Coppelius E. T. A. Hoffmann libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Hoffmann, E.T.A. (1776-1822) Ernest Theodor Wilhelm Amadeus Hoffmann, escritor y compositor alemán. Nacido en Königsberg en 1776, Hoffmann es una de las grandes figuras del Romanticismo alemán. Dotado de una imaginación que él mismo califica de "excéntrica", se dedica a una intensa actividad artística, tanto musical como literaria (El elixir del diablo, 1816 ; Los Cuentos de los hermanos Serapión, 1819-1821 ; La Princesa Brambilla , 1821). Sus obras presentan un fuerte eclecticismo con figuras y personajes fantásticos que se inmiscuyen continuamente en la vida real. Sus historias inspiran a un gran número de músicos (Les Kreislerianade Schumann; Cascanueces de Tchaïkovski ; los Cuentos de Hoffmann d'Offenbach). Hoffmann muere en Berlín en 1822. Su obra más destacada es sin duda alguna la ópera fantástica Ondine (1813-1814) cuya primera representación en el Teatro Real de Berlín, el 3 de agosto de 1816, representa la cumbre de su existencia y una importane fecha para el naciente romanticismo musical. Como autor de "noticias musicales", hay que citar El Caballero Gluck (Ritter Gluck, 1809), Don Juan (1813), y sobre todo el personaje del maestro de capilla (acechado por la locura), Kreisler , una especie de autorretrato destinado a convertirse en la figura principal de la novela Contemplaciones del gato Murr (Die Lebensansichten des Katers Murr, 1819-1822). En cuanto a sus críticas, aparecidas o no en el Allgemeine musikalische Zeitung, han trascendido como "críticas ejemplares", en particular aquellas consagradas a Beethoven, y reunidas más tarde con el título La música instrumental de Beethoven (Beethovens Instrumentalmusik, 1813) que constituye uno de los primeros textos fundamentales sobre el compositor. Dotado de una viva imaginación y dando un giro hacia lo fantástico, publica numerosos relatos como Cascanueces y El Rey de las Ratas (1816), Elixir del diablo (1816), Las Minas de Falun (1819), los Cuentos de los hermanos Serapión (1819-1821) o La Princesa Brambilla (1821). Nataniel a Lotario Todos están inquietos, sin duda, por no tener noticias mías desde hace tanto tiempo. Mi madre se aflige; Clara quizás piensa que hago aquí vida de loco y que la olvido, pero todos los días y a todas horas pienso en ustedes y en la noche veo en sueños el rostro angelical de mi linda Cherchen con su sonrisa cándida. Sin embargo, algo espantoso vino a turbar mi tranquila vida. ¡Pobre de mí, Lotario! ¡Cómo contarte el terrible hecho! El 20 de octubre, más o menos a mediodía, vi entrar a mi casa un vendedor ambulante que venia a ofrecerme barómetros. Mi única respuesta fue mandarlo al diablo con su mercadería y, como me vio hacer ademán de echarlo escaleras abajo, prudentemente se retiró. Pero antes de informarte sobre los desgraciados lazos que el destino trabaría entre este maldito vendedor y yo, quiero contarte ciertos detalles sobre mi niñez. Por entonces, mi hermana y yo sólo veíamos a nuestro padre durante las comidas, ya que los negocios parecían absorberle todo su tiempo. Pero todas las noches luego de la cena, nos sentábamos con nuestra madre alrededor de una mesa redonda en un cuarto de costura, mi padre encendía su pipa, se servía hasta el borde un gran vaso de cerveza y nos contaba innumerables historias extraordinarias. Mientras contaba se apagaba su pipa, cosa que me alegraba mucho porque yo debía encenderla de nuevo cuando eso ocurría. A veces, si no estaba de muy buen humor, nos daba hermosos libros con bellísimas estampas y, mientras los mirábamos entretenidos, mi padre se arrellenaba en su sillón de roble lanzando tales bocanadas de humo que desaparecía de nuestra vista tras una espesa niebla. En esas noches mi padre estaba triste y cuando el reloj daba las nueve, nos decía: "Vamos, es hora de acostarse. A dormir pronto, porque si no viene el hombre de la arena". En cuanto decía esto yo oía en la escalera el ruido de unos pesados pasos. Sería, sin duda, el misterioso hombre de la arena. Una noche en que ese fantástico ruido me asustó más de lo acostumbrado, pregunté a mi madre quién era ese ser extraño con quien nos amenazaba y que nos obligaba siempre a dejar el cuarto. "No existe ningún hombre de la arena, hijito, -me contestó mi madre-. Cuando digo que viene, sólo señalo que tienes sueño y que cierras los ojos como si te echaran arena". La respuesta de mi madre no me convenció; en mi alma infantil creció la idea de que se nos ocultaba la existencia del personaje para que no tuviésemos temor, ya que siempre lo oía subir la escalera. Llevado por la curiosidad y deseando saber algo más concreto sobre el hombre de la arena y su relación con los niños, al fin pregunté a la anciana que cuidaba a mi hermanita quién era el misterioso personaje. "¡Ah, sí! Thanelchem -respondió-, parece que todavía no lo conoces. Es un hombre malo que viene a buscar a los chicos que no quieren acostarse. Les echa puñados de arena en los ojos, los mete en una bolsa y se los lleva a la luna para que sirvan de comida a sus hijos. Estos, que tienen como los búhos picos ganchudos, devoran con ellos los ojos de los que no son obedientes". Desde que oí esto, la imagen cruel del hombre de la arena tomó en mi mente una forma horrenda y en cuanto oía el ruido que hacía al subir por las noches me encogía espantado. "¡El hombre de la arena, el hombre de la arenal!", gritaba y corría a refugiarme en mi cuarto. Toda la noche me torturaba la horrible aparición. Me daba cuenta de que el cuento de la anciana sobre el hombre de la arena y sus hijos en la luna podía no ser cierto, pero para mí el personaje seguía siendo un fantasma aterrador y me espantaba al oírlo subir la escalera, abrir abruptamente la puerta del estudio de mi padre y luego cerrarla. A veces pasaba varios días sin venir, pero luego sus visitas se sucedían ininterrumpidamente. Esta situación duró varios años, durante los cuales no pude acostumbrarme a la idea del terrible espectro, cuyas relaciones con mi padre me preocupaban más cada día. El hombre de la arena me llevaba a la esfera de lo extraordinario, de lo maravilloso, idea que crece en el espíritu de los chicos con tanta facilidad. Nada me