libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. -Gordon y Doniphan. -La hornilla de la cocina. -Caza de polo y de pluma. -El ñandú. -Proyectos de Service. -Se acerca el Invierno. El desembarque se verificó en medio de los gritos de júbilo de los pequeños, para los que todo cambio en la vida ordinaria equivalía a un nuevo juego. Dole brincaba en el ribazo como un cabrito; Iverson y Jenkins corrían hacia el lago, mientras que Costar, hablando aparte con Mokó, le decía: -Nos has prometido una buena comida, grumete. -Pues bien, pasaréis sin ella, señor Costar, respondió Mokó. -¿Y por qué? -Porque no tendré tiempo de guisar hoy. -¡Cómo! ¿No se comerá? -No, pero se cenará y las avutardas no serán menos buenas en la cena. Y Mokó se reía, enseñando sus hermosos y blancos dientes. El niño, después de darle una palmadita en el hombro en señal de buena amistad, fue a reunirse a sus compañeros, y Briant dio a todos ellos orden de que no se alejaran, con el fin de no perderlos de vista. -¿No vas con ellos? preguntó a su hermano. -No, prefiero estar aquí, respondió Santiago. -Mejor sería que hicieras un poco de ejercicio, repuso Briant. ¡No estoy contento contigo, Santiago!... ¡Me ocultas algo!... ¿Estás malo? -No, no tengo nada. Siempre la misma respuesta; esto preocupaba a Briant, que resolvió aclarar sus dudas, a trueque de reñir con su hermano. Pero no había que perder tiempo si querían pasar la noche en la gruta. Tratábase, en primer lugar, de que los que no la conocían fuesen a verla; así es que, después de amarrar la balsa, Briant rogó a sus compañeros que le acompañasen, y el grumete se proveyó de un farol, cuya luz, aumentada por los cristales, despedía viva claridad. Las malezas que tapaban el orificio de la cueva se encontraban en el mismo estado que las dejó Briant; prueba segura de que ningún ser humano ni animal habían penetrado en ella. Después de apartar las ramas, todos se deslizaron por la estrecha abertura. Con la luz del farol, la gruta se alumbró mucho mejor que con las ramas de pino o las velas del náufrago. -¡Qué estrechos vamos a estar aquí! dijo Baxter, que acababa de medir la profundidad de la gruta. -¡Bah! exclamó Garnett: se ponen las camas unas encima de otras como en un camarote... -¿Para qué? replicó Wilcox; bastará colocarlas bien en el suelo... -Entonces ya no quedará sitio para andar, dijo Webb. -No, pero... -Pero, le interrumpió Service, lo principal era que tuviésemos un abrigo. Supongo que Webb no pensaba encontrar aquí una habitación completa con salón, comedor, alcoba, sala de fumar, cuarto de baño... -No, dijo Cross; pero sería menester un sitio en que se pudiera guisar. -Guisaré fuera, dijo Mokó. -Eso sería muy incómodo con el mal tiempo, dijo Briant. Así es que mañana mismo debemos colocar aquí la hornilla del Sloughi. -¡La hornilla en el mismo sitio en que tenemos que comer y dormir! replicó Doniphan con marcado disgusto. -Pues bien, respirarás sales, lord Doniphan, exclamó Service soltando una carcajada. -Si me conviene, señor pinche, replicó el altanero muchacho frunciendo el entrecejo. -¡Vamos, vamos!... se apresuró a decir Gordon. Que la cosa sea o no agradable, será preciso tener paciencia por ahora; además, la hornilla, no sólo servirá para guisar, sino también para calentarnos. En cuanto a agrandar esto, dado caso de que sea posible realizarlo, tenemos el tiempo que dura el invierno: contentémonos, pues, con lo que hay, e instalémonos lo mejor posible. Antes de cenar, entraron todas las camas y las arreglaron unas al lado de otras encima de la arena. Esta mudanza ocupó a los chicos hasta el anochecer, en cuya hora, transportando la mesa grande del comedor del yate, la colocaron en medio de la cueva, y Garnett, ayudado por los pequeños, que la traían los diversos utensilios de a bordo, se encargó de prepararla para la cena. Mokó, que auxiliado por Service había dispuesto un hogar entre dos gruesas piedras al pie del contrafuerte del acantilado, encendió lumbre con ramas secas, que Wilcox y Webb fueron a buscar debajo de los árboles del ribazo, y a eso de las seis la olla esparcía un olor muy apetitoso, mientras que una docena de perdices colocadas en una barrita de hierro, se asaban delante de un buen fuego, encima de una gran fuente que recibía su jugo, y en la que Costar hubiese de buena gana mojado un trozo de galleta. Dole e Iverson daban concienzudamente vueltas al asador, y Phann los miraba con gran interés. A las siete estaban todos reunidos en la única habitación de French-den, comedor y dormitorio a la vez. Los taburetes y sillas de tijera y de mimbres del Sloughi, habían sido traídos al mismo tiempo que los bancos del puesto de la tripulación. Nuestros muchachos, servidos por Mokó y por sí mismos, comieron opíparamente. Una buena sopa muy caliente, un trozo de corn-beef, el asado de perdices, galleta en vez de pan, agua fresca con una tercera parte de brandy, un pedacito de queso de Chester y algunos vasos de sherry en los postres, les indemnizaron de las malas comidas de los días anteriores. A pesar de la gravedad de su situación, los pequeños se entregaban a la alegría propia de su edad, y Briant no quiso reprimir ni su algazara ni sus risas. Terminada la cena, y no obstante la fatiga del día, Gordon, guiado por un sentimiento de religioso respeto, propuso a sus compañeros hacer una visita a la tumba de Francisco Baudoin, cuya morada ocupaban ellos; y aceptada la idea por todos, nuestros jóvenes dieron la vuelta al contrafuerte y se detuvieron, cerca de un montón de tierra, en el que se veía una cruz de madera; y entonces, los pequeños arrodillados y los mayores inclinados ante aquella tumba, dirigieron una oración a Dios por el alma del desgraciado náufrago. A las nueve se acostaron, y Wilcox y Doniphan, que estaban de guardia, encendieron una gran hoguera a la entrada de la cueva para ahuyentar a los animales y caldear el interior de la gruta. Al día siguiente, 9 de Mayo, y durante los tres sucesivos, se necesitó de todos los brazos para la descarga de la balsa, pues como las nubes se amontonaban ya con el viento Oeste, anunciando lluvia o nieve, y el termómetro no se movía casi de cero, importaba mucho que cuantas cosas podían echarse a perder, municiones y provisiones sólidas y líquidas, se guardaran en French-den. Por espacio de algunos días, y ante la urgencia del trabajo, los cazadores no se ocuparon mucho en dar culto a Diana; pero como las aves acuáticas abundaban sobremanera en la superficie del lago o en los pantanos, Mokó no se encontró nunca desprovisto. Chochas, patos y cercetas daban a Doniphan ocasión de demostrar su destreza, sin abandonar su perentoria obligación, no obstante observar que Gordon no veía sin pena lo que costaba la caza en plomo y pólvora, y de saber que quería economizar las municiones, cuya exacta cantidad tenía apuntada en su cartera. -Doniphan, es preciso escatimar tiros, le dijo un día; se trata de nuestro interés para lo porvenir. -Convenido, respondió Doniphan; pero es necesario también economizar las conservas en aras de ese mismo interés, pues de no hacerlo así, nos arrepentiríamos de ello, si se presenta algún día la ocasión de dejar la isla... -¡Dejar la isla! dijo Gordon. ¿Somos capaces acaso de construir un buque que pueda hacerse a la mar? -¿Y por qué no? Hemos de intentarlo, para el caso de que se encuentre por aquí algún continente... No tengo yo ganas de morir en este desierto, como el compatriota de Briant. -Bien está, respondió el americano; pero a pesar del deseo que tenemos todos de partir, no estará demás que nos habituemos a la idea de vernos obligados a permanecer aquí años y años. -¡No desmientes tu carácter, Gordon! exclamó Doniphan. Estoy cierto de que te gustaría mucho fundar en estos parajes una colonia... -Sin duda, si no se puede otra cosa. -¡Ya lo creo! Mas juzgo que no serán muchos de tu parecer, ni siquiera tu amigo Briant. -Ya tendremos tiempo de discutir esta cuestión, replicó Gordon. Y A propósito de Briant, permíteme que te diga que no te portas bien con él. Es un buen compañero, que nos ha dado muchas pruebas de cariño... -¡Cómo no! replicó Doniphan con el tono desdeñoso peculiar en él. Briant tiene todas las buenas cualidades. Es una especie de héroe... -No, Doniphan. Tiene defectos, lo mismo que nosotros; pero tus sentimientos respecto de él pueden traer una desunión que haría mucho más penosa nuestra existencia. Briant es estimado de todos... -¡Oh, de todos! Mucho decir es eso. -Lo es de la mayor parte, y no sé por qué Wilcox, Cross, Webb y tú no queréis hacer caso de nada de lo que dice. Es una observación amistosa la que te hago, Doniphan, y estoy cierto de que reflexionarás acerca de ella... -Ya está hecho, Gordon. El americano conoció bien claramente que aquel orgulloso muchacho estaba poco dispuesto a seguir sus consejos, y esto lo afligía mucho, haciéndole prever grandes disgustos para el porvenir. Ya hemos dicho que la descarga de la balsa necesitó tres días, y que una vez terminada esta operación, no les quedaba otro quehacer sino el de desbaratar aquella embarcación, cuyas maderas y tablas podían utilizarse en el interior de French- den. Desgraciadamente, no cupo todo el material en la cueva; y si ésta no se podía agrandar, tendría que construirse un sotechado para poner los fardos al abrigo de la intemperie. Mientras tanto, siguiendo los consejos de Gordon, aquellos objetos fueron amontonados en el ángulo del contrafuerte y cubiertos con lonas embreadas. El día 13, Baxter, Briant y Mokó procedieron a la armadura de la hornilla, que, arrastrada sobre maderos redondos hasta el interior de la gruta, fue instalada junto a la pared de la derecha, cerca de la entrada, para que el tiro se efectuase en mejores condiciones. La colocación del tubo presentó alguna dificultad; pero como las paredes eran de piedra caliza no muy sólida, Baxter llegó a perforarla, y pudo ajustar perfectamente el cañón de la chimenea para facilitar la salida del humo. Por la tarde, Mokó encendió lumbre, viendo con gran satisfacción que la hornilla funcionaba a las mil maravillas. Durante la semana siguiente, Doniphan, Webb, Cross, Service, Wilcox y Garnett pudieron satisfacer sus aficiones de cazadores. Un día que se internaron en el bosque de abedules y hayas, a media milla de French-den, hacia el lago, encontraron en algunos sitios indicios seguros del trabajo del hombre, pues hallaron zanjas cubiertas con ramaje y bastante profundas, para que los