libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Allais, Alphonse (1854-1905) Escritor y humorista francés. Freses celebres: Hablamos de matar el tiempo como si no fuera el tiempo el que nos mata a nosotros. El tictac de los relojes parece un ratón que roe el tiempo. Ante la lógica, a veces dudo. Pero lo imposible me parece probable a primera vista. Ah, !el eterno femenino!, decía aquel señor cuya mujer nunca acababa de morirse. El Captain Cap ALPHONSE ALLAIS NOTA INTRODUCTORIA Ante todo es necesario disipar uno de los más groseros -y más nefastos- errores de nuestra época. El Captain Cap1 nunca ha existido, se asegura corrientemente en medios en general mejor informados. Los que así hablan, ¿qué saben? Admito que afirméis la existencia de alguien cuando conocéis a ese alguien; cuando, seguros de vuestros sentidos, lo habéis visto, sentido, palpado, oído. Y aun así, desconfiad de las alucinaciones. Pero si del hecho de que los azares de la vida no os han puesto nunca en contacto material con un fulano concluís y pretendéis que ese fulano no existe ni ha existido nunca, estáis llevando muy lejos la teoría del tan llorado Santo Tomás. Un razonamiento semejante al de ese gentleman que, dirigiéndose al presidente del juzgado en lo correccional, decía: -Tres testigos afirman haberme visto cometer ese hurto. ¡Pero yo puedo citarle a usted quince mil que no me han visto! No insistamos. El Captain Cap ha realmente existido. Era un hombre encantador, del cual las páginas que siguen dirán mucho de su carácter, de sus ideas, de su vida. Y, por otra parte, para que no subsista ninguna duda sobre la realidad de la existencia de nuestro héroe, comenzaremos esta. compilación con documentos de autoridad indiscutible: 1°) las admirables proclamas a los electores de la 2ª circunscripción del IX distrito, solicitándoles sus sufragios en ocasión de las elecciones de legisladores del 20 de agosto de 1890; 2º) las actas de varias reuniones electorales en las que presentó y defendió su programa; 3º) los juicios de varios diarios de la época sobre la personalidad de Cap y sobre sus tan originales ideas. ¿Alguien se permitirá dudar aún? PRIMERA PARTE EL CAPTAIN CAP ANTE EL SUFRAGIO UNIVERSAL Cuando hayamos quitado hasta la última brizna de cizaña, veremos florecer de nuevo, con más brillo que - nunca, la lealtad y el amor a la Patria, esas dos flores simbólicas sin las cuales son vanas las tres palabras escritas en los frentes de nuestros edificios: Libertad. Igualdad. Fraternidad. Ciudadanos, Necesitáis un hombre de acción: estoy dispuesto. Hasta el domingo y nada de abstenciones. ¡Viva la República, libre y sin burocracia! Albert C.- alias CAPTAIN CAP EL PROGRAMA DEL CAPTAIN CAP 1°) Establecimiento de un fuerte sobre la colina de Montmartre, 2°) Establecimiento de un observatorio en la misma colina; 3º) La plaza Pigalle, puerto de mar; 4°) Fabricación de blancos grasos2 en Francia; 5°) Supresión del impuesto a las bicicletas; 6°) Restablecimiento de la libertad de las costumbres en las calles con vistas a la repoblación: 7º) Prolongación de la avenida Trudaine hasta los grandes bulevares; 8°) Supresión de la burocracia; 9º) Establecimiento de una Plaza de toros y una pista náutica sobre la colina; 10°) Supresión de la Escuela de Bellas Artes, etc., etc. PROCLAMA DE UN GRUPO DE ELECTORES ELECCIONES LEGISLATIVAS DEL 20 DE AGOSTO DE 1893 IX distrito, 2° circunscripción Comité. antieuropeo y antiburocrático Ciudadanos: Saint-Just ha dicho: "Habéis abolido la aristocracia, pero habéis creado la burocracia". Han pasado cien años y la burocracia es hoy más poderosa que nunca. Lo ha devorado todo, lo ha invadido todo. Es ella la que ahoga a los genios y mata las grandes ideas; ella, la plaga de Europa y la traba de todo progreso Hasta el momento, ninguno de los candidatos que se han presentado ha parecido siquiera sospechar la existencia de ese formidable monstruo agazapado en las puertas de la civilización. Nadie ha osado atacar a ese pulpo de 100.000 tentáculos. Sin embargo, un hombre se ha erguido: EL CAPTAIN CAP Y es en el barrio de San Jorge donde ha querido ser el San Jorge de ese Dragón. Un hombre se ha erguido, ciudadanos, y ese hombre ha mirado a su alrededor. Una humareda de, sandáraca ha ensombrecido su mirada. A su alrededor no ha visto más que papelería, ignorancia, incuria y rutina. . . -¡Basta de cagatintas!, ha exclamado. Hemos obedecido demasiado tiempo a las mangas de lustrina. Ha llegado el momento de derribar esta Bastilla de cartapacios verdes. Entonces, sin vacilar, y a nuestro pedido, ha abandonado todo, su nave y sus queridos estudios, para tomar el timón del paquebote de nuestras reivindicaciones. -Todo el mundo a cubierta, ha ordenado, y al abordaje de la galera burocrática. Ciudadanos, éste es vuestro hombre. Estamos tan seguros de él como de nosotros mismos: tenemos su pasado como garantía. Astrónomo distinguido, químico, ballenero, ingeniero. pescador de perlas, trampero, negociante y, sobre todo, valiente marino, ha adquirido, en sus incursiones por las diferentes partes del globo, una experiencia incontestable. Ha concebido un odio implacable hacia las apolilladas instituciones de su patria, conservando en su corazón un vivaz amor por la tierra natal. En el Far West el Captain Cap ha combatido a los a.rapahoes y los ha vencido. Ha sometido a su jefe al escalpelo. Ahora se dedicará a esos que, en su galano lenguaje, llama los salvajes blancos, los más peligrosos de todos. Tales son, ciudadanos, las grandes líneas de nuestro programa. El Captain es, además, como nos lo ha dicho, francamente antieuropeo. La expresión de una idea tan noble y tan generosa no requiere ningún comentario. Así, pues, ciudadanos, a las urnas y nada de abstenciones. VOTEMOS POR ALBERT C... alias CAPTAIN CAP Maurice O' Reilly, Paul Frény, Alphonse Allais, Raoul Ponchon, Georges Auriol, Léon Gandillot, Howard Symonds. Georges Courteline, Emile Goudeau, Armand Berthez, Raphaél Shoomard, Jean Prairial, Narcisse Lebeau, Paul Clerget, Henri Joseph, el príncipe Joé Masson, Barral, Brunais, Duplay, Catget, Lacault, A. Bert, Jules Jouy, Gérault du "Cantal", Edouard Million, J. Paulet, Darcey, Alfred-Armand Montel, Jehan Sarrazin, Félix Huguenet, Paul Robert, Berthier. UNA REUNION ELECTORAL DEL CAPTAIN CAP Se abre la sesión a las nueve y media. Está presidida por el ciudadano Maurice O'Reilly, cuyo elogio es obvio hacer .y cuyos valores han podido apreciar muchas veces los electores del IX. La presidencia honoraria ha sido concedida al gran proscripto Alphonse Allais, víctima de la infame burocracia3. Luego de haber expuesto, con algunas breves pero enérgicas frases, las ideas generales del Captain Cap, el ciudadano Maurice O'Reilly da lectura a tres telegramas que acaban de llegar: "Saint-Malo. "Muy suyo y a pesar de todos Alphonse Allais." "Brindo a la salud del Captain Cap y bebo por su éxito. Raoul Ponchon." "Amigos del Havre reunidos café Régis nos encargan enviar buenos augurios valiente Captain Cap y lanzan tres hurras en honor suyo. Fraternalmente vuestros. Jules Heuzey, Albert René, Vallette, Siegfried, Fautrel." Visiblemente emocionado, el Captain Cap se pone de pie y, después de declarar que se halla en extremo conmovido por esas muestras de simpatía, termina diciendo que en el futuro próximo habrá de verse si es o no digno de ellas. El ciudadano Berthez toma la palabra y dice: "Ciudadanos: "Conozco al Captain Cap desde hace mucho tiempo. Lo he acompañado en muchas operaciones; incluso he tenido la feliz oportunidad de seguirlo en uno de sus viajes. He podido, de esta manera, conocerlo mejor que nadie, y es por ello, ciudadanos, que pido la palabra. "Albert C..., conocido sobre todo por el nombre de «Captain Cap», tiene razón de estar orgulloso de ese título, conquistado con peligro para su vida, mil veces amenazada. "Ciudadanos, voy a tratar de reseñar las diferentes etapas de la atormentada existencia del Captain Cap. "La que me impongo es una pesada tarea, dados los escasos recursos oratorios de que dispongo; pero tengo la firme convicción de que escucharéis con indulgencia el relato que me propongo haceros. "Imbuido desde su más tierna infancia de los principios democráticos, el Captain Cap fue lo que se llama un niño precoz o, más vulgarmente, un «pequeño prcdigio», como lo confirmaba a menudo un viejo amigo de la familia, muerto más tarde de la rotura de un vaso -lo cual, dicho sea al pasar, indica claramente la idea de navegación4 que reinaba en el entorno del Captain Cap. "A pesar de la cómoda posición de que gozaban sus padres, el Captain Cap quiso sentarse en los bancos de la escuela comunal. "Desde temprano desarrolló sus teorías sobre la burocracia... "A los diez años colocó un manifiesto en las paredes de la escuela, lo que hubiera provocado su expulsión de la misma si, gracias a un discurso pleno de filosofía, no se hubiera rehabilitado ante la mirada de sus profesores, quienes declararon abiertamente no conocer ningún precedente de ese fenómeno intelectual. "En esa ya lejana época, el Captain Cap ya no era., pues, un recién venido. Entonces (como ahora) hubiera sido pueril o desleal negarlo. (Aplausos.) "Continúo. A medida que el Captain Cap avanza en edad se lo ve triunfar en nuestros liceos y hacer prosélitos. "Por fin, a los dieciocho años, asqueado de nuestra incurable rutina y cansado de combatir en vano al cerril espíritu burocrático europeo, viajó a América. "Allá comienza una nueva vida para el Captain y, si me estuviera permitido jurar aquí por mi propia cabeza, creo que me sería imposible encontrar una fórmula bastante enérgica para deciros que, sin la instrucción que posee y la incoercible energía que lo caracteriza, no tendríamos hoy la alegría de presentarlo a vuestros sufragios. (¡Muy bien! ¡Muy bien!) "No voy a enumerar todas las hazañas del Captain Cap, su vida en el Far West y en Australia, sus mil aventuras marítimas, sus trabajos científicos... No, sería demasiado largo. Por otra parte, otros lo harán mejor que yo cuando sea el momento. "Desembarca en América con sesenta francos; se pone a trabajar animosamente, entra al servicio de un armador y, gracias a su inteligencia, a su sangre fría y a su perspicacia, vencedor de todos los obstáculos y triunfador en todas las misiones que le son confiadas, conquista por fin su grado de Captain. "Más tarde adquiere una granja en California y esto le trae problemas con los indios. Pero Cap es un jinete de primera, su carabina es más infalible que la del terrible Red-Shirt y nadie sabe manejar mejor que él el bow-knife. En ocho días pasa el escalpelo a tres jefes indios y pone en fuga a sus agresores. "Os he hablado hace un momento de la incomparable sangre fría del Captain. He aquí una simple anécdota sobre este punto. "Un tren con doscientos pasajeros (entre ellos el Captain Cap) bajaba una impresionante pendiente en una de las principales líneas de América, cuando de pronto se rompió el freno, a pesar de los esfuerzos desesperados del maquinista. "El convoy se lanzó a una carrera vertiginosa. Los gritos desgarraban el aire y tal fue el pánico que la mayor parte de los viajeros, enloquecidos, se arrojaron sobre las vías y fueron reducidos a migajas impalpables. "Cuando veinticuatro horas después el tren por fin se detuvo, se encontró al Captain Cap sentado sobre una bolsa de maíz, fumando su pipa y leyendo un número atrasado del Herald... "Pienso, ciudadanos, que es obvio comentar semejantes hazañas. (¡Sí, sí, bravo!) "Si os cuento estas cosas, ciudadanos, si os cuento estas cosas asombrosas y si a continuación agrego que, unos años más tarde, en ocasión de haber perdido su navío y su cargamento en los mares polares, el Captain salvó a su tripulación abatida y diezmada por el escorbuto, si os enumero rápidamente algunas de las aventuras del Captain, no es para deslumbraros, creédmelo. Es simplemente para mostraros que este hombre que es a la vez un marino, un sabio y un filántropo puede conducir valientemente la nave cuyo timón habéis decidido confiarle. "Allí está el hombre que debía presentaros. Juzgadlo, interrogadlo. "Por mi parte, me retiro persuadido de que, desde ahora, vuestros sufragios le pertenecen." (Aplausos frenéticos.) Después que el ciudadano Paul Frény ha enumerado las condiciones artísticas del Captain Cap y demostrado, con pocas palabras, cuán ventajoso sería para un barrio de artistas tener un representante como él, el Captain, de manera clara y precisa, responde a las diferentes preguntas que sucesivamente le formulan los ciudadanos Quinel, Georges Albert, Brandimbourg, etc. El ciudadano Howard Symonds solicita interrogar al Captain en inglés sobre la cuestión antieuropea. El Captain contesta entonces que es, a pesar de todo, un hijo de la vieja Europa, parisiense y francés. Lo que desea combatir y aniquilar es la rutina y las ideas burocráticas que constituyen la vergüenza de Europa. (Estas palabras son acogidas con numerosos aplausos.) El ciudadano Brunais interroga al Captain sobre el asunto de los surtidores de agua caliente. El Captain responde en estos términos: -Por el momento al menos, no soy partidario de los surtidores de agua caliente, ya que quiero ocuparme del pueblo y no embaucarlo. Se quiere habilitar fuentes de agua caliente para gente que no tiene domicilio o que vive en cuartuchos, con insuficiente mobiliario. El agua caliente les resultaría inútil, pues no sabrían dónde ponerla. Antes de alucinar al pueblo prometiéndole agua caliente hay que proporcionarle recipientes donde recogerla. A las once y media, el ciudadano Maurice O'Reilly levanta la sesión. Los asistentes forman una doble fila en la avenida Trudaine y dan tres hurras al Captain, que pasa entre ella para subir a su coche. En este momento el entusiasmo es tan intenso que los electores desenganchan los caballos y arrastran el coche a pulso unos veinte metros. Pero el Captain Cap rehuye las ovaciones. En menos tiempo del que es necesario para contarlo, salta a otro coche .y, el sombrero en alto, desaparece gritando: -¡Basta de burocracia! ¡Basta de rutina europea! ¡Basta de salvajes blancos! El secretario del Comité. Firmado: GEORGES AURIOL LA PRENSA Y EL CAPTAIN CAP La candidatura del Captain Cap, candidato antieuropeo y antiburocrático, cobra una excelente perspectiva en la 2ª circunscripción del IX distrito. Se ha constituido ya un comité de adhesión y de propaganda entre cuyos miembros pueden citarse los simpáticos nombres de los señores Alphonse Allais, Courteline, Gandillot, Ponchon, Emile Goudeau, Narcisse Lebeau, Paul Clerget, el príncipe Joé Masson, Jules Jouy, Gérault (du Cantal), Jehan Sarrazin, Félix Huguenet, Paul Robert, Berthier. (L'Echo de Paris, 11 de agosto de 1893.) El ilustre Captain Cap, de quien tanto han hablado últimamente los diarios, se presenta a las elecciones en calidad de candidato antieuropeo y antiburocrático. El Captain Cap es un hombre nuevo, de ideas generosas, enemigo declarado de la rutina y del papelerío. Expresamos nuestros deseos de que sea elegido. (Le Diable au Corps, Bruselas, 7 de agosto de 1893.) En el IX distrito de París, acaba de surgir una nueva candidatura que merece ser mencionada, pues el programa del candidato escapa a la banalidad ordinaria. - El nuevo candidato se llama C ... o "Captain Cap". Se declara candidato antiburocrático y antieuropeo. Si en una reunión pública expone su programa, sobre todo la segunda parte, sus oyentes no habrán de aburrirse. (Le Petit Journal, 7 de agosto de 1893.) Una enorme multitud, evaluada en varias centenas de electores del IX distrito y también de otros, se apretujaba ayer por la noche en uno de los salones del Albergue del Clavo para escuchar la profesión de fe del Captain Cap. La reunión fue muy agitada. Las puertas fueron desquiciadas por