiento las huellas vivas del pánico. -Pero ¿qué te pasa? Estás yerta, tiemblas, miras a todos lados, estás como angustiada... ¿Temes que venga ése? Aquí no puede vernos. -¡Ah!, yo... -Tranquilízate, mujer. Estás conmigo. Tienes miedo pensando en él, ¿verdad? -Sí..., yo no sé... -¿Dónde está Gaspar? -¡Ah, no sé!... -¿Dónde le has dejado? -Por..., por ahí... -¿Pero qué te ocurre? Estás tiritando... -Nada..., es que... -¡Ah!, yo sé lo que tienes. Esa bestia, ese canalla, ese cochino, te ha pegado, y tu venías huyendo de sus golpes. Sí, y te ha empujado en el río, te ha hecho caer, porque estás toda mojada... Y Ciro, tocando las ropas de la joven, empapadas en la sangre del desertor, no distinguía el color de aquella humedad, pensando en un accidente, en una brutalidad de Gaspar al pasar el río. -Sí, ese infame te ha pegado... Pero no te apures, vieja: aquí estoy yo. Al fin no te quedará más remedio que escaparte conmigo. Déjale que chille, déjale que rabie: vente conmigo y no temas nada. ¡Cochino! ¡Cochino! ¡Levantas la mano para una débil mujer!...; pero por esta noche, te fastidias... -¡Ah, Ciro, no me abandones! -Ni picado me podrían separar de ti. Sí, deja a ese hombre; deja ese infame. Si te persigue, yo te defenderé; le mataré si es necesario. -Me muero de susto... -¡Bah! -Tengo miedo..., un miedo terrible... -Pues, ¡ea!, mi vida, déjate de miedos. Al contrario, celebremos la casualidad que nos reúne. ¡Ah, qué dichoso soy! Esta noches, ¿sabes?.... la del perro... El acento de Ciro se hizo tierno, balbuciente, mientras ella le escuchaba sin fijeza, preocupada con sus terrores. Eran dos emociones diferentes, dos sensaciones distintas; unas nupcias divergentes, en que cada uno de los amantes tenía el alma en distinto mundo. Él, en el mundo real, en la vida rebosante de deseos; ella, en el mundo de las quimeras, del espanto, poblado por los fantasmas de un sistema nervioso mordido por la emoción... Él no temía, amaba; ella no amaba, temía; y mientras el amor amparaba el terror engrandeciéndose, el terror encogíase en brazos del amor sin comprenderlo, sin sentirlo, resignándose a todo con la gratitud del más grande de los beneficios, con el reconocimiento del más generoso de los favores. No pensaba ella entonces en huir de Ciro, como otras veces. En aquellos instantes era él el amparo, el asidero, la columna, la resistente columna protectora. Pensaba él en sus ansias, en sus delirios, en la embriaguez producida por el tibio contacto del ser amado. Era columna, pero columna viviente, animada, con sed de caricias, con hambre de besos, ávida de estremecerse en arrebatos de pasión. Ciro, en un supremo abrazo, besó a Silvina en la boca. Tenue el azul del río; volubles las ráfagas de la brisa... Todo con pasmosa armonía diseminaba encantos en la soledad del paisaje. Ciro, tiernísimo, amoroso, entregábase a la dicha lograda. En Silvina no palpitaba la sin par caricia de la pasión vencedora, ni la embriaguez que proyecta la vida a través de los mundos y los tiempos; ni el aura deliciosa que funde en uno solo todos los alborozos de la vida. No era alma gozosa que vencía rindiéndose; era víctima del miedo, que se reportaba en el protector regazo, no era el ser mórbido lanzado a las expansiones de la felicidad, era pobrecita carne escondiéndose temblorosa en los brazos del valeroso defensor, mientras en el ámbito bullían las notas aladas del nocturno plasmo, con sus voces estridentes, con sus silbidos sutiles, con sus gritos lúgubres, destacándose del conjunto el disílabo canto del sapillo de las humedades, modulando tristemente su eterno ¡kokí! es ¡kokí!... Capítulo VIII A las dos de la tarde del día siguiente, el Juzgado, constituido en la tienda, practicaba las primeras diligencias sumarias. La consternación circuló por la comarca como fuego de artificio lanzado sobre una multitud. Del acontecimiento se hizo una síntesis: la tienda de Andújar, escalada, robada, llena de sangre, y dentro un hombre muerto. Esa síntesis corrió de boca en boca, reforzándose en la exageración de tal manera que al llegar a los linderos remotos decíase que la tienda había sido saqueada, que se había encontrado a Andújar cosido a puñaladas y que los muertos pasaban de diez. Como si corriente de aire polar hubiera circulado, todos los campesinos sintieron frío; para unos, frío de alma sencilla ante el asombro de inaudita maldad; para otros, frío de vacilante virtud ante el peligro de hacerse sospechosos, o de imbécil miedo ante la intervención aparatosa de la justicia. Pasados los primeros momentos de sorpresa, muchos se internaron en los bosques; otros, sólo se atrevían a cambiar en voz baja tímidos comentarios. Con aquella masa acobardada y muda tenía que habérselas la justicia; de aquel mundo de esquivos y ciegos tenía que surgir con claridades meridianas la verdad. Horas después del crimen, a las cuatro de la mañana, dos campesinos pasaron frente a la tienda. Detuviéronse incidentalmente frente a la puerta cuya cerradura rompió Gaspar, y como uno de ellos pusiera la mano sobre los batientes, notaron que estaba abierta. Les alarmó aquello, y aunque atribuyeron el caso a algún descuido, alejáronse inquietos por si acaso, por no verse envueltos en malos asuntos. Cruzáronse en el camino con el dependiente, que les reconoció. Llegó éste a la tienda y diose cuenta de que la puerta estaba abierta y la cerradura rota. Retrocedió presa de alarma, y por una vereda vecina fue a despertar al segundo comisario, especie de teniente, que residiendo en las cercanías ayudaba a Andújar en el comisariato. Enterado aquél del caso fuéronse los dos a la tienda, y a la luz del alba diéronse cuenta del sombrío acontecimiento; y sobre el mostrador, con letra casi ininteligible y torpe redacción, produjo el segundo comisario un parte a la autoridad del poblado, que sin pérdida de tiempo fue remitido valiéndose de un campesino elegido entre los primeros que se agolparon en el lugar. El peatón, cerca del poblado, encontró a Andújar, que regresaba a la montaña. Al saber lo sucedido quedó éste perplejo. ¿Qué había pasado? ¿Qué atrocidad resultaba? ¿Quién era el muerto? Dudó. ¿Seguiría? ¿Retrocedería? Optó por lo primero. Si el acontecimiento había tenido por escenario su casa, lo natural era acudir, teniendo en cuenta, sobre todo, que el peatón le había visto y podría hacerse sospechoso su retroceso. Siguió pues, y mientras caminaba se prometió hacer esfuerzos para no verse muy traído y llevado en la cuestión: él no quería cuentas con la justicia ni verse obligado a ir y venir mezclado en asuntos de tribunales. A mediodía, el juez, el escribano, el doctor Pintado, un escribiente y, varios policías llegaron a la montaña. Llenáronse con exquisito celo las formalidades de la ley: un reconocimiento primario; la fe de libros llamando inútilmente al muerto; el reconocimiento médico del cadáver; la designación topográfica de la escena; diligencias de identificación de la víctima; acopio de piezas de convicción, etc. Al tratarse de identificar el cadáver, se apeló a los campesinos apiñados en torno de la tienda. El cuerpo de Deblás estaba mutilado, deforme: el pico había penetrado por la mejilla izquierda, y como en el momento de la agresión la cabeza yacía echada hacia atrás en la almohada, el agudo agente, rompiendo los huesos de la cara, penetró hasta la base del cráneo y desmenuzó el bulbo. A despecho de la deformación, todos los campesinos circunstantes reconocieron a Deblás, pero todos callaron. -¿Conoce usted a ese hombre? -dijo el Juez a Andújar, mirándole fijamente. El tendero afectó detenerse mucho antes de contestar, y luego, serenamente, repuso: -No le conozco. -Fíjese usted bien. -No, señor; no le conozco. -¿Es posible que haya en su vecindario persona a quien usted no conozca? -Aquí conozco a todo el mundo... A ese hombre no le conozco... Puede ser alguien de otro barrio, nuevo en éste... Como tiene la cara aplastada. ¡Está tan desfigurado! -¿Cómo? -Quiere decir... que está destrozado... Un relámpago de duda fulguró en la mente del juez. Antiguo y astuto criminalista, dudó de la verdadera significación de la frase ¡está tan desfigurado! Llamó a un policía y díjole algo en voz baja. Volviose al dependiente y repitió la pregunta: -¿Conoce usted a este hombre? El mancebo, que antes de la llegada del juez tuvo tiempo de platicar con Andújar, respondió con firmeza: -No le conozco. -¿Ni por el semblante, ni por el cuerpo, ni por las ropas, le conoce usted? -Por nada... En mi vida he visto a ese hombre. -¿No le encuentra usted desfigurado? -Sí..., es decir, no sé...; como no le conocía de antes... La pregunta fue repetida a veinticinco o treinta testigos. -No le conozco... -No le conozco... Nadie en el concurso conocía al muerto. En el grupo estaba Ciro. Habíase levantado tarde, y al dirigirse a la granja de Juan del Salto supo el acontecimiento y acudió atraído por la curiosidad. De lo que hubiera allí pasado no tenía la más remota idea, la más ligera sospecha; sin que se le ocurriera relacionar detalles de su historia de la noche con el desafuero consumado. Requerido por el juez, reconoció a Deblás; pero, como todos, contestó: -No le conozco. -Fíjese usted bien. ¿No encuentra usted en la cara, en el cuerpo, en las ropas, algún detalle que le induzca a pensar quién era ese hombre? -Ninguno. -¿No le había usted visto nunca en la comarca? -Nunca. -¿No se le parece a nadie de este barrio? -No, señor; a nadie... El juez miró a Ciro cara a cara. Había observado algo sospechoso... Hízole acercar y de nuevo le consideró con fijeza. Ciro vestía pantalón y chaqueta de hilo crudo y camiseta de algodón, todo muy usado y raído. -¿Qué manchas son éstas? -dijo de pronto el juez, indicando unos lamparones color de ladrillo oscuro que tenían la camiseta y los pantalones del joven. Ciro, reconociéndose con viveza, quedó indeciso. -¿Puede usted decirme qué manchas son ésas? -Yo... -Esas manchas son de sangre... -¡De sangre! -Sí... ¿Dónde se ha manchado usted de ese modo? -Pero... -¡Hable usted sin ambages! ¿Dónde se ha manchado usted de ese modo? El mundo se oscureció para Ciro. ¡Manchas, manchas de sangre! No recordaba haberse visto tales manchas el día anterior. ¿Cómo explicar lo que él mismo ignoraba? La confusión le subió al semblante, púsose más pálido