libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Verne, Julio (1828-1905)) Escritor francés. Julio Verne nació en Nantes el 8 de febrero de 1828. Se escapó de su casa a la edad de 11 años para ser grumete y más tarde marinero, pero, prontamente atrapado y recuperado por sus padres, fue llevado de nuevo al hogar paterno en el que, en un furioso ataque de vergüenza por lo breve y efímero de su aventura, juró solemnemente (para fortuna de sus millones de lectores) no volver a viajar más que en su imaginación y a través de su fantasía. Una promesa que mantuvo en más de ochenta libros que, según un informe publicado a principios de 1972 por la prestigiosa revista francesa Paris Match como resultado de una investigación realizada por la UNESCO, han sido traducidas a 112 idiomas, lo que coloca a Verne en segundo lugar en la lista de vendedores de éxitos detrás de otro autor de producción más reducida pero mucho más densa (Karl Marx, traducido a 133 idiomas). Su adolescencia transcurrió entre continuos enfrentamientos con su padre, a quien las veleidades exploratorias y literarias de Julio le parecían el todo ridículas, y los continuos desaires de su prima Caroline, que sumen al joven Julio en profundas crisis de melancolía. Alfinconsigue trasladarse a París donde empieza a codearse con lo más granado de la intelectualidad del momento, Victor Hugo, Eugenio Sue, etc., y consigue la amistad y protección de los Dumas, padre e hijo. En 1850 acaba sus estudios de derecho y su padre le conmina a volver a Nantes. Pero Julio se resiste, afirmándose en su decisión de hacerse un profesional de las letras. Es por esta época cuando Verne, influenciado por las increíbles cotas que alcanzaban por aquel entonces ciencia y técnica, concibe el proyecto de crear la literatura de la edad científica, vertiendo todos estos conocimientos en relatos épicos, ensalzando el genio y la fortaleza del hombre en su lucha por dominar y transformar la naturaleza Pero antes está la necesidad de comer y vestirse. Para conseguir el dinero que le es necesario, una vez que su padre le cortó el suministro del mismo, se centra en el teatro y en operetas, de calidad y éxito irregulares, pero en cualquier caso un trabajo agotador e insatisfactorio, puesto que le roba el tiempo necesario para el estudio de esas ciencias que tanto admira. En 1856 conoce a Honorine de Vyane, con la que se casa en 1857 tras establecese en París como agente de bolsa. Su carrera como tal no le resultó en absoluto satisfactoria, y así Verne siguió el consejo de un amigo, el editor P. J. Hetzel, quien será su editor in eternum, y convirtió un relato descriptivo de Africa en la que sería la novela. CINCO SEMANAS EN GLOBO, (1863) fue un éxito fulminante y tuvo como resultado un espléndido contrato con Hetzel que garantizaba al joven e inexperto novelista (tenía 35 años cuando publicó su primer libro) la cantidad anual de 20.000 francos durante Los siguientes veinte años, a cambio de lo cual Julio Verne se obligaba a escribir dos novelas de un nuevo estilo cada año. El contrato fue renovado por Hetzel y más tarde por el hijo de éste, con el resultado de que, durante más de cuarenta años, Los voyages extraordinaires aparecieron en capítulos mensuales dentro de la revista MAGASIN D'EDUCATION ET DE RECREATION. Estaba claro que el destino de la obra de Verne, quien se anticipó a su tiempo con más lógica y acierto que la mayoría de los escritores del género a los que podemos considerar primitivos, con la única excepción de nombres como H. G. Wells, tenía que ser como éste, un auténtico filón para el arte que estaba naciendo al mismo tiempo que sus libros: el cine. La obra de Verne, en efecto, estará entre las más adaptadas dentro de la literatura (y en ese aspecto si que podemos decir que gana a Karl Marx) y desde LAS TRIBULACIONES DE UN CHINO EN CHINA hasta LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DIAS, los modos de adaptar su obra han sido también muy diversos, desde la aventura granguiñolesca a la francesa, como puede darse en el primer caso citado, hasta el gran espectáculo en pantalla grande y reparto estelar, como ocurre en el segundo. Pero son otros los títulos que han merecido un tratamiento más respetuoso y un acercamiento más profundo, como VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO, VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA o DE LA TIERRA A LA LANA (adaptada entre otros por George Mélies) que inspiraron lo que puede denominarse con toda justicia como el primer film serio de ciencia ficción posibilista realizado par los americanos en 1950, CON DESTINO A LA LUNA (Destination: Moon), una vez pasada la época de las delirantes fantasías de invasiones marcianas, venusianas, selenitas y de toda la retahila de catastrofismos, incluyendo el cheque de la Tierra con otro cuerpo estelar, con el que el cine USA se divirtió (y nos divirtió, todo hay que decirlo) durante la década de los 30 y los 40, que incluyó la adaptación de clásicos del comic (ya entonces considerados como tales) como Flash Gordon, el Capitán Marvel, Buck Rogers o Brick Bradford. Tan dotado para la ciencia ficción como para la aventura pura y simple (LOS HIJOS DEL CAPITÁN GRANT, MIGUEL STROGOFF), Verne une las dos vertientes en una de sus obras más sólidas y afortunadas, VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO, en la que nos presenta a uno de sus personajes más logrados, patéticos y humanos, el capitán Nemo (nadie), especie de trágico holandés errante que vaga sin rumbo de una parte a otra del mundo, en una sorprendentemente real anticipación de lo que en su día serán los submarinos atómicos, en su Nautilus. Pese a todo, la vida de Verne no fue fácil. Por un lado su dedicación al trabajo minó hasta tal punto su salud que durante toda su vida sufrió ataques de parálisis. Por si esto fuera poco era diabético y acabó por perder vista y oído. Su hijo Michael le dio los mismos problemas que él mismo había proporcionado a su padre y, desgracia entre las desgracias, sufrió una agresión por parte de uno de sus sobrinos, que le disparó un tiro a quemarropa dejándolo cojo. Su vida marital tampoco fue todo lo feliz que él hubiera deseado, y es comunmente admitido por todos sus biógrafos que mantuvo un matrimonio paralelo con una misteriosa dama, que sólo acabó cuando esta murió. Verne también se interesó por la vida política, llegando a ser elegido concejal de Amiens en 1888 por la lista radical, siendo reelegido en 1892, 1896 y 1900. Ideológicamente era decididamente progresista en todo lo que concernía a educación y técnica pero de un marcado caracter conservador, y en ocasiones reaccionario, en el aspecto político. Murió el 24 de Marzo de 1905 OBRAS: Alejandro VI (drama) 1847 La conspiración (drama) 1847 Abdallah (drama) 1849 Un drama bajo Luix XIV (drama) 1849 La Guimard (drama) 1850 Las mil y dos noches (drama) 1850 Las pajas rotas (comedia) 1850 Los sabios (drama) 1851 Quiridine (drama) 1851 La Torre de Montlhery (drama) 1852 Martin Paz 1852 Colin Maillard (opera) 1853 Lamentación de un pelo de culo de mujer (atribuído) 1854 Maestro Zacarías 1854 A orillas del Adur 1855 Guerra a los tiranos 1855 Les compagnons de la Marjolaine (opereta) 1855 Un invierno en los hielos 1855 Los felices del día (drama) 1856 El albergue de las Ardenas (opereta) 1860 Señor chimpacé (opereta) 1860 Once días de asedio (comedia) 1861 Cinco semanas en globo 1863 Viaje al centro de la Tierra 1864 De la Tierra a la Luna 1865 Geografía ilustrada de Francia y sus colonias 1866 Viajes y aventuras del capitán Hatteras 1866 Los hijos del capitán Grant 1868 Alrededor de la Luna 1870 El descubrimiento de la Tierra 1870 Veinte mil leguas de viaje submarino 1870 Una ciudad flotante 1871 Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el Africa austral 1872 El país de las pieles 1873 La vuelta al mundo en ochenta días 1873 Un sobrino en América (comedia) 1873 Amiens en el año 2000 1874 La vuelta al mundo en ochenta días (drama) 1874 Un experimento del doctor Ox 1874 El chancellor 1875 La isla misteriosa 1875 Miguel Strogoff 1876 El doctor Ox (opera bufa) 1877 Hector Servadac 1877 Las indias negras 1877 Historia de los grandes viajes y los grandes viajeros 1878 Un capitán de quince años 1878 Las tribulaciones de un chino en china 1879 Los quinientos millones de la Begun 1879 La casa de vapor 1880 Los Exploradores del siglo XIX 1880 Miguel Strogoff (drama) 1880 Diez horas de caza 1881 La jangada 1881 El rayo verde 1882 Escuela de robinsones 1882 Kebaran el testarudo 1883 El archipielago en llamas 1884 La estrella del sur 1884 Los restos del Cynthia (en colaboración con Pascal Grousset) 1885 Matias Sandorf 1885 Robur el conquistador 1886 Un billete de lotería 1886 El camino de Francia 1887 Norte contra sur 1887 Dos años de vacaciones 1888 El eje de la tierra 1889 Familia sin nombre 1889 Jornada de un periodista americano en el año 2889 1889 Cesar Cascabel 1890 La señora Branican 1891 Claudius Bombarnac 1892 El castillo de los carpatos 1892 Pequeño personaje 1893 Las magníficas aventuras del maestro Antifer 1894 La isla a hélice 1895 Clovis Dardentor 1896 Frente a la bandera 1896 La esfinge de los hielos 1897 El soberbio Orinoco 1898 El testamento de un excentrico 1899 Segunda patria 1900 El pueblo aéreo 1901 Las historias de Jean Marie Cabidoulin 1901 Los hermanos Kip 1902 Becas de viaje 1903 Dueño del mundo 1904 Un drama en Livonia 1904 El faro delfindel mundo 1905 La invasión del mar 1905 24 de marzo de 1905. Muere Julio Verne OBRAS POSTUMAS El volcán de oro 1906 La agencia Thomson & Cía 1907 El piloto del Danubio 1908 La caza del meteoro 1908 Los naufragos del Jonathan 1909 Ayer y mañana (recopilación de relatos) 1910 El secreto de Wilhelm Storitz 1910 La asombrosa aventura de la misión Barsac 1917 De Glasgow a Charleston El secreto de Maston Los grandes navegantes del siglo XVIII Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África Austral Julio Verne CAPÍTULO PRIMERO Dos hombres observaban con suma atención las aguas del río Orange. Tendidos a la sombra de un sauce llorón, conversaban animadamente. Era el 27 de enero de 1854. En el lugar donde se encontraban nuestros hombres, el Orange se acercaba a las montañas del Duque de York, ofreciendo un espectáculo sublime que quedaba encuadrado en el horizonte por los montes Gariepinos. Famoso por la transparencia de sus aguas y la belleza de sus orillas, el Orange puede rivalizar con las tres grandes arterias africanas: el Nilo, el Níger y el Zambeze, y se caracteriza por sus crecidas, rápidos y cataratas. Allí mismo, en la zona descrita, las aguas del río precipitábanse desde una altura de ciento veinte metros, formando una cortina de hilos de líquido que desembocaban en un torbellino de aguas tumultuosas, coronadas por una espesa nube de húmedos vapores. De aquel abismo se elevaba un estruendo que aturdía, agudizado por los ecos de la llanura en calma. Estas bellezas naturales atraían la atención de uno de nuestros hombres, mientras que el otro viajero permanecía indiferente a los fenómenos que se ofrecían a su vista. El viajero indiferente era un cazador bushman, excelente representante de una raza valiente que vive en los bosques entregada al nomadismo. De ahí su nombre, bushman, que significa «hombre de los matorrales». El bushman pasa la vida errando en la región comprendida entre el río Orange y las montañas del Este, saqueando los campos de cultivo y destruyendo las cosechas de los colonos, en venganza por haberle arrojado hacia las áridas comarcas del interior. Nuestro bushman tenía alrededor de cuarenta años y era de elevada estatura y fuerte musculatura. Que se trataba de un individuo enérgico quedaba demostrado por la soltura y libertad de movimientos de su ágil y esbelto cuerpo. Hijo de padre inglés y de madre hotentote, hablaba frecuentemente la lengua paterna, lo que le permitía un trato regular con los extranjeros que visitaban la zona. Su traje, mitad hotentote y mitad europeo, se componía de una camisa de franela roja, una especie de casaca y un calzón de piel de antílope. Llevaba al cuello un pequeño saquito en el que guardaba el cuchillo, la pipa y el tabaco, cubriendo su cabeza con algo parecido a un casco de piel de carnero. Varias anillas de marfil en su muñeca y una capa de piel de tigre a su espalda eran los elementos que completaban tan singular indumentaria. A su lado dormía un perro, ajeno a las cavilaciones de su dueño y a las de su acompañante, un joven de unos veinticinco años que ofrecía un vivo contraste con el cazador. Su temperamento flemático se manifestaba en todas sus acciones, no dejando dudas sobre su origen inglés. Su traje indicaba que los desplazamientos no le eran familiares, pues más parecía un funcionario que un indómito aventurero. Pero William Emery no era ni lo uno ni lo otro, sino un sabio distinguido, astrónomo agregado al observatorio de El Cabo. Asombrado por las maravillas de aquella región desierta del África austral, situada a algunos centenares de kilómetros de El Cabo, Emery disfrutaba de la paz del momento, ajeno a las impaciencias que atacaban habitualmente al intrépido cazador. -Cálmate, Mokum -decía el astrónomo-. No hay nada que te divierta cuando no estás cazando, pero ya falta poco para que lleguen los que esperamos. -Señor Emery -respondió el cazador en un perfecto inglés-, hace ya ocho días que estamos aquí y aún no sabemos nada de ellos. Ningún hombre de mi tribu ha permanecido nunca ocho días en el mismo lugar y comienzo a impacientarme. -Querido amigo, venir desde Inglaterra no es fácil, de modo que bien podemos concederles un retraso de ocho días. Los viajeros que estaban esperando debían emprender un viaje de exploración por el África austral. Emery y Mokum habían recibido la orden de prepararlo todo y aguardar la llegada del coronel Everest en las cascadas de Morgheda, hecho que cumplimentaban en ese momento. Mokum apretó fuertemente el cañón de su rifle, en un gesto que le era característico. Portaba un Manton de excelente factura, con bala cónica, que le permitía abatir un antílope a una distancia de ochocientos metros. A diferencia de sus compañeros bushmen, prefería las armas europeas al carcaj y las flechas envenenadas. -¿Está usted seguro de que la cita es aquí, en las cascadas de Morgheda, a finales de enero? -preguntó Mokum con desconfianza. -Desde luego -respondió el astrónomo. Mas, como el cazador no pareciera quedar muy satisfecho con esta afirmación, Emery le mostró la carta que le había enviado el señor Airy, director del observatorio de Greenwich. Mokum dio vueltas y más vueltas al papel, hasta que al final se lo tendió a Emery con la petición de que se lo leyera. El joven sabio, dotado de una paciencia a prueba de las impaciencias de su amigo y compañero, relató una vez más la historia que ya le había repetido unas veinte veces en el curso de los últimos tiempos. En los días finales del año de 1853, William Emery había recibido una carta que le notificaba la próxima llegada del coronel Everest y de una misión científica internacional que se disponía a recorrer el África austral. La carta del señor Airy no mencionaba la razón y los objetivos de la citada expedición, pero Emery era un hombre educado y jamás hacía preguntas a sus superiores. Así pues, cumpliendo las indicaciones, Emery había dispuesto en Lattakou, una de las estaciones más septentrionales de Hotentocia, los carromatos, víveres, armas y, en resumen, todo lo necesario para el abastecimiento de una caravana nómada. Emery entregó el mando de esta caravana a Mokum, pues tenía fama de buen cazador y estaba acostumbrado a tratar con extranjeros. No en vano había formado parte de las expediciones de Anderson y Livingstone, dos de los más intrépidos descubridores de las excelencias del continente africano. Las cascadas de Morgheda eran, por tanto, el lugar elegido para la llegada de los últimos viajeros: los integrantes de la comisión científica. La fragata Augusta, de la Marina británica, trasladaría a los científicos hasta las cataratas. Emery y Mokum hicieron el viaje en un medio más modesto, pero más práctico para aquellos parajes. Habían utilizado un