algunas doncellas cuyas cédulas nada tenían de electorales. Pudo constatarse que el candidato no incluye en su programa el voto femenino. La constitución de su oficina ha levantado una ola de protestas en razón de las declaraciones antiburocráticas del candidato. Finalmente, la candidatura del Captain Cap fue aclamada por unanimidad menos tres votos. (L'Echo de París, 13 de agosto de 1891) Montmartre será siempre Montmartre. Todas las noches, en el Cabaret del Clavo, es aclamada la candidatura del Captain Cap, sostenida por la refinada flor de los fantasistas de la Colina: señores Alphonse Allais, Courteline, el pintor Robert, etc. Los proyectos que el honorable Captain Cap se compromete a defender son los siguientes: Sobreelevación de París a la altura de Montmartre; prohibición de dejar abandonados en la vía pública túneles sin luz; creación en Montmartre de una fortaleza-observatorio cuyos telescopios sirvan como cañones; creación de un'Consejo de los discos para castigar los accidentes de ferrocarril, etc., etc. (Le Figaro, 16 de agosto de 1893.) LAS ELECCIONES París - IX distrito - 29 circunscripción Los electores de la 2ª circunscripción del IX distrito, reunidos en el Albergue del Clavo, en la avenida Trudaine, después de haber escuchado a los ciudadanos O'Reilly, Berthez, Georges Albert, Paul Frény, Quinel, Brunais, etc., etc., y las francas y enérgicas declaraciones del Captain Cap, aclamaron su candidatura por unanimidad menos tres votos, comprometiéndose a hacerla triunfar en las elecciones del 20 de agosto. EL CAPTAIN CAP No pretenderemos presentar al célebre Captain Cap, de quien se conoce su alegre campaña antieuropea y antiburocrática conducida bajo los auspicios de Allais y Courteline. Hubiéramos deseado entrevistarlo y saber qué piensa de los 176 votos que ha obtenido, pero el muy ingrato, al igual que todos los candidatos y a pesar de sus promesas fraternales, olvida a sus electores en cuanto ha cosechado sus votos. En el Albergue del Clavo, donde sentaba. habitualmente sus reales, nos han dicho que no se lo ve desde hace cuatro días. Su impresor nos reveló el lugar donde habitualmente come el candidato socialista, pero allí se nos informó que el Captain Cap había partido para la Normandía, a fin de reponerse de las fatigas de la campaña electoral... ( L'Eclair, 28 de agosto de 1893.) Sólo a titulo informativo hablaremos de ese derroche de multicolores anuncios, unos superlativamente laudatorios, otros bajamente difamatorios, con que los muros de París fueron recubiertos por la mañana y que constituyen, para emplear el-estilo electoral, las maniobras de extrema última hora. A los candidatos fantasistas corresponde la palma de honor en esta lucha homérica de la modesta bandada contra el gran palomar. En Montmartre, un humorista, el Captain Cap, sin duda nacido a la sombra de las aspas del Moulin de la Galette, ha inundado su circunscripción con proclamas de este tenor: "¿Qué he hallado al volver a mi país después de veinte años pasados en el mar? Odio, hipocresía, malversación, nepotismo, nulidad. .. "El origen de todos esos males, ciudadanos, no hay que ir a buscarlo muy lejos: es el microbio de la burocracia. "Ahora bien, no se parlamenta con los microbios. "¡SE LOS MATA!" (Le Matin, 21 de agosto de 1893.) Candidaturas fantasistas. ¿Conocen ustedes the "Captain Cap"? Sin duda no. ¿Quizá crean ustedes que es un émulo o un discípulo del célebre tirador Ira Paine? Tampoco. The "Captain Cap" es candidato legislativo en la segunda circunscripción del IX distrito. Para convencerse de ello basta con echar una mirada a los anuncios multicolores que cubren las fachadas de las casas del barrio de San Jorge. Los del Captain Cap son de color rojo ardiente o azul lapislázuli. Con letras enormes dicen: ALBERT C . . . alias CAPTAIN CAP Candidato antiburócrata y antieuropeo Infructuosamente hemos tratado de reunirnos con the Captain Cap. Imposible atraparlo. Nadie sabe dónde se aloja este terrible candidato. ¿Viene de las regiones caras a Buffalo Bill? ¿Es un cow-boy, un temible adversario de los pieles rojas? No; the Captain Cap parece ser un amable fumista. (Le Gaulois, 6 de agosto de 1893.) MI CANDIDATO Es incontestable que varios millones de franceses se hallan indecisos y yo más que nadie. Me he sentido bastante molesto cuando, días pasados, millares de carteles multicolores me han invitado a la lectura atenta y a la elección juiciosa. Palabras muy difíciles, como mandato imperativo, hidra burguesa, tiranía guesdista5, etc., danzaban ante mis. ojos. Aún me encontraría ante la misma expectativa si no hubiera encontrado, felizmente, el cartel de mi candidato: CAPTAIN CAP Candidato antiburócrata y antieuropeo ¡Sí, aquí está! No tengo ninguna razón para ocultar la elección que acabo de hacer y no siento ningún temor al dar al público ese nombre. Debo confesar que al principio desconfiaba un poco: eso de candidato antiburocrático y antieuropeo podía ocultar desastrosas ambiciones y traer aparejadas desoladoras consecuencias. Es siempre desagradable nacionalizarse patagón para fundamentar su voto; pero luego de la reunión pública que ha dado el Captain Cap no he dudado un solo instante en aclamarlo frenéticamente, y si no he sido de los primeros que corrieron a desenganchar su coche es porque los caballos me dan miedo, aunque sean coches de plaza. Mi candidato, el Captain Cap, ha trazado él mismo su biografía en su asamblea electoral. Tiene acento inglés, ha nacido en París, pero yo le sospechó padres marselleses. Su pasado responde por su porvenir: durante diez años ha cazado focas; ha detenido diez trenes en marcha -y Dios sabe cuán veloces son en el Far West-; ha apabullado al capitán de quince años de Julio Verne, ya que él lo fue a los doce años. Tales títulos bastarían para asegurar su elección; sin embargo, luego de haber hablado de lo que ha hecho, no habré de omitir unas palabras sobre lo que va a hacer. Inquirido acerca de su subtítulo de antiburócrata y antieuropeo, el Captain Cap ha afirmado que no tenía significado alguno y que esa línea estaba colocada bajo su nombre simplemente porque quedaba bien. Esta sola frase me ha dado prueba de su amor por el orden y la regularidad. En cuanto a su programa, carece de él. Fiel intérprete de sus electores, si es elegido, el Captain Cap pedirá al país aquello que se le pide a él. He aquí, por otra parte, los grandes asuntos que se ha comprometido a ventilar en la Cámara: 1°) Aplanamiento de la colina de Montmartre. En el caso de que esta obra resultara demasiado costosa solicitará la elevación del resto de París (siempre el amor por la regularidad); 2º) Acaparamiento por el Estado de los monopolios de los surtidores de agua caliente; 3?) Desgravación del blanco graso en beneficio de los artistas; 4º) Perforación del gran túnel políglota. Esta última mejora merece una explicación. Desde hacía tiempo el Captain Cap ha venido observando cuan difícil resulta la enseñanza de idioma: a los niños. Con su sistema -un gran túnel dividide en compartimientos- éstos serán tan fáciles come pescar un resfrío. En cada compartimiento del túnel habrá escuelas para los diferentes idiomas. Cada ciudadano conducirá a su hijo de seis años de edad a la entrada de la bóveda y diez años después irá a buscarlo al otro extremo. El niño, a menos que sea sordomudo. saldrá hablando todos los idiomas. Semejantes ideas sólo pueden germinar en un cerebro genial y provocan mi entusiasmo por mi candidato. Concurriré a las urnas con confianza y depositaré solemnemente su nombre, persuadido de su seguro triunfo. ¡Ah! Olvidaba una última cualidad suya. Su elección causará sin duda gran placer a los empleados de la administración de Correos y, Telégrafos, ya que, según sus afirmaciones, se preocupará por restablecer... el orden de los factores6. Charles Quinel (Le Charivari, 13 de octubre de 1893.) Terminaremos con estas citas transcribiencto la notita de que se habla más arriba y que el llorado Francisque Sarcey no vaciló en consagrar a nuestro amigo: "El sábado he pasado una excelente velada en una pequeña, sociedad artístico-mundana que se llama La Gardenia -no sé muy bien por qué, quizá porque sus miembros prefieren esta flor a todas las demás. "Son unos jóvenes encantadores, muy amables por otra parte, muy bien educados y apasionados por los asuntos de teatro por sobre todas las cosas. "Entre nosotros, ¿acaso no es mejor eso que ir al café a atontarse, a beber un montón de copas que hacen mal al estómago y, finalmente, gastar mucho dinero? "La. representación tuvo lugar en el teatro Bodinier. Todo anduvo como sobre ruedas. "El espectáculo, muy inteligentemente constituido por pequeños actos e intermedios, pareció encantar a la brillante concurrencia que componía el público del Gardenia. Entre paréntesis, había muchas hermosas damas que, según me han dicho, pertenecen a la colonia canadiense de París. "Cosa nada asombrosa, pues el presidente de la sociedad no es otro que el simpático Paul Fabre, hijo del comisionado general del Canadá en París. "No sabría contar en detalle todo lo que se dijo, representó o cantó. He perdido mi programa, y bien, cuando ya no tengo mi programa ante la vista, paso a otra cosa. "Baste saber que en esta velada se ha derrochado mucha buena voluntad y talento, más talento que el que a veces puede encontrarse en los teatros reputados como serios. "Me ha interesado particularmente un debut, porque parece que era un debut, aunque me costó creerlo. "¡Oh! No era por cierto un gran papel el del artista que llamó mi atención, sino el papelito de un sirviente que, en tres ocasiones diferentes, trae un telegrama. "Pero advierto que aún no he dicho el nombre de mi artista: el programa lo llama Cap, pero sus camaradas del Gardenia lo designan comunmente bajo el nombre de «Captain Cap». "Nunca lograré decir todo el placer que me ha dado la actuación a la vez sobria y elegante de ese tal Cap. Hay en ese aficionado, ténganlo ustedes por cierto, la pasta de alguien que llegará, y no es sin cierta impaciencia que espero la próxima representación del Gardenia. "Francisque Sarcey7." (Le Chat Noir, 10 de diciembre de 1892.) *** DECLARACION Después de tantos indiscutibles testimonios, en el caso de que alguno de esos señores y señoras lectores míos osara todavía poner en duda la existencia real del Captain Cap, estoy dispuesto -cuando y donde se quiera- a plantearle una cuestión de honor. A. A. SEGUNDA PARTE EL CAPTAIN CAP SUS AVENTURAS, SUS IDEAS, SUS BREBAJES NOTA INTRODUCTORIA Impuesta por la más elemental buena fe. He creído prudente, cada vez que en el curso de los relatos siguientes se presentaba bajo mi pluma el nombre de uno de esos brebajes transatlánticos, por los cuales el Captain Cap mostraba tanta inclinación, dar la fórmula exacta que permitiera a cualquier lector la preparación de dicho brebaje. Esas fórmulas me fueron confiadas por el ciudadano de París que posee más autoridad en esta materia: me refiero al señor Louis Fouquet, propietario y director del célebre bar ubicado en la esquina de la avenida de los Campos Elíseos con la del Alma. Si alguno de nuestros lectores deseara disponer de algún detalle suplementario sobre la preparación de los American Drinks y sobre el pequeño utilaje que requiere este deporte, no tendrá más que dirigirse directamente al señor Fouquet, un joven en quien se conjugan una técnica impecable y la más perfecta cortesía. De buen grado, Louis Fouquet se pondrá a disposición de nuestros lectores para proporcionarles todas las informaciones concernientes a esta materia. A. A. CAPITULO I Las aventuras del Captain Cap en la región del Alto Níger. Aparente solidaridad de la boa y de la jirafa en caso de verse atacado de laringitis este último cuadrúpedo, al que la naturaleza le plugo estirarle el pescuezo. No había tenido la ventura de encontrar a mi valiente amigo el Captain Cap desde las elecciones legislativas que asolaron a Francia en el mes de agosto de 1893. ¿Recuerdan ustedes? Ciento setenta y seis ciudadanos del IX distrito afirmaron sus convicciones resueltamente antieuropeas dando sus votos al Captain Cap. -¡Hola, Cap! -exclamé encantado. -Hola! -respondió Cap. Y me estrechó las manos con energía poco común. Me llamó su old fellow, me presentó al fulano que lo acompañaba, un apuesto gentleman, entre dos o tres edades, a quien daba el título de commodore, y me llevó a tomar un drink en una bodega española regenteada por unos belgas que venden bebidas americanas. (¡internacionalismo, he allí otro de tus golpes!) Cap pidió tres John Collins8 de pura cepa. Y nuestras lenguas se desataron. Le reproché al Captain Cap que hubiera desaparecido durante tanto tiempo. Fríamente: -He estado muy ocupado -dijo- desde hace dos meses. Para empezar, el gobierno del Valle de Andorra me encargó la organización de su nueva flotilla de torpederos... Un signo de mi dedo indicó al hombre del bar que renovara nuestro pedido anterior. -Luego -prosiguió Cap- fui al Africa, donde tengo grandes intereses. -¡Ah, ah! -Si; fui designado por el consejo administrativo para organizar el servicio. -¿Qué servicio, Captain? -El servicio de la Sociedad general de Publicidad en los Baños Públicos del Sudán... ¡Ah, esta Africa! -Darkest Africa, como dice Stanley. -Stanley jamás ha puesto los pies en Africa. -Ya me parecía. -Lo poco que sabe de ese continente lo ha aprendido en el suplemento de la Lanterne (??. El comodoro aprovechó un momento de vaga calma para pedir una botella de champagne (un extra-dry chico, a propósito del cual no agregaré nada a lo dicho). Cap prosiguió: -Usted ha relatado, mi querido Alphonse, hace dos o tres días, en el Journal, la historia de un joven tiburón que se echa a llorar al reconocer, en un portamonedas, la piel de su madre... Yo he visto algo más raro aún el otro día, en el Africa. -¡Veamos eso! -¡A eso voy! Y si usted cree que su escualo retiene aún el record del patetismo está metiendo la pata hasta la cintura. -¡Diablos! -Usted sabe que en la región del Alto Níger es en este momento la estación de las lluvias. -Se me escapaba ese detalle. -La estación de las lluvias, en esos parajes, coinci-de exactamente con períodos de molesta humedad. -Lo hubiera apostado. --¿Y quiénes son los más perjudicados por esos períodos de humedad? -¡Ah, vaya! -Son las jirafas... Usted cree saber qué es una jirafa. Y bien, ni siquiera io sospecha. -¡Ah, un momento! -¡Un momento digo yo! Las jirafas son animales a los cuales la naturaleza -esa gran bromista,- ha estirado el pescuezo hasta el nivel de lo ridículo. De allí la marcada proclividad de estos animales hacia las enfermedades de la garganta y de las cuerdas vocales. Si nuestros teatros de ópera, de ópera cómica y aun de opereta reclutaran su personal únicamente entre las ,jirafas, no podríamos contar los días de descanso. -Ciertamente. -Y bien, ¡no! Muy bien podríamos contarlos, pues las jirafas, que sólo de tiempo en tiempo visitan al otorrinolaringólogo, para las cuales el clorato de potasio es mito y la cocaína quimera, las .jirafas, digo, cuando se sienten mal de la laringe, se curan rápida y económicamente. En este momento, Cap observó que la botella de extra-dry estaba vacía y su rostro tuvo un rictus de doloroso estupor. El hombre del bar interpretó ese gesto y trajo una nueva botella. -Verá usted cómo procede la jirafa: se acuesta profiriendo una especie de melodiosa queja que tiene la propiedad de atraer a la boa constrictor. Este reptil llega de puntillas --si es posible expresarse así- y lentamente, sin precipitarse, se enrosca alrededor del cuello de la joven enferma, desde los hombros hasta por encima de la cabeza. Nuestras elegantes parisienses llevan boas de pluma o de piel. Las jirafas llevan boas de boa, lo cual es más natural. ¡Cuarenta y ocho horas de este