libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Altamirano, Ignacio M () Don Ignacio Manuel Altamirano fue oriundo de Tixtla, Guerrero. Indígena de raza pura, inició sus estudios tardíamente en su tierra natal. Más tarde y gracias a un programa de becas creado por don Ignacio Ramírez para estudiantes indígenas y al aprovechamiento demostrado, Altamirano se inscribe en el Instituto Literario de Toluca Don Ignacio Ramírez influyó intelectual y políticamente sobre Altamirano Posteriormente, en la ciudad de México, se inscribe en el Colegio de San Juan de Letrán, donde estudia leyes La situación política del país impulsa a Altamirano, en congruencia con sus ideales, a tomar parte en la Revolución de Ayutla En la guerra de Reforma, Altamirano no sólo participa físicamente sino también a través de combativos artículos a favor del citado movimiento Don Ignacio Manuel Altamirano, también participó en el sitio de Querétaro contra la intervención francesa Altamirano fue maestro en la Escuela Nacional Preparatoria, en la de Comercio, en la de Jurisprudencia y en la Nacional de Maestros Como servidor público, Altamirano fue Magistrado de la Suprema Corte de Justicia, Oficial Mayor de la Secretaría de Fomento, diputado, cónsul en España y representante de México en diversos eventos de carácter internacional Como periodista, funda junto con don Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto, el periódico El Correo de México Altamirano reúne a escritores, tanto liberales como conservadores, para crear la revista literaria El Renacimiento, con el objetivo de dar nuevo impulso a las letras nacionales Como escritor, sus poemas, particularmente los correspondientes a su juventud, se relacionan con los temas amorosos y patrióticos, identificándose con el romanticismo En cuanto a la narrativa, el maestro Altamirano no dejó entre sus obras más conocidas: Clemencia, considerada como la primera novela moderna de México; Navidad en las montañas y El Zarco El Zarco se publicó hasta 1901, ocho años después de la muerte de su autor Nicolás, uno de los personajes principales de El Zarco, reúne cualidades con las que se identifica el autor La novela El Zarco, de Altamirano, fue filmada en México y protagonizada por Pedro Armendáriz La obra literaria de don Ignacio Manuel Altamirano, originó el renacimiento de las letras mexicanas, propiciando con ello el advenimiento del modernismo Murió en San Remo, Italia, el 13 de febrero de 1893 Los restos mortales de Ignacio Manuel Altamirano descansan en la Rotonda de los Hombres Ilustres EL ZARCO IGNACIO MANUEL ALTAMIRANO YAUTEPEC Yautepec es una población de la tierra caliente, cuyo caserío se esconde en un bosque de verdura. De lejos, ora se llegue de Cuernavaca por el camino quebrado de las Tetillas, que serpentea en medio de dos colinas rocallosas cuya forma les ha dado nombre, ora descienda de la fría y empinada sierra de Tepoztlán, por el lado Norte, o que se descubra por el sendero llano que viene del valle de Amilpas por el oriente, atravesando las ricas y hermosas haciendas de caña de Cocoyoc, Calderón, Casasano y San Carlos, siempre se contempla a Yautepec como un inmenso bosque por el que sobresalen apenas las torrecillas de su iglesia parroquial. De cerca, Yautepec presenta un aspecto original y pintoresco. Es un pueblo mitad oriental y mitad americano. Oriental, porque los árboles que forman ese bosque de que hemos hablado son naranjos y limoneros, grandes, frondosos, cargados siempre de frutos y de azahares que embalsaman la atmósfera con sus aromas embriagadores. Naranjos y limoneros por donde quiera, con extraordinaria profusión. Diríase que allí estos árboles son el producto espontáneo de la tierra; tal es la exuberancia con que se dan, agrupándose, estorbándose, formando ásperas y sombrías bóvedas en las huertas grandes o pequeñas que cultivan todos los vecinos, y rozando con sus ramajes de un verde brillante y oscuro y cargados de pomas de oro los aleros de teja o de bálago de las casas. Mignon no extrañaría su patria, en Yautepec, donde los naranjos y limoneros florecen en todas las estaciones. Verdad es que este conjunto oriental se modifica en parte por la mezcla de otras plantas americanas, pues los bananos suelen mostrar allí sus esbeltos y sus anchas hojas, y los mameyes y otras zapotáceas elevan sus enhiestas hojas sobre los bosquecillos, pero los naranjos y limoneros dominan por su abundancia. En 1854, perteneciendo Yautepec al Estado de México, se hizo un recuento de estos árboles en esta población, y se encontró con que había más de quinientos mil. Hoy, después de veinte años, es natural que se hayan duplicado y triplicado. Los vecinos viven casi exclusivamente del producto de estos preciosos frutales, y antes de que existiera el ferrocarril de Veracruz, ellos surtían únicamente de naranjas y limones a la ciudad de México. Por lo demás, es aspecto del pueblo es semejante al de todos los de las tierras calientes de la República. Algunas casas de azotea pintadas de colores chillantes, las más de tejados oscuros y salpicados con las manchas cobrizas de la humedad, muchísimas de paja o de palmeras de la tierra fría, todas amplias, cercadas de paredes de adobe, de árboles o de piedras; alegres, surtidas abundantemente de agua, nadando en flores y cómodas, aunque sin ningún refinamiento moderno. Un río apacible de linfas transparentes y serenas, que no es impetuoso más que en las crecientes del tiempo de lluvias, divide el pueblo y el bosque, atravesando la plaza, lamiendo dulcemente aquellos cármenes y dejándose robas sus aguas por numeroso apantles que las dispersan en todas direcciones. Ese río es verdaderamente el dios fecundador de la comarca y el padre de los dulces frutos que nos refrescan, durante los calores del estío, y que alegran las fiestas populares en México en todo el año. La población es buena, tranquila, laboriosa, amante de la paz, franca, sencilla y Hospitalaria. Rodeada de magníficas haciendas de caña de azúcar, mantiene un activo tráfico con ellas, así como con Cuernavaca y Morelos, es el centro de numerosos pueblecillos de indígenas, situados en la falda meridional de la cordillera que divide la tierra caliente del valle de México, y con la metrópoli de la República a causa de los productos de sus inmensas huertas de que hemos hablado. En lo político y administrativo, Yautepec, desde que pertenecía al Estado de México, fue elevándose de un rango subalterno y dependiente de Cuernavaca, hasta ser cabecera de distrito, carácter que conserva todavía. No ha tomado parte activa en las guerras civiles y ha sido las más veces víctima de ellas, aunque ha sabido reponerse de sus desastres, merced a sus inagotables recursos y a su laboriosidad. El río y los árboles frutales son su tesoro; así es que los facciosos, los partidarios y los bandidos, han podido arrebatarle frecuentemente sus rentas, pero no han logrado mermar ni destruir su capital. La población toda habla español, pues se compone de razas mestizas. Los indios puros han desaparecido allí completamente. II EL TERROR Apenas acababa de ponerse el sol, un día de agosto de 1861, y ya el pueblo de Yautepec parecía estar envuelto en las sombras de la noche. Tal era el silencio que reinaba en él. Los vecinos, que regularmente en estas bellas horas de la tarde, después de concluir sus tareas diarias, acostumbraban siempre salir a respirar el ambiente fresco de las calles, o a tomar un baño en las pozas y remansos del rió o a discurrir por la plaza o por las huerta, en busca de solaz, hoy no se atrevían a traspasar los dinteles de su casa, y por el contrario, antes de que sonara en el campanario de la parroquia el toque de oración, hacían sus provisiones de prisa y se encerraban en sus casas, como si hubiese epidemia, palpitando de terror a cada ruido que oían. Y es que a esas horas, en aquel tiempo calamitos, comenzaba para los pueblos en que no había una fuerte guarnición, el peligro de un asalto de bandidos con los horrores consiguientes de matanza, de raptos, incendios y exterminio. Los bandidos de la tierra caliente eran sobre todo crueles. Por horrenda e innecesaria que fuera una crueldad, la cometían por instinto, por brutalidad, por el solo deseo de aumentar el terror entre las gentes y divertirse con él. El carácter de aquellos plateados (tal era el nombre que se daba a los bandido de esa época) fue una cosa extraordinaria y excepcional, una explosión de vicio, de crueldad y de infamia que no se había visto jamás en México. Así, pues, el vecindario de Yautepec, como el de todas las poblaciones de la tierra caliente, vivía en esos tiempos siempre medroso, tomando durante el día la precaución de colocar vigías en las torres de sus iglesias, para que diesen aviso oportuno de la llegada de alguna partida de bandoleros a fin de defenderse en la plaza, en alguna altura o de parapetarse en sus casas. Pero durante la noche, esa precaución era inútil, como lo era el apostar escuchas o avanzadas en la afueras de la población, pues se habría necesitado ocupar para ello a numerosos vecinos inermes que, aparte del riesgo que corrían de ser sorprendidos, eran insuficientes para vigilar los muchos caminos y veredas que conducían al poblado y que los bandido conocían perfectamente. Además, hay que advertir que los plateados contaban siempre con muchos cómplices y emisarios dentro de las poblaciones y de las haciendas, y que las pobres autoridades, acobardadas por falta de elementos de defensa, se veían obligadas, cuando llegaba la ocasión, a entrar en transacciones con ellos, contentándose con ocultarse o con huir para salvar la vida. Los bandidos, envalentonados esta situación, fiados en la dificultad que tenía el gobierno para perseguirlos, ocupado como estaba en combatir la guerra civil, se habían organizado en grandes partidas de cien, doscientos y hasta quinientos hombres, y así recorrían impunemente toda la comarca, viviendo sobre el país, imponiendo fuertes contribuciones a las haciendas, y a los pueblos, estableciendo por su cuenta peajes en los caminos y poniendo en práctica todos los días, el plagio, es decir, el secuestro de personas, a quienes no soltaban sino mediante un fuerte rescate. Este crimen, que más de una vez ha sembrado el terror en México, fue introducido en nuestro país por el español Cobos, jefe clerical de espantosa nombradía y que pago al fin sus fechorías en el suplicio. A veces los plateados establecían un centro de operaciones, una especie de cuartel general, desde donde uno o varios jefes ordenaban los asaltos y los plagios y dirigían cartas a los hacendados y a los vecinos acomodados pidiendo dinero, cartas que era preciso obsequiar so pena de perder la vida sin remedio. Allí también solían tener los escondites en que encerraban a los plagiados, sometiéndolos a los más crueles tormentos. Por el tiempo de que estamos hablando, ese cuartel general de bandido se hallaba en Xochimancas, hacienda antigua y arruinada, no lejos de Yautepec y situada a propósito para evitar una sorpresa. Semejante vecindad hacía que los pueblos y haciendas del distrito de Yautepec se encontrasen por aquella época bajo la presión de un terror constante. De manera que así se explica el silencio lúgubre que reinaba en Yautepec en esa tarde de un día de agosto y cuando todo incitaba al movimiento y a la sociabilidad, no habiendo llovido, como sucedía con frecuencia en este tiempo de aguas, ni presentado el cielo aspecto alguno amenazador. Al contrario, la atmósfera estaba limpia y serena; allá en los picos de la sierra de Tepoztlán, se agrupaban algunas nubes teñidas todavía con algunos reflejos violáceos; más allá de los extensos campos de caña que comenzaban a oscurecerse, y de la sombrías masas de verdura y de piedra que señalaban las haciendas, sobre las lejanas ondulaciones de las montañas, comenzaba a aparecer tenue y vaga la luz de la luna, que estaba en su llena. III LAS DOS AMIGAS En el patio interior de una casita de pobre pero graciosa apariencia, que estaba situada a las orillas de la población y en los bordes del río, con su respectiva huerta de naranjos, limoneros, y platanares, se hallaba tomando el fresco una familia compuesta de una señora de edad y de dos jóvenes muy hermosas, aunque de diversa fisonomía. La una como de veinte años, blanca, con esa blancura un poco pálida de las tierras caliente, de ojos oscuros y vivaces y de boca encarnada y risueña, tenía algo de soberbio y desdeñoso que le venía seguramente del corte ligeramente aguileño de su nariz, del movimiento frecuente de sus cejas aterciopeladas, de lo erguido de su cuello robusto y bellísimo o de su sonrisa más bien burlona que benévola. Estaba sentada en un banco rústico y muy entretenida en bordar en las negras y sedosas madejas de sus cabellos una guirnalda de rosas blancas y de caléndulas rojas. Diríase que era una aristócrata disfrazada y oculta en aquel huerto de la tierra caliente. Marta o Nancy que huía de la corte para tener una entrevista con su novio. La otra joven tendría diez y ocho años; era morena; con ese tono suave y delicado de las criollas que se alejan del tipo español, sin confundirse con el indio, y que denuncia a la hija humilde del pueblo. Pero en sus ojos grandes, y también oscuros, en su boca, que dibujaba una sonrisa triste siempre que su compañera decía alguna frase burlona, en su cuello inclinado, en su cuerpo frágil y que parecía enfermizo, en el conjunto todo de su aspecto, había tal melancolía que desde luego podía comprenderse que aquella niña tenía un carácter diametralmente opuesto al de la otra. Esta colocaba también lentamente y como sin voluntad en sus negras trenzas, una guirnalda de azahares, que se había complacido en cortar entre los más hermosos de los naranjos y limoneros, por cuya operación se había herido las manos, lo que le atraía las chanzonetas de su amiga. -Mira, mamá dijo la joven blanca dirigiéndose a la señora mayor que cosía sentada en una pequeña silla de paja, algo lejos del banco rústico-, mira a esta tonta, que no acabará de poner sus flores en toda la tarde; ya de lastimó las manos por el empeño de no cortar más que los azahares frescos y que estaban más altos, y ahora no puede ponérselos en las trenzas… y es que a toda costa quiere casarse, y pronto. -¿Yo? –preguntó la morena alzando tímidamente los ojos como avergonzada. -sí, tú –replicó la otra-, no lo disimules; tú sueñas con el casamiento; no haces más que hablar de ello todo el día, y por eso escoges los azahares de preferencia. Yo no, yo no pienso en casarme todavía, y me contento con las flores que más me gustan. Además, con la corana de azahares parece que va una a vestirse de muerta. Así entierran a las doncellas. -Pues tal vez así me enterrarán a mí –dijo la morena-, y por eso prefiero estos adornos. -¡Oh! Niñas, no hablen de esas cosas –exclamó la señora en tono de reprensión-. Estar los tiempos como están y hablar ustedes de cosas tristes, es para aburrirse. Tú, Manuela, -dijo dirigiéndose a la joven altiva-, deja a Pilar que se ponga las flores que más le cuadren y ponte tú las que te gusten. Al cabo, las dos están bonitas con ellas… y como nadie las ve –añadió, dando un suspiro. -¡Esa es la lástima! –dijo con expresivo acento Manuela--. Esa es la lástima –repitió--, que si pudiéramos ir a un baile o siquiera asomarnos a la ventana… ya veríamos… -Bonitos están los tiempos –exclamó amargamente la señora--, lindos para andar en bailes o asomarse a las ventanas. ¿Para qué queríamos más fiesta? ¡Jesús nos ampare! ¡Trabajos tenemos para vivir escondidas y sin que sepan los malditos plateados que existimos! No veo la hora de que venga mi hermano de México y nos lleve aunque sea a pie. No puede vivirse ya en esta tierra. Me voy a morir de miedo un día de éstos. Ya no es vida, Señor, ya no es vida la que llevamos en Yautepec. Por la mañana, sustos si suena la campana y a esconderse en la casa del vecino o en la iglesia. Por la tarde, apenas se come de prisa, nuevos sustos si suena la campana o corre la gente; por la noche a dormir con sobresalto, a temblar a cada tropel, a cada ruido, a cada pisada que se oye en la