carromato, pues debían retornar en él, con los viajeros y sus equipajes, a Lattakou. Cuando William Emery terminó de repetir este estribillo, que ya conocía casi de memoria, a su amigo Mokum, ambos se acercaron a la orilla de un precipicio situado sobre las cataratas. Observaron atentamente el curso del río, pero no había nada nuevo sobre sus aguas. Ni el menor objeto alteraba el curso del río. Es de advertir que el mes de enero corresponde al de julio en las regiones boreales, por lo que el sol caía casi perpendicular sobre la zona indicada, alcanzando casi los cuarenta grados de temperatura a la sombra. La brisa del Oeste moderaba un poco aquel calor, permitiendo que un occidental como Emery pudiera soportarlo a duras penas. Ningún ave animaba la soledad de aquellas horas calurosas, y los cuadrúpedos se refugiaban en el verde de los matorrales sin atreverse a salir de aquel frescor pasajero. Sólo el estruendo de la catarata y las voces de los dos hombres llenaban el aire de ruido. -¿Y si sus amigos no vienen? -preguntó Mokum. -Vendrán. Son hombres de palabra, pero hay que tener en cuenta que dijeron que llegarían a finales de este mes, y sólo estamos a 27. -Y si llega final de mes y no vienen, ¿qué haremos? -insistió el el cazador. -Entonces pondremos a prueba nuestra paciencia y les esperaremos hasta que lo considere conveniente. -¡Por todos los dioses! ¡Si hemos de confiar en su paciencia, nos quedaremos aquí hasta que el Orange pierda sus aguas! -No será necesario -respondió Emery con su calma habitual-. Es preciso que la razón domine siempre nuestros actos, y la razón me dice que es probable que el coronel Everest y sus amigos hayan encontrado dificultades en su viaje. Dificultades que, lógicamente, pueden retrasar su llegada. Además, si alguna desgracia les ocurriese, la responsabilidad caería justamente sobre nosotros. No, amigo mío, es preciso esperarles. El carromato nos ofrece un abrigo seguro durante la noche, disponemos de las suficientes provisiones y la Naturaleza es tan hermosa en este lugar que merece la pena admirarla. -Si usted lo dice... Emery observó la expresión de aburrimiento que se advertía en el rostro del bushman y procuró alentarle. -En cuanto a ti -le dijo-, ¿qué más puedes desear? La caza es abundante y no te retiene ninguna obligación. De manera que puedes dedicarte a tirar contra los gamos y los búfalos mientras yo espero la llegada de los viajeros. El cazador comprendió que las palabras del astrónomo contenían una invitación y resolvió, por tanto, irse por algunas horas a dar una batida por los alrededores. Mokum silbó a su perro Top, una especie de can hiena del desierto de Kalahari, y ambos se internaron en la maleza de un bosque, cuya extensión coronaba el fondo de la catarata. William Emery se tendió al pie de un sauce y se entregó a sus reflexiones. ¿Cuál era el objeto de la expedición que habían de emprender en cuanto llegaran los viajeros? ¿Qué problema científico pretendían resolver en los desiertos del África austral? ¿Por qué razón se había dirigido a él el señor Airy? Cierto es que Emery se había convertido en pocos años en un sabio familiarizado con el clima de las latitudes australes, adquiriendo conocimientos al respecto que podían ser de gran utilidad para sus colegas del Reino Unido próximos a llegar, pero aquello no explicaba suficientemente el interés del señor Airy en su persona. Estas preguntas y respuestas circulaban por la cabeza del joven astrónomo. El calor y la languidez consiguieron vencer su resistencia, y muy pronto se quedó dormido. Cuando despertó, el sol se había escondido ya tras las colinas occidentales, que dibujaban su perfil pintoresco en el horizonte inflamado. La hora de la cena se aproximaba y era preciso retornar el carromato, que se encontraba en lo hondo del valle. En aquel instante preciso una detonación resonó entre un matojo de arbustos, y el cazador y su perro asomaron por la linde del bosquecillo. Mokum traía el cadáver de un animal recién abatido. -¿Es esa nuestra cena? -le preguntó alegremente el astrónomo. Por toda respuesta, Mokum echó al suelo el animal, cuyos cuernos se retorcían en forma de lira. Se trataba de un antílope, más comúnmente conocido con el nombre de chivo saltador, que se encuentra frecuentemente en las regiones del África austral. Su carne es excelente y sirvió para llenar el estómago de los hambrientos expedicionarios. Los dos hombres cargaron, pues, la caza en medio de un palo colocado transversalmente sobre sus espaldas, abandonaron las cimas de la catarata y media hora más tarde llegaron a su campamento, situado en una estrecha garganta del valle. Allí les esperaba el cargamento, guardado por dos conductores de raza bochjesmana, y la apetitosa cena. CAPÍTULO II Los tres días siguientes al 27 de enero, Mokum y Emery no abandonaron el lugar de la cita. El bushman, dando rienda suelta a sus instintos de cazador, perseguía a los animales por aquella región llena de bosques, en tanto que el astrónomo vigilaba el curso del río. Hombre acostumbrado a pasar largas horas frente a los libros y los cuadernos, encerrado en la soledad y la oscuridad de los pequeños laboratorios, o bien con los ojos pegados a su telescopio, Emery saboreaba ahora la existencia al aire libre. Apenas notaba la molestia de la larga espera, fortificando su espíritu fatigado por los estudios matemáticos. Llegó al fin el 31 de enero, último día fijado por la carta del señor Airy. Si los expedicionarios no aparecían en esa fecha, el joven William se vería forzado a tomar una determinación, cosa que le disgustaba enormemente. No podían marcharse sin ellos, pero tampoco podían esperarles indefinidamente. -¿Por qué no vamos a su encuentro? -propuso Mokum-. Si vienen por el río, tarde o temprano daremos con ellos. -Es una buena idea. Haremos un reconocimiento en la parte baja de las cascadas, pero ¿conoces bien esta parte del Orange? -Sí, señor. Lo he remontado dos veces desde el cabo Voltas hasta su unión con el Hart en el Transvaal. -¿Y su curso es navegable en todo su trayecto? -A excepción de estas cascadas de Morgheda, el río es navegable en toda su extensión, aunque al final de la estación seca casi no lleva agua, hasta unos ocho kilómetros antes de su desembocadura. Allí se forma una barrera contra la que se estrella violentamente la marejada del Oeste. -En ese caso, seguiré tu consejo. El cazador se colgó su arma al hombro, silbó a su perro y comenzó a descender, siguiendo el curso del río, por su margen izquierda. Emery le seguía en silencio. El camino ofrecía muchas dificultades, debido a que los ribazos de la orilla, erizados de maleza, desaparecían bajo un lecho de plantas diversas. Las guirnaldas se cruzaban de un árbol a otro, tendiendo una red vegetal ante el paso de los viajeros y obligando a Mokum a hacer uso constante de su cuchillo. Dos horas después, ambos expedicionarios habían recorrido apenas seis kilómetros. La brisa soplaba entonces en Poniente, permitiéndoles escuchar los ruidos que se producían corriente abajo, pues el viento ahogaba el murmullo de la catarata. El Orange, en ese punto, se prolongaba en línea recta por espacio de cinco kilómetros: El lecho estaba profundamente encajonado por un doble farallón gredoso, cuya altura superaba los sesenta metros. -Detengámonos un momento a descansar -propuso Emery-. Mis piernas no son tan fuertes como las tuyas y resisten mal los caminos intrincados como éste. Desde aquí podremos observar unos cinco kilómetros de río. El astrónomo se tendió, pues, sobre la hierba, mientras Mokum y su perro seguían dando paseos por la orilla, en espera de los viajeros. Hacía escasamente media hora que el bushman y su compañero se encontraban en aquellos lugares, cuando William Emery vio que el cazador, apostado a un centenar de pasos de donde el joven se encontraba, daba muestras de una atención extraordinaria. Abandonando su lecho de musgo, el astrónomo se dirigió hacia el punto donde se había detenido su amigo y le dijo: -¿Has visto algo, Mokum? -No, señor, no veo nada, pero estoy acostumbrado a percibir todos los sonidos de estos lugares y me parece escuchar un raro zumbido. -¿Un zumbido? -Sí, señor. Parece provenir del curso inferior del río. Tras decir esto, Mokum aplicó su oreja sobre la tierra y escuchó con suma atención durante algunos minutos. Finalmente se puso en pie, meneó la cabeza y exclamó: -Debo de haberme equivocado. Puede que sólo fuera el ruido de la brisa al pasar entre las hojas de los árboles. No obstante, parece como si... El cazador volvió a prestar atención, pero no podía asegurar nada con precisión. Al ver su desazón, Emery le dijo: -Serámejor que bajes hasta el nivel del río. Si el ruido está producido por una embarcación, allí lo escucharás mejor, pues el agua propaga los sonidos con mayor nitidez que el aire. -Tiene usted razón. Mokum descendió por el ribazo escarpadísimo, ayudándose con las matas de hierbajos que por allí crecían. Después Se metió en las aguas hasta que éstas le cubrieron hasta las rodillas, aplicó su oreja a la superficie del río y exclamó: -¡Se oye! ¡Es verdad! Es un golpe continuo y monótono, que se produce en el interior de la corriente, algunos kilómetros río abajo. El cazador regresó entonces junto a Emery y ambos permanecieron alerta, dispuestos a esperar nuevos acontecimientos. Transcurrió una hora interminable, al cabo de la cual Mokum gritó: -¡Una humareda! Emery dirigió su vista hacia el lugar que apuntaba el cazador y al fin logró distinguir claramente una chimenea, que vomitaba un gran torrente de humo negro mezclado con vapores blancos. La tripulación avivaba seguramente los fuegos, con el fin de aumentar la velocidad y poder hallarse en el lugar de la cita en el último día que se había convenido, porque en aquellos momentos el barco se encontraba a unos trece kilómetros de las cataratas de Morgheda. Era entonces mediodía. Como aquella zona no era muy a propósito para el desembarco, el astrónomo resolvió regresar al punto de partida, aunque ello les supusiera dar marcha atrás. Al llegar de nuevo a la inmensa cascada, eligieron un remanso formado por el río a unos cuatrocientos metros de distancia del torrente de agua, una pequeña ensenada natural en la que el vapor podría fácilmente recalar, pues el agua era profunda hasta en la misma orilla. Divisaron un instante la popa de la embarcación, donde ondeaba la bandera británica, mas pronto quedó el vapor cubierto por las copas de los inmensos árboles que se inclinaban por encima de las aguas. Tan sólo se escuchaban los agudos silbidos de la máquina, los cuales no cesaban ni un segundo. La tripulación trataba de señalar así su presencia en los alrededores de Morgheda. Era un llamamiento. Mokum respondió disparando su carabina, y la detonación fue repetida con estruendo por los ecos del río. Cuando embarcación y viajeros de a pie estuvieron frente a frente, Emery hizo un ademán. El buque, obedeciendo las indicaciones, fue a colocarse suavemente cerca de la orilla. Se arrojó una amarra y el Bushman se apresuró a tomarla, sujetándola a un sauce tronchado. Un hombre de elevada estatura se dejó caer en el ribazo con ligereza y avanzó hacia Emery, al mismo tiempo que sus compañeros comenzaban también a desembarcar. William Emery avanzó a su vez hacia el desconocido y exclamó: -¿El coronel Everest? -¿El señor William Emery? -preguntó el aludido. El astrónomo y su colega del observatorio de Cambridge se saludaron estrechándose la mano. Los otros viajeros habían llegado ya junto a ellos, y el coronel les dirigió estas palabras: -Señores, permítanme que les presente al honorable William Emery, del observatorio de El Cabo, quien ha tenido la amabilidad de acudir hasta aquí para buscarnos. Cuatro pasajeros saludaron sucesivamente al astrónomo, que correspondió a sus saludos afectuosamente. Después, el coronel les presentó oficialmente, con la característica flema de los británicos, diciendo: -Señor Emery: Sir John Murray, de Devonshire, compatriota suyo; el señor Mathieu Strux, del observatorio de Pulkowa, el señor Nicolás Palander, del observatorio de Helsingfors, y el señor Michel Zorn, del observatorio de Kiew. Estos tres señores son eminentes sabios rusos que representan al Gobierno del zar en nuestra Comisión Internacional. Hechas las presentaciones, Emery se puso a disposición de los recién llegados. Debido a su posición en el observatorio de El Cabo, el joven astrónomo se encontraba jerárquicamente subordinado al coronel Everest, delegado del Gobierno inglés, quien compartía con Mathieu Strux la presidencia de la comisión científica. Emery conocía de oídas al sabio británico, pues sus estudios sobre las reducciones de nebulosas y cálculos sobre las ocultaciones de las estrellas le habían hecho extraordinariamente célebre. Tendría el coronel Everest unos cincuenta años, y se caracterizaba por ser un hombre frío y metódico. Su existencia estaba determinada matemáticamente, hora por hora, y nada era imprevisto para él. Se podía decir, sin exagerar, que todas sus acciones estaban reglamentadas por el cronómetro. Sir John Murray también venía precedido por la fama. Era un sabio adinerado que honraba a Inglaterra con sus trabajos astronómicos. La ciencia le ocasionaba grandes sacrificios económicos, pero tenía el valor y la inquietud que había caracterizado a hombres de la talla de Ross y Lord Elgin. Uno de sus hechos más notables fue la concesión de veinte mil libras esterlinas para el montaje de un reflector gigantesco -rival del telescopio de Parson-Town-, gracias al cual se habían podido determinar los elementos de cierto número de estrellas dobles. Sir John Murray contaba unos cuarenta años, tenía aires de gran señor y su semblante impasible jamás dejaba traslucir sus emociones. En cuanto a los tres rusos, Strux, Palander y Zorn, Emery tampoco les conocía personalmente antes de ahora, pero sí había recibido noticias de sus trabajos. Palander y Zorn respetaban sobremanera a Mathieu Strux, jefe de la expedición de su país y presidente, junto con Everest, de la comisión científica. Llamó la atención a nuestro joven amigo el hecho de que se tratara de tres ingleses y tres rusos, así como la observación de que la tripulación del vapor se compusiera de diez hombres divididos por igual regla matemática internacional: cinco ingleses y cinco rusos. El coronel Everest fue el primero en romper el silencio que siguió a las presentaciones. Miró a Emery y le dijo: -Tengo por usted una gran consideración, debido a esos trabajos que ha realizado y que le han valido, a pesar de su juventud, una merecida fama. No le extrañe, pues, que pidiera al Gobierno inglés que le designara para tomar parte en las operaciones que vamos a emprender. William Emery se inclinó en señal de agradecimiento. El coronel añadió: -Desearía saber si los preparativos están ultimados. -Completamente, coronel. He seguido las órdenes que el honorable Airy me indicaba en su carta. Abando né El Cabo hace un mes y salí para la estación de Latta kou, reuniendo allí todos los elementos necesarios para una exploración en el interior de África: víveres y carro matos, caballos y bochjesmen. Una escolta de cien hombres aguerridos nos aguarda en Lattakou, la cual será mandada por un hábil y célebre cazador, el bushman Mokum, a quien tengo el honor de presentarles. -¡El bushman Mokum! -exclamó el coronel Everest. El aludido hizo un gesto de salutación. -Tu nombre es muy conocido en el Reino Unido -le dijo Everest-. Has sido amigo de Anderson y guía del ilustre David Livingstone, que me honra con su amistad. Felicito al señor Emery por haberte elegido como jefe de nuestra caravana. Un cazador como tú debe de ser un amante de las buenas armas, y puedo decirte que tenemos un arsenal muy completo. Te ruego que elijas entre ellas la que más sea de tu agrado. Nos harás un honor. Una sonrisa de satisfacción y agradecimiento se dibujó en los labios de Mokum. El hecho de poder contar con un arma nueva le alegraba más que los elogios sobre su persona. Agradeció este gesto con efusivas palabras y luego se apartó, en tanto que Emery y los demás continuaban conversando animadamente. Urgía ganar cuanto antes la ciudad