tratamiento y la jirafa 'se siente mejor que nunca! ¿Qué me dice usted, eh? El comodoro se encargó de la respuesta: -Digo que no hay que ver en el acto de la boa la menor humanidad -o, más bien, la menor jirafidad-. Reptil curioso y chismoso, a la boa constrictor le fastidia disponer de un horizonte visual tan restringido como el suyo. Si se enrosca en el pescuezo de la jirafa, es simplemente para ver más lejos y desde más arriba. ¡Eso es todo! Y sería muy tonta la jirafa si sintiera el menor agradecimiento hacia ese maldito animal. ¡Mozo, tres corpse revivers9, y bien servidos, por favor! CAPITULO II Donde nos enteramos de cómo el Captain Cap paga sus deudas de amor. Aquel -y no digo aquel a la ligera- que por primera vez dijo esta frase lapidaria: Las cuentas claras conservan la amistad, estaba lejos de ser un joven tonto. La cantidad de discípulos que formó me parece incontable. Lejos de molestarme, como veis, estoy muy conforme con ello. Mi amigo el Captain Cap aporta a mi tesis el augusto contingente de su reciente ejemplo. En el transcurso de la semana pasada, el Captain Cap salía de una reunión en el Sindicato general de Balleneros de Corréze -del cual es vicepresidente- cuando se topó con una pequeña cortesana en cuya casa, por una noche, fijó domicilio. Al amanecer abandonaba a la joven después de darle sólo Dios sabe qué pretexto que lo dispensaba de abonarle una suma de dinero. Apenas unos tres o cuatro días más tarde, el Captain Cap se dirigía al observatorio de Montmartre, donde le incumbe especialmente la nocturna vigilancia honoraria de la conjugación de los focos, cuando de nuevo encuentra a la persona del otro día. Inmediatamente la conoció, en el sentido bíblico del término, naturalmente. Muy de mañana, cuando el Captain Cap se disponía a dejar a su compañera, a esta última -la última de las últimas- se le ocurrió la peregrina idea de exigir al Captain sumas de dinero que, por irrisorias que fueran, no dejaban de sentar un fastidioso precedente. Entonces, con voz álgida, Cap dijo: -Perdón, señorita, es cierto que me he acostado con usted el lunes de la semana pasada ... -No me interrumpa. -..Pero usted misma, ¿acaso no se ha acostado conmigo esta noche? -¿Y? -Entonces estamos a mano. Cap volvió a su finca de la calle Julot, poseído por la más grande tranquilidad moral. CAPITULO III Donde se descubre la existencia del Meat-Land (dicho de otra manera: tierra de carne), rica cantera de carne xara embutidos situada cerca de Arthurville (Provincia de Québec). Ante ese relato una sonrisa de incredulidad floreció en mis labios y pequeños destellos de chanza avivaron la. luz de mi mirada. Cap, mi interlocutor, no se intimidó; se contentó con llamar al mozo del bar y pedir "Two more", que es la manera americana de decir "Tráiganos otra vez lo mismo" o, más claramente: "Otra vuelta". Así pues, el barman nos trajo otros dos mint-julep10. Conozco al Captain desde hace bastante tiempo; tengo a menudo ocasión de encontrarlo en esos numerosos american bars vecinos a la Opera nacional y a la iglesia de la Magdalena; estoy acostumbrado a sus hipérboles y bluffages, pero esa historia realmente sobrepasaba los límites permitidos de la broma canadiense. ¡Cap me contaba, con toda frialdad, que se acababa de descubrir, a seis millas de Arthurville (provincia de Québec), una cantera de carne para embutidos! Yo había oído claramente lo que acabáis de leer claramente: ;una cantera de carne para embutidos! Resolví salir de dudas y la mañana siguiente fui a ver al comisionado general del Canadá, calle de Roma N° 10. En ausencia del señor Fabre, el amable comisionado, fui recibido -debo reconocer que muy obsequiosamente -por su hijo Paul y el honorable Maurice X..., un joven diplomático de mucho porvenir. -¡El meat-land! -exclamaron esos gentlemen-. ¡Nada hay más serio que eso! ¡Cómo! ¿Usted no cree en el meat-land? Debí confesar mi escepticismo. Esos señores se dignaron ponerme al corriente de la, cuestión y comprobé que el Captain Cap no había exagerado en nada. En los alrededores de Arthurville existía, en plena selva virgen (ella era virgen todavía), un gran claro en fcrma de circo, formado por rocas abruptas tapizadas (como en los Alpes) de mil clases de plantas aromáticas: tomillo, lavanda, romero, laurel, etc. Esa selva estaba poblada de ciervos, antílopes, corzas, conejos, liebres, etc. Ahora bien, un día muy seco y caluroso se produjo fuego en esos grandes bosques y se propagó rápidamente en toda la región. Enloquecidos, los desgraciados animales huyeron buscando abrigo contra el azote de :a naturaleza. Allí estaba el claro, con sus rocas abruptas pero incombustibles y en él los animales se creyeron salvados. No habían tomado en cuenta la excesiva temperatura provocada por el monumental incendio. Ciervos, antílopes, corzas, conejos, liebres, etc., se precipitaron hacia el claro por millares buscando la salvación v en cambio murieron sofocados. No solamente murieron, fueron también cocidos. En tanto la temperatura no retomó su nivel normal, toda esta carne se coció en su propio jugo (como se procede en las maneras culinarias llamadas al estofado). Las materias pesadas -huesos, cueros, pieles- se deslizaron lentamente hacia el fondo de esa gigantesca marmita. La grasa, más liviana, subió a la superficie, formando de .esta manera una capa protectora. Por otra parte, las pequeñas hierbas aromáticas (como la de los Alpes) aromatizaron las carnes e hicieron de ellas un manjar suculento. Agregaré que un depósito de meat-land se instalará próximamente en París, en un gran edificio que se halla en la esquina de la calle de los Mártires y el bulevar Saint-Michel. Se halla en proceso de formación una sociedad para la explotación de esta sustancia única. Hemos de volver sobre este asunto, asunto de primerísima importancia sobre el cual, desde ya, llamamos la atención de los pequeños ahorristas. CAPITULO IV Donde aparece, gracias al ejemplo del Captain Cap, la vanidad de la ciencia hipnótica y la nulidad de la autosugestión. -El caso de autosugestión más curioso que he he visto -dijo el doctor V...- ocurrió hace unos cinco o seis años. ¡Inclusive extremadamente curioso! -Cuéntenos eso, doctor. V . . . , que concilia un saber enciclopédico con la más perfecta amabilidad, nos relató esta historia: "Aquel día habíamos bebido bastante. Festejábamos la. tesis de un amigo nuestro y a fe que la festejábamos copiosamente. Todos estábamos más o menos achispados, pero el que mantenía el record de borrachera era ciertamente uno de nuestros camaradas, perezoso incoercible y calavera empedernido, al que designaré con la inicial Y. "Al filo de la medianoche, el pobre Y... estaba borracho no ya como una cuba sino como un batallón d ellas. Sus fantasías, casi todas de dudoso gusto, hacían que nos echaran de todas las cervecerías del Barrio. Felizmente, existe en esos lugares una red bastante ecmpleta de cafetines, de manera que no transcurría mucho tiempo sin que dejáramos de beber variados espirituosos. "¡En La Fuente se le ocurrió la idea de quitarse los zapatos y, a riesgo de atrapar una seria congestión, quiso tomar un baño de pies en un estanque en el que holgaban unos cangrejos! "Luego pidió una sopa de cebollas y la volcó generosamente en dicho estanque, pretextando que el pedregullo constituía un alimento insuficiente para esos pequeños crustáceos. "En cierto momento, Y..., más ebrio que nunca, se levantó para ir no sé dónde. Tomó a un espejo por la puerta de la sala y, al golpear contra él, descubrió su propia imagen. ¡Entonces ocurrió algo inenarrable! "¡Ah, estás allí, puerco! -exclamó dirigiéndose a la imagen reflejada...- ¡Y bien! Eres bonito... ¡Mis felicitaciones! ¡Otra vez borracho!... No digas que no. No te tienes en pie. Y bien, cochino, el que te paga copas bien merecido se lo tiene. ¡Ah, estás muy elegante, con tu chaleco desabotonado, tu corbata suelta, tu cuello desabrochado, tus cabellos enmarañados! ... ¿No te da vergüenza, a tu edad? "Y, luego de una pequeña pausa, durante la cual se fulminó a, sí mismo con la mirada fija, continuó: "-Y mientras que tú te emborrachas en París, tus pobres padres trabajan en la provincia para enviarte dinero. ¡Crápula...! ¡Haragán...! ¡Porquería...! Escucha bien lo que voy a decirte. "¡Y entonces sus palabras, siempre dirigidas a la imagen del espejo, tomaron un tono de autoridad inexpresable! -Escucha bien: ahora te vas a acostar. En seguida. Mañana te levantarás temprano, te pondrás a trabajar y no volverás a poner los pies en el café... Si te descubro en un boliche cualquiera, te agarro por el pescuezo y te arrojo a la calle... ¡Vamos, vete, porcachón! ¡Y que no te vuelva a ver! "Con pasos de sonámbulo Y. .. se acercó a nosotros, tomó su sombrero y su bastón. Salió. "Todos creímos que se trataba de una buena broma. ¡Nada de eso! No volvimos a verlo por el café. En seis meses dio sus últimos exámenes y defendió su tesis. Actualmente es profesor en la Facultad de medicina de Nancy." Todos habíamos escuchado con mucho interés esta historia. El Captain Cap, sobre todo, parecía vivamente emocionado. -¿Cree usted -preguntó al doctor- que ese procedimiento serviría para mí? -¿Por qué no? -dijo V...-. En todo caso, puede ensayarlo. Cap se levantó, se dirigió a un espejo, se arrojó terribles miradas y se trató a sí mismo como al último de los peores. Todas las injurias de dos continentes pasaron por allí. El Captain Cap se insultaba ora en francés, ora en inglés y a veces en una lengua hablada en el seno de algún grupo humano del cual, sospecho, Cap es el único miembro. Cuando el repertorio quedó agotado, Cap tomó su sombrero y su sobretodo y salió sin decir una palabra. -¡Sería gracioso -dijo uno de nosotros- que Cap se pusiera a trabajar mañana por la mañana y terminara siendo 'profesor en la Facultad de medicina de Nancy! Desgraciadamente, esta ilusión se desmoronó esa misma noche. Al volver a casa, y cuando pasaba frente a la cervecería Pousset, se me ocurrió entrar para ver si, por ventura, la Princesa Pálida se encontraba allí La Princesa Pálida no estaba allí. (En los brazos de otro, sin duda.) Pero, en cambio, ¿a quién me encuentro, confortablemente instalado frente a una eiffelesca pila de platillos? Lo habéis adivinado: a mi viejo Captain Cap. Con la mayor amabilidad del mundo me ofreció un medie y concluyó filosóficamente: -¿Qué quiere usted? La autosugestión no tiene igual éxito con todos los temperamentos. CAPITULO V Donde tiene lugar, a cargo del Captain Cap, una contradictoria -y una de las menos perentorias- experiencias de autosugestión. En ese momento el Captain Cap creyó necesario tomar un aire misterioso. Y como en nuestros ojos se encendía el resplandor de la ansiedad: -¡No me censuréis -dijo el Captain-, no agregaré una palabra más. ¡Mi ORDEN me lo prohibe! El Captain pertenece a una Orden muy extraordinaria y de una comodidad en nada segunda de ninguna otra. ¡Pobre Princesa Pálida! ¡Qué lejos está todo eso! A toda proposición que le moleste en lo más mínimo, el Captain Cap opone fríamente esta objeción: -Lo siento mucho, mi querido amigo, pero mi Orden me lo prohibe. Y agrega, con una sonrisa que solo él posee: -No me censure usted. Sin embargo y de cualquier manera, Cap ardía en deseos de hablar. Fingimos ocuparnos de otra cosa y poco después el Captain dijo: -¡Un caso asombroso! Al solo efecto de conocer la continuación de la historia, maquiavélicamente, ninguno de nosotros osó parpadear. -Imagínense ustedes... -se obstinaba Cap. Aburridos parecimos de esta insistencia. Entonces Cap abrió las compuertas. Se trataba de una mujercita de Montmartre, linda como una rosa, ¡una mujercita asombrosa! Uno la adormecía así, ¡en un tris! ¡Y listo! Un caso asombroso, como les digo. Una vez adormecida, no era sino un útil de cera blanda entre los dedos de vuestra voluntad -si, no obstante, se nos permite expresarnos así. Si queríamos, iríamos esa noche. Fuimos. Con su ruda mano derecha de hombre de mar, Cap tomó las muñecas de la pastorcita de Montmartre y con la otra operó algunos pases sólo conocidos por él. Uno, dos, tres... ya está. Duerme. Entonces Cap sacó de su bolsillo una papa cruda y una guayaba. Mondó la una y la otra y, presentando al sujeto un trozo de papa cruda, dijo, con una voz en la que trepidaba la sugestión: -¡Coma eso, es guayaba! La niña, apenas hubo masticado una parte del tubérculo caro a Parmentier, manifestó una gran repugnancia. Incluso la escupió, haciendo grandes muecas. Con una sonrisa en los labios, Cap cambió de experimento. Esta vez presentó la guayaba a la joven, diciéndole con voz no menos fuerte: -Coma eso, es papa cruda. Apenas la niña hubo masticado una parte de esa fruta deliciosa pidió más. Se comió toda la guayaba. Si pensáis que Cap se aturulló en lo más mínimo por ese resultado no previsto, cometéis un grave error. Y cuando salíamos de la casa el Captain nos dijo con un tono del más vivo interés científico: -Curioso, ¿no es cierto?, el caso de depravación de esa pequeña, que adora la papa cruda y no puede soportar la guayaba. CAPITULO VI Donde el Captain Cap indica un método muy simple para asegurar el equilibrio europeo. -Dígame usted, mi querido Allais, ¿alguna vez se le ocurrió la idea de hacer empollar huevos de arenque ahumado a un avestruz disecado? -¡Nunca, mi querido Cap, nunca jamás, se lo juro! -Y bien, es la ocupación a la que se halla consagrado actualmente el señor Carnot11. -¿El señor Carnot? -El propio señor Carnot. -¿El señor Carnot hace empollar huevos de arenque ahumado a avestruces disecadas? -¡Exactamente, querido amigo! -¡En ese casa, Captain, permítame que le diga que ésa es una diversión indigna de un hombre de la edad y la situación del señor Carnot! -¿Qué quiere usted que piense Europa de una gran república cuyo primer magistrado pasa el tiempo haciendo empollar huevos de arenque ahumado a avestruces disecadas? -¡Ah, todo eso, ¡ni pobre Cap, no ha de favorecer la reactivación de los negocios! -Ni para llevar al desarme, sin el cual no podrá producirse ninguna distensión ni ninguna prosperidad. -¡Por supuesto! -Cuando digo que el señor Carnot hace empollar huevos de arenque ahumado a avestruces disecadas, no hay que tomar mi alegación al pie de la letra, por supuesto. Entiendo emplear una simple imagen, un símbolo, como diría Moréas. ¡Símbolo, ruega por nosotros! Y mientras el mozo nos servía -pues estábamos muy deprimidos- un gin-flip12 a cada uno, el Captain Cap prosiguió: -Hace un rato hablábamos de desarme universal.. . ¿Sabe usted lo que impide el desarme, más aún que la cuestión de Alsacia y Lorena? -Dígamelo y, luego, lo sabré. -Lo que impide el desarme es la preocupáción por el equilibrio europeo, y el equilibrio europeo en conjunto en la cuestión de los Dardanelos y la cuestión de los Balcanes. -Esa es mi opinión. -¿Usted cree que esas dos cuestiones son insolubles? -Por lo menos muy delicadas para resolver -¡No tanto, mi querido Allais, no tanto! -Estoy persuadido, mi querido Cap, de que para usted sería un juego de niños, pero para los demás... -Usted lo ha dicho: un simple juego de niños... ¡Y sin embargo hace tres años que estoy trabajando en la solución de ese doble problema! -¿Tres años? -¡Sí, tres años! Desde hace tres años, gracias a unos mapas admirablemente trazados por personal a mis órdenes, calculo el aforamiento de los Dardanelos. -¿El aforamiento ... ? -Sí, el aforamiento, es decir, si usted lo prefiere, su volumen interior... Por otra parte, he hecho el cubaje más o menos exacto de los Balcanes. -Nada de eso es cosa baladí. -¿Y qué le parece? He llegado a constatar que el volumen de los Balcanes es sensiblemente equivalente a la cabida de los Dardanelos. -¿De manera que... ? -De manera que es muy simple:. arrojo los Balcanes en los Dardanelos ¡y listo! -¡Reciba