de lo habitual, balbució frases incompletas y sólo consiguió murmurar: -Yo no sé... Esto no es sangre. Estoy turbado..., no sé qué es esto... -Serénese usted. Tiempo nos queda de poner en claro esa duda. Y dando otra orden reservada continuó su labor. Empezaron las declaraciones explicativas del suceso relacionadas con las primeras noticias que de él se tuvieron. Fue preguntado el mancebo: -¿A qué hora vino usted a la tienda? -Entre cuatro y media y cinco de la mañana. -¿Vino usted solo? -Solo. -¿Nadie le vio a usted? -Nadie. -El segundo comisario, al producir el parte a la autoridad, declara que usted le había manifestado haberse cruzado en el camino con dos hombres... El mancebo vaciló, miró en torno, inclinose y, pellizcando un pliegue de pantalón, rascose una pierna. El juez, sin perder un solo ademán del declarante, insistió: -¿Les conoce usted? -Pues... sí. Les conozco. -¿Cómo se llaman? -Es que... como era aún de noche... -Como todavía no era día claro usted les conoció, pero no vio sus nombres... ¿No es eso? -añadió el juez, arrugando el entrecejo-. Vamos, conteste usted -continuó-. ¿Cómo se llaman esos hombres? -Bien..., yo diré... Pero, la verdad, yo no estoy seguro de quiénes eran. Me pareció que... -¿Qué le pareció a usted? -... que eran Tomás Vilosa y Rosendo Rioja. Otra orden reservada fue transmitida a los ordenanzas de policía. Practicose un minucioso reconocimiento del lugar, tomándose nota de los más pequeños detalles. Dos puertas violentamente abiertas, con las cerraduras rotas; la tapa del mostrador, levantada; restos de sustancias alimenticias, diseminados; vasos vacíos, que olían a cerveza y aguardiente; huella de haber sido registrados todos los cajones, encasillados y aparadores; en el cuarto, un cofre abierto y rodeado de ropas salpicadas de sangre, una tranca de madera en el centro del cuarto; un pico lleno de sangre en algunas pulgadas de su punta, tirado también sobre el pavimento; un puñal de tosco mango, con la hoja completamente limpia de toda mancha, que fue encontrado en el suelo cerca del charco de sangre; un cortafríos debajo del catre, manchado de sangre por encima y dejando en el gran reguero un trozo de pavimento limpio que correspondía perfectamente a las dimensiones del cortafríos, lo que probaba que éste cayó antes en el suelo que la sangre de la víctima; un sombrero de paja sin horma ni forro, sucio, con el vértice de la copa deshilachado y roto, habiendo servido, al parecer, para cubrir una cabeza muy grande; otro sombrero de paja mugriento, hallado en el suelo, también detrás del catre, y, por fin, otros objetos de más o menos importancia, como botellas vacías con indicios de haber servido de candelero, el ronzal en el clavo exterior y varios más que fueron recogidos y anotados. Cuando levantó el juez el sombrero roto por el fondo, todos los presentes reconocieron su procedencia. En lo recóndito de las conciencias sonó el nombre de Gaspar..., pero todos callaron, y a las reiteradas preguntas del juez y del actuario no hubo uno que no negara aquel conocimiento. -No lo sé... -No lo sé... -No lo sé... Tal fue la frase sacramental que salió de todos los labios. Ciro, ante aquel sombrero, tuvo un rayo de luz. El asesino había sido Gaspar. No podía dudarse. Recordó el joven la angustia de Silvina, el terror de que la vio poseída, su carrera cuesta arriba, sola, desolada... ¡Ah, qué misterio! ¡Qué terrible misterio! Mas él no se precipitaría, pensaría detenidamente antes de cantar; y sobre todo sucumbiría a cualquier sacrificio antes que comprometer a Silvina. Y en el ánimo de Ciro no entraba ni por un momento la duda acerca de la complicidad de la joven. No, ella era inocente; el infame, el asesino era Gaspar. Probose al cadáver el sombrero de Gaspar. Le bailaba en la cabeza. Insistió el juez. Acaso usara la víctima sombrero ancho. Mas viose que la desproporción de medidas era notable. En cambio, cuando se hizo igual prueba con el sombrero hallado detrás del catre, no fue posible dudar: aquel sombrero pertenecía a la víctima. Después fue reconocido el cadáver. Se le halló un agudo puñal escondido en la cintura y los bolsillos llenos de objetos que Andújar declaró pertenecerle. De todo se tomó acta. Levantose un plano del teatro del crimen, registráronse las cercanías, cumpliéronse, en fin, severamente las formalidades de la ley. Por la tarde, el Juzgado regresó a la población. Aparte de lo actuado, las primeras diligencias inspiraron al juez algunas previsiones. En la comitiva hizo conducir presos a Andújar, al dependiente, a Ciro, a Tomás Vilosa y a Rosendo Rioja. Una larga lista nominal de vecinos fue también tomada sobre el terreno, y con un arsenal de diligencias primarias y piezas de convicción, después de cerrar y sellar las puertas de la tienda y enviar delante un cortejo de labradores que conducía en parihuelas el cadáver, volviéronse los intérpretes de la ley al poblado. Durante el regreso, el juez caminaba meditabundo. ¡Caso raro! ¡Incomprensible crimen! ¿Por qué dos puertas fracturadas? Si una sirvió para entrar y otra para salir, ¿por qué rotas las cerraduras de ambas? Para abrir por dentro una puerta, basta con levantar el pestillo y quitar la tranca de modo que la cerradura ceda, sin que se necesite romperla. ¿Para qué se rompieron aquellas dos cerraduras? Parecía probable que los agresores fueron varios y trabajaban en cuadrilla. La actitud ambigua de Andújar; su salida la tarde anterior, no bien explicada todavía; su regreso impasible; su poca curiosidad y zozobra ante el robo posible; las vacilaciones del dependiente; su indecisión para contestar; las miradas furtivas dirigidas a Andújar cada vez que era requerido por el juez; la coincidencia del encuentro del dependiente con aquellos dos hombres con quienes se cruzó en el camino, y, finalmente, las manchas, las indudables manchas de sangre en la ropa de Ciro, hicieron pensar al juez en la posibilidad de un atentado en cuadrilla. Mas enseguida desechaba la hipótesis. ¿Cómo pensar que Andújar se robara a sí mismo? ¿Cuál, entonces, había sido el móvil del crimen? ¿Matar al hombre hallado en el catre? Tal vez una venganza, una celada, una intriga para deshacerse de un enemigo... No, inconcebible. El muerto tenía los bolsillos llenos de objetos de la tienda. Luego el muerto era también agresor. ¿Entonces, por qué caer asesinado? ¿Una lucha surgida ante el botín? Tampoco. Tenía el muerto un puñal en la cintura: en el suelo fue encontrado otro puñal limpio de toda mancha. Si hubiera habido lucha se hubiese defendido, el arma hubiera sido hallada fuera de la vaina y acaso el otro puñal ensangrentado por haber sido agente de la muerte. Lo indudable era que la muerte fue producida con el pico... Aquí otra duda. ¿Fue dado el golpe hallándose la víctima en pie y conducida después al lecho? ¿Fue herida estando acostada? La autopsia hablaría. El juez se devanaba los sesos. ¡Qué laberinto! Indudablemente faltaban datos. Fue el proceso llevado con actividad. Declaró media comarca, buscáronse antecedentes de los detenidos, hiciéronse careos, persiguiéronse varias pistas... El juez, entregado durante varios días al asunto, no logró desenredar la madeja. Estaba solo, completamente solo: hubiera sido preciso adivinar... En tanto, en la montaña, los ánimos fueron serenándose. Se sospechaba, se presentía, se sabía la verdad... A veces, al pasar, se miraba de reojo al asesino, pero nadie hablaba, nadie quería comprometerse. Gaspar estaba retraído, formal. No bebía, trabajaba con asiduidad, hablaba poco y muy temprano encerrábase en la casucha. Después de la noche célebre había pasado grandes sustos. Cuando en aquella hora aciaga, corriendo a campo traviesa por el bosque, llegó a la choza de Leandra, sentose jadeante en el suelo... ¿Qué había sido de Silvina? ¿La habría matado Andújar? Recordó la noche en que, saliendo del baile de Vegaplana, la joven perdió el conocimiento... ¡Ah, quién sabe! Era posible que un desmayo la hiciera caer junto al catre en el momento de dar bajo su dirección el golpe. En ese caso ya volvería. Cada cual que corra con sus pies. Lo importante, de momento, era desvanecer las huellas... Esperó mucho tiempo sin saber qué resolución tomar, en la incertidumbre de la suerte que le hubiera cabido a Silvina. Al fin, por entre los cafetos, apareció la joven, que acababa de dejar a Ciro en las cercanías. Ya más serena, costó trabajo a la joven separarse de Ciro. Él quiso detenerla a todo trance, obligarla a huir aprovechando la facilidad de la ocasión. Mas ella, irresoluta, siempre dominada por la tiranía influyente de Gaspar, negose a tamaña rebeldía; la aplazó para remota oportunidad, y escapó prometiendo a Ciro seguirle en otra ocasión. Cuando la vio llegar Gaspar la impuso silencio: no eran momentos para comentarios. En voz baja refirió el resultado de la jornada. Ella, estremecida aún de susto, quiso entrar en la casa. No la permitió Gaspar. En la tienda habíale visto el vestido lleno de sangre. Lo primero, dándole unos tirones, le arrancó de encima el vestido, después, en el colgadizo, la desnudó por completo. Jugueteó la brisa nocturna con aquella desnudez, refrescando en la pobre mujer los ardores aún palpitantes de la emoción. La hizo lavar, y mientras ella penetraba en la casucha procurando, por encargo de Gaspar, no hacer ruido, él detrás de un árbol cercano, cavó y enterró el montón de ropas sangrientas. Después, a dormir; a apretar los ojos para que las espantosas imágenes del pasado no ahuyentaran el sueño. Silvina, cruelmente combatida por las emociones, estaba estuporada, casi insensible. Al tenderse, sin embargo, en su rincón, el recuerdo de las escenas de la tienda contrajo su semblante con la amargura de un sollozo; y enseguida el recuerdo de los amantes arrebatos de Ciro borró el sollozo y dibujó una sonrisa. Sonriendo, quedose dormida. Desde aquella noche Gaspar no vivió tranquilo. Sentía necesidad de huir, mas ¿cómo? Estaba seguro de que mucha gente sospechaba de él gracias al maldito sombrero, y se reconocía entregado a todo el mundo, expuesto a la delación de cualquiera. Su inquietud subió de punto cuando Galante, llamándole a solas, sin ninguna clase de explicaciones, le dijo: -Cuidado; mucho cuidado... y mucho ojo. Era indudable que le rodeaban grandes