de Lattakou, pues la salida de la caravana debía efectuarse en los primeros días de marzo, después de la estación de las lluvias. Emery dijo a su superior: -¿Cómo quiere usted ir a Lattakou? -Por el río Orange y uno de sus afluentes, el Kuruman, que pasa cerca de Lattakou. -Pero no podremos remontar con la embarcación las cataratas de Morgheda. -Rodearemos la catarata. Un acarreo de algunos kilómetros nos permitirá después reemprender la navegación más arriba de los saltos de agua. A partir de ese punto y hasta Lattakou, si no estoy en un error, los cursos de agua son navegables para un navío cuyo calado es poco considerable. -Así es, señor, pero ese vaporcito debe de tener un peso tal que... -Esta embarcación es una verdadera maravilla -le interrumpió el coronel Everest-. Se trata de una obra maestra salida de los talleres de «Leard y Compañía» de Liverpool. Se desmonta pieza por pieza y se vuelve a montar con una facilidad extraordinaria. -¿Cómo es eso posible? -Sólo se precisan una llave y unos pernos para desmontarla y montarla... Según tengo entendido, ha venido usted en un carromato, ¿no es cierto? -Efectivamente. Nuestro carromato se encuentra en un campamento situado a un kilómetro de este lugar. -Muy bien. Pediremos al bushman que lo haga traer hasta aquí y cargaremos en él las piezas de la embarca ción y su máquina, igualmente desmontable. Luego ganaremos más arriba el punto en que el Orange vuelve a ser navegable. Se ejecutaron las órdenes del coronel Everest. Mokum prometió estar de vuelta con el carromato y los hombres antes de una hora, en tanto que, durante su ausencia, la embarcación fue rápidamente desmontada. El cargamento fue depositado en la orilla. Dicho cargamento se componía de diversos cajones que contenían instrumentos de física, una respetable colección de fusiles de la fábrica «Purdey Moore» de Edimburgo, algunos barriles de aguardiente y de carne seca, cajones de municiones, maletas reducidas al volumen más estricto, tiendas de tela y diversos utensilios de viaje. Había también una canoa de gutapercha cuidadosamente plegada de manera que no ocupara más espacio que el de una manta, algunos efectos de campamento y una ametralladora en forma de abanico que podía causar serios estragos entre los enemigos que se acercasen a la embarcación. La máquina del vapor tenía unos ocho caballos de fuerza y pesaba alrededor de doscientos kilos. Fue dividida en tres partes: la caldera y sus hornos, el mecanismo que una sola vuelta de llave desprendió de la caldera, y la hélice. El resto de la embarcación desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Se retiraron tabiques, armones y colchonetas, quedando el vaporcito reducido a su casco. El casco tenía una longitud de unos diez metros y medio, y estaba compuesto de tres partes, al igual que el que sirviera al doctor Livingstone en su primer viaje al Zambeze. Estaba construido de acero galvanizado, a la vez ligero y resistente. Los pernos, del mismo metal, aseguraban su adherencia y el estancamiento del buque. William Emery quedó realmente maravillado de la sencillez del trabajo ejecutado ante sus ojos, así como de la rapidez con que fue llevado a cabo. El carromato llegó en una hora, pero la embarcación estaba ya dispuesta para ser cargada. El carromato descansaba sobre cuatro macizas ruedas, formando dos trenes separados por un espacio de unos seis metros. Esta pesada máquina era arrastrada por seis búfalos domesticados, aparejados y muy sensibles al aguijón de su conductor. La tripulación del vapor, llamado Queen and Tzar, en honor a los dos máximos gobernantes de los países representados en la expedición, se ocupó de cargar el carromato de forma que resultase bien equilibrado en todas sus zonas. Los viajeros irían a pie, pues una marcha de unos ocho kilómetros no constituía un gran esfuerzo para ellos. A las tres de la tarde se dio la señal de partida, tomando los expedicionarios la delantera de la comitiva. Tenían ante sí una prolongada cuesta, lo cual favorecía la marcha del cargado carromato, pues los descensos dificultan esta clase de operaciones. Los europeos dieron gritos de entusiasmo al llegar a la vista de las cataratas. Ni siquiera la flema inglesa fue capaz de competir con la belleza de aquel paisaje. Una vez alcanzado el lugar elegido para reemprender la navegación del Orange, el coronel Everest ordenó acampar, indicando que la partida tendría lugar al amanecer del día siguiente. Las últimas horas de la tarde fueron empleadas en realizar diversos trabajos. Se reajustó el casco de la embarcación, se colocaron en su lugar la máquina y la hélice, se dividió el vapor en cámaras gracias a los tabiques mecánicos, se llevaron a bordo las provisiones y las cajas y, en resumen, se hizo lo necesario para zarpar en el momento indicado sin problemas. Los preparativos de la marcha demostraron que los marineros eran hombres disciplinados y hábiles, elegidos cuidadosamente por los jefes de la expedición. Al día siguiente, primero de febrero, la embarcación estaba ya dispuesta al amanecer para recibir a los viajeros. CAPÍTULO III A las seis de la mañana, el coronel Everest dio la orden de partida. Viajeros y marineros embarcaron en el Queen and Tzar, y Mokum les siguió a bordo, dejando a los bochjesmen el encargo de conducir por tierra el carromato a Lattakou. Emery empezaba a sentirse preocupado por el objeto de la expedición. ¿Qué se proponían aquellos eminentes sabios? Venciendo su natural resistencia a realizar preguntas incómodas á sus superiores y dejándose llevar por la excusable curiosidad de su profesión, preguntó al fin: -Coronel, ¿le importaría decirme qué propósito nos guía? -Es muy sencillo, señor Emery. Nos proponemos medir un arco de meridiano en el África austral. Estas palabras sumieron al astrónomo en profundas reflexiones. La idea de una medida universal e invariable, en la que la Naturaleza suministrase por sí misma la más rigurosa evaluación, es algo que ha existido siempre en el ánimo de los hombres. El mejor medio de obtener una medida inmutable era referida al esferoide terrestre, cuya circunferencia puede ser considerada como invariable, y, por consiguiente, medir matemáticamente toda o parte de esta circunferencia. Los antiguos habían tratado de determinar esta medida, pero fue Picard quien, por primera vez en Francia, comenzó a regularizar los métodos empleados para la medición de un grado. En 1669 determinó la longitud del arco terrestre entre París y Amiens, dando como medida de un grado la cantidad de cincuenta y siete mil sesenta toesas, más o menos equivalente a ciento once kilómetros. Ya en el siglo XVIII, sabios como Cassini, Lacaille y Méchain prolongaron la medición del arco de ese meridiano hasta la ciudad de Barcelona, y en el siglo XIX prosiguieron las investigaciones. El hecho de que el Globo terrestre no fuera un esferoide sino un elipsoide, determinó la necesidad de multiplicar las operaciones en otros puntos de la Tierra, con objeto de señalar la medida de su aplanamiento en los polos. Así, sabios suecos llevaron a cabo diversas mediciones en Laponia, sabios españoles y franceses lo hicieron en Perú, Lacaille trabajó en el cabo de Buena Esperanza y los astrónomos Mason y Dixon efectuaron diversas mediciones en América del Norte. También se midieron otros arcos en Bengala, las Indias orientales, Piamonte, Finlandia, Hannover, Prusia Oriental, Dinamarca y en muchos lugares más. Pero ingreses y rusos se ocuparon menos activamente que otros pueblos de esas delicadas determinaciones. Las investigaciones realizadas hasta esa fecha daban como resultado que los trescientos sesenta grados que contenía la circunferencia demostraban que la Tierra medía nueve mil leguas de contorno. Estos cálculos sirvieron para encontrar una unidad de medida universal, conocida como metro, que fue adoptada inmediatamente por numerosas naciones. Sin embargo, a pesar de la superioridad evidente del sistema métrico sobre otros sistemas, Inglaterra se había negado a adoptarlo. En oposición a sus colegas, los sabios franceses, quienes venían efectuando diversas investigaciones en este terreno con resultados satisfactorios, los sabios ingleses y rusos se negaban a aceptar el sistema métrico. Decididos a no dar su brazo a torcer hasta el momento en que nuevas operaciones geodésicas permitieran asignar al grado terrestre un valor más exacto, británicos y rusos llegaron al acuerdo de trabajar en común. Una comisión compuesta por tres astrónomos ingleses y otros tres rusos fue escogida entre los miembros más distinguidos de las sociedades científicas. Dicha comisión se reunió en Londres, llegando a un acuerdo de considerable importancia. Se realizaría la medición de un arco de meridiano en el hemisferio austral y se haría la misma operación en el hemisferio boreal. De la unión de ambas operaciones se esperaba deducir un valor exacto que fuera aprobado por las partes implicadas. Quedaba por escoger el punto donde debía realizarse tal proyecto, de entre las posesiones inglesas situadas en el hemisferio austral: la colonia de El Cabo, Australia o Nueva Zelanda. La colonia de El Cabo era la que ofrecía mayores ventajas. En primer lugar, esta colonia estaba localizada bajo el mismo meridiano que ciertas porciones de la Rusia europea y, después de haber medido un arco de meridiano en el África austral, se podía medir un segundo arco del mismo meridiano en el imperio del zar, manteniendo la operación en secreto. En segundo lugar, el viaje hasta El Cabo era más corto que a Nueva Zelanda o Australia. Y, en tercer lugar, los sabios podrían efectuar sus operaciones en la misma zona explorada por el sabio francés Lacaille, lo que les permitiría averiguar si la cifra de cincuenta y siete mil treinta y siete toesas dada por el francés como medida de un grado, en el cabo de Buena Esperanza, era correcta. Por tanto, se decidió que la operación geodésica tendría lugar en El Cabo, y los dos gobiernos aprobaron el informe de la comisión anglo-rusa. Se abrieron créditos importantes para llevarla a cabo. Todos los instrumentos necesarios para una triangulación fueron fabricados por duplicado. William Emery recibió el encargo de preparar lo necesario para la expedición. Y la fragata Augusta, de la marina real, recibió la orden de transportar hasta la desembocadura del río Orange a los miembros de la comisión y a su séquito. Es conveniente añadir que junto a los intereses científicos se daban cita intereses nacionales de amor propio. Se trataba de superar a Francia en sus evaluaciones numéricas, llevando adelante esta tarea en un país salvaje desconocido. Sin embargo, los miembros de la expedición estaban resueltos a sacrificar su vida si era preciso, con tal de obtener un resultado favorable para la ciencia, al propio tiempo que glorioso para sus naciones. Todas estas reflexiones realizaba William Emery mientras el vapor continuaba su viaje por el río Orange. La marcha se llevaba a cabo con rapidez, aunque el tiempo no tardó en volverse lluvioso. No obstante, los pasajeros, cómodamente instalados en la cámara de la embarcación, no tuvieron que soportar en ningún momento las lluvias torrenciales, muy frecuentes en aquella época del año. Las riberas del Orange ofrecían siempre su mismo aspecto lleno de encantos. Bosques de variados perfumes se sucedían en las orillas, y todo un mundo de aves habitaba en aquellas alturas pobladas de verdor. A muchos kilómetros de distancia de ambas orillas se extendían diversos bosques de sauces llorones, y en diversos puntos se veían grupos de árboles pertenecientes a la familia de las proteáceas. En muchos sitios se mostraban inesperadamente vastísimas extensiones completamente descubiertas, de donde escapaban bandadas de pajarillos de dulce canto. El mundo volátil ofrecía los ejemplares más variados, y Mokum lo hacía resaltar a los ojos de Sir John Murray, gran amante de la caza de pelo y pluma. Con este motivo, se estableció desde el primer momento una especie de intimidad entre el cazador inglés y el bushman, quien se mostraba muy contento tras recibir el prometido regalo del coronel Everest: un excelente rifle sistema «Pauly» de largo alcance. William Emery, mientras tanto, observaba a sus colegas con atención, tratando de descubrir sus emociones bajo su fría apariencia. El coronel Everest y Mathieu Strux, ambos de una edad similar, eran reservados y formales. Hablaban con lentitud, pensando lo que decían, y se mostraban poco proclives a la confianza mutua más allá de los límites establecidos por la educación y la cooperación científica. Nicolás Palander, que contaría unos cincuenta y cinco años, era uno de esos hombres que jamás han sido jóvenes y que tampoco serán nunca viejos. Su única diversión consistía en hacer cálculos, pudiendo realizar de memoria multiplicaciones con factores de cinco cifras. Pero nada más que los números parecía interesarle. Michel Zorn se asemejaba a William Emery por su edad, temperamento y entusiasmo. Se había convertido en una celebridad precoz gracias a los experimentos realizados en el observatorio de Kiew sobre el tema de la nebulosa de Andrómeda. Sin embargo, su enorme modestia le impedía aparecer como un hombre creído de sí, prefiriendo colocarse en segundo plano con respecto a sus compañeros. Emery y Zorn se hicieron amigos muy pronto. Los mismos gustos e idénticas aspiraciones les unieron. Con frecuencia conversaban juntos, en tanto que el coronel y Strux se observaban con frialdad. Palander extraía mentalmente raíces cúbicas, sin prestar atención al paisaje que le rodeaba, y Mokum y Sir Murray se entretenían forjando planes de hecatombes cinegéticas. El viaje no se caracterizó por ningún incidente digno de mención. La embarcación franqueó en cuatro días los trescientos ochenta y seis kilómetros que separan las cataratas de Morgheda del Kuruman, uno de los afluentes que se remontan hasta la aldea de Lattakou, donde debía detenerse la expedición del coronel Everest. Durante la travesía por el Kuruman, Mokum señaló la presencia en las aguas de un número considerable de hipopótamos, pero estos grandes paquidermos no ofrecieron ningún peligro, retirándose asustados por los paletazos de la hélice y los silbidos del barco de vapor. Cincuenta horas bastaron a nuestros hombres para recorrer los doscientos cuarenta kilómetros que separan la embocadura del Kuruman del embarcadero de Lattakou, llegando a su punto de destino el día 7 de febrero a las tres de la tarde. Cuando la barca de vapor hubo sido amarrada en la orilla que servía de muelle, un hombre de unos cincuenta años, de aspecto grave pero de bondadosa expresión, se presentó a bordo y tendió la mano a Emery. El astrónomo presentó al recién llegado a sus compañeros de viaje, diciendo: -El reverendo Thomas Dale, de la Sociedad de Misiones de Londres y director de la estación de Lattakou. Los europeos saludaron al reverendo, quien les dio la bienvenida y se puso a su entera disposición. La estación de Lattakou era una aldea situada en el Punto Norte más extremo de la región de El Cabo. Estaba dividida en dos partes: la vieja y la nueva. La zona antigua, donde acababa de llegar el Queen and Tzar, contaba doce mil habitantes a principios del siglo XIX, pero éstos habían emigrado hacia el Nordeste en la época de nuestra historia. La nueva Lattakou, a la que los europeos se dirigieron guiados por el reverendo, comprendía una cuarentena de grupos de casas y sumaba alrededor de unos seis mil habitantes, pertenecientes a la gran tribu de los, bechuanas. En esta población fue donde permaneció el doctor Livingstone en 1840, antes de emprender su primer viaje al Zambeze. Por ello, al llegar a la nueva Lattakou, el coronel Everest entregó al director de la misión una carta del doctor Livingstone, que recomendaba la comisión anglo-rusa a sus amigos del África austral. Thomas Dale leyó la misiva con manifiesto placer y después se la devolvió al coronel. -Guárdela -le dijo-. El nombre del señor Livingstone es muy conocido por estas regiones, y esta carta puede serle de gran ayuda en el futuro. Los miembros de la comisión fueron instalados en el establecimiento de los misioneros, una vasta casa edificada