usted todas mis felicitaciones, Cap! -Así los Balcanes son demolidos, los Dardanelos se rellenan ¡y basta de Balcanes y basta de Dardanelos! ¡Basta de cuestiones irritantes para el equilibrio europeo! ¡La paz asegurada, el desarme, la prosperidad, la felicidad para todos! -¿Y usted cree francamente que Inglaterra le dejará hacer? -¿Inglaterra? Aquí Cap se puso misterioso. Exploró los alrededores, asegurándose de que ninguna oreja sospechosa se tendía hacia nosotros. -¿Inglaterra? Sé de buena fuente que, si Inglaterra levanta solamente el meñique, ¿oye usted?: el meñique, el Peloponeso está dispuesto a dar un ejemplo. -¿El Peloponeso? -Aliado con Jutlandia, por supuesto. CAPITULO VII Donde el Captain Cap da una magistral lección de savoir-faire a un barman ignaro, europeo y aturdido. Aunque la hora no era ciertamente muy avanzada todavía, una sed enorme estrechaba las gargantas del Captain Cap y mía (triste consecuencia, sin duda, de los excesos de la víspera)13. De común acuerdo, formando un tándem, explorábamos el horizonte, cuando se presentó precisamente ante nuestros ojos un café de aspecto muy elegante. A pesar de la apariencia engañosamente europea del lugar, consentimos en beber allí. -¡Mándeme al stewart! -ordenó Cap. -¡A su disposición, señor! -dijo, inclinándose, el gerente. -Denos dos vasos grandes. -Aquí están, señor. -Le digo dos vasos grandes y no dos dedales. Denos dos vasos grandes. -Aquí están, señor. -¡Por fin ... ! Ahora, azúcar. -Aquí está, señor. -No; no esos burlescos pedazos de azúcar ... Azúcar en grano. -Aquí está., señor. -No; tampoco ese azúcar de La Habana, que envenena el tabaco. -Pero señor... -Exijo azúcar en grano de las Barbados. Es el único que conviene para el brebaje que voy a ejecutar. -No tenemos otro que éste. -¡Triste! ¡Profundamente triste! En fin... Y Cap echó en el fondo de nuestros vasos algunas cucharadas de azúcar que roció con agua. -¡Y ahora, dos limones! Aquí están, señor Cap echó una mirada de profundo desprecio a los limones que le trajeron. -¿A eso llama usted limones? -Pero señor... -Tráigame dos otros limones. -Aquí están, señor. Aquí Cap fue presa de real furor: -¡Le pido dos otros limones...! ¿Entiende usted? ¡Dos limones otros! ¡Dos otros! ¡No two more, sino two other! Otros limones en lugar de los que ha tenido usted el descaro de traerme. Usted me ofrece limones de Sicilia, cuando sueño con limones provenientes de la isla de Radas ... ¿Tienen ustedes limones provenientes de la isla de Rodas? -Están faltando. -¡Ah, qué alegría! En fin. .. Y Cap exprimió en nuestros vasos el jugo de los limones de Sicilia. -¡Gin, ahora! ¿Qué gin tienen ustedes? -Anchor gin y Old Tom gin. -¿Auténtico Anchor? -Auténtico. -¿Auténtico Old Tom? -Auténtico. -¿Y Young Charley gin, tienen? -No lo conozco ... -Entonces no conoce usted nada. En fin... Y Cap sirvió en cada copa una copiosa (y qué copiosa) porción de Old Tom gin. -¡Revolvamos! -agregó. C on ayuda de una cuchara larga agitamos ese comienzo de mezcla. -¡Ahora, hielo! -Aquí está, señor. -¿Hielo, eso? -¡Exactamente, señor! -¿De dónde viene este hielo? -De la fábrica de Auteuil, señor. -¿La fábrica de Auteuil? Probablemente esté perfectamente equipada para proporcionar agua caliente a la población parisiense, pero desconoce las primeras letras del frigorifismo. Puede ir usted y decirle de mi parte ... -¡Pero, señor! -Por otra parte, conozco un solo hielo digno de ese nombre; ¡el que se recolecta durante el invierno en el Barbotte! -¡Ah! -¡Sí, el Barbotte! El Larbotte es un pequeño río que desemboca en el Richelieu, el cual Richelieu desemboca en el Saint-Laurent... ¿Y sabe usted el nombre de la aldea que se encuentra en la confluencia del Richelieu y del Saint Laurent? -A fe que..., señor. -¡Ah! Ustedes, los europeos, no son expertos en geografía. La aldea que se encuentra en la confluencia del Richelieu y del Saint-Laurent se llama Sorel... ¡Y sobre todo no se vaya a confundir Sorel del Canadá con la muy hermosa y seductora Cécile Soi el o con Albert Sorel, el eminente y muy amable académico, ni con el hijo de éste, Albert-Emile Sorel! ¡Júreme que no se confundirá! -¡Desde luego, señor! -Entonces deme su sucio hielo de la fábrica de Auteuil. -¡Aquí está, señor! Y Cap puso en nuestros brebajes algunos de esos facticios icebergs. -Ahora lo único que le falta a usted traernos es dos botellas de soda. . ¿Qué soda tienen ustedes aquí? -¡Bueno... la mejor: schweppes! -¡Ah, Señor, aparta de mí este cáliz! ¡Schweppes ... ! ¡Ciertamente la Schweppes no es una marca de soda irrisoria, pero comparada con la que fabrica mi viejo old fellow Moonman, de Fall-River, la schweppes-soda sólo es una fangosa, salobre y miasmática pócima... ! En fin... Deme de cualquier manera schweppes. -...Dijo mi padre -comenté hugolátricamente. ¡Se acabó! Solo nos faltaba zamparnos nuestro drink, con largueza, como hacen los hombres libres, fuertes, rítmicos y que siempre tienen sed... ...Cuando el gerente tuvo la por siempre lamentable idea de traernos pajillas, unas admirables pajillas, por otra parte. La combatividad de Cap no pedía otra cosa. -¡Pajillas eso...! -dijo en una explosión. -Pero señor... -¡No; eso, eso no son pajillas! ¡Paja si, y paja obsoleta, sacada de debajo -¿se sabrá alguna vez?- de qué innominables vacas! No estoy acostumbrado a beber con residuos de estiércol. ¡Vámonos de aquí, amigo mío, vámonos! Cap arrojó sobre el mármol de la mesa una suficiente pieza de cinco francos y partimos hacia la próxima vinería, donde nos detectamos con una jarra de vino blanco, un poco de goma y medio sifón. CAPITULO VIII Donde Cap hace felices investigaciones sobre el auténtico nombre de pila de un orangután a quien se llamaba equivocadamente Augusto. Al llegar a Niza el Captain Cap y yo, dos carteles murales se disputaron el honor de llamar nuestra atención. (La frase que acabo de escribir es de una sintaxis más bien discutible. Se diría realmente que no he aprobado mis humanidades.) Este era el tenor del cartel que me había seducido: X..., PEDICURO CALLE TAL, NUMERO TAL, EL ÚNICO PEDICURO SERIO DE NIZA Nunca como en ese instante sentí el horror de carecer totalmente de callos, durezas, ojos de gallo y otras estratagemas. ¡Tener al alcance de la mano a un artista que, no contento con ser serio, insiste en ser el único serio de un poblado tan importarte como Niza y no tener manera de utilizarlo! Lamentable, ¡ah, si... ! Cap me propuso un artificio que practican las mujeres de no se sabrá nunca qué archipiélago polinesio, mujeres todo cuyo encanto reside en ostentar el mayor número posible de durezas en las partes del cuerpo menos indicadas para este fin. No me creí obligado a aceptar, pues la cosa no valía la pena y pasamos a otra clase de deporte. El cartel que prefería Cap anunciaba a Urbi, Orbi and Co. que todo individuo poseedor de una suma de veinticinco céntimos a un franco, podía ofrecerse el espectáculo de un orangután; dicho de otra manera, señores y señoras, el verdadero hombre de la selva, el ÚNICO (tal como mi pedicuro del comienzo) aparecido en Francia desde las épocas más remotas. Un grabado completaba este texto, un grabado que representaba un cuadrumano, y alrededor de este grabado, como la inscripción de una medalla, podían leerse estas palabras, circularmente: Me llamo Augusto: ¡10.000 francas a quien pruebe lo contrario! -¡Diez mil francos a quien pruebe lo contrario! ¿Lo contrario de qué? ¿De que el monstruo en cuestión fuera un verdadero orangután, un auténtico hombre de la selva, o simplemente de que su nombre verdadero fuera Augusto? Para el alma límpida de Cap no podía existir ninguna duda. ¡Se trataba de demostrar que ese mono ridículo no se llamaba Augusto, cobrar los 500 luises e ir a Monte Carlo a hacer saltar la banca! ¡Ah, caramba, no era demasiado complicado! Y Cap no dejaba de repetirme: -No sé, pero hay algo que me dice que este orang no se llama Augusto. -¡Diantre! -¿Por qué diantre? Ese sucio gorila no tiene aspecto de llamarse Augusto. -¡Diantre! -¡Allais, si usted repite una vez más esa palabra, diantre, le encajaré un golpe de remo en la jeta. ¡Todo lo que se quiera en la jeta, salvo un golpe de remo! Tal es mi divisa. No insistí pues y hablamos de otra cosa, saboreando el Manhattan cocktail14 del buen acuerdo. Esa misma tarde, en su yacht El Rey de las Madréporas, el Captain Cap partía hacia Antibes y pasé una gran quincena sin volver a verlo. Una mañana fui despertado por un gran vocerío en mi antecámara: el clarín triunfal del Captain hacía estremecer mis tímpanos. -¡Ah! ¡ah! -proclamaba Cap- ¡tengo las pruebas, las tengo! ¿Las pruebas de qué? -pregunté, estirándome en la cama. -¡Estaba seguro de que ese chimpancé no se llamaba Augusto! -¡Ah! -Acabo de recibir un telegrama de Borneo, su país natal. ¡No solamente no se llama Augusto, sino que, además, se llama Carlos! -¡Diablos, es grave! Dígame, mi querido Cap, ¿piensa usted entonces que Carlos, el orang de Niza, sea pariente de Carlos Laurent15, de París? -En su conducta, mi querido Alphonse, lo ridículo y lo odioso se disputan la primacía.. . He recibido de nuestro cónsul en Borneó todas las piezas necesarias para probar incontestablemente que el gran mono del Pont-Vieux se llama Carlos. Rápido, levántese y vayamos a ver a un abogado. ¡Los diez mil francos son nuestros! Mi notario de Niza, el señor Pineau, considerado con justicia como uno de los más eminentes jurisconsultos de los Alpes Marítimos, nos dio la dirección de un excelente abogado, y nuestro papel sellado fue redactado en menos tiempo que el necesario para contarlo. Pero desgraciadamente la pequeña feria de Pont-Vieux ya había terminado. El falso Augusto, su barraca, su Barnum, todo se había mudado a San Remo, en tierra italiana; y nadie ignora que la ley italiana es formal a este respecto: prohibición absoluta de averiguar el estado civil de todo mono de altura mayor de 70 centímetros. CAPITULO IX Resumen desgraciadamente muy sucinto de una conferencia del Captain Cap sobre un proyecto de nueva división administrativa para Francia. "Habréis sin duda observado, señoras y señores, que se ha dado el nombre de Mediodía a la parte meridional de Francia. "Viajo al Mediodía, vengo del Mediodía. "Los médicos le han aconsejado pasar el invierno en el Mediodía. Tiene el acento del. Mediodía, etc., etc. Tales son las locuciones habituales que escuchamos todos los días y contra las cuales nadie, lo apostaxía, ha pensado protestar, a tal punto esta denominación parece natural a todo el mundo. "Os pregunto: ¿por qué ocurre esto? "¿Por qué solamente las comarcas del Sur habrían de beneficiarse con esa denominación, en tanto que ninguna otra región de Francia se llama Medianoche o Cuatro menos cuarto? "Lo repito: este estado de cosas no responde a las ideas de justicia que abrigamos en el corazón, y voy a tener el honor de presentaros un pequeño proyecto que acabaría con esta flagrante parcialidad. "Divido a Francia (idealmente, por supuesto, ya que está bastante dividida de por sí, la pobre desgraciada) en doce franjas latitudinales, cada una de las cuales lleva el nombre de una hora del día. "El Mediodía seguirá siendo el Mediodía; la franja situada inmediatamente por encima de ésta se llamará Once horas; la de encima Diez horas, y así sucesivamente hasta llegar al Norte. "La última franja (ultima ratio), situada en el extremo Norte, se llamará, por consiguiente Una hora. "Cada una de estas franjas, a su vez, estará dividida en sesenta pequeñas franjas que representarán un minuto cada una. "Esta terminología podrá pareceres un poco extraña porque no estáis habituados a ella; pero la primera vez que un hombre dijo: "Soy del Mediodía", esta frase debió parecer también bastante curiosa, estad seguros de ello. `Pero eso no es todo: así corno hemos dividido Francia a lo ancho, la dividiremos ahora a lo largo, es decir en el sentido de las longitudes. ''Formamos así siete zonas cada una de las cuales levará el nombre de un día de la semana, comenzando p^,r los parajes de Brest, que se llamarán Lunes, para terminar en nuestras fronteras del Este, allá, que responderán al nombre de Domingo16. "Determinaremos así montones de pequeños cuadrados cuyo solo enunciado indicaría exactamente su situación geográfica, mucho más claramente que con la vieja y ridícula moda de los grados de longitud y de latitud. "París, por ejemplo, si no me equivoco se encontraría en Jueves - Cinco horas veinte. "Como veis, mi proyecto es simple, inclusive demasiado simple como para ser adoptado por esos señores del gobierno. "Veo desde aquí la cabeza del director de la Oficina de Longitudes. "¿Habéis visto en Barcelona a un personajón encogerse de hombros?" (Hilaridad general.) CAPITULO X Exposición del método empleado por el Captain Cap para establecer el record del milímetro y el record del "porrazo". ¡Cap, campeón mundial! -Me acabo de enterar, mi querido Cap, que usted tiene el record del milímetro. .. -Exactamente, querido amigo, no lo han engañado: actualmente tengo el record del milímetro, no solamente de Francia, sino también de Europa y América. Parece que un australiano acaba de batirlo, pero mi excelente amigo y colaborador Recordman me aconseja esperar la confirmación de esta supuesta victoria. "Le doy con placer las informaciones que usted solicita. "La máquina que monto es un velocípedo de madera construido en el 64 por un carretero de Pont-L'Evéque, desgraciadamente fallecido después. La marca se ha hecho relativamente rara en el mercado y no conozco a nadie que posea una máquina semejante a la mía fuera del señor Paul de Gaultier de la Hupinière, uno de los más alegres estetas de Flers (Orne). "En la época en que esas máquinas fueron construidas, Dunlop era un chiquillo y Michelin un niño de teta, de manera que los neumáticos estaban provisoriamente reemplazados por una delgada cinta de palastro que, menos flexible quizás que el caucho, posee sobre esta sustancia la ventaja de su rara coríacidad. "Para el palastro, los guijarros del camino son un juego de niños y los vidrios de botellas apenas una diversión. "Poseo el récord del milímetro en pista y en ruta. "En pista, sin entrenadores, lo he cumplido en menos de 1/17000 de segundo. "En ruta, mi tiempo es un poco mayor: 1/14000 de segundo. "Debo agregar que, en esta última prueba tuve un espantoso viento en contra, reforzado por una lluvia torrencial. Y además -quizá debiera callar este detalle-, mis entrenadores, los señores X . . . e Y . . .17, como consecuencia de la absorción sin duda excesiva de whisky stone lente18, se hallaban, como por azar, borrachos perdidos. "Espero, por otra parte, superar mis marcas en el curso del mes de setiembre próximo. "Con este fin me entreno firmemente, trabajando catorce horas por día, la mitad sobre una colcha (que representa un tigre en medio de la jungla), la otra mitad sobre arena húmeda. "Mi alimentación se compone de huevas de lenguado apenas cocidas, que acompaño con una infusión de gramilla cortada con un tercio de cabillos de cerezas. "Usted me pregunta cuál es mi actitud cuando monto mi máquina. "A este respecto he seguido siempre el consejo de una sentencia de la Escuela de Saverne que mi abuela me repetía a menudo en tiempos de mi infancia; es decir, nunca he dejado de mantenerme Rígido como un ciclamen Sobre mi biciclo. Amen.19 "Evito, pues, inclinarme sobre el manubrio y mi tronco y cabeza tienden, sin afectación a mantener la vertical. "He aquí, mi querido Allais, los detalles que usted ha solicitado de mi bien conocida oficiosidad y de mi cortesía, cuyo elogio no es necesario hacer. "Para las informaciones complementarias, consulte mi próximo libro (en prensa), Confesiones de un hijo del (bi)ciclo20 -No dejaré de hacerlo. -Pero ese récord no es el único que pretendo poseer. He trabajado