animales que cayesen en ellas no pudieran salir; pero el estado de aquellas zanjas las denunciaba como muy antiguas, y una de ellas encerraba los restos de un animal cuya especie era difícil clasificar. -Son huesos de una bestia de gran tamaño, dijo Wilcox saltando al fondo y sacando aquellos restos blanqueados por el tiempo. -Son los huesos de un cuadrúpedo, añadió Webb; aquí están las cuatro patas. -Como no sea que los haya aquí de cinco, respondió Service; en esté caso sería un carnero o una ternera fenomenal. -Siempre te estás burlando, Service, dijo Cross. -Las bromas inocentes no están prohibidas, dijo Garnett. -Lo cierto es, repuso Doniphan, que esta bestia debía ser grande. ¡Mirad qué cabeza y qué mandíbulas armadas con sus colmillos! Service puede bromear cuanto quiera; pero si este animal resucitara, me parece que nuestro jocoso compañero no tendría ganas de reír. -¡Bien contestado! exclamó Cross, dispuesto siempre a apoyar a su primo. -¿Supones, pues, preguntó Webb a Doniphan, que se trata de un carnívoro? -No cabe duda. -¿Un león? ¿Un tigre?... dijo Cross, no muy tranquilo. -Si no es un tigre o un león, es, por lo menos, un jaguar o un conguar. -¡Será preciso andar alerta! dijo Webb. -¡Y no aventurarnos demasiado lejos! añadió Cross. -¿Lo oyes, Phann? dijo Service, volviéndose hacia el perro. Hay fieras aquí. Phann respondió con un alegre ladrido, que no demostraba ninguna inquietud. Nuestros cazadores se dispusieron a volver a su morada. -Se me ocurra una idea, dijo Wilcox; y es la de que, si volviésemos a cubrir esta zanja, tal vez algún otro animal se dejaría coger en la trampa. -Como quieras, respondió Doniphan, aunque me gusta más tirar a los animales en libertad que cogerlos en un foso. Wilcox, llevado por su afición de armar lazos, se apresuró a poner en práctica la idea. Sus compañeros le ayudaron cortando follaje y ramas, y colocando los palos más largos atravesados, disimulando después completamente con las hojas la abertura de la zanja. Para reconocer el sitio, Wilcox fue rompiendo algunas ramas hasta la orilla del bosque, y hecho esto, volvieron todos a la gruta. La caza de pluma abundaba, abasteciendo la mesa de nuestros isleños. Además de las avutardas y de las perdices, se veía gran número de martinetes, cuyo plumaje, lleno de lunarcitos blancos, se parece al de las pintadas; y en cuanto a la caza de pelo, se componía de tucutucos, especie de roedores que podían reemplazar ventajosamente al conejo; de maras, liebres de un gris rojizo, con una media luna negra encima del rabo, cuya carne se parece mucho a la del aguti; de pichis, mamíferos de piel escamosa, que ofrece un alimento de sabor delicioso; de pecaris, que se parecen a pequeños jabalíes, y de guaculis, iguales a los ciervos en cuanto a agilidad. Doniphan mató algunos de estos animales; pero como era bastante difícil aproximarse a ellos, el consumo de plomo y de pólvora no estaba en relación con los productos, con gran disgusto del joven cazador. Gordon le hizo ciertas observaciones, que ni sus compañeros ni él tuvieron en cuenta. Durante estas excursiones, no dejaron tan laboriosos jóvenes de hacer un buen acopio de dos preciosas plantas reconocidas por Briant en su primera expedición al lago: apio silvestre y berros, cuyos tallos pequeños tienen excelentes condiciones antiescorbúticas, y desde entonces estos vegetales figuraron como medida higiénica en todas las comidas. No habiéndose helado aún la superficie del lago ni la del río, pescaron también algunas truchas y sollos que, como es sabido, son muy agradables al paladar, y no dejaban de abundar en aquellas aguas. Un día en que Iverson volvió triunfalmente llevando un magnífico salmón, con el que había luchado mucho tiempo, a trueque de romper las cañas, exclamaron sus compañeros: -Si en la época en que este pescado remonta el río pudiéramos coger algunos, ¡qué buena cosa sería para el invierno! Como es de suponer, nuestros incansables cazadores hicieron varias visitas a la trampa sin ningún resultado; pero un día, el 17 de Mayo, en que Briant y algunos otros fueron al bosque con objeto de ver si cerca de la gruta encontraban alguna cavidad natural que sirviera de almacén para los materiales, sucedió que, pasando cerca de la zanja, oyeron unos gritos guturales que salían de allí. Briant se dirigió en seguida hacia aquel lado, mas lo alcanzó Doniphan, que no quería nunca dejarse adelantar por nadie; los demás seguían a algunos pasos de distancia con las escopetas preparadas, mientras que Phann andaba con las orejas caídas y el rabo tieso. Cuando estuvieron a unos veinte pasos del foso, los gritos redoblaron, y vieron entre las ramas un agujero bastante grande, producido sin duda por la caída del animal que dentro de la zanja estaba. No sabiendo a qué especie pertenecía, era preciso estar preparados a todo evento. -¡Anda, Phann, anda! gritó Doniphan. El perro se lanzó en seguida ladrando, pero sin demostrar la menor inquietud. Briant y Doniphan corrieron hacia la zanja, y cuando pudieron ver lo que era, exclamaron: -¡Venid!... ¡Venid!... -¡No es un jaguar? preguntó Webb. -¿Ni un conguar? añadió Cross. -No, respondió Doniphan: es un animal de dos pies; es un avestruz. En efecto, así era, pudiendo felicitarse de que tales volátiles habitasen aquellos bosques, porque su carne es excelente, sobre todo la pechuga. Sin embargo, si no era dudoso que fuese un avestruz de mediana estatura, su cabeza, parecida a la del ganso, y sus plumas de un gris blancuzco, le acusaban como perteneciente a la especie de los ñandús, tan numerosos en medio de las Pampas del Sur de América; y aun cuando el ñandú no puede entrar en comparación con el avestruz africano, el hallado en la trampa honraba, no obstante, la fauna del país. -¡Es preciso cogerle vivo! dijo Wilcox. -¡Ya lo creo! exclamó Service. -No será fácil, respondió Cross. -Probemos, repuso Briant. Si el vigoroso animal no había podido escaparse, fue porque sus alas no le permitían elevarse al nivel del suelo, y porque sus patas no podían agarrarse a las paredes verticales de la zanja. Wilcox bajó, con gran riesgo de recibir algún picotazo que hubiera podido herirle de alguna gravedad; pero tuvo la suerte de tirar su blusa a la cabeza del volátil con tan buena estrella, que el avestruz fue reducido a la más completa inmovilidad, siendo entonces fácil atarlo por las patas, y entre todos consiguieron sacarlo del foso. -¡Por fin le tenemos! exclamó Webb. -¿Y qué haremos con él?... preguntó Cross. -¡Es muy sencillo! replicó Service, que no dudaba de nada. Le llevamos a French-den, le amansaremos, y nos servirá de montura. Me encargo de él, y obraré en un todo siguiendo el ejemplo de mi amigo Jack, el del Robinsón Suizo. Poco probable era utilizar el avestruz con arreglo a los deseos de Service, a pasar del precedente por él citado; pero como no había inconveniente en llevarlo a la gruta, así se verificó. Cuando Gordon vio llegar al ñandú, se asustó, tal vez pensando que era una boca más que alimentar; pero acordándose de que las hierbas y las hojas bastarían para su manutención, le hizo buena acogida. En cuanto a los pequeños, fue una alegría para ellos admirar aquel animal y acercarse a él después que lo hubieron atado con una cuerda; y al saber que Service se proponía domesticarlo hasta el punto de poderlo montar, le hicieron prometer que los llevaría a la grupa. -Sí, sí, lo haré, si sois buenos, amiguitos, respondió Service, a quien los niños miraban como a un héroe. -¡Ya lo veremos! exclamó Costar. -¡Cómo! ¿Tú también, Costar? replicó Service. ¿Te atreverías a montar sobre este animal? -Detrás de ti y agarrándome bien... creo que sí. -Acuérdate bien del miedo que tuviste cuando estabas encima de la tortuga. -No es lo mismo, respondió el pequeño, porque éste a lo menos no se meterá debajo del agua. -No; pero puede irse por el aire, dijo Dole. Estas últimas palabras dejaron a los niños pensativos. Desde su llegada a la gruta, Gordon había organizado su vida y la de sus compañeros de una manera regular, y abrigaba el propósito de normalizar en lo posible, tan luego como la instalación fuese completa, las ocupaciones de cada uno, y sobre todo cuidar mucho de no dejar a los más pequeños abandonados a sí mismos. Sin duda que estos se prestarían a ayudar a los mayores en la medida de sus fuerzas; pero ¿por qué no se habían de continuar las lecciones empezadas en el colegio Chairmán? Tenemos libros que nos permiten proseguir nuestros estudios, dijo Gordon, y lo que hemos aprendido y aprenderemos aun, justo es que se lo enseñemos a los niños. -Sí; tienes razón, respondió Briant; y si algún día Dios permite que abandonemos esta isla y que volvamos al seno de nuestras familias, demostremos que no hemos perdido el tiempo. Convinieron, pues, en que se redactaría un programa, y que después de sometido a la aprobación general, se seguiría escrupulosamente. La idea era excelente: en los largos días de invierno, cuando ni grandes ni pequeños pudieran salir de la gruta, bueno sería que se ocupasen en algo y con provecho para su inteligencia; pero mientras tanto, lo que más incomodaba a los huéspedes de French-den era la estrechez de la única habitación que tenían, en la que estaban amontonados; era, por lo tanto, preciso consagrarse, sin dilación, a buscar los medios de agrandarla. XII Ensanche de «French-den.» -Ruido sospechoso. -Desaparición del perro.