libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com,.. Séneca (4 a.C.-65) Lucio Anneo Séneca. Filósofo latino, hijo de un retórico también llamado Séneca, Lucio Anneo se educó en Hispania para después trasladarse a Egipto. Calígula le introdujo en la corte romana donde alcanzó el cargo de cuestor, al tiempo que ejercía de forense. Un discurso pronunciado en el año 39 motivó que Calígula le condenara a muerte, pero Séneca pudo escapar a la pena capital. Cuando Claudio alcanzó el poder, Séneca permaneció exiliado en Córcega durante un período de ocho años. Será la emperatriz Agripina quien reclamó su presencia en la capital imperial, adjudicándole la educación de Nerón. Séneca se convertirá en uno de los personajes más influyentes de la corte de Nerón cuando éste alcance el poder, dirigiendo la política estatal en compañía de Burro. Pero cuando Nerón dio muestras de su crueldad, Séneca huyó para retirarse a la vida relajada. Posiblemente estuvo comprometido en la revuelta encabezada por Calpurnio Pisón y en la que también participaron Petronio y Lucano. Descubierto el complot, recibió la orden de suicidarse, orden que Séneca ejecutó siguiendo los dictados del estoicismo y neopitagorismo, sus doctrinas filosóficas. Entre sus principales obras filosóficas se conservan parcial o íntegramente "De ira", "De providentia", "De constantia sapientis", "De consolatione", "De otio", "De Tranquilitate animi" y "De brevitate vitae". Cuestiones naturales Séneca Libro primero Prefacio Tanto como se diferencia la filosofía de las demás artes, óptimo Lucilio, otra tanta diferencia encuentro yo en la filosofía misma, entre la parte que se ocupa del hombre y la que se refiere a los dioses. Más elevada y atrevida ésta, se ha permitido mucho: no contentándose con lo que se ofrece a nuestra vista, sospechó que la naturaleza había colocado más allá de lo que se ve algo más grande y más bello. En una palabra; entre una y otra filosofía media tanto como entre Dios y el hombre. Enseña la primera lo que debe hacerse en la tierra; la segunda, lo que se hace en el cielo. Una desvanece nuestros errores y trae la luz que ilumina los engañosos caminos de la vida; la otra se eleva sobre esta densa niebla en que nos agitamos, y sacándonos de la oscuridad, nos lleva al manantial de la luz. Gracias doy en verdad a la naturaleza cuando, no contento con su parte pública, penetro hasta en sus misterios más secretos; cuando aprendo de qué elementos se compone el universo; quién es el arquitecto o conservador; qué es Dios; si está absorto en su propia contemplación, o si algunas veces inclina hasta nosotros sus miradas; si crea diariamente, o ha creado una vez sola; si forma parte del mundo o es el mundo mismo; si todavía hoy puede dar nuevos decretos y modificar las leyes del destino, o si le es imposible retocar su obra sin descender de su majestad y reconocer que se ha engañado: necesario es sin duda que ame siempre las mismas cosas aquel que solamente puede amar las perfectas, no siendo por esto menos libre ni menos poderoso, porque él mismo es su necesidad. Si no pudiese elevarme a todo esto, para nada habría nacido. ¿A qué regocijarme en este caso por encontrarme en el número de los vivos? ¿por digerir comidas y bebidas? ¿por cuidar este débil y miserable cuerpo que perece en cuanto ceso de rellenarlo? ¿por desempeñar toda mi vida el cargo de enfermero, y temer la muerte para la cual nacemos todos? Quítame este inestimable placer, y no vale la existencia que me extenúe por ella entre fatigas y sudores. ¡Oh, qué pequeño es el hombre mientras no se eleva por encima de las cosas humanas! ¿Qué hacemos de admirable mientras luchamos con nuestras pasiones? La misma victoria, si llegamos a conseguirla, ¿tiene algo de sobrenatural? ¿Debemos gloriarnos porque no nos parecemos a los seres más depravados? No veo por qué razón haya de admirarse nadie al encontrarse más robusto que un enfermo. Mucha distancia hay de la robustez a la salud perfecta. Has escapado de los vicios del alma; no finge tu frente; la voluntad ajena no te hace sujetar la lengua, ni disimular tus sentimientos; huyes de la avaricia, que lo arrebata todo a los demás para negárselo todo a sí misma; el libertinaje, que prodiga vergonzosamente el dinero que gana por caminos más vergonzosos todavía; la ambición, que no lleva a las dignidades sino por indignas bajezas. Pero nada has hecho hasta ahora; has escapado de muchos escollos, pero no has escapado de ti mismo. La virtud a que aspiramos es magnífica, no porque sea propiamente un bienestar exento de todo vicio, sino porque engrandece el alma, la prepara al conocimiento de lo celestial y la hace digna de asociarse al mismo Dios. La plenitud y consumación de la felicidad para el hombre, consiste en hollar todo lo malo, elevarse y penetrar en el seno de la naturaleza. ¡Cuánto agrada desde en medio de esos astros entre los que vaga su pensamiento, mirar con desprecio las grandezas de los ricos y la tierra entera con todo su oro, no solamente aquel que ha arrojado de su seno y entregado a los cuños de nuestra moneda, sino también el que guarda en sus entrañas para la codicia de las edades venideras! Para desdeñar esos pórticos, esos artesonados resplandecientes de marfil, esos bosques recortados, esos ríos obligados a pasar por palacios, necesario es haber abarcado todo el ámbito del mundo, y dejado caer desde lo alto una mirada sobre este pequeño orbe terráqueo, cuya mayor parte cubren los mares, y la que sobresale, helada o abrasada, ofrece espantosas soledades. ¡He aquí, se dirá el sabio, el punto que tantos pueblos se disputan con el hierro y el fuego! ¡Oh, qué ridículos son los confines humanos! El Dacio no pasará el Ister; el Strymon limitará la Tracia; el Eúfrates detendrá a los Parthos; el Danubio separará la Sarmática del Imperio romano; el Rhin será el límite de la Germanía; el Pirineo dividirá las Galias y las Españas; inmensos desiertos de arena se extenderán entre el Egipto y la Etiopía! Si se concediese a las hormigas la inteligencia del hombre, ¿no harían como él muchas provincias del suelo de una granja? Cuando te hayas elevado a las cosas verdaderamente grandes, siempre que veas marchar ejércitos a banderas desplegadas, y, como si se tratase de algo importante, correr jinetes a la descubierta o desplegarse sobre las alas, te sentirás movido a decir:                           It nigrum campis agmen.....1 Evoluciones son esas propias de hormigas que se agitan mucho en pequeño espacio. ¿Qué otra cosa las distingue de nosotros sino la pequeñez de su cuerpo? Un punto es este en que navegáis, en que trabáis guerras, en que distribuís imperios, exiguos, aunque no tengan otros límites que los dos Océanos. Allá arriba existen espacios sin término, a cuya posesión se admite nuestra alma, con tal de que solamente lleve consigo la parte más pequeña posible de su envoltura material, y que, purificada de toda mancha, libre de toda traba, sea bastante ligera y bastante parca en sus deseos para volar hasta ellos. En cuanto los toca, se alimenta de ellos y en ellos se desarrolla, encontrándose como libre de sus cadenas y devuelta a su origen. El alma reconoce su divinidad en el deleite que le producen las cosas divinas, que no contempla como ajenas, sino como propias. Con serenidad contempla allí la salida y ocaso de los astros, y las diversas órbitas que recorren sin confusión. Observa desde dónde comienza cada estrella a brillar para nosotros, su grado más alto de elevación, la carrera que recorre y la línea hasta que desciende. Espectadora curiosa, nada hay que no examine e investigue. ¿Por qué no hacerlo? Sabe que todo esto le pertenece. ¡Cuánto desprecia entonces la estrechez de su anterior domicilio! ¿Qué vale el espacio que media entre las costas más apartadas de España y las Indias? Navegación de poquísimos días si hincha las velas buen viento. ¡Pero la región celestial abre carrera de treinta años al astro más rápido de todos que, sin detenerse jamás, camina siempre con igual velocidad! Allí aprende al fin el hombre lo que por tanto tiempo ha buscado, allí aprende a conocer a Dios. ¿Qué es Dios? El alma del universo. ¿Qué es Dios? Todo lo que ves y todo lo que no ves. Si se le concede al fin toda su grandeza, que es mucho mayor de cuanto puede imaginarse, si él solo es todo, toda su obra está llena de él tanto en el interior como en el exterior. ¿Qué diferencia existe, pues, entre la naturaleza de Dios y la nuestra? Que nuestra parte mejor es el alma, y en Dios nada hay que no sea alma. Dios todo es razón, y en los mortales, por el contrario, tal es su ceguedad, que a sus ojos este universo tan bello, tan regular y constante en sus leyes, solamente es obra y juguete del acaso, que rueda entre los fragores del trueno, nubes, tempestades y demás azotes que agitan la tierra y lo inmediato a la tierra. Y esta locura no queda entre el vulgo, sino que se extiende a muchos que quieren pasar por sabios. Hay quienes, reconociendo en sí mismos un espíritu, y espíritu previsor, capaz de apreciar en sus detalles más pequeños lo que les afecta, tanto a ellos como a los demás, niegan a este universo, de que formamos parte, toda inteligencia, suponiéndole arrastrado por fuerza ciega, o por naturaleza inconsciente de lo que hace. ¿Y no consideras cuán útil es conocer estas cosas y determinar con exactitud sus términos? ¿Hasta dónde alcanza el poder de Dios? ¿Forma él la materia que necesita, o no hace más que usarla? ¿Es anterior la idea a la materia o la materia a la idea? ¿Hace Dios todo lo que quiere o en muchos casos falta objeto a la ejecución, y en repetidas ocasiones salen de manos del Supremo artífice obras defectuosas, no por falta de arte, sino porque los elementos que emplea son contrarios al arte? -Admirar, meditar, estudiar estas grandes cosas, ¿no es elevarse de la esfera de la propia mortalidad y pasar a mundo mejor? Mas ¿para qué, dirás, te servirán estos estudios? Si no para otra cosa, al menos para saber que todo es limitado cuando haya medido a Dios. Pero de esto hablaré después.      I. Vengamos ahora al asunto. Escucha lo que quiere la filosofía que se piense de los fuegos que el aire hace mover en sentido transversal. La oblicuidad de su carrera y su extraordinaria velocidad demuestran la fuerza con que son lanzados. Vese que no se mueven por sí mismos, sino por extraño impulso. Estos fuegos tienen muchas y variadas formas. A cierto género de éstos les llama Cabra Aristóteles. Si me preguntas por qué, antes habrás de decirme por qué les llaman también Carneros. Si por el contrario, lo que es mejor, suprimimos nosotros estas cuestiones sobre lo que han dicho otros, adelantaremos más investigando la causa de los fenómenos, que extrañando que Aristóteles llamase Cabra a un globo de fuego. Tal fue la forma del que, durante la guerra de Paulo Emilio contra Perseo, apareció tan grande como la luna. Nosotros mismos hemos visto más de una vez llamas que presentaban la figura de enorme globo, pero que se desvanecían en su carrera. Por el tiempo en que murió Augusto se presentó este prodigio; también lo vimos cuando la catástrofe de Seyano, y presagio igual anunció la muerte de Germánico.-¡Cómo! me dirás, ¿tan imbuido estás en los errores que llegas a creer que los dioses mandan señales precursoras de la muerte y que existe algo tan grande en la tierra cuya caída resuene en todo el universo? -Ya hablaremos de eso en otro lugar. Veremos si todos los acontecimientos se desarrollan en orden necesario; si de tal manera se encuentran enlazados, que el precedente sea causa o presagio del que le sigue. Veremos si los dioses cuidan de las cosas humanas, si la misma serie de las causas revela por señales ciertas cuáles serán los efectos. Entre tanto creo que los fuegos que estamos considerando nacen de violenta compresión del aire, arrojado, sin disiparse, hacia un lado y luchando consigo mismo. De esta reacción nacen vigas, globos, antorchas, incendios. Si la lucha es más débil y el aire solamente se encuentra rozado, por decirlo así, brotan luces más pequeñas y las estrellas, al correr, arrastran su cabellera. En estos casos, tenues centellas trazan en el cielo imperceptible y prolongada raya. Así es que no hay noche que no ofrezca este espectáculo, porque no se necesita para él violenta conmoción del aire. En fin, para decirlo brevemente, estos fuegos tienen la misma causa que el rayo, siendo menos enérgicos. Las nubes que chocan ligeramente producen el relámpago; si el choque es mayor, el rayo. Aristóteles lo explica de esta manera: «El globo terrestre exhala muchos y diferentes vapores, unos secos, otros húmedos, algunos helados y otros inflamables». No es de extrañar que las emanaciones de la tierra tengan naturaleza tan diferente y varia, cuando los mismos cuerpos celestes no se presentan siempre del mismo color, siendo más rubicundo el de la canícula que el de Marte, y Júpiter solamente tiene el resplandor de luz pura. Necesario es que de esta multitud de corpúsculos que la tierra lanza de su seno y manda a las regiones superiores, lleguen a las nubes alimentos del fuego, capaces de inflamarse por el mutuo choque y hasta por el calor de los rayos solares. Nosotros vemos que la paja embadurnada de azufre se enciende a distancia del fuego. Verosímil es, por consiguiente, que una materia análoga, reconcentrada en las nubes, se inflame fácilmente, produciendo fuegos más o menos considerables, según que tienen más o menos fuerza. Nada tan absurdo como imaginar que son estrellas que caen, o que corren, o partículas que se elevan y separan de los astros: de ser así, ya hace mucho tiempo que no habría estrellas; porque no hay noche en que no se vean correr muchos fuegos de éstos, arrastrados en diversas direcciones. Ahora bien, cada estrella ocupa su puesto y conserva su magnitud. Dedúcese de aquí que los mencionados fuegos brotan por debajo de ellas y solamente se disipan en su caída porque no tienen foco ni segura parada. ¿Por qué no cruzan también durante el día? ¿Qué pensarían si dijese yo que durante el día no hay estrellas porque no se ven? De la misma manera que desaparecen éstas oscurecidas por el resplandor del sol, así también los fuegos que cruzan el cielo, pero cuyo brillo absorbe la claridad del día. Sin embargo, cuando estallan con bastante fuerza para vencerla, entonces son visibles. Indudable es que nuestra edad ha visto muchos de éstos, dirigiéndose unos de Oriente a Occidente y otros de Occidente a Oriente. Los marinos consideran presagio de tempestad la abundancia de estrellas errantes; y para que anuncien viento, es necesario que se formen en la región de los vientos, es decir, en el aire, que ocupa el espacio entre la tierra y la luna. En las grandes tempestades aparecen como estrellas adheridas a las velas. En estos casos creen los que peligran que pueden ayudarles Cástor y Pólux; pero lo único que puede tranquilizarles es que aparecen cuando calma la tempestad y decae el viento. Algunas veces estos fuegos giran sin posarse. Navegando Gylipo hacia Siracusa, vio adherirse uno al hierro de su lanza. En los campamentos romanos hanse visto haces de armas como inflamados por el contacto de estas estrellas, que a las veces hieren como el rayo animales y arbustos. Lanzadas blandamente, se deslizan y caen poco a poco sin herir ni dañar. Brotan estos fuegos, en tanto de las nubes, en tanto del aire más tranquilo, si este contiene bastantes partículas inflamables. También truena algunas veces con cielo tranquilo, lo mismo que en medio de la tempestad, y solamente por el choque del aire. Por trasparente y seco que éste sea, siempre es susceptible de compresión y puede formar cuerpos análogos a las nubes, que produzcan sonido al chocar. Las vigas, escudos de fuego y cielo inflamado proceden de causas iguales, pero, más fuertes obrando sobre la misma materia.      