afanosamente y obtuve también -salvo que haya reclamaciones ulteriores- el del porrazo". -¿El récord del porrazo? -¡Exactamente! Y Cap se expresa de esta manera: -Para un ciclista, saber mantenerse sobre su máquina es algo de poca importancia; en cambio, saber caerse sí es importante. La gente inteligente lo comprenderá fácilmente. "... Gracias a un entrenamiento concienzudo y cotidiano, he obtenido los resultados siguientes, en pista: "Para el minuto: 18 caídas 3/8; para la hora: 1.097 caídas; 69 para el metro y 7.830 para el kilómetro. ... Mi procedimiento: he comenzado por recubrirme el cuerpo con almohadillas hechas con viejos neumáticos cuyo espesor he disminuido gradualmente. Poco a poco volví a inflarlos, pero reemplazando el aire por municiones de bicicleta. "Actualmente estoy en forma y ayer he caído sobre un montón de botellas a las que he literalmente molido sin causarme la menor lastimadura... Mi máquina: una simple rueda de carro con manubrio a contrapese para acelerar la caída. Eje fijo. No empleo aceite." Siguen algunos detalles que podrían fatigar al lector poco habituado a las especulaciones técnicas. El Captain Cap se pone a la disposición de cualquier fulano para la disputa de un match relativo al porrazo que este individuo desee proponerle. Si le creemos, nuestro intrépido y deportivo amigo retendría también el -récord del descenso de la escalera de seis pisos. Démosle la palabra. ` ... Por placer tanto como por higiene, practico el pedestrismo a ultranza. El Judío Errante, del que hacéis vuestro Dios, comparado conmigo no es más que un pesado sedentario. "No hay deportes serios sin entrenadores, ¿no es cierto? Ahora bien, mis magros recursos actuales21 me impiden remunerar a semejantes terceros. "Entonces, ¿qué he imaginado? No busque usted, He imaginado tomar como entrenador a cualquier recién venido, al último que llegue, al general Brugère, al abate Lemire, a Carolus Duran, me importa un pito. "Adopto el paso del ser escogido y me voy. "El ser escogido se da cuenta en seguida del truco. Acelera el paso. Yo el mío. Y así partimos, con un impulso formidable. "A veces me toca, un individuo poco apropiado para esta clase de solidaridad. Un bastón se quiebra sobre mi fisonomía, unas manos pesadas se depositan sobre mi facies. "Más a menudo que victorioso, llego a mi casa titular de una cara que es una esponja sanginolenta. "¡Todas éstas son cosas excelentes para conservar el récord del porrazo! "¡Qué importa! "Pero nos hemos apartado un poco de mi récord... Ya vuelvo... Pero antes un pequeño thunder22, ¿qué le parece?" -De acuerdo. -Ayer se me ocurrió la idea de tomar una entrenadora en lugar de un entrenador. "¡Exactamente! Una hermosa rubia. "¡Y adelante! "Desgraciadamente, embalé demasiado en el rush final; devoré los seis pisos detrás de mi rubiecita en menos que canta un gallo y fui a caer sobre el marido de la rubiecita. "O más bien, el marido de la rubiecita cayó sobre mí. "Sin perder mi sangre fría, consulté mi reloj en ese preciso instante: eran las 5 horas, 17 minutos, 34 segundos. "Cuando llegué al pie de la escalera, la curiosidad me impulsó a constatar qué hora podría ser. Eran exactamente las 5 horas, 17 minutos, 41 segundos. "Una simple resta me informó que había descendido los seis pisos en siete segundos, o sea a razón de algo más de un segundo por piso. "Lo cual, entre nosotros, mi querido Cap, es un espléndido resultado. "Que trataré de perfeccionar aún." CAPITULO XI Nuevo proyecto del Captain Cap para las comunicaciones interastrales. El resplandor desacostumbrado de Marte -debido por otra parte a la adopción general del pico de gas Auer por los habitantes de este planeta- ha puesto sobre el tapete de la actualidad la siempre interesante cuestión de las comunicaciones interplanetarias. Si realmente, en el seno de los planetas circundantes hierven mundos animados, ¿cómo hacer para avisarles que la tierra, nuestra pequeña tierra querida, está poblada de seres inteligentes (hablo de mis lectores) capaces de entrar en comunicaciones con ellos? Charles Cros23 se ha preocupado por este asunto y ha publicado un informe muy curioso en el cual propone un sistema de señales luminosas que comienzan por un ritmo muy simple para llegar a otros más complicados, pero muy susceptibles de ser percibidos y comprendidos por individuos de organización cerebral análoga a la nuestra. Todo. esto es muy lindo, pero para transmitir señales útiles a la gente, es necesario que esa gente esté advertida de nuestros manejos o que por azar os miren en el momento en que os ocupáis de ellos. Si un amigo suyo, supongamos, pasa por la otra vereda del bulevar y usted desea cambiar con él algunos comentarios picantes, usted llama su atención. ¿Cómo? ¿Con un gesto elegante? Sí, si él lo mira a usted en ese momento. ¿Y si no lo mira? ¿Llamándolo? ¡Eso es lo que quería haceros decir...! Llamándolo. Si los marcianos o los selenitas nos dan la espalda en ese momento hay que gritar muy fuerte para que se den vuelta. Ya vais viendo el proyecto. Movilizar, durante una hora, a toda la especie humana, a todos los animales, todas las campanas, todas las pistolas, fusiles, cañones, todas las asambleas deliberantes, todas las orquestas, desde la de los Conciertos Lamoreux hasta la Banda Municipal de Honfleur y la fanfarria de la reina de Madagascar, etc., etc., los pianos, las suegras, en una palabra todos los seres u objetos capaces de producir un sonido. A la misma hora (al mismo instante, más bien, porque la hora es relativa), toda esa población humana y animal se pondría a gritar como sordos, las campanas del mundo entero comenzarían a sonar. las pistolas, fusiles y cañones a disparar, etc., etc. Ese bonito ruidito duraría una hora. Luego de lo cual cada uno iría a acostarse "sobre sus dos orejas"24, si por casualidad las tuviera aún en su lugar. Ahora sólo habría que esperar. Cumo la distancia entre Marte y la Tierra es de... kilómetros y la velocidad del sonido es de ... kilómetros por segundo, los marcianos escucharían nuestro concierto al cabo de .. . horas, ... minutos y .. . segundos. Pasado el doble de ese tiempo, más el tiempo mora) para la organización de una respuesta, si no escuchamos ningún clamor astral es que los marcianos son sordos como tapias o que se les importa tanto de nosotros como de su primer bock (de cerveza de marzo25). Y será entonces el momento de desilusionarme de la astronomía. CAPITULO XII Relato increíble, pero verídico, sobre la doma de animales, obtenida sin esfuerzo por pacientes bípedos. El domingo pasado encontré al Captain Cap en las carreras de Auteuil y sentí, en esa circunstancia, una gran alegría, sobre todo porque creía que nuestro simpático navegante se hallaba en la rada de Bilbao. La jornada del domingo pasado no está tan hundida en los abismos de la Historia como para no recordar que reinaba un tiempo abominable26. -Mojado por mojado -concluyó Cap luego de los saludos habituales, preferiría humedecerme en el seno de la Australian Wine Store de la avenida Eylau. ¿No es también su opinión? -Estoy en todo de acuerdo con usted, Captain. -¡Entonces, allá vamos! Y allá fuimos. -¿Qué serviremos a los señores? -preguntó la graciosa patroncita. -Para mí -dije-, como il pleure dans mon coeur comete il pleut dans la ville27 voy a mandarme un buen Angler's cocktails28. -¡Buena idea! Yo también voy a mandarme un gngler's cocktail. Prepárenos, señora, dos buenos Angler's cocktail, por favor. En ese momento entró en el bar un hombre conocido de Cap y que éste me presentó. No oí bien su nombre, pero su profesión, así viva yo tanto como una caterva de patriarcas, nunca la olvidaré. ¡El amigo de Cap se intitulaba modestamente como chef de música a bordo del Goubet!29 Ese extraño funcionario se puso a contarnos historias aún más extrañas. Había pasado todo el verano -afirmó- amaestrando almejas. -La almeja no merece su vieja fama de estúpida. Sólo que hay que tratarla con delicadeza, pues es un molusco esencialmente tímido. Con suavidad .y con música se hace de ella lo que se quiere. -¡Vamos, vamos! -¡Palabra de honor! El que le habla (y el Captain Cap le dirá si soy un bromista) ha llegado, tocando aires españoles en su guitarra, a hacerse acompañar por almejas que tocaban las castañuelas. -¡Eso es lo que yo llamo un buen resultado! -¡Entendámonos...! No digo exactamente que las almejas tocaban las castañuelas; pero por medio de un pequeño choque repetido de sus valvas imitaban las castañuelas, y muy bien, créamelo. ¡Nada más extraño, señores míos, que ver a todo un peñasco lleno de almejas tan perfectamente rítmicas! -Estoy de acuerdo en que aquél no debía ser un espectáculo vulgar. Durante todo el relato del jefe de música del Goubet, Cap no había. proferido una palabra, pero su airecillo inquieto no presagiaba nada bueno. Estalló: -¡Gran cosa, amaestrar almejas! ¡Es un juego de niños... ! ¡He visto cosas diez veces más extrañas que ésa! El jefe de música del Goubet no pudo reprimir un giro sobresalto. -¿Diez veces más raras? ¿Diez veces? -¡Mil veces! He visto en California a un hombre que había enseñado a los pajaritos a posarse sobre los hilos del telégrafo en la posición de la nota musical que les había asignado. -Nos parecen indicadas algunas explicaciones complementarias. -Allá van: mi personaje elegía una línea telegráfica compuesta de cinco hilos, los cuales representaban las líneas de un pentagrama. Cada uno de sus pájaros estaba enseñado de manera que representaba un do, un re, un mi, etc. En lo que se refiere a los tiempos, los pájaros blancos representan a las blancas, los negros a las negras, los pequeños a las corcheas, y los más pequeños aún a las semicorcheas. Mi hombre no iba más allá. -¡Ya con eso no estaba mal! -Procedía así: acudía al lugar del espectáculo llevando enormes canastas repletas de sus pájaros. Después de haber abierto una canastilla especial, indicaba la clave en la cual se ejecutaría la pieza. Una culebra salía de la canastilla especial, se enroscaba alrededor del poste telegráfico y montaba hasta los hilos entre los cuales se enroscaba de manera que figuraba una clave de fa o de sol. Inmediatamente, el hombre comenzaba a interpretar su pieza con su trombón a vara de mimbre. -Perdóneme que lo interrumpa, Cap. ¿Un trombón a vara de ... qué? -De mimbre. ¿Usted ignora que los paisanos californianos son muy expertos en el arte de fabricar tromoones a vara de mimbre? -Lo único que he hecho fue atravesar California; no tuve ocasión de demorarme sobre el menor detalle etnográfico. -Así, pues, a cada nota emitida por su instrumento, un pájaro levantaba vuelo e iba a colocarse en el lugar conveniente. Cuando todo ese mundillo volátil se hallaba instalado el concierto comenzaba y los pájaros emitían su nota cada uno a su turno. La patroncita30 del Australian Wine Store parecía hallarse en el colmo de la alegría al escuchar a tan mirífica imaginación y, como nosotros manifestábamos una vaga incredulidad, se encargó de venir en auxilio de Cap con estas palabras, que pronunció gravemente: -Todo lo que acaba de decir el Captain es rigurosamente exacto. Yo he visto a esos pájaros melómanos. Fue -¿no es cierto, Cap?- sobre la línea telegráfica que va de Tahdblagtown a Loofock-Place. CAPITULO XIII Descripción ociosa y por consiguiente detallada de las manipulaciones minuciosas y eficaces por medio de las cuales se renuevan los confeti usados. Cap se zampó de un solo trago el gran vaso de american grog31 que acababan de servirle y me dijo: -¿Tanto le embroma, entonces, la penosa incertidumbre en la que usted se debate? -Dígame usted, ¿qué penosa incertidumbre, Captain? -La de saber exactamente a dónde van a parar las lunas menguantes. -En cuanto a mí..., puedo asegurarle, Cap, que las lunas menguantes están en completa libertad de ir adonde se les antoje y que no iré a buscarlas. Como si sus orejas fueran de granito, Cap persistió. -¡Y también las nieves de antaño32, mi pobre amigo! ¡Usted está angustiado por sus destinos! -Me preocupo tanto por las nieves de antaño como un pescado por una manzana. ¡Ah, por cierto, Cap que estoy torturado por una mortal obsesión, pero es de un carácter más humano! -Creía que Cap se interesaría por mis pesares y que me interrogaría al respecto. ¡Ah, nada, nada de eso! -¿Y también los confeti usados, no es cierto? -continuó inmutable-. ¿No irá a decirme que no le interesa? Esta vez decidí cambiar de táctica, y, para desconcertarlo, fingí interesarme prodigiosamente por la suerte de los confeti usados. -¡Ah, los confeti usados! -exclamé, poniendo los ojos en blanco-. ¿Adónde van a parar los confeti usados? Cap tenía su hombre. -Le voy a decir adónde van a parar los confeti usados. Y, para no descorazonar al vientre de Cap, rogué al mozo que nos sirviera -pues acababa de pescarme un serio resfrío- dos ale-flips33 bien servidos. -¿Los confeti usados? Ya no hay confeti usados, o más bien, ya no los habrá. -¡Veamos eso! ¿Cómo es ese fenómeno? -A causa de la Nueva sociedad central para el lavado de los confeti parisienses, de cuyo consejo administrativo soy presidente. -¡Cuéntemelo todo! -Nada más curioso que el funcionamiento de esta industria. Salgo maravillado de la fábrica. -Cap, ¡detalles, por favor! -Helos aquí en pocas palabras: el día siguiente del martes de Carnaval y otros días locos, nuestros empleados, munidos de un equipo ad hoc, juntan todos los confeti que se hallan sobre las veredas de París y los llevan a nuestra sede social: calle Mazagrán N° 237. -Bueno. -Los confeti son sometidos a una operación previa que se llama escogimiento y consiste en separar los confeti secos de los húmedos. Los primeros pasan por el ventilador, que los despoja del polvo ambiental: es el desempolvado. -¡Lo hubiera apostado! -Estos confeti son sometidos ahora al desarrugado, operación que consiste.. . -En desarrugarlos. -¡Precisamente...! Por medio de una pequeña plancha calentada a una. temperatura determinada... Quedan aún los confeti húmedos. Estos son transportados, por medio de grandes tolvas epicicloides a vastos hornos donde se secan. -¿Es lo que, sin duda, ustedes llaman el secado? -¡Precisamente... ! Una vez secos, los confeti son violentamente proyectados en una caja cuya forma recuerda en cierta manera a un paralelepípedo. Esta caja está provista de una pequeña rendija imperceptible por la cual escapan, uno por uno, los pequeños discos de papel. A la salida del confeti es atrapado por una minúscula pinza articulada y es sometido a la acción de un cepillo muy pequeñito, eléctrico y vibrátil. Es lo que llamamos... -El cepillado. -¡Precisamente...! Otra selección se impone ahora. Entre los confeti así cepillados se encuentran algunos nanchados de materias grasas, fenómeno proveniente le su contacto con los residuos domiciliarios. Estos áltimos son cuidadosamente separados de los otros. -Es lo que ustedes llaman el separado. -¡Precisamente. . . ! Los confeti grasos son echados en una solución de carbonato de potasio que saponifica las materias grasas y las hace solubles. Sólo falta lavarlos con abundante agua para librarlos de toda reacción alcalina. Obtenemos ese resultado por medio del... -Lavado con abundante agua. -¡Precisamente...! Entonces vuelven al horno, se los plancha... -¡Y listo! -¿Usted cree que eso es todo? -¡Caramba! -Y bien; se equivoca usted. La operación apenas sí ha comenzado. Un matiz de espanto se reflejó en mis ojos. -Usted no ignora -continuó Cap- lo penoso que es recibir confeti en los ojos o en la boca. -Créame: he pasado por esas cosas. -De ahora en adelante, ese martirio será de lo más provechoso. Los confeti, embebidos en líquidos de composición variable, adquieren densidades diferentes. Los más pesados se dirigen hacia la boca, los más livianos hacia los ojos (entre paréntesis, el cálculo fue motivo de delicadas especulaciones). -No tengo inconveniente en creerlo. -Los confeti destinados a la boca están impregnados de esencias balsámicas infinitamente favorables para las vías respiratorias. -Déjeme usted decir que aquellos destinados a los ojos están cargados de elementos llenos de solicitud hacia los órganos de la vista. -¡Ah, a. usted no se le puede ocultar nada! -¡Salud, mi querido Cap! -¡Que Dios lo bendiga, mi viejo Allais! CAPITULO XIV El Captain Cap y la defensa nacional. Nueva manera de transportar despachos. La crítica del general Dragomirov. El primer ser humano que vi, al salir de la estación, fue mi viejo amigo el Captain Cap, que transitaba soñadoramente por la calle Amsterdam. Previendo este suceso, la mano de Dios tuvo, otrora, la precaución de ubicar en ese lugar al Irish bar de nuestro viejo Austin34. ¡Y, además, había hecho tanto calor desde el bar de Serquigny, mi última etapa! Entramos. ...