- Reaparición de éste. -Apropiación y mudanza del «hall.» -Mal tiempo. -Nombres dados a las diversas partes del territorio. -La isla Chairmán. -El jefe de la colonia. Durante las últimas excursiones, nuestros jóvenes cazadores habían examinado muchas veces, y en todos sentidos, el acantilado, con la esperanza de encontrar alguna otra excavación que les sirviese de almacén en donde poder encerrar los géneros y el material que habían tenido que dejar fuera; mas como estas indagaciones no dieron ningún resultado favorable, les fue preciso volver a su primera idea, es decir, a la de añadir algunas habitaciones a la cueva de Francisco Baudoin. Si las paredes de aquella gruta fueran de granito, aquellos niños no hubieran podido hacer de ningún modo semejante trabajo; pero en una piedra caliza que el pico o el azadón desmoronarían sin grandes dificultades, les era fácil realizar su intento. La duración de la obra importaba poco, antes bien les daría ocupación para algún tiempo, y hecha con cierta parsimonia, podrían terminarla sin grandes fatigas y sin riesgos, disminuyéndose las probabilidades de producirse derrumbamientos ni filtraciones. No había necesidad de hacer barrenos, toda vez que las herramientas bastarían, como habían bastado para perforar la pared y colocar el tubo de la hornilla. Además, Baxter, no sin gran trabajo en verdad, había ensanchado la abertura de la cueva lo bastante para cerrarla con una de las puertas del Sloughi, abriendo también a derecha e izquierda de la entrada dos ventanas que permitían que circulasen el aire y la luz con más facilidad en el interior de la gruta. Hacía ya una semana que el mal tiempo se dejaba sentir, produciéndose violentas borrascas en la isla; mas gracias a su orientación, French-den no se resintió por ello. Como los cazadores estaban casi ociosos por no tener más caza que algunas aves acuáticas en las cercanías del lago, no congelado aun, pero próximo a estarlo, aprovecharon los malos días para emprender el trabajo de que hemos hablado antes, y el 27 de Mayo atacaron con el pico la pared de la derecha. -Excavando en dirección oblicua, dijo Briant, es posible que desemboquemos hacia la parte del lago y consigamos así otra entrada a la gruta, cosa que nos ofrecería la ventaja de guardar mejor los alrededores, y la no menor de poder salir por un lado si el temporal no nos lo permitiese por el otro. Cuarenta y cinco pies, a lo sumo, separaban la cueva del sitio indicado, no teniendo más que hacer una galería en aquella dirección, con ayuda de la brújula, y Baxter propuso abrirla algo estrecha para no producir derrumbamientos, dejando su ensanche para cuando la profundidad pareciera suficiente. De este modo reunirían las dos habitaciones por un corredor que podría cerrarse en sus dos extremos, y en el que abrirían lateralmente una o dos cuevas. Este plan era el mejor, teniendo, entre otras ventajas, la de facilitar con prudencia el sondeamiento del macizo, cuya perforación podía abandonarse con tiempo si se produjera alguna filtración. Desde el 27 al 30 de Mayo, el trabajo se hizo en buenas condiciones, y como la piedra era muy blanda, fue preciso dar solidez a las paredes de la galería por medio de tablas, lo que no dejó de ser bastante embarazoso y difícil. Aun cuando no todos los muchachos podían ocuparse en aquella obra, a causa de la estrechez del sitio, no por eso estaban ociosos. Gordon y algunos de sus compañeros se entretenían en concluir de desbaratar la balsa, con el fin de que la plataforma y los maderos pudiesen destinarse a otros usos, no sin cuidar al mismo tiempo de los objetos amontonados en el ángulo del contrafuerte, pues las lonas, a pesar de estar embreadas, no los preservaban por completo de la humedad. La abertura de la galería se hacía con mucha lentitud. Cuando tenía cuatro o cinco pies de largo, un incidente inesperado llamó poderosamente la atención de los pequeños trabajadores, en la tarde del día 30 de Mayo. Briant, acurrucado en el extremo de la misma, creyó oír un ruido sordo, que parecía provenir del interior de la piedra que perforaban, y suspendiendo su trabajo para escuchar con más atención, el ruido llegó distintamente a su oído. Salir del agujero, ir en busca de Gordon y Baxter, y darles parte de lo que ocurría, fue obra de un instante. -¡Ilusión! respondió Gordon. Has creído oír... -Colócate donde yo estaba, dijo Briant; aplica el oído a la pared, y escucha. Gordon se introdujo en la galería, saliendo algunos instantes después exclamando: -No te has equivocado. He oído así como unos gruñidos lejanos. Baxter escuchó a su vez, diciendo al salir: -¿Qué será? -No puedo comprenderlo, respondió el americano; es necesario avisar a Doniphan y a los demás. -A los pequeños no, añadió Briant, pues tendrían mucho miedo. Pero como en este momento acababan todos de entrar para comer, los chiquitines se enteraron de lo que ocurría, cosa que les causó gran sorpresa. Doniphan, Wilcox, Webb y Garnett penetraron sucesivamente en la galería, mas no oyeron nada: el ruido había cesado, y creyendo que sus compañeros habían padecido un error, decidieron, no obstante las protestas de Briant y los otros, continuar el trabajo, como lo hicieron en el instante mismo en que concluyeron la comida. Durante toda la tarde nada volvieron a oír; mas a eso de las nueve de la noche los gruñidos empezaron de nuevo, atrayendo la atención de Phann, que entrando en la galería, salió al poco tiempo con el pelo erizado, los labios contraídos hasta enseñar los dientes y ladrando con fuerza, cual si contestara a los gruñidos, que se dejaban oír perfectamente. Los pequeñuelos que, ya sorprendidos, habían experimentado algún susto, viendo al perro de aquel modo, fueron presa de un verdadero espanto. Los que saben que la imaginación de los niños ingleses esta influida por la acción de esas leyendas tan familiares a los países del Norte, en las que figuran trasgos, duendes, gnomos, silfos, ondinas y genios, no extrañarán les digamos que Dole, Costar, Jenkins e Iverson estaban sobrecogidos de espanto. Briant procuró tranquilizarlos en cuanto le fue posible, obligándoles a acostarse; y si se durmieron, fue muy tarde, no sin saberse, cuando despertaron, que habían soñado con fantasmas, espectros y seres sobrenaturales que habitaban, según los acongojados niños, en las profundidades del acantilado. Gordon y los demás continuaron hablando en voz baja de aquel extraño fenómeno; escuchando sin cesar, se aseguraron de que no dejaba de reproducirse el fenómeno, y observaron que Phann persistía en sus manifestaciones de grande irritación. Por fin, dominados por la fatiga, se acostaron todos, excepto Briant y Mokó, que continuaron volando, y un silencio profundo comenzó a reinar en la cueva de Francisco Baudoin. Al día siguiente se levantaron todos muy temprano. Baxter y Doniphan, notando que el perro iba y venía sin mostrar inquietud, penetraron en la galería; pero nada oyeron. -Pongámonos a trabajar, dijo Briant. -Sí, respondió Baxter; tiempo habrá de suspender las labores si sobreviene algún percance. -¿No sería posible, observó Doniphan, que el ruido que tanto nos ha alarmado haya sido producido por el murmullo de algún manantial? -No, dijo Wilcox; pues si así fuera, se continuaría oyendo, y ya ves que ahora no se oye nada. -Es de sospechar, respondió Gordon, y yo me inclino a creerlo así, que semejante ruido provenga sencillamente del viento que entra por algunas aberturas que haya en la cresta del acantilado. -Subamos a la meseta dijo Service, y tal vez las descubramos. La proposición fue aceptada. A unos cincuenta pasos, bajando el ribazo, había un sendero que facilitaba la subida a las rocas. En pocos instantes, Baxter y otros dos o tres subieron y avanzaron hasta colocarse encima de French-den; pero fue trabajo inútil, porque no encontraron ninguna hendidura que pudiera dar paso al aire, y cuando bajaron, estaban tan a oscuras como al principio respecto a aquel extraño fenómeno, que los pequeños creían ser cosa del otro mundo, y que tanto les aterraba. El trabajo de perforación siguió, sin que nada ocurriera de particular. Por la tarde, Baxter notó que desde hacía pocos momentos la pared, al ser golpeada, ofrecía un sonido tal cual si estuviese hueca. ¿Existiría quizás alguna cavidad natural a través de la galería, siendo allí donde se produjera el ruido que tanto les llamó la atención? La hipótesis de una segunda excavación contigua a French-den no tenía nada de inadmisible, y era de desear que se comprobara, porque les ahorraría mucho trabajo y mucho tiempo. Alentados por tan consoladora esperanza, continuaron sus labores aquel día con más ardor que nunca, y tanto, que al sentarse al anochecer para cenar, se hallaban cansadísimos y sin ganas de hablar la más mínima palabra. El perro no estaba con ellos. Por lo regular, a las horas de la comida Phann no faltaba nunca ni dejaba de colocarse al lado de su amo. Aquella noche su sitio se veía vacío, y al notarlo, el americano comenzó a llamarlo; pero el perro no acudió. Gordon salió en seguida al umbral de la puerta, y continuó llamándole. Silencio completo. Doniphan y Wilcox corrieron entonces, el uno hacia el lago, y e1 otro en dirección a la orilla del río, y le buscaron por todas partes en vano. Phann no se encontró. Seguramente, el perro no oía la voz de su amo, porque, en caso contrario, hubiera acudido inmediatamente. ¿Se habría extraviado? No era posible ni sospecharlo siquiera. ¿Había perecido peleando con alguna fiera? Podía ser, y de todas las explicaciones de su desaparición, esa parecía la más aceptable, si bien al mismo tiempo la más triste; pero eran las nueve de la noche, y como una profunda oscuridad envolvía el espacio, resolvieron dejar las investigaciones para después que amaneciera el inmediato día. Todos se hallaban muy inquietos y altamente disgustados, pensando que aquel inteligente animal, a quien tanto querían y que tan útil podría serles, había tal vez desaparecido para siempre. Unos se tendieron en sus camas, otros se sentaron al lado de la mesa; pero ninguno se acordaba de dormir: les parecía que estaban más solos, más aislados aun que antes, más alejados todavía de su país y de sus familias. De repente, en medio del silencio de la noche, nuevos gruñidos prolongados se dejaron oír, con la circunstancia de que esta vez parecían más bien aullidos de esos en que prorrumpen los animales a impulsos del dolor, que rugidos de amenaza, como los que lanzan las fieras en presencia del enemigo a quien tratan de intimidar. -¡Allí es, allí!... exclamó Briant entrando en la galería. Todos se levantaron cual si hubiesen visto una aparición, y el espanto se apoderó de nuevo de los pequeños, que se cubrían la cabeza con las mantas. Briant salió del agujero diciendo: -Es preciso que haya allí una cueva cuya entrada esté al pie de las rocas. -Y en la que es probable que algunos animales se refugien de noche, exclamó Gordon. -Así debe ser, replicó Doniphan; mañana mismo iremos a buscarla. En aquel momento se oyó un fuerte ladrido, y al mismo tiempo aullidos que partían, al parecer, del interior de la piedra que perforaban. -¿Estará Phann allí, exclamó Wilcox, peleando con alguna fiera? Briant, que acababa de volver a la galería, escuchó con el oído pegado a la pared, y nada oyó: los ruidos habían cesado. Pero, ya fuese que Phann estuviera allí o no, es indudable que existía una segunda excavación, comunicando con el exterior por medio de algún agujero, tapado quizás por malezas enredadas en la base del acantilado. La