peligros. Si te prendían, ¿quién garantizaba la discreción de Silvina? Ella iría también a la cárcel, hablaría claro y entonces le fastidiaría para siempre. El único partido aceptable era huir. Lejos, bien lejos. Y su cavilación siempre terminaba preguntándose: ¿cómo huir? En uno de aquellos momentos de reconcentración te pareció encontrar un asidero: la vieja Marta. Él, desde la noche del baile, había dado tres o cuatro asaltos al erario de la avara, pero sangrándolo siempre de sumas pequeñas. ¿Por qué no dar el escobazo final? Tembló ante la idea de una nueva hazaña tan desgraciada como la otra; mas aunque hizo esfuerzos para disuadirse a sí mismo, acabó por convencerse de que sin dinero estaba imposibilitado para todo. Con algunos pesos podría dar solución al conflicto. Ese proyecto se hizo en él idea fija. Silvina lloraba con frecuencia a solas, sin que se diera cuenta de lo que con más agudeza la afligía. ¿Era el pasado, con sus remordimientos? ¿La vida infeliz que arrastraba? ¿La triste suerte de Ciro, inocente y encerrado en un calabozo? Muchas veces pensó que no le sería difícil invertir los términos: explicar el origen de las manchas de sangre encontradas en las ropas de Ciro y sacarle de la cárcel, metiendo en su lugar a su marido. Reconocía ella que su conducta no era buena, que no obraba bien. Procediendo con honradez debía decirlo todo, todo... Pero ¿qué sería de ella si hablaba? También ella era cómplice: había concurrido al escalamiento; había salido manchada de sangre, aún caliente. La prenderían, la sentenciarían como cómplice, como agresora. ¿Cómo explicar el dominio de Gaspar llevándola al crimen? ¿Quién habrá de creer que contra todas sus tendencias y contra todos sus instintos concurrió al atentado obligada por una voluntad más fuerte? En su ignorancia no encontraba palabras para expresar tan encontrados sentimientos. Si la prendían, Ciro quedaría libre y ella, una vez más, veríase arrastrada por aquel hombre maldito, que la empujaría a un presidio, a una cadena por toda la vida...; y temblaba de espanto y callaba. Cuando le confió Gaspar su proyecto de huir, sintió la limosna de un instante de alegría. Elevó el alma a Dios y suplicó fervorosa y contrita que el proyecto tuviera buen éxito. ¡Sola, sola sin él! Podía morir dichosa después de haber gozado un minuto de aquella soledad. Leandra, como siempre, daba el fláccido seno a Pequeñín y lavaba en la piedra ancha y plana del río. En aquellos días estaba recelosa, contemplativa, mirando a hurtadillas las evoluciones de Gaspar, observando a Silvina. Sospechaba, tenía indicios de que la atrocidad de la tienda le andaba cerca. La noche del crimen oyó algo... Rumores inciertos; un regreso de velorio en el que Gaspar y Silvina no amanecieron; ruidos extraños en el colgadizo; respiraciones contenidas; Silvina levantándose al siguiente día con la camisa de que se había despojado antes de salir para Vegaplana, sin que la que llevó puesta y el vestido de color oscuro con que se atavió para el nocturno pésame se volvieran a ver en los rincones de la casa... Un conjunto de pequeños detalles de dudosa significación. Gaspar, al parecer tranquilo, aquietado, solícito, alejado del bullicio y con frecuencia meditabundo. Ella sospechaba también, y callaba. El detalle del sombrero fue el golpe de gracia: en toda la casa no vio el sombrero usado habitualmente por su yerno, y entonces usaba uno nuevo, limpio, al que habían roto el fondo intencionalmente. Sí, Gaspar había sido el agresor; estaba convencida. ¿Y qué hacer? Sencillamente, callar. ¡Había ella callado tantas cosas en la vida; habíase mordido la lengua tantas veces! Una más no significaba nada. Resueltamente: callaría. La cosa no le importaba... Montesa, por aquellos días, parecía una caja de truenos. ¡Que se viera, que se tocara el resultado de las blanduras! Mano abierta para aquellas gentes era lo mismo que jaula rota para lobos. Lanzaba unos ternos vibrantes que parecían condensarse en la atmósfera y, tomando forma de cohetes, ir a reventar contra las chozas y los bosques. Nada, aquello no era gente. Mientras no se aplicara el látigo como a los negros esclavos iríase de mal en peor. De ese modo, en los trabajos, estuvo más déspota y genial que nunca... Los obreros más honrados, los más conocidos por sus virtudes, le merecieron duros reproches, y a los que faltaban en el cumplimiento de su deber los barrió al instante. -¡Fuera, fuera gentuza! Sentía el mayordomo indignación al contemplar terrenos sin cultivo, hermosas tierras suplicando labor, mientras la turba de los montes disipaba el tiempo en necios placeres o en estúpidas holganzas. No exceptuaba él, no distinguía entre los buenos y los malos. Todos, para él, eran iguales. Y en el fondo de tan grosera injusticia había un grito de honradez, de rebelde dignidad ofendida por el extravío de los otros. Como después de las horas laborables su vida se limitaba a su hogar, enterábase poco de los comentarios del barrio, de las suposiciones, de las sospechas. Le impresionó el crimen en conjunto; en detalle no le preocupó. En las cumbres de la finca de Galante, como un hurón, confinábase Marcelo. ¡Qué días, qué noches de angustia en su choza! ¡Qué dolor, qué inmenso susto cuando al conocer los resultados de la jornada se enteró de la prisión de Ciro! Su pobre hermano corría peligro... Pero ¿qué manchas eran aquéllas? ¿Sería su hermano también un canalla capaz del crimen? ¿Habríanle dado Gaspar y Deblás participación en aquel horror? No se resolvía a creerlo. Quedábase muchos días en la choza, manteniéndose de algún fiambre, imposible para el trabajo, dominado por enfermiza laxitud. Aparte de sus terrores, todo le era indiferente. A nada aspiraba, nada quería: vivir, sólo vivir, sin que le estremeciera el miedo, aunque no comiera más que un banano o algunas frutas silvestres. En su soledad veíase perseguido por las zozobras. Eran diabliposas que le revolaban en torno, hostigándole con punzante insistencia. Un día estuvo a punto de caer desmayado: el comisario interino le notificó que el juez le había citado para declarar. ¡Declarar, quién hubiera querido olvidarse de todo para no sufrir! Mas no hubo evasiva: al siguiente día emprendió a pie la penosa caminata hasta el poblado, sin que se le ocurriera por qué había sido llamado. La figura macilenta del joven inspiró lástima al juez. Le latían los vasos del cuello, sus ojos miraban con languidez de sufrimiento. Como desde los primeros momentos la personalidad de Ciro se creyó la más importante en el proceso, hilose con él muy delgado. Obligósele a explicar, minuto por minuto, el empleo que dio al tiempo durante la noche del crimen. Ciro se encerró en la mentira. Referir su encuentro con Silvina, su ronda desde las primeras horas de la roche, su retirada a la choza después de las cuatro de la madrugada..., jamás. Él no quería ni remotamente comprometer a la joven. Así pues, respondió mintiendo: se había acostado la noche del crimen a las ocho de la noche. Puesto en claro su método de vida, el juez necesitó oír la declaración de Marcelo, que había de confirmar, o no, lo dicho por Ciro. -Oiga usted -dijo el juez-, su declaración es potestativa. ¿Comprende usted? -Yoooo... -contestó Marcelo, abobado. -Como es usted hermano del sospechado agresor, la ley le excusa de declarar en ningún sentido. ¿Quiere usted hacer valer ese derecho? -A mí me digieron que tenía que venil... -Sí, perfectamente. Pero ahora yo le aviso a usted la libertad en que está de irse como vino o de prestar declaración. Se trata de su hermano... ¿Qué elige usted? -Pa mi gusto... -¿Qué? -Yo no he hecho mal a nadie. -No es eso. ¿Declara usted o no declara? -Yo..., como usted quiera... El juez, al verle indeciso, le inclinó a declarar. -Bueno, pues diga lo que sepa; vamos a ver. Y fue preguntando acerca de importantes puntos que se deseaba precisar. No preparado para el caso, fue el joven sincero en el interrogatorio. Ciro trasnochaba con frecuencia y muchas noches no dormía en la choza. -Según eso -dijo el juez-, la noche del crimen su hermano se recogió muy tarde, ¿verdad? Ante tal pregunta, Marcelo vio un horizonte... En su torpeza había malicia; en su sinceridad, suspicacia. Comprendió la importancia de su respuesta y explicose por qué le habían llamado a declarar. Las miradas del juez y el interés con que le escuchaban los presentes confirmáronle aquella importancia. Le ocurrió que, relatando lo cierto, quedaba para Ciro una laguna que llenar. ¿En dónde había pasado la noche? De ese modo podía comprometer a Ciro. Vaciló un instante. ¿Qué había declarado Ciro? ¿Había dicho que regresó tarde o que se retiró temprano? En la duda, tuvo por natural que su hermano hubiera tratado de sustraerse a toda sospecha. -Esa noche -respondió Marcelo- mi hermano durmió conmigo. -Bien, no durmió fuera... Pero ¿a qué hora se recogió? -Anocheciendo. -¿Le vio usted? ¿Está usted seguro de que era temprano? -Sí, señor. -Las noches en que regresaba tarde, ¿le oía usted llegar, despertaba usted? -Sí, señor. -¿Siempre? -Siempre. -¿No acostumbraba su hermano levantarse después de acostado y volver a salir? -Nunca; una vez acostado, caía que ni piedra... -Y cuando trasnochaba, ¿en qué empleaba el tiempo? -Generalmente eso sucedía cuando tenía entre manos algún... Marcelo se detuvo, sin atreverse a pronunciar el vocablo. -¿Algún qué? Todos los presentes sonreían; todos comprendieron. -Vamos, diga usted. -Pues... cuando tenía algún chivo... -¿Alguna aventura amorosa? -Anjá... -¿Era eso frecuente? -Las más de las noches. -En suma; ¿qué hizo su hermano esa tarde, después que terminó el trabajo en la finca del señor Del Salto? -Llegó a casa, se tumbó a mi lado y se durmió hasta los claros del día. Cuando la declaración dio fin, respiró Marcelo libremente. Nada le pasaba, dejábanle en libertad. Y volviendo a la montaña necesitó reponerse tres o cuatro días del cansancio producido por el viaje y las emociones. Ciro, pasadas las sorpresas del primer momento, había conservado la serenidad. Quien no la hace que no la tema. Si no había cometido crimen alguno no tenía motivo para temblar. Cuando le prendieron logró dominarse. El asesinato, no lo dudaba, era cosa de Gaspar; ¿pero qué papel jugó Silvina en el asunto? Estaba seguro de que