II. Veamos ahora cómo se forman los círculos luminosos que algunas veces rodean a los astros. Dícese que el día en que Augusto regresó de Apolonia a Roma, viose alrededor del sol un círculo de los variados colores del arco iris: los Griegos llaman Halo a este fenómeno, al que nosotros podemos muy bien llamar corona. Expondré de qué manera dicen que se forma. Cuando se arroja una piedra a un estanque, vese que el agua se separa formando muchos círculos, siendo el primero muy pequeño, los otros, más grandes y sucesivamente mayores, hasta que se pierde y desvanece el impulso en la inmóvil superficie de las aguas. Iguales movimientos debemos suponer en el aire cuando, encontrándose condensado, puede experimentar percusión, obligándole los rayos del sol, de la luna o de cualquier astro a separarse circularmente. El aire, como el agua, como todo lo que recibe una forma y un choque cualquiera, torna la de aquello que la hiere. Es así que todo cuerpo luminoso es redondo; luego el aire herido por la luz tomará la forma redonda. De aquí el nombre de Áreas que dan los Griegos a estos resplandores, porque generalmente son redondos los lugares destinados a macear el grano. No hay razón para creer que estos círculos, llámense áreas o coronas, se formen en la inmediación de los astros, sino que distan mucho de ellos, aunque parezca que los rodean y coronan. Estas apariciones tienen lugar cerca de la tierra; pero nuestra vista, engañada por su ordinaria debilidad, las coloca alrededor de los mismos astros. Nada de esto puede formarse en torno del sol y de las estrellas donde reina el éter más tenue, porque las formas no pueden imprimirse mas que sobre materia densa y compacta, no teniendo subsistencia ni adherencia en los cuerpos sutiles. En nuestros mismos baños se observa efecto parecido alrededor de las lámparas, por la oscura densidad del aire, y sobre todo por el viento del Mediodía que pone el cielo denso y pesado. Algunas veces se apagan y disuelven insensiblemente estos círculos; otras se rompen en un purito, y los navegantes esperan el viento del lado donde se rompe la corona: el Aquilón, si desaparece por el Septentrión; Favonio, si es en el Occidente. Esto demuestra que estas coronas se forman en la misma parte del cielo en que suelen brotar los vientos. Más allá no se forman las coronas, porque tampoco se forman los vientos. Añade a estas razones que las coronas no se forman sino con aire inmóvil, no viéndose jamás si la atmósfera no se encuentra en tal estado. El aire tranquilo puede recibir un impulso, tomar una figura cualquiera; el aire agitado escapa hasta a la acción de la luz. No teniendo forma ni consistencia, su primera parte herida desaparece en el acto. Estos círculos, pues, que rodean a los astros nunca podrán formarse sino dentro de un aire denso e inmóvil, y por lo tanto a propósito para retener la línea de luz que la hiere circularmente: así es, en efecto. Repite el ejemplo que cité poco antes. Lánzase una piedra a un estanque, lago o paraje lleno de agua tranquila, y produce en ella innumerables círculos, efecto que no causa en un río. ¿Por qué? porque corriendo el agua impide que se forme cualquier figura. Lo mismo sucede en el aire: tranquilo, puede recibir una forma; impetuoso y agitado, no presta resistencia y confunde todas las impresiones que recibe. Cuando las coronas se disipan por igual en todos los puntos, desvaneciéndose por sí mismas, acusan quietud del aire; la tranquilidad es igual entonces y puedes esperar agua. Cuando se rompen por un solo lado, el viento sopla de aquel punto. Si se rasgan por muchas partes, sobreviene tempestad. Todos estos casos se explican por lo que expuse más arriba. Porque si toda la figura de la corona se descompone a la vez, queda demostrado el equilibrio, y por consiguiente la tranquilidad del aire. Si se rompe por un lado solo, es que el aire pesa más en aquel punto, y de allí debe venir el viento. Y si la corona se rompe y se fracciona en muchos lados, evidente es que sufre el choque de varias corrientes que agitan el aire en todas direcciones. Esta agitación de la atmósfera, esta lucha y movimiento en todos sentidos anuncian la tempestad y el inminente combate de los vientos. Las coronas solamente aparecen de noche en derredor de la luna y de otros astros; de día rara vez, por lo que algunos filósofos griegos pretenden que no se forman jamás, a pesar de que consta lo contrario en la historia. Es causa de esta rareza que el sol, teniendo intensa fuerza, agita, calienta y volatiliza mucho el aire: la acción de la luna no es tan enérgica, y por tanto puede resistirla mejor el aire, y lo mismo puede decirse de los demás astros, que son igualmente incapaces para agitarlo. Imprímese, por consiguiente, su figura en esta materia más consistente y menos fugaz. Debe, por tanto, el aire, ni estar tan compacto que aleje o rechace la inmersión de la luz, ni tan sutil y tenue que no retenga ningún rayo. Tal es la temperatura de las noches, cuando los astros, cuya densa luz no hiere bruscamente al aire, se retratan en él, porque se encuentra más condensado de lo que ordinariamente lo está durante el día.      III. El arco iris, por el contrario, no aparece de noche, como no sea muy rara vez, porque la luna no tiene bastante fuerza para penetrar las nubes y derramar en ellas los colores que reciben cuando las hiere el sol. La forma de arco y su variedad de colores proceden de que en las nubes hay partes salientes y partes hundidas, unas demasiado densas para dejar pasar los rayos, y otras demasiado diáfanas para cerrarles el paso. De estas desigualdades resultan esos diferentes matices de sombra y de luz y la admirable variedad del iris. También se asigna otra causa a este arco. Cuando se rompe un tubo, vemos que el agua que brota por estrecha abertura presenta los colores del iris, si los rayos del sol la hieren oblicuamente. Lo mismo puede observarse en el trabajo del batanero, cuando, llena la boca de agua, hace llover sobre la tela estirada en marcos tenue rocío, en el que aparecen todos los colores del iris. No dudarás que la causa de esto reside en el agua, porque nunca aparece el arco sino en las nubes. Pero investiguemos cómo se forma. Según algunos, existen en las nubes ciertas gotitas penetrables a los rayos del sol, y otras más densas que estos rayos no pueden atravesar: las primeras reflejan la luz, las segundas quedan en la sombra, y por su interposición se forma un arco, del cual una parte brilla y recibe la luz, mientras que la otra la rechaza y cubre con su oscuridad los puntos inmediatos. Otros niegan que sea así. Podrían pasar por causas únicas la sombra y la luz si el arco tuviese solamente dos colores, si solamente lo formasen luz y sombra.                           Sed nune diversi niteant quam mille colores, Transitus ipse tamen spectantia lumina fallit; Usque adeo quod tangit idem est, tamen ultima distat2 En el iris vemos el rojo, el amarillo, el azul y otras tintas tan delicadamente matizadas como la pintura, que, como dice el poeta, para distinguir entre ellas los colores es necesario comparar las primeras con las últimas, porque la transición es inapreciable, y el arte de la naturaleza es de tal modo maravilloso, que colores que empiezan por confundirse, concluyen por ser diferentes. ¿De qué sirven aquí vuestros dos elementos de luz y sombra, cuando hay que explicar innumerables efectos? Otros explican de esta manera la formación del arco: en la región donde llueve, todas las gotas son otros tantos espejos, pudiendo reflejar la imagen del sol; estas imágenes, reproducidas por modo innumerable, se confunden en su precipitada caída, naciendo el arco de la confusión de multitud de imágenes del sol. Fundan esta opinión en lo siguiente. Expón al sol en día sereno millares de vasijas llenas de agua, y todas reflejarán la imagen de este astro: supón una gota de rocío en cada hoja de un árbol, y cada gota presentará una imagen del sol. Por el contrario, en el estanque más grande solamente aparecerá una imagen. ¿Por qué? porque toda su superficie, circunscrita en sus límites, forma un solo espejo. Divide este inmenso estanque, por medio de paredes, en varios recipientes, y reproducirá tantas imágenes del sol como recipientes haya. Deja el estanque entero, y nunca ofrecerá más que una imagen. Nada importa que sea un charco o un lago; estando limitado, es un espejo solo. Así, pues, esas innumerables gotas que se precipitan en lluvia, son otros tantos espejos, otras tantas imágenes del sol. El que mira de frente, solamente ve confuso conjunto, desapareciendo por la distancia el espacio que media entre ellas; así es que, en vez de gotas separadas, solamente se percibe confusa niebla formada por todas ellas. De esta misma manera opina Aristóteles. «Toda superficie lisa, dice, refleja los rayos que la hieren». Es así que nada hay tan liso como el agua y el aire; luego el aire condensado nos devuelve los rayos que le envían nuestros ojos. Nuestra vista es débil, y la repercusión más pequeña del aire la turba. Padecen algunos la enfermedad que consiste en figurarse que siempre salen al encuentro de sí mismos, viendo su imagen en todas partes. ¿Por qué? porque la escasa fuerza de sus ojos no puede penetrar siquiera el aire inmediato, sino por el contrario, éste la resiste. Así, pues, lo que el aire denso hace en todos, en éstos lo hace el débil, bastando el más tenue para rechazar su pobre rayo visual; mientras que para rechazar la vista ordinaria necesítase que el aire sea bastante denso, bastante impenetrable para detener y obligar a la visual a volver a su punto de partida. Las gotas de lluvia son otros tantos espejos, pero tan pequeños, que solamente pueden reproducir el color sin la figura del sol. Ahora bien, cuando estas innumerables gotas cayendo sin intermisión reflejan un mismo color, no deben reproducir multitud de imágenes distintas, sino una sola prolongada y continua.-¡Cómo! dirás, ¿supones muchos miles de imágenes donde no veo ninguna? ¿Y por qué teniendo el sol un color solo tienen sus imágenes matices tan diferentes? -Para rechazar estas objeciones y otras que también es necesario desvanecer, conviene que diga lo siguiente: nada hay tan engañoso como la vista, no solamente, en cuanto a los objetos que, por la distancia, no son claramente perceptibles, sino que también en cuanto a los que tiene más cercanos. En el agua más trasparente parece quebrada la rama más derecha. Las manzanas vistas debajo de un vaso parecen mucho mayores. El intervalo entre las columnas desaparece al final de un pórtico largo; y, volviendo a mi asunto, el mismo sol, que la razón nos demuestra ser mucho mayor que la tierra, tan pequeño aparece a nuestros ojos, que algunos sabios solamente le han dado un pie de diámetro. Ninguno ve moverse el astro que sabemos es más rápido de todos, y no se creería que avanza, si no viésemos los progresos de su carrera. Este mundo que gira inclinado sobre sí mismo, con tanta velocidad, que en un momento va de Oriente a Occidente, ninguno de nosotros lo siente caminar. No asombre, pues, si nuestra vista no percibe los intervalos de las gotas de lluvia, y no puede distinguir a tanta distancia esa infinidad de imágenes diminutas. No cabe duda en que el arco iris es imagen del sol recibida en nube cóncava y cargada de lluvia, demostrándolo así el hecho de no aparecer nunca sino opuesto al sol, en lo alto del cielo o en el horizonte, según que el astro desciende o asciende y alternativamente. Muchas veces se encuentra la nube lateral al sol, y no recibiendo directamente su imagen no forma arco. La variedad de colores depende de que unos proceden del sol y otros de la misma nube: la nube presenta líneas azules, verdes, purpúreas, amarillas y encendidas, variedades que proceden de dos tintas solas, una clara y otra oscura. Así también, la misma concha no da siempre a la púrpura el mismo tinte, dependiendo las diferencias de maceración más o menos larga, de los ingredientes más espesos o más líquidos con que se ha impregnado la tela, del número de inmersiones y cocciones a que se la ha sometido y, en fin, si se la ha teñido una o muchas veces. No es, pues, extraño que dos cosas, el sol y una nube, es decir, un cuerpo y un espejo, encontrándose uno enfrente de otro, reflejen tan grande variedad de colores que pueden repartirse en mil matices más fuertes o más suaves; porque uno es el color del rayo ígneo y otro el del pálido y débil. En otras muchas cosas investigamos a tientas cuando no encontramos nada que pueda coger la mano, y nuestras conjeturas tienen que ser aventuradas: aquí vemos claramente dos causas, el sol y la nube; y como el arco nunca aparece en cielo despejado ni bastante cubierto para ocultar al sol, necesariamente ha de ser efecto de estas dos causas, porque en faltando una, no existe.      IV. Síguese de esto, y no con menor evidencia, que la imagen es devuelta como por un espejo, porque siempre lo es por oposición, es decir, cuando enfrente del objeto visible se encuentra el que refleja. Los geómetras nos dan razones que no persuaden, sino que obligan al convencimiento, y para nadie es dudoso que si el arco reproduce mal la imagen del sol, es por defecto del espejo y de su configuración. Aduzcamos nosotros algunos raciocinios que fácilmente puedan comprenderse. Entre las pruebas del defectuoso desarrollo del arco, enumero la rapidez de su formación: un momento desplega en el espacio este vasto cuerpo, este tejido de espléndidos matices, y otro momento lo destruye; ahora bien, nada se reproduce tan rápidamente como la imagen en el espejo, porque el espejo no hace el objeto, sino que lo muestra. Artemidoro Pariano determina cómo debe ser la nube para reproducir de esta manera la imagen del sol. «Si hacéis, dice, un espejo cóncavo de una esfera partida por la mitad, colocándoos fuera del foco veréis en él a todos los que, estén a vuestro lado más cerca de vosotros que del espejo. Lo mismo sucede cuando vemos por de lado una nube redonda y cóncava: destácase la imagen del sol, se nos acerca y se vuelva de nuestro lado. El color de fuego procede, pues, del sol, y el azul de la nube; la mezcla del uno y del otro produce todos los demás».      V. En contra de esto se dice: Hay dos opiniones acerca de los espejos: según unos, lo que se ve en ellos son simulacros, es decir, figuras de nuestros cuerpos; según otros la imagen no está en el espejo, sino que vemos los cuerpos mismos por la reflexión del rayo visual, que vuelve atrás. Pero no importa nada para el asunto saber cómo vemos lo que vemos, sino que la imagen debe ser igual al objeto cual si la reflejase un espejo. ¿Qué hay menos parecido que el sol y un arco que no representa ni el color, ni la figura ni el tamaño de este astro? El arco es más largo, más ancho; la parte radiante tiene color rojo más intenso que el sol, y el resto presenta colores muy diferentes de los de aquél. Además, si comparas al aire con un espejo, debes mostrarme una superficie igualmente pulida, igualmente plana, igualmente brillante. Pero ninguna nube se parece a un espejo; con frecuencia pasamos por medio de ellas y no nos vemos. Los que suben a la cumbre de las montañas, ven debajo las nubes, y sin embargo no ven su imagen. Concedo que cada gota de agua sea un espejo; pero niego que la nube esté formada de gotas. Contiene sin duda con qué formarlas, pero no están realmente formadas; ni tampoco tienen agua las nubes, sino materia que se convertirá en agua. Te concederé también que existen innumerables gotas en la nube y que reflejan los objetos; pero no reflejan todas el mismo, sino cada una el suyo. Reúne muchos espejos y no confundirán sus reflejos en uno solo, sino que cada espejo parcial reproducirá la imagen del objeto opuesto. Existen espejos formados por multitud de espejitos; si enfrente de él colocas un hombre, te parecerá ver un pueblo, porque cada espejito reproduce una imagen. En vano se cuida de adaptar bien estos espejitos; no por esto deja cada cual de reflejar una figura y de un hombre solo hacer una multitud. Pero no en confuso, montón, sino que las figuras están repartidas una a una en cada fragmento, mientras que el iris es un arco único, continuo, presentando en su conjunto una figura sola. -¡Cómo! dirán, ¿el agua que escapa de un tubo roto o que levanta el remo, no ofrece algo de los colores del iris? Cierto es, más no por la razón que aduces, es decir, que cada gota de agua reciba la imagen del sol. Las gotas caen con demasiada rapidez para poder reproducir esta imagen. Necesario es que se detengan para que reciban la impresión y la reproduzcan. Pero ¿qué sucede? que reproducen el color y no la imagen. Además, como elegantemente ha dicho Nerón César:                           Colia Cytheriacæ splendent agitata columblæ3 y también el del pavo real, al menor movimiento resplandece con matices irisados. ¿Habremos de dar el nombra de espejos a plumas cuya naturaleza es tal que a cada nueva inclinación producen nuevos colores? Ahora bien, no son menos diferentes las nubes de los espejos que las aves que cito, que los camaleones y otros animales que cambian de color, bien por sí mismos, cuando les inflama la cólera o el deseo, y el humor derramado por debajo de la piel les llena de manchas, bien por la dirección de la luz, que hiriéndoles de frente u oblicuamente les cambia el color. ¿En qué se parecen las nubes a los espejos, no siendo éstos diáfanos y dejando aquéllas pasar la luz? Los espejos son densos y compactos, las nubes vaporosas; los espejos están formados por completo de la misma materia, las nubes de elementos diferentes reunidos al azar, y por tanto discordes sin duradera cohesión. Además, a la salida del sol vemos enrojecer una parte del cielo; algunas veces contemplamos nubes de color de fuego. ¿Por qué, si pueden tomar del sol este color, no han de poder tomar también otros muchos, aunque no tengan las propiedades del espejo? -Poco ha, añadirán, aducías entre tus razones para probar que el arco aparece siempre enfrente del sol, la de que el espejo mismo solamente refleja los objetos que tiene delante.