gustaba tanto como oír o leer cuentos de aparecidos, de brujas o de duendes, pero sobre todos ellos se imponía el hombre de la arena, cuya figura yo dibujaba con yeso o con carbón en las mesas, en los armarios y en los muros. Le daba las más extrañas y terribles formas. Cuando cumplí los diez años, mi madre me sacó del cuarto de niños y me pasó a una pequeña habitación que comunicaba con un pasillo, cerca del estudio de mi padre. Se nos había mandado que nos acostáramos cuando, al sonar las nueve, oyésemos los pasos del desconocido. Desde mi cuarto oía cómo entraba en el de mi padre y enseguida me parecía sentir un olor raro. La curiosidad me dio el valor necesario para conocer al hombre de la arena. Muchas veces me deslicé sigilosamente en cuanto mi madre se había ido, desde mi habitación hasta el corredor, pero no descubrí nada, pues el extraño personaje siempre había entrado ya cuando alcanzaba el sitio desde donde podía verle pasar. Dejándome llevar por un impulso irrefrenable, decidí esconderme en el cuarto de mi padre para esperar la llegada del hombre de la arena. Un día, por el silencio de mi madre y la tristeza de mi padre, comprendí que vendría el extraño personaje. Pretextando un gran cansancio me retiré poco antes de las nueve y me escondí-en un rincón. Un poco más tarde la puerta de la casa se abrió rechinando y se cerró. Unos pasos lentos, pesados y sonoros se oyeron en el vestíbulo y se dirigieron a la escalera. Mi madre pasó de prisa a mi lado con mi hermana y entonces, sigilosamente, abrí la puerta del estudio de mi padre. Este se encontraba como siempre, en silencio e inmóvil, sentado de espaldas a la puerta, y no me vio. Instantes más tarde, me encontraba escondido en un armario para colgar la ropa, sólo cubierto con una cortinita. El corazón me latía de miedo: sonó con fuerza la campanilla, la puerta se abrió bruscamente y haciendo un gran esfuerzo me atreví a entreabrir con gran cuidado la cortina. El hombre de la arena estaba frente a mi padre y la luz de los candelabros iluminaba su cara. Ese horrible ser, que tanto me espantaba era... el viejo abogado Coppelius, que algunas veces comía en casa. Sin embargo, la más abominable criatura no me hubiera causado tanto pavor como la suya. Imagina un hombre alto, de espaldas robustas, cabeza deforme, con un rostro apergaminado y amarillento, cejas grises tupidas bajo las que brillan dos ojos felinos, y una larga nariz encorvada sobre el labio superior. La boca, un poco torcida, se contrae a menudo con una sonrisa irónica; entonces des manchas rojizas colorean sus mejillas y por los dientes apretados se escapa una especie de silbido. Coppelius vestía siempre una levita gris, con corte antiguo, chaleco y pantalón de igual estilo, medias negras y zapatos con hebilla. La peluca, muy pequeña, apenas le cubría la parte superior 'de la cabeza, de modo que los rulos casi no alcanzaban las orejas, grandes y rojas, quedando visible en la nuca la hebilla de plata que sostenía su raída corbata. En fin, todo era en su persona horrible y repugnante, aunque sus largos dedos huesudos y velludos nos desagradaban a tal extremo que no queríamos comer nada que ellos hubiesen tocado. Coppelius, que lo había advertido, cuando nuestra madre nos ponía en el plato un pedazo de torta o un dulce gozaba manoseándolos con cualquier excusa para que, con los ojos llenos de lágrimas, rechazáramos esos postres que tanto nos gustaban. Lo mismo hacía cuando nuestro padre nos convidaba con un vasito de vino azucarado los días de fiesta: le pasaba la mano por encima o lo llevaba a sus labios colorados y se reía con expresión realmente diabólica al ver nuestro asco y al oír nuestro llanto de disgusto. Nos llamaba "sus animalitos" y se nos prohibía que nos quejáramos o abriéramos la boca. Parecía que nuestra madre temía tanto como nosotros al horrible Coppelius y nuestro padre se comportaba ante él con la mayor humildad. Al principio, imaginé que el "hombre de la arena" sólo podía ser ese odioso personaje y, en lugar de ver en él al extraño ser de los cuentos de nuestra querida madre, veía algo diabólico e infernal que atraería sobre nosotros alguna desgracia espantosa. Sin embargo, temiendo ser sorprendido, reprimí un movimiento de espanto y me acurruqué como pude en el fondo del armario, dejando apenas el hueco necesario para ver la escena. Mi padre recibió muy respetuosamente a Coppelius, pero éste le dijo de inmediato con voz ronca: "Vamos, ¡manos a la obra!", mientras se sacaba la levita. Mi padre hizo lo mismo y ambos se pusieron unas camisas oscuras que sacaron de un hueco hecho en el muro, en el cual vi una hornalla. Coppelius se aproximó y, casi al instante, vi como brotaba bajo sus dedos una llama azulada que alumbró el cuarto con infernal claridad. Había desparramados sobre el piso varios instrumentos de química. Cuando mi padre se agachó sobre el crisol en fusión, su rostro tomó de pronto una expresión desconocida, sus facciones, crispadas por un íntimo dolor, tenían algo de la fisonomía desagradable de Coppelius. Este, en tanto, revolvía con una tenaza la materia hirviente, sacaba unos lingotes de brillante metal y los batía sobre un yunque. Me parecía que en cualquier momento saltarían cabezas humanas, pero sin ojos. -¡Ojos! ¡Ojos! -susurraba roncamente Coppelius. No pude oír nada más. Mi emoción era tal que, a punto de desmayarme, me caí al suelo. Con el ruido que hice mi padre se sobresaltó y Coppelius, lanzándose sobre mí, me levantó del piso. Apretando los dientes me suspendió sobre la llama del crisol, que comenzaba a quemarme el pelo: -¡Ay! -exclamó-. ¡Aquí están los ojos, y ojos de niño! Mientras decía esto sacó de la hornalla unos carbones encendidos y quiso colocarlos en mis párpados. Mi padre trataba de detenerlo gritándole: -¡Maestro! ¡Maestro! respete a mi Nataniel. -Bueno -dijo Coppelius- sea, pero por lo menos quiero estudiar los nervios de sus pies y de sus manos. Y diciendo esto hizo crujir mis articulaciones de tal modo que me parecía estar ya todo dislocado. Después de esto todo se oscureció y quedó en silencio, y no sentí más nada. Cuando me recobré de este segundo desmayo, el aliento suave de mi madre daba calor a mis labios fríos. Le pregunté balbuciendo: -¿Todavía está el hombre de la arena? -No, mi ángel -respondió-. Ya se marchó y nunca más te hará daño. No temas, porque desde ahora no te separarás de mi lado. La buena mujer me apretaba contra su pecho estremecida de ternura y de espanto. ¿Cuál es el secreto, Lotario, de esta aventura? Me tomó una fiebre altísima y estuve casi seis se- manas entre la vida y la muerte. En mi delirio siempre creía ver en la figura de Coppelius al hombre de la arena. Pero no es esto lo más horrible de mi historia: hay más aún. Hacía un año que no veíamos a Coppelius y muchos creían que no estaba en la ciudad. Mi padre recobró poco a poco su alegría, recuperó sus viejos hábitos y nos dio nuevas pruebas de su paternal cariño, pero, una noche, cuando sonaron las nueve en la torre vecina, oímos crujir la puerta de calle sobre sus herrumbrados goznes y resonaron en la escalera unos pasos pesados, cuyo ruido parecía el de un martillo que golpea contra el yunque. -¡Coppelius! -gritó mi madre poniéndose pálida. -Sí, Coppelius -susurró mi padre algo agitado-. Pero es la última vez que lo vemos, lo prometo. Acuesta a los chicos. Buenas noches. Mi madre me acompañó hasta la cama y me acosté, pero en cuanto se apagó la luz, sentí que me sofocaba y extrañas visiones me asaltaron por todos lados. Había pasado ya un largo rato en ese estado de angustia y alucinación cuando, al dar las doce, se oyó un ruido parecido al de un tiro que hizo vibrar las puertas y ventanas; alguien pasó corriendo frente a mi cuarto y enseguida la puerta de calle se cerró ruidosamente. Salto de la cama y me precipito en el pasillo, se oyen gritos desgarradores en el cuarto de mi padre y veo que sale de allí una nube de humo negro y sucio. La sirvienta grita: -¡Mi amo! ¡Pobre mi amo! Frente a la chimenea está tendido el cadáver de mi padre, ennegrecido y horriblemente mutilado. Inclinadas sobre él, mi madre y mi hermana lanzan gritos desgarradores. "¡Coppelius! ¡Coppelius! -grité yo-. “¡Mataste a mi padre!" -y cal al suelo sin sentido. Dos días más tarde, cuando pusieron el cadáver de mi padre en el ataúd, sus rasgos, a pesar de la muerte, habían recuperado la antigua serenidad; ello nos hizo pensar que Dios perdonaba su alma sin pedirle cuentas de sus vínculos con Coppelius. La explosión despertó a todo el vecindario. Lo ocurrido esa noche fue al día siguiente tema de conversación de toda la ciudad. Los jueces dieron orden de prisión contra Coppelius, a quien todos acusaban de asesino, pero el desgraciado había desaparecido sin que nadie supiera el camino que había tomado. Y bien, Lotario, cuando sepas que el vendedor de barómetros que me visitó no era otro que el miserable Coppelius, seguramente no dirás que me atormento buscando en los hechos más comunes signos de desgracia. Perfectamente reconocí los rasgos, el aspecto y la voz de Coppelius. Se hace pasar por mecánico del Piamonte y dice llamarse Giusseppe Coppola, pero a mí no me engaña y vengaré la muerte de mi padre. Clara a Nataniel Aunque no me has escrito desde hace tiempo, creo, querido mío, que tu pensamiento y tu corazón no han alejado mi recuerdo porque, el otro día, cuando escribiste a mi hermano, pusiste mi nombre y las señas de mi casa en el sobre. Por tu distracción, fui la primera que abrí tu carta y en las primeras líneas me di cuenta de tu error. Debí no leer una palabra más y entregar la carta a mi hermano, pero el comienzo de la historia que le contabas picó de tal forma mi curiosidad que me dejé llevar. Coppelius es un horrible personaje. Ignoraba además hasta ahora el espantoso accidente que te arrebató a tu padre. El maldita vendedor de barómetros a quien llamas Giusseppe Coppola y que, según dices, se parece tanto al miserable Coppelius me persiguió durante todo el día como un fantasma amenazante. Soñé con él y por la noche me desperté varias veces gritando horrorizada. No te enfades si sabes por la respuesta de Lotario que al día siguiente recuperé la serenidad, alejando de mi imaginación esos fantasmas, ya que, te confieso, lo sobrenatural me parece que no corresponde a esta historia. Quizá fuera Coppelius el más repugnante ser entre los hombres y entiendo tu infantil rechazo al ver su aspecto salvaje. Personificaste en él al "hombre de la arena" como cualquier niño impresionado por cuentos de nodriza. Seguramente los encuentros nocturnos de Coppelius y tu padre eran para practicar la alquimia y tu madre se afligía pues ese trabajo causaría grandes gastos sin dar nunca nada. Por otra parte, tu padre, obsesionado por la idea de producir oro y de hallar la piedra filosofal, descuidaba las cosas de su casa y sus afectos familiares. La muerte de tu padre me parece consecuencia de un descuido: algunas combinaciones de materias fundidas pueden ocasionar una explosión más o menos terrible. Sé esto porque un químico me mencionó numerosas sustancias cuyos nombres no anoto porque los olvidé. Sé que te compadecerás de tu pobre Clara, pues no cree en fantasmagorías y ve las cosas del mundo bajo su aspecto más natural. Nataniel querido: ¿habrá alguna fuerza oculta, con un ascendiente tal sobre nosotros, que pueda arrastrarnos al desastre y a la desgracia? No, Dios nos dio la luz del alma y la piedra da toque de la conciencia para que con su ayuda podamos reconocer al enemigo que nos acecha, sea cuales fueren las formas bajo las cuales se oculte. Si avanzarnos con paso firme, por el camino de la virtud, la vista fija en lo alto, vanamente trató de hacernos caer en sus redes la fuerza oculta. Puede ser que, por un momento, nuestro espíritu se deje seducir por engañosos fantasmas, cuyo aspecto nos parece verdaderamente peligroso, pero esos fantasmas son sólo pensamientos alterados por una suerte de fiebre que les da formas caprichosas tomadas, según nuestro carácter, de las ideas que nos han imbuido sobre el cielo o el infierno. Querido Nataniel, así entendemos mi hermano y yo esas profundas cuestiones de las fuerzas ocultas. Ya ves que los misterios no asustan a todo el mundo y que todavía quedan jóvenes lo bastante osados como para razonar en lugar de temblar. Te lo ruego, aleja de tu mente las repugnantes figuras de Coppelius y del vendedor de barómetros, Giusseppe Coppola. Si cada línea de tu carta