calle, y a no pegar los ojos en toda la noche si suenan tiros o gritos. Es imposible vivir de esta manera; no se habla más que de robos y asesinatos: “que ya se llevaron al monte a don fulano”; “que ya apareció su cadáver en tal barranca o en tal camino”; “que hay zopilotera en tal lugar”; “que ya se fue el señor cura a confesar a fulano que está mal herido”; “que esta noche entra Salomé Plasencia”; “que se escondan las familias que ahí vienen el Zarco o Palo seco”; y después: “que ahí viene la tropa del gobierno, fusilando y amarrando a los vecinos”. Díganme ustedes si esto es vida; no: es el infierno…; yo estoy mala del corazón. La señora concluyó así, derramando gruesas lágrimas, su terrible descripción de la vida que llevaba, y que por desgracia no era sino muy exacta, y aun pálida en comparación con la realidad. Manuela, que se había puesto encendida cuando oyó hablar del Zarco, se conmovió al oír que la señora se quejaba de estar mala del corazón. -Mamá, tú no me habías dicho que estabas mala del corazón. ¿Te duele de veras? ¿Estás enferma? –le preguntó acercándose con ternura. -No, hija, enferma no; no tengo nada, pero digo que semejante vida me aflige, me entristece, me desespera y acabará por enfermarme realmente. Lo que es enfermedad, gracias a Dios que no tengo, y ésa es una fortuna que nos ha quedado en medio de tantas desgracias que nos han afligido desde que murió tu padre. Pero al fin, con tantas zozobras, con tantos sustos diarios, con el cuidado que tú me causas, tengo miedo de perder la salud, y en esta población, y teniéndote a ti… Todos me dicen: “Doña Antonia, esconda usted a Manuelita o mándela usted mejor a México o a Cuernavaca. Aquí está muy expuesta, es muy bonita, y si la ven los plateados, si algunos de sus espías de aquí, son capaces de caer una noche en la población y llevársela. ¡Jesús me acompañe! Todos me dicen esto; el señor cura mismo me lo ha aconsejado; el prefecto, nuestros parientes, no hay un alma bendita que no me diga todos los días lo mismo, y yo estoy sin consuelo, sin saber qué hacer…, sola…, sin más medio de qué vivir que esta huerta de mis pecados, que es la que me tiene aquí, y sin otro amparo que mi hermano a quien ya acabo a cartas, pero que se hace el sordo. Ya ves, hija mía, cuál es la espina que tengo siempre en el corazón y que no me deja ni un momento de descanso. Si mi hermano no viniera, no nos quedaría más que un recurso para libertarnos de la desgracia que nos está amenazando. -¿Cuál es, mamá? –pregunto Manuela sobresaltada. -el de casarte, hija mía –respondió la señora con acento de infinita ternura. -¿Casarme? ¿Y con quién? --¿Cómo con quién? –replicó la madre, en tono de dulce reconvención- Tú sabes muy bien que Nicolás te quiere, que se consideraría dichoso si le dijeras que sí, que el pobrecito hace más de dos años que viene a vernos día con día, sin que le estorben ni los aguaceros, ni los peligros, ni tus desaires tan frecuentes y tan injustos, y todo porque tiene esperanzas de que te convenzas de su cariño, de que te ablandes, de que consientas en ser su esposa… -¡Ah!, en eso habíamos de acabar, mamacita –interrumpió vivamente Manuela, que desde las últimas palabras de la señora no había disimulado su disgusto--; debí haberlo adivinado desde el principio; siempre me hablas de Nicolás; siempre me propones el casamiento con él, como el único remedio de nuestra mala situación, como si no hubiera otro… -¿Pero cuál otro, muchacha? -El de irnos a México con mi tío, el de vivir como hasta aquí, el de escondernos cuando hay peligro. -¿Pero tú ves que tu tío no viene, que nosotras no podemos irnos solas a México, que confiarnos a otra persona es peligrosísimo en estos tiempos en que los caminos están llenos de plateados, que podrían tener aviso y sorprendernos… porque se sabría de nuestro viaje con anticipación? -Y yéndonos con mi tío ¿no tendríamos el mismo riesgo? –objetó la joven reflexionando. -Tal vez, pero él tiene interés en nosotras, somos de su familia y procuraría acompañarse de hombres resueltos, quizás aprovecharía el paso de alguna fuerza del gobierno, o la traería de México o de Cuernavaca; guardaría el debido secreto sobre nuestra salida. En fin, la arriesgaría de noche atravesando por Totolapam o por Tepoztlán; de todos modos con él iríamos más seguras. Pero ya lo ves, no viene, ni siquiera responde a mis cartas. Sabrá seguramente como está este rumbo, y mi cuñada y sus hijos no lo dejarán exponerse. El hecho es que no podemos tener esperanzas en él. -Pues, entonces, mamá, seguiremos como hasta aquí, que éstas no son penas del infierno; algún día acabarán, y mejo me quedaré para vestir santos…-¡Ojalá que ése fuera el único peligro que corrieras, el de quedarte para vestir santos! -contestó la señora con amargura-; pero lo cierto es que no podemos seguir viviendo así en Yautepec. Estas no son penas del infierno, efectivamente, y aun creo que se acabarán pronto, pero no favorablemente para nosotras. Mira –añadió bajando la voz con cierto misterio-, me han dicho que desde que los plateados han venido a establecerse en Xochimancas, y que estamos más inundados en este rumbo, han visto muchas veces a algunos de ellos, disfrazados, rondar nuestra calle de noche; que ya saben de que tú estás aquí, aunque no sales ni a misa; que han oído mentar tú nombre entre ellos; que los que son sus amigos aquí, han dicho varias veces: Manuelita ha de parar con los plateados. Un día de estos, Manuelita ha de ir a remanecer en Xochimancas, con otras palabras parecidas. Mis comadres, mis parientes, ya te conté, el señor cura me ha encontrado y me ha dicho: “Doña Antonia, pero ¿en que piensa usted que no ha transportado ya a Manuelita a Cuernavaca o a Cuautla, a laguna hacienda grande? Aquí corre mucho riesgo con los malos. Sáquela usted, señora, sáquela usted, o escóndala debajo de la tierra, porque sino, va usted a tener una pesadumbre un día de estos. Y a cada consejo que me dan, me clavan un puñal en el pecho. Ya verás tú si podemos vivir de este modo aquí. -Pero mamá, si esos son chismes con que quieren asustar a usted. Yo no he visto ningun bulto en nuestra calle de noche, una que otra vez que suelo asomarme, y eso de que vienieran los plateados a robarme alguna vez, ya usted verá que es difícil; habíamos de tener tiempo de saberlo, de oír algun tropel, y podríamos evitarlo fácilmente, huyendo por la huerta hasta la plaza. Desengañese usted; no cuente conmigo, me parece imposible. Solo que me sorprendieran en la calle, pero como no salgo, ni siquiera voy a misa, sino que me estoy encerrada a piedra y lodo, ¿dónde me habrían de ver? -¡Ay! ¡No, Manuela! Tú eres animosa porque eres muchacha, y ves las cosas de otro modo; pero yo soy vieja, tengo experiencia, veo lo que está pasando y que no había yo visto en los años que tengo de edad, y creo que estos hombres son capaces de todo. Si yo supiera que había aquí tropas del gobierno o que el vecindario tuviera armas con que defenderse, estaría yo más tranquila, pero ya tú bien ves que hasta el prefecto y el alcalde se van al monte cuando aparecen los plateados, que el vecindario no sabe qué hacer, que si hasta ahora no han asaltado la población es porque se les ha mandado el dinero que han pedido, que hasta yo he contribuido con lo que tenía de mis economías a dar esa cantidad; que no tenemos más refugio que la iglesia o la fuga en lo más escondido de las huertas; ¿qué quieres que hagamos si un día se vienen a vivir aquí esos bandidos, como han vivido en Xantetelco y como viven hoy en Xochimancas? ¿No ves que hasta los hacendados les mandan dinero para poder trabajar en sus haciendas? ¿No sabes que les pagan el peaje para poder llevar su cargamento a México? ¿No sabes que en las poblaciones grandes como Cuautla o Cuernavaca sólo los vecinos armados son los que se defienden? ¿Tú piensas, quizás, que estos bandidos andan en partidas de diez o de doce? Pues no: andan en partidas de trescientos o de quinientos hombres; hasta traen sus músicas y cañones y pueden sitiar a las haciendas y a los pueblos. El gobierno les tiene miedo, y estamos aquí como moro sin señor. -Bueno –replicó Manuelita, no dándose por vencida-, y aun suponiendo que así sea, mamá, ¿qué lograríamos casándome con Nicolás? -¡Ah, hija mía!, lograríamos que tomarás estado y que te pusieras bajo el amparo de un hombre de bien. -Pero si ese hombre de bien no es más que el herrero de la hacienda de Atlihuayan, y si el mismo dueño de la hacienda, que está en México, y que es un señorón, no puede nada contra los plateados, ¿qué había de poder el herrero que es un pobre artesano? –dijo Manuela, alargando un poco su hermoso labio inferior con un gesto de desdén. -Pues aunque es un pobre artesano, ese herrero es todo un hombre. En primer lugar, casándote, ya estarías bajo su potestad, y no es lo mismo una muchacha que no tiene otro apoyo que una débil vieja como yo, de quien todos pueden burlarse, que una mujer casada que cuenta con un marido, que tiene fuerzas para defenderla, que tiene amigos, muchos amigos armados en la hacienda, que pelearían a su lado hasta perder la vida. Nicolás es valiente; nunca se han atrevido a atacarlo en los caminos; además sus oficiales de la herrería y sus amigos del real lo quieren mucho. En Atlihuayan no se atreverían los plateados a hacerte nada, yo te lo aseguro. Estos ladrones, después de todo, sólo acometen a las poblaciones que tienen miedo y a los caminantes desamparados, pero no se atreven con los que tienen resolución. En segundo lugar, si tú no querías estar por aquí, Nicolás ha ganado bastante dinero con su trabajo, tiene sus ahorros; su maestro, que es un extranjero que lo dejó encargado de la herrería de la hacienda, está en México, lo quiere mucho, y podríamos irnos a vivir allá mientras que pasan estos malos tiempos. -¡No!, ¡nunca, mamá!, –interrumpió bruscamente Manuela-, estoy decidida; no me casaré nunca con ese indio horrible a quien no puedo ver… Me choca de una manera espantosa, no puedo aguantar su presencia… Prefiero cualquier cosa a juntarme con ese hombre… Prefiero a los plateados –añadió con altanera resolución. -¿Sí?, –dijo la madre, arrojando su costura, indignada-, ¿prefieres a los plateados? Pues mira bien lo que dices, porque si no quieres casarte honradamente con un muchacho que es un grano de oro de honradez, y que podría hacerte dichosa y respetada, ya te morderás las manos de desesperación cuando te encuentres entre los brazos de esos bandidos, que son demonios vomitados del infierno. Yo no veré semejante cosa, no, Dios mío; yo me moriré antes de pesadumbre y de vergüenza –añadió derramando lágrimas de cólera. Manuela se quedó pensativa. Pilar se acercó a la pobre vieja para consolarla. -Mira tú –dijo ésta a la humilde joven morena que había estado escuchando el diálogo de madre e hija, en silencio-; tú que eres mi ahijada, que no me debes tanto como esta ingrata, no me darías semejante pesar. Luego, después de un momento de silencio embarazoso para las tres, la señora dijo con marcado acento de ironía y de despecho: -¡Indio horrible! No parece sino que esta presumida no merece más que un San Luis Gonzaga. ¿De dónde te vienen tantos humos a ti que eres una pobre muchacha, aunque tengas, por la gracia de Nuestro Señor, esa carita blanca y esos ojos que tanto te alaban los tenderos de Yautepec? Eres tan entonada que cualquiera diría que eras dueña de hacienda. Ni tu padre ni yo te hemos dado esas ideas. Tu crianza ha sido humilde. Te hemos enseñado a amar la honradez, no la figura ni el dinero; la figura se acaba con las enfermedades o con la edad, y el dinero se va como vino; solo la honradez es un tesoro que nunca se acaba. ¡Indio horrible!, ¡un pobre artesano! Pero ese indio horrible, ese pobre herrero es un muchacho de buenos principios, que ha comenzado por ser un pobrecito huérfano de Tepoztlán, que aprendió a leer y a escribir desde chico, que después se metió a la fragua, y que a la edad en que todos regularmente no ganan más que un jornal, él es ya maestro principal de la herrería, y es muy estimado hasta de los ricos, y tiene muy buena fama y ha conseguido lo poco que tiene, gracias al sudor de su frente y a su honradez. Eso en cualquiera tiempo, pero más ahora y principalmente por este rumbo, es una gloría que pocos tienen. Tal vez no hay muchacho aquí que se pueda comparar con él. Dime, Pilar, ¿tengo yo razón? -Sí, madrina –contestó la modesta joven-, tiene usted sobrada razón. Nicolás es un hombre muy bueno, muy trabajador, que quiere muchísimo a Manuela, que sería un marido como pocos, que le daría gusto en todo. Yo siempre se lo estoy diciendo a mi hermana. Además, yo no lo encuentro horrible… -¡Que horrible va a ser! –exclamó la señora; sino que esta tonta, como no lo quiere, le pone defectos como si fuera un espantajo. Pero Nicolás es un muchacho como todos y no tiene nada que asuste. No es blanco, ni español, ni anda relumbrando de oro y de plata como los administradores de las haciendas o como los plateados, ni luce en los bailes y en las fiestas. Es quieto y encogido, pero eso me parece a mí que no es un defecto. -Ni a mí –añadió Pilar. Bueno, Pilar –dijo Manuela-, pues si a ti te gusta tanto, ¿por qué no te casas tú con él? -¿Yo? –respondió Pilar, poniéndose primero pálida y luego encarnada hasta llorar, ¿yo, hermana?, ¿pero por qué me dices eso? Yo no me caso con él porque no es a mí a quien él quiere, sino a ti. -¿De modo que si te pretendiera le corresponderías? –preguntó sonriéndose malignamente la implacable Manuela. Pila iba quizás a responder, pero en ese instante llamaron a la puerta de un modo tímido. -Es Nicolás –dijo la señora; ve a abrirle, Pilar. La humilde joven, todavía confusa y encarnada, quitó apresuradamente de sus cabellos la guirnalda de azahares y los colocó en el banco. -¿Por qué te quitas esas flores? –le preguntó Manuela, arrojando a su vez apresuradamente las rosas y caléndulas que se había puesto. -Me las quito porque son flores de novia, y yo no soy aquí la novia –respondió tristemente, aunque un poco picada, Pilar. Y tú, ¿por qué te quitas las tuyas? -Yo, porque no quiero parecer bonita a ese indio, hombre de bien, que merece un relicario. Pilar fue a abrir la puerta, con todas las precauciones que se tomaban en ese tiempo en Yautepec. IV NICOLÁS Quien hubiera oído hablar a Manuela en tono tan despreciativo, como lo había hecho, del herrero de Atlihuayan, se habría podido figurar que era un monstruo, un espantajo repugnante que no debiese inspirar más que susto o repulsión. Pues bien: se habría engañado. El hombre que después de atravesar las piezas de habitación de la casa, penetró hasta el patio en que hemos oído la conversación de la señora mayor y de las dos niñas, era un joven trigueño, con el tipo indígena bien marcado, pero de cuerpo alto y esbelto, de formas hercúleas, bien proporcionado y cuya fisonomía inteligente y benévola predisponía desde luego a su favor. Los ojos negros y dulces, su nariz aguileña, su boca grande, provista de una dentadura blanca y brillante, sus labios gruesos, que sombreaba apenas una barba naciente y escasa, daban a su aspecto algo de melancólico, pero de fuerte y varonil al mismo tiempo. Se conocía que era un indio, pero no un indio abyecto y servil, sino un hombre culto, ennoblecido por el trabajo y que tenía la conciencia de su fuerza y de su valer. Estaba vestido no como todos los dependientes de las haciendas azucareras, con chaqueta de dril de color claro, sino con una especie de blusa de lanilla azul como los marineros, ceñida a la cintura con un ancho cinturón de cuero, lleno de cartuchos de rifle, porque en ese tiempo todo el mundo tenía que andar armado y apercibido la defensa; además, traía calzoneras con botones oscuros, botas fuertes, y se cubría con un sombrero de fieltro gris de alas anchas, pero sin ningún adorno de plata. Se conocía, en fin, que de propósito intentaba diferenciarse, en el modo de arreglar su traje, de los bandidos que hacían ostentación exagerada de adornos de plata en sus vestidos, y especialmente en sus sombreros, lo que les había valido en nombre con que se conocían en toda la República. Nicolás