-En esto estamos conformes. Porque así como es necesario oponer al espejo aquello de que queremos reciba la imagen, de la misma manera para que la nube quede coloreada es necesario que el sol ocupe posición conveniente: no se produciría el efecto si la luz brillase por todas partes, siendo indispensable para que tenga lugar determinada dirección de los rayos solares. Esto dicen los que quieren que se admita la coloración de la nube. Posidonio y los demás que creen que el efecto se produce como en un espejo, responden: «Si en el arco existiese algún color, sería permanente y aparecería tanto más intenso cuanto más cerca de él se estuviese. Mas la imagen del arco, brillante desde lejos, se apaga a medida que nos acercamos». No admito esta contestación, aunque apruebo el fondo de la idea. ¿Por qué? Lo diré. Verdad es que la nube se colora, pero de tal manera que el color no es visible por todas partes, como tampoco lo es la nube misma; los que están dentro de ella no la ven. ¿Puede extrañar que no vea el color aquel que no ve tampoco la nube? Es así que la nube existe aunque no se vea; luego también el color. No es, pues, argumento para demostrar la no existencia del color el que no aparezca cuando nos acercamos, porque lo mismo sucede con las nubes, que no dejan de ser reales porque no se vean. Cuando te dicen también que el sol da color a la nube, no has de entender que el color la penetra como cuerpo duro, estable y permanente, sino como cuerpo fluido y tenue que solamente recibe pasajera impresión. Existen además algunos colores que solamente son perceptibles a distancia. Cuanto más bella es y mejor saturada está la púrpura de Tiro, más alta se ha de colocar para que ostente todo su esplendor. Y no puede decirse que carezca de color porque su brillantez no aparezca en cualquier sentido en que se muestre. Opino lo mismo que Posidonio, esto es, que el arco se forma en una nube que tiene figura de espejo cóncavo y redondo, cuya figura sea semiesférica. Sin el auxilio de los geómetras es imposible demostrarlo, y éstos enseñan, con argumentos que no dejan duda, que es la imagen del sol desemejante. No todos los espejos son fieles. Los hay que no nos atrevemos a mirarlos: tanto alteran y descomponen el rostro de los que en ellos se contemplan, afeando la semejanza. Mirando otros, podría formarse elevada idea de las propias fuerzas: tanto abultan los músculos y aumentan más allá de lo natural las proporciones de todo el cuerpo. Algunos colocan a la derecha lo que está a la izquierda, otros contornean las cosas o las invierten. ¿Puede asombrar que un espejo de este género, que solamente reproduzca una imagen imperfecta del sol, pueda formarse también en una nube?      VI. Entre las demás pruebas debe mencionarse la de que el arco nunca forma más que un semicírculo, que es tanto menor cuanto más alto se encuentra el sol. Nuestro Virgilio dice:                           .....Et bibit, ingens Arcus4 pero esto sucede cuando es inminente la lluvia; no anunciando iguales pronósticos en cualquier parte en que se encuentre. A mediodía anuncia lluvias abundantes que no puede disipar el sol en toda su fuerza por ser demasiado considerables. Si brilla a Poniente, debe esperarse rocío, o menuda lluvia. Si aparece al Oriente o cerca de él, promete tiempo sereno. Mas, ¿por qué, si el arco es un reflejo del sol, se muestra mucho mayor que este astro? Porque hay tales espejos que tienen la propiedad de reproducir los objetos mucho más grandes que los ven, y dar a las formas extraordinario desarrollo, mientras que otros las disminuyen. Dime tú por qué se encorva en semicírculo si no es porque responde a un círculo. Explicarás quizá de dónde procede la diversidad de colores, pero no explicarás su forma si no presentas un modelo a que se ajuste. Es así que no existe otro que el sol, al que confiesas debe el color; luego también la forma. Finalmente, convienes conmigo en que las tintas con que se colora una parte del cielo proceden del sol. Una sola cosa nos separa: tú crees que esas tintas son reales; yo creo que son aparentes. Pero sean reales o aparentes, del sol proceden, y no explicarás por qué desaparecen de pronto cuando todos los colores no desaparecen sino insensiblemente. De mi parte están esta aparición y desaparición repentinas, porque es propio del espejo no reproducir la imagen poco a poco y por detalles, sino en conjunto y de pronto, no siendo menos rápida la imagen para desaparecer que para presentarse; porque para que aparezca o se disipe basta presentar o retirar el objeto. El arco no es sustancia, cuerpo esencial de las nubes, sino una ilusión, una apariencia sin realidad. ¿Quieres la prueba? Desaparecerá el arco si se vela el sol. Que otra nube oculte el sol, el arco se borra. Pero el iris es algo más grande que el sol. He dicho poco ha, que hay espejos que aumentan todo lo que reproducen. Añadirá que todos los objetos vistos a través del agua, parecen mucho más grandes. La escritura menuda y embrollada, leída a través de un globo de cristal lleno de agua, aparece mayor y más clara. Las frutas nadando en cristal, parecen más bellas de lo que son; los astros, más grandes a través de una nube, porque los rayos visuales, flotando en un fluido, no pueden apreciar exactamente la figura de los objetos. Esto aparece manifiesto si llenas de agua un vaso y arrojas dentro un anillo, que por más que permanezca en el fondo, su imagen está siempre en la superficie. Todo lo que se ve a través de un líquido cualquiera, es mucho más grande que el natural. ¿Puede, pues, extrañar que aumente de la misma manera la imagen del sol, visto en la humedad de una nube, puesto que concurren a ello dos causas a la vez? porque en la nube hay algo de vítreo que es trasparente, y algo de agua, que si aun no existe en ella, tiene sin embargo sus elementos en los que ha de resolverse.      VII. Puesto que has mencionado el vidrio, me dirás, tomaré argumento de él para contradecirte. Fabricarse suelen baquetas de vidrio estriadas o con muchos ángulos salientes a manera de clava retorcida, las cuales, si reciben trasversalmente los rayos del sol, presentan los colores del iris. lo que prueba que no es la imagen solar, sino la imitación de los colores por repercusión. -En este argumento hay mucho que me favorece. En primer lugar, demuestra que se necesita un cuerpo bruñido y análogo a un espejo que retrata el sol; además que no son los colores los que se forman entonces, sino manera de falsos colores como aquellos que, según dije antes, aparecen y desaparecen en el cuello de las palomas, según se vuelven en este o en aquel sentido: esto mismo sucede en el espejo, que, como se ve, no tiene color en sí mismo, sino como semejanza de color ajeno. Una sola cosa queda por explicar, y es que en la varilla no se ve la imagen del sol, porque no está bien dispuesta para reproducirla. Verdad es que tiende a reproducirla, puesto que está formada de materia pulida y apropósito para ello; pero no puede, porque, su forma es irregular. Si se construyera convenientemente, reproduciría tantos soles cuantas fuesen sus facetas; pero no estando éstas bastante separadas, ni teniendo bastante brillo para producir el efecto de un espejo, inician solamente la imagen sin reproducirla por completo, y encontrándose todas las imágenes muy próximas, se confunden, presentando sólo una línea coloreada.      VIII. Mas ¿por qué no forma el arco círculo completo y solamente deja ver la mitad en su mayor prolongación? Algunos opinan así sobre esto. Estando el sol mucho más alto que las nubes, solamente las ilumina por la parte superior, de lo que se sigue que la luz no alcanza a la interior. No recibiendo el sol más que por una parte, solamente puede reproducir una parte de la imagen, que nunca pasa de la mitad. Esta razón no es muy poderosa. ¿Por qué? porque por alto que se encuentre el sol siempre ilumina toda la nube, y por consiguiente la colora. ¿Cómo no, si sus rayos la traspasan y penetran en toda su densidad? Estos que así opinan dicen una cosa que les perjudica. Porque si el sol se encuentra alto, y por tanto solamente ilumina la parte superior de la nube, el arco no bajará jamás hasta la tierra, cuando en realidad llega a ella. Por otra parte, el arco está siempre en oposición con el sol, encuéntrese éste más alto o más bajo, porque hiere todo lo que tiene enfrente. Además, el sol poniente suele producir arcos, y ciertamente en estos casos recibe la luz la parte inferior de la nube, por encontrarse el astro muy cerca de la tierra. Sin embargo, solamente aparece un semicírculo, aunque la nube reciba los rayos solares en su parte inferior y más densa. Los nuestros que pretenden que la nube refleje el sol como un espejo, la suponen cóncava y como segmento de esfera, que no puede reproducir el círculo entero, puesto que él mismo no pasa de ser parte de círculo. Admito la idea, pero rechazo la conclusión; porque si un espejo cóncavo puede representar toda la imagen de un círculo, nada impide que la mitad de este espejo reproduzca un globo entero. Ya hemos hablado de círculos que aparecen alrededor del sol y de la luna en forma de arcos: ¿por qué son completos estos círculos y nunca lo es el arco iris? Además, ¿por qué reciben siempre el sol nubes cóncavas y nunca planas o convexas? Aristóteles dice que después del equinoccio de otoño, puede formarse el arco a cualquier hora del día, pero que en estío solamente se forma al amanecer o al declinar el sol. Manifiesta es la razón de esto. En primer lugar, en medio del día, encontrándose el sol en toda su fuerza, disipa las nubes cuyos elementos dispersos no pueden reflejar la imagen del astro. Por el contrario, al amanecer y cuando declina al ocaso, tiene menos fuerza, y por tanto pueden resistir las nubes y reflejar. Además, el arco no se forma ordinariamente sino cuando el sol está enfrente de la nube, y en los días cortos se encuentra siempre oblicuo. Así, pues, en cualquier hora del día y por alto que se encuentre, nubes tiene que puede herir directamente. En estío es vertical con relación a nosotros, y a mediodía especialmente se encuentra muy alto y en línea muy recta para que puedan presentarse nubes de frente, estando todas entonces debajo de él.      IX. Hablemos ahora de esas varas no menos brillantes y matizadas que el iris y que consideramos también como señales de lluvia. Como no son otra cosa que arcos imperfectos, no son difíciles de explicar. Tienen sin duda coloreado aspecto, pero no se encorvan, sino que se prolongan en línea recta, formándose comúnmente cerca del sol, en alguna nube húmeda que comienza a licuarse. Tienen por tanto iguales colores que el arco, diferenciándose solamente en la figura, porque es diferente la de nubes en que se extienden.      X. La misma variedad existe en las coronas; pero estas coronas se forman en todas partes y alrededor de todos los astros: el iris solamente aparece en oposición del sol, y las varas luminosas en su inmediación. También puedo establecer de este modo las diferencias: la corona dividida será un arco; reducida a la línea recta será una vara. En todos estos fenómenos es múltiple el color, resultando de la combinación del azul y del amarillo. Las varas están siempre cerca del sol; el arco es necesariamente solar o lunar; las coronas pueden formarse alrededor de todos los astros.      XI. Otra especie de varas existen, y son rayos luminosos que atraviesan las nubes por los intervalos que las separan, escapando en líneas rectas y divergentes y siendo también señales de lluvia. ¿Qué haré ahora? ¿cómo les llamaré? ¿imágenes del sol? Los historiadores les llaman soles, y refieren que se han visto dos y tres a la vez. Los Griegos les llaman parelios, porque ordinariamente aparecen en la cercanía del sol, o porque tienen cierta semejanza con este, astro, aunque no completa, limitándose a la imagen y figura. Por lo demás, nada tienen de su calor, siendo rayos apagados y lánguidos. ¿Qué nombre les daremos? Haré como Virgilio, que dudando acerca de un nombre, adopta al fin aquel sobre que dudaba:                             .....et quo te nomine dicam Rhetica? nec cellis ideo contende Falernis. Nada, pues, impide que se les llame parelios. Son éstos imágenes del sol que se refleja en nube densa, próxima al astro y dispuesta en forma de espejo. Algunos definen el parelio diciendo que es una nube redonda, brillante y parecida al sol. Esta nube sigue al astro, conservando constantemente la distancia a que apareció. ¿Nos sorprende acaso ver la imagen del sol en una fuente, en un lago tranquilo? Creo que no. Pues bien, su imagen puede ser reflejada así en lo alto como aquí bajo, si se encuentra materia idónea que la refleje.      XII. Cuando queremos observar un eclipse de sol, colocamos en el suelo recipientes llenos de aceite o de pez, porque un líquido denso no se agita con facilidad y retiene mejor las imágenes que reproduce. Las imágenes no pueden reflejarse sino en líquido tranquilo e inmóvil. Entonces observamos cómo se interpone la luna entre nosotros y el sol; como este astro, siendo mucho más pequeño que aquél, colocándose delante, le oculta en parte unas veces, si solamente le opone un lado, y otras por completo. Llámase eclipse total el que hace aparecer las estrellas interceptando la luz, y tiene lugar cuando el centro de los dos astros se encuentra en la misma línea con relación a nosotros. Así como la imagen de estos dos cuerpos se ve en la tierra, puede verse también en el aire, cuando es bastante denso, bastante trasparente para recibir esta imagen, como la recibe cualquier nube, pero que no refleja si es demasiado móvil, demasiado tenue o demasiado negra. Móvil, dispersa los rasgos de la imagen; tenue, la deja pasar, cargada de vapores impuros y sórdidos, no recibe la impresión, de la misma manera que los espejos deslustrados no reflejan los objetos.      XIII. Algunas veces suelen presentarse dos parelios, y esto por la misma razón. ¿Qué impide que se presenten tantos como nubes haya capaces de reflejar el sol? Algunos opinan que cuando se presentan dos parelios el uno lo produce el sol, el otro la imagen; de la misma manera que muchos espejos colocados de modo que uno esté enfrente de otro nos ofrecen otras tantas imágenes, aunque uno solo reproduce el objeto real, siendo las demás copias de la primera. Poco importa qué sea lo que se pone delante del espejo, porque refleja cuanto ve. Lo mismo sucede en las altas regiones, si la casualidad dispone dos nubes de manera que se miren la una a la otra, esta refleja la imagen del sol, y aquélla la imagen de la imagen. Mas para producir este efecto necesítanse nubes densas, lisas, brillantes, de naturaleza análoga a la del sol. Todos estos fenómenos tienen color blanco y se parecen a los círculos lunares, porque lucen con rayos que el sol les manda oblicuamente. Si la nube está cerca del sol y debajo de él, la disipa el calor; si está demasiado lejos, no refleja los rayos y no se produce la imagen. Lo mismo sucede con nuestros espejos: demasiado lejanos, no nos devuelven nuestra imagen, no teniendo el rayo visual fuerza bastante para volver a nosotros. Estos soles, por emplear el lenguaje de los historiadores, anuncian también la lluvia, sobre todo si aparecen al Austro, de donde vienen las nubes más densas y cargadas. Cuando se muestran a derecha e izquierda del sol, si hemos de creer a Aratro, amenaza tempestad.      