no llevara el sello de una gran excitación me alegraría mucho contarte todas las cosas raras que se me ocurrieron sobre el "hombre de la arena" y Coppelius, el abogado vendedor de barómetros. Lo dejaré para otra oportunidad. Si los temores te atacan nuevamente, ven a guarecerte bajo mis alas, yo seré tu hada buena. No hay mejor cosa que una alegre carcajada si se quieren alejar para siempre a los monstruos fantásticos. Siempre tuya, mi amado. Nataniel a Lotario Querido amigo, me molestó mucho que, debido a mi tonta distracción, Clara leyera mi carta. La maliciosa muchacha se burló por completo de mis palabras y, sin embargo, no obstante sus razonamientos contra lo que llama mi fascinación, estoy seguro de lo que mis ojos vieron. Reconozco, además, que el vendedor de barómetros y el abogado Coppelius son dos seres totalmente diferentes. Ahora estoy tomando lecciones con un físico llamado Spalanzani, italiano de origen, y este hombre conoce desde hace mucho a Giuseppe Coppola quien tiene acento piamontés mientras que Coppelius era alemán, muy alemán. Y ahora, por más que tú y tu hermana piensen que tengo la cabeza vacía, les digo que no puedo borrar de mi mente la impresión del terrible parecido que me sorprendió al principio. Spalanzani es un sujeto bastante extraordinario. Imagina un hombrecito como una pelota, de pómulos muy pronunciados, nariz afilada como la hoja de un cuchillo, labios mal trazados y ojos relucientes como carbunclos. En los últimos tiempos fui a su casa a ver varios experimentos. Un día, cuando pasaba por el vestíbulo, advertí que la cortinita verde de una puerta vidriera no estaba corrida como era habitual, mecánicamente me acerqué y vi a una bellísima mujer sentada en medio del cuarto, con los brazos apoyados sobre una mesita. Como estaba frente a mí, mis ojos se encontraron con los suyos y vi con asombro y temor, a la vez, que sus pupilas carecían de mirada: se diría que esa mujer dormía con los ojos abiertos. Con el corazón oprimido y la cabeza ardiendo me escurrí en el salón donde un auditorio numeroso aguardaba la lección del profesor. Alguien me dijo que la misteriosa mujer era Olimpia, hija de Spalanzani, que la tenía secuestrada en su casa. Quizá la linda joven sea tonta o Spalanzani tenga alguna otra razón muy legítima para proceder así. Lo averiguaré. No quiero aburrirte con mis excentricidades, ya que muy pronto hablaremos directamente y más tranquilos. Amigo mío, en unos quince días, a más tardar, estaré contigo y cerca de Clara y mi pobre fantasía se tranquilizará bajo la tierna influencia de su mirada cariñosa. Adiós. Muy bien pudo empezar la historia de las extraordinarias aventuras del estudiante Nataniel en el momento en que manda al diablo al vendedor de barómetros. Las tres cartas que mi amigo Lotario me envió son como tres pinceladas dibujadas al azar en el lienzo: se trata de esbozar los rasgos y colorearlos luego. Vayamos al asunto. Poco después de la muerte del padre de Nataniel, fueron recogidos en la casa de la madre de nuestro héroe Clara y Lotario, dos niños con los que tenía un lejano parentesco. Clara y Nataniel pronto se sintieron mutuamente atraídos y ya eran novios cuando éste último debió irse a concluir sus estudios a la ciudad de G... Ya hemos visto que asistía al curso de física del profesor Spalanzani. Clara no era bella en la común acepción del término.. Un pintor no vería en la línea de su torso, de sus hombros o de su seno sino la imagen de la pureza. Pero poseía una cabellera espléndida que la envolvía como un velo y la blancura de su tez aterciopelada podía desafiar a la nieve. Un fanático de la belleza hubiera comparado los ojos de Clara con los lagos azules de Ruysdael, cuya superficie tersa refleja tan prístinamente los bosques, los campos, las flores y todo lo poético que encierra el más rico paisaje. Una imaginación vivaz y brillante se sumaba a estas cualidades naturales de la muchacha, además de un corazón sensible y afectuoso que tenía en cuenta lo positivo de lo razonable, según pudimos apreciar por su carta. Las almas románticas no le gustaban del todo; discutía poco con los aficionados a hacer frases, pero su maliciosa mirada decía con elocuencia: "Amigos, vanamente se esfuerzan en llevarme a su mundo imaginario". Esa manera de entender las cosas de la vida hacía qué su carácter fuera juzgado de maneras muy diversas; algunos la acusaban de insensible y prosaica, pero los espíritus privilegiados estimaban en ella un sentido exquisito de la más pura delicadeza. Nadie quería a Clara como la amaba Nataniel, a pesar de su exaltada pasión por lo maravilloso, y la joven pagaba ese cariño con el amor más dulce. Cuando el joven llegó de G. el tiempo anunciado a Lotario, corrió a sus brazos lleno de felicidad desechando ese día y sin esfuerzo de su memoria, a Coppelius y a Coppola. No obstante, Nataniel estaba en lo cierto cuando escribió a su amigo Lotario que la presencia del maldito vendedor Giusseppe Coppola habla sido fatal para él. Su carácter se fue volviendo sombrío y taciturno, y su alegría se hizo tristeza. No era posible arrancarlo de sus místicas meditaciones, cosa que disgustaba mucho a la pobre Clara, a quien no bastaba todo el arsenal de sus sabios razonamientos para combatir el dolor moral que mataba a su amado. Un día en que Nataniel se lamentaba de que veía interponerse constantemente al monstruo de Coppelius entre él y sus esperanzas de dicha, le dijo con tristeza: "Amigo, creo, sí, que ese hombre extraño se ha convertido en tu genio del mal, pero no debes echar la culpa a nadie por ello, sino a ti, porque su poder existe únicamente por tu credulidad". Esta lucha del alma contrariaba a Nataniel sin curarlo de sus lúgubres pensamientos y, poco a poco, despechado, fue considerando a Clara como a uno de esos seres inferiores a quienes, por faltarle el don de la "segunda vista", no pueden penetrar en los misterios invisibles de la naturaleza. Cada día, desde la mañana, se esforzaba para que Clara aceptase sus ideas y le leía tratados de ocultismo. A veces le decía, mientras estaba atareada con los prosaicos preparativos del almuerzo: "En verdad pienso que eres el genio de mi café, porque debo descuidar los trabajos de la casa, perder