en una altura del terreno y a la que rodeaba un seto espeso e impenetrable, como si de la muralla de una fortaleza se tratara. Las casas de los bechuanos eran muy limpias, pero no ; ofrecían las comodidades necesarias para los europeos, pues estaban fabricadas con arcilla y cubiertas por un techo de paja. Por otra parte, al hacerse en tales chozas vida en común, el reverendo consideró que esta circunstancia no sería muy agradable para sus compatriotas y los sabios extranjeros. El jefe de la tribu, que residía en Lattakou y respondía al nombre de Mulibahan, creyó conveniente presentarse a los blancos para ofrecerles sus respetos. Mulibahan era un hombre apuesto y no poseía los labios gruesos y la nariz aplastada que caracterizan a los hombres de su tribu. Mostraba una figura gruesa y aparecía vestido con un manto de pieles cosidas entre sí con mucho arte, y se cubría con un casquete de cuero. Calzaba sandalias de cuero de buey y se adornaba con aros de marfil en las orejas, muñecas y antebrazos. Por encima de su gorro se veía la cola de un antílope y portaba en su mano una vara adornada con un puñado de pequeñas plumas negras de avestruz. Una espesa capa de pintura ocre le cubría de pies a cabeza. Mulibahan se acercó a los blancos con aspecto grave y les agarró por la nariz uno tras otro. Los rusos se dejaron hacer, conservando su seriedad, pero los ingleses no se mostraron tan tranquilos. Sin embargo, todos comprendieron al instante que, de acuerdo con las costumbres africanas, aquélla era una solemne obligación del jefe de la tribu. De este modo daba la bienvenida a los hombres blancos y les ofrecía su hospitalidad. Terminada la operación, Mulibahan se retiró sin haber pronunciado una sola palabra. -Bien -empezó a decir el coronel Everest con su ironía habitual-, puesto que ya nos hemos naturalizado bechuanas, ocupémonos de nuestros asuntos sin perder un minuto más. La indicación fue seguida al pie de la letra. Se dispuso lo necesario en los días que siguieron para llevar a cabo la expedición, pero, a pesar del grado extremo de organización y rapidez impuestas por el coronel, la comisión no estuvo en condiciones de partir antes de los primeros días de marzo. Pese a todo, las fechas entraban en el plan previsto. La estación de las lluvias acababa de finalizar y el agua conservada en las profundidades del terreno había de ser un preciado tesoro para los viajeros cuando se vieran obligados a atravesar el desierto. Se fijó la marcha para el 2 de marzo. La caravana estaba lista, a las órdenes de Mokum, y los expedicionarIos se despidieron de los misioneros, abandonando Lattakou a las siete de la mañana. CAPÍTULO IV -¿Hacia dónde vamos, coronel? -preguntó Emery en el momento en que la caravana pasaba por delante de la última casa de la aldea de Lattakou. -En línea recta -respondió Everest-, hasta encontrar un emplazamiento conveniente para establecer una base. Ocho. horas después, la caravana se internaba en el desierto, ofreciendo a los viajeros un paisaje de sorpresas y peligros. La escolta mandada por Mokum se componía de cien hombres. Eran todos indígenas bochjesmen, gente trabajadora, poco irritable y menos amante de peleas, y capaces de soportar grandes fatigas físicas. Antes de la llegada de los misioneros, los bochjesmen eran embusteros, ladrones y asesinos, pero aquéllos lograron modificar sus bárbaras costumbres, reduciendo sus instintos criminales al robo esporádico en granjas y rebaños. Diez carromatos similares al empleado para acudir a la catarata de Morgheda componían la expedición. Dos de estos carromatos ofrecían ciertas comodidades, pues tenían la misión de servir de campamento para los blancos. De este modo, el coronel Everest y sus compañeros se veían seguidos por una habitación bien cubierta con una tela impermeable y provista de diversas camas de campaña, además de otros útiles de aseo personal. Este sistema tenía la ventaja de hacerles ahorrar tiempo en los lugares donde acampaban, ya que no se veían obligados a montar y desmontar las usuales tiendas. Uno de los carromatos estaba destinado a los viajeros ingleses, en tanto que el otro era ocupado por los rusos. Dos vehículos más, dispuestos en forma parecida, servían de habitación a los cinco británicos y a los cinco rusos que componían la tripulación del Queen and Tzar El casco y la máquina del barco de vapor, desmontados en piezas y cargados en otro carromato, seguían a los viajeros a través del desierto africano. La causa de trasladar el barco residía en la abundancia de lagos existentes en el interior del continente africano. Algunos podían encontrarse en el camino elegido por la expedición científica, en cuyo caso el vapor les prestaría grandes servicios. Los demás carromatos transportaban los instrumentos, los víveres, el equipaje de los viajeros, sus armas y municiones, los utensilios necesarios para la triangulación proyectada y los objetos destinados a los cien hombres de la escolta. Los víveres almacenados consistían en carne de antílope, búfalo o elefante, convenientemente sazonada, y alimentos o la médula de una variedad de zame que recibe el nombre de pan de cafre. Los alimentos tomados del reino vegetal debían ser renovados en el camino, mientras que la carne sazonada podía conservarse intacta durante varios meses. Pero los expedicionarios contaban asimismo con otra fuente de alimentación: los animales que encontraran a su paso y que serían hábilmente cazados por los bochjesmen, que manejaban el arco con notable habilidad e iban provistos de azagayas, especie de largas lanzas muy eficaces a cierta distancia. Cada uno de los carromatos iba tirado por seis bueyes de largas patas, originarios de El Cabo, con anchos lomos y grandes cuernos como elementos destacables en su anatomía. Así arrastrados, estos pesados vehículos no temían las cuestas ni las hondonadas, avanzando con seguridad, aunque no con rapidez, sobre sus ruedas macizas. Los viajeros disponían de caballos importados a El Cabo desde las comarcas de América meridional. Pequeños y grisáceos, estos animales eran muy estimados por su dulce carácter y su demostrado valor. Se contaba también entre la tropa de cuatro patas con media docena de cuagas domesticadas, especie de asnos de patas finas que debían ser útiles en las operaciones geodésicas, transportando los instrumentos a aquellos lugares donde los carromatos no pudieran aventurarse. Mokum montaba un magnífico animal que excitaba la admiración de Sir John Murray, gran conocedor del arte de la equitación. Se trataba de una cebra de pelaje incomparable, que el indígena manejaba con habilidad, a pesar de la naturaleza asustadiza que caracteriza a estos animales. Completaba el conjunto un grupo de perros que corrían a ambos lados de la caravana en estado semisalvaje. De esta suerte avanzaba la expedición por el desierto. ¿Hacia dónde se dirigía? Ni siquiera Everest y Strux lo sabían, pues lo que andaban buscando ambos sabios antes de dar comienzo a sus operaciones trigonométricas era una vasta planicie, nivelada con cierta regularidad, con objeto de establecer en ella la base del primero de aquellos triángulos, cuya red debía cubrir la región austral de África en una extensión de muchos grados. El coronel Everest explicó a Mokum lo que se pretendía. Utilizó el lenguaje familiar a los sabios, hablando de ángulos adyacentes, medición del meridiano, distancias cenitales y otras cosas más, hasta que el cazador, interrumpiéndole con un gesto de impaciencia, dijo: -No entiendo nada de lo que me está diciendo, coronel. Sin embargo, creo adivinar lo que está buscando. ¿Se trata de una llanura grande, lo más recta y regular posible? -En efecto. -Muy bien. Trataré de buscársela. Y, sin más órdenes de Mokum, la caravana volvió hacia atrás y descendió hacia el Sudoeste. Ya en esta dirección la orientó un poco más hacia el sur de Lattakou, es decir, hacia aquella región de la llanura que regaba el Kuruman. A partir de ese día, el cazador adoptó la costumbre de establecerse a la cabeza de la caravana. Sir John Murray no le abandonaba y, de cuando en cuando, una detonación hacía saber a sus colegas que Sir Murray trababa conocimiento con la caza africana. por su parte, el coronel se dejaba conducir por su caballo, entregado por completo a sus reflexiones. Mathieu Strux tampoco abría mucho la boca, en tanto que Palander, mal jinete donde los haya, prefería marchar dentro del vehículo, absorto por completo en las más profundas abstracciones de las altas matemáticas. Emery y el ruso Zorn preferían cabalgar juntos, conversando sobre temas diversos de común interés y estrechando su amistad día tras día. A menudo se alejaban, desviándose de los flancos de la expedición o adelantándola algunos kilómetros, cuando la llanura se extendía ante sus ojos hasta perderse de vista. Abiertos, expansivos y risueños, ambos jóvenes se diferenciaban de sus colegas, caracterizados por la extrema gravedad que las responsabilidades del cargo confieren a los seres humanos. Emery y Zorn conversaban a menudo sobre temas ajenos al mundo de la ciencia, si bien se sentían profundamente interesados por todo cuanto a ella concernía, como es natural. Otro de sus temas de conversación se basaba en la observación de sus respectivos jefes, el coronel Everest y el señor Strux. Emery aprendió a conocerles gracias a su amigo Zorn. -Sí -dijo cierto día Michel Zorn-, les he observado bien durante nuestra travesía a bordo del Augusta y he de admitir que, desgraciadamente, están celosos el uno del otro. Ambos son imperiosos y tienden al autoritarismo, aunque tampoco puede decirse que sean unos malvados. En realidad, la causa principal de su amargura aparente proviene de lo que acabo de decirle: reinan entre ellos los celos de los sabios, que son los peores celos. -Y los que tienen menos razón de ser -añadió Emery-, ya que todo queda en el campo de los descubrimientos y cada uno de nosotros busca el provecho de todos. Lamento que sea así, pues esta va a ser una circunstancia molesta, e incluso peligrosa, para nuestros expedición. -Desde luego. -Es necesario que exista una compenetración absoluta para que tenga éxito una operación tan delicada como ésta. -Sin duda -asintió Zorn-, pero estoy convencido de que esta compenetración no existe. O mucho me equivoco, o preveo choques a la hora de confrontar nuestros dobles registros. -Me aterra usted, amigo mío -afirmó Emery-. Quiera Dios que no nos hayamos aventurado hasta tan lejos para que la falta de concordia haga fracasar una empresa de este género. -Eso mismo pienso yo, pero he de repetirle que durante la travesía he asistido a ciertas discusiones de métodos científicos que dan fe de una terquedad incalificable tanto por parte de su compatriota como por parte del señor Strux. En el fondo es una cuestión de miserable envidia. -Lo raro del asunto es que no se separan nunca ni un momento. -No se separan ni diez minutos, en efecto, pero no les habrá visto intercambiar más de diez palabras en un día. En realidad están llevando a cabo una labor de espionaje mutuo, lo cual nos obliga a realizar la expedición en condiciones ciertamente deplorables. -Me gustaría hacerle una pregunta -dijo Emery. -Como guste. --¿Cuál de los dos jefes preferiría usted? Michel Zorn no lo pensó un segundo, respondiendo con aplomo y evidente seguridad a la pregunta de su amigo. -Querido William -le dijo-, aceptaré lealmente como jefe a aquel de los dos que sepa imponerse como tal. En lo que se refiere a temas científicos, no me mueven intereses nacionalistas. El coronel Everest y Mathieu Strux son dos hombres notables. Inglaterra y Rusia se aprovecharán por igual del resultado de sus trabajos y, por tanto, importa poco que esos trabajos sean dirigidos por un inglés o por un ruso. -Estoy completamente de acuerdo con usted -asintió Emery con entusiasmo-. Debemos emplear nuestros medios en el bien común, y no dejarnos distraer por prejuicios absurdos. Tras una breve pausa, William Emery quiso conocer más detalles de los expedicionarios. -¿Qué opina de su compatriota, Nicolás Palander? -¡Palander! -respondió Zorn echándose a reír-. No verá, ni oirá, ni comprenderá nada. Con tal de que le dejen realizar sus cálculos, él no es ni ruso, ni inglés, ni prusiano, ni chino. Es Nicolás Palander, simplemente. -No podría decir lo mismo de mi compatriota Sir John Murray, pues se trata de un personaje muy británico. Lo cierto es que creo que demuestra mayor interés por la caza que por los cálculos matemáticos, y preferirá perseguir a un elefante antes que perder tiempo en largas discusiones científicas. -De modo que sólo podremos contar con nosotros mismos -dijo Zorn. -Así es. Sólo nosotros podremos limar el contacto difícil de nuestros jefes. Si la ocasión se presenta, y Dios no lo quiera, habremos de estar muy unidos. -¡Siempre unidos! Y, diciendo esto, Zorn tendió la mano a su compañero, sellando así un pacto de mutua y leal amistad. Mientras tanto, la caravana seguía su descenso hacia las regiones del Sudoeste. En la jornada del 4 de marzo, al mediodía, los viajeros alcanzaron la base de las colinas que venían bordeando desde Lattakou. Mokum había conducido a los expedicionarios hasta la llanura, pero esa llanura, todavía ondulada, no servía para realizar los primeros trabajos de triangulación. Por consiguiente, la marcha hacia delante no se interrumpió. Hacia el final de la jornada, los viajeros llegaron a una de esas estaciones ocupadas por colonos nómadas, en busca de la riqueza de ciertos pastos que sirven de asentamiento a los trashumantes boers. El coronel Everest y sus compañeros fueron hospitalariamente acogidos por un colono holandés jefe de numerosa familia, que en pago de sus servicios no quiso aceptar ninguna indemnización. Después de atender a los extranjeros, el colono les indicó una extensa planicie situada a unos veinticinco kilómetros, la cual resultaría muy apropiada para sus operaciones geodésicas. Al día siguiente, 5 de marzo, la caravana partió al amanecer. El viaje transcurrió sin incidentes, llegando al mediodía al emplazamiento designado por el holandés. Se trataba de una pradera sin límites hacia el Norte, cuyo suelo no presentaba ningún desnivel. Resultaba difícil imaginarse un terreno más favorable para la medifícil imaginarse un terreno más favorable para la medición de una base. Porque tal era la empresa que debía acometer en aquel momento la expedición científica. En realidad, la medición de uno o más grados por medio de reglas metálicas unidas entre sí por sus extremos, seria un trabajo absolutamente irrealizable desde el punto de vista de la exactitud matemática. Además, ningún terreno, en ningún punto del mundo, es lo bastante uniforme para prestarse eficazmente a la ejecución de una operación tan delicada. ¿Qué se puede hacer entonces? Afortunadamente, es posible dividir el terreno que debe atravesar la línea de un meridiano en cierto número de triángulos aéreos, cuya determinación es relativamente fácil. Estos triángulos se obtienen apuntando, mediante instrumentos muy precisos, el teodolito y el círculo repetidor, a señales naturales o artificiales, tales como campanarios, torres, postes y objetos de similares características. A cada señal encaja un triángulo, cuyos ángulos son dados por los instrumentos mencionados con una precisión matemática exacta. Así se obtienen triángulos cuyos lados miden muchos kilómetros de longitud. Pero, según un principio geométrico, un triángulo dado sólo es conocido cuando se averigua uno de sus lados y dos de sus ángulos, sacándose inmediatamente el valor del tercer ángulo y la longitud de los otros dos lados. Por consiguiente, tomando como base de un nuevo triángulo un lado de los triángulos ya formados, y midiendo los ángulos adyacentes a esta base, se tendrán así nuevos triángulos que serán llevados sucesivamente hasta el límite del arco que se ha de medir. Por este método se obtienen las longitudes de todas las rectas comprendidas en la red de triángulos, y por una serie de cálculos trigonométricos se puede determinar la magnitud del arco meridiano que atraviesa la red entre las dos estaciones terminales. Así, conocidos los ángulos de un triángulo por medio