acostumbraba, en sus visitas diarias a la familia de Manuela, dejar su caballo y sus armas en una casa contigua, para partir luego que cerraba la noche a la hacienda de Atlihuayan, distante menos de una milla de Yautepec. Después de los saludos de costumbre, Nicolás fue a sentarse junto a la señora en otro banco rústico y notando que a los pies de Manuela estaban regados en desorden las rosas que ésta había desprendido de sus cabellos; le preguntó: -Manuelita, ¿por qué ha tirado usted tantas flores? -Estaba haciendo yo un ramillete –respondió secamente Manuela-, pero me fastidié y las he arrojado. -¡Y tan lindas! –dijo Nicolás inclinándose para recoger algunas, lo que Manuelita vio hacer con marcado disgusto-. ¡Usted siempre descontenta! –añadió tristemente. -¡Pobre de mi hija! Mientras estemos en Yautepec y encerradas –dijo la madre- no podemos tener un momento de gusto. -Tienen ustedes razón –replicó Nicolás-. ¿Y su hermano de usted ha escrito? -Nada, ni una carta; no hemos tenido razón de él. Ya me desespero… ¿Y, ¿que nuevas noticias nos trae usted ahora, Nicolás? -Ya sabe usted, señora –dijo Nicolás con aire sombrío-, las de siempre…, plagios, asaltos, crímenes por donde quiera, no hay otra cosa. Antier se llevaron los plateados de Xochimancas al purgador de la hacienda de San Carlos. Ayer, en la mañana, se llevó otra partida al ayudante de campo, que había salido a la tranca de la hacienda nada más; después mataron a unos arrieros que iban de Cocoyoc al camino de México. -¡Misericordia de Dios! –exclamó la señora-; si no es posible vivir ya en este rumbo. Si yo estoy desesperada y no sé como salir de aquí… -A propósito –continuó Nicolás-; si usted insiste, señora, en su deseo de irse a México, y ya que ha rehusado usted mis servicios para acompañarla, pronto se le ofrecerá a usted oportunidad. -¿Sí? ¿Cómo? –preguntó con ansiedad la señora. -Hemos sabido que debía haber llegado aquí esta mañana una fuerza de caballería del gobierno, porque salió de Cuernavaca con esta dirección ayer en la tarde, y durmió en Xiutepec; pero al amanecer recibió orden de ir a perseguir a una partida de bandidos que en la misma noche asalto a una familia rica extranjera, que se dirigía a Acapulco, acompañada de algunos mozos armados. Parece que, precisamente para ver si escapaba de los ladrones, esa familia salió de Cuernavaca ya de noche y caminaba aprisa para llegar hoy temprano a Puente de Ixtla o San Gabriel. Pero cerca de Alpuyeca la estaba esperando una partida de plateados. Los extranjeros que iban con la familia se defendieron, pero los mozos hicieron traición y se pasaron con los bandidos, de modo que los pobres extranjeros quedaron allí muertos con su familia, que también pereció -¡Jesús!, ¡que horror! –exclamaron la señora y Pilar, mientras que Manuela palideció ligeramente y se puso pensativa. -Parece que fue una cosa espantosísima –continuó Nicolás-. Ahí amanecieron los cadáveres, porque los bandidos se llevaron, naturalmente, los equipajes, las mulas, los caballos y todo. La noticia llegó a Cuernavaca muy temprano, los vecinos de Alpuyeca trajeron después en camilla a los muertos, entre los que había niños. Ahí tienen ustedes el porqué la fuerza del gobierno, que venía para acá, recibió orden de dirigirse, en combinación con otra que salió de Cuernavaca, en persecución de los bandidos. -¿Y los cogerán? ¿Usted creé que los cogerán, Nicolás? –preguntó la señora. -No –respondió con intensa amargura el honrado joven-, no cogerán a nadie. Son pocos en comparación de los plateados, que deben haberse refugiado en Xochimancas. Solamente allí tienen más de quinientos hombres, bien montados y armados, sin contar con las muchas partidas que andan en todos los caminos. Además, ya estamos acostumbrados a estos vanos alardes. Cuando se comete un robo de consideración o se asalta a personas distinguidas, se hace escándalo; el gobierno de México manda órdenes terribles a las autoridades de por aquí; estas ponen en movimiento sus pequeñas fuerzas, en que hay muchos cómplices de los bandidos y que les dan aviso oportunamente. Se hace ruido una semana o dos y todo acaba allí. Entretanto, nadie hace caso de los robos, de los asaltos, de los asesinatos que se cometen diariamente en todo el rumbo, porque las víctimas son infelices que no tienen nombre, ni nada que llame la atención. -¡Ay Dios, Nicolás –dijo con interés la señora-, y usted que se arriesga para venir todas las tardes de Atlihuayan, sólo por vernos! Yo le ruego a usted que no lo haga ya. -¡Ah!, no, señora –respondió Nicolás sonriendo tranquilamente-; en cuanto a mí pierda usted cuidado. Yo soy pobre, nada tienen que robarme. Además, la distancia de Atlihuayan a acá es muy corta, nada arriesgo verdaderamente con venir. -¡Cómo no ha de arriesgar usted! –repuso la señora-; en primer lugar, aunque usted es pobre, se sabe que es usted un artesano honrado y económico, que es le maestro de la herrería de Atlihuayan, y deben suponer que tiene usted algo guardado; luego, aunque no fuera más que porque monta usted buenos caballos y porque tiene buenas armas… -¡Oh, señora! –exclamó riendo Nicolás-, por lo que yo puedo tener guardado no vale la pena de que me ataquen esos señores; porque ellos se arriesgan por mayores intereses. Por otra parte, yo no me dejaría plagiar. No es eso fanfarronada, pero la verdad es, señora, que vale más morir de una vez que sufrir las mil muertes que tienen los plagiados. Ya habrá oído usted contar lo que les hacen. Pues bien, la mejor manera de escapar de esos tormentos, es defenderse hasta morir. Siquiera de ese modo se les hace pagar caro su triunfo y se salva la dignidad del hombre –añadió con varonil orgullo. -¡Ah!, si todos pensaran así –dijo la señora-, si todos se resolvieran a defenderse, no habría bandidos ni necesitaríamos de las fuerzas del gobierno, ni viviríamos aquí muertos de miedo, temblando como pájaros azorados. -Es verdad, señora; así debía ser, y no se necesita para ello más que un poco de sangre fría. Vea usted; en Atlihuayan estaban todos atemorizados cuando comenzaron a inundar esto los bandidos, y no sabían que partido tomar. Pero antes de que comenzaran a pisarnos la sombra, los maquinistas de la hacienda y los herreros nos reunimos y determinamos comprar buenos caballos y armarnos bien, decidiendo defendernos siempre unidos, aunque fuésemos pocos. Tan luego se supo nuestra resolución, el administrador y los dependientes se unieron también a nosotros, y como la gran ventaja que tienen los plateados para amenazar a las haciendas y a los pueblos, consiste en que tienen siempre emisarios y cómplices entre los vecinos, se dispuso arrojar de la hacienda al que se hiciera sospechoso de estar en connivencia con los bandidos. De ese modo, todos los trabajadores de Atlihuayan son fieles y nos ayudan; la hacienda está bien armada y no tenemos más peligro que el de que incendien los bandidos los campos de caña. Pero vigilando mucho, y todas las noches, puede evitarse ese mal en cuanto sea posible. Ya han pedido dinero al hacendado; ya lo han amenazado de quemar la hacienda, pero no se les ha hecho caso. A nosotros también nos han escrito cartas, pidiéndonos dinero, pero no les hemos contestado. A mí, particularmente, sé que me aborrecen; que hay algunos que han ofrecido matarme, y no sé por qué, pues yo no he hecho mal a nadie, ni a los bandidos; será seguramente porque saben que estoy resuelto a defenderme y que mis oficiales lo están también. Pero no tengo cuidado, y sigo como hasta aquí, sin que nadie me haya atacado en los caminos. -Pero usted anda siempre solo, Nicolás –dijo la señora-, y eso es una temeridad. -Cuando puedo me acompaño, por ejemplo, cuando tengo que ir a una hacienda algo lejana…, pero para venir aquí no creo que hay necesidad de compañía. Pero a todo esto, lo que más me importa es tratar lo de la salida de ustedes. Decía yo que la fuerza que venía a Yautepec se entretiene hoy en atrapar a los asaltantes del camino de Alpuyeca, que ya estarán en sus guaridas. Por consiguiente, la fuerza volverá a Cuernavaca y saldrá después para acá. Es tiempo de aprovechar la ocasión y pueden ustedes prepararse para la marcha. -Ya se ve –dijo la señora- y desde luego vamos a alistarnos. Gracias, Nicolás, por la noticia, y espero que usted vendrá a vernos como siempre para comunicarnos algo nuevo y para que me haga usted el favor de quedarse con mis encargos…; no tengo hombre de confianza más que usted. -Señora, ya sabe usted que estoy a sus órdenes en todo, y que puede ir usted tranquila respecto de sus cosas, pues me quedo aquí. -Ya lo sé, ya lo sé, y lo espero a usted mañana, como siempre. Ahora es tiempo de que usted se vaya, es ya de noche y tiemblo de que le suceda a usted algo en este caminito de Yautepec a la hacienda, tan corto, pero tan peligroso… ¡Adiós! –dijo estrechando la mano de Nicolás, que fue a despedirse en seguida de Manuela, que le alargó la mano fríamente, y de Pilar, que lo saludo con su humilde timidez de costumbre. Cuando se oyó en la calle el trote del caballo que se alejaba, la señora, que se había quedado triste y callada, suspiró dolorosamente. -La única pena que tendré –dijo- alejándome de este rumbo, será dejar en él a este muchacho, que es el solo protector que tenemos en la vida. ¡Con qué gusto lo vería yo como mi yerno! -¡Y dale con el yerno, mamá! –dijo Manuela acercándose a la pobre señora y abrazándola cariñosamente-. ¡No pienses en eso! Ya vamos a salir de aquí y tendrás otro yerno mejor. -Este te ofrece un amor honrado –dijo la señora. -Pero no un amor de mi gusto –replicó frunciendo las cejas y sonriendo, la hermosa joven. -Dios quiera que nunca te arrepientas de haberlo rechazado. -No, mamá, de eso sí puede estar usted segura. Nunca me arrepentiré. ¡Si el corazón se va adonde quiere…, no adonde lo mandan! –añadió lentamente y con risueña gravedad ayudando a la señora a levantarse de su taburete. La noche había cerrado, en efecto; el rocío, tan abundante en las tierras calientes, comenzaba a caer; las sombras de la arboleda de la huerta se hacían más intensas a causa de la luz de la luna, que comenzaba a alumbrar, y la familia se entró en sus habitaciones. V EL ZARCO A la sazón que esto pasaba en Yautepec, a un costado de la hacienda de Atlihuayan, y por un camino pedregoso y empinado que bajaba de las montañas, y que se veía flanqueado por altas malezas y coposos árboles, descendía poco a poco y cantando, con voz aguda y alegre, un gallardo jinete montado en brioso alazán que parecía impacientarse, marchando tortuosamente en aquel sendero en que resonaban echando chispas sus herraduras. El jinete lo contenía a cada paso, y en la actitud más tranquila, parecía abandonarse a una deliciosa meditación, cruzando una pierna sobre la cabeza de la silla, como las mujeres, mientras que entonaba, repitiéndola distraído, una copla de una canción extraña, compuesta por bandidos y muy conocida entonces en aquellos lugares: Mucho me gusta la plata, Pero más me gusta el lustre, Por eso cargo mi reata Pa’la mujer que me guste. El jinete, caminado así a mujeriegas, no parecía darse por prisa por bajar al llano, y de cuando en cuando se detenía un momento, para dejar que su caballo respirara y para contemplar la luna por los claros que solían dejar los árboles de la montaña. Así, mirándola atentamente, observaba también las estrellas y parecía averiguar la hora, como si estuviese pendiente de una cita. Por fin, al dar vuelta un recodo del camino, los árboles fueron siendo más raros, las malezas más pequeñas, el sendero se ensanchaba y era menos áspero, parecía que la colina ondulaba suavemente y todo anunciaba la proximidad de la llanura. Luego que el jinete observó este aspecto menos salvaje que el que había dejado atrás de él, se detuvo un instante, alargó la pierna que traía cruzada, se estiró perezosamente, se afirmó en los estribos, examinó con rapidez las dos pistolas que traía en la cintura y el mosquete que colgaba en la funda de su silla, al lado derecho y atrás, como se usaba entonces; después de lo cual desenredó cuidadosamente la banda roja de lana que abrigaba su cuello, y volvió a ponérsela, pero cubriéndose con ella el rostro hasta cerca de los ojos. Después se desvió un poco del camino y se dirigió a una pequeña explanada que allí había, y se puso a examinar el paisaje. La luna había aparecido ya sobre el horizonte y ascendía con majestad en el cielo por entre grupos de nubes. A lo lejos, las montañas y las colinas formaban un marco negro y espeso al cuadro gris en que se destacaban las oscuras masas de las haciendas, la faja enorme de Yautepec, los cerros y las arboledas, y al pie de la colina que servía de mirador al jinete se veían distintamente los campos de cañas de Atlihuayan, salpicados de luciérnagas, y en medio de ellos los grandes edificios de la hacienda con sus altas chimeneas, sus bóvedas y sus ventanas llenas de luz. Aun se escuchaba el ruido de las máquinas y el rumor lejano de los trabajadores y el canto melancólico con que los pobres mulatos, a semejanza de sus abuelos los esclavos, entretienen sus fatigas o dan fin a sus tares del día. Ese aspecto tranquilo y apacible de la naturaleza y ese santo rumor de trabajo y de movimiento, que parecía un himno de virtud, no parecieron hacer mella ninguna en el ánimo del jinete, que sólo se preocupaba de la hora, porque después de haber permanecido en muda contemplación por espacio de algunos minutos, se apeó del caballo, estuvo paseándolo un rato en aquella meseta, después apretó el cincho, montó e interrogando de nuevo a la luna y a las estrellas, continuó con su camino cautelosamente y en silencio, a poco estaba ya en la llanura y entraba en un ancho sendero que conducía a la tranca de la hacienda; pero al llegar a una encrucijada tomó el camino que iba a Yautepec, dejando la hacienda a su espalda. Apenas acababa de entrar en el andando al paso, cuando vio pasar a poca distancia, y caminando en dirección opuesta, a otro jinete que también iba al paso, montando un magnífico caballo oscuro. -¡Es el herrero de Atlihuayan! –dijo en voz baja, inclinando la ancha faja de su sombrero para no ser visto, aunque la bufanda le lana le cubría el semblante hasta los ojos. Después murmuró, volviendo ligeramente la cabeza para ver al jinete, que se alejaba con lentitud: -¡Que buenos caballos tiene este indio!... Pero no se deja… ¡Ya veremos! –añadió con acento amenazador. Y continuó marchando hasta llegar cerca de la población de Yautepec. Allí dejo el camino real y tomó una veredita que conducía a la caja del río que atraviesa la población, después de encajarse entre dos bordes altos y llenos de maleza, de cactos y de árboles silvestres, desemboca en un terreno llano y arenoso, antes de correr entre las dos hileras de extensas y espesísimas huertas que lo flanquean en la población. Allí la luna daba de lleno sobre el campo, rielando en las aguas cristalinas del río, y a su luz pudo verse perfectamente al jinete misterioso que había bajado de la montaña. Era un joven como de treinta años, alto, bien proporcionado, de espaldas hercúleas y cubierto literalmente de plata. El caballo que montaba era un soberbio alazán, de buena alzada, musculoso, de encuentro robusto, de pezuñas pequeñas, de ancas poderosas como todos los caballos montañeses, de cuello fino y de cabeza inteligente y erguida. Era lo que llaman los rancheros un caballo de pelea. El jinete estaba vestido como los bandidos de esa época, y como nuestros charros, los más charros de hoy. Llevaba chaqueta de paño oscuro con bordados de plata, calzoneras con doble fila de chapetones de plata, unidos por agujetas y cadenillas del mismo metal; cubríase con un sombrero de lana oscura, de alas grandes y tendidas, y que tenían tanto encima como debajo de ellas una ancha y espesa cinta de galón de plata bordado con estrellas de oro; rodeaba la copa redonda y achatada una doble toquilla de plata, sobre la cual caían a cada lado dos chapetas también de plata, en forma de bulas rematando en anillos de oro. Llevaba, además de la bufanda de lana con que se cubría el rostro, una camisa también de lana debajo del chaleco, y