ninguno. Tal vez el susto y la angustia que notó en ella aquella noche dependieron del conocimiento que tuvo del atentado, acaso al referírselo Gaspar. De otro lado, perdíase en conjeturas. ¿Y las manchas? ¿En dónde se había manchado de aquel modo? Registraba rincones del recuerdo sin acertar. Aceptó al cabo una hipótesis que tuvo por segura. ¡Bah!, eran manchas de plátanos. Sí, el plátano tiene una humedad que, puesta en contacto con las ropas, deja una mancha prieta. Eran, indudablemente, manchas de plátano. Como él anduvo aquella noche por platanales, nada tenía de extraño. Por lo demás referir su infidelidad de aquella noche... ¡eso nunca! ¡Pobrecita Silvina! ¡Traerla poco menos que por el moño a la causa! De ninguna manera: antes que eso sufriría por ella persecuciones y cárcel. Convino, pues, consigo mismo en no mentarla, y declarando siempre con serenidad y firmeza aseguró que la famosa noche se había acostado muy temprano junto a su hermano, durmiendo tranquilo toda la noche. Andújar tampoco tembló. Le pareció brutal que le prendieran, e ingresó en la cárcel seguro de ser excarcelado en breve. ¿Se había hecho sospechoso por algunos detalles? Pues sospechar no era comprobar; ya se convencerían de su inocencia. De otro lado, los acontecimientos le hicieron cavilar mucho. No podía explicarse por qué su primo tuvo tan trágico fin. Si Gaspar era, como no lo dudaba, autor del asesinato, ¿qué pasó entre ellos? ¿Por qué Deblás, con los bolsillos llenos y con un puñal al cinto, había sucumbido en lucha con un mandria como Gaspar? No veía claro, e inútilmente trataba de explicarse la intrincada urdimbre del crimen. De todos modos quedaba libre del célebre primo. En verdad que le perjudicaba mucho la clausura de la tienda, pero ya se repondría del perjuicio impulsando el nuevo negocio bancario y aumentando su predio con terrenos comprados a los colindantes; sobre todo el cerezal, el deseado cerezal de la vieja Marta, negocio que pensaba no dejar de la mano. Marta, ante los acontecimientos, hizo aspavientos y maldijo de los malos. El asalto de la tienda la impresionó, por la experiencia que su desconfianza adquiría. Ella estaba también expuesta a parecido atentado. Su dinero, repartido en montones, permanecía ignorado de todos; mas comprendía que en cualquier momento estaba en peligro de que le descubrieran los escondites, de que la despojaran. Cuando se convenció de que había sido Gaspar el bárbaro agresor, no tuvo sorpresa. Conocía bien ella las prendas de aquel pillete y le creía capaz de todo. Como el daño ajeno hace pensar con frecuencia en la propia seguridad, Marta perdió el sueño muchas noches pensando en que la hicieran víctima de otro atropello. Contó y recontó mentalmente su tesoro; ideó nuevos y más recónditos lugares adonde cambiar sus montones; reconoció la necesidad de un recuento efectivo, para convencerse de que ni un solo céntimo faltaba en su erario. Se impuso, pues, una labor fatigosa en la que sufrió mil sustos imaginándose sorprendida a cada instante. Entre unas piedras del bosque buscó su oro: contó onzas, medias onzas, centenes. Todo intacto. Más allá, entre unas malezas, contó, de bruces sobre la tierra, un paquete de pesos. Ni uno faltaba de su cuenta. Luego, junto a la gran ceiba, desenterró la tinaja... Contó una, dos, tres veces, sudando gruesas gotas, con el corazón oprimido, casi sin aliento. ¡Gran Dios, faltaba, faltaba dinero! Deteníase, meditaba sumando en la memoria las cantidades guardadas en diferentes épocas, y volvía a contar. Faltaba dinero. Los treinta y tantos pesos de aquel buen domingo hicieron subir el depósito a doscientos cincuenta, y ¡allí sólo había doscientos! El día se nubló para Marta. Febrilmente ahoyó en otro lugar, cambió la tinaja; y jadeante, llorosa, con lágrimas de rabia, rebujose en su hamaca. Voló entonces la imaginación. Era indudable que la habían robado, que la estaban robando, que la robarían el último ochavo. ¡Pasar una vida de escasez y miseria para que en un minuto la desvalijara un pícaro! Y cuando así pensaba el nombre de Gaspar le danzaba delante de los ojos como denunciándose a sí mismo. No dudó: Gaspar había robado y matado en la tienda; Gaspar la robaría y la mataría a ella; todo el mundo conocía en el barrio al autor del crimen, y, sin embargo, el malvado estaba suelto, amenazando con la impunidad el sosiego de todos. Ella no podía vivir de aquel modo: cualquier noche la estrangularía Gaspar. Así pues, la vieja aprestose a la defensa. Comprendió que no podría probar el robo de que había sido víctima, ni tampoco era conveniente vociferarlo, porque entonces todo el mundo sabría que ella enterraba dinero. No, lo conveniente era buscar medios indirectos... Una idea satánica le ocurrió: puesto que Gaspar era el autor de la fechoría de la tienda; puesto que todos habían reconocido al dueño del sombrero; puesto que todos callaban..., ella hablaría, ella empujaría a la cárcel a aquel bribón y entonces respiraría tranquila. Con vacilante paso dirigiose al cuartelillo, en donde, a pocas millas de distancia, estaba destacado un pelotón de la policía federal. Preguntó por el jefe y díjole que ella conocía al dueño del famoso sombrero y quería declarar ante el juez. Fue conducida al poblado, y, a poco, sonó por primera vez en la causa el nombre de Gaspar. La declaración de Marta produjo una orden de detención contra Gaspar, y dos o tres días después de la denuncia la policía buscaba en el barrio al célebre marido de Silvina. Ya declinaba el día cuando por el cerro en donde estaba la casucha de Leandra subía la guardia montada. Estaba Gaspar sentado en el umbral; Silvina y Leandra hormigueaban por allá dentro. El rumor llamó la atención de Gaspar, quien asomándose a la ladera por donde serpeaba el caminillo vislumbró entre el follaje los uniformes. Aquello no fue correr..., fue cuerpo disparado por el arco del miedo. Huyó Gaspar con velocidad inaudita. La montaña, con su laberinto de bosques y plantíos, fue el seno profundo en donde se desvaneció la criminal silueta. Cuando los guardias llegaron a la casucha no hubo trazas del perseguido. Sorprendidas y llenas de temor, las mujeres no atinaron con una respuesta serena. ¿En dónde estaba Gaspar? No lo sabían. La policía, conocedora del barrio, acostumbrada al laberinto de los montes, dio por cimas y hondonadas una batida. Gaspar no estaba en el barrio: nadie sabía su paradero. Al día siguiente de esa pesquisa, Galante descendió al poblado y estuvo muchas horas en los muelles. Viósele departir en secreto con gentes de mar, platicando buen tiempo con el capitán de un balandro próximo a partir en viaje intercolonial. Con exactitud nada se supo, mas en la comarca todos afirmaron que Galante había embarcado a Gaspar, librándole de caer en manos de la justicia. La requisitoria del juez no tuvo resultado. El más resistente cabo suelto, el asidero más firme a que la ley pudo asirse, había sido cortado en la sombra por Galante, por el rico propietario, por el futuro banquero que en la razón Andújar y Galante debía continuar representando en la colonia, en su país, en el mismo suelo en que naciera, el papel de maestro mudo; por el opulento corruptor para quien granulaban los plantíos y florecían los bosques. La denuncia de Marta hubiera hecho luz; la protección de Galante, ahuyentando a Gaspar, borró la verdadera pista del crimen. La verdad, la justicia, el bien de todos, sufrieron. Sólo medró la avara, viéndose libre de la presencia del malvado. La causa no prosperó: un tumulto de indicios contradictorios la hicieron confusa y un móvil no descubierto inextricable. De las innumerables declaraciones nada resultaba, como no fuera el convencimiento de que algo existía callado por todos. Las contradicciones, los careos, las pruebas, nada dio resultado. Los campesinos Rosendo Rioja y Tomás Vilosa explicaron el empleo de su tiempo, su presencia en las cercanías de la tienda y su encuentro con el dependiente. Fue imposible imputarles culpabilidad. Andújar probó su coartada. Muchos le vieron en la población durante la noche del atentado. Depusieron varios amigos y conocidos del tendero: un almacenista, que declaró haberle dado hospitalidad; el cochero de un carruaje público, que a altas horas de la noche lo condujo a su alojamiento; el dueño de una casa de comidas, en donde cenó; y, finalmente, el mismo Andújar exhibió un recibo de depósito cuya fecha, tinta y carácter de la letra comprobaban que en los momentos en que se cometía el crimen el tendero contaba y depositaba una suma de dinero que debía quedar guardada en el poblado. No vio claro el juez en aquellos hechos coincidentes: precisamente en la tarde antes del atentado, Andújar sustraía sus valores. ¿Fue casualidad? ¿Fue previsión? Sospecha insistente le cabalgó al juez en los espejuelos; mas las hipótesis no tuvieron confirmación y las sospechas continuaron en su estado de aéreos fantasmas. Acreditó el dependiente haber pasado toda la noche en su domicilio del monte. Su encuentro con los campesinos precisó la hora de la mañana en que se dirigió a la tienda; el segundo comisario declaró en menudos detalles la alarma que poseía el joven cuando fue a despertarle; la circunstancia de haber sido rotas las cerraduras en tanto que tenía el mancebo una llave con la cual, después de haber sido agresor, pudo abrir cómodamente la puerta, fue detalle de importancia que no permitió sospecha; así, de las sombras del proceso nada resultó tampoco contra el dependiente. En el foco de la duda quedó Ciro. La declaración de Marcelo asegurando haber permanecido su hermano en la choza toda la noche; la declaración de multitud de campesinos afirmando que durante algún tiempo Ciro no había usado otro sombrero que el que llevaba puesto en el momento de ser detenido; la desproporción entre la medida del sombrero hallado en la tienda y la cabeza del joven; el no haber una sola manifestación testifical que le comprometiese, todo parecía alejar de él las sospechas. Sin embargo, las manchas de sangre mantenían la duda... Ciro juró que aquellas manchas debieron ser producidas por la resina del plátano; mas al ser preguntado dónde, cómo y cuándo se manchó, nada pudo precisar. Con firmeza, con acento honrado, declaraba: primero, que no podía explicar las circunstancias