noche pasó sin dejarse oír ruido alguno. Al amanecer, las indagaciones emprendidas hacia el lago y del lado del río no dieron más resultado que las practicadas anteriormente en la meseta de las rocas; y aunque llamaron por todas partes al perro, éste no se dejó ver por ningún lado. Briant y Baxter se pusieron de nuevo a trabajar con tanto afán, que el pico y el azadón no descansaban. Durante la mañana, la galería ganó dos pies más de longitud. De cuando en cuando, los muchachos se detenían y escuchaban; pero ya no se oía ningún ruido. El trabajo, interrumpido a las doce para almorzar, empezó de nuevo una hora más tarde, si bien se habían tomado todas las convenientes precauciones para el caso de que un golpe de pico reventase la pared y diera paso a algún animal. Los pequeños se colocaron al lado del ribazo, y Doniphan, Wilcox y Webb, con escopetas y revólveres en las manos, estaban pronto a cualquier evento. A eso de las dos, Briant dio un grito. Su pico acababa de atravesar la piedra caliza, que se derrumbó en parte, dejando ver una abertura bastante ancha. Y el joven salió, reuniéndose a sus compañeros, que no sabían qué pensar; pero antes de que abriera la boca para hablar, se oyó un fuerte roce por las paredes de la galería, y un animal se lanzó en la habitación de French-den. Era Phann. Sí, Phann, que en seguida se abalanzó a un cubo de agua y se puso a beber con avidez. Luego, meneando la cola, y sin ninguna muestra de irritación, vino a saltar alrededor de su amo. No había, pues, nada que temer ya. Briant tomó entonces un farol y se introdujo en la galería. Gordon, Doniphan, Wilcox, Baxter y Mokó le siguieron. Un instante después, habiendo pasado por el orificio producido por el derrumbamiento, se encontraron en medio de una sombría excavación, en la que no penetraba ningún rayo de luz. Era otra cueva igual a French-den en longitud y latitud, pero mucho más profunda, y cuyo suelo estaba cubierto de una arena finísima en una superficie de cincuenta metros cuadrados. Al pronto, temieron que el aire de aquella caverna no fuera respirable; pero no debía ser así, puesto que la luz del farol brillaba en toda su intensidad, y claro es que aquella atmósfera debía estar en movimiento, dado que se comunicaba con el exterior por medio de alguna abertura. ¿Cómo, si así no fuese, había penetrado Phann en ella? En aquel momento Wilcox tropezó con un cuerpo inerte, y tocándolo con la mano, observó que estaba frío. Briant acercó la luz. -¡Es un chacal! Exclamó Baxter. -Sí; es, en efecto, un chacal estrangulado por nuestro valeroso Phann, replicó Briant -He aquí, pues, la explicación del ruido que oíamos, añadió el americano. Pero si uno o varios animales habían tomado aquella cueva para su habitual morada, ¿por qué abertura entraban en ella? Era menester, averiguarlo. Briant salió, y andando al pie de las rocas, dio voces de vez en cuando hasta que por fin respondieron a sus gritos los que salían del interior. De este modo descubrió una estrecha boca, oculta entre las malezas al ras del suelo, de la que se servían los chacales; pero como por la entrada vertiginosa de Phann en ella se había producido un desplome parcial en el orificio, interceptándolo, he aquí explicado por qué el perro no pudo volver al lado de su amo. Ya en la cueva, ¡qué satisfacción tan intensa experimentaron nuestros jóvenes náufragos! Habían realizado sus deseos con gran ahorro de trabajo, pues se encontraron allí con una habitación ya hecha, y mejor que la que ellos proyectaban, como dijo Dole; una ancha gruta, desconocida por Francisco Baudoin. Ensanchando la abertura, tendrían una salida más conveniente para satisfacer todas las exigencias del servicio interior; así es que nuestros pequeños Robinsones reunidos en la nueva caverna y llenos de júbilo, lanzaban al aire alegres hurras, a los que se unían los ladridos de Phann. ¡Con cuánto ardor pusieron manos a la obra para transformar la galería en un corredor practicable! Esta segunda cueva, a la que dieron el nombre de hall, justificado por sus dimensiones, sirvió para encerrar provisionalmente el material, ínterin se abrían otra en las paredes laterales del corredor. Se destinaría también a dormitorio y gabinete de trabajo, mientras que la primera pieza se reservaría para cocina, comedor y despensa; pero como proyectaban también hacer de ella el definitivo almacén general, Gordon propuso darle el nombre de Store-room, esto es, local para las provisiones, o almacén; nombre que se adoptó por unanimidad. En seguida procedieron a la mudanza de las camas, que fueron simétricamente colocadas en el hall, en donde no faltaba anchura. Arreglaron también el mobiliario del Sloughi; divanes, sillones, mesas, armarios, etc., y, lo que era más importante aun, las estufas del comedor y del salón del yate, para caldear con ellas tan vasta habitación. Baxter fue después el encargado de colocar una puerta en la nueva entrada y de abrir dos ventanas que dieran suficiente luz al hall, alumbrado por la noche con un farol pendiente de la bóveda. En estos arreglos consumieron quince días, y tiempo era ya de que concluyesen, porque si bien el frío no parecía aun extremado, la atmósfera se agitaba con tanta violencia, que se prohibió toda salida. En efecto; la fuerza del viento era tal, que a pesar del abrigo de las rocas, levantaba las aguas del lago como si hubiera sido el mar. A veces, el río, empujado por la borrasca, amenazaba cubrir el ribazo y extenderse hasta el contrafuerte; pero como, por fortuna, ni Store-room, o primera cueva, ni el hall, o sea la segunda, se encontraban directamente expuestas a los furores del aire, que soplaba del Oeste, las estufas y la cocina, alimentadas con leña muy seca, de la que habían hecho gran acopio, funcionaron perfectamente. Gracias a Dios, habiendo encontrado a tiempo aquel nuevo abrigo, las provisiones no tenían nada que temer de la inclemencia del tiempo ni de la humedad, pues aquellas grutas estaban perfectamente oreadas y enjutas. Gordon y sus compañeros, recluidos a la sazón en aquellas habitaciones por causa de la crudeza de la estación, tuvieron sobrado tiempo para arreglar su morada, poniéndole condiciones de abrigo y comodidad. Ensancharon el corredor y abrieron dos caramanchones, destinando uno de ellos, cerrado con puerta, para las municiones, a fin de evitar todo peligro de explosión. Aunque los cazadores no podían cazar más que alguna que otra ave acuática, de las que Mokó no acertaba nunca a quitar el gusto a cieno, provocando esto protestas o bromas, la comida estaba asegurada. Desde luego habrán comprendido nuestros lectores que un rincón de Store-room había sido reservado para el ñandú, mientras se le construyese un cercado fuera. Una vez completa la instalación, Gordon acariciaba el pensamiento de redactar un programa, al que tendrían que someterse todos, una vez aprobado por mayoría, cual si fuese la ley que rigiera aquella pequeña sociedad o colonia. Después de la vida física, era preciso pensar en la intelectual, máxime cuando ignoraban lo que podría durar su estancia en aquella isla; y si por fortuna llegaran algún día a abandonarla, ¡qué satisfacción experimentarían por haber aprovechado el tiempo! Cierto es que carecían de maestros; pero con los libros de la biblioteca del schonner podían los mayores aumentar sus conocimientos, consagrándose al mismo tiempo a la enseñanza de los pequeños, resultando de aquí una ocupación en que emplearían útil y agradablemente las largas horas del invierno. El día 10 de Junio, después de cenar, se hallaban todos reunidos en el hall alrededor de las estufas, que esparcían agradable calor, cuando la conversación recayó sobre la necesidad de dar nombres a las principales partes geográficas de la isla. -Sería muy útil y muy práctico, dijo Briant. -Sí, busquemos nombres, prorrumpió Iverson; y sobre todo, que sean bonitos. -Así lo han hecho todos los Robinsones reales o imaginarios, replicó Webb. -Pero, compañeros; dijo Gordon: ¿qué creéis que somos nosotros? -¡Un colegio de Robinsones! exclamó Service. -Además, continuó el americano, dando nombres a la bahía, a los ríos, a los bosques, al lago, al acantilado, a los pantanos y a los cabos, nos será fácil reconocerlos. Esta propuesta fue adoptada por unanimidad, y no pensaron desde aquel instante en otra cosa que en buscar en la imaginación nombres adecuados a cada punto. -Ya tenemos Sloughi-bay, en la que encalló nuestro yate, dijo Doniphan, y me parece conveniente dejarle aquel nombre, al que estamos acostumbrados. -Seguramente, dijo Cross. -Lo mismo haremos con French-den, nuestra morada, añadió Briant, en recuerdo del pobre náufrago cuyo sitio ocupamos. A esto no se hizo ninguna observación, ni aun siquiera por Doniphan, no obstante que la propuesta había sido hecha por Briant. -Y ahora, dijo Wilcox, ¿cómo llamaremos al río que desemboca en Sloughi-bay? -Zealand, propuso Baxter; este nombre nos recordará el de nuestro país. -¡Adoptado! ¡Adoptado¡ -¿Y el lago? -preguntó Garnett. -Puesto que el río ha recibido el nombre de Zelandia, dijo Doniphan, demos al lago uno que nos recuerde a nuestras familias, y llamémosle Family-lake (lago de la familia). Y se admitió por unanimidad. Como se ve, el acuerdo era completo, y obedeciendo a un patriótico sentimiento, dieron por nombre Auck1and-hill (colina de Auckland) al acantilado. En cuanto al cabo desde lo alto del que Briant había creído descubrir el mar al Este, se le llamó, por su indicación, False-sea-point (punta del falso mar). Las demás denominaciones que se adoptaron fueron éstas: Se llamó Traps-woods (bosque de las trampas) a la parte de la selva en que se había descubierto la zanja. Bog-woods (bosque de la hondonada) a la otra parte, situada entre Sloughi-bay y el acantilado. South-moors (pantanos del Sur) al lugar pantanoso que cubría toda la parte meridional de la isla. Dike-creek (arroyo de la calzada) al río en que encontraron la barrera hecha con piedras. Wreck-coast (costa de la tempestad) a la en que el yate había encallado, y, en fin, Sport-terrace (meseta del sport) al sitio rodeado por las orillas del río y del lago, formando delante del hall una especie de pradera, que sería destinada a los ejercicios que indicara el programa. En cuanto a las demás partes de la isla, se les daría nombre a medida que se reconociesen y según los incidentes que se produjeran en ellos. No obstante, les pareció bueno designar también con nombres propios los principales cabos