¡Ocho meses que no veía al Captain...! ¡Ocho meses...! ¡Feliz encuentro! ¡Y qué bien olía el Old Tom gin de ese fresco barcito! -¡Dome su mano, Cap, para estrecharla una vez más! -¡Y usted la suya, viejo ingrato! -No me acuse, Cap. -Sí, ya sé... El Captain tenía tantas cosas para contarme que no sabía por dónde comenzar. Acudí en su ayuda. -¿De dónde viene usted, Cap, con esa ropa de viaje? -De las grandes maniobras del Este. -¿Estuvo lindo? -¡Oh, no he tenido tiempo de mirar a las tropas. . . ¡Tenía otras cosas que hacer! -¡Veo con placer; mi querido Cap, que usted no ha cambiado! Porque no hay nadie en el mundo -salvo usted y algunos ciegos- que vaya a las maniobras y no le eche una mirada a los militares. -Sólo estuve en contacto con los generalísimos Zulliden, Félix Faure35 y Dragomirov36. -¡Tiene usted muy buenas relaciones, Cap! -Diga más bien que esos señores se han honrado conociéndome. -¿Al menos han sabido apreciarlo? -No pudieron menos, ya que mi invención es de esas que se imponen a la admiración de los más grandes personajones. -¿Su invención, Captain? -Mi invención, sí. -¡Ah, ah! Este ¡Ah, ah! ocultaba, por mi parte, una intolerable comezón por conocer la nueva idea de mi prodigioso amigo. Pero él se refugiaba en el inexorable claustro del mutismo. -¡Vamos, Cap, sea amable, y dígame alguna cosa de su invención! -¡Imposible! -Dígame, aunque sea, de qué se trata. -¡Imposible, imposible! Eso comprometería a la defensa nacional. -¡La defensa nacional, la salvación de la Patria! ¿Usted me habla de esas fruslerías, usted, Cap, el apóstol del antieuropeísmo? -La salvación de Francia me interesa tanto como una partida de pocker dice37 y me gusta mucho el pocker dice. Me puse de pie, tendí la mano a Cap y, con voz consternada, le dije: -¡Hasta la vista, o mejor adiós, Cap! -¡Adiós! ¿Por qué adiós? -Porque no quiero volver a ver jamás a un amigo cuya confianza he perdido. -¡Vamos, siéntese usted, niño grande, voy a decírselo todo... ! Pero júreme que ni una sola de mis palabras saldrá de aquí. -¡Lo juro! -Mi idea, como todas las ideas geniales, es de una simplicidad vertiginosa. Consiste en reemplazar, para el transporte de despachos militares, a las palomas mensajeras por peces. -¿Peces voladores? -No, peces que nadan simplemente como peces. El pez es eminentemente educable, mucho más que la paloma (que, como su nombre lo indica, es boba38). Además, es de una discreción perfecta... ¿Ha visto usted alguna vez a un pez parlotear con sus semejantes? -¡Nunca, Cap! -El pez era, pues, muy indicado para representar el importante papel de mensajero militar. Lleva los despachos de un general a otro tan fielmente, con mayor seguridad y más rápido que cualquiera paloma idiota. -¡Y pensar que nadie lo había pensado! -¡La gente es tan tonta! -¿Han tenido éxito sus ensayos en las maniobras del Este? -¡Plenamente! Mi equipo de peces viajeros ha prestado excelentes servicios en Saussier. Félix Faure estaba asombrado. -¿Y Dragomirov, qué dijo? -¡Dragomirov estaba furioso! Dice que hacer llevar los despachos a los peces le arruina el caviar. CAPÍTULO XV El Captain Cap frente al asunto de los osos blancos. Sería necesario el lápiz de Callot, apoyado por la pluma de Pierre Maél, para dar apenas una débil idea de la emoción que embargaba a ambos -al Captain Cap y a mí- cuando volvimos a encontrarnos, al cabo de tres meses de separación. Nuestras manos se lanzaron la una sobre la otra, como mutuas tenazas, y quedaron entrelazadas largo rato. Nos costaba contener las lágrimas. Cap rompió el silencio y su primera frase fue para reprocharme que volivera a esta burocrática y mefítica Europa, sobre todo a esta burlesca Francia donde, según el Captain, estd prohibido ser uno mismo. Cap hablaba, hablaba, tanto para ocultar su muy real emoción como para expresar, con verbos definitivos, sus legítimas reivindicaciones. Fue así como llegamos lentamente frente al Australian Wine Store de la avenida Eylau, allí donde hay una patroncita que parece un gordo y fresco baby chileno. Nuestra emoción debía haber dejado huellas visibles en nuestras fisonomías, pues el barman nos preparó, sin que fuera necesario intimarlo, dos brandy cocktails39, brebaje que se recomienda a sí mismo en estas circunstancias. Un gentleman se hallaba instalado en el bar, frente a un irish whisky bien servido, rociado con una pequeñísima cantidad de agua. El irish whisky con demasiada agua pierde casi todo su sabor. Cap conocía a ese gentleman; me lo presentó: -El señor barón Labitte de Montripíer40. Adoro las diferentes relaciones de Cap. Casi siempre experimento con ellas un asensación de pintoresquismo que raramente encuentro en otras partes. Según parece, el barón acaba de obtener una patente con la cual cuenta edificar una fortuna principesca. Gracias al empleo de procedimientos hasta ahora secretos, el barón ha logrado quitarle al caucho esa elasticidad que lo hace inadecuado para muchos usos. Dios mío, ¿adónde irá a parar la industria moderna? ¿Adónde se detendrá? Cuando hubimos agotado la cuestión del caucho deselastizado, la conversación se encaminó hacia el tema de la higiene. El barón contempló nuestro brandy cocktail y emitió esta reflexión, que empujó a Cap a una repentina y sombría cólera: -Usted sabe, Captain, que beber tanto hielo es muy malo para el estómago. -¿Malo para el estómago, el hielo? ¡Pero usted está borracho, barón, o desprovisto de todo sentido moral, para aventurar semejante absurdidad, tan blasfematoria como irracional! -Pero... -Pero... ¡nada! ¿Conoce usted un animal tan vigoroso y saludable como el oso blanco de las regiones polares? -No, ¿no es cierto? No lo conoce. Y bien, ¿cree usted que el oso blanco bebe tres veces por día té hirviendo? ¿Té hirviendo sobre los bancos de hielo? Pero mi querido barón, ¡usted está loco! -Perdón, Captain, yo no he dicho que... -Y ha hecho bien, porque si no sería usted el hazmerreír de la gente de sentido común. Los osos blancos de las regiones polares sólo beben agua helada y se sienten admirablemente bien, tanto que su robustez tiene carácter legendario. ¿Acaso no se dice: fuerte como un oso blanco? -Evidentemente. -Y ya que estamos hablando de los osos blancos, ¿me permite usted, mi caro Allais, y usted también, mi caro Labitte de Montripier, que les revele un hecho tan desconocido por los naturalistas que aún no se lo he comunicado a nadie? -Es una fortuna para nosotros, Captain; y un honor. -Saben ustedes por qué los osos blancos son blancos? -¡Caramba! -Los osos blancos son blancos porque son viejos -Sin embargo los jóvenes.. No hay osos blancos jóvenes. Todos los osos blancos son viejos osos, como los hombres canosos son viejos hombres. -¿Está usted seguro, Captain? -Lo he experimentado yo mismo. El oso, en general, es un plantígrado extremadamente informado y muy entendido en todo lo que concierne a la higiene y la salud. En cuanto un oso cualquiera, sea marrón, negro o gris, se siente envejecer, en cuanto descubre en su pelambre las primeras canas, ¡oh!, no duda un instante: huye en dirección al Norte, sabiendo perfectamente que solo hay un procedimiento para alargar la vida: el agua helada. Usted oye bien, Montripier: ¡el agua helada! -¡Es muy curioso lo que usted nos cuenta, Captain! -Y tan cierto que no se encuentran nunca osos viejos o esqueletos de osos en ningún país del mundo. ¿Ha paseado usted alguna vez por los Pirineos? -Bastante a menudo. -Y bien, poniendo la mano sobre su conciencia. ¿ha encontrado alguna vez en su camino a un viejo oso c un cadáver de oso? -Nunca. -¡Ah!, ya ve usted. Todos los osos van a envejecer y morir dulcemente en las regiones árticas. -De manera que con razón podríamos llamar a esa región el ártico de la muerte41. -¡Montripier, usted es muy tonto...! Se podría poner una objeción a mi teoría del oso blanco; es la forma de ese animal, diferente de la de los demás osos. -¡Ah, sí! -Esta objeción no es tal. El oso blanco toma su forma alargada a causa de su régimen alimenticio, exclusivamente ictiofágico. En ese momento, Cap afectó una actitud tan triunfal que tuvimos por palabras evangélicas esta última aserción, cuya lógica era, sin embargo, poco enceguecedora. Al mismo tiempo degustamos un Rocky Mountains punch42 recargado enormemente de hielo, para asegurarnos una vejez vigorosa. CAPITULO XVI El antifiltro del Captain Cap o un nuevo medio de tratar a los microbios como ellos se lo merecen. -¿Sería una indiscreción preguntarle, mi querido Cap, qué contiene el paquete que lleva usted bajo el brazo? -De ninguna manera, querido amigo, de ninguna manera. Y con una complacencia de los tiempos caballerescos, Cap desenvolvió su paquetito y me presentó su contenido, un objeto cilíndrico, hecho de cristal y de níquel, que encerraba algunos detalles bastante tenebrosos. -¿Qué piensa usted que pueda ser? -interrogó Cap. -Es un filtro semejante al filtro Pasteur. -¡Bravo -exclamó Cap-, usted lo ha adivinado! Lo ha adivinado perfectamente, salvo un pequeño detalle, sin embargo: que en lugar de ser un filtro es un antifiltro. Un vivo y mudo estupor se esbozó en mi rostro y me costó un esfuerzo articular: -¡Un antifiltro, Cap, un antifiltro! -Sí -respondió fríamente el Captain-, un antifiltro. -¿Qu'és aco?43. -¡Oh, Dios mío, es muy simple! Gracias a este aparato usted puede transformar el agua más pura en un líquido amarillento y saturado de microbios. ¿Percibe usted ya las ventajas de mi utensilio? -Las percibo, Cap, pero no alcanzo a distinguirlas bien. -¡Qué niño es usted! ¿Usted cree en la antisepsia? -¡Hombre! -¿Y en la asepsia? -¡Hombre, también! -¡Pobre inocente! Usted pertenece a las huestes del mayor Heitner, el cual sólo considera potable el agua primera transformada en hielo y luego largamente hervida en una marmita autoclave; todo eso con la esperanza de que todos los microbios disponibles morirán de un calofrío. -De un frigocalor, querrá más bien decir, Captain... -¡Toma!, es cierto, no lo había pensado. Ese mayor Heitner es aún más inconsecuente de lo que pensaba. Y para borrar la mala impresión de la inconsecuencia excesiva del mayor Heitner, Cap y yo penetramos en uno de esos pequeños american bars que constituyen el más hermoso ornamento de la vuelta de Villefranche. Luego de la ingurgitación de un lemon-squash44, Cap continuó: -La estúpida guerra que el hombre ha emprendido contra los microbios, dentro de poco ha de .costarle cara a la humanidad. -¡Dios nos guarde, Cap! -¡Se mata a los microbios, es cierto, pero no a todos! ¿Y cómo llama usted a los que resisten? -No los llamo, Cap; vienen solos. -¡Ah!, ¿usted no los llama? Y bien, yo los llamo ratas bravas. Estos salen de la prueba más vigorosos que antes y terriblemente templados por la lucha. En la batalla por la vida, los individuos que no sucumben ganan un entrenamiento y un vigor que transmiten a su especie. ¡Cuidémonos! -¡De rodillas, Cap, y oremos! -Dejemos las plegarias a las mujeres y los niños. Nosotros, los hombres, tomemos a la realidad por el pescuezo. He aquí mi teoría sobre los microbios: en lugar de combatir a esos pequeños seres, adormezcámolos en la ociosidad y el bienestar. Ofrezcámoles medios de cultivo favorables y encanta¡dores. Que nuestro cuerpo sea la Capua de esos Anibales microscópicos. -¡Muy gracioso, eso de los Anibales microscópicos! -Entonces, ¿qué pasará? Los microbios se acostumbrarán a esa falsa seguridad. Pulularán a su gusto; pero cuanto más numerosos sean, serán menos peligrosos. Rápidamente caerán en plena degeneración... -Y Max Nordau escribirá un libro sobre ellos. Será muy divertido. -¿Qué me dice de mi teoría, eh? -¡Asombrosa, Cap! ¡Paz a todos los microbios de buena voluntad! Y para comenzar la puesta en práctica de su idea ¿les gusta el irish cocktail45 a los microbios? -¡Lo adoran, Alphonse, no tenga la menor duda! -Entonces, mozo, dos gin cocktails, y prepárelos carefully, ¿sabe usted? -Y largefully -agregó el Captain Cap con su encantadora sonrisa. Si realmente los microbios adoran las bebidas americanas, aquella fue una buena jornada para ellos, individualmente, pero deplorable para su raza. CAPITULO XVII Donde el Captain Cap logra ascender en el aire como un pájaro sin necesidad de aparato alguno. Ese pobre Captain Cap comenzaba a importunarme extrañamente con sus aerostatos, máquinas volantes, planeadoras y otras que me dejan indiferente por igual. Iba a retirarme con cualquier pretexto, cuando un gentleman de robusto aspecto que parecía tener mucho interés en las grandes ideas de Cap se levantó, se acercó tendiéndonos de la manera más correcta su tarjeta, una tarjeta muy elegante impresa por Stern, en la cual podían leerse estas palabras: SIR A. KASHTEY Winnipeg Cap y yo queremos mucho al Canadá, y encontrar a un canadiense, incluso un canadiense inglés, siempre nos transporta de alegría. Por ello acogimos con gesto cortés a ese noble extranjero que consistió en beber un champagne-gobbler46 con nosotros. Cuando hubimos intercambiado los preliminares de la cortesía corriente: -¡Es que -continuó A. Kashtey- la aerostación tiene algo que ver conmigo...! ¡La he practicado en condiciones quizás únicas en el mundo! Vi cómo Cap se encogía imperceptiblemente de hombros... ¡Condiciones únicas en el mundo...! ¡Temerario extranjero! Sin dejarse apabullar, Kashtey agregó: -Lo particular de mi ascensión fue que el globo era yo mismo. Luego de haber tenido la gentileza de hacer llenar nuestros vasos, sin A. Kashtey continuó: -Hace una decena de años de esto... Yo comandaba el brick King of Feet, cargado de ácido sulfúrico, con destino a Hochelaga. Una noche, en la desembocadura del Saint-Laurent, fuimos cortados en dos, limpiamente, por un gran steamer de la Dark-Blue Moon Line, y nos fuimos a pique, cuerpos y bienes. -¡Qué tristeza! -¡Muy triste, en efecto! Yo tenía puestas mis botas de mar de piel de lobo-foca, impermeables, si queréis, pero poco indicadas para batir récords de natación. Sin embargo, tuve la felicidad de poder flotar unos instantes sobre un madero. Por fin, embotado por el frío, hice lo que mi barco: me hundí. Pero... escúchenme ustedes bien: no había perdido ni una gota de mi sangre fría, y mi programa estaba totalmente trazado en mi mente. -¡Usted sí que es un hombre de sangre fría! -La tuve enormemente en esa circunstancia: la cosa ocurría a fines de diciembre. -¡Muy curioso, sir! -Di un golpe con el talón de mi bota en el casco de mi brick y arranqué un trozo de hierro que, luego de haber desmenuzado entre mis manos de atleta, me tragué de un golpe. Estaba dotado en esa época de un vigor poco común; atrapé una de las damajuanas de ácido sulfúrico naufragadas y tomé algunos tragos. -¿Todo eso en el fondo del mar? -¡Sí señor, todo eso en el fondo del mar! Uno no está siempre en situación de elegir su laboratorio. ¿Ustedes no adivinan lo que pasó, no es verdad? -Lo adivinamos; pero mejor explíquenoslo de