originarias de las manchas; segundo, que se inclinaba a creerlas producidas por el roce de sus ropas con semillas de bananas, que en aquellos días había ayudado a transportar; tercero, que no se había fijado en las manchas hasta el momento en que fueron descubiertas por el juez. Aquella declaración, aunque incierta, formulada con acento seguro y tranquilo, llamó la atención del juez. Si es culpable, ¿por qué no miente? ¿Por qué se manifiesta indeciso y vacilante en un punto que tanto le compromete? Parecía aquello un alarde de honradez, un esfuerzo de hombría de bien que no quiere mentir ni aun en provecho propio. El juez indagó la fecha del último lavado del traje de autos... Puesto que las manchas del banano resisten al agua, aquéllas, caso de ser antiguas, debieron existir antes del último lavado. Ciro citó el nombre de la campesina que lavaba la ropa; vino ésta y resultó que nada recordaba. En tan profunda oscuridad sólo un camino de evidencia quedaba: la ciencia. La ciencia fue preguntada, y en la trastienda de una farmacia, un farmacéutico y un médico entregáronse al análisis. ¡Qué dificultades, qué honduras! Desfiló un ejército de tubos, cristales y probetas; se consumió buena cantidad de alcohol, quemado en lamparillas de cristal que producían llamas azules; se derrochó caudal de tecnicismo, de esa palabrería fecunda llena de verdad y claridades que cimenta el edificio de la ciencia y que ante oídos profanos o necios parece un sánscrito ridículo y embustero, que nada dice, que nadie entiende, que sirve para que se den tono los que le hablen, que a los tontos mueve a risa, que hace a los ignorantes dudar y que conquista para los peritos o porque tienen calva, o se le ruedan los lentes, o son miopes, o les tiembla el pulso, buen caudal de escépticas y menguadas burlas. Los dos profesores se abismaron. Fue cortado en pedacitos el traje de Ciro. Se habló de maceraciones; de la necesidad de descubrir la hematina; de la acción negativa del amoníaco; del valor positivo del calor; de la solubilidad en el agua de materias colorantes; de peróxidos de hidrógeno; de tanino; de protóxido de hierro; de alcoholes etéreos; de precipitados verdes, azules y negros; de precipitados plúmbicos; de hidrógenos sulfurados que dejaban en libertad el tanino de plátano... Fue gran contradanza de vocablos grecolatinos, de locuciones cabalísticas, de tecnicismos agrios y nigrománticos. Al fin se llegó a la verdad. ¡De sangre, sólo de sangre humana y reciente eran las manchas del traje de Ciro! La conclusión fue terrible para el joven. El resultado del análisis llevó al juez a un verdadero laberinto. ¿De qué crimen se trataba? ¿Pudo Ciro, en complicidad con el hombre que se halló muerto, romper dos puertas, fracturar un baúl, reñir con su cómplice, matarle de un golpe de pico y acostarle después en el catre? Numerosas objeciones le ocurrieron. Si de aquel modo pasaron los hechos, ¿por qué Ciro no robó? En la tienda, con excepción de lo encontrado en los bolsillos del muerto, nada se echó de menos. Si el autor del asesinato fue Ciro, ¿cómo explica la lesión producida a la víctima? La herida, según declaración pericial, dirigíase de izquierda a derecha, penetrando de delante a atrás. Si un pico se esgrime levantándose en alto y descargándole sobre el blanco; si la estatura de Ciro resultó menor que la del muerto; si el charco de sangre comprobaba que la herida había sido causada junto al catre; si los peritos declararon que el golpe fue producido estando acostada la víctima, ¿cómo explicar tan monstruosa lesión ocasionada por Ciro? ¿Es que el cómplice, armado de agudo puñal, se había reclinado en el lecho expresamente para recibir el golpe? ¿Es que entregábase al sueño cuando, después del robo, debía velar? Si la víctima fue atacada, ¿por qué no se defendió con su puñal? Si el agresor acometió por sorpresa o venció en la lucha, ¿por qué no producir la muerte con el puñal sin manchas hallado en el suelo? ¿Por qué ese puñal, no usado al parecer, estaba en el suelo en vez de permanecer en manos del agresor?... Un dédalo, un verdadero dédalo que desveló muchas noches al juez. Andújar y el dependiente fueron puestos en libertad. Después de la denuncia de Marta, la inútil requisitoria de Gaspar, los pésimos antecedentes penales que en él concurrían abrieron un nuevo camino, que fue cegado al instante por la fuga de aquél. Al fin, los esfuerzos resultaron inútiles: el proceso se sobreseyó provisionalmente y Ciro fue puesto en libertad. Cuando se vio en sus montañas nativas, el joven lo dio todo por bien empleado: Silvina era suya, solamente suya... Capítulo IX Había pasado un año y se estaba en plena vendimia. Los cafetos inclinábanse bajo el peso de la dehiscencia, y la madurez bermeja de los frutos lucía al sol de otoño la magnificencia de sus galas. En todas las fincas, la mano del hombre desnudaba las plantas acopiando los racimos; por todas las veredas discurrían obreros o recuas conduciendo a los caseríos la granería recolectada; en todas las hidráulicas rompíanse las cortezas que aprisionan los gemelares granos, lavábase el suero que los empapa, desecábase al calor solar su humedad íntima, y, ya secos, rompíaseles el pergamino envolvente, dándoles el brillo con que habían de presentarse en las lonjas de la especulación. Todo era vida, actividad, movimiento: la madre tierra dando el vigor de sus senos a la humana ambición. En la granja de Juan del Salto la labor era incesante. ¡Gran cosecha había sido aquélla! Muchos obreros de distintas comarcas concurrían a engrosar las brigadas recolectoras, sumando al de todos su esfuerzo para que, rotos los pedúnculos por exceso de madurez, no cayeran, perdiéndose entre los pedruscos del monte las opimas cerezas. Colgábanse los obreros al cuello con hojas secas de banano cestos de variadas formas, en donde iban depositando los granos. Ceñíanse a veces la cintura con cordeles o con lianas, o con fibras textiles de la emajagua del trópico. Iban descalzos; los más cultos, con zapatos de suela ferrada; las mujeres, con la falda recogida hasta cerca de las rodillas; los hombres, o con camisetas, que el sudor ennegrecía, o con el busto desnudo. Envolvíanse algunos la cabeza con pañuelos de colores vivos, otros la cubrían con sombreros de paja de grosero tejido, y así, en viviente vaivén, poblaban las vertientes, entregándose a la vendimia. Redoblaba el interés el ahínco de todos. Familias enteras dejaban las chozas para tomar calle, para hacerse cargo de hileras de arbustos que debían desnudar. Turba inquieta palpitaba en las montañas entre risas y canciones, como si la cosecha fuera de todos. Parecía aquello gran hormiguero acopiando entre el hojambre de las selvas. En los declives y desigualdades del terreno el cuadro era pintoresco, poblado de rumores producidos por el crujir de los arbustos o por el choque de piedras al transitar los obreros, o por los roces que ocasionaba el esfuerzo de los campesinos para no perder el equilibrio. Algunas chicas situadas en lo alto descuidábanse a veces y dejaban ver a los de abajo buena parte de sus piernas y rodillas, que aparecían y desaparecían entre el ramaje como figurillas indecisas. Una brigada de muchachos enclenques ayudaba la labor de los adultos, recogiendo los granos caídos de los arbustos o derramados de los cestos. A veces, en un solo arbusto deteníase el obrero largo tiempo obligado por la copiosa fructificación; otras, doblaba los arbolillos, atrayéndolos para alcanzar los granos altos; enredábanse las ramas, y los arbustos producían marañas que impedían el tránsito. Cuando algún obrero inexperto no rebuscaba bien en el ramaje, obligábale el mayordomo a retroceder y a arrancar las cerezas maduras que olvidaba; y cuando, atolondrándose la labor, se mutilaban ramillas quebrándolas, oíanse los acentos de reproche del vigilante. Si un obrero resbalaba en la vertiente, algunos reían, otros acudían en su auxilio, mientras el caído procuraba incorporarse y volver a su puesto. Era una labor ruda, difícil, peligrosa, que muchos campesinos acometían cantando en su jerga peculiar versillos de intención erótica o satírica. Durante el día, el sol quemaba, tamizando su calor por el follaje y produciendo, con las humedades de la tierra caliente, una atmósfera intermedia en la que se percibían sensaciones de suave frescura alternando con ráfagas ardientes que tostaban la piel. En el crepúsculo, cuando la tarde moría, en lo intrincado del monte apagábanse los vivos resplandores del día viajero, y mientras en el cielo navegaban nubes de cien colores, iniciábase para la tierra la era nostálgica de la noche con sus medrosos misterios y sus temidas soledades. Todo marchaba con el isocronismo del tiempo, como si el péndulo de este tiempo no balanceara un ápice más allá de donde las fuerzas de la vida lo impulsan. Después medían los obreros el café recogido en la jornada. De los cestos pasaban los chorros de cereza a los sacos grises en donde debían ser conducidos a las hidráulicas. Los sacos, dos a dos, eran colocados sobre el lomo de pacientes mulas, y luego descendía el convoy con la premura del que ve cercano el término de sus faenas. Entonces el eterno concierto de los campos levantaba una vez más su agreste salmodia, y cuando trasponía el sol las últimas sombras, imperaban las horas en que a sus regios éxtasis la Naturaleza se entrega. Juan del Salto estaba por entonces en lo práctico. Saber qué caudal de hanegas se preparaba para la vendimia, activar la recolección; calcular sobre la base de los precios corrientes y las probables ganancias. Los positivismos le empujaban a un mundo lleno de sumas y restas. Las impresiones que los acontecimientos del año anterior le causaran habíanse entibiado con los afanes del trabajo. Aquella historia sangrienta le preocupó sin sorprenderle. Muchas veces pensó en el cuadro de perversión que tuvo por escena la comarca, considerando siempre en las gentes la indiferencia lo mismo ante el bien que ante el mal, y con ella el silencio, las complicidades del silencio. Vio Juan cómo la justicia ahondaba en la sombra buscando culpables y cómo retrocedía impotente ante aquel muro de pálidos sin precisa idea del mal, sin precisa noción del bien. Supo todos los detalles, conoció todas las sospechas, la nube