marcados en el mapa de Francisco Baudoin. El del Norte se llamó North-cape, y el del Sur South-cape, y los tres que se encontraban al Oeste, sobre el Pacífico, French-cape, Bristisch-cape y American-cape, en honor de las tres naciones francesa, inglesa y americana, representadas en la pequeña colonia. ¡Colonia, sí! Esta denominación fue propuesta para indicar que la instalación no tenía ya carácter provisional, siendo inspirada por Gordon, siempre preocupado más bien en organizar su vida en aquel dominio, que procurar salir de él. Estos pobres muchachos no eran ya los náufragos del Sloughi, sino los colonos de la isla. Pero ¿de qué isla? Era menester bautizarla también. -¡Toma!... ¡Toma!... ¡Bien sé yo cómo deberíamos llamarla! exclamó Costar. -¿Lo sabes tú? preguntó Doniphan. -¡Bien por el pequeño Costar! Exclamó Garnett. -¡Sin duda la llamará la isla Baby! replicó Service. -¡Vamos, fuera bromas! dijo Briant. Veamos tu idea, Costar. El niño no se atrevía ya a decirlo. -Habla, Costar, habla, repuso Briant, animándole con el gesto. Estoy cierto de que tu idea es buena. -Pues bien, dijo el niño; puesto que somos todos discípulos del colegio Chairmán, llamémosla isla Chairmán. No se podía encontrar nombre más adecuado; así es que fue admitido por unanimidad, y Costar se mostró muy orgulloso de su triunfo. Habiendo llegado la hora del descanso, iba a levantarse la sesión, cuando Briant pidió la palabra. -Compañeros, dijo: ahora que hemos dado un nombre a nuestra isla, ¿no sería conveniente que eligiésemos un jefe para gobernarla? -¿Un jefe? replicó con viveza Doniphan. -Sí, pues me parece que estaríamos mejor si uno de nosotros tuviese autoridad sobre los demás. Lo que se hace en todas las naciones, ¿no puede hacerse también en la isla Chairmán? -¡Sí, sí, un jefe, nombremos un jefe! exclamaron a la vez grandes y pequeños. -Bien está, dijo entonces Doniphan; pero con la condición de que sea para un tiempo determinado, un año, o... -Y que pueda ser reelegido, añadió Briant. -Concedido. ¿Y a quién nombraremos? preguntó Doniphan con ansiedad. El envidioso tenía el temor de que, si no le nombraban a él, la elección recayese sobre Briant. Pero se desengañó bien pronto. -¿A quién nombraremos? replicó Briant. La elección no es dudosa. Al más cuerdo de todos: a nuestro querido compañero Gordon. -¡Sí, sí!... ¡Bien dicho!... ¡Viva Gordon! ¡Viva!... El americano quiso rehusar el honor que le hacían, prefiriendo organizar a mandar. Sin embargo, reflexionando en la perturbación que las pasiones tan ardientes de aquellos muchachos, convertidos prematuramente en hombres por la acción de las circunstancias, podía ocasionar en lo sucesivo, se persuadió de que su autoridad no sería inútil. Y he aquí cómo Gordon fue proclamado jefe de la infantil colonia de aquella isla. XIII El programa de estudios. -Observancia del domingo. -Bolas de nieve. -Doniphan y Briant. - Grandes fríos. La cuestión de combustible. -Expedición a «Traps-woods.» -Excursión a la bahía «Sloughi.» -Focas y pingüinos. -Un castigo público. El invierno había comenzado ya. ¿Cuál sería su duración? Cinco meses por lo menos, si la isla se encontraba a más altura que Nueva Zelandia. Las observaciones meteorológicas anotadas en la cartera de Gordon, eran: que el invierno, habiendo empezado en Mayo, es decir, dos meses antes que el Julio de la zona austral, correspondiente al Enero de la boreal, se podía calcular que concluiría a mediados de Septiembre. Si a tal cálculo se unía el de que, fuera de ese período; las tempestades son muy frecuentes durante el equinoccio, no sería aventurado suponer que la vida de reclusión se alargaría, viéndose imposibilitados nuestros muchachos para emprender largas excursiones por el centro o por los alrededores de la isla. Convencido de esto, Gordon creyó llegado el momento de organizar la vida interior en mejoren condiciones, y se dispuso a redactar un programa que rigiese las ocupaciones diarias. Se suprimirían las prácticas del faggisme, de las que hemos hablado en la descripción del colegio Chairmán. Todos los esfuerzos del americano tendían a que sus subordinados se acostumbrasen a creerse ya hombres y a obrar como tales; así, pues, no habría ya fags en French-den, es decir, que los pequeños no tendrían obligación de servir a los mayores. Pero fuera de esto, se respetarían las tradiciones, que son, según el autor de la Vida de colegio en Inglaterra, la fuerza mayor de las escuelas inglesas. En aquel programa se trazarían con claridad las obligaciones que correspondían a los pequeños, muy distintas, por cierto, de las de los mayores. Éstos, maestros y protectores; aquellos, discípulos y protegidos. Verdad es que no conteniendo la biblioteca de French-den más que un número restringido de obras científicas y algunas de viajes, los mayores no podrían proseguir sus estudios sino en parte muy pequeña; mas uniendo esto poco a lo que les ilustrarían las dificultades de la existencia, la lucha para proveer a sus necesidades y la precisión de ejercitar su juicio o su imaginación ante las eventualidades de todas clases, aprendiendo a conocer lo que cuesta la vida, naturalmente podían y debían enseñar mucho, y he aquí por qué los mayores estaban llamados a ser profesores de los pequeños, teniendo para con ellos la obligación de enseñarles cuanto sabían. Sin embargo, lejos de cansar a los niños con un trabajo impropio de su edad, habían de procurar ir aprovechando todas las ocasiones de ejercitar sus cuerpos, al par que cultivar sus inteligencias. Cuando el tiempo lo permitiese, y abrigándoles bien, les harían salir para que corriesen al aire libre, obligándoles a hacer algún trabajo manual con arreglo a las fuerzas de cada uno. En suma, el programa fue redactado, inspirándose su autor en estos principios, que son la base de la educación anglosajona: «Siempre que un trabajo sea necesario, hacedlo. »No perdáis jamás la ocasión de hacer un esfuerzo posible. »No eludáis ninguna fatiga, pues ninguna es inútil.» Poniendo estos preceptos en práctica, el cuerpo se hace fuerte y el alma se vigoriza. Y he aquí el reglamento, tal cual se sometió a la aprobación general: Dos horas por la mañana y otras dos por la tarde, trabajo en común en el hall. Cada uno a su vez, Baxter, Doniphan, Cross y Briant, de la quinta división, y Wilcox y Webb de la cuarta, darían lección a sus compañeros de tercera, segunda y primera. Les enseñarían Matemáticas, Geografía e Historia, ayudándose con las pocas obras de la biblioteca y sus anteriores estudios. De este modo no olvidarían lo que habían aprendido en el colegio. Además, dos veces a la semana, domingo y jueves, tendrían conferencia, es decir, que un asunto científico, histórico o de actualidad, sería puesto a la orden del día, para que los mayores, hablando en pro o en contra, discutiesen, resultando de aquí ilustración para todos y distracción general. Gordon, como jefe de la colonia, haría respetar este programa, que no había de modificarse sino en caso de nuevas eventualidades. Tomaron también algunas medidas respecto a la duración del tiempo. Tenían el calendario del Sloughi y los relojes de a bordo; pero era menester borrar cada día que pasaba y dar cuerda a estos últimos para que señalasen la hora exacta. Dos de los mayores fueron encargados de aquellos cuidados; Wilcox, de los relojes, y Baxter, del calendario; y ciertamente que en ambos se podía confiar. En cuanto al barómetro y el termómetro, Webb debía apuntar diariamente los cambios observados. Se convino también en que se escribiría un diario de todo lo que había ocurrido y ocurriese durante la estancia en la isla Chairmán. Baxter aceptó esta obligación, y gracias a él, el diario de French-den estaría escrito con minuciosa exactitud. Un trabajo no menos importante, y que no admitía dilación, era el lavado de las ropas, para el que afortunadamente no faltaba jabón. Los niños se ensuciaban mucho cuando jugaban o pescaban en las orillas del río, y no pocas veces les reñía Gordon por éste motivo, amenazándoles con castigarlos. Esta era una labor que Mokó entendía perfectamente; pero no pudiendo hacerlo solo por la gran cantidad de ropa que había que lavar, se acordó que los mayores ayudasen al grumete en aquella faena, para conservar en buen estado la lencería de French-den. El día siguiente era domingo, y ya es cosa sabida el rigor con que se guardan esos días en Inglaterra y en América. La vida está como en suspenso en villas, pueblos y aldeas. Durante los domingos, está prohibida toda clase de diversiones o distracciones, y esta regla se impone lo mismo a los niños que a las personas mayores. ¡Las tradiciones! ¡Siempre las famosas tradiciones! Sin embargo, se convino en que los habitantes de la isla Chairmán se apartarían algún tanto de tal rigorismo, y aquel domingo los colonos se permitieron hacer una excursión por las orillas de Family-Lake; pero como hacía mucho frío, al volver después de dos horas de paseo, hallaron muy agradable la temperatura en el hall y muy sabrosa en Store-room la comida caliente, de cuyo menú había cuidado con esmero el jefe de French-den.  