cualquier manera, para aquellos lectores nuestros que sólo conocen de nombre al señor Berthelot47. -Tiene usted razón... Cuando se pone al hierro en contacto con el agua y un ácido, se desprende hidrógeno... Me bastó con cerrar herméticamente mis orificios naturales, en particular la boca, para que, al cabo de unos segundos, inflado de ese precioso gas; volviera a la superficie de las olas. Pero ... Como dice la cantinela de la criminal familia Fenayrou, yo había calculado mal el empuje del gas. No me contenté con flotar, me elevé por los aires, acunado por una bastante fuerte brisa del Este que me arrastró contra la corriente del río. Este deporte, nuevo para mí, al principio me encantó, pero rápidamente lo encontré (nenótono. Al alba entreabrí ligeramente los labios, como un señor que sonríe. Se evadió un poco de hidrógeno y, acercándome poco a poco a mi peso normal, al cabo puse pie en tierra, en un hermoso paraje que se llama Tadousac y que está situado en la desembocadura del Saguenay. ¿Conocen ustedes Tadousac? --¡Sí conozco Tadousac! ¡Y la bonita y vieja iglesia! (La primera que los franceses construyeron en el Canadá.) Y las jóvenes de Tadousac, que venden fotografías en la vieja pequeña iglesia, recolectando fondos para la construcción de una nueva basílica! (Y si estas líneas llegan a caer bajo la vista de una de esas jóvenes de Tadousac, que sepan que los señores P. F., E. D., B. de C. y A. A., han conservado de ellas un recuerdo a la vez imprescriptible y encantador48) Apenas cerrado mi paréntesis, el gentleman de Winnipeg terminó su relato con un desparpajo casi injurioso para el pobre Cap: -En cuanto puse pie en tierra, exhalé el escaso hidrógeno restante en mi panza y alcancé la salmonería de Tadousac cantando a voz en cuello esta vieja romanza francesa que me gusta tanto: Laissez les roses aux rosiers Et les éléphants au lord-maire.49 Visiblemente contrariado, Cap encogió los hombros y murmuró: -Este tipo no me da la impresión de ser un hombre serio. CAPITULO XVIII Descripción de una ingeniosa máquina inventada por Cap para hacer doscientos treinta y cuatro kilómetros por hora. Había encontrado a mi excelente amigo frente a la Leicester Tavern y le dije simplemente: -¿Entramos? -¡Ah, no! -respondió enérgicamente Cap. -¿Entonces al Chicago Bar, que está allí cerca? -¡Al Chicago Bar menos que a la Leicester Tavern! -Usted me inquieta, Cap. -Mientras dure el conflicto angloamericano no pondré los pies en ningún establecimiento John-Bullesco ni Uncle-Sámico50. En la situación que ocupo se me impone una neutralidad integral. -¿Y las cervecerías venezolanas? ¿Va usted a ellas? -Lo menos posible. .. Por otra parte no bebo más nada en París. Cuando tengo sed, voy a los departamentos, monto sobre mi nonupleta... -Perdóneme que lo interrumpa, Cap. ¿Sobre qué monta usted? -Mi nonupleta... ¡Ah!, usted no conoce mi nonupleta.. . Como su nombre lo indica, es un ciclo montado por nueve personas, así como la sextupleta está montada por seis. -¡Nueve personas! -¡Ah, mi nonupleta es una máquina formidable! Está compuesta únicamente por varillas de mimbre reunidas y reforzadas con cintas de papel engomado. -¿Nada de metal? -Nada de metal. Nada de eso. -¿Y es sólida? -¿Por qué no habría de serlo, dígame? ¡Una pantera es sólida! ¡Un albatros es sólido! Y a ver si usted puede citarme una pieza metálica que entre en la construcción de esos organismos... El buen Dios es demasiado astuto para emplear cualquier metal en la confección de sus criaturas. -Sin duda su nonupleta anda rápido... -A doscientos treinta y cuatro kilómetros por hora. -Cap, mi viejo Cap, mucho me temo que usted está abusando de mi ingenuidad. -¡En lo más mínimo, querido amigo, se lo juro! -¡Doscientos treinta y cuatro kilómetros por hora! -Ni un milímetro menos. Debo agregar, por otra parte, que mi nonupleta pesa en total, incluyendo a los corredores, alrededor de un kilo. -¡Todo se explica, entonces! ¿Pero un kilo -piensa usted- un solo kilo para tanta gente? -¡Debo agregar aún que mi nonupleta está alivianada por un globo cuya fuerza ascensional representa, con aproximación de un kilo, el peso de máquina más el de los corredores. -Pero ¿y la resistencia del aire contra el globo? -¡Ninguna! Mi globo tiene la forma de un tirabuzón de dos puntas, una hacia adelante, otra hacia atrás. Se atornilla en el aire como el tirabuzón se hunde en el corcho, es decir, sin resistencia apreciable… Sople de donde sople, el viento no logra siquiera hacernos encoger de hombros. -¡Pobre viento! -¡Vamos, mi querido Allais, decídase usted! ¡Venga con nosotros a tomar una copa en Dunkerque! -¡Complacido! Mi consentimiento pareció encantar a Cap, pero el capitán recordó de pronto que un ligero accidente había dañado, esa misma mañana, a una brizna de mimbre de su nonupleta. Finalmente entramos a un cafecito blanco y dorado, donde un mozo de edad incierta nos sirvió dos excelentes bocks de cerveza Tourtel. CAPITULO XIX Algo que puede llamarse sin temor la casa realmente moderna. -Y bien, mi viejo Cap, ¿qué piensa usted de eso? -¿De qué? Alcarcé al Captain el número del Journal en el cual Marcel Prévost trataba, con la autoridad y el encanto habituales, la cuestión de la casa moderna51. De una ojeada -una de esas ojeadas que el águila más perspicaz no dudaría en firmar- nuestro bravo camarada devoró rápidamente la citada crónica. Luego se encogió de hombros y, con la actitud que es familiar en él, dijo: -Su amigo Prévost me parece muy ingenuo al azorarse así por un montacargas de desperdicios y la calefacción de los baños. -¿Ha visto usted algo mejor que eso, Cap? -¡Hijo mío! -¿En Nueva Gales del Sur, sin duda? -No tan lejos. En la región Norte del Canadá, en Winnipeg, he visto la casa idealmente construida para ese clima, glacial en invierno y tórrido en verano. -¿Caloríferos? ¿Ventiladores? -¡Algo mejor que eso! Le hablo de un inmueble que, durante el invierno se coloca del lacio del sol... -¡Ah, mi viejo Cap ...! No me la harán más; ¡ésta ya la conozco! -¿Qué es lo que usted conoce? -Hay en San Remo un hotel que, entre otros señuelos, incluye en su prospecto esta curiosa indicación: "Gracias a una ingeniosa combinación, todas las habitaciones del hotel dan al mediodía"52. Ahora bien, ésta era la ingeniosa combinación: el hotel estaba compuesto por una hilera de habitaciones, las cuales tenían naturalmente la misma orientación hacia el mediodía. ¡Si es eso lo que usted llama la casa ideal...! -Cuando usted haya terminado de hablar, continuaré. -Continúe. -Como su hotel de San Remo, mi casa de Winnipeg es bastante estrecha, pues sólo tiene dos piezas; pero su singularidad reside en que está colocada sobre un gran carro que gira sobre rieles circulares. -Empiezo a comprender. -La mía es una casa giratoria. Adelante están las habitaciones principales, comedores, salones, etc.; atrás, la cocina, las habitaciones de la servidumbre, nichos para suegras, etc. Durante el invierno, estación durante la cual es recibido con ardor hasta el menor rayo de sol, mi casa está orientada hacia el levante y siguiendo al sol, gira durante todo el día hasta enfrentar al poniente cuando acaba el día, para luego recomenzar a la mañana siguiente. -Muy ingenioso. -Durante el verano, el tórrido verano de esos parajes, se realiza la operación contraria y así se puede huir de los calcinantes mediodías. -¡Admirable! -Estamos lejos, ¿no es cierto, amigo mío?, de la casa de Marcel Prévost, con sus tubos esmaltados que impiden a los microbios subir a las habitaciones. . . -¿Un pequeño coffee punch53, . Captain? . . . . . . -¡Con mucho gusto! -dijo Cap. CAPITULO XX ¡Una creación del Captain Cap: el Grandiose Billar Club! Como la lluvia no aparentaba hallarse decidida a dejar de caer, propuse al Captain Cap jugar una partida de billar, como para matar el tiempo. -¡Desgraciadamente -replicó Cap- no somos nosotros quienes matamos al tiempo, sino que el tiempo nos mata a nosotros! -Entonces, solamente para pasar el tiempo. -¡Desgraciadamente -insistió Cap- no somos nosotros quienes pasamos el tiempo, sino el tiempo que nos pasa a nosotros! Con. ese sistema se hubiera podido llegar muy lejos; por lo tanto creí oportuno no insistir,. Y sin embargo insistí. -De acuerdo -obtemperó el audaz navegante- ¿pero dónde? -Aquí mismo, Cap, en el primer piso. (Porque debo advertir al lector, si todavía hay tiempo, que esta escena transcurría en el cafecito blanco de la calle Azul, muy preferible, en mi opinión, al cafecito azul de la calle Blanca.) Cap se encogió de hombros: -¡Un billar en el primer piso! ¡Usted, bromea, querido! -Yo... -Tibillar que puede alojarse en un inmueble, por amplio que sea ese inmueble, no es más que un juguete para niñitos y niñitas. -¡Ah! -La última vez que jugué al billar, aquí donde me ve, mi querido Alphonse, fue en Nueva Gales del Sur. -¡Ah! -Y sobre un paño cuyo lado menor no medía menos de una milla marina y media (2 Km 787 m). -¡Diantre! ¡Amigo mío...! Y mi estupor, lo confesaré, se tiñó de una pizca de incredulidad. -¡Exactamente! -dijo Cap con su tono de voz más tranquilo. Y cuando ese diablo de hombre me contó su historia debí reconocer -¡maldita sea!- que la monstruosidad de su afirmación sólo era aparente. …En 188854, Cap, comisionado por el Instituto Libre de Baugival para hacer una exploración geológica en Nueva Gales del Sur, se aventuró en lo más hondo de un ancho valle en el cual la mano del hombre jamás había puesto los pies... Ninguna vegetación crecía en esos lugares por la excelente razón de que la tierra estaba reemplazada por un formidable yacimiento de malaquita. Contrariamente a lo que dice la vieja sentencia que pretende que la malaquita no aprovecha55, Cap sacó un asombroso provecho de esa riqueza mineralógica. En muy poco tiempo hizo nivelar horizontalmente el bloque de malaquita y fundó en Pifpaftown (la ciudad más cercana al yacimiento) el Grandiose Billar Club. Fueron necesarios más de seis mil quintales de caucho para rellenar solamente las bandas de ese importante billar. Las bolas -ingeniosa innovación- eran enormes quesos esféricos, de esos llamados de Holanda, compuestos de cierta pasta que un simple tratamiento (a la pirolignita de aluminio) transforma en marfil de primer orden. Con semejante instalación, por supuesto, los jugadores no habrían de servirse de palos como los que usamos usted y yo ... Alrededor de este exorbitante billar circulaban cañones montados sobre cureñas que rodaban sobre rápidos cable-cars de último modelo. Estos cañones proyectaban las enormes bolas sobre la superficie de la malaquita. La habilidad del jugador consistía entonces en apuntar bien y en dosificar convenientemente la carga de pólvora en el cartucho. Cap me aseguró que este deporte, a poco que se lo practique, se hace apasionante. Y no me costó ningún esfuerzo comprender el desprecio que sentía por nuestros pobres pequeños ridículos billares europeos. CAPITULO XXI Donde el Captain Cap nos da interesantes informaciones sobre el herraje de los caballos en las pampas australianas. -¿Y usted, Cap, qué piensa, de todo eso? -Todo eso... ¿qué? -Todo eso, todo eso ... -¡Ah, sí, todo eso! ¡Y bien, pienso una sola cosa, una sola! -¿Cuál? -¡Oh, nada! El diálogo continuó en este tono durante largo rato. Me sentía un poco deprimido y por su parte, Cap, habitualmente tan vivaz, estaba totalmente abatido. Cap bostezó, se desesperezó como un gran gato fatigado y adiviné en seguida lo que me iba a proponer: el inevitable cosmopolitan claret punch56 en algún bar sajón de las inmediaciones. Respondí por medio de dos monosílabos fuertemente emitidos: -¡No, Cap! Así Cap hubiera recibido sobre la cabeza todo el monte Valeriano lanzado por una mano firme no se habría desmoronado más formalmente. -¿Cómo -tartamudeó-, cómo ha dicho? -He dicho. No, Cap. -Entonces no comprendo. -Sin embargo es muy simple, Cap. En lo sucesivo, la intemperancia, cualquiera sea la forma bajo la cual se presente, me causa un horror indecible. He encontrado mi camino de Damasco. ¡Basta de excesos! ¡Normas! ¡Vivamos con la naturaleza! La naturaleza no conoce los brebajes fermentados o espirituosos. Si el alcohol no hubiera sido inventado, mi muy querido Captain, el hombre no hubiera sido forzado a imaginar la ducha. El pobre Cap me afligía notablemente. Esas palabras, emitidas por su viejo compañero de orgías, lo desconcertaban mucho. En su desesperación, creyó que se trataba de una broma. -¡No, Cap, es verdad! -insistía yo a pie firme. ¡Pobre Cap! Percibí que experimentaba la sensación, la horrible sensación fría y negra de que se le escapaba un camarada. -¡Tranquilícese usted, Cap! Si se evade un compañero, el amigo permanecerá siempre a su lado, pues he sabido ver, detrás de la supuestamente inextricable barrera de su exterior físico, el corazón de oro puro que se estremece en su interior. Tímidamente, Cap articuló: -¿Está usted desocupado esta tarde? -Sí, hasta las seis. -¿Qué diría usted de ir a dar una vuelta hasta el mesón de la Celle-Saint-Cloud. -¿Por qué no? Cap y yo tenemos todo un pasado relacionado con ?se mesón. ¡Cuántas veces el vinito claro y liviano que se degustaba allí contrastó curiosamente con los temibles american drinks de la víspera57. Reinaba todo el frío seco deseable para hacer una excursión por los alrededores de París. Nuestro pequeño moto-car de la casa Comiot rodaba altaneramente sobre la carretera. Apenas franqueadas las fortificaciones, en medio de no sé qué conversación, el Captain Cap creyó oportuno comparar nuestro garguero con una escofina. Tuve piedad. El cafetucho donde nos detuvimos estaba al lado de una herrería. Un olor de casco de caballo quemado llegaba hasta nuestras narices y nuestros tímpanos se afligían con el sonar de los demasiado próximos y estrepitosos yunques. Hacía mucho que Cap no viajaba por Europa. Le dejé decir, pues: -Realmente hay que venir a este sucio país para ver herrar a los caballos tan ridículamente. -¿Usted, Cap, conoce otras maneras de hacerlo? -¿Otras maneras..? Mil otras maneras, más expeditivas, más prácticas y más elegantes. -¿Entre otras? -Entre otras ésta, empleada corrientemente en las praderas del centro de Australia, cuando se trata de herrar caballos salvajes, caballos tan salvajes que es imposible acercarse a ellos. -¿Ha visto usted herrar caballos a distancia? -Pero mi pobre amigo, ¡para ellos es un juego de niños! -No soy curioso, pero... -Nada menos complicado, sin embargo. Los herreros de ese país se valen de un cañoncito de tiro rápido (bastante parecido al cañón Canet, con el cual, entre paréntesis, debiera ser armada urgentemente nuestra flota). En lugar de un obús, esas armas están cargadas de herraduras con todos sus clavos. Con un poco de entrenamiento y alguna aplicación, además de buena vista, el asunto es sumamente fácil. Usted espera a que el caballo galope en línea recta y le muestre las plantas de los pies -si así puede decirse- ... En ese instante, ¡pam, pam, pam, pam! usted dispara sus cuatro tiros -si así puede decirse- y vuestras herraduras van a aplicarse a los cascos del corcel. ¡Y allí está su mustang herrado! Y el pobre animal está tan asombrado que permite que uno se acerque a él con tanta confianza como lo haría una pierna de carnero con las alubias. -¡Maravilloso! -¿No es cierto? Sólo que, diantre, es necesario tener buena puntería. En ese momento, la criada del posadero entraba con un jarro de leche cremosa recién ordeñada. -¡Toma! ¿y si fabricáramos un ice-cream soda? Y, para gran estupefacción de los pobladores, Cap confeccionó uno de los más deliciosos ice-cream soda58 que yo haya paladeado en mi vida. CAPITULO XXII Donde el Captain Cap toma -¡y cuán abundantemente!- el pelo al estimable Sr. Alphonse Allais. No he de perdonar en mucho tiempo a ese frío fumista de Cap la atroz -¡sí, atroz!