libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Al amanecer del siguiente día pusieron la chalupa a remolque de la canoa, y zarparon en cuanto empezó la marea alta; pero al comenzar la bajamar les costó gran trabajo remolcarla, a causa de la pesadez que le daba la mucha agua que entraba por las hendeduras que no se habían podido tapar, y este retraso fue motivo de que hasta las cinco de la tarde no llegaran al lago. El marino no juzgó prudente exponerse, en tales condiciones, a los peligros de una travesía nocturna, máxime cuando, teniendo el aire propenso a echarse, era muy probable que refrescase con los primeros rayos del sol, como sucede casi siempre durante la estación del verano. Acamparon, pues, en aquel sitio, y después de comer con muy buen apetito, se echaron a dormir con la cabeza apoyada en el tronco de un árbol y los pies delante de una buena hoguera, que ardió toda la noche. -¡Embarquémonos! Esta fue la primera palabra que pronunció Evans cuando el alba empezó a reflejarse en el lago. Así como lo esperaban, la brisa del Norte tomó incremento a la salida del sol, y no podían, por lo tanto, pedir un tiempo más favorable para tomar el rumbo de French-den. Aparejaron la vela, y poniendo la canoa la proa al Oeste, comenzó a remolcar de nuevo la pesada embarcación, llena casi hasta el borde. Ningún incidente ocurrió durante la travesía de Family-Lake. Evans, por prudencia, estaba siempre pronto a cortar el cable de remolque en el caso de que la chalupa se fuera a pique, pues de no hacerlo así, hubiera arrastrado consigo la canoa, cosa grave en verdad, porque si la chalupa se hubiera perdido, ¡sabe Dios cuándo hubieran podido abandonar aquella isla! Por fin, a las tres de la tarde las alturas de Auckland-hill se dejaron ver, y a las cinco la canoa y la chalupa entraban en el Zealand y eran amarradas en el dique. Grandes vivas acogieron la llegada de los tripulantes, a quienes no contaban ver en muchos días. Durante aquella corta ausencia, el estado de Doniphan había mejorado algo; así es que el pobre muchacho podía responder a las cariñosas palabras que le dirigía Briant. Su respiración era más libre, y eso hacía creer a todos que el pulmón no estaba dañado. Kate renovaba de dos en dos horas el emplasto de hojas de aliso, y como la herida presentaba muy buen aspecto, juzgaban sus compañeros que se cerraría muy pronto. La convalecencia, sin duda, había de ser muy larga; pero la creían de marcha segura, dada la excelente constitución del enfermo. La reparación de la chalupa empezó en seguida. Costó mucho trabajo sacarla del río; pero, por fin, merced a las medidas tomadas por el marino, la vieron pronto en la orilla. Aquella barca tenía treinta pies de largo por seis de ancho, dimensiones suficientes para que cupieran en ella los diecisiete pasajeros que componían la colonia. Evans, tan buen carpintero como marino, elogió en alto grado la destreza de Baxter. Los materiales no faltaban, ni tampoco las herramientas. Con los restos de la armadura del Sloughi pudieron arreglar la parte del costillaje roto, las tablas averiadas de la obra muerta, y con la estopa vieja, mojada en resina, tan abundante allí, calafatearon perfectamente todas las junturas. La chalupa tenía puente a proa; lo compusieron y prolongaron hasta su tercio, cosa que aseguraba un abrigo en caso de mal tiempo, sin embargo de que no era de temer en aquella época del año. Los pasajeros podrían estar debajo o encima de aquel puente, según les conviniera. El mástil de gavia del yate sirvió de palo mayor, y Kate, según las indicaciones del marino, cortó una vela de mesana, otra más pequeña y un foque para proa. Con aquel aparejo la embarcación estaría mejor equilibrada y aprovecharía el viento por cualquier punto que viniera. Estos trabajos duraron treinta días, acabándose el 8 de Enero, no quedando ya más que algunos insignificantes detalles, pues Evans quiso que esta embarcación estuviera en estado de navegar sin peligro alguno a través de los canales del archipiélago magallánico y que recorriera, si fuera necesario, algunos centenares de millas en el caso de que fuese preciso llegar hasta el establecimiento de Punta Arena, en la costa oriental de la península de Brunswick. Navidad se celebró por segunda vez en French-den con cierto aparato, y también el día de año nuevo de 1862, que los colonos esperaban no concluir en la isla. Doniphan, muy