en el cinturón un par de pistolas de empuñadura de marfil, en sus fundas de charol negro bordadas de plata. Sobre el cinturón se ataba una canana, doble cinta de cuero a guisa de cartuchera y rellena de cartuchos de rifle, y sobre la silla un machete de empuñadura de plata metido en su vaina, bordada de lo mismo. La silla que montaba estaba bordada profusamente de plata; la cabeza grande era una masa de ese metal, lo mismo que la teja y los estribos, y el freno del caballo estaba lleno de chupetes, de estrellas y de figuras caprichosas. Sobre el vaquerillo negro, de hermoso pelo de chivo, y pendiente de la silla, colgaba un mosquete, en su funda también bordada, y tras de la teja veíase amarrada una gran capa de hule. Y por donde quiera, plata: en los bordados de la silla, en las tapafundas, en las chaparreras de piel de tigre que colgaban de la cabeza de la silla, en las espuelas, en todo. Era mucha plata aquella, y se veía patente el esfuerzo para prodigarla por donde quiera. Era una ostentación insolente, cínica y sin gusto. La luz de la luna hacía brillar todo este conjunto y daba al jinete el aspecto de un extraño fantasma con una especie de armadura de plata; algo como un picador de una plaza de toros o como un aguerrido centurión de Semana Santa. El jinete estuvo examinando durante unos segundos el lugar. Todo se hallaba tranquilo y silencioso. El llano y los campos de caña se dilataban a lo lejos, cubiertos por la luz plateada de la luna, como por una gasa transparente. Los árboles de las huertas estaban inmóviles. Yautepec parecía un cementerio. Ni una luz en las casas, ni un rumor en las calles. Los mismos pájaros nocturnos parecían dormir, y solo los insectos dejaban oír sus leves silbidos en los platanares. Mientras que una nube de cocuyos revoloteaba en las masas de sombra en las arboledas. La luna estaba en el cenit y eran las once de la noche. El plateado se retiró, después de éste rápido examen, a un recodo que hacía el cauce del río junto a un borde lleno de árboles, y allí, perfectamente oculto en la sombra, y en la playa seca y arenosa, echó pie a tierra, desató la reata, quitó el freno a su caballo, y teniéndolo del lazo, lo dejo ir a poca distancia a beber agua. Luego que la necesidad del animal estuvo satisfecha, lo enfrenó de nuevo y montó con agilidad sobre él, atravesó el río y se internó en uno de los callejones estrechos y sombríos que desembocan en la ribera y que estaban formados por las cercas de árboles de las huertas. Anduvo al paso y como recatándose por unos minutos, hasta llegar junto a las cercas de piedra de una huerta extensa y magnífica. Allí se detuvo al pie de un zapote colosal cuyos ramajes frondosos cubrían como una bóveda toda la anchura del callejón, y procurando penetrar con la vista en la sombra densísima que cubría el cercado, se contentó con articular dos veces seguidas una especie de sonido de llamamiento: “¡Psst… psst!” al que respondió otro d igual naturaleza, desde la cerca, sobre la cual no tardó en aparecer una figura blanca. -¡Manuelita! –dijo en voz baja el plateado. -¡Zarco mío, aquí estoy! –respondió una dulce voz de mujer. Aquel hombre era el Zarco, el famoso bandido cuyo renombre había llenado de terror toda la comarca. VI LA ENTREVISTA La cerca no era alta; estaba formada de grande piedras, entre las cuales habían brotado centenares de trepadoras, de ortigas y de cactos de tallos verticales y esbeltos, formando un muro espeso, cubierto con una cortina de verdura. Sobre esta cerca, aprovechando uno de sus claros y bajo las sombrías ramas del zapote, cuyo tronco nudoso presentaba una escalinata natural por dentro de la huerta, Manuelita se había improvisado un asiento para hablar con el Zarco en sus frecuentes entrevistas nocturnas. El bandido no se bajaba en ellas de su caballo. Desconfiado hasta el extremo, como todos los hombres de su especie, prefería estar siempre listo para la fuga o para la pelea, aun cuando hablaba con su amada a altas horas de la noche, en la soledad de aquella callejuela desierta y cuando la población dormía sobresaltada sin atreverse nadie a asomar la cara después de la queda. Por lo demás, así, a caballo, estaba al alcance de la joven para hablarle y para abrazarla con toda comodidad, pues la altura del cercado no sobrepasaba la cabeza de la silla del caballo, y en cuanto a este animal, enseñado como todos los caballos de bandidos, sabía estarse quieto cuando la voluntad del jinete lo exigía. Por otra parte, la cortina vegetal que revestía el cercado de piedra, presentaba allí un ancho rasgón que permitía a los amantes hablarse de cerca, enlazarse las manos y abandonarse a las intimidades de un amor apasionado y violento. Ya varias veces algunos vecinos de Yautepec, que solían transitar por esa callejuela en las mañanas para salir al campo, habían reparado en las huellas que dejaba el caballo en las noches de lluvia, huellas que indicaban que alguien había estado allí detenido por mucho tiempo, y que venían del río y volvían a dirigirse a él. Pero suponían que eran las de algún campesino que había venido allí en la tarde anterior o a lo sumo sospechaban que Nicolás, el herrero de Atlihuayan, cuyo amor a Manuela era demasiado conocido, tenía entrevistas con ella, aunque sabían todos, por otra parte, que la joven profesaba profunda aversión al herrero, cosa que atribuían a hipócrita disimulo desmentido por esas huellas acusadoras. En cuanto a doña Antonia, madre de Manuelita, ignoraba de todo punto, como es de suponerse, que su hija tuviese entrevista alguna con nadie, y aun el rumor acerca de las huellas de un caballo junto al cercado de su huerta, le era totalmente desconocido. Así, bajo aquel secreto profundo, que nadie se hubiera atrevido a adivinar, Manuela salía a hablar con su amante con toda la frecuencia que permitían a éste sus arriesgadas excursiones de asalto y de pillaje. El parecía muy enamorado de la hermosa muchacha, pues apenas podía disponer de algunas horas, cuando las aprovechaba, a trueque del reposo y el sueño, para venir a conversar una hora con su amada, a quien prevenía regularmente por medio de los emisarios y cómplices que tenía en Yautepec. Esta vez era esperado con más impaciencia que nunca por la joven, alarmada por los peligros que anunciaban para sus amores las resoluciones de la tarde. -Tenía yo miedo de que no vinieras esta noche y te esperaba yo con ansia –dijo Manuela, palpitante de pasión y de zozobra. -Pues por poco no vengo, mi vida –respondió el Zarco, arrimándose a la cerca y tomando entre las suyas las manos trémulas de la joven-. Hemos tenido pelea anoche; por poco me mata un gringo maldito, y apenas he tenido tiempo de pasar por Xochimancas, de remudar caballo, de tomar un bocado y un poco de café y he andado veinte leguas por verte… ¿Pero, qué tienes? ¡Estás temblando! ¿Por qué me esperabas con ansia? -Dime, ¿estuviste tú en lo de Alpuyeca? -Sí, precisamente yo mandaba la fuerza. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Cómo lo has sabido tan pronto? -Pues ahora verás: estuvo, como siempre, hoy en la tarde el fastidioso herrero, y él, diciéndole mi mamá que ya no veía la hora de salir de aquí para irnos a México, pero que no sabía cómo, porque mi tío no viene, le contó que una tropa de caballería del gobierno había salido ayer de Cuernavaca con dirección a Yautepec, y que se había quedado a dormir en Xiutepec, pero que hoy en la mañana recibió orden violentamente para perseguir a una partida que había matado a unos extranjeros en Alpuyeca, anoche, y que se fue para allá… -Ya lo sabíamos… dizque nos van a cargar fuerzas…, figúrate, ¡doscientos hombres a lo más! Buen cuidado tendrán de no arrimarse por Xochimancas…, allí estacarían el cuero… y, ¿qué más? -Bueno, pues que siguió diciendo que esa caballería del gobierno no cogerá a ninguno, y volverá a tomar la dirección de Yautepec para continuar su marcha. Que entonces podríamos aprovechar la oportunidad para irnos con la tropa. -¿Ustedes? -Sí, nosotras, y mi madre dijo que le parecía buena la idea; que nos íbamos a disponer para irnos, y aun encargo al herrero que viniera mañana para traerle nuevas noticias y para dejarle sus encargos. -¡Ah, caramba!, ¿de modo qué es de veras? Muy de veras, Zarco, muy de veras. Tiene mi madre tal miedo, que, no lo dudes, va a aprovechar la ocasión, y ya me dijo que vayamos disponiendo nuestros baúles con lo más preciso; que irá mañana a pedirle su dinero a una persona que lo tiene guardado, y nos vamos. -¡Imposible! –exclamó el bandido con violencia-, ¡imposible! Se irá ella, pero tú no; primero me matan. -¿Pero, cómo hacemos entonces? -Niégate. -¡Ah!, sería inútil, Zarco, tú no conoces a mi mamá; cuando dice una cosa, la cumple; cuando manda algo, no se le puede replicar. Hartos disgustos tengo todos los días porque me quiere casar a fuerza con el indio, y por más que le manifiesto mi resolución de no unirme a ese hombre, por más que le hago desaires a éste, y que le he dicho en su cara que no le tengo amor, mi madre sigue en su porfía, y el herrero sigue también viniendo, seguramente porque mi madre le da alas para que no deje su necedad. Pero en fin, en esto puedo desobedecer porque alego mi falta de cariño, pero en lo de irnos… ya ves que es imposible. -Pues, déjame pensar –dijo el Zarco poniéndose a reflexionar. -Dime –interrumpió Manuela-, ¿no sería posible que ustedes atacaran a la tropa del gobierno en las Tetillas o en otro paraje y que la derrotaran? Ustedes son muchos. -Sí, mi alma; sería posible, y lo conseguiríamos, pero te diré francamente: los muchachos no se arriesgan a estas empresas, sino cuando esperan coger un buen botín o cuando se defienden y al ven irremediable. ¡Pero aquí no habían de querer! Dirán que atacando a esta tropa no van a recibir más que muchos balazos, y si la derrotan, cogerán cuando más unos cuantos caballos flacos, sillas viejas, uniformes hechos pedazos. ¡Si los soldados del gobierno parecen limosneros! Además son cien hombres. Tendríamos que cargarles lo menos quinientos, y ¿tú crees que habíamos de juntarlos para eso nada más? -¡Pero, bien –repuso la joven contrariada-, ya sabía yo que los plateados no atacaban sino a indefensos!... Eso dice mi madre. -¿A los indefensos? –dijo el Zarco, picado a su vez en lo más vivo-. ¿Eso dice tú madre? Pues se equivoca la buena señora; también sabemos atacar a la tropa, y cansados estamos de hacerlo y de triunfar… ¡Indefensos! Pues bueno fuera que hubiera visto la pelotera de anoche. Esos gringos parecían demonios,… se defendían con sus rifles, con sus pistolas, con sus espadas. -¡Ay, Zarco, dicen que mataron a las mujeres y a los niños! -¿Quién dijo eso? -El herrero. -¡Indio hablador! -¿No es cierto? -¿Qué se murieron? Sí, se murieron, pero nosotros no los matamos, se murieron en la refriega. En fin, no hablemos de este asunto, Manuelita, porque me estás lastimando. -No, mi vida, no –replicó la joven, con voz de infinita ternura, y enlazada al cuello del bandido-. ¿Yo ofenderte a ti, que eres todo mi querer? -Sí, Manuelita –dijo desasiéndose de sus brazos-. Todo eso que me estabas diciendo era porque tú me crees cobarde. -¿Yo, creerte cobarde, Zarco? –dijo la joven echándose a llorar-. Pero, ¿cómo has podido pensar eso? ¡Si yo creo que eres el hombre más valiente del mundo; si yo estoy loca de pasión por ti; si pienso que se me va a reventar el corazón de la pena que me causa tu ausencia, del miedo que me dan los peligros que corres!... ¡Si yo soy tuya enteramente… y hago lo que quieras! -Bueno –dijo dulcificando la voz el bandido y besándola con furia-; bueno, ya no llores, ya no estoy resentido…, pero no me vuelvas a decir esas palabras. -¡Pero si yo te digo lo que cuentan; yo hago cóleras cuando lo escucho, y no tengo más consuelo que decírtelo! Ahora, mi deseo de que atacaran a la tropa, debes suponer que es causado por el amor mismo que te tengo, para que no nos separemos. Si tienes otro medio…, el de casarnos, por ejemplo. -¿Casarnos? -Sí, y ¿por qué no? -¿Pero tú no piensas en que no podemos casarnos? -¿Por qué, dímelo? -Por mil razones. Llevando la vida que llevo, siendo como soy tan conocido, teniendo tantas causas pendientes en los juzgados, habiendo, naturalmente, orden de colgarme donde me cojan, ¿a dónde había yo de ir a presentarme para que nos casaran? ¡Estás loca! -¿Pero, no podemos irnos lejos de este rumbo, a Puebla, al Sur, a Morelos, a donde no te conozcan, para casarnos? -Pero para eso sería preciso que te sacará yo de aquí, que te robara yo, que te fueras conmigo a Xochimancas mientras… y después emprenderíamos el viaje a otra parte. -Pues bien –replicó la joven resueltamente, después de reflexionar un momento-, puesto que no queda más que ese recurso, sácame de aquí, me iré contigo a donde quieras. -Pero, ¿te avendrás a la vida que llevo, siquiera por esos días? Vamos a Xochimancas; ya sabes quienes son mis compañeros; es verdad que tienen ellos allí a sus muchachas, pero no son como tú: ellas están acostumbradas a pasar trabajos, montan a caballo, ayunan algunas veces, se desvelan, no se escandalizan por lo que pasa, porque pasan cosas un poco feas… en fin, son como nosotros. Tú eres una muchacha criada de otra manera…, tú mamá te quiere mucho. Tengo miedo de que te enfades, de que llores acordándote de tu mamá y de Yautepec…, de que me eches la culpa de tú desgracia, de que me aborrezcas. -Eso nunca, Zarco, nunca; yo pasaré cuantos trabajos vengan, yo también sé montar a caballo, ayunaré y me desvelaré, y veré todo sin espantarme con tal de estar a tu lado. Mira –añadió Manuela, con voz sorda y en el extravío de su pasión frenética-, yo quiere, en efecto, mucho a mi mamá, aunque de pocos días a esta parte me parezca que la quiero menos; sé que le voy a causar tal vez la muerte, pero te prometo no llorar cuando me acuerde de ella, con la condición de que tú estés conmigo, de que me quieras siempre, como yo te quiero, de que nos vayamos pronto de este rumbo. El bandido la estrecho entre sus brazos y la devoró a besos, conmovido ante esta explosión de amor, tan apasionada, tan loca, tan sincera, que estaba tan cerca del frenesí y le entregaba enteramente a aquella joven tan bella, tan codiciada, tan soñada en sus horas de pasión y de deseos. Porque el Zarco amaba también a Manuela, sólo que él la amaba de la única manera que podía amar un hombre encenegado en el crimen, un hombre a quien era extraña toda noción del bien, en cuya alma tenebrosa y pervertida sólo tenían cavidad ya los goces de un sensualismo bestial y las infames emociones que pueden producir el robo y la matanza. La amaba porque era linda, fresca, gallarda; porque su hermosura atractiva y voluptuosa, su opulencia de formas, su andar lánguido y provocador, sus ojos ardientes y negros, sus labios de granada, su acento armonioso y blando, todo ejercía un imperio terrible sobre sus sentidos, excitados día a día por el insomnio y la obsesión constante de aquella visión. Aquel no era amor, en el sentido elevado de la palabra, era el deseo espoleado por la impaciencia y halagado por la vanidad, porque, efectivamente, el bandido debía creerse afortunado con merecer la preferencia de la mujer más bonita del rumbo. Así es que tan pronto como el Zarco estuvo seguro de que la joven se hallaba resuelta a arrostrarlo todo con tal de seguirlo, se sintió feliz, y toda la sangre de sus venas afluyó a su corazón en aquel instante supremo. -Bueno –dijo, separándose de los brazos de Manuela-. Entonces no hay más que hablar, te sales conmigo y nos vamos… -¿Ahora? –preguntó la joven con alguna indecisión. -No, no ahora –contestó el bandido-; ahora es tarde y no podrías prepararte. Mañana; vendré por ti a la misma hora, a las once. No des en que sospechar para nada a tu madre; estate en el día, como si tal cosa, con mucho disimulo; no saque más ropa que la muy necesaria. Allá tendrás toda la que quieras; pero saca tus alhajas y el dinero que te he dado; guardas todo eso aparte, ¿no es verdad? -Sí, lo tengo en un baulito, enterrado. -Pues bien; sácalo y me aguardas aquí mañana, sin falta. -Y, ¿si por casualidad llegara la tropa del gobierno? –preguntó