XIV. Tiempo es ya de que examinemos los demás fuegos, tan variados en sus formas. Algunas veces brillan repentinamente estrellas, en ocasiones ardientes llamas, fijas y estacionarias unas y movibles otras. Obsérvanse de muchos géneros. Los Bothynos son cavidades ígneas del cielo, rodeadas interiormente de una especie de corona y parecidas a la entrada de una caverna horadada circularmente. Los Pithytes tienen forma de enorme tonel de fuego, móvil unas veces y consumiéndose otras en el mismo punto. Llámanse Chasmata las llamas que el cielo, al entreabrirse en algunos puntos, deja ver en sus profundidades. Los colores de estos fuegos son extraordinariamente variados: en tanto, rojo intenso o llama ligera pronta a extinguirse; algunas veces luz blanquecina, otras brillantez deslumbradora, o bien luz amarillenta y uniforme que no irradia ni centellea. Así vemos,                           Stellarum longos a tergo albescere tractus5 Estas pretendidas estrellas parten, cruzan el espacio, y, a causa de su inmensa rapidez, parece que dejan detrás largo rastro de fuego, y nuestra vista, siendo demasiado débil para distinguir cada punto de su paso, nos hace creer que todo el camino que recorren es una línea de fuego. Porque la rapidez de sus movimientos es tal, que no es posible seguir su carrera, teniendo que apreciarla en conjunto. Más bien vemos la aparición que la marcha de la estrella, y parece que marca toda su carrera con una línea inflamada, porque nuestra vista, demasiado lenta, no puede seguir los diferentes puntos de su marcha y percibe de una vez el punto de partida y el término. Así se nos presenta también el rayo: creemos que traza larga línea de fuego, porque termina su carrera en un momento, abarcando a la vez nuestra mirada todo el espacio que recorre en su caída. Pero este cuerpo no ocupa toda la línea que describe; llama tan prolongada y débil no tiene tanta consistencia en su carrera. Pero ¿cómo brillan estas estrellas? El frotamiento del aire las enciende y el viento acelera su caída: sin embargo, no proceden siempre de frotación y viento. En las regiones superiores abundan corpúsculos secos, calientes, terrosos, entre los cuales nacen estos fuegos, y corriendo hacia las sustancias que los alimentan, se precipitan con tanta rapidez. ¿Y por qué tienen diversos colores? Esto depende de la naturaleza de la materia inflamable y de la vehemencia del principio que inflama. Estos fenómenos presagian viento y vienen de la región de donde parten.      XV. ¿Preguntas cómo se forman los fuegos que llamamos Fulgores y los Griegos Sela? De muchas maneras, como suele decirse. Puede producirlos la violencia de los vientos, como también el calor de las regiones superiores. Porque estos fuegos, que desde allí se diseminan a lo lejos, pueden dirigirse abajo, si en esta dirección encuentran alimentos. El movimiento de los astros en su curso puede excitar los elementos inflamables y propagar el incendio a la parte inferior. ¿Qué diremos? ¿no puede suceder que el aire lance hasta el éter partículas ígneas que produzcan ese resplandor, esa llama o especie de estrella fuera de su centro? De estos fulgores, unos se precipitan como estrellas errantes; otros permanecen en lugar fijo, brillando bastante para disipar las tinieblas y formar una manera de día, hasta que, faltos de alimentación, se oscurecen, y como llama que se extingue por sí misma, en constante disminución, se reducen a nada. Algunas veces aparecen estos fuegos en las nubes, y en ocasiones encima: en estos casos los forman corpúsculos ígneos, alimentados cerca de la tierra por aire denso que les hace subir hasta los astros. También los hay que no pueden ser duraderos, sino que pasan y se extinguen casi en el momento mismo en que se inflaman. Estos son los fulgores propiamente dichos, porque su aparición es corta y fugaz; su caída es peligrosa, y a las veces tan desastrosa como la del rayo, hiriendo las casas, que los Griegos llaman entonces plecta. Aquellos cuya llama tiene más fuerza y duración y sigue el movimiento del cielo o una marcha que les es propia, los de nuestra escuela les llaman cometas, de los que hablaremos más adelante. A este género pertenecen las pogonias6, lámparas, ciparisas7 y todos los demás cuyo cuerpo termina en llama esparcida. Dúdase si se deberán colocar en este grupo las vigas y las pithitas, cuya aparición es muy rara y que exigen considerable aglomeración de fuego para formar un globo, con frecuencia más grueso que el disco del sol naciente. Entre los de este género pueden colocarse esos fenómenos tantas veces citados en la historia, tales como el cielo inflamado, elevándose a las veces tanto el fuego que parece confundirse con los astros, y bajando otras hasta parecer lejano incendio. En tiempos de Tiberio César corrieron cohortes en auxilio de la colonia de Ostia, que creían ardiendo, engañados por un fenómeno de esta clase que por mucha parte de la noche proyectó la opaca luz de llama intensa y humeante. Nadie duda de la realidad de las llamas que se ven en estos casos: ciertamente son verdaderas llamas; pero discrepan las opiniones relativamente a los primeros de que hablé, es decir, el arco y las coronas, dudándose si serán apariencias engañosas o realidades. En opinión nuestra, el arco y las coronas no tienen cuerpo, así como en el espejo solamente vemos simulacro y mentira en la representación del objeto exterior; porque en el espejo no existe lo que nos muestra: de otro modo la imagen quedaría en él y no la reemplazaría otra en un momento, ni se verían innumerables formas aparecer y desvanecerse sucesivamente. ¿Qué se deduce de esto? Que son simulacros y vanas representaciones de objetos reales. Existen además espejos construidos para desfigurar los objetos; algunos, como dije, representan al través el semblante del espectador; otros lo aumentan desmedidamente y dan a su persona proporciones sobrehumanas.      XVI. En este lugar quiero narrarte una historia, para que veas que la lujuria no desprecia ningún artificio que provoque al placer, y que es por demás ingeniosa para estimular más y más su propio furor. Hostio Quadra tuvo tal obscenidad que hasta se reprodujo en la escena. Fue este rico avaro, aquel esclavo de millones de sextercios a quien asesinaron sus siervos y a quien el divino Augusto consideró indigno de venganza, a pesar de que no declaró justa su muerte. No limitaba éste a un solo sexo sus impurezas, sino que fue tan ávido de hombres como de mujeres. Había hecho construir espejos como los que acabo de mencionar, que reproducían los objetos mucho mayores de lo que eran, pareciendo el dedo más grueso y más largo que el brazo; y de tal manera colocaba estos espejos, que, cuando se entregaba a un hombre, veía, sin volver la cabeza, todos los movimientos de éste, gozando como de una realidad de las enormes proporciones que reflejaba el engañoso espejo. Recorría todos los baños para reclutar sus hombres, eligiéndolos en conveniente medida; y sin embargo, tenía que recurrir todavía a la ilusión para satisfacer su insaciable lubricidad. ¡Dígase ahora que se debe la invención del espejo a las exigencias del tocado! No puede recordarse sin repugnancia lo que aquel monstruo, digno de ser desgarrado con su propia boca, osaba decir y ejecutar, cuando rodeado de todos sus espejos se hacía espectador de sus propias torpezas: aquello que, aunque secreto, pesa sobre la conciencia; lo que todo acusado niega, lo traía a la boca y lo tocaba con los ojos. ¡Cuándo el crimen, oh dioses, retrocede ante su propio aspecto! Los hombres sin honor y entregados a todas las humillaciones, conservan aún el pudor de los ojos. Pero aquél, como si fuese poco soportar cosas inauditas, desconocidas, invitaba a sus ojos a verlas; y no contento con contemplar toda su degradación, tenía los espejos para multiplicar las repugnantes imágenes y agruparlas en derredor suyo; y como no podía verlo todo bien cuando se entregaba a los brutales abrazos del uno, y, con la cabeza baja, dedicaba la boca a los placeres de otro, se presentaba a sí mismo, por medio de las imágenes, el cuadro de su trabajo. Repartido algunas veces entre un hombre y una mujer, y pasivo en todo su cuerpo, contemplaba aquellas abominaciones. ¿Qué podía reservar para la oscuridad aquel hombre impuro? En vez de temer la luz, se mostraba a sí mismo sus monstruosas uniones, admirándose en ellas. ¿Cómo? ¿dudarás que deseó le pintasen en aquellas actitudes? Hasta en la prostituta queda alguna modestia, y esas desgraciadas, entregadas a la lubricidad pública, colocan en su puerta algún velo que oculte su triste docilidad; tan cierto es que, hasta en el asilo del vicio se conserva algún pudor. Pero aquel monstruo había convertido en espectáculo su obscenidad, contemplándose en actos que la oscuridad más profunda no vela bastante. «A la vez gozan de mí el hombre y la mujer, se dijo; sin embargo, con la parte que me queda libre imprimo mancha más hedionda aún que las que recibo. Todos mis miembros están prostituidos; que mis ojos tomen parte también en la orgía, que sean testigos y apreciadores. Muéstreme el arte lo que la posición de mi cuerpo me impide ver, y no se crea que ignoro lo que hago. En vano dio la naturaleza al hombre débiles medios de gozar, habiéndose mostrado más generosa con otros animales. Encontrará medio de asombrar y satisfacer mi frenesí. ¿Para qué me servirá mi malicia si me limito a lo que la naturaleza quiere? Me rodearé de esos espejos que aumentan de un modo increíble las imágenes de los objetos. Si pudiese, las convertiría en realidades; pero no pudiendo, alimentémonos de ilusiones. Que mi obscenidad vea más de lo que recibe y se admire de lo que puede soportar». ¡Indigno delito! Tal vez le herirían de pronto y sin que viese venir la muerte. Delante de sus espejos debieron inmolarlo.      XVII. Búrlense ahora de los filósofos que disertan acerca de las propiedades del espejo; que investigan por qué se presenta en ellos nuestra imagen vuelta hacia nosotros; con qué objeto ha querido la naturaleza, a la vez que creaba cuerpos reales, que viésemos también sus simulacros; por qué, en fin, dispuso materias aptas para recibir la imagen de los objetos. No fue ciertamente para que contemplásemos delante de un espejo cómo nos arreglan la barba y la cara puliendo nuestro rostro de hombres. En nada quiso favorecer a nuestra molicie; pero en esto atendió a que, no pudiendo nuestra débil vista soportar el resplandor del sol, hubiésemos ignorado su verdadera forma, de no tener medio para aminorar su brillo. A pesar de que es posible contemplarlo cuando sale o en el ocaso, sin embargo, la figura del astro mismo, tal como es, no de color rojo encendido, sino blanco deslumbrador, nos seria desconocida si no se mostrase a través de un líquido más clara y fácil de observar. Además, este encuentro de la luna y el sol, que a las veces intercepta la claridad del día, no sería para nosotros perceptible ni explicable si, al inclinarnos hacia la tierra, no viésemos con mayor comodidad la imagen de los dos astros. Inventáronse los espejos para que el hombre se viese a sí mismo. De aquí resultan muchas ventajas; en primer lugar, el conocimiento do su persona, y además, en algunas ocasiones útiles consejos. A la hermosura, que evitase la infamia; a la fealdad, que necesitaba adquirir por medio del mérito los atractivos de que carece; a la juventud, que la primavera de la vida es el momento propicio para los estudios asiduos y empresas enérgicas; a la vejez, que debe renunciar a lo que sienta mal a las canas y pensar algo en la muerte. Con este objeto nos ha suministrado la naturaleza medios para vernos. La tranquila fuente, la bruñida superficie de una piedra reflejan a cada cual su imagen.                             .....Nuper me in litore vidi Quum placidum ventis staret mare8      ¿Cómo crees que fue el tocado cuando se contemplaban en tales espejos? En aquella edad de sencillez, contentos con lo que les ofrecía el acaso, no empleaban todavía los hombres los beneficios de la naturaleza en provecho del vicio. La casualidad les mostró primeramente la reproducción de su semblante; en seguida, como el amor propio, innato en todos, les hizo agradable este espectáculo, volvieron frecuentemente al objeto en que se vieran por primera vez. Cuando una generación más corrompida penetró en las entrañas de la tierra para sacar lo que debería sepultarse en ella, el hierro fue el primer metal que se utilizó; e impunemente lo hubiesen extraído los hombres si le hubiesen extraído solo. Todos los otros males de la tierra le siguieron: el pulimento de los metales ofreció al hombre su imagen, encontrándola éste en un vaso y aquél en el bronce preparado para otro uso; y poco después se construyeron espejos redondos, no de bruñida plata, sino de frágil y despreciable materia. Entonces también, durante la ruda existencia de los pueblos antiguos, creíase haber hecho bastante por la limpieza cuando se habían lavado en la corriente de los ríos las manchas ocasionadas en el trabajo; cuando se habían arreglado la cabellera y peinado la luenga barba; haciendo todo esto uno mismo, o prestándose recíprocamente dos estos servicios. La mano de la esposa desenredaba aquella espesa cabellera que acostumbraban a dejar flotante y que aquellos hombres, bastante bellos a sus ojos sin los auxilios del arte, agitaban como los animales nobles sacuden sus melenas. Más adelante, habiéndolo invadido todo el lujo, hiciéronse espejos de toda la altura del cuerpo, cincelados en oro y plata, y hasta adornándolos con pedrería, y alguna mujer compró un espejo de éstos en precio que excedía al dote que antiguamente daba el tesoro público a las hijas de los generales pobres. ¿Tendrían espejos de oro las hijas de Scipión, cuyo dote fue una moneda de bronce? ¡Afortunada pobreza que les valió tal distinción! Si su padre las hubiese dotado, no lo recibieran del Senado; y fuese quien quisiese aquel a quien el Senado sirviera de suegro, debió comprender que tales dotes no son de los que se devuelven. Hoy no bastaría para el espejo de hijas de liberto el dote que el pueblo romano dio a Scipión. El lujo ha llevado más lejos sus exigencias, excitado por el aumento de las riquezas; todos los vicios han tenido inmenso desarrollo, y de tal manera se han confundido todas las cosas por criminal refinamiento, que lo que se llamaba el mundo de la mujer, ha pasado al equipo del hombre; y digo muy poco, porque ha pasado también al del soldado. El espejo, que en su origen se empleaba solamente en el ornato, ha venido a ser necesario a todos los vicios. Libro segundo      I. Todo el estudio del universo se refiere al cielo, a la región sublime y a la tierra. La primera parte considera la naturaleza de los astros, su magnitud, la forma de los fuegos que rodean al mundo; si el cielo es cuerpo sólido, materia firme y compacta o tejido sutil y tenue; si recibe o imprime movimiento; si tiene los astros debajo o adheridos a su propia sustancia; como ordena el sol la vuelta de las estaciones; si retrocede en su carrera, y otras muchas cuestiones semejantes. La segunda trata de lo que ocurre entre el cielo y la tierra: las nubes, las lluvias, las nieves, «los truenos que espantan a los hombres» y cuantas revoluciones experimenta o produce el aire. Llamamos sublime a esta región, porque se encuentra más elevada que el globo. La tercera se ocupa del campo, de las tierras, de los árboles, de las plantas, y, por hablar como los jurisconsultos de todo lo que se adhiere al suelo. ¿Por qué, dirás, colocas la cuestión de los terremotos en la parte en que hablas de los truenos y relámpagos? -Porque siendo causa de los terremotos el viento, que solamente es aire agitado, aunque este aire circule por debajo de tierra, no es en este punto donde se le debe considera, sino que es necesario verle con el pensamiento allí donde la naturaleza lo ha colocado. Diré también, y esto parecerá más extraño, que a propósito del cielo, se deberá hablar también de la tierra. -¿Por qué? dices. -Porque cuando examinamos en su sitio las cuestiones referentes a la tierra; si es un plano ancho, desigual, indefinido, o si tiene forma redonda y refiere todas sus partes a la esfera; si sirve de sujeción a las aguas, o si estas la sujetan a ella; si es un ser vivo, o masa inerte e insensible, llena de aire, pero de aire extraño; cuando se discuten estos puntos y otros semejantes, entran en la historia de la tierra y deben colocarse en la tercera parte. Pero cuando se investiga cuál es la situación de la tierra; en qué punto del universo está fija; como está colocada relativamente al sol y a las estrellas, esta cuestión pertenece a la primera parte y merece, por decirlo así, puesto más distinguido.      