pestilente llegó hasta la altura en que se alzaba su granja. Entonces no pensó en los otros... Pensó en sí mismo, y sintió frío, amargura: un frío de remordimiento, una amargura de ánimo inquieto, descontento de sí mismo. Sí; él estaba en posesión de las sospechas y él también callaba... ¡El contagio, el terrible contagio impregnándole también con su destructora lepra! En sus soledades vaciló cien veces. ¿Por qué no hablaba? ¿Por qué no sacudía la coyunda del odioso sistema y coadyuvaba al esclarecimiento de la verdad, refiriendo sospechas, comunicando antecedentes, indicando pistas? Sabía quién era Galante, quién era Gaspar, quiénes eran los personajes del bestial contubernio de la casucha de Leandra; conocía a fondo la pasión de riquezas de Andújar; sabía el nombre, la historia del muerto hallado en la tienda; tenía motivos para afirmar que Galante era un malvado, un peligroso criminal... Sin embargo, callaba. La justicia hacía preguntas que él hubiera podido contestar, y guardaba silencio. ¿Por qué obrar así? ¡Ah, él era como todos, uno de tantos, un mal ciudadano, un degenerado, un enfermo, un átomo de aquel gran estómago sin nutrición, sin regulador moral! Entonces sufría un dolor acerbo: sentía vergüenza de sí mismo. Tenía conciencia de su misión, juicio exacto del deber, y hacía esfuerzos por sacudir la nube que le envilecía con su contacto. ¡Era preciso no vacilar, resolverse con energía, proceder con arreglo a su conciencia! El bien de todos le imponía un esfuerzo... Debía dejarse llevar por sus instintos, disponerse al sacrificio. Veía claro lo que otros desconocían, explicábase lo que otros no acertaban a comprender. Su deber era preciso, indudable...; ayudar la acción del bien, desgarrar el disimulo, aplicar el cauterio, arrostrar las consecuencias de su audacia, segar ortigas en el camino que debían seguir los hilos de lo porvenir. Su dignidad, su orgullo, ordenábanle agitar la inercia de aquella masa, asirse al hilo de aquel infortunio y seguirle de nudo en nudo, removiendo las causas, hasta llegar a las iniciales, a los gérmenes de tanta desdicha. Luchar al precio del propio sosiego. Hacer una síntesis y arrojarla a los hombres de su tiempo, arponeando con ella el cuerpo del gigantesco monstruo del mal. Y cuando así pensaba, erguíase como si fuera ya cosa resuelta, como si toda vacilación hubiera terminado. Pero entonces caía su mirada sobre el escritorio rebosante de mercantilismos; descubría en un encasillado el paquete de cartas de Jacobo; contemplaba en el exterior el mar de verdura que, rematando en las cintas, bajaba a refrescarse a la ribera del río. Y una visión le fascinaba: el colmo de sus esperanzas cristalizando en la realidad e iluminando la imagen del hijo ausente. ¿Para qué luchar? Hablar significaba denunciar, perseguir, probar; hablar equivalía a dispendiar tiempo robado al trabajo en beneficio de los otros; hablar argüía crearse enemigos, imponerse dispendios, comprometer acaso el propio bienestar, exponiéndose a las asechanzas de los malos, armando el brazo que le asestara la cuchillada traidora, encendiendo la tea que produjera el desastre en sus edificios, afilando la hoz que talara sus campos, amasando la calumnia que le ofendiera con la tacha de indócil y sedicioso, dando margen, en fin, al menguado indicio que le hiciera sospechoso. ¿Y qué habrían de lograr sus esfuerzos? ¿El ímpetu de un individuo en un minuto de la vida de la colonia bastaría para curar la gran lacería? Sería arrastrado por la nociva corriente, hundido por las persecuciones, flagelado con las burlas de sus hermanos, de sus propios hermanos, ciegos aún, impenitentes todavía. Su esfuerzo sería perdido; haríase víctima sin beneficio de nadie. Aquéllas eran cruzadas que producían hondas perturbaciones, penosos disgustos, ciegas injusticias. No; su hijo le reclamaba, le imponía serenidad e indiferencia para llegar al fin práctico. Seguir otra conducta era crearse obstáculos, arriesgarse en quijotismos, emprender aventuras casi ridículas, comprometiendo lo porvenir de aquel hijo. Y de ese modo, el egoísmo lo obcecaba, le apretaba entre sus tenazas, le sellaba los labios. En la casucha de Leandra había habido grandes cambios. La ausencia de Gaspar, llenando de júbilo a Silvina, preocupó a Leandra. ¡Era uno menos, uno menos que aportara recursos a la casa! ¿Qué haría Silvina sola? Como quiera que su marido fuese, siempre era un marido: las acompañaba, las servía de escudo; estando allí, siempre hubo un hombre en la casa. Silvina no asintió a tal opinión... No; aquél no era marido, ni compañero, ni escudo, ni hombre: un infame, ¡sólo un infame! Sentíase ella feliz sin él, sin la quemadura de aquella mirada imperiosa que la había hecho tan infeliz. Discurría a sus anchas por las veredas, bajaba al río, subía a la finca de Juan, hacía su gusto. ¡La felicidad de estar sola, la dicha de ser libre! En su nueva vida tuvo una idea fija: Ciro. ¡Pobre Ciro! Cuando en él pensaba, sentía íntimo dolor. Decían que nada resultaba en el proceso contra él, pero seguía encarcelado. ¡Las manchas, tal vez las manchas! Y la idea de que con una sola palabra suya podría explicar el misterio y dar libertad a su amado la llenaba de pesadumbre. Otras veces reaccionaba en ella la esperanza. Ciro volvería pronto, correría en su busca, y en compensación de tantos pesares la llenaría de caricias. Un día, acompañada de Marcelo, bajó a la llanura y visitó en la cárcel a Ciro. Regresó confortada, risueña, llena de esperanzas. Ciro había asegurado que pronto sería libre, y para entonces prometió cosas muy gratas, muy dulces. Durante el camino, Marcelo dirigió a Silvina miradas significativas... No podía olvidar lo que aquel domingo escuchó en el ranchón; Silvina fue cómplice en el crimen; que Gaspar prometió que ella daría la puñalada. ¿Fue? No quería saberlo, ni averiguarlo. ¿Le reportaría beneficio conocer vidas ajenas? Y, como siempre, hundiéndose en el silencio, un silencio a veces tímido, a veces malicioso. Galante, por entonces, frecuentaba poco la casucha. Leandra estaba recelosa, inquieta, como quien espera una desgracia. La desgracia llegó: Galante dejó de ser el hombre, no volvió a la casa. Después de muchas súplicas y parlamentos dignose contestar que no se contara con él. Todo había concluido: ya bastaba. Y Leandra, abandonada, vio frente a frente la cara del hambre. Galante y Andújar, por aquellos días, preocupábanse con sus nuevos negocios. Aquellos en que iban a unir sus recursos, sus actividades, su inteligencia; en que iban a refundir en una sus ansias de medro, su afán de tocar el vértice de oro de la ambición. La casa de comercio en proyecto era ya un hecho. Arreglaría cada cual sus asuntos particulares, prepararían las aportaciones metálicas correspondientes, tomarían medidas siempre necesarias al cambio de residencia. En tal concepto, Galante quiso sacudir compromisos, estorbos... Era ya demasiado tanta gente sobre él comiéndole los flancos, tanta mujer pedigüeña llorándole lástimas. No; ya bastaba; buen dinero le habían costado aquellos enredos. Y el cínico, el descarado pasaporte, fue remitido a Leandra precisamente un día en que Pequeñín, calenturiento a causa de percances dentarios y de bruces en el suelo de la casucha, asordaba más que nunca el ámbito con su lloro sin lágrimas. Leandra quedó desolada. Otra vez a luchar, otra vez a sufrir. Aunque había sido abandonada muchas veces, nunca su pesar fue tan hondo como entonces. Habíase portado bien con Galante, habíale complacido en todo; nada le negó, hasta el sacrificio de su hija. Y, sin embargo..., ¡le dejaba plantada, sin un céntimo, sin una caricia para Pequeñín! ¿Qué iba a ser de ella? Morirían de hambre, de necesidad. La animó Silvina; las desgracias encalmaban sus antiguas discordias. Mejor era estar solas que mal acompañadas. Dios da para todos. No había que apurarse. Lavarían, cogerían calle, coserían, y, además, pronto estaría Ciro en libertad. Al fin, un risueño día oyose por la vereda gran algaraza. Era Ciro, que acompañado de varios amigos subía a la casucha. Le acababan de soltar. Como el proceso había sido sobreseído provisionalmente, le echaron a la calle. Silvina y él abrazábanse estrechamente. Nada de nueva vida se habló; todo fue tácito. El joven quedó instalado allí. Sí; él era todo un hombre, y aunque Leandra una vez habíale despedido con malos modos, él no guardaba rencor. Silvina, llena de felicidad, dejaba escapar suspiros, asentía a todo, celebraba con risas cuanto el joven decía. Bajó Leandra la cabeza. Y bien, era igual. ¿Había uno que las mantuviera? Pues ya no eran tan desgraciadas. Vivieron los jóvenes durante muchos días en la explosión de un gran júbilo. Andaban juntos, paseaban tarareando coplillas, cogidos de las manos, enlazados los brazos en las cinturas, saltando juguetones, riendo siempre. Era un idilio, un idilio que levantaba la cabeza de un pantano. Cuando Ciro vio la estera, el viejo petate de Gaspar, sintió asco. De ninguna manera dormiría él allí: a tirar, a tirar río abajo aquel trasto. Como entre el maderamen de las chozas reptaban con frecuencia belicosos milpiés, escolopendras que con ondulante movimiento mostraban la repugnante estrangulación de sus anillos, Ciro quiso un lecho elevado, mejor defendido de la agresión de los insectos. Ingeniose; colocó sobre unos zócalos varias tablas e hizo un camastro. De ese modo estarían cómodos, tranquilos. Más de una vez hablaron los jóvenes del asunto de la tienda... Ciro refirió sus alternativas, sus zozobras durante la causa. Habían querido muchas veces tirarle de la lengua para hacerle hablar. Pero él, nada, ni palabra. Estaba convencido de que el asesino fue Gaspar y de que aquella noche Silvina estaba asustada ante la magnitud de los hechos. Pero calló, nada declaró ante el juez; por nada del mundo hubiera él comprometido a Silvina. Ella le escuchaba y asentía. Mostrábase agradecida por la conducta del joven. Éste, en la soledad del camastro, planteó una noche el misterioso problema de las manchas. Ella, enlazada a su cuello, arrebatada por un ímpetu de franqueza, reveló el secreto. Y Ciro lo supo, lo comprendió todo al fin, sintiéndose emocionado ante el recuerdo de aquella noche de amor y de crimen. Así pasaban los días. Él, encerrándose en