débil aun, pero cuya convalecencia estaba bastante adelantada, salía ya del hall, y aun cuando el aire puro y un alimento nutritivo le devolvieron pronto sus fuerzas, sus compañeros no quisieron partir antes de que estuviera en estado de soportar una travesía de algunas semanas sin temor a una recaída. Mientras tanto, los jóvenes seguían su vida habitual, sólo que las lecciones y las conferencias estuvieron algo descuidadas, pues los pequeños se consideraban como en vacaciones. Wilcox, Cross y Webb volvieron a sus interrumpidas cacerías en South-moors y en Traps-woods. Desdeñaban ya las trampas y los lazos, a pesar de los consejos de Gordon, siempre avaro de las municiones; así es que se oían detonaciones muy frecuentes, y la despensa se enriquecía con carne fresca, cosa que daba pábulo a la alegría del buen Mokó, ocupado ya en preparar conservas para el viaje. ¡Con cuánto ardor hubiera Doniphan perseguido toda aquella caza de pelo y de pluma, ahora que no tenían por qué economizar las municiones! Mucho sentimiento le causaba el no poderse reunir con sus compañeros; mas era menester resignarse y no cometer ninguna imprudencia. En fin, durante los diez últimos días de Enero, Evans procedió al cargamento de la embarcación. Briant y los demás tenían muchas ganas de llevarse todo cuanto habían salvado del naufragio del Sloughi; pero imposible por falta de sitio, y fue preciso hacer una elección de lo que más conviniera. En primer lugar, Gordon puso aparte el dinero que recogió a bordo del yate, del que necesitarían tal vez los jóvenes colonos; luego, Mokó embarcó suficientes provisiones para el alimento de diecisiete personas durante tres semanas, y algo más por si acaso algún temporal los obligara a desembarcar en alguna de las islas del archipiélago antes de llegar a Punta Arena, Puerto Galante o Puerto Tamar. Lo que quedaba de municiones se encerró en las cajas de la chalupa, lo mismo que los fusiles y revólveres. Doniphan quiso también llevar los dos cañoncitos, sin perjuicio de que, si la necesidad obligaba para desembarazar el buque, podrían deshacerse de ellos más tarde. Briant ordenó que se embarcara también toda la ropa, todos o la mayor parte de los libros, los principales utensilios de cocina, y, en fin, los instrumentos necesarios para la navegación, relojes marinos, anteojos, brújulas, faroles y hasta la barquilla de goma. Wilcox escogió las mejores entre las redes y las cañas de pescar para utilizarlas por el camino. En cuanto al agua dulce, después de cogerla en el Zealand, la encerraron en unos diez barriles, que fueron bien colocados en el fondo, no olvidando lo que quedaba de brandy, aguardiente y demás licores fabricados con los frutos del trulca y del algarrobo. El cargamento terminó el día 3 de Febrero. Ya no quedaba más que fijar la fecha de la marcha, caso de que Doniphan pudiera soportar el viaje. El valeroso muchacho estaba cada día mejor; su herida se hallaba completamente cicatrizada, el apetito había vuelto, y apoyado en el brazo de Briant o de Kate, daba un paseíto de algunas horas por Sport-terrace. -¡Partamos, partamos! decía. Tengo muchas ganas de que nos embarquemos. El mar me repondrá por completo. Fijaron la marcha para el 5 de Febrero. La víspera, Gordon devolvió la libertad a todos los animales domésticos. Guanacos, vicuñas, avutardas y demás aves del corral, huyeron a escape. ¡Tan irresistible es el instinto de la libertad! -¡Ingratos! exclamó Garnett. ¡Después de los cuidados que les hemos prodigado, cómo huyen! -¡Así es el mundo! dijo Service con tono tan irónico, que aquella filosófica reflexión excitó la risa de todos. El día 5 los jóvenes colonos se embarcaron, llevando la canoa a remolque. Pero antes de soltar la amarra, Briant y sus compañeros quisieron reunirse por última vez ante las tumbas de Francisco Baudoin y de Forbes; y allí, con gran recogimiento, rezaron una postrera oración por el alma de aquellos dos desgraciados. Doniphan se colocó en la popa al lado de Evans, encargado del timón. A proa, Briant y Mokó estaban agarrados a las escotas, aun cuando podía contarse más bien con la corriente del Zealand que con la brisa interceptada por la masa enorme de aquel acantilado, a quien habían dado por nombre Auckland-hill. Los demás muchachos y Phann se colocaron según el capricho de cada cual en la parte anterior del puente. Desataron, por fin, la amarra, y los remos hendieron