II. Habiendo hablado de las divisiones que comprenden el conjunto de cuanto forma la naturaleza, deberé hacer algunas consideraciones generales, asegurando en primer lugar que el aire pertenece al número de los cuerpos dotados de unidad. Qué signifique esta palabra y por qué he empezado por esto, lo sabrás cuando, tomando las cosas desde más arriba, haya distinguido entre cuerpos continuos y cuerpos conexos. Continuidad es la unión no interrumpida de las partes entre sí. Unidad es continuidad sin conexión, el contacto de dos cuerpos yuxtapuestos. ¿Puede dudarse que entre los cuerpos que vemos y tocamos, que sienten o que sentimos, los hay compuestos? Pues bien, lo son por textura o por aglomeración; por ejemplo, una cuerda, un montón de trigo, una nave. Los hay que no son compuestos, como el árbol, la piedra. Luego has de conceder que hasta algunos cuerpos de aquellos que escapan a nuestros sentidos y que solamente puede cogerlos el pensamiento, están dotados de unidad. Considera cuánto cuido de tus oídos: podría proceder con más desembarazo usando el término filosófico unita corpora: siendo generoso contigo, debes pagarme en la misma moneda. ¿Qué quiere decir esto? que cuando emplee la palabra uno, recuerdes que no me refiero al número, sino a la naturaleza del cuerpo que, sin auxilio alguno exterior, es coherente por su propia unidad. A estos cuerpos pertenece el aire.      III. El mundo comprende todos los cuerpos que conocemos o podemos conocer. Entre ellos, unos forman parte del mundo, y otros son materiales guardados en reserva. Toda la naturaleza necesita materiales, de la misma manera que todo arte manual. Así, pues, para mayor claridad, llamo parte de nuestro cuerpo a las manos, los huesos, los nervios, los ojos; y materiales, a los jugos de los alimentos que se derraman por estas partes y se asimilan a ellas. La sangre es a su vez como parte nuestra, a pesar de contarse entre los materiales, porque sirve para formar las otras partes, sin dejar por esto de ser una de las sustancias de que se compone el cuerpo.      IV. De esta manera es el aire parte del mundo, y parte necesaria; porque el aire es lo que une a la tierra con el cielo, y separa las regiones elevadas de las bajas, pero reuniéndolas; las separa como intermediario; las reúne, puesto que por su mediación se comunican. Trasmite a la parte superior cuanto recibe de la tierra, y recíprocamente trae a la tierra la virtud de los astros. Llamo al aire parte del mundo, de la misma manera que a los animales y las plantas, que forman parte del universo, puesto que entran como complementos en el gran conjunto, no existiendo el universo sin ellos. Pero un animal solo, un solo árbol, no es, por decirlo así, más que una cuasi parte; porque a pesar de que perezca, la especie, no obstante esta pérdida, continúa entera. El aire, corno he dicho, toca al cielo lo mismo que a la tierra. Ha sido creado para los dos. Ahora bien, tiene unidad todo aquello que fue creado parte esencial de una cosa; porque nada nace sin unidad.      V. La tierra es a la vez parte y material del mundo. Creo no preguntarás por qué es parte, pues equivaldría a preguntar por qué es parte suya el cielo; y en efecto, el universo no existiría sin el uno y sin la otra, puesto que el universo existe por medio de las cosas que, como el cielo y la tierra, suministran los alimentos que dan vida a todos los animales, todas las plantas y todos los seres, obteniendo de ellos su fuerzas todos los individuos, y el mundo con qué satisfacer a sus múltiples necesidades. De aquí procede lo que sostiene a tantas estrellas, tan activas, tan ávidas, que no descansando de día ni de noche, necesitan continuo pasto; y de aquí toma la naturaleza lo que exige el mantenimiento de todas sus partes. El mundo, pues, se hizo su provisión para la eternidad. Te pondré pequeño ejemplo de cosa tan grande: el huevo encierra tanto líquido cuanto es necesario para la formación del animal que ha de nacer de él.      VI. El aire está contiguo a la tierra, y de tal manera cerca, que ocupa en el acto el espacio que ésta deja. Forma parte del mundo, y sin embargo, todo lo que la tierra suministra de alimentos lo recibe él, debiéndosele considerar por esto como uno de los materiales y no como parte del gran todo. De aquí su extrema inconstancia y tumultuosas agitaciones. Algunos lo consideran formado de corpúsculos diferentes, como el polvo, lo cual está muy lejos de la verdad. Porque nunca un cuerpo compuesto puede desarrollar esfuerzos sino por la unidad de sus partes, debiendo concurrir todas a darle impulso uniendo sus fuerzas. Si el aire estuviese dividido en átomos, quedaría desparramado, y, como toda cosa diseminada, no podría formar cuerpo. La intensidad del aire la demuestra el globo henchido que resiste a los golpes; la demuestran los objetos pesados trasportados a lo lejos por la fuerza del viento, y la demuestra, en fin, la voz que se debilita o se eleva según el impulso del aire, ¿Qué otra cosa, en verdad, es la voz, sino el aire puesto en movimiento por la percusión de la lengua para producir sonido? ¿No se debe la facultad de correr, de moverse, a la acción del aire respirado con más o menos fuerza? El aire también da fuerza a los nervios y velocidad a los corredores. Cuando se agita y forma violento torbellino, arranca los árboles y los bosques, y derriba y destruye los edificios. El aire levanta el mar, tranquilo y quieto por sí mismo. Pasemos ahora a cosas menos importantes. ¿Qué sería el canto sin la compresión del aire? Los cuernos, las trompetas y esos instrumentos que por la introducción del agua producen sonido más fuerte que podría producir nuestra boca, ¿no deben sus efectos al aire comprimido? Consideremos la inmensa aunque oculta fuerza que desarrollan gérmenes casi imperceptibles, que, por su pequeñez encuentran alojamiento en las junturas de las piedras, y que consiguen al fin separar enormes sillares y destruir monumentos; las raíces más sutiles y delicadas hienden peñascos y rocas. ¿Qué otra razón puede haber para esto que la potencia del aire, sin el cual no hay fuerza, y contra el que ninguna fuerza es bastante poderosa? En cuanto a la unidad del aire, puede deducirse claramente de la cohesión de las partes de nuestro cuerpo. ¿Quién las mantiene unidas sino el aire? ¿Quién da movimiento al principio vital en el hombre? ¿Cómo hay movimiento sin elasticidad? ¿De dónde procede la elasticidad sino de la unidad? ¿De dónde la unidad sino del aire mismo? ¿Quién hace brotar del suelo las mieses, la espiga, tan débil en su nacimiento; quién hace crecer los frondosos árboles, que extienden sus ramas o las alzan al cielo, sino la fuerza y unidad del aire?      VII. Pretenden algunos que el aire se divide y reparte en partículas, entre las que suponen el vacío. Esto demuestra, según ellos, que no es cuerpo lleno, sino que hay en él muchos intersticios, a los que se debe la facilidad que encuentran las aves, tanto grandes como pequeñas, para moverse en él y recorrerlo. Pero se engañan los que tal sostienen, porque el agua ofrece igual facilidad, y no existe duda en cuanto a la unidad de este líquido, que no recibe los cuerpos sino refluyendo en sentido contrario a la inmersión. Este movimiento, que llamamos nosotros circunstantia, y los Griegos , se realiza en el aire lo mismo que en el agua. El aire rodea todos los cuerpos que le impulsan, no siendo necesaria la existencia del vacío. Pero ya hablaremos de esto.      VIII. Necesario es deducir de todo esto que en la naturaleza existe un principio activo dotado de inmensa fuerza. No hay, en efecto, cuerpo cuya elasticidad no aumente su energía, y no es menos cierto, a fe mía, que ningún cuerpo puede desarrollar en otro elasticidad que no le sea propia: de la misma manera que decimos que nada puede ser movido por acción extraña que no tenga en sí tendencia a la movilidad. ¿Y qué podremos considerar más elástico por sí mismo que el aire? ¿Quién podrá negarle esta cualidad al ver cómo trastorna la tierra y las montañas, las casas, los muros, las torres, las grandes ciudades y sus habitantes, los mares y toda la expansión de sus orillas? Su rapidez y extraordinaria extensión demuestran su elasticidad. El ojo extiende instantáneamente a muchas millas su rayo visual; un sonido solo se propaga a la vez en ciudades enteras; la luz no penetra poco a poco, sino que baña de una vez toda la naturaleza.      IX. ¿De qué manera podría moverse el agua sin el aire? ¿Dudas que esos surtidores que desde el centro de la arena se alzan hasta lo más alto del anfiteatro, los produzca la fuerza del agua? Ahora bien, no hay manos ni máquina que pueda hacer subir al agua más alto que lo hace el aire. Este se acomoda a todos los movimientos del agua, que por la mezcla y presión de este fluido, se levanta, lucha de mil maneras con su propia naturaleza y sube a pesar de su tendencia a caer. ¡Cómo! ¿La nave que se hunde a medida que se la carga, no demuestra que no es el agua la que le impide sumergirse, sino el aire? Porque el agua cedería sin poder resistir ningún peso, si ella misma no estuviese sostenida. El disco que se arroja al estanque desde paraje elevado, no se sumerge, sino que flota; ¿cómo sucedería esto si el aire no lo sacase a la superficie? ¿Y cómo pasaría la voz a través del espesor de las paredes, si hasta en las materias sólidas no hubiese aire para recibir y transmitir el sonido que viene del exterior? El aire no obra solamente en la superficie de los cuerpos, sino que penetra en su interior, siéndole fácil esto, porque sus partes no están nunca separadas y conserva su coherencia a través de todo lo que parece dividirle. La interposición de paredes, de las montañas más altas, es obstáculo entre el aire y nosotros, pero no entre sus elementos, cerrándonos solamente los caminos por donde podíamos seguirle.      X. El aire pasa a través de aquello mismo que le divide, y no solamente se derrama en derredor y circunscribe los cuerpos, sino que los penetra: extiéndese desde el éter más trasparente hasta nuestro globo, siendo más móvil, tenue y elevado que la tierra y el agua, pero más denso y pesado que el éter. Frío por sí mismo y oscuro, recibe de otra parte el calor y la luz. Mas no es igual en todo el espacio que ocupa, modificándole lo que tiene inmediato. Su parte superior es sumamente seca y cálida, y por lo mismo muy tenue, a causa de la proximidad de los fuegos eternos, de los múltiples movimientos de los astros y la continua revolución del cielo. La parte del aire más baja y más inmediata al globo es densa y nebulosa, porque recibe las emanaciones de la tierra. La región media es más temperada si se la compara con las otras dos en cuanto a sequedad y tenuidad, pero la más fría de las tres; porque la superior experimenta los efectos del calor y proximidad de los astros; la baja también se tempera, en primer lugar por las emanaciones terrestres, que le llevan muchos elementos cálidos; en segundo lugar, por la reflexión de los rayos solares que, en toda la extensión a que pueden subir, suavizan su temperatura doblemente calentada; y en fin, por el aire mismo que respiran los animales y vegetales de toda especie, que lleva consigo calor, puesto que sin calor nada puede vivir. Añade a esto los fuegos, no solamente artificiales, sino los que se ocultan bajo la tierra, que brotan en algunos parajes e incesantemente arden escondidos en sus innumerables e invisibles focos. Añade también las emanaciones de tantas zonas fértiles, que deben tener cierto calor, siendo el frío principio de esterilidad, y el calor de reproducción. Síguese de esto que la parte media del aire, libre de estas influencias, conserva su propia frialdad, puesto que por su naturaleza el aire es helado.      XI. Dividido de esta manera el aire, la parte inferior es la más variable, inconstante y mudable. Cerca de la tierra, el aire es más activo y más pasivo a la vez, causa y experimenta mayores agitaciones, sin encontrarse, sin embargo, igualmente conmovido en todas partes, sino que cambia según los parajes, siendo parciales la turbación y desorden. Débense las causas de estos cambios e inconstancias algunas veces a la tierra, cuyas diversas posiciones influyen por modo eficacísimo en la temperatura del aire; otras al curso de los astros, y principalmente al sol, porque éste ordena las estaciones y trae con su aproximación o alojamiento, el estío o el invierno. Síguele en influencia la luna. Las estrellas por su parte no influyen menos en la tierra que en el aire que las rodea, produciendo su salida y su ocaso contrariados, fríos, lluvias y otros efectos en la tierra. Necesarios eran estos preliminares antes de hablar del trueno, del rayo y de los relámpagos, y puesto que en el aire se presentan estos fenómenos, indispensable era explicar la naturaleza de este elemento para que se comprenda más fácilmente su actividad o pasividad en su formación.      XII. De tres cosas tratamos ahora: relámpago, rayo y trueno, que si bien simultáneos en su formación, los percibimos sucesivamente. El relámpago muestra el fuego: el rayo lo lanza. El primero sólo es, por decirlo así, amenaza, conato sin efecto; el otro es el golpe que hiere. Todos están conformes relativamente a algunos puntos de su origen; en cuanto a otros, difieren las opiniones. Conviénese en que estos fenómenos se forman en las nubes y por las nubes, y además en que el relámpago y el rayo son, o parecen ser, fuego. Pasemos ahora a lo que se discute. El fuego, dicen unos, reside en las nubes; según otros, se forma en el momento de la explosión y no existe antes. Los primeros divergen además en cuanto a las causas productoras del fuego: éste le hace proceder de la luz; aquél de los rayos del sol, que, por sus cruzamientos y sus rápidos y multiplicados retrocesos sobre sí mismos, hacen brotar la llama. Anaxágoras pretende que este fuego procede del éter, y que de sus altas regiones incandescentes cae en infinidad de partículas ígneas que permanecen por mucho tiempo encerradas en las nubes. Cree Aristóteles que no se aglomera el fuego mucho antes, sino que estalla en cuanto se forma, pudiéndose resumir así su pensamiento: Dos partes del mundo, la tierra y el agua, ocupan la inferior del espacio, y cada una de ellas tiene sus emanaciones. El vapor de la tierra es seco y parecido al humo, produciendo los vientos, truenos; y rayos; el agua exhala humedad, produciendo las lluvias y las nieves. El vapor seco de la tierra que da origen a los vientos, escapa lateralmente por efecto de la violenta compresión de las nubes, yendo a formar a distancia las nubes próximas, y esta percusión produce un ruido análogo al que hace la llama en nuestros hogares al devorar leña demasiado verde. En la leña verde procede el ruido de burbujas de aire húmedo que estallan por la acción de la llama; en lo alto, el vapor que escapa, como acabo de decir, de las nubes comprimidas, va a chocar con las otras nubes, no pudiendo romper ni escapar sin producir mucho ruido. Este ruido es diferente, según es diferente el choque con las nubes; porque las nubes presentan senos mayores o menores. Por lo demás, la explosión del vapor comprimido es el fuego que llamamos relámpago, que es más o menos intenso y se enciende por ligero choque. Vemos el relámpago antes de oír el sonido, porque el sentido de la vista es mucho más veloz y se adelanta en gran manera al del oído.      