La tarde terminó con un concierto, en el que el acordeón de Garnett hizo las veces de orquesta, mientras que los otros chicos cantaban con más o menos afinación, pero siempre con un aplomo muy propio de la raza sajona. El único de esos niños que tenía verdaderamente una voz muy armoniosa, era Santiago; mas como por su inexplicable disposición de espíritu y su melancolía no tomaba parte en ninguna de las distracciones de sus compañeros, rehusó cantar, por más que se lo rogaron, una de aquellas canciones infantiles de las que tan pródigo se manifestaba en el colegio Chairmán. Aquel domingo, que principió con una alocución del «reverendo Gordon,» como decía Service, terminó por una oración, y a las diez todos dormían con tranquilo sueño bajo la custodia de Phann, que no era mal centinela. Durante el mes de Junio, el frío fue en aumento, Webb hizo notar que el barómetro se sostenía en su indicación de veintisiete pulgadas, mientras que el termómetro centígrado señalaba de diez a doce grados bajo cero. En el momento en que mudaba el viento Sur a Oeste, los alrededores de French-den se cubrían de una espesa capa de nieve, y los pequeños colonos aprovechaban la ocasión para hacer bolas más o menos grandes y armar con ellas una de aquellas batallas tan de moda en Inglaterra. Algunas cabezas se resintieron de semejante juego, y cierto día, uno de los peor librados fue Santiago, que no asistía a aquella diversión sino como mero espectador. Una bola lanzada con demasiada fuerza por Cross, le alcanzó, aunque no le fuese dirigida, y el golpe le arrancó un grito de dolor. -¡No lo he hecho a propósito! dijo Cross. -Ya lo supongo, replicó Briant, atraído por el grito de su hermano; pero haces mal en tirar con tanta fuerza. -¿Y por qué, repuso Cross, Santiago se ha colocado en ese sitio, siendo así que no quiero jugar? -¡Cuántas palabras para nada! exclamó Doniphan. -Bien, bien, no es grave, respondió Briant, comprendiendo que Doniphan buscaba una ocasión de intervenir en la contienda; pero te ruego, Cross, que no lo repitas. -En verdad que... replicó Doniphan con tono burlón; mas si confiesa no haber querido hacerlo... -No sé por qué intervienes en esto, Doniphan, siendo así que la cuestión es exclusiva entre Cross y yo... -Y también me afecta a mí, te replico, Briant, ya que lo tomas tan a pecho, respondió Doniphan. -Como quieras, y cuando quieras, repuso Briant cruzándose de brazos. -¡En seguida! exclamó Doniphan. En aquel momento, Gordon llegó muy a propósito para impedir que aquella querella concluyera por golpes. Culpó a Doniphan, que se sometió, entrando de pésimo humor en French-den; pero era de temer que algún nuevo incidente hiciera que los dos rivales vinieran a las manos. La nieve no dejó de caer durante cuarenta y ocho horas. Para divertir a los niños, Service y Garnett construyeron un maniquí con una cabeza muy grande, una nariz enorme y una boca desmesurada; una cosa así como el ogro de los cuentos de Perrault. Y, debemos confesarlo: si durante el día Dole y Costar se atrevían a tirarle pelotazos, no lo miraban sin miedo cuando la oscuridad le daba formas gigantescas. -¡Vaya con los cobardes! exclamaban Iverson y Jenkins, que se hacían los valientes, sin estar mucho más tranquilos que sus compañeros. A fines de Junio fue preciso renunciar a toda diversión fuera de la gruta. La nieve alcanzó una altura de tres o cuatro pies, y aventurarse siquiera a un centenar de pasos fuera de la gruta, hubiera sido arriesgarse a no volver. Los jóvenes colonos estuvieron quince días completamente encerrados. Durante este tiempo se observó el programa estrictamente. Se dieron las conferencias en los días señalados para ellas, causándoles un verdadero placer, y no sorprenderá a nuestros lectores si les decimos que Doniphan, con su facilidad para discurrir y su instrucción, ya adelantada, ocupó el primer lugar. ¡Lástima que se mostrase tan orgulloso, pues dicho orgullo, con ser tan desmedido, echaba por tierra sus buenas cualidades! Aunque, por efecto de la inclemencia del tiempo, aun en las horas de recreo permanecían en el hall, la salud de los niños no se resintió por eso, merced a la renovación del aire que se hacía de una a otra habitación por el corredor. La cuestión higiénica era de las más importantes; porque si uno de ellos enfermara, ¿cómo podrían prestarle los cuidados que hubiera de necesitar? Felizmente, no sucedió así, y aparte ligeros resfriados o anginas leves, que algunos días de cama y bebidas calientes curaron con rapidez, nada grave ocurrió en la salud de los colonos. Otra era la cuestión que les preocupaba en alto grado. El agua necesaria para el abastecimiento de French-den se sacaba del río durante la marea baja para que no tuviera mal gusto; pero cuando la superficie de aquel río estuviera helada, no se podría obrar del mismo modo. Gordon habló con Baxter, su «ingeniero asesor,» de las medidas que convendría adoptar, y este, después de algunos momentos de reflexión, propuso establecer, para evitar la congelación, un conducto subterráneo que condujera el agua desde el río, por debajo del ribazo, hasta Store-room. Era una obra difícil en verdad, habida consideración de las circunstancias que rodeaban a tan jóvenes náufragos; y si Baxter salió airoso de ella, fue debido a que tenía a su disposición uno de los tubos de plomo que sirvieron para abastecer los camarotes del Sloughi. El servicio de agua, pues, quedó asegurado en el interior de aquella morada. En cuanto al alumbrado, había aun bastante aceite para las lámparas y los faroles; pero después del invierno sería necesario hacer provisión de un líquido combustible, o fabricar velas con las grasas que Mokó iba reservando. Algunos chacales, acosados por el hambre, vinieron varias veces a Sport-terrace; pero Doniphan y Cross los espantaban a tiros. Sin embargo, un día fueron tan numerosos, que si Phann no los hubiese olfateado y denunciado oportunamente para que los colonos con prontitud atrancaran las puertas del hall y de Store-room, el ataque hubiera sido inevitable y tan terrible como son siempre los de las fieras. La alimentación de la pequeña colonia daba mucho que pensar a su jefe. No siendo posible cazar en cantidad conveniente, por efecto de los temporales y los hielos, era menester echar mano de las provisiones del yate, y Gordon veía con mucha pena que se alargaba en su cartera la columna de los gastos, mientras que la de existencias disminuía. Mokó, participando de la preocupación de su jefe, ponía de su parte cuanto le era dable, y aprovechaba las avutardas que había conservado y los salmones que tenía en salmuera; pero no debe olvidarse que French-den encerraba quince personas que alimentar, asistidas de un apetito propio de muchachos de ocho a catorce años. Wilcox era, como ya hemos indicado otra vez, muy entendido en todo lo que concierne a la instalación de trampas, ballestas, lazos y demás recursos que suministra el higiénico y útil arte, de Nemrod, pero esto producía tan corto surtido de carnes frescas, que no era suficiente para librar a Gordon de su preocupación, ni al grumete de sus cavilaciones económicas en la cocina. El ñandú también preocupaba a Service para darle de comer: como no es animal carnívoro, su amo se veía obligado a buscar hierbas y raíces debajo de la nieve, no sin gran riesgo de su vida; mas ¿qué no hubiera hecho para procurar buen alimento a su animal favorito? -¡Qué corcel voy a tener! repetía muchas veces. Sin embargo, el avestruz adelgazó bastante durante aquel interminable invierno; pero no fue culpa de su fiel guardián, y era de esperar que cuando llegase la primavera volvería a recuperar sus perdidas carnes. El 9 de Julio, Briant, habiendo salido de French-den muy de madrugada, observó que el viento acababa de cambiar al Sur; y el frío era tan intenso, que se volvió apresuradamente al hall, dando cuenta a Gordon de esta modificación de la temperatura. -Era de temer, respondió el americano, y no me extrañaría tuviésemos que sufrir aun algunos meses de riguroso frío. -Eso nos demuestra, añadió Briant, que el Sloughi nos llevó, en su vertiginosa marcha marítima, mucho más al Sur de lo que suponíamos. -Sin duda, dijo Gordon; y sin embargo, nuestro atlas no señala ninguna isla en el espacio del mar antártico. -Es cosa inexplicable, y en verdad que no sé hacia qué lado podríamos dirigirnos si llegásemos a abandonar esta isla. -¡Dejar nuestra isla! exclamó Gordon. ¿Aun piensas en ello, Briant? -¡Siempre! Si pudiésemos construir una embarcación que, mal o bien, se sostuviera en el agua, no titubearía un instante en lanzarme a la ventura en el mar. -¡Bueno!... ¡Bueno!... replicó el americano. ¡No hay prisa!... Esperemos siquiera a que nuestra pequeña colonia esté organizada, y entonces... -¡Ay, mi buen amigo! repuso Briant; ¡olvidas que allá tenemos familia!... -¡Es verdad, es verdad!... Pero, en fin, ¡no somos tan desgraciados aquí! Esto marcha... y vamos a ver, ¿qué nos falta? -Muchas cosas, Gordon, respondió Briant, que no juzgó oportuno prolongar la conversación sobre este punto. Mira, en este momento está faltando combustible. -¡Oh! ¡Aun no hemos quemado todos los árboles de la isla! -No, pero urge hacer provisión de leña, porque la que tenemos se está acabando. -Pues bien, hoy mismo, replicó Gordon. Veamos el termómetro. Éste, que colocado dentro de Store-room indicaba cinco grados bajo cero, no obstante hallarse cerca de la hornilla llena da lumbre, sacado fuera de la estancia no tardó en bajar a diecisiete. Era un frío vivísimo, y seguramente se recrudecería si el tiempo permanecía sereno y seco durante algunas semanas. La temperatura de French-den había bajado de un modo sensible, a pesar de las dos estufas y de la hornilla, que funcionaban sin cesar. A las nueve, después del desayuno, decidieron ir a Traps-woods para traer una carga de combustible. Cuando la atmósfera está en calma, las temperaturas más bajas pueden arrostrarse sin gran contrariedad; mas no es así cuando reina ese aire sutil, del que es difícil preservarse. Felizmente, aquel día el viento se notaba apenas, y el cielo tenía una limpidez perfecta, por lo que la nieve se había endurecido y permitía andar, siempre que se cuidara de asentar bien los pies, lo mismo sobre Family-Lake que sobre el río Zealand, enteramente helados; y si hubieran tenido un trineo enganchado a perros o rengíferos, hubiesen podido recorrer el lago en toda su superficie en algunas horas. Mas no se trataba de esa expedición, sino de ir al bosque para renovar la provisión de combustible, que era de imprescindible necesidad. El transporte de la leña iba a ser muy penoso, no pudiendo hacerse sino llevando cada uno una carga; pero Mokó discurrió un medio, que se apresuraron a utilizar hasta tanto que pudiesen construir cualquier vehículo con los restos del yate. Dicho medio consistía en sacar la gran mesa de Store-room, que medía doce pies de largo por cuatro de ancho, y poniéndola en el sentido inverso de su posición natural, la ataron con cuerdas, y cuatro de los mayores la arrastraron por encima de la nieve en dirección a Traps-woods. Los pequeños, con la nariz muy colorada, iban delante corriendo y saltando con Phann, que los incitaba a jugar. De vez en cuando se subían a la mesa por el gusto de hacerse llevar en coche, según decían ellos. A cualquiera le hubiese alegrado, ciertamente, verlos tan contentos y con tan buena salud. Todo estaba blanco entre Auckland-hill y Family-Lake. Los árboles, cargados de carámbanos que parecían cristales, semejaban una decoración de alguna comedia de magia. Bandadas de pájaros revoloteaban por todas partes. Doniphan y Cross no habían olvidado sus escopetas, e hicieron bien, pues se vieron huellas sospechosas, que no eran de chacales ni de jaguares. -Tal vez sean gatos monteses de esos que llaman paperos, dijo Gordon. ¡Son muy