del teodolito o del círculo repetidor, se pueden realizar las siguientes operaciones. Pero queda claro que el primer lado, base de todo sistema, es preciso medirlo directamente sobre el terreno con una precisión extraordinaria, y este es el trabajo más delicado de cualquier triangulación. Delambre y Méchain emplearon cuarenta y cinco días para medir una dirección rectilínea en el departamento francés de Seine-et-Marne. Esta dirección, que seguía el curso de una carretera, tenía un total de diecisiete kilómetros, trescientos ochenta y cinco metros. El coronel Everest y Mathieu Strux se proponían seguir el mismo procedimiento que sus colegas franceses, por lo que necesitaban realizar sus operaciones con gran precisión. El día 5 de marzo dieron, pues, comienzo los primeros trabajos geodésicos de los expedicionarios, ante el asombro general de los bochjesmen, que no entendían nada de lo que estaba ocurriendo. CAPÍTULO V Mokum pensaba que las diversiones a las que se entregaban sus amigos eran realmente extrañas, pero este era un hecho que al indígena tampoco le preocupaba en extremo. Él había cumplido con su misión y nada más podía inquietarle. Porque, en efecto, para alguien no familiarizado con aquellos temas, medir el terreno con reglas que tenían una longitud de metro ochenta, de extremo a extremo, constituía una rara ocupación. El emplazamiento había sido cuidadosamente elegido. La llanura, cubierta por un pequeño césped ya seco, se extendía hasta los límites del horizonte, siguiendo un plano netamente nivelado. La planicie limitaba al Sur con una serie de colinas que formaban el extremo del desierto de Kalahari, y al Norte lo hacía con el infinito. En dirección al Este se hallaba Lattakou, en tanto que al Oeste la planicie se hundía más aún, convirtiéndose en pantanoso, y se empapaba de un agua estancada que alimentaba los afluentes del Kuruman. Observando atentamente aquella hermosa llanura, Mathieu Strux se dirigió al coronel Everest y le dijo: -Cuando la base esté establecida, podremos fijar aquí el punto extremo del meridiano. -Estaré de acuerdo con usted cuando hayamos de- , terminado la longitud exacta de este punto. Cuando traslademos al mapa este arco del meridiano, será preciso comprobar si no se encuentra en su curso algún obstáculo infranqueable que pudiera dificultar la operación. -No lo espero. -Ya lo veremos -exclamó el coronel-. Primero haremos las mediciones y después decidiremos el paso siguiente. Estas palabras cortaron la discusión. La operación debía ser larga, ya que los científicos querían llevarla a cabo con exactitud. Por esta razón se dieron las órdenes oportunas para instalar el campamento. Los carromatos fueron dispuestos como viviendas, y la improvisada aldea se dividió en cuartel inglés y en cuartel ruso, sobre los cuales ondeaban las banderas de ambos países. En el centro se extendía una plaza común. Más allá de la línea circular de los carromatos pastaban los caballos y los búfalos, bajo la vigilancia de los conductores, aunque por la noche se les hacía entrar en el recinto interior, con el fin de que no fueran devorados por las numerosas fieras que son muy corrientes en aquellas regiones. Mokum fue el encargado de organizar las cacerías que proveerían de alimento fresco a la aldea, siendo acompañado en sus correrías por Sir Murray, que prefería entregarse a estas actividades, ya que su presencia no era absolutamente imprescindible para la medición de la base. Las operaciones geodésicas comenzaron el día 6 de marzo. Los dos sabios más jóvenes de la expedición se encargaron de realizar los trabajos preliminares. La primera operación consistió en trazar sobre el terreno, en su parte más llana y unida, una dirección rectilínea. La disposición del suelo dio a esta recta la orientación Sureste-Noroeste, obteniéndose la misma por medio de estacas clavadas en la tierra, a corta distancia una de otra. Zorn, provisto de un anteojo reticular, comprobaba la posición de estos jalones sobre las estacas, admitiendo que dicha posición era exacta cuando el hilo vertical de la retícula dividía todas las imágenes en dos partes iguales. Esta distancia rectilínea ocupaba un total de catorce kilómetros, que era la longitud aproximada que los astrónomos pensaban dar a su base. Cada estaca había sido provista de una mira que, colocada en su cima, debía facilitar el emplazamiento de las reglas metálicas. Este trabajo requirió algunos días, y los dos jóvenes lo ejecutaron con escrupulosa exactitud. Se trataba, después, de colocar una tras otra las reglas destinadas a medir directamente la base del primer triángulo, operación que puede parecer sencilla, pero que precisa de infinitas precauciones, pues de ella depende en gran medida el éxito de una triangulación. En la mañana del 10 de marzo se colocaron en el suelo unos zócalos de madera, siguiendo la dirección rectilínea ya establecida. Los zócalos eran doce y descansaban en su parte inferior sobre tres tornillos de hierro, cuya distancia era sólo de algunos centímetros para impedir el deslizamiento, manteniéndolos por su adherencia en una posición invariable. Sobre los zócalos se dispusieron pequeñas piezas de madera, completamente rectas, que debían soportar las reglas y sujetarlas en sus ensambladuras, las cuales fijaban la dirección. Mas un aspecto a tener en cuenta era que la dilatación de las reglas podía variar con la temperatura, hecho que habría de ser comprobado por los científicos rigurosamente. Cuando los doce zócalos hubieron sido fijados y cubiertos con las piezas de madera, el coronel Everest y Mathieu Strux se encargaron de la operación delicada de situar las reglas en sus puntos concretos, ayudados por sus dos jóvenes colegas. Mientras tanto, Nicolás Palander, con el lápiz en la mano, iba anotando en un doble registro las cifras que le eran transmitidas. Las reglas empleadas tenían una longitud de dos toesas, seis líneas de ancho y una línea de grueso. Para alguien no acostumbrado a estas medidas, basta decir que su equivalencia longitudinal en el sistema métrico era de tres metros, ochocientos noventa y ocho centímetros. El metal empleado para la fabricación de dichas reglas era el platino, inalterable al aire en circunstancias ordinarias y completamente inoxidable. Pero las reglas de platino mencionadas debían sufrir una dilatación o contracción -bajo la acción variable de la temperatura- que era preciso tener muy en cuenta. Por esta razón, se había pensado poner en cada una de ellas un termómetro metálico, recubierto por otra regla de cobre de longitud inferior a la regla básica. Un vernier colocado en la extremidad de la regla de cobre indicaba exactamente la dilatación relativa de la regla de cobre, deduciéndose así la expansión definitiva de la de platino. El mismo vernier había sido sometido a toda clase de pruebas para asegurar que sus propias dilataciones, por pequeñas que fueran, no afectasen a la regla de platino. Por último, para asegurar aún más si cabe la precisión de los cálculos, cada vernier estaba provisto de un microscopio que permitía apreciar incluso los cuartos de cienmilésima de toesa. Así pues, las reglas se colocaron sobre las piezas de madera, un extremo junto a otro, pero sin tocarse, ya que era menester evitar todo choque por ligero que fuese. El coronel y Strux situaron la primera regla sobre la pieza de madera en la dirección de la base. A ciento noventa metros de allí, sobre la primera estaca, se había establecido una mira y, como las reglas estaban armadas con dos puntas verticales hincadas en el mismo eje, resultaba fácil disponerlas en la dirección deseada. Emery y Zorn se echaron, pues, al suelo para comprobar si las dos puntas de acero se proyectaban justamente en el centro de la mira. Una vez comprobado esto, la dirección exacta de la regla quedó asegurada. El coronel Everest dijo a continuación: -Ahora es preciso determinar el punto de partida de nuestra operación. Dirigiremos una plomada vertical tangente a la extremidad de la primera regla. Como ninguna montaña puede ejercer una acción sensible sobre este hilo, podremos marcar exactamente en el suelo la extremidad de la base. -Estoy de acuerdo -manifestó Strux-, a condición de que tengamos en cuenta el espesor medio del hilo en el punto de contacto. -Por descontado -terminó el coronel. Realizada esta nueva operación, el trabajo siguió su curso. Ahora se imponía tener en cuenta la inclinación de la base en relación con el horizonte. -¿Será posible colocar la regla en una posición completamente horizontal? -preguntó Emery. -No -respondió Strux-. Nos bastará con levantar el ángulo que cada regla hará con el horizonte. Así podremos reducir la longitud medida a la longitud real. El coronel Everest se manifestó de acuerdo y ambos sabios procedieron entonces a la elevación, empleando para ello un nivel especialmente construido para tal objeto. El nivel se colocó sobre la regla, conociéndose el resultado de inmediato. En el momento en que Palander iba a anotarlo en su registro, Strux pidió que el nivel fuese vuelto de un lado a otro, con el objeto de leer la diferencia de los dos arcos. Esta diferencia resultó doble de la inclinación buscada, y la operación quedó comprobada. Las cifras obtenidas hasta el momento fueron consignadas en dos registros diferentes y firmadas al margen por los miembros de la comisión anglo-rusa. Después se procedió a la realización de dos operaciones de singular interés: la variación termométrica de la primera regla y el cálculo exacto de la longitud medida por ella. Para anotar la longitud realmente medida fue preciso colocar la segunda regla a continuación de la primera, dejando un pequeño espacio entre ambas. Comprobados todos los puntos indicados, se situó la segunda regla en su lugar y se midió el espacio abierto entre ambas. Para ello se había dispuesto en el extremo de la primera, y en la zona que no estaba recubierta por la regla de cobre, una lengüeta de platino que se deslizaba a propósito entre dos ranuras. Las nuevas cifras obtenidas también fueron cuidadosamente anotadas en el registro, una vez hechas todas las comprobaciones pertinentes. Michel Zorn propuso un nuevo plan con el fin de obtener una comprobación más rigurosa. Ya que la regla de cobre recubría la de platino, podía suceder que, bajo la influencia de los rayos solares, el platino se calentara más lentamente que el cobre. Para considerar esta diferencia termométrica, las reglas fueron protegidas por un tejadillo situado a algunos centímetros de elevación. Cuando los rayos solares caían oblicuamente, se tendía una tela del lado de donde venía el sol, ya fuera por la mañana o por la tarde, con el fin de evitar su calor. Estas operaciones se llevaron a cabo con paciencia y minuciosidad por espacio de un mes. Una vez que las cuatro reglas fueron colocadas y comprobadas, consecutivamente, en el cuádruple punto de vista de la dirección, inclinación, dilatación y longitud efectiva, se recomenzó el trabajo ya hecho con la misma meticulosidad, trasladando los zócalos y los caballetes de la primera regla a continuación de la cuarta, que acababa de medirse. Los científicos mostraban una gran habilidad en las operaciones, pero esto no impedía que las mismas requirieran mucho tiempo para ser finalizadas con el éxito deseado. Llegaron a medir unos cuatrocientos cincuenta metros diarios con tiempo favorable, pues el viento podía comprometer la imprescindible inmovilidad de los aparatos. Al llegar la noche, los sabios suspendían su trabajo y tomaban una serie de precauciones antes de emprenderlo al día siguiente. La regla que llevaba el número uno se colocaba de modo provisional y se señalaba en el suelo el lugar en que debía colocarse. En este punto se hacía un agujero y se hundía en él una estaca a la que se fijaba una placa de plomo. Se volvía a situar entonces la regla número uno en su posición definitiva, después de comprobar la dirección, la variación termométrica y la inclinación, y se anotaba la distancia medida por la regla número cuatro. Luego, por medio de una plomada tangente al extremo anterior de la regla número uno, se hacía una señal en la placa, de plomo. Se trazaban con cuidado dos líneas en ángulo recto, una en el sentido de la base y otra en el sentido de la perpendicular, y se cubría la placa de plomo con una caja de madera, rellenando el agujero hasta dejar enterrada la estaca, lista así para el día siguiente. Si un accidente cualquiera se presentaba, se evitaba de este modo que los aparatos se desordenaran, teniendo que empezar de nuevo toda la operación. Al día siguiente, la placa era descubierta y se disponía la primera regla en la misma posición que la víspera, gracias a la plomada, cuyo extremo debía caer exactamente sobre el punto trazado por las dos líneas. CAPITULO VI Todas estas maniobras se realizaron durante treinta y ocho días. Las cifras fueron anotadas por partida doble, verificadas, comprobadas y aprobadas por todos los representantes de la comisión. Las discusiones entre el coronel Everest y el señor Strux fueron escasas. Un solo asunto motivó entre ambos rivales científicos unas réplicas tan vivas, que se hizo necesaria la intervención de Sir John Murray para calmar los ánimos. La discusión tuvo su origen en la longitud que debía darse a la base del primer triángulo. La longitud debía ser amplia, pues cuanto más abierto resultase el triángulo, más fácil sería de medir. Pero tampoco se podía prolongar esta longitud hasta el infinito. El coronel proponía una base de doce mil metros, pero el señor Strux prefería la cifra de veinte mil metros. Ninguno de los dos parecía dispuesto a ceder. La discusión se hizo tan violenta que, en un momento dado, ya no eran dos científicos enfrentados por un problema cualquiera, sino dos enemigos nacionales, un inglés y un ruso que defendían los intereses de sus respectivos gobiernos. La Naturaleza impuso un poco de paz en el duro combate, ya que el mal tiempo obligó a suspender las actividades por unos días. Los ánimos se tranquilizaron y se decidió por mayoría que la medición de la base se daría por terminada a los dieciséis mil metros, aproximadamente, con lo cual se dividía por la mitad la diferencia. Tras muchos esfuerzos se logró finalizar el trabajo dando la base un resultado último de quince mil seiscientos setenta y ocho metros y setenta y tres centímetros o, lo que es lo mismo, ocho mil treinta y siete toesas y setenta y cinco centésimas. Sobre esta base iba a apoyarse la serie de triángulos cuyo resultado debía cubrir el África austral en un espacio de varios grados. Los preparativos terminaron, por tanto, el día 13 de abril, y los científicos decidieron continuar cuanto antes el resto de las investigaciones. El paso siguiente era conseguir la latitud del punto Sur, en el cual comenzaba el arco del meridiano que se trataba de medir. El 14 de abril comenzaron las mediciones pertinentes, si bien estos trabajos fueron más sencillos que los anteriores, gracias a las investigaciones realizadas por Emery y Zorn. El mal tiempo de los días precedentes había sido aprovechado por los dos jóvenes sabios para llevar a cabo diversas mediciones de la altura relativa a numerosas estrellas. De estas observaciones tan minuciosamente repetidas se podía deducir, con gran precisión, la latitud del punto del arco. Esta latitud era de 27,951789 grados decimales. Tras la latitud se calculó la longitud, escribiéndose el resultado en un excelente mapa del África austral, levantado a gran escala. Este mapa reproducía los descubrimientos geográficos hechos recientemente en esa parte del Globo por viajeros como Livingstone, Anderson y otros. Se trataba de escoger en ese mapa un meridiano determinado, para localizar en él un arco comprendido entre dos puntos alejados el uno del otro por un número concreto de grados. Cuanto más largo fuera el arco medido, menor sería la incidencia de los posibles errores derivados de esta operación. Había grandes obstáculos a tener en cuenta. Era preciso evitar los obstáculos naturales, tales como montañas infranqueables y vastas extensiones de agua, pues habrían estorbado la marcha de los exploradores. Mas la suerte parecía estar de parte