tiempo para oírte discurrir. Hierve el agua, el café se cae en la ceniza y adiós almuerzo'. Nataniel, fuera de sí al sentirse incomprendido, cerraba enfurecido sus libros y se refugiaba en su cuarto sin que se lo volviera a ver en todo el día. Las peleas y el fastidio se impusieron en las reuniones familiares, desapareciendo la armonía entre dos seres que habían nacido para amarse y hacerse dichosos mutuamente. El tiempo pasaba, sin embargo, y parecía que borraba algunos de las rarezas del pobre Nataniel, quien veía alejarse cada vez más a la detestable figura de Coppelius. El joven buscó distracción en la poesía como un modo de olvidar sus fatales ideas. Una vez fue a buscar a Clara con un grueso manuscrito en la mano: era un auténtico poema en el que había volcado todas sus impresiones, explicando las fantasías y todos los dolores de su alma afiebrada. Comenzó la lectura en el invernadero. Los suaves aromas de las flores embalsamaban el aire y los últimos rayos del crepúsculo doraban las copas de los árboles. Nataniel abrió su cuaderno mientras Clara tejía, dispuesta a cerrar sus oídos a una lectura que, según su parecer, la disgustaría. Pero cuando el joven leyó las primeras páginas sintió una agitación especial, se le cayó el tejido de las manos y se quedó ensimismada mirando a Nataniel, dominado por el entusiasmo de una poesía delirante. Cuando terminó de leer, el joven arrojó el manuscrito lejos de sí y con los ojos bañados de lágrimas y el pecho acongojado por los sollozos, se inclinó hacia Clara, tomó sus manos convulsivamente y con angustiado tono exclamó: -¡Ay, Clara, Clara! -Amigo -le dijo la joven mirándolo con compasión-, tu poema es absurdo, echa al fuego esa maldita obra. -¡Loca! -gritó Nataniel levantándose de un salto y fijando en Clara una mirada tenebrosa, aunque inmóvil e inexpresiva. Sin decir nada más se alejó corriendo, mientras la joven intentaba inútilmente contener las lágrimas. -¡Pobre de mí! -susurraba-, nunca me amó ya que no me comprende y me desprecia. En ese momento Lotario apareció en el invernadero y viendo llorar a su hermana le exigió que le dijera la causa de sus lágrimas, pues la quería con la mayor ternura. Instantes después corría tras Nataniel, lo alcanzó y le reprochó su actitud. El joven respondió violentamente, se cruzaron palabras terribles y por fin se citaron detrás de la tapia del jardín al día siguiente. Pasaron el resto de la jornada mudos y sombríos. Clara, sin embargo, adivinó lo ocurrido cuando vio preparar las espadas para el duelo. Tembló ante el peligro de perder a su hermano y a su novio. A la hora fijada, las armas estaban sobre la hierba que muy pronto se teñiría de sangre; Lotario y Nataniel se habían sacado sus levitas y con los ojos centelleantes y la amenaza en los labios estaban a punto de ponerse en guardia, cuando Clara, con el cabello al viento, se lanzó entre ambos gritando: -Mátenme a mí, pues soy la causa del duelo. ¡Juro que no sobreviviré al que muera en este horrible desafío! Lotario arrojó la espada y Nataniel cayó a los pies de su novia diciendo con tono lastimero: -¡Ángel mío, perdóname! Y también tú, Lotario. Mía es la culpa, pero saben bien que los quiero como lo prueban con exceso mis lágrimas y mi arrepentimiento. Ambos levantaron a Nataniel y con palabras llenas de emoción se hicieron nuevos juramentos de afecto eterno. Desde ese día, Nataniel sintió cierto alivio porque el cariño de los seres que amaba habían alejado en parte de su alma los efluvios que lo perturbaban. Tres días más pasó en la casa antes de partir para G..., a donde debía regresar para cursar el último año de su carrera. Convinieron que pasado ese tiempo se establecería con su prometida en su tierra natal para siempre. La madre de Nataniel ignoraba la agitación que había causado en el alma de su hijo el recuerde de Coppelius. Trataban de guardar este secreto para que no se afligiera, pues aún lloraba la muerte de su marido y la sola mención del nombre de Coppelius la hundía en profunda desesperación Cuando volvió a G... Nataniel se encontró con la noticia de que la casa donde antes vivía se había incendiado, quedando en pie sólo tres muros negros y calcinados. El incendio, así le dijeron, se inició en una farmacia. Los amigos de Nataniel pudieron salvar algunas de sus pertenencias, instrumentos de física y apuntes, que llevaron a otro cuarto alquilado a nombre del estudiante, ubicado frente al del profesor Spalanzani. Desde la ventana se veía muy bien el interior del estudio, en el cual a menudo se podía ver, si estaban las cortinas descorridas, a Olimpia, muda y quieta. A Nataniel le extrañó muy pronto esa actitud, que no variaba en absoluto durante horas y a fuerza de mirar a la hermosa mujer se sintió como galvanizado. Su amor por Clara, sin embargo, llenaba su corazón, defendiéndolo de la seducción de la austera Olimpia. Por ello sólo de vez en cuando el joven dirigía una distraída mirada a cuarto donde vivía aquella bella estatua. Un día, mientras escribía una larga carta a su novia, vio aparecer de pronto la desagradable figura de Coppola. De inmediato lo invadió una agitación nerviosa, pero acordándose de los razonamientos de Clara y de la información que le diera el profesor Spalanzani sobre ese individuo, casi se avergonzó de su primer sentimiento de espanto y, con toda la calma que pudo, le dijo el inoportuno visitante: -No necesito barómetros. Vaya a venderlos al demonio. Pero Coppola, sin hacer caso de sus palabras, entró en el cuarto y mirando siniestramente al estudiante le dijo: -No sólo tengo barómetros. También tengo ojos, y muy buenos. -Ojos -exclamó Nataniel-. Maldito loco, ¿qué quiere decir? -¡Míralos! -respondió el vendedor abriendo un paquete, del cual empezó a sacar anteojos de todo color y tamaño y en una cantidad tal que enseguida llenó la mesa, El pobre Nataniel creyó sentir miles de fantásticas miradas sobre su persona, mientras Coppola seguía sacando anteojos, como si no se acabaran • nunca. El estudiante sentía que su malestar aumentaba; de pronto, no pudiendo aguantar más, se lanzó contra el vendedor, lo tomó del cuello y lo hizo retroceder muerto de miedo. -¡Perdón! -gritó Coppola, juntando sus anteojos-. Si no te sirven, no es