XIII. Por muchas razones puede colegirse que es falsa la opinión de aquellos que pretenden que el fuego está depositado en las nubes. Si este fuego cae del cielo, ¿cómo no cae diariamente, puesto que siempre están abrasadas sus regiones? Además, ninguna razón dan acerca de la caída del fuego, que por su naturaleza tiende a subir. Porque este fuego etéreo es muy diferente del que nosotros encendemos, del que caen pavesas que tienen peso sensible. Así, pues, el fuego no cae, antes bien es arrastrado y precipitado. Nada de esto sucede en aquel fuego purísimo, que nada contiene que lo arrastro hacia abajo, y si de él se desprendiese la parte más pequeña, encontraríase en peligro el todo; porque lo que cae por partes puede caer también en conjunto. Además, este elemento, al que su ligereza impide caer diariamente, si constase de partes pesadas, ¿cómo hubiese podido permanecer en aquella altura de la que naturalmente debía caer? -Pero qué, ¿no vemos caer todos los días fuegos, aunque no sean otros que el rayo mismo de que ahora tratamos? -Desde luego, pero estos fuegos no se mueven por sí mismos, sino que son arrastrados. La fuerza que los arrastra no está en el éter, porque allí no hay potencia que comprima o que rompa, ni ocurre nada que no sea ordinario. Reina en aquella región orden perfecto, y este fuego depurado, colocado en aquella altura para su conservación, circunda brillantemente todo lo creado; y no puede desamparar su puesto, ni ser lanzado por fuerza extraña, porque en el éter no hay lugar para cuerpos heterogéneos. Lo ordenado e inmutable no admite lucha.      XIV. Vosotros decís, me contestarán, cuando queréis explicar la formación de las estrellas errantes, que tal vez algunas partes del aire atraigan el fuego de las regiones superiores y se inflamen por su contacto. Pero es muy diferente decir que el fuego cae del éter contra su tendencia natural, a pretender que de la región ígnea pase el calor a las inferiores y produzca en ellas un incendio; porque es imposible que el fuego caiga del éter, sino que se forma en el aire mismo. En nuestras ciudades vemos, cuando se propaga un incendio, edificios aislados, calentados durante mucho tiempo, inflamarse espontáneamente. Luego es verosímil que la región superior del aire, que tiene la propiedad de atraer el fuego, se inflame en algún punto por el calor del éter colocado encima. Necesariamente ha de existir alguna analogía entre la capa inferior del éter y la superior del aire, y no puede haber desemejanza entre el uno y el otro, porque no se verifica ninguna transición brusca en la naturaleza. En el punto de contacto se mezclan insensiblemente las dos cualidades; de manera que no puedes decir dónde termina el aire y comienza el éter.      XV. Juzgan algunos de nuestra escuela que, pudiendo convertirse el aire en fuego y en agua, no adquiere de extraño origen elementos nuevos de inflamación, en vista de que se enciende por su propio movimiento; y cuando rompe los densos y compactos senos de las nubes, necesariamente ha de acompañar a la explosión de cuerpos tan grandes intenso ruido. Ahora bien, esta resistencia de las nubes, que difícilmente ceden, contribuye a hacer más enérgico el fuego, de la misma manera que la mano ayuda al hierro a cortar aunque el hierro sea el que corte.      XVI. ¿Pero en qué se diferencian el rayo y el relámpago? Lo diré. El relámpago es fuego ampliamente desarrollado; el rayo es fuego comprimido y violentamente lanzado. Si cogemos agua en el hueco de nuestras dos manos reunidas y comprimimos las palmas, el líquido brota como de un sifón. Algo así sucede en la atmósfera. De nubes fuertemente comprimidas entre sí escapa el aire interpuesto, inflamándose al choque, porque recibe impulso como el que le imprimiría una máquina de guerra. Las balistas y escorpiones lanzan ruidosamente los dardos.      XVII. Creen algunos que al atravesar el aire nubes frías y húmedas produce sonido, a la manera que el hierro enrojecido silba cuando se le sumerge en agua. Así como el metal incandescente no se extingue en el agua sino después de prolongado murmullo, así también, dice Anaximenes, el aire que penetra en la nube produce el trueno, y luchando con los girones que le detienen, enciende el fuego por su misma fuga.      XVIII. Anaximandro lo atribuye todo al viento. El trueno, dice, es el sonido que produce el choque de una nube. ¿Por qué son desiguales? Porque es desigual el choque. ¿Por qué truena hasta con cielo sereno? Porque también en estos casos atraviesa el viento al aire, agitándolo y desgarrándolo. ¿Mas por qué truena algunas veces sin relámpago? Porque el viento, demasiado tenue y débil para producir llama, pudo al menos producir ruido. ¿Qué es, pues, el relámpago? Una conmoción del aire que se separa, que se comprime sobre sí mismo y abre paso a un fuego lánguido que ro hubiese brotado por sí mismo. ¿Qué es el rayo? La veloz carrera de un viento más duro y enérgico?      XIX. Dice Anaxágoras que todo se verifica así cuando el éter envía algún principio activo a las regiones inferiores, y lanzado entonces el fuego contra una nube fría, produce el trueno. Si rasga la nube, brilla el relámpago, produciendo la mayor o menor fuerza de este fuego el rayo o el relámpago.      XX. Diógenes Apoloniato dice que el trueno lo produce el fuego unas veces y otras el viento. El fuego precede y anuncia a los que de él proceden, y el viento da lugar los que resuenan sin relámpago. Concedo que puede presentarse un fenómeno de estos sin el otro, sin que existan por esto dos fuerzas distintas, pudiendo producir lo mismo una que otra. ¿Quién negará que violento impulso del aire puede producir la llama como produce el sonido? ¿Quién no concederá, por otra parte, que algunas veces el fuego, después de romper las nubes, no brotará, si cuando ha rasgado algunas lo ahoga considerable aglomeración de otras? En estos casos el fuego se disipa en forma de viento y pierde el brillo que lo revela, mientras que inflama lo que pudo romper en el interior. Añado que, necesariamente, el rayo en su impulso lanza al aire delante de él, y que el viento lo precede y le sigue cuando hiende el aire con tan inmensa violencia. Por esta razón, todos los cuerpos, antes de que les hiera el rayo, se conmueven por la vibración del viento que lanza delante.      XXI. Abandonando aquí a los maestros, comencemos a movernos por nosotros mismos, y de los hechos conocidos pasemos a los dudosos, Ahora bien, ¿qué es lo conocido? Que el rayo es fuego, de la misma manera que el relámpago llama, que llegaría a ser rayo si tuviese mayor fuerza. Estos dos fenómenos no se diferencian por su naturaleza, sino por su grado de impetuosidad. El rayo es fuego, según demuestra el calor que lo acompaña; y, a falta de calor, lo demostrarían sus efectos, puesto que con harta frecuencia ha ocasionado el rayo vastos incendios, abrasando bosques, calles de nuestras ciudades, y algunas veces hasta aquello mismo que no recibió su herida presenta señales de fuego, dejando en ocasiones color como de hollín. ¿Qué diremos del olor sulfuroso que exhalan todos los cuerpos heridos por el rayo? Es, pues, indudable que el rayo y el relámpago son fuego, y que solamente se diferencian por el camino que recorren. El relámpago es rayo que no desciende hasta la tierra, y recíprocamente puede decirse: el rayo es relámpago que llega a tocar el suelo. No prolongo esta distinción como vano ejercicio de palabras, sino para probar mejor la afinidad e igualdad de naturaleza de los dos fenómenos. El rayo es algo más que el relámpago. Invirtamos los términos. El relámpago es algo menos que el rayo.      XXII. Puesto que está demostrado que los dos son fuego, veamos cómo se enciende el fuego entre nosotros; porque del mismo modo se inflama en las regiones superiores. De dos maneras se enciende aquí bajo: por la percusión, como cuando se le hace brotar de la, piedra, o por frotamiento, como el que se verifica con dos pedazos de madera. Sin embargo, no toda clase de madera te dará fuego por este medio, sino que hay que elegirla a propósito, como laurel, hiedra, y otras que los pastores conocen para este uso. Puede suceder, pues, que las nubes se inflamen también por percusión o por rozamiento. Consideremos con cuánta fuerza se lanzan las tempestades, con qué impetuosidad giran los torbellinos, destrozando, arrastrando, dispersando a lo lejos todo lo que encuentran a su paso. ¿Puede admirar que con tanta fuerza hagan brotar fuego, bien sea de materias extrañas, o bien de su propia sustancia? Considérese qué intensidad de calor deben experimentar los cuerpos que trituran a su paso. Sin embargo, no debe atribuirse a estos fenómenos acción tan enérgica como a los astros, cuya fuerza es tan vehemente como incontestable.      XXIII. Puede ocurrir también que impulsadas unas nubes contra otras por ligero viento, produzcan fuego que brille sin estallar; porque se necesita menos fuerza para dar ocasión al relámpago que al rayo. Hace un momento hemos considerado a qué grado de calor pueden elevarse algunos cuerpos por medio del rozamiento. Ahora bien, cuando el aire, que puede convertirse en fuego, obra sobre sí mismo con toda su fuerza, es verosímil que, por frotación, produzca una llama pasajera y pronta a disiparse, porque no brota de materia sólida que le dé consistencia. Pasa, por consiguiente, impulsada sin alimento, sin tener más duración que la del camino que recorre.      XXIV. Me preguntarás «cómo atribuyendo nosotros al fuego tendencia hacia las regiones superiores, el rayo, sin embargo, se dirige hacia la tierra. ¿Es por ventura falso lo que has dicho del fuego? Es evidente que el fuego sube con tanta facilidad como baja». Los dos movimientos son posibles, porque el fuego naturalmente surge en pirámide y, no habiendo obstáculo, tiende a subir, como naturalmente también el agua tiende a bajar; sin embargo, si interviene una fuerza extraña que la rechace en sentido contrario, se eleva hacia el mismo lugar de donde cayó en lluvia. El mismo poderoso impulso que le arrastra hace que caiga el rayo. Sucede en estos casos con el fuego lo mismo que con los árboles, cuya copa, tierna aún, puede encorvarse hasta tocar el suelo, pero que, abandonada a sí misma, recobra su posición con un solo movimiento. No deben contemplarse las cosas en estado contrario a su propia naturaleza. Deja su libre dirección al fuego y ascenderá al cielo, asiento de los cuerpos ligeros; si otra causa lo arrastra y desvía de su curso, ya no sigue su naturaleza, sitio que queda en servidumbre.      XXV. Decís además, replican, que la frotación de las nubes produce el fuego, cuando están húmedas o cargadas de agua: ¿cómo pueden engendrarlo estas nubes que no parecen más capaces de ello que el agua misma?      XXVI. En primer lugar, diré que las nubes que producen el fuego no son agua, sino aire condensado dispuesto a formar agua; no se ha verificado aún la transformación, pero está próxima y preparada. No debe creerse que el agua se aglomera en las nubes para derramarse en seguida, porque su formación y caída son simultáneas. Contestaré además que, aun cuando concediese que una nube está húmeda y llena de agua formada, nada impediría que el fuego brotase de lo húmedo, y hasta, lo que es más extraño, del agua misma. hay quienes han sostenido que nada puede trocarse en fuego sin haberse convertido primero en agua. Posible es, pues, que una nube, sin que cambie de naturaleza el agua que contiene, lance fuego por alguna parte, como la madera, que algunas veces arde por un lado y suda por otro. No digo que los dos elementos no sean incompatibles, y que el uno no destruya al otro, pero cuando el fuego es más fuerte que el agua, vence, como también cuando el agua es relativamente más abundante, queda sin efecto el fuego. Por esta razón no arde la leña verde. Lo que hay que tener en cuenta es la cantidad de agua, que si es débil no resiste ni impide la acción del fuego. ¿Cómo no? En tiempo de nuestros mayores, según refiere Posidonio, mientras surgía una isla en el mar Egeo, espumaba el agua durante el día y brotaba humo de su seno: esto revelaba la existencia de fuego, que no se mostró continuo, sino que estallaba por intervalos como el rayo, siempre que la energía del foco interior levantaba el peso de las aguas que lo cubrían. En seguida vomitaba piedras, rocas enteras, unas intactas y lanzadas por el aire antes de calcinarse, otras corroídas y reducidas a la ligereza de la piedra pómez, y al fin apareció sobre el agua la cumbre de una montaña abrasada, que después aumentó de altura y ensanchó hasta formar una isla. En nuestro tiempo, bajo el consulado de Valerio Asiático, se reprodujo este fenómeno. ¿Por qué cito estos casos? Para hacer ver que ni el mar ha podido extinguir el fuego sobre que pesa, ni la enorme masa de las aguas impedirle que se abra paso. Según dice Asclepiodoto, discípulo de Posidonio, desde doscientos pasos de profundidad, surgió el fuego separando el obstáculo de las olas. Si este inmenso volumen de aguas no pudo ahogar una columna de fuego que surgía del fondo del mar, ¿Cuánto menos podrán extinguir el fuego en el aire el tenue vapor y las gotitas de las nubes? Tan débil obstáculo ofrecen a la formación de los fuegos, que solamente se ve brillar el rayo en cielo cargado de agua, sin que estalle en tiempo sereno. En día despejado no hay que temerlo, de la misma manera que en las noches que no estén oscurecidas por las nubes. -¿Cómo? ¿no vemos algunas veces relámpagos en cielo estrellado y noche tranquila? -Sí, pero ten por seguro que hay una nube en el punto donde brotan los relámpagos, aunque no podemos verla a causa de la convexidad de la tierra. Añade a esto que es posible que nubes bajas y próximas a la tierra hagan brotar por su choque un fuego que, lanzado más alto, aparece en la parte despejada y serena del cielo; pero siempre brota en punto turbado.      XXVII. Hanse distinguido los truenos en varias clases; los hay que parecen sordo rumor como el que precede a los terremotos y el que produce el viento encerrado estremeciéndose. Diré cómo creen algunos que se forman. Cuando el aire se encuentra encerrado en una aglomeración de nubes, rodando de seno en seno, deja oír como mugido ronco, uniforme y continuo. Y como si las nubes están cargadas de humedad, le cierran la salida, esta clase de truenos anuncian inminente lluvia. Otra especie de trueno hay cuyo sonido es agudo, acre, por decir mejor, como el ruido que oímos cuando rompen una vejiga sobre la cabeza de alguno. Ocurren estos truenos cuando una nube que rueda en torbellino revienta y deja escapar el aire que la henchía. Llámase este ruido fragor; y tan repentino como vehemente, derriba y mata a los hombres; algunos, sin perder la vida, quedan aturdidos y sin conocimiento; llamando nosotros atontados a los que la explosión del fuego celeste quitó el sentido. Esta explosión puede proceder también del aire encerrado en el hueco de una nube y que, enrarecido por su mismo movimiento, se dilata, y, buscando después mayor espacio, resuena contra las paredes que le rodean. ¿Cómo no? ¿si golpeando nuestras manos resuenan con fuerza, no han de producir dos nubes ruido mucho mayor, siendo muy grandes masas las que chocan?      XXVIII. Vemos, me dirán, nubes que chocan con montañas sin que brote ningún ruido. -En primer lugar, todo choque de nubes no produce rumor, necesitándose para producirlo aptitud especial. No puede aplaudirse chocando el reverso de las manos, sino chocando palma con palma, resultando también mucha diferencia según se golpee con las manos huecas o extendidas. Además, no basta que las nubes se muevan, es necesario que las empuje violentamente una tormenta. Por otra parte, la montaña no rompe la nube, sino que solamente cambia su dirección, embotando a lo sumo las partes salientes. No basta que el aire salga de una vejiga henchida para que produzca sonido: si la divide el hierro, escapa sin ruido, siendo necesario para que haya explosión, no cortarla, sino romperla. Lo mismo digo de las nubes: a menos de choque brusco y violento, no resuenan. Añade que las nubes empujadas contra una montaña no se rompen, sino que se amoldan alrededor de algunas partes de la misma montaña, de los árboles, de los arbustos, de las rocas escarpadas y salientes: de esta manera se diseminan y dejan escapar por muchos puntos el aire que contenían, y que, a menos de estallar en considerable volumen, no produce explosión. Así lo demuestra el viento que, dividiéndose al cruzar entre las ramas de los árboles, silba y no truena. Necesítase un golpe que hiera extensamente y disperse a la vez toda la nube, para que resuene el estallido que se oye cuando truena.      