de la comisión, pues aquella zona no tenía elevaciones considerables ni abundaban en ella los cursos de agua difícilmente vadeables. Se podía tropezar con peligros, pero no con obstáculos. Los expedicionarios tenían a su favor el desierto de Kalahari. Aunque el desierto en cuestión no merece el nombre de tal, pues no se trata de las planicies del Sahara, cuya aridez y falta de vegetación hace que sean prácticamente infranqueables. El Kalahari, por el contrario, produce gran cantidad de plantas, su suelo está recubierto por abundantes hierbas y cuenta con espesas malezas y grandes árboles. Abundan en él la caza salvaje y las fieras temibles, y está habitado o recorrido, según los casos, por tribus sedentarias y nómadas de bushmen y bakalaharis. Pero el agua brilla por su ausencia en ese desierto la mayor parte del año. Los lechos de los ríos que lo atraviesan se muestran secos numerosas veces, a excepción de la época siguiente a la estación de las lluvias. Ésta, que acababa de terminar, ofrecía a los expedicionarios la posibilidad de encontrar agua estancada en charcos, estanques o riachuelos. Mokum informó de todo esto a los científicos, y el coronel Everest y Mathieu Strux se pusieron de acuerdo en un punto: aquel vasto emplazamiento ofrecía todas las condiciones favorables para una buena triangulación. Quedaba por llevar a cabo la elección del meridiano. Tras muchas deliberaciones se decidió que el extremo Sur de la base del triángulo podía servir como punto de ida. Este meridiano era el vigésimo cuarto al este de É Greenwich y se prolongaba, por lo menos, en un espacio de siete grados, del vigésimo al vigésimo séptimo, sin encontrar obstáculos naturales que estuvieran señalados en el mapa. Se decidió, por tanto, medir un arco en el vigésimo cuarto meridiano. Arco que, al ser prolongado por Europa, ofrecía la facilidad de medir un arco septentrional en el Imperio ruso. La primera estación, que debía señalar la punta del primer triángulo, fue escogida hacia la derecha del meridiano. Se trataba de un árbol solitario, situado en una elevación del terreno, lo que le hacía perfectamente visible. Los astrónomos midieron también el ángulo que hacía este árbol con el extremo sureste de la base, por medio de un círculo repetidor de Borda, de extraordinaria precisión. Las operaciones comenzaron, como ya hemos dicho, el día 14 de abril. Mientras los científicos se entregaban a las mediciones preliminares, Mokum ordenó que se levantara el campamento, dirigiendo los carromatos hacia la primera estación señalada. El tiempo era clarísimo y se prestaba a la operación. Se había decidido, no obstante, que, si la atmósfera impedía, los cálculos, las operaciones se realizarían por la noche, con ayuda de faroles o lámparas eléctricas. El primer día se midieron los ángulos, anotándose las cantidades obtenidas en el doble registro, después de hacer las comprobaciones oportunas. Cuando llegó la noche, todos los astrónomos estaban reunidos en la caravana en torno al árbol que había servido de objetivo. Se trataba de un enorme baobab, cuya circunferencia medía más de veinticuatro metros. Toda la caravana se refugió bajo el inmenso ramaje del gigantesco baobab, cenando los antílopes que los cazadores habían alcanzado en una de sus partidas. Tras la cena, los sabios se retiraron a descansar y Mokum dispuso a los centinelas en puntos estratégicos. También se encendieron grandes hogueras para mantener alejadas a las fieras, que podían sentirse atraídas por el olor de los antílopes muertos. Apenas transcurridas dos horas de sueño, Zorn y Emery se levantaron, pues deseaban calcular la latitud de aquella estación, observando para ello la altura de las estrellas. Olvidando las fatigas del día, los dos jóvenes se instalaron con los anteojos de su instrumento y determinaron exactamente el desplazamiento que el cenit había experimentado pasando de la primera estación a la segunda. Al día siguiente, 15 de abril, se reanudaron las operaciones. El ángulo que hacía la estación del baobab con los dos extremos de la base indicada por los polígonos fue medido con precisión. Este nuevo resultado permitía comprobar el primer triángulo. Después se eligieron otras dos estaciones a derecha e izquierda del meridiano. Una estaba formada por un montículo muy visible de la llanura, y la otra era jalonada por un poste indicador, a una distancia de algo más de once kilómetros. La triangulación prosiguió así durante un mes. El 15 de mayo, los científicos habían subido un grado hacia el Norte, tras haber construido geodésicamente siete triángulos. Estas operaciones no habían facilitado el acercamiento entre los jefes de la expedición. Ambos sabios estaban separados no sólo por sus rivalidades, sino también por el espacio físico, pues cada uno llevaba a cabo sus mediciones alejado del otro. Trabajaban diariamente en estaciones separadas entre sí por muchos kilómetros, y esta distancia era una garantía contra cualquier disputa originada por el amor propio. Regresaban al campamento al llegar la noche, introduciéndose cada uno en su carromato particular. Cierto es que se produjeron algunas discusiones, pero éstas fueron debidas a discrepancias respecto a la elección de estaciones, si bien la sangre no llegó al río y no se produjeron altercados serios. En definitiva, el asunto era que el 15 de mayo se había logrado subir un grado desde el punto austral del meridiano. Se encontraban, por tanto, en el paralelo de Lattakou. La comisión decidió que había llegado el momento de tomar un descanso, instalándose la caravana en el lugar ocupado por un kraal que había sido levantado recientemente en aquellos alrededores. Los indígenas del África austral llaman kraal a cierta especie de aldea móvil que se traslada de un pasto a otro. Es un espacio compuesto por una treintena de chozas dispuestas circularmente a orillas de un riachuelo afluente del Kuruman. Estas chozas, formadas por esteras entretejidas de juncos y completamente impermeables, colocadas sobre montantes de madera, parecían enormes colmenas. Su entrada, cubierta por una piel, obligaba a los que penetraban en ellas a arrastrarse sobre sus rodillas. Esta única abertura hacía las veces de chimenea, y por ella salían al exterior los humos de los alimentos cocidos al fuego. La llegada de la caravana alertó a los habitantes del kraal. Los perros ladraron furiosamente y los indígenas asomaron sus narices para observar a los recién llegados. Los guerreros de la aldea, armados de azagayas, cuchillos y mazas, y protegidos por sus escudos de cuero, se adelantaron hacia los expedicionarios. Se podía calcular su número en doscientos, lo que daba una idea de la importancia de aquel kraal. Había un total de unas ochenta chozas circundadas por una alta empalizada, para protegerse de los ataques de los animales feroces. Los indígenas se tranquilizaron ante las palabras de Mokum, que les explicó los motivos que llevaban a la caravana por aquellas regiones, si bien no les detalló el carácter singular de las investigaciones, pues no deseaba que los habitantes del kraal les tomaran a todos por locos. La caravana obtuvo permiso para acampar cerca de las empalizadas, a orillas del riachuelo. Los caballos, bueyes y otros rumiantes de la expedición podrían alimentarse con abundancia, sin causar el menor perjuicio a la aldea ambulante. El campamento se organizó siguiendo el método acostumbrado. Los carromatos se dispusieron circularmente y cada cual empezó a dedicarse a sus respectivas ocupaciones. Todos consideraron que la propuesta de Sir Murray, en el sentido de establecerse allí por unos días, había sido muy acertada. Michel Zorn y William Emery habían decidido aprovechar esta temporada de descanso para tomar la altura del sol, mientras que Nicolás Palander se ocuparía de hacer diferencias del nivel de miras, de modo que quedasen reducidas estas medidas al nivel del mar. En cuanto a Sir Murray, el descanso le ofrecía una excelente oportunidad de entregarse a su diversión - favorita, la caza, pues deseaba estudiar la fauna de la región. Así pues, Sir John Murray dejó a sus compañeros entregados a sus cálculos y observaciones científicas y se marchó en compañía de Mokum. El inglés llevaba como montura su caballo habitual, mientras que el indígena utilizaba su inseparable cebra doméstica. Tres perros les seguían dando saltos. Ambos cazadores estaban armados de sendas carabinas de caza, de bala explosiva, pues tenían la intención de atacar a fieras salvajes. Se dirigieron hacia el Norte, a algunos kilómetros del kraal, en dirección a una zona frondosa que favorecía sus planes. Cabalgaban el uno al lado del otro, animando el camino con su alegre conversación, pues a estas alturas ya se habían hecho muy amigos. -Espero que cumplas tu promesa, querido Mokum -dijo Sir Murray. -¿Qué promesa dice usted? -La de llevarme al corazón del país más abundante en caza del mundo. No he venido al África austral para tirar contra las liebres o los zorros. Antes de una hora espero haber abatido... Mokum le interrumpió con una sonrisa y estas palabras: -¡Antes de una hora! Pretende ir usted demasiado rápido. Aquí es necesario tener paciencia. -¿Eres tú quien me habla de paciencia, mi impaciente amigo? -se sonrió el inglés. -Soy impaciente, es cierto, pero en lo que se refiere a la caza puedo tener toda la paciencia del mundo. Sobre todo en lo que respecta a la caza de los grandes animales. -¿Es que requiere unas condiciones especiales? -Desde luego, señor Murray. La caza de los grandes animales es toda una ciencia, y es preciso conocer muy bien el país, las costumbres de los animales, los lugares por donde pasan... Después de conocer estos detalles, hay que ir tras ellos durante muchas horas y contra el viento, pues si descubren nuestra presencia antes de tiempo estamos perdidos. Sir Murray le escuchaba atentamente. -También es necesario no dar gritos intempestivos -añadió Mokum-, ni dar pasos en falso o ruidosos, ni ojeadas indiscretas. Todas estas circunstancias pueden hacer que el cazador pierda en un momento esa presa que con tanto cuidado y paciencia ha estado persiguiendo. Esto era algo que sabía muy bien el impaciente Mokum. CAPÍTULO VII Sir John Murray preguntó a su amigo: -¿Te ha ocurrido eso alguna vez? -¿El qué, señor? -inquirió Mokum. -Perder a una pieza tras una paciente persecución. -Desde luego, señor. Más de una vez me he pasado jornadas enteras acechando un búfalo y, cuando después de tres días de paciente y astuta espera lograba estar muy cerca del animal, un movimiento en falso deshacía todo lo conseguido, sumiéndome en la desesperación por el trabajo mal hecho. Porque para Mokum, cazar con destreza una gran fiera era un trabajo tan serio como resultaba para cualquiera de los científicos de la expedición el hecho de calcular la medida de un arco de un meridiano. -De acuerdo, amigo mío -repuso Sir Murray-. No tengo inconveniente en dar tantas pruebas de paciencia como desees. Pero recuerda que la caravana sólo descansará durante tres o cuatro días, y no podemos perder ni un minuto. -En ese caso, mataremos lo que se nos ponga a tiro, sin detenernos a elegir entre un antílope, un gamo, una gacela o un ñu. Cualquier cosa habrá de parecernos buena. -¿Es que para ti un antílope o una gacela son piezas de caza menor? Me doy por satisfecho si consigo hacer blanco en cualquiera de esos animales. Pero, entonces, ¿qué esperabas poder ofrecerme para mi estreno en tierras africanas? Mokum miró al inglés con una sonrisa irónica, no exenta de cierto toque de cariño, y respondió: -Suponía que no se daría usted por satisfecho a menos que matara un rinoceronte o una pareja de elefantes. -Iré donde me lleves y mataré lo que me digas que debo matar. Estoy a tu disposición, experto cazador. -En ese caso, avivaremos el paso. Las monturas fueron puestas al trote y ambos cazadores avanzaron rápidamente hacia el bosque. Atravesaron una llanura sembrada de innumerables materiales, de los cuales se desprende una resina viscosa que los indígenas emplean para curar las heridas. Aquí y f allá, formando grupos pintorescos, se alzaban las higueras de sicomoros que caracterizan aquella región. En sus ' ramas charlaban numerosos loros de vistosos colores. Transcurrida una hora desde que dejaron el kraal, los cazadores llegaron al lindero del bosque, formado por un gran espacio que medía muchos kilómetros cuadrados. En él predominaban las acacias. El ramaje de las acacias, cuidadosamente entrelazado, impedía el paso de los rayos de sol. Mokum y Sir Murray se abrieron paso entre los trancos irregularmente esparcidos y cabalgaron bajo la espesa bóveda, encontrando de cuando en cuando algunos claros que les permitían detenerse a observar con detenimiento la espesura. Su primera jornada de caza no fue muy favorable. El inglés y el bushman recorrieron en vano buena parte de la selva, pues ningún ejemplar de la fauna africana se molestó en darles la bienvenida. Tal vez la vecindad del kraal había contribuido a alejar la caza, ya de por sí muy desconfiada. Sir Murray se sentía decepcionado. Un cazador como él no podía permitirse el lujo de volver de vacío. Sumido en estas reflexiones, la suerte pareció favorecerle. Un animal parecido a las liebres comunes que abundan en Europa salió de pronto de la espesura. La liebre se situó a unos cincuenta pasos del inglés y éste, contento al fin de encontrar un blanco contra el que disparar, envió al inofensivo animal una bala de su carabina. Mokum dio un grito de indignación y exclamó: -¿Cómo es posible que desperdicie una bala como ésta para una simple liebre, cuando habrían bastado unos simples perdigones? Pero el cazador inglés, satisfecho por haber podido demostrar sus habilidades, no atendió las exclamaciones de protesta del bushman y se lanzó al galope hacia el lugar donde debía de haber caído el animal. Pero no había el menor rastro de la liebre, y tan sólo podía distinguirse un pequeño rastro de sangre en el suelo. Sir John buscó en vano entre los matorrales de los alrededores, en tanto que los perros husmeaban el lugar. Mas ni uno ni otros consiguieron nada. Mokum, que se había acercado al trote, miraba sonriente los esfuerzos de su amigo y señor. -¡La he tocado! -protestaba Sir Murray- ¡Estoy seguro de que la he tocado! -¡Demasiado! -respondió el bushman al cabo de unos instantes-. Esto es lo que se consigue cuando se dispara con una bala explosiva sobre una liebre. Lo raro es encontrar de ella el más insignificante pedazo. Y así había sucedido, pues el roedor se había dispersado en trocitos impalpables. Sir John, completamente despechado, volvió a montar en su corcel y no dijo nada más en todo el día. Los dos hombres regresaron al campamento con las manos vacías. A la mañana siguiente, Mokum esperó a que el aristócrata le hiciera algunas proposiciones de caza, pero el inglés no despegó los labios. Evitó encontrarse con Mokum y pasó el día ocupado con sus instrumentos científicos. A la mañana siguiente, 17 de mayo, Sir John fue despertado con estas palabras pronunciadas en su oído: -Creo que hoy seremos más afortunados, pero no hay que tirar a las liebres con obuses de montaña. El aristócrata soltó una fuerte carcajada y dijo a su amigo que en breves minutos estaría dispuesto para partir. Ambos cazadores se alejaron algunos kilómetros a la izquierda del campamento, antes de que sus compañeros se hubiesen despertado. Sir John había optado esta vez por ir acompañado de un excelente fusil, arma más apropiada para matar antílopes que las terribles carabinas con bala explosiva de la anterior jornada. Cierto es que podían tropezarse también con paquidermos y otras fieras en la llanura, pero Sir John no olvidaba el incidente de la liebre y habría preferido matar un león con perdigones antes que repetir un tiro como aquél, sin precedentes en los anales del deporte. Era su orgullo de cazador el que estaba en juego. Como había previsto Mokum, la fortuna les favoreció. Mataron una pareja de antílopes negros, poco comunes incluso en aquella zona y una de las piezas más codiciadas por los grandes cazadores, ya que constituye una de las más admirables muestras de la fauna austral. Tras esta conquista