la casucha al salir del trabajo; ella, pegada, cariñosa, admirando el comportamiento de Ciro en la cárcel, aquella conducta que tuvo mucho de hidalgo dispuesto a morir por su dama, viviendo, viviendo al fin placentera; y en medio de esa dicha, sintiendo a veces extraño malestar, recónditos indicios de enfermedad que el sosiego y la felicidad de su nueva vida no contenían. La tienda de Andújar permaneció algún tiempo cerrada. Prefirió el tendero las pérdidas que el negocio paralizado le produjera, a confiar a manos extrañas la gestión de sus asuntos. Cuando llegó al monte barrió las averías. Las provisiones pasadas y descompuestas fueron arrojadas por el barranco, en donde los perros de la comarca celebraron suculento festín. La vieja Marta rondó en torno de aquellos montones, mientras Andújar rondaba también en torno a ella. Preocupábale el negocio del cerezal. Muy pronto debía trasladar su residencia al poblado; muy pronto liquidaría la tienda; muy pronto, habíale dicho Galante, quedarían las cosas listas para el nuevo negocio. Era preciso, pues, que en breve el cerezal fuera suyo. Mas ¿cómo vencer la resistencia de la vieja? Las cosas habían cambiado, sin embargo, en el ánimo de Marta. El robo de que la hizo víctima Gaspar la impulsó a un cambio de escondite; labor que fue penosa, llena de zozobras. Pensó ella que algún día moriría, ¿qué sería entonces de su finca? Recordó la manera como Andújar se hizo dueño de los terrenos del setentón, pensó que su nieto no había de sobrevivirla, pensó que mostrenco el cerezal caería en manos extrañas y, concibió una idea, una idea codiciosa. Mejor que terrones y pedruscos era dinero. Al morir ella, la tierra quedaría para quien se la apropiara; el dinero podía tocarse, amontonarse, esconderse; en caso de alarma, abarcarse entre los brazos para morir sobre el montón. Debía vender el cerezal... Tal cambio de parecer favoreció los planes de Andújar. Pudieron entenderse, aunque no sin dificultades. El precio fue muy discutido; Marta, firme en su pretensión; Andújar, cediendo siempre. Al cabo, llegose a un acuerdo: cuatrocientos pesos de contado, negocio escriturado y el estricto cumplimiento de una condición sin la cual Marta no cedió el negocio: la vieja se reservó el derecho por vitam de vivir en la choza. Ella viviría siempre allí; la cabaña sería suya, de su exclusiva propiedad; que cultivara Andújar los terrenos y aprovechase sus productos. Andújar transigió. ¿Para qué necesitaba él la choza? ¡Bah!..., un manojo de hojas de palma. Además, la vieja viviría poco, y el tendero necesitaba que ella permaneciese allí, siempre allí, para evitar todo peligro de transporte, de cambio de botín. Él sabía que tarde o temprano el caudal llegaría a sus manos: era cuestión de paciencia. Cerrado el trato, terminose el negocio. Al empezar la cosecha, el cerezal era ya de Andújar, y Marta, con pesadumbre, vio cómo en un par de horas los obreros de Andújar desnudaron sus cafetos, llevándose algunos quintales de cerezas que ella lloró como si hubiera sido prole querida, hijos de su corazón. En tanto, el nietezuelo seguía apagándose. Algún tiempo después, ya no podía levantarse del lecho. La consunción le había minado al punto de convertirle en esqueleto viviente. A las vecinas piadosas les partía el alma verle en tal estado de debilidad y miseria, y alguna de ellas llevó a una curandera, milagrosa en el barrio, que con aire solemne santiguó el vientre del niño. El pobrecillo moría... Moría ya, rindiéndose en brazos del hambre, sistemática, lenta, cruel. En diciembre, algunos vecinos avisaron al comisario, otro tendero que sustituyó a Andújar en el cargo pedáneo. El espectáculo de la choza no podía contemplarse sin lástima. Por caridad de Dios debía llamarse al médico, al médico del cabildo para que recetase, para que salvase, si llegaba a tiempo, al infeliz nietezuelo de Marta. Produjo un parte el comisario, un campesino piadoso lo llevó al poblado, y sobre el doctor Pintado cayó la sobrehumana labor de dar vida a un moribundo. Pintado se dispuso al trasmonte. Acompañábale el padre Esteban, que había sido llamado también a cumplir su ministerio junto al lecho de una campesina. Uno y otro, al conocer la necesidad coincidente en que estaban de repechar, armonizaron las cosas para salir juntos. Ambos celebraron la excursión en compañía. Menos mal; la distancia era larga, el camino abrupto, el cómodo hamaqueo de las cabalgaduras, aunque no estropeaba, hacíase cansado. Luego era agradable caminar charlando, ofreciéndose mutuamente cigarrillos, comentando las últimas noticias políticas, contemplando el derroche de panoramas que los campos de la colonia ofrecían. Llegaron al cerezal... El padre Esteban debía continuar monte arriba cierta distancia. Convinieron en reunirse después de terminada la misión que cada cual debía cumplir. Como era ya cerca del mediodía, algún fiambre comprado en cualquier tenducho les serviría de almuerzo. Luego, al terminar los quehaceres, como ya sería tarde, y por aquellos accidentados caminos, careciendo de mucha práctica, era peligroso regresar de noche, comerían en la granja de Del Salto y harían noche allí. A ese objeto enviose un aviso a Juan, noticiándole que aquellos dos bravos amigos del poblado irían con buen apetito y cansados de la jornada a comer con él. El padre Esteban fuese detrás de su guía, y el doctor, invitado, penetró en la choza de Marta. En un cajoncillo invertido sentose el médico, junto al montón de trapos en que yacía el enfermo. Marta, con aire inquieto, como si temiera que la aparatosa escena le costara dinero, estábase por allí, a veces contemplativa, a veces haciendo visajes, mostrando pesadumbre y alarma por el estado del nieto. En el exterior, junto a la puerta, se agolpaban algunos campesinos atraídos por la curiosidad o esperando turno para mostrar al médico sus lacerias. Pintado tomó entre el pulgar y el índice una punta del trapajo que cubría al niño y, levantándolo, descubrió al yacente. Viose un cuerpo esquelético, un manojo de huesos envueltos en una piel arrugada y fláccida. Fueron preguntados los antecedentes. Apenas si pudo Marta comunicar algunos. No recordaba la edad del niño, no recordaba la duración de su lactancia, no sabía de qué enfermedad había muerto su madre. Pintado no insistió. Sabía por antigua experiencia que allí, con frecuencia, las gentes no se fijaban en tales cosas. La clínica de los montes necesitaba ciencia y adivinación. Entonces contempló fijamente al niño, sintiendo asombro ante tanto desastre. Tomó entre los dedos un pliegue de la piel, le pulsó, le puso la mano sobre el corazón, le levantó un brazo, le entreabrió los labios. Volviose de mal talante e increpó al corro. ¿Para qué se le había llamado? ¿Era él, acaso, resucitador de muertos? Años hacía que aquel niño estaba enfermo, y se esperaba para llamarle a que estuviera moribundo. Dirigiose a Marta, habló de la alimentación, del régimen que se había seguido. Resultó que el niño no bebía leche ni tomaba caldo. Vivía a expensas de salcocho, del terrible insípido salcocho de plátano. El enfermo, en tanto, dirigía tristes miradas al concurso. Sus ojos parecían dos lucecillas brillantes en el fondo de una cueva. Era una ramilla tronchada del gran árbol de la vida, un ser con derecho a vivir que la pasión y la miseria pisoteaban. Si hubiera podido resistir, si su organismo hubiera triunfado de la avaricia de Marta, aquella doliente infancia habría servido de base al hombre futuro. El niño hubiera entregado en manos de adulto la abrumadora herencia, la extenuación hereditaria, el sello mórbido, la dolencia física, el estómago atónito. Pero no..., el nietezuelo moría, la ramilla se desecaba, separada brutalmente del eterno tronco. Pintado dirigía en torno miradas sombrías. Un triste convencimiento le dominaba: la impotencia. Dio algunos consejos. Que cuidaran al infeliz enfermo: era hambre, debilidad antigua, lo que tenía. Formuló... En una hojilla de papel que arrancó de un recetario pidió a la farmacia algunas drogas. Con aire displicente alargó la receta como quien está convencido de la inutilidad de lo que hace. Sabía que todo era inútil; sabía que su misión quedaba incumplida; sabía que todos los presentes eran incrédulos o indiferentes; sabía, en fin, que si un alma piadosa no se prestaba en el acto a reclamar las drogas en el poblado, la receta permanecería una semana en el bolsillo de la abuela: hasta que se presentase uno que hiciese la caridad. ¿Qué les importaba un día antes o uno después? La alarma ante el peligro que amenaza a un ser querido; la premura para evitar los descalabros de la enfermedad; la inquietud hasta encontrar alivio para el enfermo, nada de eso comprendían, porque para temblar ante la muerte es preciso comprender la vida, saber lo que es vivir. Y Pintado, meditando una vez más en el estoicismo de aquellas almas inmóviles, púsose de mal humor. Luego, en el exterior, comenzó un desfile de enclenques, una tropa de pálidos pasó ante los ojos del médico, mostrándose a su inspección por casualidad; si el comisario no le hubiera llamado a la choza de Marta, aquel montón de blanquecinos no le hubiera consultado. Para todos tuvo un récipe, un consejo. Que comieran, que comieran; que abrigaran su desnudez con vestidos higiénicos; que se guardaran de las inclemencias del tiempo; que bebieran aguas puras, que huyeran de los licores... Pintado hablaba como repitiendo una lección aprendida, como quien recita lo que sabe de memoria por haberlo declamado muchas veces. A la consulta acudió Leandra, llevando a Pequeñín; Silvina, a quien el médico reconoció detenidamente; Marcelo, cuyo corazón auscultó con curiosidad; y con ellos otros muchos, cuarenta o cincuenta campesinos, que al tener noticias de la presencia del médico en la comarca se acordaron de que estaban enfermos. Era ya de noche cuando en el comedor de Juan del Salto se hallaron reunidos los tres amigos. Fue una comida alegre, jovial. Refirió el padre Esteban sus aventuras al recorrer los caminos de la cuchilla. Al pasar, aunque se proponía evitarlo, sus ojos se fijaban en el abismo, en el despeñadero, sobre el cual franqueaba la vereda. ¡Qué miedo! Caminar así no era caminar. Argüía Juan que todo era cuestión de costumbre; pero sus comensales optaron