Manuela con inquietud. -No, no vendrá, estate segura. La tropa del gobierno habrá andado todo el día de hoy buscándonos; luego, como tienen esos soldados una caballada tan flaca y tan miserable, descansarán todo el día de mañana, y a lo sumo volverían a Cuernavaca pasado mañana de modo que no estarán aquí sino dentro de cuatro días. Así es que tenemos tiempo. Tú puedes alistar tus baúles con tu mamá como preparándote para el viaje a México, y no dejas fuera más que la ropa que te has de traer. Si por desgracia ocurriera alguna dificultad que te impida salir a verme, me avisarás luego con la vieja que me ha de aguardar donde sabe, para darme aviso. Pero si no hay nada, ni a ella le digas una palabra. Toma –añadió, sacando de los bolsillos de su chaqueta unas cajitas y entregándoselas a la joven. -¿Qué es esto? –preguntó ella recibiéndolas. -Ya las veras mañana y te gustarán… ¡son las alhajas! Guárdalas con las otras –dijo el bandido abrazándola y besándola por último-. Ahora me voy, porque ya es hora; apenas llegaré amaneciendo a Xochimancas; hasta mañana, mi vida. -Hasta mañana –respondió ella, no faltes… -¡Mañana serás mía, enteramente! -Tuya para siempre –dijo Manuela, enviándole un beso, y quedándose un instante en la cerca para verlo partir. El Zarco se alejó, como había venido, al paso y recatadamente, y a poco se perdió en las tortuosidades de la callejuela apenas alumbrada por la luna. VII LA ADELFA Tan pronto como la joven perdió de vista a su amante, se apresuró a bajar del cercado por la escalinata natural que formaban las raíces del zapote, y se encaminó apresuradamente hacía un sitio de la huerta, en que un grupo de arbustos y de matorrales formaban un especie de pequeño soto espeso y oscuro a orillas de un remanso que hacían allí las aguas tranquilas del apantle. Luego sacó de entre las plantas una linterna sorda y se dirigió enseguida, abriéndose paso por entre los arbustos, hasta el pie de una frondosa adelfa que, cubierta de flores aromáticas y venenosas, dominaba por su tamaño las pequeñas plantas del soto. Allí, en un montón de tierra cubierto de grama, la joven se sentó, y alumbrándose con la linterna, abrió con manos trémulas y palpitando de impaciencia las tres cajitas que acababa de regalarle el bandido. -¡Ah, que lindo! –exclamó con voz baja, al ver un anillo de brillantes, cuyos fulgores la deslumbraron-. ¡Eso debe valer un dineral! –añadió, sacando el anillo y colocándolo sucesivamente en los dedos de su mano izquierda, haciéndolo brillar a todos lados-. ¡Si esto parece el sol! Luego, dejándose puesto el anillo, abrió la segunda caja y se quedó estupefacta. Eran dos pulseras en forma de pequeñas serpientes, todas cuajadas de brillantes, y cuyos anillos de oro esmaltados de vivos colores les daban una apariencia fascinadora. Las serpientes daban varias vueltas en la caja de raso y Manuela tardó un poco en desprenderlas; pero luego que terminó, se las puso en el puño, muy cerca de la mano, enroscándolas cuidadosamente. Y comenzó a alumbrarlas en todos sentidos, poniendo las manos en diversas actitudes. Luego, por un instante cerró los ojos, como si soñara, y los abrió en seguida, cruzando los puños junto a la luz y contemplándolas largo rato. -¡Dos víboras! –dijo frunciendo el ceño-, ¡que idea!... En efecto, son dos víboras… ¡el robo! ¡Pero, bah! –añadió, sonriendo y guiñando los ojos, casi llenos con sus grandes y brillantes pupilas negras… -¡qué me importa! ¡Me las da el Zarco y poco me interesa que vengan de donde vinieren!… Después abrió la tercera caja. Esta contenía dos pendientes, también de gruesos brillantes. -¡Ah, qué hermosos aretes! –dijo-, ¡parecen de reina!-. Y cuando hubo comtempládolos en la caja, que no se veía con aquel haz de resplandores y de chispas, los sacó también y se los puso en las orejas, habiéndose quitado antes sus humildes zarcillos de oro. Pero al guardar éstos, mientras, en la caja de los pendientes, reparó en una cosa que no había visto y que le hizo ponerse lívida, como paralizada. Acababa de ver dos gotas de sangre fresca que manchaban el raso blanco de la caja, y que debían haber salpicado también los pendientes. Además, la caja estaba descompuesta; no cerraba bien, y se conocía que había sido arrancada en una lucha a muerte. Manuela permaneció muda y sombría durante algunos segundos; Hubiérase dicho que en su alma se libraba un tremendo combate entre los últimos remordimientos de una conciencia ya pervertida, y los impulsos irresistibles de una codicia desenfrenada y avasalladora. Triunfo ésta, como era de esperarse, y al joven, en cuyo semblante se retrataban entonces todos los signos de la vil pasión que ocupaba su espíritu, cerró, enarcando las cejas, la caja prontamente, la apartó con desdén, y no pensó más que el efecto que hacían los ricos pendientes en sus orejas. Entonces tomó su linterna, y levantándose así adornada como estaba con su anillo, sus pulseras y aretes, se dirigió a la orilla del remanso, y allí se inclinó, alumbrándose con la linterna el rostro, procurando sonreír, y sin embargo, presentando en todas su facciones una especie de dureza altanera que es como el reflejo de la codicia y de la vanidad, y que sería capaz de afear el rostro ideal de un ángel. Si en aquella noche silenciosa, en medio de aquella huerta oscura y solitaria, alguien, acostumbrado a leer en las fisonomías, hubiera contemplado a aquella linda joven, mirándose en las aguas negras y tranquilas del remanso, alumbrándose el rostro con la luz opaca de una linterna sorda, y gesticulando para darse aires de una gran señora, al ver aquella fisonomía pálida, con los ojos chispeantes de ambición y de codicia, con los cabellos desordenados, con la boca entreabierta, dejando ver una dentadura blanquísima y apretada, y haciendo balancear a izquierda y derecha los pendientes, cuyos fulgores la bañaban con una luz azulada, rojiza o verdosa, que se mezclaba al chisporroteo del mismo carácter que salía de la serpiente enlazada al puño izquierdo, colocado junto a la barba, de seguro que habría encontrado en esa figura singular, algo de espantosamente siniestro y repulsivo, como una aparición satánica. No era la Margarita, de Goethe, mirándose en el espejo, con natural coquetería, adornada con las joyas de un desconocido, sino una ladrona de la peor especie, dando rienda suelta a su infame codicia delante de aquel estanque de aguas turbias y negras. No era la virtud próxima a sucumbir ante la dádiva, sino la perversidad contemplándose en el cieno. Manuela, abandonada a sí misma en aquella hora y de aquel modo, dejaba conocer en su semblante todas las expresiones de su vil pasión, que no se detenía ante la vergüenza ni el remordimiento, pues bien sabía que aquellas alhajas eran el fruto del crimen. Así es que, sobre su cabeza radiante con los fulgores de los aretes robados, se veía en la sombra, no la cara burlona de Mefistófeles, el demonio de la seducción, sino la máscara pavorosa del verdugo, el demonio de la horca. Manuela aun permaneció algunos momentos mirándose en el remanso y recatándose a cada ruido que hacía el viento entre los árboles, y luego volvió al pie de la adelfa, se quitó sus joyas, las guardó cuidadosamente en sus cajas; hecho lo cual lanzó una mirada en torno suyo, y viendo que todo estaba tranquilo, sacó de entre las matas una pequeña tarecua, especie de pala de mango de madera y extremo anguloso de hierro con que en la tierra caliente se hacen pozos, y removiendo con ella la tierra, en cierto sitio cubierto de musgo, puso al descubierto un saco de cuero, que se apresuró a abrir con una llavecita que llevaba guardada. Luego introdujo en la boca la linterna, para cerciorarse de si estaba allí su tesoro, que palpó un momento con extraña fruición. Consistía en alhajas envueltas en papeles, y en cintos de cuero llenos de onzas de oro y de pesos de plata. Después metió cuidadosamente en el saco las cajas que acababa de darle el Zarco, y enterró de nuevo el tesoro, cubriéndolo con musgo y habiendo desaparecer toda señal de haberse removido el suelo. Luego, como sintiendo abandonar aquella riqueza, alzó su linterna sorda y se dirigió a la casa de puntillas, entrándose en las habitaciones en que la pobre señora, a pesar de las inquietudes del día, dormía con el tranquilo sueño se las conciencias honradas. VIII QUIEN ERA EL ZARCO Entretanto, y a la sazón que Manuela examinaba sus nuevas alhajas, el Zarco, después de haber dejado las orillas de Yautepec, y de haber atravesado el río con la misma precaución que había tenido al llegar, se dirigió por el amplio camino de la hacienda d donde había descendido y que conducía a Xochimancas. Era la medianoche, y la luna envolviéndose en espesos nubarrones, dejaba en vuelta la tierra en sombras. La calzada de Atlihuayan estaba completamente solitaria, y los árboles que la flanquean por uno y otro lado, proyectan una oscuridad siniestra y lúgubre, que hacían más densa los fugaces y pálidos arabescos que producían los cocuyos y las luciérnagas. El bandido, conocedor de aquellos lugares, acostumbrado, como todos los hombre de su clase, a ven un poco en la oscuridad, y más que todo, fiado en la sensibilidad exquisita de su caballo, que la menor ruido extraño aguzaba las orejas y se detenía para prevenir a su amo, marchaba paso a paso, pero con entera tranquilidad, pensando en la próxima dicha que le ofrecía la posesión de Manuela. Por fin, aquella hermosísima joven, cuya imagen había enardecido sus horas de insomnio durante tantos meses, cuyo amor había sido su constante preocupación, aun en medio de sus más sangrientas y arriesgadas aventuras, y cuya posesión le había parecido imposible cuando la vio por primera vez en Cuernavaca y se enamoró de ella, iba a ser suya, enteramente suya, iba a compartir su suerte y a hacerle saborear los dulcísimos deleites del amor, a él que no había conocido hasta allí verdaderamente más que las punzantes emociones del robo y del asesinato. Su organización grosera y sensual, acostumbrada desde su juventud al vicio, conocía, es verdad, los goces del amor material, comprados con el dinero del juego o del robo arrancados en medio del terror de las víctimas, en una noche de asalto en las aldeas indefensas; pero el Zarco sentía que no había querido nunca ni había deseado a una mujer con aquella exaltación febril que experimento desde que comenzó a ver a Manuela, asomada a su ventana, desde que la oyó hablar, y más todavía, desde que cruzó con ella las primeras palabras de amor. Jamás desde que siendo niño todavía, abandonó el hogar de su familia, había sentido la necesidad imperiosa de unirse a otro ser, como la sentía ahora de unirse a e Atlihuayan al montañoso por aquella mujer, tan bonita y tan apasionada, que encerraba para él un mundo de inesperadas dichas. Así repasando en su memoria todas las escenas de su niñez y de su juventud, encontraba que su carácter bravío y duro había rechazado siempre todo afecto, todo cariño, cualquiera que fuese, no habiendo cultivado sino aquellos de que había sacado provecho. Hijo de honrados padres, trabajadores en aquella comarca, que habían querido hacer de él un hombre laborioso y útil, pronto se había fastidiado del hogar doméstico, en que se le imponían tareas diarias o se le obligaba a ir a la escuela, y aprovechándose de la frecuente comunicación que tienen las poblaciones de aquel rumbo con las haciendas de caña de azúcar, se fugó, yendo a acomodarse al servicio de un caballerango de una de ellas. Allí permaneció algún tiempo, logrando después, cuando ya estaba bastante diestro en la equitación y el arte de cuidar caballos, colocarse en varias haciendas, en las que duraba poco, a causa de su conducta desordenada, pues haragán por naturaleza y por afición, apenas era útil para esos trabajos serviles, consagrando sus largos ocios al juego y a la holganza. Por lo demás, en todo ese tiempo no recordaba haber sentido ni simpatía ni adhesión a nadie. Permaneciendo poco tiempo en cada lugar, sirviendo por pocos días en cada hacienda, y cultivando relaciones de caballeriza o de juego, que duraban un instante y que se alteraban con frecuentes riñas que las convertían en enemistades profundas, él verdaderamente no había tenido amigos, sino compañeros de placer y de vicio. Al contrario, en aquellos días su carácter se formó completamente, y ya no dio cabida en su corazón más que a las malas pasiones. Así, la servidumbre consumó lo que la holgazanería, y los instintos perversos, que no estaban equilibrados por ninguna noción de bien, acabaron por llenar aquella alma oscura, como las algas infectas de un pantano. Él no había amado a nadie, pero en cambio odiaba a todo el mundo: al hacendado rico cuyos caballos ensillaba y adornaba con magníficos jaeces, al obrero que recibía cada semana buenos salarios por su trabajo, al labrador acomodado, que poseía fecundas tierras y buena casa, a los comerciantes de la poblaciones cercanas, que poseían tiendas bien abastecidas, y hasta a los criados, que tenían mejores sueldos que él. Era la codicia, complicada con la envidia, una envidia impotente y rastrera, la que producía este odio singular y esta ansia frenética de arrebatar aquellas cosas a toda costa. Naturalmente, los amores de los demás le causaban irritación, y aquellas muchachas que según su posición amaban al rico, al dependiente o al jornalero, le inspiraban un deseo insensato de arrebatarlas y de mancharlas. No había entre todas una que hubiera fijado los ojos en él, porque él tampoco había procurado acercarse a ninguna de ellas con intenciones amorosas. Las de su clase no eran de su gusto, y para las de rango superior él estaba colocado en muy baja esfera, ¡un mozo de caballeriza! Él era joven, no tenía mala figura: su color blanco impuro, sus ojos de ese color azul claro que el vulgo llama zarco, sus cabellos de un rubio pálido y su cuerpo esbelto y vigoroso, le daban una apariencia ventajosa; pero su ceño adusto, su lenguaje agresivo y brutal, su risa aguda y forzada, tal vez le había hecho poco simpático a las mujeres. Además, él no había encontrado una bastante hermosa a quien procurase ser agradable. Por fin, cansado de aquella vida de servidumbre, de vicio y de miseria, el Zarco se huyó de la hacienda en que estaba, llevándose algunos caballos para venderlos en la tierra fría. Como era de esperarse, fue perseguido; pero ya en este tiempo, al favor de la guerra civil, se había desatado en la tierra fría cercana a México una nube de bandidos que no tardo en invadir las ricas comarcas de la tierra caliente. El Zarco se afilió en ella inmediatamente, y desde luego, y como si no hubiera esperado más que esa oportunidad para revelarse en toda la plenitud de su perversidad, comenzó a distinguirse entre aquellos facinerosos por su intrepidez, por su crueldad y por su insaciable sed de rapiña. Era el año de 1861, y organizados los bandoleros en grandes partidas, perseguidos a veces por las tropas del gobierno, pero atraídos más bien por la riqueza de los distritos azucareros del sur de México y de Puebla, penetraron en ellos sembrando el terror en todas partes, como lo hemos visto. El Zarco era uno de los jefes más renombrados, y las noticias de sus infames proezas, de sus horribles venganzas en las haciendas en que había servido, de su fría crueldad y su valor temerario, le habían dado una fama espantosa. Obligadas las tropas liberales, por un error lamentable y vergonzoso, a aceptar la cooperación de estos bandidos en la persecución que hacían al faccioso reaccionario Márquez en su travesía por la tierra caliente, algunas de aquellas partidas se presentaron formando cuerpos irregulares, pero numerosos, y uno de ellos estaba mandado por el Zarco. Entonces, y durante los pocos días que permaneció en Cuernavaca, fue cuando conoció a Manuela, que se había refugiado con su familia en esa ciudad. El bandido ostentaba entonces un carácter militar, sin dejar por eso los arreos vistosos que eran como característicos en aquella época y que les dieron el nombre de plateados, con el que fueron conocidos generalmente. La hermosa joven, cuyo carácter parecía estar en armonía con el del bandido, al