gloriosa, la suerte les deparó nuevos acontecimientos. En el lindero del bosque descubrió Mokum las huellas pertenecientes a una especie muy codiciada asimismo por los aficionados a la caza mayor. -Señor -exclamó el bushman-, fíjese bien en este lugar. Sir Murray le obedeció sin comprender aún sus intenciones. Se encontraban no muy lejos de una charca grande y profunda, rodeada de gigantescos euforios. -¿Y bien? -preguntó a su vez el aristócrata cuando hubo cumplimentado las instrucciones de su amigo. -Si mañana al amanecer desea que nos pongamos al acecho en este lugar -exclamó Mokum-, le aconsejaría que no se olvidara de traer su carabina. -¿Qué quieres decir? No te comprendo. -¿Ve usted esas huellas frescas en la tierra húmeda? -¿Te refieres a esas enormes marcas en el suelo? -Así es. -¿Crees que han sido producidas por animales? -En efecto. -¡No es posible! ¡Los pies que las hayan trazado tienen más de medio metro de circunferencia! -Lo cual prueba que esas huellas pertenecen a un animal que ha de medir más de dos metros y medio de altura. Sir John le miró incrédulo y exclamó: -¿Un elefante? -Sí, señor. Y si no me equivoco, un macho adulto. -¡Entonces, vendremos mañana! -Desde luego, señor. Los dos cazadores regresaron al campamento, provocando la admiración de la caravana al mostrar los hermosos ejemplares obtenidos. Los colegas del aristócrata se olvidaron por un momento de sus constelaciones celestiales y bajaron a la tierra para entonar alabanzas por los antílopes negros. El inglés y el bushman se retiraron pronto a descansar, pues debían partir siendo aún noche cerrada. A las cuatro de la mañana se encontraban ya ocultos en medio de un espeso grupo de matorrales, cercano a la gran charca donde el día anterior habían divisado las huellas de los paquidermos. Permanecían inmóviles en sus monturas, con los silenciosos perros a su lado. Un nuevo estudio de las huellas les había hecho saber que, en efecto, era una manada de elefantes la que acudía a mitigar su sed en la charca. Los dos hombres iban armados con sus carabinas de balas explosivas. Al cabo de una media hora de espera, advirtieron que se agitaba el espeso ramaje, a unos cincuenta pasos de la charca. Sir John preparó su arma, pero Mokum le contuvo con un gesto. Al punto aparecieron grandes sombras. Los matorrales se abrieron bajo el efecto de una presión irresistible y se escuchó el rumor de las ramas al crujir. Hasta los cazadores empezaron a llegar los resoplidos de los animales que aguardaban con impaciencia. La manada de elefantes estuvo pronto ante ellos. Media docena de estos gigantescos animales avanzaban con paso lento hacia la charca. La claridad del día empezaba a mostrarse, permitiendo a Sir John admirarlos en toda su plenitud. Uno de ellos, un macho de enorme talla, llamó poderosamente su atención. Aquel elefante proyectaba su trompa por encima del ramaje y golpeaba con sus colmillos los gruesos troncos de los árboles, que gemían al ser atacados tan fulgurantemente. El bushman notó el interés del inglés por aquella pieza y le dijo: -¿Le gusta ése? -Desde luego. -Muy bien. Entonces, le separaremos del resto de la manada. Los elefantes habían llegado ya al borde de la charca, hundiendo sus patas en el esponjoso cieno. Aspiraban el agua con su trompa y luego la vertían en su ancho gaznate, produciendo un ruidoso gargarismo. El gran macho se mostraba inquieto y no dejaba de mirar en torno suyo, como si presintiese el peligro que le acechaba. Repentinamente, Mokum emitió un ruido particular. Sus tres perros prorrumpieron en fuertes ladridos y, saliendo de la espesura, se lanzaron sobre los elefantes. El bushman espoleó su cebra y corrió a cortar la retirada del macho grande, no sin antes advertir a su compañero: -¡No se mueva! El animal no trató de escapar. Sir John le observaba emocionado con el dedo puesto en el gatillo de su arma. El elefante manifestaba su cólera golpeando con fiereza con su trompa las ramas de los árboles, pero no daba pruebas de especial inquietud, pues todavía no había percibido al enemigo. Mas, cuando le vio, se abalanzó contra él. Sir Murray, apostado a unos sesenta pasos del paquidermo, esperó a que llegara hasta cuarenta y, apuntándole a uno de sus flancos, hizo fuego. Pero un movimiento de su caballo desvió el tiro y la bala sólo atravesó las carnes blandas, sin tropezar con una zona dura donde poder estallar. El elefante, visiblemente furioso, aumentó su carrera, y el corcel del aristócrata emprendió el galope sin que su amo pudiera dominarlo. El paquidermo inició la persecución del caballo, enderezando las orejas y lanzando gritos con su trompa que asustaban aún más si cabe a la montura de Sir John. El cazador, arrebatado por su cabalgadura, la oprimía con sus piernas vigorosas, mientras intentaba meter un cartucho en la recámara de su carabina. Pero el elefante iba ganando terreno y, para colmo de males, perseguido y perseguidor salieron al poco rato de la espesura, yendo a parar a una inmensa planicie. El paquidermo ganaba terreno de manera peligrosa, mientras el jinete clavaba sus espuelas en los ijares de su caballo, que parecía ya claramente desbocado. Dos de los perros, ladrando entre sus piernas, corran hasta perder el aliento. De improviso, el caballo cayó sobre sus cuartos traseros a consecuencia de un golpe que le dio el elefante con la trompa. El cuadrúpedo relinchó de dolor y dio un salto que le desvió hacia un lado. Este salto salvó al inglés de una muerte cierta, pues el elefante, impulsado por su propia velocidad, pasó de largo. Su trompa agarró a uno de los perros, que fue sacudido en el aire con extrema violencia. Sir John no tenía más alternativa que regresar al bosque, por lo que dirigió hacia allí a su herido caballo y franqueó pronto la linde del mismo, aprovechando el descuido pasajero del animal. El paquidermo advirtió sus intenciones y reinició la persecución del jinete y su montura, pero Sir John se encontraba ya en una compacta espesura, llena de bejucos espinosos que detuvieron a su perseguidor. El aristócrata, desgarrado por todas partes y profundamente ensangrentado, no perdió ni un momento su particular sangre fría, y preparó su carabina cuidadosamente, apuntando con ella al elefante en lo alto de la espalda. El disparo atravesó los matorrales y la bala, encontrando hueso, hizo explosión de inmediato. El elefante se tambaleó aparatosamente casi en el mismo momento en que una segunda bala, disparada desde el lindero del bosque, le hería en el flanco izquierdo. Cayó el paquidermo sobre sus rodillas y comenzó a lamerse las heridas con su trompa, al tiempo que emitía monstruosos gritos de dolor. Mokum, saliendo de la espesura, exclamó: -¡Ya es nuestro! CAPÍTULO VIII El enorme elefante estaba mortalmente herido. Seguía gritando lastimeramente, pero su respiración era difícil y su cola se agitaba débilmente. Los movimientos de su trompa, que lamía inútilmente sus heridas, se fueron haciendo cada vez más distanciados, hasta que, finalmente, al paquidermo le faltaron las fuerzas y se dejó caer para no levantarse jamás. Sir John salió entonces de la espesura espinosa. Estaba casi desnudo, pues su ropa había quedado hecha jirones, pero nada de esto parecía importarle. Había logrado su mayor triunfo deportivo. Se aproximó al elefante y observó su cadáver. Después, mirando orgulloso a Mokum, dijo: -Magnífico animal. -Así es, señor Murray. -Lo malo es qué su tamaño no nos permitirá trasladarlo fácilmente. -Lo despedazaremos aquí mismo y nos llevaremos sus colmillos. Mire usted qué soberbios colmillos. -¡Espléndidos! -Deben de pesar unos once kilos cada uno. -¡Once kilos cada uno! -Once kilos de marfil... Cada uno. Sir Murray hizo cuentas mentales de lo que podían valer en el mercado veintidós kilos de marfil, y se le pusieron los ojos como platos. El bushman procedió a despedazar al animal y cortó los colmillos con ayuda de su hacha. Después separó los pies y la trompa, dos de las partes más codiciadas del elefante, además de sus colmillos, pues se proponía regalárselos a los sabios de la expedición. Esta operación requirió cierto tiempo, por lo que ambos cazadores no regresaron al campamento antes del mediodía. Una vez allí, Mokum hizo cocer los pies del gigantesco animal y el plato fue muy apreciado por los europeos, que al principio mostraron un cierto recelo a consumirlo. El 19 de mayo se decidió que la caravana debía emprender de nuevo la marcha hacia el Norte, por lo que se hicieron los preparativos necesarios para tal fin. Durante los siguientes diez días, la comisión científica procedió a unir la nueva zona elegida al meridiano por medio de dos nuevos triángulos. El tiempo era favorable y el terreno no presentaba ningún obstáculo insuperable, por lo que todos los expedicionarios se encontraban de excelente humor. Mas pronto descubrieron que esa planicie no se prestaba bien del todo a las medidas de los ángulos, hecho que se hizo patente al realizar las comprobaciones. Este terreno, sembrado de fragmentos de rocas descompuestas, mezclado de arcilla, arena y partículas ferruginosas, ofrecía en algunos lugares señales de una gran aridez, pero no se veía en varios kilómetros ninguna prominencia que pudiera utilizarse como nueva estación. Era necesario, por tanto, clavar postes indicadores o torrecillas de doce metros de altura que de mira pudieran servir. De esta operación resultaban grandes pérdidas de tiempo, que retrasaban la marcha de la triangulación. Porque, hecha la observación, era necesario desmontar la torrecilla y trasladarla unos kilómetros hacia delante, con objeto de poder formar el vértice de otro triángulo. Pese a todo, las maniobras se ejecutaron sin dificultades aparentes. La tripulación del Queen and Tzar fue encargada de desempeñar esta tarea, y lo hizo con rapidez y sentido común. Aquellos hombres, instruidos en el difícil arte de la navegación, obraban sin vacilaciones y con brillantez, azuzados además por las rivalidades nacionalistas que de seguro establecieron entre los dos bandos. Porque la envidia existente entre los jefes de la comisión excitaba con frecuencia a los marinos, enfrentándoles de un modo casi inconsciente. Zorn y Emery aplicaban toda su sabiduría y prudencia en combatir aquella desgraciada situación, pero no siempre obtenían buenos resultados. Lo que más temían los jóvenes científicos era que los marineros, rudos en sí mismos, no supiesen controlar la rivalidad y terminasen por estallar en agresiones deplorables. Pronto se formaron dos bandos claramente diferenciados: el integrado por el coronel Everest y los marinos ingleses, y el compuesto por el señor Strux y los marinos rusos. Dos meses después de la salida de Lattakou, sólo Emery y Zorn conservaban entre sí la buena armonía, tan necesaria para alcanzar el éxito en tan difícil empresa, pues hasta Palander y Sir Murray se sintieron implicados en la discusión y tomaron partido casi sin darse cuenta. Un día, la disputa se hizo lo bastante viva como para que Strux le dijera al coronel Everest: -No grite usted tan alto, profesor. No olvide que está hablando con astrónomos pertenecientes al observatorio de Pulkowa, cuyo potente telescopio ha permitido reconocer que el disco de Urano es completamente circular. -Puedo hablar tan alto como desee -repuso el coronel-, pues tengo el honor de pertenecer al observatorio de Cambridge, cuyo poderoso telescopio ha permitido clasificar, entre las nebulosas irregulares, nada menos que la de Andrómeda. -Pues sepa usted -añadió Strux- que el telescopio de Pulkowa hace visibles las estrellas de decimotercera magnitud. -Es usted quien ha de saber que el telescopio de Cambridge ha permitido descubrir el famoso satélite que causó las perturbaciones de Sirio. Cuando dos sabios llegan a discutir como niños, ya es posible saber que la reconciliación se hace difícil. Era, pues, de temer que el porvenir de la expedición se viera comprometido por aquella incurable rivalidad. Pero, una vez más, la sangre no llegó al río y, una vez más, la Naturaleza fue la responsable directa de este hecho. El tiempo cambió repentinamente el día 30. Aunque, al no producirse la condensación en las capas superiores, el suelo no recibió ni una gota de agua. Solamente ocurrió que el cielo apareció nublado durante unos días. Mas esto bastó para que pudieran proseguir las operaciones, pues la niebla intempestiva impedía ver los puntos de mira con precisión. A la vista de la situación, la comisión decidió establecer señales con fuego, pues no había tiempo que perder. Se trabajó durante la noche y, por consejo de Mokum, se tomaron algunas precauciones para proteger a los observadores, porque las fieras, atraídas por el brillo de las lámparas eléctricas, se agrupaban alrededor de las estaciones. Los cálculos se hacían más lentamente, debido al temor por la presencia cercana de los leones y otros animales, que llenaban el aire con sus rugidos, pero no por ello se trabajó con menor exactitud. Obedeciendo órdenes de Mokum, cada estación fue protegida por un grupo de cazadores. Este hecho fue aplaudido con entusiasmo por Sir Murray, que permanecía con un ojo atento a la triangulación y con el otro seguía los movimientos de los animales, haciendo algún disparo entre dos observaciones cenitales. Los trabajos continuaron de esta guisa hasta el 17 de junio. Se establecieron nuevos triángulos por medio de estaciones artificiales y todos se sentían satisfechos por la marcha de los acontecimientos, pues si las operaciones seguían como hasta entonces, a finales de mes podrían haber medido un nuevo grado del meridiano veinticuatro. Mas era pronto para cantar victoria. El 17 de junio, una corriente de agua, bastante ancha, cortó el camino. Era un afluente del río Orange. Los científicos poseían una canoa de caucho que les permitía atravesar los ríos y lagos de escasa importancia, pero era preciso hallar un vado, ya fuese arriba o abajo de la corriente, para que pudiera pasar la caravana de los carromatos. Si bien Strux se opuso en principio a esta decisión, se determinó que los blancos, provistos de sus instrumentos, cruzarían el río en la canoa, en tanto que la caravana, bajo la dirección de Mokum, seguiría unos cuantos kilómetros más abajo, hasta un paso vadeable que el cazador había afirmado conocer. La corriente del afluente del Orange, que en aquella zona tendría un kilómetro de anchura, era rápida y se veía interrumpida a trechos por peñascos y troncos clavados en el fango, lo que ofrecía cierto peligro para la frágil embarcación. Los científicos partieron, pues, en la canoa, a excepción de Nicolás Palander, que acompañaría a la caravana, ya que su presencia no era indispensable en la marcha de las operaciones y la canoa estaba preparada para transportar a un número limitado de pasajeros. Por otra parte, como se necesitaba que alguien con experiencia dirigiese la operación de navegación, Palander cedió su puesto a uno de los marinos del Queen and Tzar, mucho más útil en aquellas circunstancias que el honorable astrónomo de Helsingfors. Los carromatos emprendieron su camino, mientras el coronel Everest, Strux, Zorn, Emery y Sir Murray, acompañados por dos marineros y un indígena, se quedaban a orillas del Nosub. Los marineros se encargaron de prepararlo todo, minutos que aprovecharon los jóvenes amigos para conversar. -Precioso río -comentó Michel Zorn. -Hermoso, pero difícil de atravesar -respondió Emery-. En realidad no se trata de un río, sino de un rápido, que tiene poca duración. Dentro de algunas semanas, cuando entremos en la estación seca, no quedará ni una gota de agua. -Interesante. -Desde luego, pero parece que ya han terminado los preparativos. Será mejor que nos unamos a nuestros compañeros. La canoa, completamente montada y lista, se hallaba junto a la orilla y aguardaba a los viajeros. Se encontraban al pie de una pendiente suave, cortada en un macizo de granito. En aquel punto había un remanso que concentraba el movimiento del rápido, de manera que el agua bañaba tranquilamente las cañas. Se embarcaron los instrumentos, depositándolos en el fondo del bote, sobre una capa de hierba, y los pasajeros se situaron de modo que sus movimientos no