resueltamente por la proyección en las llanuras. Departiendo siempre, comieron con buen apetito. Pintado bebía con deleite vasos de agua cristalina, mientras celebraba las selectas condiciones de aquel néctar. Lamentábase de no poder tenerla a mano. Juan explicaba la topografía del cauce que agua tan exquisita transportaba. Venía desde muy alto, desde cumbres muy abruptas casi inexplotadas, saltando de piedra en piedra, aireándose, saturándose de frescura, filtrándose siempre y regalando con agradable limpieza. Les ocupó buen tiempo el agua. Discutieron luego las ventajas de la vida en el llano y de la residencia en el monte. Cada cual adujo sus impresiones y de ellas surgieron opiniones que obedecían a la novedad, a las impresiones, al capricho. Los del llano encontrábanlo allí todo sereno, delicioso, la vida de las montañas tenía atractivos, decían. Y Juan, explanando conocimientos prácticos, rebajaba los entusiasmos hablando de las inconveniencias de tal vida a centenares de pies sobre el nivel marino. Después del café sentáronse en el balcón. La noche era fresca. Estaban ya en diciembre, en el invierno del trópico: un invierno limitado a las horas sin sol, sin inclemencias, sin nieves. Los comensales apuraban sus cigarros departiendo siempre, contemplando el cielo, henchido de refulgencia. El paisaje de los montes desvanecíase en la sombra: no era posible distinguir los contornos abismados en la negra difusión de la noche. Sólo el cielo se mostraba luminoso, con fulgores que acariciaban la mirada. Entonces el doctor Pintado contó los afanes de su jornada, refirió sus impresiones. Había visto una vez más en su desnudez la gran laceria de las montañas; una enfermiza normalidad impuesta a las gentes por la sorda depresión de los organismos; una mentida salud alentando engañosa sobre el cuerpo destruido de una raza. Habló en general... ¡Qué languidez en los semblantes, qué decoloración en los tejidos! Algunos, cuando sufrían ataques de disimulada fiebre, mostrábanse desteñidos, de terroso color, invadidos por amarilla palidez que apagaba la viveza de los semblantes. Y luego, ¡qué corazones!, ¡qué palpitar, o vicioso, o recóndito, o turbulento!, ¡qué crujidos allá adentro, en el seno del órgano en donde sólo debía resonar con suave roce el fecundo oleaje de la vida! Él, Pintado, se desesperaba, reconocíase impotente para derribar la formidable barricada de las supersticiones, de la indiferencia y de la incredulidad, sirviendo de ancha base al enfermizo desastre. Luego puso ejemplos. Se refirió a un joven a quien la anemia había minado las fuerzas. Por las señas, Juan del Salto sospechó que se trataba de Marcelo, y, en efecto, así resultó, recordando el médico que en una época anterior, Juan le había recomendado a aquel joven. Disertó Pintado sobre el estado de aquel organismo, fijándose sobre todo en las funciones cerebrales. Dijo que en aquella cabeza había una extraordinaria miseria de sangre; que cualquier día podría caer en el estupor de mortal desmayo, o tal vez en la exageración de un delirio insensato. Todo dependería del estímulo que sobre el enfermo actuara. Aludió al nieto de Marta. Era en él tan profundo el desorden físico, que todo esfuerzo resultaría impotente para restituirle a la vida. Más energía, más tensión vital, más fortaleza hubiéranse hallado en una hojilla de helecho que en aquel organismo. ¡Criminal abandono, verdaderos delitos escondidos en las profundidades de las sierras!... Detúvose mucho aludiendo a otro caso que había despertado su interés: una muchacha apenas de dieciséis años atacada de epilepsia menor, enfermedad traicionera que se escondía y disimulaba primero para estallar después con rudeza de martillo y turbulencia de huracán. Pudo obtener algunos antecedentes. Aquella chica era casada desde los trece años. Su marido habíala abandonado, desapareciendo de la comarca, y por entonces vivía en concubinato con un mozo del vecindario, uno que le aseguraron estuvo preso. Supo que era hija de madre multípara, mas no logró averiguar nada referente a su padre. Con tales datos, Juan pudo afirmar que se trataba de Silvina, y refirió su historia, que en parte conocía, sacando a relucir los ascos íntimos de aquel hogar. Explanó Pintado sus opiniones en el punto. Era bestial, feroz, inicuo lo que allí se hacía. Apenas a través de la niña se entreveía la mujer, le imponían el decúbito. La vida genésica prematura hería de muerte a la especie; la precocidad concupiscente la infamaba, la deprimía, diluyendo para la prole gérmenes de miseria física. Añadió que el útero era órgano sagrado, que la Naturaleza bendijo para que sirviera de piadoso claustro a la vida. Estrujarle, retorcerle, lanzarle a la actividad funcional exigiéndole una labor prematura era horrible... Aquello mataba los individuos, extenuando las familias; aquello poblaba el mundo de locos, de seres cerebralmente deprimidos. En ese tema intervino el padre Esteban. Conocía tales atrocidades... Los hombres lanzábanse ciegos a la orgía concupiscente, y las mujeres sucumbían casi impúberes. ¡No las dejaban criar! ¡Corazones vacíos de las sensaciones del culto, cerebros exhaustos de la idea de Dios! Por ahí, por ese punto, vino la contienda, y lo que había empezado serena plática fuese convirtiendo en viva controversia. Al doctor Pintado no le había ocurrido nunca que la idea de Dios, metida en los cerebros montañeses, lograra vigorizar la debilidad física de la raza. Mas el padre Esteban discutió el asunto, explanando todo un sistema de diseminación de la moral y de la religión. -Lo que no se enseña -decía- no puede practicarse. Ni los individuos ni los pueblos pueden adivinar cuál sea el buen camino. Es menester explicarlo, repetirlo, esculpirlo; empujar a la sociedad por ese camino, mostrándoselo con el grandioso y secular índice de las creencias. Por desventura no es así: la idea de la moral no llega a estas cordilleras... -Y supongamos que llegara -argüía Pintado-, ¿basta, acaso, que el aire transporte simientes para que se levante el bosque? -Con paciencia y con tiempo... -No; para que se cumpla el fenómeno se necesita la concurrencia de otros factores. Para que la semilla prenda es necesario que caiga en terreno apto, dispuesto para recibirla. En caso contrario, la corriente del aire sería ociosa. -Pero en fuerza de transportar semillas acaba por ser fértil la tierra antes estéril. Escuchaba Juan sonriendo. Ya le había parecido a él muy extraño que el padre Esteban no hubiera armado la contienda. Y aquella noche el choque podía ser formidable, porque tenía que habérselas con Pintado, nada menos que con un convencido positivista que en asuntos referentes a la colonia era pesimista, con un pesimismo reacio a toda transigencia, no aceptando en sus juicios y opiniones más procedimientos que la disección, ni más dios que Claudio Bernard. -Aunque el viento sople cien siglos -añadió el médico-, donde no hay órgano no hay función; donde no hay átomos no hay cuerpos. -¡Donde no hay creencias no hay sociedad, ni funciones, ni cuerpos, ni átomos, ni...! -Entendámonos -interrumpió Juan-; donde no hay salud no hay pueblos. ¡La moral! ¡Qué hermosa es la moral! La luz del ejemplo descendiendo hasta las últimas capas sociales; la virtud, el fanatismo del bien, cumpliéndose por todos hasta en los actos más insignificantes de la vida; ola de salud espiritual, corriente de belleza y de verdad fecundando el universo..., me parece bien. Mas no confundamos. No alcanza la moral hasta los montes, es cierto; pero es porque la moral no tiene alas, porque camina abandonándose a su peso, descendiendo... -Como quiera que sea -dijo el sacerdote-, las enseñanzas de la moral no llegan a estas gentes porque tampoco llegan las enseñanzas religiosas... -Me conformaría -añadió Pintado- con que llegaran las sales de hierro y manganeso. -¡Pero hombre, qué barbaridad! ¿Qué idea tiene usted del alma? -También el alma necesita de reconstituyentes. -¡Jesús! -¿Por qué ese asombro? -Por su materialismo. -Y bien, es cierto; soy materialista. -¿Y de ese modo, a fuerza de drogas, va usted a salvar esta generación? -No; esta generación no se salva: está perdida... -¡Cómo! -Es menester escribir en su frente lo que leyó el Dante sobre la puerta de su célebre infierno: "Lasciate ogni"... -¡Bah, bah!... -Sí, perdida para siempre. Nuestros abuelos no pensaron en lo porvenir. -Lo que está es perdida para Dios, eso es lo cierto. La inmoralidad, la disipación, el mal ejemplo, las atrocidades materialistas de ustedes, los neo-redentores de la tierra, he ahí lo que nos trajo a tal extremo. Pero todavía hay salvación. Con un riguroso régimen... -¿Un régimen clínico? -Un régimen espiritual, porque éstas son almas... Miren ustedes: Dios y la criatura viven en completa relación. Si se ofende a la criatura, se ataca a Dios; si se niega a Dios, se destruye a la criatura, se la deforma, se la empuja al mal, se la detiene en su marcha hacia el profeso. ¿Existe Dios? Pues la creación se impone, la reclama la razón; porque todo en la naturaleza existe, fíjense ustedes, existe, viene de otro. Es necesario que haya creador absoluto y criatura relativa; infinito y finito... Pintado volvía la cabeza con desdén, mirando a otro lado. ¡Bah! ¡Buena iba a ser la sinfonía si no atajaban al padre Esteban! ¡Lo relativo! ¡Lo absoluto! Una de la sangre: he ahí un absoluto rellenando a un relativo. Mas el sacerdote continuaba enérgico, elocuente. -Todo se descompone: en la inteligencia, por la ignorancia; en el cuerpo, por la enfermedad; en la voluntad, por el vicio. La relación íntima entre la criatura y su creador mantiene el equilibrio; en la inteligencia, con la sabiduría; en el cuerpo, con la salud; en la voluntad, con la virtud. Las relaciones entre Dios y su obra son vitales: atentar contra ellas es la muerte de la criatura. Ese admirable enlace es lo que se llama religión. ¡Religión! El hombre es un compuesto: espíritu y materia. Su fin, por consiguiente, es la perfección de esos dos componentes. De ese punto dimana la obligación que tiene el hombre de atender a su cuerpo, a su desarrollo, a su perfección y conservación; de ahí el deber de guardar los preceptos de la higiene, removiendo todo cuanto pueda perjudicar los componentes del cuerpo. Y vean, vean ustedes cómo