motivo para que me estrangules. Quizás prefieras largavistas, en ese caso puedes elegir. Cuando todos los anteojos estuvieron dentro del paquete, Nataniel se calmó como por encanto. Los nuevos objetos que Coppola le mostraba no tenían sobre él fascinación alguna y, un poco turbado por haberse dejado llevar por la ira, quiso repararla comprando algo al vendedor. Eligió un anteojo pequeño, cuya montura le atrajo por su delicado trabajo y, para probarlo. lo fijó en dirección al cuarto donde Olimpia Spalanzani estaba sentada en el lugar habitual. Por primera vez veía su rostro tan cerca. Parecía encantado con la contemplación cuando lo hizo volver en sí el ruido que hacía Coppola golpeando con los pies el piso, mientras repetía con cadencioso tono: "Tre zecchini, tre zecchini" (tres ducados). Nataniel pagó rápidamente y Coppola se fue multiplicando los saludos y las muestras de gratitud, pero en cuanto llegó a la escalera dejó escapar una hiriente carcajada. "Ese ladrón -dijo Nataniel para sí-, me hizo pegar por el anteojo diez veces su valor y seguramente se ríe del engaño". El joven dejó a un lado el instrumento para concluir su carta a Clara. Pero en cuanto tomó la pluma, la imagen de Olimpia lo distrajo varias veces de tal modo ale por último se levantó a observar la ventana del cuarto. Se sentía sumido en una especie de encantamiento cuando su compañero Segismundo lo fue a buscar para asistir ala clase del profesor Spalanzani. Desde ese día las cortinas del cuarto de Olimpia estuvieron siempre perfectamente corridas, de modo que el enamorado estudiante perdió el tiempo haciendo de centinela, anteojo en mano. El tercer día sintió que la cabeza se abrasaba y, presa del delirio, salió corriendo de la ciudad. La imagen de Olimpia se multiplicaba a su alrededor como por arte de magia. La veía flotar por el aire como una nube de nieve, brillaba a través de los setos florecidos y se reproducía en los límpidos arroyos. Nataniel no recordaba ya a la pobre Clara. Vagaba al azar, con la vista fija en el suelo y la voz entrecortada por el llanto exclamaba: ¡Ay, estrella de mi amor, no me abandones solo en la tierra! Mis días son tristes lejos de ti y mi vida se marchita como la flor que quema el sol del desierto!". Cuando Nataniel regresó a su casa, se oía mucho ruido en la de Spalanzini: puertas que se abrían, ventanas que se desmontaban, obreros que llevaban muebles de un lado a otro, en tanto otros clavaban tapices, desplegando una gran actividad. Su compañero Segismundo dijo a Nataniel que el profesor Spalanzani daría un espléndido baile al día siguiente, al cual concurriría lo más granado de la universidad y al cual se presentaría Olimpia por primera vez. Nataniel halló en su casa la invitación. Sólo Dios sabe la felicidad que sintió al entrar en la sala magníficamente iluminada, donde ya estaba reunido lo más escogido de la sociedad alrededor del sabio profesor. Olimpia, vestida con exquisito gusto, era admirada por su hermosura. En sus líneas perfectas sólo se advertía una falta, un ligero arqueamiento del talle, consecuencia al parecer de un exceso de presión causado por el corsé. La beldad se desplazaba majestuosamente, aunque con una cierta rigidez que se atribuía a su natural timidez. Durante algunos momentos se sentó al piano y entonó una canción nacional de moda, con acento sonoro y vibrante. Nataniel la miraba absorto en una especie de éxtasis, pero como llegara un poco tarde no pudo ubicarse en primera fila. Para ver mejor sacó el largavista que había comprado a 'Coppola y examinó con discreción las encantadoras facciones de Olimpia. En ese instante sintió que su pecho se inflamaba de amor con fuerza incontenible; a Nataniel le pareció que la hermosa hija de Spalanzani le dirigía miradas llenas de voluptuosa languidez; creyó que su canto sonaba en su oído con los acentos sublimes de un eco celestial; una nube cubrió después sus ojos y su imaginación se perdió en las más lejanas esferas del ideal; por un momento le pareció que un brazo amoroso ceñía su cuello y exclamó: "¡Olimpia, Olimpia!" Las personas que estaban más cerca de él se volvieron y se rieron en sus narices, pero Nataniel no les hizo caso. El baile seguiría al concierto. ¿Acaso no sería. el colmo de la dicha bailar con aquella prodigiosa hermosura? ¿Pero cómo se atrevería a invitar a Olimpia? Sin duda, el joven se atrevió porque poco después se lo veía inclinado ante la bella. Un sudor frío corrió por su frente cuando rozó con la punta de sus dedos los de Olimpia, pues la mano de la ¡oven estaba fría como la de un muerto. Nataniel clavó en ella su mirada y notó que sus ojos tenían aquella misma lánguida fijeza. Se repuso rápidamente, sin embargo, de su temor y de su asombro, y enlazó con su brazo la cintura de la reina de la fiesta, lanzándose con gracia exquisita entre los numerosos bailarines. Bailaba Olimpia con una justeza y un compás que asombró a todas las mujeres. Nataniel, luego de llevarla hasta su sitio se sentía tan enamorado y orgulloso que de buena gana hubiera desafiado a quien se hubiera atrevido a invitar a bailar a Olimpia, pero el respeto debido al lugar y a las personas lo detuvo. Se sentó junto a la hermosa mujer, le tomó la mano y le habló con las palabras más delicadas pero con todo el fuego de la pasión que lo embargaba. La joven sólo respondía con un monosílabo gutural, difícil de definir. "¡Aj, aj, aj!", susurraba Olimpia. Nataniel, sorbido ya los sesos le decía: -¡Tú, que eres digna del amor de los ángeles, puro reflejo de la felicidad de los elegidos, mírame con tus dulces ojos! Olimpia, a todo esto se limitaba a responder con un perpetuo: "¡Aj, aj, aj!" Durante esta peculiar conversación, el profesor Spalanzani pasó varias veces delante de los enamorados y los miró sonriendo extrañamente. A pesar de su encantamiento, Nataniel fue advirtiendo que las luces del salón disminuían por momentos, que las velas se apagaban unas detrás de otras, que la música y la danza habían terminado hacía tiempo ya y que la sala estaba desierta. -Dios mío -dijo Nataniel-. ¿Debemos separarnos ya? ¿Ángel mío, me dejarás volver a verte? Se inclinó sobre las manos de Olimpia para llenarlas de besos, pero en ese momento sintió en los labios el