entorpecieran la acción de los remos en manos de los marineros. El indígena iba en la popa, asiendo la barra. Se soltó la amarra que detenía el bote y pronto salió éste del remanso, gracias a los golpes de los remos. La corriente, que entonces era escasa, se convirtió pocos metros más allá en un impetuoso rápido. El indígena daba las órdenes convenientes a los marineros, en un mal chapurreado inglés, y éstos levantaban de cuando en cuando los remos, para evitar el choque con algún tronco sumergido. Cuando la fuerza del rápido era muy violenta, la embarcación se dejaba llevar, manteniéndose en la misma dirección que el agua. Con la mano puesta en el timón, el indígena mantenía la vista fija para atender a todos los peligros de la travesía. Los blancos se dejaban gobernar por él, pues aquella situación era desconocida incluso para dos rudos marineros como los del Queen and Tzar. La corriente les arrastraba con fuerza irresistible. La canoa llegó pronto al verdadero rápido, que era preciso cortar oblicuamente para poder alcanzar las tranquilas aguas del otro lado. Los marineros forzaron los remos, pero la embarcación se dejaba arrastrar río abajo. El timón ya no dominaba la canoa y los remos no conseguían que ésta virase. La situación se hacía en extremo peligrosa, pues en cualquier momento se corría el riesgo de chocar contra una roca o contra el tronco de un árbol. Todos permanecían en silencio, temiendo lo peor. De pronto, a unos doscientos metros de la canoa, hizo su aparición una especie de islote que sobresalía del do. Era imposible evitar el choque contra aquella peligrosa mezcla de piedras y árboles desgarrados por la fuerza de la corriente. La canoa chocó sin remisión contra el islote, mas por fortuna el golpe no fue tan impetuoso como se esperaba. El bote se inclinó peligrosamente, aunque los pasajeros lograron mantenerse en sus puestos. Algo extraño estaba pasando. ¿Cómo era posible que la canoa no hubiera saltado por los aires en mil pedazos? Pronto tuvieron la respuesta. Lo que en un principio parecía un conjunto de rocas y ramas, no era sino un tremendo hipopótamo que se dejaba arrastrar por la corriente. Al sentir el golpe de la embarcación, el animal levantó la cabeza y miró con ojos estupefactos a los intrusos. Tras comprobar de qué se trataba, el paquidermo, que medía unos tres metros de largo, dejó ver unos tremendos incisivos caninos y arremetió contra la embarcación, mordiéndola con rabia. Pero allí estaba Sir Murray. El aristócrata, provisto una vez más de su habitual sangre fría, apuntó serenamente al animal con su arma, de la que no se desprendía en ningún momento desde el ataque del elefante, y le hirió cerca de la oreja. El hipopótamo dio una sacudida feroz, pero no soltó la canoa. Murray cargó de nuevo el rifle y efectuó un segundo disparo, que hirió a la bestia en la cabeza. El tiro fue mortal y aquella mole carnosa se sumergió casi en seguida, empujando antes la canoa, en una convulsión de su agonía, lejos de su cuerpo. Y antes de que los pasajeros pudieran recobrarse de la emoción sufrida, la embarcación empezó a girar sobre sí misma para recuperar oblicuamente la dirección del rápido. La corriente del Nosub se quebraba unos metros más abajo del lugar ocupado por los viajeros, en un brusco recodo. Allí fue a parar el bote al cabo de unos segundos y allí quedó detenido tras un violento choque. Los pasajeros saltaron a la orilla, sanos y salvos, tras haber sido arrastrados unos cuatro kilómetros más abajo del punto en el que habían embarcado. CAPÍTULO IX Cuatro días después de haber atravesado el río Nosub, es decir, el 21 de junio, los científicos y sus acompañantes se encontraron en una comarca poblada de árboles. Su altura no era muy elevada, por lo que no dificultaron en absoluto el trabajo de triangulación. Se reanudó la marcha de las operaciones geodésicas y se eligieron dos nuevas estaciones, que se enlazaron con la última, emplazada más allá del río. Aquella comarca estaba constituida por una enorme depresión del terreno, algo más baja que el nivel general, lo que le hacía extraordinariamente húmeda y fértil. Abundaban en ella las higueras de Hotentocia, cuyo fruto es muy apreciado por los indígenas, y en todos los puntos del horizonte se distinguían eminencias del terreno que resultaban muy favorables para la instalación de torrecillas y faroles. El único peligro lo representaban las serpientes, que infestaban aquella región. Se trataba de mambas muy venenosas, de mas de tres metros de longitud, cuya mordedura es mortal. Pero, a pesar de las excelencias del clima y la fertilidad del suelo, la zona aparecía curiosamente despoblada, da, sin que aparecieran en ella las tradicionales tribus nómadas. No había el menor rastro de indígenas y tampoco se divisaba ningún kraal. Aquel día, los sabios dispusieron hacer alto, en espera de que llegase la caravana. Si los cálculos de Mokum eran exactos, debían presentarse esa tarde, después de haber franqueado el paso vadeable en el curso inferior del Nosub. Pero la jornada transcurrió sin que los expedicionarios apareciesen. Nuestros hombres comenzaron a preocuparse, y Sir Murray lanzó la suposición de que, no siendo vadeable el Nosub en aquella época, debido a que las aguas eran todavía muy crecidas, el vado estaría más al Sur de lo que Mokum había pensado. El argumento parecía lógico, por lo que los científicos decidieron esperar. Mas cuando el día 22 pasó igualmente sin que ninguno de los viajeros de la caravana hubiese comparecido, el coronel Everest se mostró muy inquieto. ¿Qué podían hacer? No podían seguir camino hacia el Norte, pues les faltaba el material de la expedición. Y, lo que era más grave, de prolongarse aquel retraso podía comprometerse el futuro de las operaciones. -Si me hubieran hecho caso -protestó el señor Strux-, ahora estaríamos todos juntos y no tendríamos este problema. Si el éxito de la triangulación se ve comprometido, la responsabilidad será de quienes han creído oportuno acceder a la travesía. Y, diciendo esto, miraba fijamente al coronel. Éste le replicó en el acto: -La decisión ha sido tomada de común acuerdo, por lo que creo que sus insinuaciones están fuera de lugar. -Esta discusión no conduce a nada, caballeros -intervino Sir John Murray en tono conciliador-. Lo hecho, hecho está. Con los ánimos ya más calmados, quedó convenido que, de no presentarse la caravana al día siguiente, Emery y Zorn irían en su busca, dirigiéndose hacia el Sudoeste con el guía indígena. El coronel y sus colegas, mientras tanto, aguardarían en compañía de los marineros, tomando la determinación más conveniente al regreso de los dos jóvenes. Después de alcanzar este acuerdo, los dos científicos rivales se mantuvieron alejados el resto de la jornada. Sir Murray entretuvo su tiempo explorando los bosquecillos cercanos, sin encontrar caza de pelo que conviniera a sus intereses, y teniendo que conformarse con disparar contra las aves. Llegó el 23 de junio. Transcurridas las primeras horas, y como no se advirtiera rastro alguno de la caravana, Emery y Zorn decidieron ponerse en marcha cuando fueron detenidos de improviso por los ladridos de un perro que parecía estar en la lejanía. Poco después vieron aparecer a Mokum, que cabalgaba en su peculiar cebra a toda velocidad. El bushman se había adelantado a la caravana y se aproximaba rápidamente a los blancos. -¡Al fin llegas, amigo mío! -le gritó Sir Murray con alegra-. ¡Ya empezábamos a recelar ante tu tardanza! Mokum no respondió. Bajó de su cebra y miró a los extranjeros uno a uno. Tras contarlos mentalmente, exclamó: -¿No está con ustedes el señor Palander? -¿El señor Palander? -preguntó extrañado el coronel-. ¿Cómo iba a estar con nosotros si iba con ustedes en la caravana? -Así es -respondió Mokum-. Venía con nosotros, pero ya no está. -¡Que no está! -exclamó el señor Strux-. ¿Qué quieres decir? -No está en la caravana. Confiaba encontrarle en su campamento, pero parece que se ha extraviado. Los presentes se miraron con el estupor reflejado en sus rostros. Mathieu Strux, que se sentía responsable directo de la suerte de los científicos rusos, dijo: -¿Cómo es posible que se haya extraviado? ¡Un sabio confiado a tu custodia! ¡Un astrónomo eminente del que debías responder! ¿Entiendes bien lo que estoy diciendo? ¡Eres responsable de su persona! ¡No te basta con decir que se ha extraviado! ¡Te pediré cuentas por ello! Estas palabras de Strux excitaron la cólera de Mokum, quien, dando muestras de esa natural impaciencia que sólo le abandonaba cuando iba de caza, exclamó: -¡Escúcheme bien, señor astrólogo de todas las Rusias! ¿Cómo me pide usted que guarde a un hombre hecho y derecho? ¿No es él quien ha de guardarse a sí mismo? No me haga responsable de nada, ¿me ha entendido bien? Si el señor Palander se ha perdido, suya es la culpa. Veinte veces le he sorprendido completamente absorto en sus números y separándose de la caravana sin darse cuenta. Y veinte veces he tenido que hacerle volver. Pero anteayer, a la caída de la tarde, desapareció. William Emery preguntó entonces: -¿Desapareció? ¿Qué quieres decir, amigo? -Quiero decir lo que he dicho -respondió el bushman aún irritado, pero más amable al dirigirse a su compañero-. Desapareció al caer la tarde y todavía no he podido encontrarle. Le he buscado por todas partes sin resultado alguno. Después, mirando a Strux con renovada cólera, añadió: -Pruebe usted, a ver si es más hábil que yo. Puesto que sabe manejar un anteojo, clave en él su ojo y búsquele. Strux le miraba boquiabierto, de puro asombro, sin atreverse a replicar. Mas pronto se le pasó el susto y, volviéndose de improviso contra el coronel Everest, exclamó: -No he de abandonar a mi desgraciado compañero en este desierto. Si se hubieran extraviado el señor Emery o el señor Murray, a buen seguro que usted no habría vacilado en interrumpir las operaciones para acudir en su ayuda. Y no veo motivo alguno para que no se haga lo mismo por un sabio ruso que por un inglés. Everest se sintió profundamente afectado por esta interpelación fuera de lugar y dijo con una furia que no cuadraba bien con su flema habitual: -Señor Mathieu Strux, ¿se propone usted insultarme por cualquier motivo? ¿Por quién ha tomado a los ingleses? No tiene ningún derecho a dudar de nuestros sentimientos de humanidad, y me gustaría saber qué es lo que le hace suponer que no iremos en auxilio de ese sabio imbécil. -¡Caballero! -gritó el ruso, al oír el calificativo aplicado a Nicolás Palander. -¡Sí, imbécil! -Everest subrayó la palabra, como si quisiera dejar muy clara su opinión-. Y he de añadir además que, en el caso de que las operaciones fallaran por culpa de ese cretino de Palander, la responsabilidad sería de ustedes los rusos, no de los ingleses. -¡Coronel! -los ojos de Mathieu Strux echaban llamas-. ¡Le ruego que mida sus palabras! -¡No sólo no voy a medir mis palabras, sino que además no pienso medir nada en absoluto! Hasta que el señor Palander no aparezca, quedan suspendidas las operaciones. Y, dicho esto, los dos hombres se dieron la espalda, introduciéndose cada uno en su carromato, pues la caravana acababa de llegar. Sir Murray le dijo a William Emery: -Tendremos suerte si Palander no ha perdido también el doble registro de las mediciones. -Sí, eso sería verdaderamente terrible. Los dos ingleses interrogaron luego a Mokum. Éste les hizo saber que Palander había desaparecido dos días antes, siendo visto por última vez en el flanco de la caravana, a unos veinte kilómetros del campamento. Al ser consciente de su ausencia, el bushman había salido a buscarle, hecho éste que había provocado el retraso de la expedición. Al no encontrarle, quiso ver si el ruso se había reunido con sus compañeros al norte del Nosub. -¿Qué crees que podemos hacer? -le preguntó Emery. -Deberíamos buscarle en el Nordeste, que es la parte más boscosa del país. Pero habrá que emprender la búsqueda cuanto antes, si es que queremos encontrarle con vida. En efecto, era preciso apresurarse. Hacía ya dos días que el ruso vagaba a la aventura por una región frecuentemente recorrida por fieras y desconocida por completo para él. Aparte de esto, Palander era incapaz de salir del apuro, ya que siempre había vivido en el mundo de las cifras más que en el mundo real. De este modo, allí donde otro hubiera hallado cualquier alimento, el pobre hombre moriría irremisiblemente de inanición. Se imponía, por tanto, socorrerle cuanto antes. El coronel Strux, Sir Murray y los dos jóvenes astrónomos emprendieron la marcha a la una de la tarde, guiados por Mokum. Todos montaban caballos ligeros, lo que favorecía su rápido avance. También les acompañaba un perro, elegido por el bushman especialmente a causa de su fino olfato. Mokum hizo que el perro olfateara una prenda de Palander, y el animal salió escapado en dirección al Nordeste. La comitiva siguió su rastro y al poco se internaron en un bosque. El resto del día se pasó persiguiendo los rastros que, en diferentes sentidos, iba abriendo el perro de Mokum, pues parecía como si no le fuera posible hallar la pista del sabio perdido, limitándose a olfatear el camino sin dar con una pista segura. Los hombres, por su parte, no dejaban de hacer lo que estaba en su mano para colaborar en la búsqueda, disparando sus armas al aire y gritando de trecho en trecho, con la esperanza de que el sabio distraído les oyese. Se recorrieron los alrededores del campamento en un radio de ocho kilómetros y sólo se suspendieron las pesquisas a la llegada de la noche, durante la cual los hombres permanecieron al abrigo del bosquecillo, junto a una improvisada hoguera. La presencia de los animales feroces, que llenaban la noche con sus aullidos, no contribuía a tranquilizar a la comitiva, que se agitaba temerosa de la suerte que había podido correr el pobre ruso. Se recuperó la solidaridad perdida y todo el mundo se preocupó por atender a Mathieu Strux, que daba muestras de visible y honda preocupación por su compañero. Los ingleses, para confortarle, le dijeron que harían todo lo posible por localizar a Palander, vivo o muerto, sin considerar el éxito o el fracaso de la expedición, pues en aquellos momentos nadie pensaba en las operaciones geodésicas. El día hizo su aparición tras una noche interminable. Los caballos fueron ensillados rápidamente y se emprendieron de nuevo las investigaciones en un radio más extenso de terreno. El perro seguía siendo su fiel guía. A medida que avanzaban hacia el Nordeste, el coronel Everest y sus compañeros recorrían una región muy húmeda. Los riachuelos eran pequeños, pero muy numerosos, y estaban habitados por peligrosos cocodrilos. El grupo se convirtió en un solo hombre y todos, sin excepción, reconocieron el terreno examinando los vestigios más insignificantes. Mas nada, al parecer, podía ponerles sobre la pista del desventurado Palander. Se hallaban ya a unos veinte kilómetros del campamento y estaban a punto de regresar hacia el Sudoeste, siguiendo el consejo de Mokum, cuando el perro dio muestras de gran agitación. El animal ladraba y movía la cola frenéticamente, se alejaba algunos pasos con las narices pegadas al suelo y tornaba después al lugar de partida, atraído por alguna particular emanación. -¡Coronel! -exclamó el bushman-. El perro ha olfateado algo. -Eso parece -confirmó Sir Murray-. Sus movimientos son muy característicos. Todos observaron al animal. Al cabo de unos instantes, dio un sonoro ladrido y saltó por encima de un jaral, desapareciendo en medio de una espesa arboleda. Aquel camino era imposible de seguir para los caballos. Los jinetes decidieron seguirle bordeando el bosque, guiándose por sus ladridos, siempre según las indicaciones de Mokum. En los corazones de los científicos latió una ligera esperanza. Era indudable que el animal había dado con una pista y, si no la perdía, pronto lograrían encontrar lo que buscaban. Una sola incógnita amenazaba la esperanza: ¿estaría vivo o muerto Nicolás Palander? Durante veinte minutos se hizo un silencio de muerte y dejaron de escucharse los ladridos del perro. Mokum y Sir Murray, que avanzaban a la cabeza, se mostraron inquietos. No sabían ya en qué dirección encaminarse, ma