XXIX. Además de esto, el aire es apto por su naturaleza para transmitir los sonidos.¿Cómo no, si el sonido no es otra cosa que percusión del aire? Necesario es, pues, que las nubes que se rompen estén huecas y dilatadas; porque ves que hay mucha mayor sonoridad en espacio vacío que en lleno, en un cuerpo dilatado que en el que no lo está. Así, pues, los tímpanos y címbalos no resuenan sino porque el aire que resiste es rechazado contra las paredes interiores, y no resonarían a no estar huecos.      XXX. «Opinan algunos, entre ellos Asclepiodoto, que puede producir el trueno y el rayo el encuentro de dos cuerpos cualesquiera. En otro tiempo vomitó el Etna, en una de sus grandes erupciones, considerable cantidad de arenas incandescentes. Una nube de polvo eclipsó la luz, y repentina oscuridad espantó a los pueblos. Al mismo tiempo estallaron muchos truenos y rayos formados por el concurso de cuerpos áridos y no por las nubes, que verosímilmente habríanse alejado de aquel aire abrasador. Cambises mandó contra el templo de Júpiter Ammón un ejército que quedó primeramente envuelto y después sepultado bajo las arenas que levantaba el Austro y dejaba caer después a manera de nieve. Probablemente estallarían entonces también rayos y truenos por el choque y frotación de las arenas». Esta opinión no repugna a nuestra teoría, porque hemos dicho que la tierra exhala corpúsculos de dos clases, secos y húmedos, que circulan por todo el aire. Así, pues, en el caso citado, formaríanse nubes más densas y compactas que si las hubiese formado sencilla aglomeración de vapores. Estas pueden romperse con ruido; pero las otras aglomeraciones que llenan el aire de materias inflamadas o de vientos que han barrido la superficie de la tierra, necesariamente han de formar la nube antes que el sonido. Pero las nubes pueden formarse tanto de elementos secos como de elementos húmedos, puesto que, como dijimos, no son otra cosa que aglomeración de aire denso.      XXXI. Para el observador son maravillosos los efectos del rayo y no permiten dudar que hay en él energía sobrenatural, inapreciable a nuestros sentidos. Funde el dinero en una bolsa que deja intacta; liquídase la espada en la vaina, que queda entera, y el hierro de la lanza corre fundido a lo largo del asta, que no ha tocado. Rómpense los toneles sin que se derrame el vino, pero esta consistencia del liquido solamente dura tres días. Obsérvase además otro hecho, y es que los hombres y animales heridos por el rayo quedan con la cabeza vuelta hacia el lado por donde salió, y las ramas que derriba de los árboles quedan derechas en la misma dirección. En fin las serpientes y demás animales cuyo veneno es mortal, una vez tocadas por el rayo, pierden toda la ponzoña. -¿Cómo lo sabes? dirán. Porque en los cadáveres venenosos no nacen gusanos, y en los de estos animales que caen bajo el rayo, pululan a los pocos días.      XXXII. ¿Qué diremos de la virtud del rayo para anunciar el porvenir? y no una u otra vez, sino que frecuentemente anuncia el orden y serie entera de los destinos, y esto con caracteres ciertos y mucho más claros que si estuviesen escritos. Nos diferenciamos de los Toscanos, consumados en la ciencia de la interpretación de los rayos, en lo siguiente: creemos nosotros que estallan por el choque de dos nubes, y ellos dicen que ocurre choque porque hay explosión. Como todo lo refieren a Dios, están persuadidos de que el rayo no anuncia el porvenir porque se forma, sino que lo forman porque ha de anunciarlo. Pero sea el pronóstico la causa o la consecuencia, fórmanse de la misma manera. Mas ¿cómo anuncia el rayo lo porvenir, sino es Dios mismo quien lo envía? De la misma manera que las aves, que no emprenden expresamente su vuelo para presentarse a nuestra vista, ofrecen auspicios favorables o contrarios. Dios las mueve, dicen aquellos. Muy ocioso se lo supone para que se ocupe de tan pequeños detalles, si se cree que ordene ensueños para tal hombre, y arregle las entrañas de las víctimas para tal otro. Intervención divina hay sin duda en nuestros destinos, pero no es Dios quien dirige las alas de las aves y quien dispone las entrañas de los animales bajo el cuchillo del sacerdote. La serie de los fastos se desarrolla de otra manera: manda de antemano y por todas partes indicios precursores, de los que unos nos son familiares y desconocidos otros. Todo acontecimiento es vaticinio de otro acontecimiento, y solamente las cosas fortuitas que ocurren fuera de toda regla no dejan lugar a la adivinación. Todo lo que procede de determinado orden puede desde luego predecirse. Preguntarase por qué tiene el águila el privilegio de anunciar los sucesos importantes, lo mismo el cuervo y otras aves en corto número, mientras que la voz de las demás no anuncia nada. Porque no han entrado en la ciencia todos los hechos, y otros ni siquiera pueden entrar porque se realizan muy lejos de nosotros. Por lo demás, no hay animal cuyo movimiento y presencia no anuncie algo. Si todos los indicios no son observados, lo son algunos. El auspicio necesita observador, determinándolo el hombre que fija en él su atención; los que pasan desapercibidos no por eso dejan de tener valor. Observación de los Caldeos es la influencia de las cinco estrellas. ¿Y crees tú que en vano brillan en el cielo tantos millares de astros? ¿Qué es lo que engaña a los vaticinadores sino su sistema de unir nuestro destino a cinco astros solamente, cuando ni uno de los que resplandecen sobre nuestra cabeza carece de influencia en nuestro porvenir? Los más cercanos obran tal vez más inmediatamente sobre el hombre, como también aquellos que por la frecuencia de sus movimientos nos impresionan de una manera y de otra a los demás animales. Pero aquellos mismos que están inmóviles, o que su rapidez, igual a la del mundo, les hace aparecer sin movimiento, no dejan de tener derecho y dominio sobre nosotros. Considera otras cosas además de las estrellas; considéralo todo, y el vaticinio será completo. Pero no es más fácil saber cuánto pueden, que dudar de su poder.      XXXIII. Volvamos ahora a los rayos, cuya ciencia se divide en tres partes: observación, interpretación y conjuración. La primera supone una regla particular; la segunda constituye la adivinación; la tercera tiene por objeto hacerse propicios a los dioses, rogándoles manden bienes y libren de males, es decir, que confirmen las promesas o retiren sus amenazas.      XXXIV. Créese que el rayo tiene virtud soberana, porque cuando se presenta quedan anulados todos les demás presagios. Lo que él anuncia es irrevocable y no puede modificarlo ninguna otra señal. Todo lo que puede verse de amenazador en las entrañas de las víctimas o en el vuelo de las aves, lo borra el rayo propicio; mientras que nada de lo que él presagia podría desmentirlo el vuelo de las aves ni las entrañas de las víctimas. Paréceme que esto no es exacto. ¿Por qué? porque nada hay más verdadero que lo verdadero. Si las aves han predicho lo porvenir, es imposible que este auspicio quede anulado por el rayo; y si puede anularse, es que no predijeron el porvenir. No comparo aquí las aves y el rayo, sino señales de verdad: si las dos profetizan lo verdadero, lo mismo vale la una que la otra. Si pues la intervención del rayo destruye las indicaciones del sacrificador o del augur, es que inspeccionaron mal las entrañas o no interpretaron bien el vuelo de las aves. Lo esencial no consiste en saber cuál de estas señales tiene mayor fuerza y virtud; si las dos dicen lo verdadero, bajo este punto de vista son iguales. Si se dice: la llama tiene más fuerza que el humo, cierto es; pero como señal de fuego, el humo vale tanto como la llama. Así, pues, si se dice que siempre que las víctimas anuncian una cosa y el rayo otra, debe creerse más a éste, tal vez lo concedería; pero si se pretende que habiendo anunciado la verdad las primeras señales, un rayo lo anule todo y obtenga exclusivamente fe, se engañan. ¿Por qué? porque no importa nada el número de los auspicios: el destino es único; si el primer auspicio lo interpretó bien, el segundo no puede destruirlo, porque es el mismo. Lo repito: importa poco que se interrogue el mismo presagio u otro, puesto que se les interroga sobre una cosa misma.      XXXV. El rayo no puede cambiar el destino. ¿Por qué no? porque el rayo forma parte del destino mismo. ¿Para qué sirven, pues, las expiaciones y sacrificios si el destino es inmutable? Permíteme defender la rígida escuela de aquellos que excluyen estas ceremonias y solamente ven en los votos que se dirigen al cielo consuelos de mentes enfermas. Por otros caminos se realiza el destino; ninguna plegaria llega hasta él, ni hay piedad ni ruego que lo ablanda. Irrevocablemente sigue su carrera, continuando el impulso primero hasta el término que se le ha prescrito. Así como las rápidas aguas del torrente no retroceden, ni se detienen jamás, porque las que vienen detrás empujan a las que van delante, así también la cadena de los acontecimientos obedece a la rotación eterna del destino, cuya primera ley es permanecer fiel a sus decretos.      XXXVI. ¿Qué entiendes por destino? Entiendo la necesidad constante de las cosas y de los hechos, que ningún poder sería bastante a destruir. Si crees que los sacrificios, que la inmolación de un cordero blanco podrá desarmarlo, desconoces las leyes divinas. Niegas que sean mudables hasta las decisiones del varón sabio, ¿cuánto más lo serán las de Dios? El sabio no conoce lo mejor sino en el momento presente, y todo es presente para la divinidad. Sin embargo, quiero defender la causa de aquellos que creen que puede conjurarse el rayo y que no dudan que algunas veces tengan las expiaciones virtud para apartar los peligros, disminuirlos o suspenderlos.      XXXVII. Más adelante me haré cargo de las consecuencias de estos principios. Entre tanto, estamos de acuerdo con los Etruscos en creer que los votos son útiles sin que el destino pierda nada de su acción y poder; porque existen probabilidades que los dioses inmortales han dejado en suspenso, de tal suerte que, para hacerlas favorables, bastan algunas preces y sacrificios. Estos votos no salen al encuentro del destino, sino que forman parte del destino mismo. -La cosa, dices, debe realizarse o no realizarse: si debe realizarse, aunque no pronuncies preces se realizará; si no debe ocurrir, en vano rogarás, porque no tendrá lugar. -Este argumento es falso, porque existe un medio entre los dos extremos, esto es, que el acontecimiento puede realizarse si formas votos para ello. Pero, siguen objetando, en el destino entra también que se formen o no se formen votos.      XXXVIII. Considera que te ayudo y que concedo que los votos mismos entran también en el destino, de lo cual se deduce que estos votos son inevitables. Destino es de éste ser sabio si estudia: es así que este mismo destino quiere que estudie; luego estudiará. Aquél será rico, si cruza los mares: es así que este destino que le promete grandes riquezas quiere que recorra los mares; luego los recorrerá. Otro tanto digo de las expiaciones. Este hombre se librará del peligro si, por medio de sacrificios, aplaca las amenazas del cielo; pero también lleva en su destino hacer estos sacrificios; luego los hará. De esta manera se nos arguye, ordinariamente para demostrarnos que no se ha dejado nada al arbitrio humano, quedando todo a merced del destino. Cuando tratemos esta cuestión explicaré cómo, sin falsear el destino, conserva el hombre su libre albedrío. Ahora he explicado cómo, continuando invariable la marcha del destino, las expiaciones y sacrificios pueden, conjurar los pronósticos siniestros, puesto que, sin combatirlo, todo esto entra en el cumplimiento de sus leyes. -¿Para qué sirve entonces, dirás, el arúspice? La expiación es inevitable atinque él no la aconseje.-Te sirve el arúspice como ministro del destino. De la misma manera que la curación, aunque anunciada por el destino, no se debe menos al médico, porque por sus manos recibimos el beneficio del destino.      XXXIX. Según Cæcinna, hay tres clases de rayos: de consejo, de autoridad y el llamado de estación. El primero se presenta antes del acontecimiento, pero después de formado el propósito; así, pues, cuando meditamos una acción cualquiera, nos determina o nos separa de ella un rayo. El segundo sigue al acontecimiento realizado, e indica si es favorable o nefasto. El tercero sobreviene al hombre en pleno reposo, cuando no realiza ni proyecta ninguna acción; éste amenaza, promete o aconseja. Llámasele monitorio, pero no sé por qué no ha de ser el mismo de consejo. La advertencia es consejo también, si bien existe alguna diferencia entre la una y el otro. El consejo anima o disuade; la advertencia se limita a hacer evitar un peligro que avanza; cuando hemos de evitar un incendio, una traición de nuestros parientes o una trama de nuestros esclavos. Otra distinción veo también: el consejo se da al que proyecta hacer algo; la advertencia al que no tiene proyecto alguno. Las dos cosas tienen caracteres propios: aconséjase al que ya ha deliberado, y se advierte espontáneamente.      XL. Debemos decir, ante todo, que los rayos no se diferencian por su naturaleza, sino por su significación. Existe el rayo que taladra, el que derriba y el que abrasa. El primero es un fuego penetrante, que escapa por la abertura más pequeña, gracias a la pureza y tenuidad de su llama. El segundo tiene forma de globo y encierra una mezcla de aire condensado y tempestuoso. Así es que el primero entra y escapa por el agujero que formó; y la fuerza del segundo, extendiéndose a lo largo, rompe en vez de taladrar. El rayo que abrasa contiene muchas partículas terrestres; es fuego más bien que llama, por cuya razón deja intensas señales de incendio en los cuerpos que hiere. No existe ningún rayo sin fuego, pero se llama propiamente ígneo al que imprime manifiestas señales de incendio, quemando o ahumando. Quema de tres maneras: por soplo, en cuyo caso daña y perjudica muy poco; por combustión, y por inflamación. Estos tres modos de quemar solamente se diferencian por el grado y la forma. Toda combustión supone ustión, pero no toda ustión supone combustión, como tampoco toda inflamación, porque el fuego puede no haber obrado mas que de paso. ¿Quién ignora que los objetos arden sin inflamarse, mientras que nada se inflama sin arder? Una sola cosa añadiré: puede haber combustión sin inflamación, de la misma manera que puede haber inflamación sin combustión.      XLI. Paso ahora al género de rayos que ennegrecen los objetos que tocan. Estos dan color, o decoloran. Precisaré la distinción diciendo: decolorar es disminuir el color sin cambiarlo: colorar es dar otro color; como, por ejemplo, azular, ennegrecer, palidecer. Hasta aquí los Etruscos y los filósofos están de acuerdo, pero disienten en que los Etruscos dicen que Júpiter lanza el rayo, siendo éste de tres clases. El primero es de aviso y de paz, y lo lanza Júpiter por su única voluntad. También envía el segundo este dios, pero mediante el consejo de los doce dioses mayores: este rayo es saludable, pero ocasiona algún daño. El mismo Júpiter lanza el tercer rayo, mas después de consultar los dioses que se llaman superiores y envueltos: este rayo destruye, arrolla y desnaturaliza implacablemente todo cuanto encuentra, sea público o particular. Este fuego no deja subsistir nada en su primitivo estado.      