ver pasar frente a sus ventanas a aquel cuerpo de gallardos jinetes, vistosos y brillantes, y al frente de ellos, montado en soberbio caballo y cargado de plata hasta el exceso, al joven y terrible bandido, cuyo nombre no había sonado en su oído sino con el acento del terror, se sintió atraída hacía él por un afecto en que se mezclaba la simpatía, la codicia y la vanidad como en punzante y sabroso filtro. Así nació una especie de amor extraño en aquellas dos almas, hechas para comprenderse. Y en el poco tiempo que el Zarco permaneció en Cuernavaca, logró ponerse en comunicación con Manuela y establecer con ella relaciones amorosas, que no llegaron, sin embargo, por las circunstancias, al grado de intimidad en que las vemos en Yautepec. El general González Ortega, conociendo el grave error que había cometido dando cabida en sus tropas a varias partidas de plateados, que no hicieron más que asolar las poblaciones que atravesaba el ejército y desprestigiarlo, no tardó en perseguirlas, fusilando a varios de sus jefes. Para salvarse de suerte semejante, el Zarco se escapó una noche de Cuernavaca con sus bandidos y se dirigió al sur de Puebla, en donde estuvo por algunos meses ejerciendo terribles depredaciones. Por fin, los plateados establecieron su guarida principal en Xochimancas, y el Zarco no tardó en saber que Manuela había vuelto a Yautepec, en donde residía con su familia. Naturalmente, procuró desde luego reanudar sus relaciones apenas interrumpidas y pudo cerciorarse de que Manuela lo amaba todavía. Desde entonces comenzó esa comunicación frecuente y nocturna con la joven, comunicación que no era peligrosa para él, dado el terror que infundía su nombre y dadas también las inteligencias que cultivaba en la población, en donde los bandidos contaban con numerosos emisarios y espías. Entretanto, sus crímenes aumentaban de día en día; sus venganzas sobre sus antiguos enemigos de las haciendas eran espantosas y el pavor que inspiraba su nombre había acobardado a todos. Los mismos hacendados, sus antiguos amos, habían venido temblando a su presencia a implorar su protección y se habían constituido en sus humildes y abyectos servidores, y no pocas veces, él, antiguo mozo de estribo, había visto tener la brida de su caballo al arrogante señorón de la hacienda a quien antes había servido humilde y despreciado. Semejantes venganzas y humillaciones fueron harto frecuentes en esa época, gracias a la audacia y número de los bandidos, cuyo poder era ilimitado en aquella comarca infortunada, y gracias más que todo a la impotencia del gobierno central, que, ocupado en combatir la guerra civil y en hacer frente a la intervención extranjera, no podía distraer a sus tropas para reprimir a los bandidos. IX EL BUHO El Zarco se hallaba, pues, en la plenitud de su orgullo satisfecho. Había realizado parte de sus aspiraciones. Era temido, se había vengado; sus numerosísimos robos le habían producido un botín cuantioso; disponía a discreción del bolsillo de los hacendados. Cuando necesitaba una fuerte cantidad de dinero, se apoderaba de un cargamento de azúcar o de aguardiente o de un dependiente rico, y los ponía a rescate; cuando quería poner a contribución a una hacienda, quemaba un campo de cañas, y cuando quería infundir pavor a una población, asesinaba al primer vecino infeliz a quien encontraba en sus orillas. Pero satisfecha su sed de sangre y de rapiña, sentía que aun le faltaba alguna cosa. Eran los goces del amor, pero no esos goces venales que le habían ofrecido las condescendencias pasajeras de las mujeres perdidas, sino los que podía prometerle la pasión de una mujer hermosa, joven; de una clase social superior a la suya, y que lo amara sin reserva y sin condición. Manuela había sido para él una mujer imposible cuando medio oculto en la comitiva servil del rico hacendado atravesaba los domingos las calles de Yautepec. Entonces, era seguro que la linda hija de una familia acomodada, vestida con cierto lujo aldeano, y que recibía sonriendo en su ventana las galantes lisonjas de los ricos dueños de hacienda, de los gallardo dependientes que caracoleaban en briosos caballos, llenos de plata, para lucirse delante de ella, no se habría fijado ni un instante en aquel criado descolorido y triste, mal montado en una silla pobre y vieja, y en un caballo inferior y que se escurría silencioso en pos de sus amos. Entonces, si él se hubiese acercado a hablarle, a ofrecerle una flor, a decirle que la amaba, era indudable que no habría tenido por respuesta más que un gesto desdeñoso o una risa de burla. Y ahora que él era guapo, que montaba los mejores caballos del rumbo, que iba vestido de plata, que era temido, que veía a sus pies a los ricos de las haciendas; ahora que él podía regalar alhajas que valían un capital; ahora esa joven, la más hermosa de Yautepec, lloraba por él, lo esperaba palpitante de amor todas las noches, iba a abandonar por él a su familia y a entregarse sin reserva; le iba a mostrar a sus compañeros, a pasearla por todas partes a su lado y a humillar con ella a los antiguos pretendientes. Tal consideración daba al amor que el Zarco sentía por Manuela un acre y voluptuoso sabor de venganza, sobre los demás, juntamente con un carácter de vanidad insolente. Así pues, aquello que agitaba el corazón del bandido no era verdaderamente amor en el concepto noble de la palabra, no era el sentimiento íntimo y sagrado que suele abrirse paso aun en las almas pervertidas e iluminarlas a veces como ilumina un rayo de sol los antros más oscuros e infectos, no: era un deseo sensual y salvaje excitado hasta el frenesí por le encanto de la hermosura física y por los incentivos de la soberbia vencedora y de la vanidad vulgar. Si Manuela hubiese sido menos bella o más pobre, tal vez el Zarco no habría deseado su posesión con tanta fuerza y poco le habría importado que hubiese sido virtuosa. El no buscaba el apoyo de la virtud en las penas de la vida, sino las emociones groseras de los sentidos para completar la fortuna de su situación presente. Iba a poseer a la linda doncella para satisfacer una necesidad de su organización, ávida de sensaciones vanidosas, ya que había saboreado el placer inferior de poseer magníficos caballos y de amontonar onzas de oro y riquísimas alhajas. Pero después de saciado este deseo, el más acariciado de todos, ¿qué haría con la joven? Se preguntaba él. ¿Se casaría con ella? Eso era imposible, y además, tener una esposa legítima no halagaba su vanidad. Una querida como ella sí era un triunfo entre sus compañeros. ¿Abandonaría aquel rumbo y aquella carrera de peligros para huir con ella, lejos, para gozar en un rincón cualquiera de una existencia oscura y tranquila? Pero eso también era imposible para aquel facineroso, que había ya probado los embriagantes goces del combate y del robo. Dejar aquella vida agitada, inquieta, sembrada de peligros, pero también de pingües recompensas, era resignarse a ser pobre, a ser pacífico; era exponerse a que un miserable alcalde de pueblo lo amarrase cualquier día y lo encerrase en la cárcel para ser juzgado por sus antiguas fechorías. Podía convertir su botín, que era importante, en tierras de labor, en un rancho, en una tienda. Pero él no sabía trabajar, y sobre todo, le repugnaba hondamente esa existencia de trabajo oscuro y humilde, monótona, sin peripecias, aburridora, expuesta siempre al peligro de una denuncia, sin más afán que el de ocultar el pasado de crimen, sin más entretenimiento que el cuidado de los hijos, sin más emociones que las del terror. No, era preciso seguir así por ahora, que después ya habría tiempo de decidirse, según lo exigiesen las circunstancias. El Zarco llegaba aquí en sus cavilaciones cuando se detuvo sobresaltado oyendo el canto repentino y lúgubre de un búho, y que salía de las ramas frondosas de un amate gigantesco, frente al cual iba pasando. ¡Maldito tecolote! –exclamó en voz baja, sintiendo circular en sus venas un frío glacial-. ¡Siempre le ocurre cantar cuando yo paso! ¿Qué significara esto? –añadió, con la preocupación que es tan común en las almas groseras y supersticiosas, y quedó sumergido un momento en negras reflexiones. Pero repuesto a poco, espoleó su caballo, con ademán despreciativo. -¡Bah! Esto no le da miedo más que a los indios, como el herrero de Atlihuayan; yo soy blanco y güero…; a mí no me hace nada. Y se alejo al trote para encumbrar la montaña. X LA FUGA Al día siguiente, Nicolás, el herrero de Atlihuayan, vino, como de costumbre, en la tarde, a hacer su vista a la madre de Manuela y la encontró preocupada y triste. La joven estaba durmiendo y la señora se hallaba sola en el pequeño patio en que la encontramos la tarde anterior… -¿Hay alguna noticia nueva? –preguntó doña Antonia al joven artesano. -Sí, señora –respondió éste-; parece que la caballería del gobierno llegará, por fin, mañana. Es preciso que estén ustedes dispuestas, porque sé que no permanecerá ni un día y que se va pasando por Cuautla y de allí se dirige a México. -Yo estoy lista ya enteramente –respondió doña Antonia-. Todo el día nos hemos pasado arreglando los baúles y recogiendo mi poco dinero. Además e ido a ver al juez para que me extendiera un poder, que voy a dejar a usted –añadió, tomando de su cesto de costura un papel que dió a Nicolás-. Usted se encargará, si me hace favor, de vender esta huerta, lo más pronto posible, o de arrendarla, pues según están las cosas, no podemos volver pronto y estoy aburrida de tanto sufrir aquí. Si usted se va a México, allá nos encontrará como siempre y quizás entonces se habrá cambiado el ánimo de Manuela. -No lo creo, señora –se apresuró a responder Nicolás-. Yo he acabado por conocer que es imposible que Manuelita me quiera. Le causo una repugnancia que no está en su mano dominar. Así es que me parece inútil pensar ya en eso. ¡Como ha de ser! –añadió suspirando-, uno no puede disponer de su corazón. Dicen que el trato engendra el cariño. Ya ve usted que esto no es cierto, porque si del trato dependiera, yo me he esmerado en ser agradable a la niña, pero mis esfuerzos siempre han encontrado por recompensa su frialdad, su alejamiento, casi su odio…, porque yo temo hasta que me aborrezca. -No, Nicolás, eso no; ¡aborrecerlo a usted! ¿Por qué? ¿No ha sido usted nuestro protector desde que falleció mi marido? ¿No nos ha colmado usted de favores y de servicios que jamás se olvidad? ¿Por qué tan noble conducta había de producir el aborrecimiento en Manuela? No: lo que sucede es que esta muchacha es tonta, es caprichosa; yo no sé a quién ha sacado, pero su carácter me parece extraño. Particularmente desde hace algunos meses. No quiere hablar con nadie, cuando antes era tan parlanchina y tan alegre. No quiere rezar, cuando antes era tan piadosa; no quiere coser, cuando antes se pasaba los días discurriendo la manera de arreglar sus vestidos o de hacerse nuevos; no quiere nada. Hace tiempo que noto en ella no sé qué cosa tan extraña que me da en que pensar. Unos días está triste, pensativa, con ganas de llorar, tan pálida que parece enferma, tan perezosa que tengo que reñirla; otros se despierta muy viva, pero colérica, por nada se enoja, regaña, me contradice, nada encuentra bueno en la casa, nuestra pobre comida le fastidia, el encierro en que estamos le aburre, quisiera que saliéramos a pasear, que montáramos a caballo, que fuéramos a visitar las haciendas; parece que no tiene miedo a los ladrones que nos rodean por todas partes, y viendo que yo me opongo a estas locuras, vuelve a caer en su abatimiento y se echa a dormir. Hoy mismo ha pasado una cosa rara, luego que le anuncié que era necesario disponer los baúles para irnos a México, tan pronto como vio que esto era de veras, que volví trayendo mi dinerito y que comencé a guardar todas las cosas, primero se puso alegre y me abrazó diciéndome que era una dicha, que por fin iba a conocer a México; que había sido su sueño; que allí iba a estar alegre, pues que su tristeza tenía por causa la situación horrorosa que guardamos hace tantos meses. Como es natural, yo me había figurado lo mismo, y por eso no había hecho tanto reparo en el cambio de su carácter, pues era de suponerse que una muchacha como ella, que está en la edad de divertirse, de pasear, debía de estar fastidiada de nuestro encierro. Así que yo también me puse alegre al verla contenta, pensando en el viaje. Pero luego ha vuelto a su tristeza, y al sentarnos a comer, observé ya que estaba de mal humor, que casi no quería probar bocado y que aún sentía deseos de llorar. Luego, no he podido distraerla, y después de componer su ropa en un baúl, al ir a verla la encontré dormida en su cama. ¡Ha visto usted cosa igual! Pues si fuera porque nos vamos de Yautepec, ¿Por qué ha estado triste viviendo aquí? -Señora –preguntó Nicolás, que había escuchado atento y reflexivo-, ¿no tendrá aquí algún amor?, ¿no dejará aquí alguna persona a quien haya querido o a quien quiera todavía, sin que se lo haya dicho a usted? discurriendo la manera de arreglar sus vestidos o de hacerse nuevos; no quiere nada. Hace tiempo que noto en ella no sé qué cosa tan extraña que me da en que pensar. Unos días está triste, pensativa, con ganas de llorar, tan pálida que parece enferma, tan perezosa que tengo que reñirla; otros se despierta muy viva, pero colérica, por nada se enoja, regaña, me contradice, nada encuentra bueno en la casa, nuestra pobre comida le fastidia, el encierro en que estamos le aburre, quisiera que saliéramos a pasear, que montáramos a caballo, que fuéramos a visitar las haciendas; parece que no tiene miedo a los ladrones que nos rodean por todas partes, y viendo que yo me opongo a estas locuras, vuelve a caer en su abatimiento y se echa a dormir. Hoy mismo ha pasado una cosa rara, luego que le anuncié que era necesario disponer los baúles para irnos a México, tan pronto como vio que esto era de veras, que volví trayendo mi dinerito y que comencé a guardar todas las cosas, primero se puso alegre y me abrazó diciéndome que era una dicha, que por fin iba a conocer a México; que había sido su sueño; que allí iba a estar alegre, pues que su tristeza tenía por causa la situación horrorosa que guardamos hace tantos meses. Como es natural, yo me había figurado lo mismo, y por eso no había hecho tanto reparo en el cambio de su carácter, pues era de suponerse que una muchacha como ella, que está en la edad de divertirse, de pasear, debía de estar fastidiada de nuestro encierro. Así que yo también me puse alegre al verla contenta, pensando en el viaje. Pero luego ha vuelto a su tristeza, y al sentarnos a comer, observé ya que estaba de mal humor, que casi no quería probar bocado y que aún sentía deseos de llorar. Luego, no he podido distraerla, y después de componer su ropa en un baúl, al ir a verla la encontré dormida en su cama. ¡Ha visto usted cosa igual! Pues si fuera porque nos vamos de Yautepec, ¿Por qué ha estado triste viviendo aquí? -Señora –preguntó Nicolás, que había escuchado atento y reflexivo-, ¿no tendrá aquí algún amor?, ¿no dejará aquí alguna persona a quien haya querido o a quien quiera todavía, sin que se lo haya dicho a usted? -Eso me he preguntado algunas veces, pero no creo que haya nada de lo que usted dice. ¿Qué amor pudiera haber tenido que yo no hubiese siquiera sospechado? Es verdad que algunos dependientes gachupines de la tienda de la bóveda habían dado en decirle flores, en enviarle papelitos y recados, pero eso fue ante de que fuéramos a vivir a Cuernavaca. Después de que regresamos, aquellos muchachos ya no estaban aquí, se habían ido a México, y Manuela no ha vuelto a acordarse de ellos ni a nombrarlos siquiera. Algunos muchachos del pueblo suelen pasar por aquí y la ven con algún interés, pero ella les muestra mucho desprecio y cierra la ventana tan luego como los ha visto acercarse. No han vuelto ya. Manuela encuentra fastidiosos a los pocos que conoce. En fin, yo estoy segura de que no quiere a ninguno en el pueblo, y por eso al principio de este año, cuando comenzó usted a visitarnos, creí que iba inclinándose a usted y que arreglaríamos fácilmente lo que teníamos pensado. -Pues ya ve usted, señora –contestó Nicolás amargamente-, que no era cierto, y que Manuelita me ha considerado más fastidioso que a los muchachos de Yautepec. Tanto que yo, teniéndole como le tengo tanto cariño y habiendo pensado tan seriamente casarme con ella, porque creía con nuestro matrimonio labrar su felicidad y la mía, naturalmente, no he podido ser insensible a sus desprecios constantes y me resolví a alejarme para siempre de esta casa. Pero la consideración de que usted me tiene un afecto, de que estoy seguro; las órdenes de mi madre de que yo vele por ustedes, hoy que tanto se necesita del apoyo de un hombre en estos pueblos, me han hecho seguir importunando a ustedes con mi presencia, que de otro modo les habría evitado. -¿Importunándome a mí? –preguntó conmovida y llorando doña Antonia. -No, a usted no, señora; bien veo que usted me profesa amistad, que desearía usted mi bien y mi dicha, que si por usted fuera, yo sería el esposo de su hija. Yo no soy ingrato, señora, y crea usted que mientras viva yo me portaré con usted como un hijo reconocido y cariñoso, sin interés de nada y siempre que no -No; me siento un poco mal. -¿Tendrás calentura? –dijo la madre inquieta. -No –replicó Manuelita, tranquilizándola-; no es nada, me levante esta mañana muy temprano y, en efecto, he comido poco. Voy a tomar algo y volveré a acostarme, porque lo que siento es sueño; pero tengo apetito y esa es buena señal. Ya sabe usted que siempre que madrugo me pasa esto. Además, es preciso dormir, ahora que se puede, porque quién sabe si en el viaje podamos hacerlo con comodidad y en compañía de soldados –añadió sonriendo maliciosamente. La pobre madre, ya muy tranquila, dispuso la cena, que Manuela tomó con alegría y apetito, después de lo cual rezaron las dos sus devociones, y tras de una larga conversación sobre sus arreglos de viaje y sus nuevas esperanzas, la señora se retiró a su cuarto, contiguo al de Manuela y apenas dividido de este por un tabique. A la sazón caía un aguacero terrible, uno de esos aguaceros de las tierras calientes, mezclados de relámpagos y trueno, en que parece abrir el cielo todas sus cataratas e inundar con ellas el mundo. La lluvia producía un ruido espantoso en el tejado, y los árboles de la huerta, azotados por aquel torrente, parecían desgajarse. En la calle el agua corría impetuosa formando un río, y en el patio se había producido una inundación con el crecimiento de los apantles y con el chorro de los tejados. Doña Antonia, después de recomendar a Manuelita que se abrigara mucho y que rezara, se durmió arrullada por el ruido monótono del aguacero. Inútil es decir que la joven no cerró los ojos. Aquella era la noche de la fuga concertada con el Zarco; él debía venir infaliblemente y ella tenía que esperarlo ya lista con su ropa y el saco que contenía el tesoro, que era preciso ir a sacar al pie de la adelfa. Esta tempestad repentina contrariaba mucho a Manuela. Si no cesaba antes de medianoche, iba a hacer un viaje modestísimo, y aun cuando cesando a esa hora, iba a encontrar la huerta convertida en charco y a bañarse completamente debajo de los árboles. Sin embargo, ¿qué no es capaz de soportar una mujer enamorada, con tal de realizar sus propósitos? Cuando ella conoció que era próxima la hora señalada, se levantó de puntillas, con los pies desnudos, bien cubierta la cabeza y espaldas con un abrigo de lana, y así, alzando su enagua de muselina hasta la rodilla, abrió la puerta de su cuarto, quedito y se lanzó al patio, alumbrándose con su linterna sorda, que cubría cuidadosamente. Era la última vez que salía de la casa materna, y apenas concedió un pensamiento a la pobre anciana que dormía descuidada y confiando en el amor de su hija querida. Por lo demás, Manuela, atenta sólo a realizar su fuga, no procuraba otra cosa que apresurarse, y si su corazón latía con violencia, era por el temor de ser sentida y de malograr su empresa. Dichosamente para ella, el aguacero seguía en toda su fuerza, y nadie podría sospechar que ella saliese de su cuarto con aquel temporal; así es que atravesó rápidamente el patio, se internó entre la arboleda, pasó el apantle que rodeaba el soto de la adelfa, y allí, escarbando de prisa, sin preocuparse de la lluvia, que la había empapado completamente, y sólo cuidando que la linterna no se apagase, extrajo el saco del tesoro, lo envolvió en su rebozo y se dirigió a la cerca, trepando por las raíces del amate hasta el lugar en que solía esperar el Zarco. Apenas acababa de llegar, cuando oyó el leve silbido con que su amante se anunciaba, y a la luz de un relámpago pudo distinguirlo, envuelto en su negra capa de hule y arrimándose al cercado. Pero no venía solo. Acompañábanlo otros tres jinetes, envueltos como él en sendas capas y armados hasta los dientes. -¡Maldita noche! –dijo el Zarco, dirigiéndose a su amada-. Temí que no pudieras salir, mi vida, y que todo se malograra hoy. -¡Cómo no, Zarco! –respondió ella-; ya has visto siempre que cuando doy mi palabra, la cumplo. Era imposible dejar esto para otra ocasión, pues mañana llega la tropa y tal vez tendríamos que salir inmediatamente. -Bueno, ¿ya traes todo? -Todo está aquí. Pues ven; cúbrete con esta capa –dijo el Zarco alargando una capa de hule a la joven. -Es inútil, estoy ya empapada y bien puedo seguir mojándome. -No le hace, póntela, y este sombrero… ¡Válgame Dios! –dijo al recibirla entre sus brazos-. ¡Pobrecita, si estás hecha una sopa! Vámonos, vámonos –dijo ella palpitante-, ¿quiénes son esos? -Son mis amigos, que han venido a acompañarme por lo que se ofreciera… Vamos, pues; adelante, muchachos, y antes de que crezca el río –dijo el Zarco, picando su caballo, en cuya grupa había colocado, al estilo de la tierra caliente, a la hermosa joven. Y el grupo de jinetes se dirigió a orillas del pueblo, atravesó el río, que ya comenzaba a crecer, y se perdió entre las más espesas tinieblas. Si algun campesino supersticioso hubiese visto a la luz de los relámpagos pasar, como deslizándose entre los árboles azotados por la tempestad, aquel grupo compacto de jinetes envueltos en negras capas, a semejante hora y en semejante tiempo, de seguro habría creído que era una patrulla de espíritus infernales o almas en pena de bandidos, purgando sus culpan en noche tan espantosa. XI ANTONIA Doña Antonia había dormido mal. Después de su primer sueño, que fue tranquilo y pesado, los múltiples ruidos de la borrasca acabaron por despertarla. Agitada después por diversos pensamientos y preocupaciones a causa de su viaje próximo, comenzó a revolverse en su lecho, presa del insomnio y del malestar. Le pareció haber escuchado a través de los lejanos bramidos del trueno, y de los ruidos de la lluvia y del viento entre los árboles, algunos rumores extraños; pero atribuyó esto a aprensión suya. De buena gana se habría levantado para ir al cuarto de Manuela a fin de conversar o de rezar un momento en su compañía; pero temió interrumpir el sueño de la niña, a quien creía dormida profundamente y acalenturada desde el día anterior Así es que, después de haber pasado largas horas en aquella situación penosísima, luchando con ideas funestas y atormentadoras, y con el calor sofocante que había en su cuarto y el que le producía la irritación de la vigilia; cuando oyó que el temporal cesaba, que los árboles parecían quedarse quietos, y que los gallos comenzaban a cantar, anunciando la madrugada y el buen tiempo, la pobre señora acabó por quedarse dormida de nuevo, para no despertar sino muy tarde y cuando los primeros rayos del sol penetraron por las rendijas del cuarto. Entonces se levantó apresuradamente y corrió al cuarto de su hija. No la encontró, vio la cama deshecha, pero supuso que se había levantado mucho antes que ella y que estaría en el patio o en la cocina. La buscó allí, y no hallándola todavía, creyó que andaría en la huerta, examinando sus flores y viendo los estragos del temporal, y aun se dijo que Manuela hacía mal en exponerse así a la humedad de la mañana, después de haber estado indispuesta el día anterior; que iba a empaparse con el agua de los árboles, y a mojarse horriblemente los pies en el lodo de la huerta, que era un bosque espeso, cruzado de apantles por todas partes y que se llenaba de charcos con la menor lluvia. Efectivamente, los naranjos, los zapotes, los mangueros y los bananos dejaban caer una cascada de agua a cada rozamiento de sus ramajes; la luz del sol se reflejaba como en mil diamantes en las gotas de agua que pendían de las menudas hojas, y la grama del suelo se hallaba sumergida en una enorme ciénega. Hacía mal la muchacha en andar en la huerta de ese modo. Y la llamó entonces a gritos para reñirla. Pero habiendo esperado en vano para verla aparecer, y no escuchando su respuesta, comenzó a alarmarse y a buscarla en los lugares que solía frecuentar. Tampoco estaba en ellos. Entonces siguió buscándola y gritándole en todas direcciones, y habiéndole venido una idea repentina volvió a la casa para ver si la puerta de la calle estaba abierta; pero encontrándola perfectamente cerrada y atrancada, tornó a la huerta, llena de sobresalto, suponiendo que quizá su hija habría sido mordida por alguna serpiente y se habría desmayado o tal vez muerto en algún rincón de aquel bosque. La pobre anciana, pálida como la muerte, convulsa de terror y de angustia, se internó en lo más espeso de la huerta, sin cuidarse del lodo ni de la maleza, ni de las espinas, registrándolo todo, llamando por todas partes a su hija con los epítetos más tiernos y más desesperados, con la garganta seca, con los ojos fuera de las órbitas, pudiendo apenas respirar, con el corazón saliéndosele del pecho, loca de dolor y de susto. Pero nada, Manuela no aparecía. -Pero, dios mío, ¿qué es de mi hija? –exclamó deteniéndose y apoyándose en un árbol, pues sentía que las piernas le flaqueaban. Nadie le contestaba. La naturaleza seguía indiferente su curso normal. El sol brillaba de lleno iluminando el cielo, limpio ya de nubes, en aquella hermosa mañana de estío, más sereno y más azul después de una noche de borrasca; los pájaros parloteaban alegremente en las arboledas, zumbaban los insectos entre las flores y todo parecía cobrar nueva vida en aquella tierra tropical y vigorosa. Sólo la pobre madre desfallecía, apoyada en los árboles, y sintiendo que el frío de la muerte helaba la sangre en sus venas. Pasado un momento de angustiosa parálisis, hizo un esfuerzo desesperado y se arrastró hasta el centro de la huerta. Allí tuvo otra idea; y cruzando el apantle que rodeaba como un pozo el soto de la adelfa, que era como una rotonda de arbustos en medio de la cual descollaba la vieja y florida planta, se dirigió hacia ésta, y al llegar a ella se detuvo sorprendida. Allí, junto al tronco, había un pozo que se había llenado de agua, y sobre la grama estaba tirada una tarecua, la pequeña tarecua con que Manuela solía cavar la tierra de su jardín. Luego observó que, a pesar de la lluvia, la maleza y los arbustos aun permanecían doblados, como si alguna persona se hubiese abierto paso entre ellos. Miró con cuidado el suelo, y en la parte que no estaba cubierta por la grama, distinguió huellas de pisadas. Siguió la dirección que ellas marcaban, lo cual era difícil en aquella capa de verdura espesa y áspera, que cubría el suelo, y pudo reconocerla hasta el apantle. En los bordes cenagosos de éste, y en la parte inundada por su crecimiento de la noche, la huella se marcaba mejor; era la huella de pies pequeños y desnudos que se habían enterrado profundamente en el cieno. ¿Quién podía haber andado por ahí esa mañana, si no era Manuela? ¿Y quién podía tener esos pies pequeños, sino la joven? Pero, ¿por qué había venido descalza, y habiendo tenido resfrío el día anterior? La infeliz madre se perdía en conjeturas. Luego, dando unos pasos más allá de la faja inundada por el apantle, volvió a reconocer huella de pisadas: eran las mismas de Manuela, que seguramente tomó la dirección del cercado. En efecto, las huellas seguían hasta la cerca y se detenían junto a las viejas raíces del zapote gigantesco. La anciana trepó con trabajo por ellas y como impulsada por un presentimiento terrible. Sobre la cerca había también señales de haber pasado por ahí alguno. Las plantas parecía haber sido holladas; los tallos de algunas estaban rotos. Doña Antonia se asomó por aquel lugar y examinó atentamente la callejuela. Vio entonces allí, precisamente al pie del lugar en que se hallaba, las huellas bien distintas de pezuñas de caballos, que parecían haberse detenido algún rato allí y que debieron haber sido varios, porque el lodo estaba señalado y removido por numerosas huellas repetidas y agrupadas. La aguda y fría hoja de un puñal que hubiese atravesado su corazón, no habría producido a la desdichada madre la sensación de intenso dolor y de desfallecimiento que semejante vista le causó. No comprendía nada, pero adivino que algo horroroso significaba aquello. ¡Su hija, atravesando la huerta en aquella noche, dirigiéndose a la cerca, aquellos caballos deteniéndose allí, como para esperarla, porque era evidente que ningun hombre había andado con ella, todo esto encerraba un misterio inexplicable, pero pavoroso para la pobre señora! ¿Había huido Manuela con algun hombre? ¿Había sido robada? ¿Quién podía ser el raptor? Doña Antonia apenas pudo dirigirse confusamente tales preguntas, en medio de su atonía y de su terror, porque se sentía aterrada, aniquilada, permaneciendo ahí como idiota, con los ojos clavados en el lado de la calle, con los cabellos erizados, con el corazón palpitante hasta ahogarla, muda, sin lágrimas, sin fuerzas, viva imagen de la angustia y del dolor. Pero una última esperanza pareció hacerla volver en sí. Pensó que eso era imposible, que era un sueño todo lo que estaba mirando o que nada tenía que ver con su hija aquel conjunto de circunstancias; que Manuela debía haber vuelto a su cuarto, y que si se hubiera fugado debía haberse llevado su ropa, sus alhajas, algo. Doña Antonia, bajándose precipitadamente de la cerca, se dirigió vacilando como una ebria, pero corriendo, hacia la casa y al cuarto de Manuela; estaba como antes, solitario, la cama deshecha, un baúl abierto. No cabía duda, la joven se había escapado; faltaba su mejor vestido, faltaban sus camisas bordadas, sus alhajas, su calzado nuevo de raso, sus rebozos. Se había llevado lo que podía caber en una pequeña maleta. Entonces la infeliz anciana, convencida ya de su desdicha, cayó desplomada sobre el suelo y rompió a llorar, dando alaridos que hubieran conmovido a las piedras. Pasado al fin este arranque de dolor supremo, salió de la casa como una insensata, sin cuidarse de cerrarla, y se dirigió a la de su ahijada Pilar, que vivía por ahí cerca, en casa de unos tíos, porque era huérfana. Apenas pudo hablarles unas cuantas palabras para explicarles que Manuela había desaparecido y para rogarles que fuesen con ella a su casa a fin de cerciorarse del hecho. Acompañarónla, en efecto, sorprendidos y asustados también, especialmente la bella y dulce joven, que lo mismo que su madrina no comprendía nada de tal misterio. XII LA CARTA no hicieron más que confirmar las sospechas de doña Antonia. Manuela se había escapado en los brazos de un amante. Los tíos de Pilar encontraron al pie de la cerca, y medio oculta entre la maleza y el lodo, la linterna sorda que había servido a la joven para alumbrarse y que arrojó allí al huir. Quedaba ahora por averiguar quién o quiénes habían sido los raptores de la joven, y sobre este particular nadie se atrevía a aventurar una sola palabra, porque nadie tenía tampoco en que fundar la menor conjetura. La pobre madre, en el paroxismo de su dolor, se había atrevido a mencionar el nombre del honrado herrero de Atlihuayan; pero en el instante, tanto ella como Pilar y sus tíos, habían exclamado con admiración y sorpresa: -¡Imposible! -En efecto, ¡imposible! –decía doña Antonia-; ¿qué necesidad tenía Nicolás de arrebatar a la muchacha cuando yo se la habría dado con todo mi corazón?... ¡Soy una tonta, y sólo mi aflicción puede disculpar esta palabra imprudente! ¡Que Dios me la perdone! Nicolás no me la