temibles! -¡Oh, si no son más que gatos!... respondió Costar encogiéndose de hombros. -Bien, los tigres también son gatos, replicó Jenkins. -Service, ¿es verdad que todos esos señores de la raza felina son malos? preguntó Costar. -Muy malos, contestó Service; cogen y se comen a los niños como si fueran ratones. Esta respuesta no dejó de asustar a Costar. Nuestros colonos recorrieron con bastante prontitud la media milla que separa a French-den de Traps-woods, y se pusieron a derribar algunos árboles, de los que arrancaron algunas ramas pequeñas para no llevarse más que las gordas, que eran más a propósito para las estufas y la hornilla. La mesa-trineo recibió una buena carga; pero se deslizaba con tanta facilidad por encima de la nieve helada y tiraban todos con tanto afán, que a las doce habían hecho dos viajes. Después del almuerzo volvieron al trabajo, que se suspendió a las cuatro para ocuparse, por mandato de Gordon, que sabía hacerse obedecer, en aserrar, partir y encerrar la leña, ocupación que duró hasta la hora de acostarse. Durante seis días, aquel acarreo continuó sin descanso, asegurando así el combustible para algunas semanas. El 15 de Julio, el calendario inglés señala San Swithin, que tiene igual fama que San Medardo en Francia. -Vamos, dijo Briant; si llueve hoy, tendremos agua durante cuarenta días. -¿Y qué nos importa, respondió Service, puesto que estamos en la mala estación? ¡Ah, sí estuviésemos en verano!... Y en verdad que los habitantes del hemisferio austral no tienen por qué inquietarse de la influencia que puedan tener en el tiempo San Medardo o San Swithin, que son Santos de Invierno en nuestras antípodas. Llovió aquel día; pero la lluvia no hizo cuarentena, a pesar de la creencia vulgar en Inglaterra y Francia; el viento saltó al Sudeste, y los fríos fueron tales, que el termómetro bajó a veintisiete grados bajo cero. ¡Irresistible tiempo! Gordon prohibió toda salida, pues al aire libre el aliento se helaba y no se podía coger ningún objeto de metal sin experimentar un dolor igual al de una quemadura. Como es de suponer, tomaron toda clase de precauciones para que la temperatura interior se conservase a un grado suficiente; pero a pesar de todas estas prevenciones, sufrieron mucho por la falta de ejercicio, hasta el punto de que Briant no veía sin gran pena que los niños se ponían descoloridos y tristes. Sin embargo, aparte algunos constipados y algunas bronquitis inevitables por la crudeza del temporal y que se curaron fácilmente con bebidas calientes, la salud de nuestros jóvenes colonos no se resintió mucho de aquel tiempo tan cruel. El 16 de Agosto, el estado de la atmósfera se modificó con el viento Oeste, y el termómetro subió hasta marcar doce grados bajo cero. Doniphan, Briant, Service y Baxter pensaron entonces en hacer una excursión a Sloughi-bay, o sea al primitivo campamento, pues sabían que partiendo muy de mañana, podían estar de vuelta por la tarde. Deseaban observar si la costa era frecuentada por ciertos anfibios, que son huéspedes habituales de las regiones antárticas, y además, una vez allí, dedicarían algún rato a reponer el pabellón inglés, que, como recordarán nuestros lectores, habían izado sobre un mástil en el acantilado antes de abandonar aquel sitio; pabellón que sin duda debían haber destrozado las borrascas. Por consejo de Briant, se clavaría también en el asta una tablilla indicando la situación de French-den, para el caso en que algunos marinos, habiendo visto la bandera, desembarcaran en la playa. Gordon asintió a ese proyecto, pero encargándoles repetidamente que estuviesen de vuelta al anochecer. En consecuencia, nuestros expedicionarios salieron el 19 antes de la alborada: el cielo estaba sereno, alumbrado por los pálidos rayos de la luna en su cuarto menguante. Las seis millas que separaban Sloughi-bay de French-den fueron rápidamente recorridas, pues estando helado el charco Bog-woods, no fue necesario dar rodeo alguno, lo que abrevió el camino; así es que a las nueve de la mañana Doniphan y sus compañeros llegaban a la playa. -¡Vaya una bandada de aves! exclamó Wilcox. Y señalaba algunos millares de pájaros que, parecidos a grandes patos, se hallaban colocados en fila en las puntas de los arrecifes. -¡Parecen soldados a quienes el General va a pasar revista! dijo Service. -Son pingüinos, respondió Baxter, y no valen un tiro. Estos estúpidos volátiles, que se sostenían en una postura casi vertical, debida a que tienen muy atrás sus patas, ni siquiera pensaron en huir, hasta el punto de que se les hubiera podido matar a palos. Tal vez Doniphan hiciera intención de tirar a alguno; pero como Briant tuvo la prudencia de no oponerse a ello, bastó ese implícito asentimiento para que Doniphan mudara de idea. Los pingüinos no sufrieron ningún percance. Mas si esos pájaros no servían para nada, nuestros jóvenes vieron gran número de otras clases de animales, cuya grasa podía servir para el alumbrado de French-den en el próximo invierno. Eran focas, de la especie llamada focas de trompa, que se solazaban encima de las rompientes, cubiertas de hielo; pero para matar algunas era preciso cortarles la retirada, y en cuanto Briant y sus compañeros se aproximaron, comenzaron a huir dando saltos extraordinarios, y desaparecieron debajo del agua. Sería necesario, para darles caza, organizar una expedición especial y en otras condiciones. Después de almorzar frugalmente con las provisiones que habían llevado, los colonos recorrieron la bahía en toda su extensión. Una capa blanca la cubría desde la embocadura del río Zealand hasta el promontorio de False-sea-point, pues el suelo estaba cubierto con más de dos pies de nieve. Los últimos restos del Sloughi es encontraban enterados en ella. El mar, siempre desierto hasta el extremo límite de aquel horizonte, fue saludado por Briant, que no le había visto en tres meses, y saludó también, dándole vida en su imaginación, más allá, a centenares de leguas, a Nueva Zelandia, cuya tierra no desesperaba de volver a pisar algún día. Baxter se ocupó en mudar la bandera y en clavar la tablilla, indicando la situación de French-den a seis millas remontando el curso de río, y a la una de la tarde es pusieron de nuevo en camino para regresar a su vivienda. Doniphan mató unas cuantas avefrías que revoloteaban en la superficie del río, y a las cuatro, sus compañeros y él entraban en la gruta. Gordon, puesto al corriente de lo que había pasado y enterado de que muchas focas frecuentaban Sloughi-bay, aseguró que se les daría caza tan luego como el tiempo lo permitiera. El invierno iba, por fin, a concluir muy pronto; durante la última semana del mes de Agosto y la primera de Septiembre, fuertes chubascos trajeron un rápido cambio en la temperatura. La nieve no tardó en disolverse, y el hielo del lago se rompió con un ruido ensordecedor. Los témpanos que no se deshicieron, entraron en la corriente del río, amontonándose unos encima de otros, formando una barrera que se desbarató completamente hacia el 10 de Septiembre. Así pasó aquel invierno. Merced a las precauciones tomadas, la pequeña colonia no padeció mucho. Todos gozaban de perfecta salud, y los estudios siguieron su curso ordinario, sin que Gordon se viese obligado a usar de mucha severidad. Un día, sin embargo, tuvo que corregir a Dole, cuya conducta necesitaba un severo castigo. Muchas veces, aquel testarudo muchacho había rehusado aprender su lección, y Gordon lo había reñido; pero como el niño continuara sin hacer caso de las observaciones del jefe de la colonia, fue condenado a recibir algunos azotes. Sabido es que los niños ingleses no miran como denigrante esa clase de castigo. No obstante, Briant hubiera protestado contra aquella manera de obrar, si no hubiese tenido la obligación de respetar las decisiones de Gordon. Dole recibió, pues, algunos zurriagazos que le aplicó Wilcox, designado por la suerte en el presente caso, para funcionar como ejecutor público, y el castigo fue tan ejemplar, que el caso no volvió a acontecer. El día 10 de Septiembre se cumplieron los seis meses primeros de las forzadas vacaciones de los alumnos de Chairmán, desde que el Sloughi se perdió en los arrecifes de la isla del mismo nombre. XIV Últimos fríos. -El carro. -La primavera. -Service y su nandú. -Preparativos para una expedición al Norte. -Las madrigueras. -«Stop-river.» -Fauna y flora. -Extremidad de «Family-Lake.» -«Sandy-desert.» Con el buen tiempo, nuestros jóvenes colonos se propusieron realizar algunas de las excursiones proyectadas durante las largas noches de invierno. El mapa de Francisco Baudoin no señalaba ninguna tierra alrededor de la isla, pero era posible que el pobre náufrago no la hubiera divisado, pues no poseyendo anteojo alguno, era imposible que con la simple vista distinguiera nada más allá de algunas millas. Nuestros colonos, mejor provistos, descubrirían tal vez lo que aquel no pudo alcanzar a ver. Pero antes de visitar las diversas regiones de la isla, se trató de explorar el territorio comprendido entre Auckland-hill, Family-Lake y Traps-woods. ¿Cuáles eran sus recursos? ¿Cuál era su riqueza en árboles y arbustos que se pudieran aprovechar? Esto era lo primero que debían saber. La marcha quedó fijada para los primeros días de Noviembre. La primavera se retrasó algún tiempo, porque encontrándose la isla Chairmán en una latitud bastante alta, tuvo que sufrir muy malos tiempos, debidos al equinoccio. Hasta mediados de Octubre, los cambios atmosféricos se manifestaron con sin igual violencia; las piedras del acantilado Auckland-hill gemían azotadas por las ráfagas del Sur, que atravesando los pantanos, sin luchar con obstáculo alguno, llevaban consigo las emanaciones heladas del mar antártico. Veinte veces aquellos vendavales arrancaron las puertas de Store-room, penetrando por el corredor hasta el hall, y nuestros jóvenes sufrieron tal vez más por aquel temporal que por los intensos fríos del invierno. Para más aburrimiento, parecía que los pájaros habían emigrado buscando un refugio en regiones más abrigadas y menos expuestas a tan recias tormentas equinocciales, y hasta los peces se ocultaban por la agitación de las aguas, que mugían en las orillas del lago. Sin embargo, los colonos no estaban ociosos. Como la mesa no podía ya servir de vehículo, puesto que el hielo había desaparecido, Baxter ideó fabricar un aparato a propósito para acarrear los objetos de gran peso. Al efecto, utilizó dos ruedas dentadas, de