frío de la muerte y se estremeció de pies a cabeza. -Olimpia -balbuceó-, ¿me amas? La hermosa mujer se levantó como accionada por un resorte, respondiendo como siempre "¡Aj, aj, aj! Cruzó el salón seguida de Nataniel, quien repetía constantemente sus enfáticas declaraciones. Olimpia se detuvo frente a Spalanzani, quien dijo al estudiante: -Amigo, ya que tanto le complace conversar con mi hija, con mucho gusto recibiremos su visita. El estudiante creyó que se le abrían las puertas del cielo y salió de la casa loco de amor y felicidad. Durante lamo tiempo el baile de Spalanzani fue tema obligado de las conversaciones y, especialmente, de severas críticas: algunos señalaban con malicia ciertas torpezas que no pasaron inadvertidas y que mostraban que el profesor no estaba habituado a tratar con la buena sociedad; otros, y éstos eran mayoría, ponían en ridículo los defectos de Olimpia y estaban de acuerdo en que era tonta, hecho que justificaba que Spalanzani no la presentara en público durante tanto tiempo. Nataniel se enfurecía cuando oía estas cosas, pero no contestaba temiendo comprometer a su amada y exponerla a que le cerraran las puertas. Un día Segismundo le dijo: -¿Cómo puede ser que un hombre equilibrado como tú se pueda enamorar de una muñeca que no dice nada? Nataniel le respondió con calma aparente: -¿Cómo puede ser que un muchacho con unos ojos como los tuyos no haya comprendido los encantos y tesoros visibles que oculta la persona de Olimpia? Es mejor que no los vieras, porque amarías a la joven con una pasión como la mía y bien sé que no podría vivir con un rival, aunque fuera mi mejor amigo. Segismundo se dio cuenta de que el alma de Nataniel estaba muy enferma y quiso distraerlo de sus belicosas ideas. -La belleza -le dijo, es algo puramente convencional y el capricho frecuentemente interviene más que la realidad. Sin embargo, ¿no te parece raro que todos nuestros compañeros vean del mismo modo a Olimpia? Si esa mujer encierra facciones bellas y formas atractivas, no se puede dejar de reconocer, después de examinarla, que sus ojos carecen de expresión y que todos sus movimientos parecen el producto de un mecanismo. Canta y toca a compás, siempre lo mismo y con el mismo acompañamiento y con respecto a su manera de bailar, es francamente -automática. Esto advertimos todos los que la vimos y deduzco de ello que tu bella Olimpia es un ser sobrenatural, cuyo secreto algún día se sabrá. Nataniel hizo otro enorme esfuerzo por contenerse. Por fin respondió a Segismundo: -Todos ustedes son unos prosaicos. Todo el amor y la seducción que hay en Olimpia sólo se me revelaron a mí, pues únicamente yo tenía facultades lo bastante delicadas como para apreciar el tesoro que el destino me brindaba. Entiendo que les desagrade y que tampoco ella desee oír las tontas charlas de ustedes. Las pocas palabras que pronuncian sus labios para mí son corno los jeroglíficos del mundo íntimo donde las almas viven... Pero nada sabes de esto. Así es -repuso Segismundo-, y por eso te dejo entregado a tus ensoñaciones. Pero si alguna vez te hace falta un amigo en el ámbito de lo real y de lo verdadero, al cual volverás tarde o temprano, recuérdame... ¡Adiós! Nataniel pareció conmoverse al oír estas palabras y ambos jóvenes se dieron la mano antes de separarse. El estudiante había olvidado a Clara totalmente, como si nunca hubiera existido. Tampoco se acordaba de Lotario. El pobre joven se pasaba todos los días al lado de Olimpia, le leía versos, poemas, baladas y tratados de psicología. La bella escuchaba todo con una paciencia y una impasibilidad increíbles. Miraba a su amado con sus ojos negros siempre fijos y cuando Nataniel, lleno de pasión, se arrodillaba a sus pies y le besaba las manos o los labios, Olimpia sólo susurraba siempre "¡Aj, aj, aj!". Al marcharse añadía: "Buenas noches, mi amado". Esas pocas palabras abrían al estudiante el universo infinito del amor platónico; creía pensar, actuar y sentir sólo por Olimpia y se admiraba de la fuerza del amor que había atraído hacia él el alma y las facultades de la bella joven. Algunas veces, en momento de lucidez, se detenía a pensar sobre la extraña inmovilidad de la muchacha pero inmediatamente se decía: "¿Qué son las palabras? Sonidos vanos que se desvanecen en cuanto se pronuncian: la mirada de Olimpia dice más que toda la elocuencia humana". El profesor Spalanzani parecía tener especial interés en las relaciones de su hija con Nataniel y llenaba al estudiante de grandes atenciones y cordial trato. Un día, armándose de todo el coraje como para dar un gran golpe, nuestro héroe se decidió a pedir sin tardanza y con la seriedad adecuada al caso, la mano de Olimpia. Consideró necesario para que su éxito fuera seguro, declararse formalmente primero a la mujer de sus pensamientos y, para dar al hecho más solemnidad, buscó un anillo de oro, recuerdo de su madre, que guardaba en una cajita, para ponerlo en el dedo de su amada como anillo de boda. Lo primero que vio en la cajita fue las cartas de Lotario y Clara, que apartó con impaciencia; cuando encontró el objeto buscado partió corriendo a casa del profesor. Cuando llegaba al último tramo de la escalera oyó un terrible ruido en el cuarto de Spalanzani, - causado por insistentes golpes en el piso y en las paredes, y después golpes metálicos. En medio de todo es estrépito se oían dos voces que lanzaban tremendas maldiciones: -¡Suelta, desgraciado! ¿Crees que me robarás mi sangre y mi vida? -¡Es mi obra predilecta! -¡Yo fabriqué los ojos! -¡Yo hice los resortes del mecanismo! -¡Vete al infierno, sinvergüenza! -¡Que se lleve tu alma el diablo, aborto del infierno! ¡Devuélveme lo que es mío". Esto decían dos voces rotundas, que no eran otras que las de Spalanzani y de Coppelius.' Fuera de sí, Nataniel dio un puntapié a la puerta y se lanzó a la habitación en medio de los contendientes. El profesor y el italiano Coppola luchaban furiosamente por una mujer, tirando uno de sus brazos y el otro de sus 'piernas. -¡Dios mío! -gritó Nataniel-. ¡Es Olimpia! Iba a tomar a Coppola por el cuello justo en el momento en que éste, con fuerza 'hercúlea, obligó a su rival a soltar la presa dándole un fuerte golpe; levantó después con sus vigorosos