el agua. Tres hurras saludaron entonces a aquella hospitalaria morada, que durante muchos meses había ofrecido tan seguro albergue a los jóvenes colonos, y no sin grande emoción, sobre todo el americano, vieron, desaparecer Auckland-hill detrás de los árboles del ribazo. La chalupa, bajando el río Zealand, no podía ir más deprisa que la corriente, y a eso de las doce, cerca de la hondonada de Bog-woods, Evans tuvo que echar el ancla, pues siendo aquella parte del río poco profunda, no era difícil que la embarcación encallara a causa de su mucho cargamento, por lo cual creyeron muy prudente esperar la marea alta a fin de poder de esta manera continuar su marcha aprovechando el reflujo. Esta parada duró seis horas, tiempo que consumieron los pasajeros en comer, jugar y conversar, excepción hecha de Wilcox, Cross y Webb, que distrajeron el tiempo en matar algunas chochas a la entrada de South-moors, o sea en los pantanos. Desde la popa, Doniphan mató también un par de aves que revoloteaban en la orilla derecha. ¡Ya estaba completamente bueno! Era ya muy tarde cuando la embarcación llegó a la embocadura del río; y como la oscuridad no permitía guiarse a través de los arrecifes, Evans, como marino prudente, quiso esperar al siguiente día para hacerse al mar. La noche pasó muy tranquila, pues en cuanto las aves marinas volvieron a sus nidos, un profundo silencio reinó en Sloughi-bay. La mañana se presentó magnífica; era menester, pues, aprovecharla, y Evans mandó largar velas, y la chalupa, dirigida por una mano experta, salió del río Zealand. En aquel momento todas las miradas se fijaron en la cima de Auckland-hill, y después en las últimas rocas de Sloughi-bay, que desaparecieron dando la vuelta a American-cape. Entonces nuestros colonos tiraron un cañonazo, seguido de un triple hurra, mientras que el pabellón inglés era izado en la punta del mástil. Ocho horas más tarde, la chalupa entraba en el canal de la isla Cambridge, doblaba South-cape y seguía los contornos de la isla Adelaida. La última punta de la isla Chairmán acababa de desaparecer en el horizonte. XXX Entre canales. -Retraso por causa de vientos contrarios. -El Estrecho. -El «esteamer Grafton». -Vuelta a Auckland. -Acogida hecha a los jóvenes náufragos en la capital de Nueva Zelandia. -Evans, Mokó y Kate. -Conclusión. No es necesario referir los detalles de aquel viaje por los canales del archipiélago magallánico, pues no tuvo incidente desagradable de ninguna clase, toda vez que el tiempo se presentó constantemente hermoso, y además en todos aquellos canales, de seis a siete millas de ancho, no había que temer las borrascas, que serían poco peligrosas. El 11 de Febrero, la chalupa, siempre empujada por un viento favorable, desembocó en el Estrecho de Magallanes, por el canal de Smith, entre la costa Oeste de la isla de la Reina Adelaida y las montañas de la Tierra del Rey Guillermo. A la derecha se elevaba el pico Santa Ana, y a la izquierda, en el fondo de la bahía de Beaufort, se veían algunos de aquellos ventisqueros que había entrevisto Briant al Este de la isla Hannover, a la que los jóvenes colonos seguían llamando isla Chairmán. Todo iba perfectamente a bordo, y se notaba que el aire, cargado de vapores salinos, era excelente para Doniphan, pues comía y dormía muy bien, y se sentía bastante fuerte para desembarcar en cualquier parte y continuar nuevamente con sus amados compañeros, si la necesidad les obligaba de nuevo a ello, en su vida de Robinsones. El día 12, la chalupa llegó a la vista de la isla Tamar, en la Tierra del Rey Guillermo, cuyo puerto, o más bien caleta, estaba desierta a la sazón, decidiéndose por esta causa Evans a tomar la dirección del Suroeste, a través del estrecho de Magallanes. Por un lado, se desarrollaban las áridas y planas costas de la tierra de la Desolación, desprovista de aquella exuberante vegetación con que es engalanaba la isla Chairmán; y por el otro las sinuosidades, quebraduras y vertientes tan caprichosamente presentadas de la península Crooker. Por allí era por donde Evans pensaba buscar algún paso hacia el Sur, para doblar el cabo Froward y remontar por la costa Este de la península de Brunswick, a fin de poder arribar al establecimiento de Punta Arena. Pero no fue necesario, por fortuna, ir tan lejos. En la mañana del día 13, Service, que estaba de pie en la proa, exclamó: -¡Humo a estribor! -Ese humo que crees