perdonaría. -Además, madrina, Nicolás no era querido, y usted lo sabe muy bien; Manuela no podía sufrir ni su presencia. Habría sido preciso que tanto él como ella fingieran aborrecerse para que esto pudiera ser. Pero, ¿para qué semejante disimulo? -Pues es claro –replicó doña Antonia-. No, no hay que pensar en ello: pero entonces, ¿quién, Dios mío? -Será preciso avisar a las autoridades –dijo el tío de Pilar. En este momento entro en la casa un muchacho, un trabajadorcito de las cercanías, y dijo que uno hombres que iban a caballo con una señora lo habían encontrado muy de madrugada y lo habían detenido más allá de Atlihuayan y al empezar la cuesta del monte, y que la señora, que era muchacha, le había dicho que viniera a Yautepec a traer una carta a su mamá, dándole las señas de la casa. Doña Antonia abrió apresuradamente el papel, que estaba escrito con lápiz y que no contenía más que estas breves palabras: “Mamá: “Perdóname, pero era preciso que hiciera lo que he hecho. Me voy con un hombre a quien quiero mucho, aunque no puedo casarme con él por ahora. No me llores porque soy feliz y que no nos persigan, porque es inútil. Manuela” Al oír estas palabras, todos se quedaron asombrados y mudos, pintándose en sus semblantes la sorpresa y el disgusto que semejante proceder en Manuela les causaba, habiendo sido hasta allí una buena hija. La pobre madre dejó caer el papel de las manos y quedó un momento con la cabeza inclinada, fijos los ojos en tierra, abatida, silenciosa, sombría, como insensata, hasta que un rato después hizo estallar su dolor en terribles sollozos. Acudieron a abrazarla si ahijada y los tíos, sin saber qué decirle, sin embargo para calmar su pena. -¿Y a quién quejarme ahora? –exclamó-. Aconséjenme ustedes –dijo-, ¿qué haré? -Veremos al prefecto –respondió el tío de Pilar-. Es necesario que la autoridad tome sus providencias. -Pero, ¡que providencias! –repuso la anciana-, cuando ven ustedes que las autoridades mismas no se atreven a salir de la población ni tienen tropas ni manera de hacerse respetar… ¡Sí estamos abandonados de Dios! –añadió desesperada. -Pero, ¿quién podrá ser, pues, el hombre que se la ha llevado? –dijo Pilar-, porque yo no atino absolutamente y es preciso tener siquiera una sospecha que sirviera de indicación… ¡Y estar yo sola, absolutamente sola! –exclamó doña Antonia, torciéndose las manos de dolor-. ¡Ah! ¡Como han abusado de una infeliz vieja, viuda y desamparada! -No tan sola, madrina, no está usted tan sola –replicó vivamente Pilar-. ¿No cuenta usted con la amistad de Nicolás? -Es verdad, hija mía, lo había olvidado en mi desesperación. Tengo a ese hombre generoso, que todavía ayer me decía que sin interés ninguno en Manuela, de quien estaba seguro que no lo quería, podía yo contar enteramente con su apoyo. Tienes razón, voy a escribirle al momento. -No es preciso –dijo el tío de Pilar-; yo voy a ensillar en un instante y corro a Atlihuayan para traer a Nicolás. Es necesario que nos ayude a indagar esto. El anciano se levantaba para cumplir su oferta, cuando se oyó el ruido de un caballo en la calle y un hombre se apeo en la puerta de la casa. Era el herrero de Atlihuayan. Todos se levantaron para correr hacía él; doña Antonia se adelanto y apenas pudo tenderle los brazos y decirle sollozando: -¡Nicolás, Manuela se ha huido! El joven se puso densamente pálido y murmuro tristemente, con un amargo desdén: -¡Ah!, ¡sí, mis sospechas se confirman! -¿Qué sospechas? –preguntaron todos. -El herrero condujo a la señora al cuarto y todavía de pie, dijo: -Esta mañana muy temprano un guardacampo vino a decirnos, al administrador y a mí, que en la madrugada, recorriendo los campos que están al pie del monte, y cuando ya había cesado el aguacero, encontró en su casita, en la que no había dormido, a un grupo que se preparaba a salir y a montar a caballo y que seguramente se había guarecido allí del temporal; que recelando de que fuese gente mala, no se acercó por el camino, sino que se metió entre las cañas para observarlo bien. En efecto, eran plateados; cuatro hombres y una mujer joven, muy hermosa, llevando un sombrero de alas angostas y al que estaba atando un pañuelo blanco, antes de montar. Por esta detención pudo reconocerlos bien. A la niña parecía haberla visto algunas veces en esta población, y el hombre, que parecía jefe de los otros, era el Zarco. -¡El Zarco! –exclamaron todos aterrados. -¡El mismo, el más temible y malvado de esos bandidos, que, según dicen, es joven y no mal parecido! Este fue quien abrazó a la joven para montarla y quien parece que la llevaba. En el acto emprendieron todos, y a gran prisa, el camino de la montaña, sin reparar en el guardacampo, que no los perdió de vista hasta que ellos encumbraron y se alejaron entre las breñas. Entonces vino a dar parte. Yo no sé qué terrible presentimiento tuve, y sin darme cuenta de porqué lo hacía, -No es preciso –dijo el tío de Pilar-; yo voy a ensillar en un instante y corro a Atlihuayan para traer a Nicolás. Es necesario que nos ayude a indagar esto. El anciano se levantaba para cumplir su oferta, cuando se oyó el ruido de un caballo en la calle y un hombre se apeo en la puerta de la casa. Era el herrero de Atlihuayan. Todos se levantaron para correr hacía él; doña Antonia se adelanto y apenas pudo tenderle los brazos y decirle sollozando: -¡Nicolás, Manuela se ha huido! El joven se puso densamente pálido y murmuro tristemente, con un amargo desdén: -¡Ah!, ¡sí, mis sospechas se confirman! -¿Qué sospechas? –preguntaron todos. -El herrero condujo a la señora al cuarto y todavía de pie, dijo: -Esta mañana muy temprano un guardacampo vino a decirnos, al administrador y a mí, que en la madrugada, recorriendo los campos que están al pie del monte, y cuando ya había cesado el aguacero, encontró en su casita, en la que no había dormido, a un grupo que se preparaba a salir y a montar a caballo y que seguramente se había guarecido allí del temporal; que recelando de que fuese gente mala, no se acercó por el camino, sino que se metió entre las cañas para observarlo bien. En efecto, eran plateados; cuatro hombres y una mujer joven, muy hermosa, llevando un sombrero de alas angostas y al que estaba atando un pañuelo blanco, antes de montar. Por esta detención pudo reconocerlos bien. A la niña parecía haberla visto algunas veces en esta población, y el hombre, que parecía jefe de los otros, era el Zarco. -¡El Zarco! –exclamaron todos aterrados. -¡El mismo, el más temible y malvado de esos bandidos, que, según dicen, es joven y no mal parecido! Este fue quien abrazó a la joven para montarla y quien parece que la llevaba. En el acto emprendieron todos, y a gran prisa, el camino de la montaña, sin reparar en el guardacampo, que no los perdió de vista hasta que ellos encumbraron y se alejaron entre las breñas. Entonces vino a dar parte. Yo no sé qué terrible presentimiento tuve, y sin darme cuenta de porqué lo hacía, monté a caballo y vine a ver si había ocurrido aquí alguna novedad… Así es –añadió con intensa amargura- que ya saben ustedes con quien se fue Manuela. -¡Ah! ¡Con razón dice que es inútil perseguirla! –exclamó colérica doña Antonia, mostrando a Nicolás el papel, que él estuvo examinando con profunda atención. -efectivamente –repuso el joven-, es perfectamente inútil. ¿Quién iría a perseguir a ese bandido a su cuartel general, en que tiene más de quinientos hombres que lo defiendan? Y sobre todo, ¿para qué? ¿No se ha ido con toda su voluntad? Cuando una mujer da ese paso, es porque está apasionada del hombre con quien se va. Perseguirla sería matarla también a ella. -Preferiría yo verla muerta a saber que está en brazos de un ladrón y asesino como ése –dijo resuelta doña Antonia-. No es ahora sólo dolor lo que siento, es vergüenza, es rabia… Quisiera ser hombre y fuerte, y le aseguro a ustedes que iría a buscar a esa desdichada aunque me mataran; ¡mejor para mí! ¡Un plateado! ¡Un plateado! –murmuro convulsa de ira. -Pues bien, señora, yo estoy dispuesto a hacer lo que usted quiera, por más que me parezca inútil la persecución, no tanto por la gente que acompaña al Zarco, sino por la voluntad terminante con que Manuela lo ha seguido. Verdaderamente, no ha habido rapto. -Pero, ¿yo puedo consentir en que mi hija, por más loca de amor que esté, siga a un bandido? ¿Y mis derechos como madre? -Sus derechos de usted como madre no pueden ser representados sino por la autoridad en este caso, careciendo usted de un pariente próximo –dijo el tío de Pilar-. Nosotros ayudaremos a la autoridad, pero es necesario que ella sea quien ordene. ¿Y cree usted que se atreverá con esos bandoleros, cuando apenas puede hacerse obedecer en la población? -Pero si quisiera…; hoy llega la caballería del gobierno. -Veremos al prefecto –replicó el anciano-, para decidirlo a que hable al jefe de esa fuerza; pero no olvide usted que esta fuerza no ha podido, antier, continuar la persecución del Zarco, que fue quien cometió los asesinatos de Alpuyeca, y eso que el gobierno de México había recomendado con todo empeño la persecución. Es inútil –exclamaron todos-, es imposible; ni el prefecto ni esos soldados han de querer. En estos momentos se oyeron trompetas resonando en la plaza. La caballería del gobierno entraba con toda solemnidad en la población. Doña Antonia, enloquecida de ira y de dolor, salió apresuradamente de la casa con la intención de hablar al prefecto. XIII EL COMANDANTE El pobre prefecto se hallaba en casa de Ayuntamiento, vestido con su traje dominguero para recibir a la tropa con los honores debidos, y en el momento en que llego doña Antonia, acompañada del tío de Pilar, y de Nicolás, que la habían seguido por deferencia, se entretenía en ver a aquella fuerza mal vestida y peor montada, que se forma en la placita para pasar lista. Mandábala un comandante de mala catadura, vestido de una manera singular, con un uniforme militar desgarrado, y cubierto con un sombrero charro viejo y sucio. Luego que acabó de pasar su lista, el comandante vino a saludar al prefecto y a manifestarle, lo que era de cajón entonces, que necesitaba raciones para sus soldados y forraje para su caballada, pues debía continuar su marcha esa tarde. El prefecto dio las órdenes convenientes para facilitar esos elementos, imponiendo a los vecinos acomodados semejante carga, que ellos estaban acostumbrados a soportar hacía tiempo. Después la tropa se acuarteló y el comandante y algunos oficiales fueron invitados por el prefecto a tomar algunas copas y a comer en la prefectura. Tales eran los deberes que se imponía entonces la autoridad política de los pueblos para con esos militares, que ni defendían a la gente pacífica ni se atrevían a encararse con los bandidos de que estaba llena la comarca. -¿Qué tal comandante –preguntó el prefecto-, ayer y Antier han tenido ustedes una buena tarea con los plateados? -Fuerte señor prefecto –respondió el comandante atusándose los ásperos bigotes-, muy fuerte; no hemos descansado ni de día ni de noche. -¿Y lograron ustedes algo? -¡Oh!, les dimos una correteada a los plateados, terrible. Estoy seguro de que en muchos días no volverán a aparecerse en la cañada de Cuernavaca. Han quedado escarmentados. ¿Cogieron ustedes algunos, eh? -Sí: y los hemos dejado colgados, por ahí, de los árboles, en donde se estarán campaneando… a esta hora. -Pero, ¿cayeron todos? -Todos, no, usted sabe que eso es difícil. Esos cobardes no atacan más que a la gente indefensa, pero luego que ven tropa organizada, como la mía, corren, se dispersan. -Pero el Zarco…, porque dicen que fue el Zarco el que mandaba la gavilla. -Sí, él fue, pero el más correlón de todos. Ni siquiera nos espero, de modo que cuando nosotros llegamos a Alpuyeca, ni su luz del Zarco. En vano quisimos darle alcance. Luego que hizo su robo, apenas se detuvo a recoger a los heridos y se largó precipitadamente, de modo que no dimos ni con su rastro. En ningún pueblo ni rancho de los que atravesamos en su persecución pudieron darnos razón de él, sea que no hubiera pasado por allí o sea que tenga en todas partes cómplices, lo cual es más probable. El caso es que no pudimos continuar con nuestra caballería en aquellos montes tan escabrosos. -Pero, entonces, señor comandante –preguntó el prefecto con malignidad-, ¿a quién cogieron ustedes por fin, porque acaba de decirme que dejaron a algunos colgados en los árboles? -¡Oh, amigo prefecto –contestó el militar sin desconcertarse-, tomamos algunos sospechosos de quien estoy seguro que eran sus cómplices; yo los conozco bien a estos pícaros, no pueden disimular su delito; corren de nosotros cuando nos divisan, se ponen descoloridos cuando les hablamos, y a la menor amenaza se hincan, pidiendo misericordia! Ya ve usted que estas son pruebas, porque si no, ¿por qué habían de hacer todo eso? Su delito los acusa, son los cómplices, los que avisan a los bandidos, los que ocultan su marcha y participan del botín. A varios de esos, y según mi parecer, los más importantes, es a quienes he dejado dando vueltas en el aire… ¡Servirá de ejemplar! ¿No le parece a usted? De manera que el valiente militar había fusilado a algunos infelices campesinos y aldeanos, por simples sospechas, a fin de no presentarse ante su jefe, en Cuernavaca, con las manos limpias de sangre. El prefecto lo comprendió así, y por tal motivo respondió insistiendo: -Sí, señor comandante, eso estuvo bueno siempre; pero, por fin, ¿y el Zarco? -El Zarco, señor prefecto, debe hallarse ahora muy lejos de aquí; tal vez en el distrito de Matamoros o cerca de Puebla, para repartirse el robo con toda seguridad. ¡Bonito él para haberse quedado en este rumbo! -pero dicen –objeto el prefecto- que tiene su madriguera en Xochimancas, a pocas leguas de aquí, y que cuenta con más de quinientos hombres. Al menos es lo que se dice por aquí, y lo que sabemos, porque frecuentemente se desprenden de allí partidas para asaltar las haciendas y los pueblos. En esa madriguera es donde guardan sus robos, en donde tienen a los plagiados, sus caballos, sus municiones, en fin; parece, según noticias que recibimos diariamente, que allí viven como en una fortaleza, que tienen hasta piezas de artillería, hasta músicas y charangas que llevan algunas veces a sus expediciones, y que les sirven también para divertirse en sus bailes. -Ya sé, ya sé –replicó el comandante con cierto enfado-; pero usted conoce lo que son las exageraciones del vulgo. Todo eso son cuentos; habrán buscado allí refugio alguna vez, habrán permanecido allí dos o tres días, habrán hecho tocar dos o tres clarines, y el miedo de los pueblos ha inventado lo demás, porque no me negará usted, señor prefecto, que ustedes viven muertos de miedo y que ni parecen hombres los que viven estas comarcas. -Pero con razón, señor comandante –dijo el prefecto picado en lo vivo-, con muchísima razón si todos esos que usted dice que son cuentos, nos parecen a nosotros realidades; si vemos atravesar por nuestros caminos partidas de cien y de doscientos hombres, bien armados y montados; si se llevan al cerro todos los días a los vecinos de los pueblos y a los dependientes de las haciendas; si se meten donde quiera como en su casa, ¿cómo no hemos de creer? -Pues bien, y ustedes, ¿por qué no se defienden? ¿Por qué no se arman? -Porque no tenemos con qué; todos estamos desarmados. -Pero, ¿por qué? -Le diré a usted: teníamos armas para las defensas de las poblaciones, es decir, armas que pertenecían a las autoridades y armas que habían comprado los vecinos para su defensa personal. Hasta los más pobres tenían sus escopetas, sus pistolas, sus machetes. Pero pasó primero Márquez con los reaccionarios y quitó todas las armas y los caballos que pudo encontrar en la población. Algunas armas se escaparon, sin embargo, y algunos caballos también, pero pasó después el general Gonzáles Ortega con las tropas liberales y mandó recoger todas esas armas y todos esos caballos que habían quedado, de manera que nos dejó con los brazos cruzados. Luego, los bandidos apenas saben que alguno tiene un caballo regular, cuando en el acto se meten a cogerlo. ¿Quién quiere usted que compre ya ni armas, ni caballos, sabiend