XLII. Si consideramos el fondo de estas cosas, vemos que se equivocó la antigüedad. Porque ¿puede haber algo más absurdo que figurarse a Júpiter en medio de las nubes lanzando rayos sobre columnas, árboles, y a las veces sobre sus propias estatuas; dejando impunes a los sacrílegos, para herir corderos, incendiar altares, destruir inofensivos rebaños, y en fin aconsejándose de otros dioses como incapaz de consultarse a sí mismo? ¿Habré de creer que el rayo es propicio y pacífico cuando lo lanza Júpiter solo, y funesto cuando lo envía la asamblea de los dioses? Si me preguntas mi opinión, te diré que no creo que nuestros antepasados fuesen tan ignorantes que supusieran a Júpiter injusto, o por lo menos impotente. Porque, una de dos: al lanzar esos rayos que han de herir cabezas inocentes, y no pueden tocar a los culpables, o no quiso dirigir mejor sus golpes, o no consiguió dirigirlos. ¿Qué se propusieron al decir estas cosas? Aquellos sapientísimos varones consideraron que el miedo era necesario para poner freno a la ignorancia, y quisieron que el hombre temiese a un ser superior a él. Útil era, sin duda, cuando el crimen lleva tan lejos su audacia, que existiese un poder ante el cual considerasen todos imponentes sus esfuerzos. Así, pues, para aterrar a aquellos que solamente por temor se abstienen del mal, hicieron cernerse sobre nosotros un dios vengador y armado constantemente.      XLIII. Mas ¿por qué pueden conjurarse los rayos que manda Júpiter por sí mismo, y solamente son funestos los que ordena el consejo de los dioses deliberando con él? Porque si Júpiter, es decir, el rey, debe realizar por sí solo el bien, no puede causar daño si a ello no le determina el consejo de muchos. Aprendan aquellos que son grandes entre los hombres, que el cielo no lanza sus rayos ciegamente: consulten, pesen las opiniones diversas, templen el rigor de las sentencias, y no olviden que para herir legítimamente, el mismo Júpiter no cree bastante su propia autoridad.      XLIV. Tampoco eran nuestros mayores tan sencillos que creyesen que Júpiter cambiaba de rayos; licencia que han podido permitirse los poetas:                           Est aliud levius fulmen, cui dextra Cyclopum Sævitiæ flammæque minus, minus addidit iræ: Tela secunda vocant superi9 Pero la sabiduría de aquellos doctísimos varones no cayó en el error de creer que Júpiter usaba algunas veces rayos ligeros, sino que quisieron advertir a los encargados de lanzar rayos sobre los culpables, que no debe castigarse a todos de igual manera, que hay rayos para destruir, otros para tocar y rozar y otros para advertir.      XLV. Tampoco creyeron que el Júpiter que adoramos en el Capitolio y en otros templos fuese el que lanza el rayo; sino que consideran a Júpiter como nosotros, guardador y moderador del universo, del que es alma y espíritu, señor y artífice de esta obra, y al que todos los nombres convienen. ¿Quieres llamarle Destino? no te equivocas; de él dependen todos los acontecimientos; en él están las causas de las causas. ¿Quieres llamarle Providencia? bien le llamas: su providencia vela por las necesidades del mundo, para que nada altere su marcha, y realice su ordenado fin. ¿Prefieres llamarle Naturaleza? no errarás: de él ha nacido todo; de su aliento vivimos. ¿Quieres llamarle Mundo? no te engañas: él es todo lo que ves, está todo entero en cada una de sus partes y se sostiene por su propio poder. De la misma manera que nosotros pensaron los Etruscos, y si dicen que el rayo procede de Júpiter, es porque nada se hace sin él.      XLVI. ¿Y por qué deja impune algunas veces Júpiter al culpable y hiere al inocente? Propónesme una cuestión muy importante, a la que debemos asignar tiempo y lugar. Contestaré solamente que el rayo no parte de la mano de Júpiter, sino que lo ha dispuesto todo de tal manera que las cosas mismas que no hace él directamente, no se realicen sin embargo sin razón, procediendo de él esta razón. Las causas segundas obran con su licencia, y aunque los hechos se realicen sin él, él ha querido que se realicen. No preside a los detalles, pero dio forma, fuerza y vida al conjunto.      XLVII. No admito la división de los que dicen que los rayos son perpetuos, determinados o prorrogados. Perpetuos son aquellos cuyo pronóstico abraza una existencia entera, y en vez de anunciar un hecho parcial, comprenden la cadena completa de los acontecimientos que se suceden en la vida. Tales son los rayos que aparecen el día en que se toma posesión de un patrimonio y cuando un hombre o una ciudad acaba de cambiar de estado. Los rayos determinados se refieren a un día marcado. Los prorrogados son aquellos que pueden diferirse, pero no suprimirse.      XLVIII. Diré por qué no admito esta división. El rayo, que llaman perpetuo es igualmente determinado, respondiendo también a un día marcado y no dejando de ser determinado por el hecho de aplicarse a plazo más largo. El que parece prorrogado es determinado también; porque según confiesan los mismos que esto sostienen, se sabe hasta dónde puede obtenerse o aplazarse el efecto. Según ellos, la dilación solamente es de diez años para los rayos particulares, y de treinta para los públicos. Luego estos rayos son determinados en cuanto llevan consigo el término de su prórroga. Así, pues, todos los rayos y todos los acontecimientos tienen su día señalado, porque a lo incierto no puede señalarse límites. En cuanto a la observación de los relámpagos, el sistema es vago y sin cohesión, pudiendo seguirse sin embargo la división del filósofo Attalo, que había adoptado este método: observar su aparición, el tiempo, la persona, la circunstancia, la cualidad y la cantidad. Si quisiera tratar separadamente cada una de estas partes, ¿qué haría sino empeñarme en una obra sin fin?      XLIX. Hablaré ahora de los nombres que Cæcinna da a los rayos, y daré mi opinión acerca de ellos. Dice que los hay postulatorios, los cuales exigen se comience de nuevo el sacrificio interrumpido o hecho en contra de los ritos. Monitorios, que indican las cosas de que debemos guardarnos. Pestíferos, que vaticinan muerte o destierro. Falaces, que producen daño mostrándose como de buen agüero. Estos dan consulado malo al que debe ejercerlo; herencia cuya posesión se pagará muy cara. Deprecativos, que anuncian peligro que no se realiza. Perentales, que neutralizan las amenazas de otros rayos. Atestantes, que confirman amenazas anteriores. Aterráneos, que caen en paraje cerrado. Soterrados, que hieren sitio herido ya anteriormente y no purificado por expiaciones. Reales, que caen ora en los comicios, ora en los puntos donde se ejerce la soberanía de una ciudad libre: la significación de éstos es amenazar la soberanía de la ciudad. Infernales, cuyos fuegos brotan de la tierra. Hospitalarios, que llaman, o, por usar la expresión más respetuosa que ahora se emplea, invitan a Júpiter a nuestros sacrificios, quien, si está irritado contra aquel que los ofrece, viene con mucho peligro para él. Auxiliares, que favorecen a quienes los invocaron.      L. ¡Cuánto más sencilla es la división de Attalo, aquel varón eminente que había unido a la ciencia de los Etruscos la sutileza de les Griegos! «Entre los rayos, decía, los hay que significan cosas que nos atañen, y otros o no significan nada, o nos está vedada su inteligencia. De los que tienen significación, nos son propicios o adversos, y algunos ni lo uno ni lo otro. Los adversos son de cuatro clases: presagian males inevitables o evitables, que pueden aminorarse o diferirse: los rayos propicios anuncian sucesos duraderos o transitorios. Los mixtos tienen bueno y malo, o mal que se trueca en bien, o bien que cambia en mal. Los que no son ni adversos ni favorables anuncian alguna empresa en la que debemos entrar sin miedo ni regocijo, como un viaje en el que nada tenemos que temer, como tampoco que esperar».      LI. Volvamos a los rayos que significan algo, pero que no nos atañen: de esta clase es el que vaticina que en el mismo año caerá otro rayo de la misma clase. Los que nada significan o cuya significación no alcanzarnos, son, por ejemplo, los que caen a lo lejos en el mar o en los desiertos, y cuyo pronóstico es nulo o se pierde para nosotros.      LII. Poco añadiré acerca de la fuerza del rayo, que no obra de la misma manera en todos los cuerpos. Los más fuertes, los que resisten, se rompen con estrépito, y a las veces atraviesa sin daño los que ceden. Lucha contra la piedra, el hierro y las sustancias duras, porque necesita penetrarlas por fuerza y abrirse paso en ellas, mientras que no perjudica a las blandas y porosas por inflamables que parezcan, porque su violencia es menor cuando el paso es más fácil, Por esta razón, como antes dije, funde, sin ofender a la bolsa, el dinero que contiene, porque siendo sutilísimos sus fuegos, atraviesan los poros hasta imperceptibles. Pero las partes sólidas de la madera le oponen resistencia que vence. Como ya dije, no tiene un solo modo de dañar, revelándose la naturaleza de su acción por el estrago, pero siempre se conoce la obra del rayo. Algunas veces produce efectos diversos en diferentes puntos del mismo cuerpo: así, pues, en un árbol, quema las partes más secas, rompe y horada las más sólidas y duras, arranca la corteza exterior, rompe y desgarra la interior y arruga y contrae las hojas; congela el vino, y funde el hierro y el cobre.      LIII. Cosa digna de admiración es que el vino congelado por el rayo y vuelto a su primer estado, es bebida mortal o que hace dementes. Preguntándome la razón de esto, he aquí lo que se me ocurre. Existe en el rayo algo venenoso, de lo que verosímilmente quedan partículas en el líquido condensado o congelado, que, desde luego, no podría congelarse si no se le añadiese algo que aumentara su cohesión. Por otra parte, el aceite y todos los perfumes tocados por el rayo exhalan olor repugnante, de lo que se deduce que este fuego tan sutil, cuya dirección es contra naturaleza, encierra un principio pestilente que mata, no sólo por el choque, sino que también por la aspiración. En fin, es cosa cierta que allí donde cae el rayo queda olor de azufre, y este olor, naturalmente fuerte, respirado con frecuencia puede producir la locura. Pero esto lo examinaremos más despacio. Tal vez tendremos que demostrar que esta teoría procede inmediatamente de aquella filosofía, madre de las artes, que es la primera que ha investigado las causas, observado los efectos, y, lo que es mucho mejor que el examen de los rayos, relacionado los resultados con los principios.      LIV. Vuelvo a la opinión de Posidonio. De la tierra y de los cuerpos terrestres brotan vapores, húmedos unos, y los otros secos y semejantes al humo; éstos alimentan el rayo y aquéllos las lluvias. Las emanaciones secas y humeantes que suben al aire, no permiten que las encierren las nubes y rompen sus barreras, de donde procede el ruido que llamamos trueno. En el aire mismo existen partículas que se secan y calientan. Estas partículas, si están encerradas, buscan salida y escapan ruidosamente. La fuga es algunas veces general y produce violento fragor, y a veces parcial y menos sensible. El aire, modificado de esta manera, hace brotar el rayo, bien rasgando las nubes, bien atravesándolas. Pero la causa más violenta de inflamación es la agitación giratoria del aire encerrado en la nube.      LV. El trueno no es otra cosa que el sonido producido por aire seco, y no puede tener lugar más que de dos modos: por rozamiento o por explosión. Posidonio dice que, el choque de las nubes produce también detonación, pero no general, porque no chocan grandes masas, sino partes separadas. Los cuerpos blandos no resuenan como no choquen con cuerpos duros, por cuya razón no se oyen las olas como no se rompan. Dirás que el fuego cuando se sumerge en el agua resuena al extinguirse. Juzga que así es, y me favorecerás; porque el sonido no lo produce el fuego, sino el aire que escapa del agua en que se extingue el fuego. Concediéndote que el fuego nace y se extingue en las nubes, siempre nace del aire y por frotación. ¡Cómo! dirán, ¿no puede acontecer que una de esas estrellas errantes de que has hablado caiga en una nube y se extinga en ella? Supongamos que pueda ocurrir así alguna vez; pero ahora buscamos causa natural y constante, y no rara y fortuita. Considera que concedo lo que dices, que se ve algunas veces, después del trueno, brillar fuegos parecidos a las estrellas que corren oblicuamente y que parecen caer: seguiríase de aquí que estos fuegos no habían producido el trueno, sino que se habían producido a la vez estos fuegos. Según Clidemo, el relámpago no es más que vana apariencia, y no fuego: tal es la luz que durante la noche produce en el mar el movimiento de los remos. El ejemplo es inexacto: este fuego aparece dentro de la misma agua, y el que se forma en el aire brota y escapa.      LVI. Heráclito cree que el relámpago es como los primeros conatos del fuego que se enciende en nuestros hogares, esa llama incierta que en tanto se apaga y en tanto brilla. Los antiguos les llamaban fulgetra, nosotros decimos tonitrua en plural; aquéllos llamaban al singular tonitruum o tonum. Esta última palabra la encuentro en Cœcinua, escritor elegante, que hubiese tenido nombre en la elocuencia de no oscurecerle la sombra de Cicerón. Notemos también que en el verbo que expresa la erupción de repentina claridad de las nubes, los antiguos hacían breve la sílaba que nosotros hacemos larga. Nosotros decirnos esplendére y fulgére, y ellos fulgere.      LVII. ¿Preguntas qué opino yo? porque hasta ahora no he hecho más que prestar la mano a las opiniones ajenas. Te lo diré: el relámpago es una luz repentina que brilla a lo lejos. Tiene lugar cuando el aire enrarecido de las nubes se convierte en fuego que no tiene fuerzas para avanzar más. Creo que no te sorprenderá que el movimiento enrarezca el aire y que el enrarecimiento lo inflame. Así se licua el plomo lanzado por la honda, fundiéndolo el rozamiento del aire como lo fundiría el fuego. Los rayos son más frecuentes en estío, porque el aire está más caldeado, y la inflamación es más rápida cuando se verifica entre cuerpos muy calientes. De la misma manera se forma el relámpago que tanto brilla, y el rayo que descarga el golpe; pero el relámpago tiene menos fuerza, porque no está tan alimentado. En fin, para decir brevemente mi opinión, el rayo es el relámpago con más intensidad. Cuando los vapores cálidos y humeantes de la tierra han penetrado en las nubes y rodado durante algún tiempo en su seno, concluyen por escapar: si tienen poca fuerza, no producen más que luz; pero si el relámpago ha encontrado más alimentos y se ha inflamado con mayor violencia, ya no aparece como llama, sino que cae el rayo,      LVIII. Creen algunos que el rayo después de caer vuelve a subir; otros que queda sobre el suelo cuando está recargado de alimentos y no ha podido descargar sino débil golpe. ¿Pero de qué depende que el rayo aparezca tan bruscamente y su fuego no sea más duradero y continuo? Porque nada hay que se mueva con más rapidez, rompiendo las nubes e inflamando el aire simultáneamente. Después se apaga la llama en cuanto cesa el movimiento, porque el aire no forma corrientes bastante continuas para que se propague el incendio; y una vez inflamado por la misma violencia de sus movimientos, todo su esfuerzo es para escapar. En cuanto ha podido huir y ha cesado la lucha, el mismo impulso en tanto le empuja hacia la tierra, en tanto le disuelve, según es más o menos grande la fuerza de depresión. ¿Por qué camina en sentido oblicuo? Porque se forma en el aire cuyas corrientes son oblicuas y tortuosas; ahora bien, como la tendencia natural del fuego es subir, cuando algún obstáculo le comprime y hace bajar, toma dirección oblicua. Algunas veces se neutralizan estas dos tendencias; y el fuego sube y baja alternativamente. ¿Por qué caen los rayos con más frecuencia en las cumbres de las montañas? Porque están más cerca de las nubes, y al caer el rayo ha de encontrarlas.      LIX. Estoy oyendo lo que hace mucho tiempo estás deseando con impaciencia. -Prefiero, dices, no temer el rayo, a conocerlo. Enseña a otro cómo se forma. Quítame el miedo que me infunde antes de explicarme su naturaleza. -Acudo a tu deseo; porque debe añadirse alguna lección útil a todo lo que se dice o se hace. Cuando investigamos los secretos de la naturaleza, cuando tratamos de las cosas divinas, atendemos a nuestra alma para libertarla de sus debilidades, y por consiguiente fortalecerla: así sucede también con los sabios cuyo único objeto es el estudio, y no para evitar los reveses de la f