ver, acaso sea un fuego encendido por algunos pescadores, dijo Gordon. -¡No!... Más bien parece de un steamer, replicó Evans. Y, en efecto, en aquella dirección las tierras estaban demasiado lejos para que pudiera divisarse el humo de un campamento de pescadores. En seguida Briant se lanzó a las gavias y subió hasta la punta del mástil, exclamando a su vez: -¡Un buque!... ¡Un buque!... Este se halló muy pronto a la vista. Era, en efecto, un steamer de unas noventa toneladas, que marchaba con una velocidad de once a doce millas por hora. Hurras y tiros partieron de la chalupa, que había sido vista, y diez minutos después se acercaba al costado del steamer Grafton, que llevaba el rumbo a Australia. En un instante, el capitán, llamado Tom Long, se puso al corriente de las aventuras del Sloughi, cuya pérdida conocía ya, pues aquel suceso tuvo eco lo mismo en Inglaterra que en América. Tom Long se apresuró a recoger a bordo los pasajeros de la chalupa, y les ofreció además llevarlos a Auckland, aunque para ello tenía que apartarse algo de su ruta, puesto que el Grafton iba con destino a Melbourne, capital de Adelaida, al Sur de las tierras australianas. La travesía se hizo con mucha rapidez, y el Grafton arribó a Auckland el 25 de Febrero. Con sólo algunos días de diferencia, habían pasado dos años desde que los quince jóvenes alumnos del colegio Chairmán habían sido arrastrados por el mar, a mil ochocientas leguas de Nueva Zelandia. ¿Para qué describir la alegría de aquellas familias al encontrarse con aquellos hijos que creían hundidos para siempre en las aguas del Pacífico? No faltaba ni uno de los que la tempestad se había llevado hasta los parajes de la América del Sur. La noticia de tan fausto suceso cundió con rapidez por la ciudad, y todos los habitantes acudieron para vitorear a aquellos intrépidos jóvenes, aun antes de que tuvieran tiempo de caer en brazos de sus familias. Como la población entera estaba deseosa de conocer en detalles cuanto había pasado en la isla Chairmán, Doniphan dio algunas conferencias a este propósito, y las notas que Baxter con tanto cuidado redactaba diariamente en French-den, fueron impresas y publicadas, vendiéndose millares de ejemplares, siendo después reproducidos en todos los idiomas por los periódicos de ambos hemisferios, pues no había nadie a quien no hubiera afectado la catástrofe del Sloughi. La prudencia de Gordon, la abnegación de Briant, la intrepidez de Doniphan y la resignación de todos aquellos niños, fueron universalmente admiradas. ¿Y Kate, Mokó y Evans? Gran parte de los plácemes y felicitaciones fueron para ellos; ya porque se habían librado milagrosamente de tantas desgracias, ya también, y muy en particular, por la asiduidad que habían tenido en el cuidado y salvación de aquellos niños. Con el fin de recompensar a Evans, se hizo una suscripción pública, que dio lo suficiente para regalar a tan bravo marino un buque mercante, el Chairmán, del que sería a un tiempo capitán y propietario, con la condición de que Auckland fuera siempre su punto de parada. Y cuando el buen piloto volvía de algún viaje, las familias de sus muchachos, como él decía, le dispensaban la más cordial acogida. Mokó, el intrépido Mokó, fue agregado al buque Chairmán y encargado a Evans para que cuidase de él como si fuera su hijo, y a su lado si hiciera hombre, creándose una posición y una fortuna, que bien merecidas tenía. En cuanto a la excelente Kate, los Briant, los Garnett, los Wilcox y demás se la disputaban, pero concluyó por fijarse definitivamente en casa de Doniphan, a quien salvó la vida por sus maternales cuidados. Ha terminado nuestro relato, y como conclusión moral, he aquí lo que debe tenerse presente de él, que justifica, a nuestro parecer, su título de DOS AÑOS DE VACACIONES. Verdad es que no hay en ningún colegio alumnos que cometieran jamás la locura de exponerse a pasar sus días de asueto en semejantes circunstancias; pero los niños, leyendo este libro, deben siempre tener presente que con orden, celo y valor, no hay ninguna situación, por mala que sea, que no se pueda vencer; y no olvidar, sobra todo pensando en los jóvenes náufragos del Sloughi, que experimentados por grandes contratiempos, y acostumbrados al duro aprendizaje de la vida, a su vuelta los pequeños eran casi adolescentes, y los mayores casi hombres. FIN libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,.