brazos a la mujer y golpeó con ella rudamente en la cabeza del profesor, con tal fuerza que el pobre, totalmente aturdido, cayó al suelo a tres pasos de distancia rompiendo en su caída una mesa repleta de frascos, redomas, alambiques y otros instrumentos. Aprovechando el desorden, Coppola cargó a Olimpia sobre sus hombros y lanzando una risa diabólica, desapareció. Hasta el final de la escalera se oyeron los golpes de las piernas de Olimpia contra los escalones, las que producían un ruido parecido al de las castañuelas. La cabeza de Olimpia había quedado en el campo de batalla. Espantado Nataniel reconoció en ella una figura de cera y vio que tos ojos, de esmalte, estaban rotos. El desdichado Spalanzani estaba tirado en medio de un charco de vidrios que le habían provocado sangrientas heridas en los brazos, en el pecho y en la cara. -¡Coppelius! ¡Coppelius! -exclamaba con voz dolorida-. ¡Maldito ladrón! Me robas el fruto de veinte años de estudio y trabajo. Pero no importa, ¡te quité los ojos! ¡Aquí están! En efecto, a los pies de Nataniel dos ojos sangrientos lo miraban fijamente. Spalanzani los recogió y tocándose con ellos el pecho los arrojó sobre el estudiante. Al sentir su contacto, Nataniel, en un acceso de locura empezó a gritar; diciendo cosas sin sentido se echó sobre el profesor y lo hubiera estrangulado si los vecinos, que llegaron en ese momento, no lo hubieran detenido. Hubo que atarlo para evitar desgracias. De inmediato lo llevaron al hospicio, su amigo mundo lo siguió llorando. El famoso profesor Spalanzani mejoró en poco tiempo, pues ninguna de sus heridas era grave. Pero en cuanto estuvo en condiciones de irse a otro lugar, debió dejar la ciudad pues todos los estudiantes que conocían la burla de que Nataniel había sido víctima, juraron vengarse terriblemente del físico italiano ya que, valiéndose de un maniquí había abusado de la confianza de personas tan respetables como los estudiantes de la ciudad de G ... y sus familias. Varios abogados propusieron instruirle proceso criminal como causante de la locura de Nataniel, pero el profesor huyó oportunamente; tampoco volvieron a ver al vendedor de barómetros y anteojos, Giusseppe Coppola. Cuando Nataniel, gracias a los cuidados, recuperó la razón, pareció que despertaba de una larga pesadilla. Estaba en la casa paterna al lado de su madre, la buena Clara y Lotario, que lloraban junto a su cama. En cuanto abrió los ojos, su novia fue la primera en hablarle. "Estás salvado, Nataniel querido, y gracias a nosotros no serás ya víctima de una terrible enfermedad". ¡Clara, Clara!, susurró el joven, mientras miraba asombrado todos los objetos, como si llamara a sus recuerdos. Segismundo, que no quiso dejar a su amigo enfermo, entró en el cuarto y le estrechó las manos. Unos días de feliz convalescencia completaron la cura del estudiante. Cuando estuvo completamente bien, le dijeron que un viejo tío, que durante toda su vida pareció muy pobre, pues era muy avaro, había muerto y había dejado a sus herederos una casa cerca de la ciudad, con un arca bastante repleta. Allí pensaba vivir tranquilamente toda la familia; se fijó el día de la mudanza y antes de partir convinieron en realizar las compras que hicieran falta para no volver a la ciudad en mucho tiempo, -Nataniel -dijo Clara a su novio-, ¿quieres subir al campanario para ver por última vez las montañas y los bosques lejanos? Al joven le pareció buena idea y subieron solos, ya que la anciana madre había vuelto a su casa y Lotario prefirió esperar al pie de la torre para no subir una escalera de trescientos escalones. Los enamorados, apoyados sobre la balaustrada del campanario, miraban absortos el poético paisaje que tenían ante su vista: las copas de los enormes árboles ondeaban como las olas de un mar verde y las montañas se perfilaban como siluetas de inmensos fantasmas bajo el azul oscuro del cielo. -¿Ves aquel árbol que se mueve allá abajo? -dijo Clara-. Parece venir hacia nosotros. Nataniel, que no tenía vista tan penetrante, buscó en su bolsillo el anteojo de Coppola, pero en cuanto lo acercó a sus ojos saltó como un tigre gritando con voz ronca y fiera. Olimpia, o mejor dicho su imagen, se le aparecía en el cristal del siniestro anteojo. Nataniel sintió que su cerebro daba vueltas, sus ojos se posaron en Clara con terrible expresión y luego, agarrando a la joven convulsivamente, quiso arrojarla desde la plataforma mientras gritaba: -¡Maniquí, maniquí del demonio, vuelve al diablo que te creó! La pobre Clara, espantada, se prendía de las barandas con la fuerza de la desesperación mientras Lotario, que había oído afortunadamente los gritos y presumiendo alguna desgracia, subía presuroso la tortuosa escalera del campanario. Cuando llegó a la plataforma, su hermana, ya sin sentido, estaba suspendida sobre el abismo. Lotario apenas tuvo tiempo de echar hacia atrás el cuerpo de Clara. Para que Nataniel soltara su presa le propinó un golpe en la cabeza que le hizo dar vueltas como un trompo. Lotario bajó la escalera con su querida carga mientras Nataniel corría desesperado por la plataforma saltando peligrosamente y aullando salvajemente. Muy pronto atrajo a una multitud horrorizada. Entre los curiosos apareció de pronto el abogado Coppelius, quien acababa de llegar a la ciudad. Varios hombres del pueblo quisieron subir al mirador para agarrar al loco, cuya desesperación hacia temblar a los espectadores. -Bah -dijo Coppelius-, déjenlo, que ya bajará solo. Y como miró hacia arriba para ver las evoluciones del desdichado Nataniel. éste, que se había inclinado sobre la balaustrada lo vio de pronto y al reconocerlo se arrojó de cabeza lanzando una carcajada demoníaca... Lo levantaron deshecho, mientras Coppelius se perdía entre el gentío. Unos años más tarde, Clara, que había dejado la ciudad después del desdichado suceso, estaba en un país lejano, y encontró a Segismundo, el amigo de Nataniel. Aún era una mujer joven y bella, estaba en la puerta de una casita campesina; a su lado, un hombre de aspecto dulce y serio le tomaba la mano mirándola amorosamente y dos graciosos niños jugaban a sus pies sobre el pasto salpicado de flores. Coppelius E. T. A. 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