- broma que ejerció aquella vez en mi detrimento. Cuando se mezcla en una broma, Cap no desmiente su nombre de Captain y los barcos que comanda son verdaderos barcos. Hace unas semanas, un señor qué habíamos conocído en no sé qué francachela y con el cual inmediatamente habíamos sellado una inoxidable amistad, nos había recomendado encarecidamente: -Si van ustedes a Turena, no vayan a dejar el lugar sin pasar unos días en mi casa, en B . . . Les haré conocer unos vinitos...; ¡uno de esos Vouvray...!, ¡uno de esos Bourguel...!, ¡uno de esos Chinon. . . !,¡uno de esos Saint-Avertin...! Cuatro significativos chasquidos de lengua subrayaron su seductora enumeración. -Les harán olvidar -agregó- esos infernales whisky-cocktails59. Había olvidado hacía mucho tiempo la amable invitación del señor Laidgency (tal es su nombre) cuando Cap, una mañana, me propuso: -¿Sabes? Deberíamos ir a probar esos buenos vinos de nuestro amigo del otro día. -¡Buena idea....! ¡Mozo, la guía de ferrocarriles! Cuando llegamos a la estación de B ... constatamos la ausencia de la dirección exacta de Laidgency en nuestras libretas. -Bah! -dijo Cap- el primer cochero de ómnibus que veamos nos informará. Un tipo como ése debe ser popular en el lugar. En efecto, el primer cochero de ómnibus que vimos informó a Cap, y lo informó por medio de siete u ocho palabras apenas, pero que bastaron para iluminar a Cap. Insisto: No había oído la respuesta del cochero, pero, dada la infinitesimal duración del coloquio, podía, sin temor a exagerar, evaluar esta respuesta en siete u ocho palabras a lo sumo, para ser munificente. Cap me dijo: -Sé dónde es. Ven. La pequeña ciudad de B ... (como muchas aldeas de la línea de Orléans), tiene su estación situada en un suburbio bastante alejado de la verdadera aglomeración ciudadana, de la cual está separada por una larga avenida de tilos60. Contemporánea, por lo menos, de Francisco I, esta histórica ciudad presenta al viajero encantado una red inextricable de callejuelas pintorescas, convengo en ello, pero en alto grado laberintosas. La maravilla era que ese condenado Captam se movía en ese dédalo con la comodidad y la desenvoltura con que lo hubiera hecho paseándose por Chicago, Quebec, o cualquiera otra de sus ciudades natales. Una de dos, pensaba yo, o Cap ya ha venido a B ... -pero estoy seguro de lo contrario-, o anda a ciegas, con riesgo de que nos extraviemos. De vez en vez, con el gesto inspirado de un augur que consultara a los pájaros del cielo, Cap miraba al firmamento. Luego: -Tomemos por la derecha -indicaba autoritariamente. -¿Estás seguro ... ? Empiezo a sentirme fatigado, ¿sabes? Y mi amigo se encogía de hombros. De pronto: -¿Ves esa gran casa de ladrillos? -dijo, extendiendo una mano triunfal-. Y bien, es allí. ¡Era allí! ¿Cómo diablos era posible que, con la tan furtiva información del cochero (nueve palabras: lo he sabido después) haya podido dirigirse, con tal precisión, en una ciudad infinitamente complicada en la cual nunca había puesto los pies, hacia una mansión que me señalaba de antemano, aunque nunca la había visto en su vida? Laidgency nos recibió con magnificencia, pero no pude pegar un ojo durante toda la noche, tan lastimado estaba por el irritante enigma, sobre el cual Cap se contentaba con decir: -Mi sentido- de la orientación está aguzado al máximo. Nada más. Acrecida quizás por el excesivo consumo que habíamos hecho la víspera de los principales vinos tureneses, mi sobreexcitación no tenía límites. Diez veces, veinte veces, durante la comida, había suplicado a Cap: -Estás viendo en qué enervamiento ridículo -lo confieso-, pero real, me hundes con tu negativa de explicación. Lo que haces no es amistoso. -¡Pero -repitió Cap fríamente- ya te lo he dicho! En este pequeño acontecimiento no hay nada que no sea perfectamente natural. ¡Estoy dotado del más alto sentido de la orientación! Nuestro amable huésped, el señor Laidgency, no logró más que yo en su tentativa de proyectar un rayo de luz sobre este curioso misterio. Hacia medianoche, cuando nos separamos para ir cada uno a su habitación, se me ocurrió la idea, previniendo para el día siguiente una posible alucinación provocada por el abuso de Vouray, se me ocurrió, digo, la idea de redactar un pequeño informe sobre la aventura que tanto me preocupaba, y escribí: "Hoy, invitados a pasar algunos días en casa del señor Laidgency, hemos llegado, mi amigo Cap y yo, a la..., pequeña ciudad en la cual (estoy seguro) ni Cap ni yo hemos jamás puesto los pies, "Desconociendo la dirección de nuestro huésped, Cap requirió información a un cochero de ómnibus que había estacionado su vehículo en el patio de la estación. "Este último proporcionó a Cap la información requerida, pero de manera tan sumaria que el conjunto del coloquio no sobrepasó la duración de diez segundos. "A pesar de lo rudimentario de esta información, a pesar de la lejana ubicación del domicilio buscado y de la complicación poco menos que inextricable de las estrechas calles y callejuelas de la ciudad de B..., Cap me condujo directamente, sin la menor sombra de error o de duda, a casa del señor Laidgency. "Más aún, al desembocar en la calle donde vive este señor, Cap me señaló un inmueble distante de nosotros unos cincuenta metros y me dijo: «¿Ves esa gran casa de ladrillos? Allí vive nuestro amigo.» "Cap no se equivocaba. "Diabólicamente encantado de verme tan intrigado, Cap niega toda explicación. "Si mañana no tengo la solución del enigma, estoy totalmente dispuesto a matar a Cap y perecer a continuación en el cadalso, si es menester." Al día siguiente, siempre torturado por mi insoportable obsesión, me levanté antes que nadie y corrí a la estación. Tenía una idea. Precisamente en ese instante llega un ómnibus, conducido por el cochero consultado ayer. --¿Podría usted decirme, amigo, la dirección del señor Laidgency? -¿Laidgency? La gran casa de ladrillos frente al correo... -¡Ni una palabra más, amigo, gracias! Tome un franco para usted. Respiro largamente. Me siento aliviado. ¡La clave del enigma acaba de fulgurarme! ¡Qué tonto fui, de cualquier manera, al ponerme en tal estado, cuando la clave del misterio era tan simple! Las miradas que Cap dirigía ayer al cielo, como un augur que consultara a los pájaros, en el curso de nuestro trayecto, esas miradas, digo, no consultaban a los pájaros, sino la dirección de los hilos del telégrafo que partían de la estación para dirigirse a la oficina de correos de B ... ¡Eso era todo! Pero el día que se adopte administrativamente la telegrafía sin hilos, mi practical jocker Cap deberá encontrar otra cosa. CAPITULO XXIII Donde el señor Mougeot, con su dilatado cinismo mercantil, aflige al alma delicada del Captain Cap. Cada año, según lo impone una vieja costumbre administrativa, el señor director general del Correo francés empeña todo su cuidado y su buen gusto en la confección de un espléndido calendario de lujo, del cual se hace un tiraje muy reducido y que este alto funcionario se molesta en entregar personalmente al señor jefe del Estado, a los señores ministros, a los señores presidentes de las Cámaras y, por fin, a algunas de las más notorias personalidades con las que se honra. nuestro país. Es así como, una buena mañana de fines de diciembre, el Captain Cap recibió la visita del señor Mougeot61. Por más penetrados que estemos de su valor, queridos amigos, una actitud así no deja de emocionarnos profundamente, sobre todo cuando no se ha hecho nada para provocarla y Cap no sabía cómo agradecer a nuestro activo subsecretario de Estado por su mil veces lisonjera -decía él- amabilidad. Se deshizo en elogios hacia él, en cumplidos, en exultaciones que acabaron por hacer de esa humilde violeta que es el Captain la más confundida de las amapolas. (¡Mudar a una violeta en amapola! ¡Curioso caso de transformismo! ¿Qué piensas sobre esto, vieja sombra de Darwin?) Una vez que hubieron agotado el repertorio -el señor Mougeot de los elogios y Cap de los agradecimientos-, el homenajeado estimó oportuno echarle una mirada al maravilloso objeto que le era obsequiado. He dicho "maravilloso" y no retiro la palabra, pues jamás nuestra industria nacional, jamás el buen gusto de nuestros obreros del arte han producido nada tan delicioso. Al examinar más de cerca el calendario, de pronto Cap no pudo reprimir una exclamación de sorpresa. Acababa de hacer una extraña constatación: los nombres de los santos de cada día habían sido suprimidos y reemplazados por... ¿A que no acertáis? Reemplazados por el nombre de una multitud de productos comerciales, industriales, y otros, cuyas virtudes se ven proclamadas en los periódicos, en los carteles pegados en las paredes, en una palabra, por doquier el ojo humano puede proyectar su mirada. Por ejemplo, en lugar de esa vieja mención a la cual estábamos habituados desde nuestra más tierna infancia: "Enero 4, viernes, san Rigoberto", se leía, y no sin estupor: "Enero 4, viernes, Chocolate Menier". ¡El martes 16 de abril, el pobre san Fructuoso se veía descaradamente reemplazado por "Crema Simon"! Y así sucesivamente hasta el 31 de diciembre, en que san Silvestre estaba destronado por... Reloj del siglo veinte. *** El señor Mougeot sonreía. -Sí, amigo mío, tales serán, de ahora en adelante, nuestros viejos almanaques, de los cuales el que tiene usted en la mano no es más que una fastuosa muestra. -¡Extraño! -Terminará por ser aceptado. En Francia el público se acostumbra a todo, estimado señor, y esta innovación lo erizará menos aún cuando sepa que reportará unos buenos millones a nuestro pobre presupuesto. -Sí, pero la tradición... ¿No teme usted que... ? -Las personas como yo, amigo mío, con una mano apoyada en el hombro del progreso y con la otra aplastando a pisotones a la hidra de la rutina, no temen a nada. -¡Mis felicitaciones! -Una vez cerrado el ejercicio, presento un proyecto 9e ley que acuerda al Estado el monopolio de la confección y venta de calendarios. El gobierno vende ya timbres postales, tabaco, cigarrillos, etc. Nada de extravagante hay, pues, en que también sea vendedor de almanaques. -En efecto. -El resto, usted lo adivina... ¡Ah, caramba, la guita ante todo! Al contarme esta historia, Cap, suspirando, reflexionó de esta manera: -¡Cómo ha cambiado Francia desde las cruzadas! Y como el frío venía a agravar nuestro motivo de tristeza, nos abalanzamos inmediatamente sobre dos gin clíng62 de los más reconfortantes. CAPITULO XXIV Donde se ve a nuestro amigo Cap que, como san Miguel derribando al demonio, triunfa sobre las más, batas temperaturas. El feiu5nfenómenos generalmente denominado "frío" proviene, en nueve de cada diez casos, de la temperatura. Suprimid la causa y suprimiréis al efecto; si, partiendo de una temperatura considerablemente baja, la eleváis, veréis con asombro que el frío desaparece. De allí sin duda la antigua costumbre, vieja como el mundo, de encender fuego para calentarse. ¡Nada más simple que hacer fuego, pero también nada más costoso! Y cuanto más envejezca la humanidad -me escucháis bien- más el precio de los combustibles alcanzará las más altas cimas de sus vertiginosas tarifas. ¡Ah; para los friolentos, el porvenir se anuncia de oscuro color! (¡Si al menos fuera el rojo oscuro!) ¿Significa esto que la situación sea desesperada? No. Pero desde ahora, mis queridos amigos, abandonemos toda vanidad: hay que dejar de lado el viejo y bárbaro sistema de calefacción por combustión de madera, carbón, coke, etc., etc. En una palabra, en ésta como en todas las otras ramas en las que se posan los mil problemas de la vida, decidámonos de una buena vez a actuar científicamente y buscar, no en la rutina ancestral sino más bien en el radiante firmamento de la verdadera civilización moderna, la antorcha que nos guíe, no digo a la perfecta felicidad, pues la perfecta felicidad no es cosa de este mundo, según asegura Fulano, sino simplemente, y ya será bastante bueno, ¿no es cierto?, al reino del confort. ¡Uf! Pero basta de preámbulos. ¡Vamos a los hechos! *** Era de noche. El Captain y yo éramos los únicos pasajeros de un vagón de la línea del Oeste; un buen empleado vino a cambiar nuestro calientapiés. Desgraciadamente, sea por economía de la administiación, sea por error personal, nos cambió nuestras dos estufillas tuertas por otras dos ciegas, es decir, y creo estar seguro de ello, nos infligió dos de esos utensilios provenientes del vagón vecino en tanto que este vagón se benefició con los nuestros. (No es de otra manera como se procede en las mejores casas.) Me contenté con encogerme de hombros (pues tengo acciones de la Compañía del Oeste); pero mi compañero entró en cólera abominablemente y abrumó a todo el personal de la estación con una opaca multitud de injurias variadas. Luego, dirigiéndose a mi: -¡Y pensar que esto continuará así mientras no se adopte mi sistema! -¿Su sistema, Cap? ¿Le gusta a usted la gente sistemática? No hay nada mejor para los largos recorridos. Como en casi todas las invenciones geniales, el azar tuvo mucho que ver en el descubrimiento que ocupará nuestra atención. O, para ser más exactos, no tanto el azar como las circunstancias. Cap63 estaba cumpliendo su servicio militar en no sé qué guarnición montañosa, muy reputada por su extrema frigidez. Una noche que se hallaba de facción cerca del polvorín, habiéndose olvidado los guantes, fue presa de un terror loco: sus dos manos, sus dos pobres manos, de pronto, se entumecían a ojos vista, si así. puede decirse; ¡y, sin duda alguna, esos apéndices, tan útiles para el hombre, iban a helársele radicalmente! ¡Horrible situación! ¡Tener las manos congeladas! Y el pobre muchacho soltó su fusil y se puso a soplarse los dedos, golpeó sus manos una con otra, las metió en los bolsillos y en los repliegues íntimos de sus ropas. Nada que hacer: sus manos -tenia la percepción espantosamente clara- tomaban rápidamente el camino del hielo definitivo. ¡Entonces tuvo el destello genial! Aferrándose a su fusil, no vaciló en disparar, uno tras otro, media docena de cartuchos. Luego de lo cual, acercando sus manos doloridas al cañón quemante de su arma, sintió cómo se restablecía su circulación: ¡se había salvado! Este es el procedimiento al cual Cap llama su sistema y que trata en vano de que sea adoptado por las empresas ferroviarias y otras. ¡Pero la rutina, esa condenada rutina! CAPITULO XXV Donde se trata -es necesario decirlo- de un mantón de cochinadas. Excelente velada la que pasamos con algunas heteras de gran belleza, cinco o seis diputados prevaricadores, etc., todo bajo la tornasolada presidencia del Captain Cap. Con ese diablo de hombre nunca falta la ocasión de instruirse deleitándose. Dejémosle la palabra: La costumbre de comer morcilla en Navidad se remonta a la más profunda antigüedad. ¿Acaso no se lee en los "Comentarios" de César: "Secundan antiquam habitudinem, Lexoviani celebrant naissanciae Christi anniversarium empiffrandos e ipsos cum boldini64 fantasticis quantitatibus". Si abandonamos el dominio de lo histórico para consagrarnos a las investigaciones precisas de la estadística, adornaremos nuestro espíritu con las siguientes cifras: Un grupo de cien franceses (entre los que no se cuentan niños de corta edad, varios moribundos, las damas en estado interesante y ciertas personalidades como el señor Paul Deschanel, demasiado bien educadas para admitir por un solo instante la absorción de tan grosero plato), un grupo de cien franceses, continúo, consume un metro de morcilla65. Un metro de morcilla cada cien habitantes, representa, si sé contar (y sé contar, os ruego que me creáis), treinta y tantos kilómetros para toda Francia. Os ruego, señoras y señores, tengáis la amabílidad de anotar esta cifra en un pedacito dé papel: nos será muy útil dentro de un momento. Y ahora deja