igual tamaño, de un torno del schonner. Después de haber ensayado, aunque en vano, romper los dientes de aquellas ruedas, llenó los intervalos con cuñitas de madera, cubiertas con un círculo metálico, y después de unirlas por una barra de hierro a manera de eje, se colocó sobre él una sólida plataforma, resultando así un carro, si bien muy basto, en disposición de prestar, como lo prestó, grandes servicios. Inútil nos parece añadir que, a falta de caballo, mula o burro, los más vigorosos serían los encargados de arrastrarlo. ¡Ah! Si llegaran algún día a apoderarse de cualquier cuadrúpedo, ¡cuántas fatigas se ahorrarían!. ¿Por qué la fauna de la isla Chairmán, fuera de algunos carnívoros, era más rica en volátiles que en rumiantes? Sería demasiada felicidad para ellos, y en particular para Service, que, ganoso de cabalgar, fuera como fuera, se lamentaba de que su avestruz no quisiera domeñarse a vivir con la mansedumbre que crea siempre la domesticidad. En efecto; el ñandú no habla perdido nada de su carácter salvaje. No dejaba que se aproximasen a él sin defenderse con el pico y las patas, y procuraba sin cesar romper sus ligaduras con el afán de huir y de perderse pronto por entre los árboles de Traps-woods, gozando a su placer de las delicias que a todo ser animado proporciona siempre la libertad. Service, no obstante, no perdía las esperanzas. Había dado al ñandú el nombre de Brausewind, como lo había hecho con el suyo Jack, según leyera en el Robinsón Suizo; pero aunque nuestro muchacho había juzgado cuestión de amor propio el amansar al animal, no conseguía nada ni por buenos ni por malos tratamientos. Sin embargo, dijo un día, aludiendo a la novela de Wyss, que no se cansaba de leer: -Jack llegó a conseguir que su avestruz se transformara en un rápido corcel. -Es verdad, le replicó Gordon; pero entre tu héroe y tú hay tanta diferencia como entre tu avestruz y el suyo. -¿Cuál es? -Sencillamente la que separa la imaginación de la realidad. -¡No importa! replicó Service. ¡Llegaré a amansarle, o nos veremos los dos! -Pues bien, respondió el americano riendo; me extrañaría menos oírle hablar que verlo obedecer. A despecho de las bromas de sus compañeros, Service estaba muy decidido a montar su ñandú en cuanto el tiempo lo permitiese. Así es que, imitando en un todo a Jack, construyó una especie de guarnición de tela con ojeras movibles, para guiarle a derecha o izquierda, según su gusto. ¿Por qué no había de tener éxito, puesto que el héroe de Wyss le obtuvo? Hizo también un collar, que llegó a fijar al cuello del animal; pero en cuanto a la capucha, fue imposible colocársela en la cabeza. El equinoccio tocaba a su fin; el sol tomaba fuerza y el cielo se serenaba, comenzando ya los árboles a brotar a impulsos del calor vivificante del luminoso astro. Los colonos podían ya estar fuera días enteros. Los trajes de abrigo, pantalones de fuerte paño, camisetas o blusas de lana, habían sido sacudidos, limpiados y guardados en los cofres designados al efecto por Gordon. Nuestros jóvenes, encontrándose más ágiles con sus trajes ligeros, celebraban alegremente la vuelta del buen tiempo, teniendo además la esperanza, que no les abandonaba nunca, de hallar algún medio que modificase ventajosamente su situación. Durante el verano podía acontecer que un buque visitara aquellos parajes; y si pasaba cerca de la isla Chairmán, ¿por qué no había de arribar viendo la bandera que ondeaba en la cresta de Auckland-hill? En la segunda quincena de Octubre los cazadores hicieron alguna que otra excursión en un radio de dos millas en derredor de French-den, proporcionando a Mokó ocasión para mejorar en algo las comidas. Gordon no cesaba de recomendar la economía de las municiones, lo cual contrariaba mucho a Doniphan. Wilcox tendía lazos, con los que cogió algunos pares de perdices, avutardas y hasta de esas liebres maras, cuya carne se parece a la del aguti. Muchas veces en el día iban los colonos a mirar aquellos lazos, porque los chacales y otros carnívoros encontraban muy cómodo comerse las piezas cogidas de este modo, y en verdad era cosa triste trabajar para que aquellas fieras utilizasen el producto de la industria de nuestros muchachos; así es que cuando daban caza a algunos de estos animales dañinos en las antiguas trampas y en otras nuevas colocadas en la linde del bosque, los mataban sin piedad. Doniphan dio muerte a varios de esos pecaris y guaculis, jabalíes y ciervos de pequeña estatura, cuya carne es muy sabrosa. En cuanto a los ñandúes, nadie sintió no poderlos alcanzar, en vista del poco éxito obtenido por Service en su ensayo para domesticar el suyo; y bien claro se vio esto cuando en la mañana del 26 el terco muchacho quiso montar su avestruz, al que había puesto la guarnición, no sin mucho trabajo. Estaban todos reunidos en Sport-terrace para asistir a este interesante espectáculo. Los niños miraban a su compañero con cierto sentimiento de envidia, mezclado de alguna inquietud, y en el momento decisivo titubeaban sobre si rogar o no a Service que los pusiera a la grupa; los mayores se encogían de hombros, y Gordon procuró disuadir a Service de que llevara a cabo una prueba que le parecía peligrosa; pero obstinándose éste en realizar su propósito, tomaron todos el partido de dejarle hacer su voluntad. Mientras Garnett y Baxter tenían al animal con la cabeza cubierta por una capucha y las ojeras bajadas, Service, después de varias tentativas infructuosas, llegó a saltar sobre el ñandú, diciendo con voz algo temblona: -¡Soltadle! El avestruz, privado de la vista y sintiéndose sujetado por el muchacho, que le apretaba fuertemente con las piernas, se quedó inmóvil; mas apenas levantó Service las ojeras por medio de la cuerda que servía también de rienda, el ñandú dio un salto prodigioso y partió como una flecha en dirección al bosque. Service no era dueño ya de su fogosa montura, y en vano procuró detenerla cegándola de nuevo; pues por un brusco movimiento de cabeza el animal se quitó la capucha, que cayó sobre su cuello, en el que el muchacho se agarraba con todas sus fuerzas; y, por fin, por medio de una violenta sacudida, se desembarazó del jinete en el mismo momento en que el ñandú iba a desaparecer bajo los árboles de Traps-woods. Los compañeros de Service acudieron, y cuando llegaron a su lado, el avestruz estaba ya lejos. Felizmente, habiendo caído el muchacho sobre una capa de hierba muy espesa, no se hizo ningún daño. -¡Qué animal más estúpido! exclamó lleno de confusión. ¡Ah, si vuelvo a cogerlo!... -No lo volverás a ver ya, respondió Doniphan, que se complacía en burlarse de su compañero. -Decididamente, dijo Webb, tu amigo Jack era mejor jinete que tú. -Es que mi ñandú no estaba suficientemente domesticado, respondió Service. -Ni podía estarlo nunca, replicó Gordon. Consuélate, Service; nada hubieras conseguido de esa bestia, y no olvides que en la novela de Wyss no todo es verdad. Al principiar el mes de Noviembre el clima continuaba favorable para una expedición de algunos días. Se trataba de reconocer la orilla occidental de Family-Lake hasta la punta del Norte; y como el tiempo estaba sereno y el calor no era excesivo, no había inconveniente en pasar unas cuantas noches al aire libre. Los cazadores debían formar parte de la excursión; y como había de prolongarse algo, y, por lo tanto, ofrecer algunas peripecias, Gordon juzgó conveniente partir con ellos, siendo Briant y Garnett los encargados de cuidar a sus compañeros que se quedaban en French-den. Más adelante Briant emprendería otro viaje con objeto de visitar la parte inferior del lago, bien costeando sus orillas con la canoa, o ya atravesándolo, puesto que, según el mapa, no tenía más que cuatro o cinco millas de anchura. Al llegar la mañana del 5 de Noviembre, y dispuestos los expedicionarios Gordon, Doniphan, Baxter, Wilcox, Webb, Cross y Service, emprendieron su marcha después de despedirse de sus amigos. En French-den ningún cambio debía operarse en la vida de todos los días. Fuera de las horas de estudio, los niños seguirían pescando, como de costumbre, en el lago o en el río, lo que constituía su recreo favorito. Pero no vaya a creerse que porque Mokó no formaba parte de la caravana, los expedicionarios se verían reducidos a comer mal, no; Service estaba con ellos; y como muchas veces ayudaba a Mokó en las operaciones de la cocina, hizo valer su talento culinario para acompañar a los viajeros, quizás impelido por su esperanza de encontrar a su avestruz. Gordon, Doniphan y Wilcox iban armados con escopetas, llevando además un revólver a la cintura. Cuchillos de monte y dos hachas pequeñas completaban su armamento. Habían acordado no gastar plomo ni pólvora sino para defenderse o para matar algunas piezas de caza mayor, en el solo caso de que no se las pudiese coger de un modo menos costoso. Baxter, según sabemos, era un muchacho tan previsor como diestro, y previendo que llegara a ser algún día muy necesario servirse del lazo y de las bolas, las arregló, y ejercitándose en su manejo, adquirió muy pronto notable habilidad y destreza para lanzarlos. Es verdad que hasta entonces no lo había ensayado sino en objetos inmóviles, y nada probaba que los resultados estuviesen en armonía con sus deseos, arrojando aquellos contra un animal corriendo; pero los llevó consigo por si se presentaba el caso de utilizarlos. Gordon se llevó también el halkett-boot, bote de cautchuc, muy portátil, puesto que, según dijimos oportunamente, se doblaba como una maleta y no pesaba más de diez libras. Era muy conveniente tener a mano esta canoa, pues el mapa del náufrago consignaba la existencia y posición de dos ríos tributarios del lago, y tal vez necesitasen de aquel bote para atravesarlos. Según dicho mapa, del que Gordon llevaba una copia para consultarlo o comprobarlo, la ribera occidental de Family-Lake se desarrollaba en un largo próximamente de dieciocho millas, teniendo en cuenta su curva. La expedición, según se ve, y en el caso de que los viajeros no experimentasen ningún retraso, necesitaría dos o tres días por lo menos. El americano y sus compañeros, precedidos por Phann, dejaron Traps-woods a su izquierda, y anduvieron a buen paso por el suelo arenoso de la ribera, no tardando mucho en salvar la distancia hasta entonces recorrida en las excursiones que habían hecho desde su instalación en la gruta; y traspuesto dicho terreno, se hallaron en un sitio en que las hierbas eran tan altas, que dificultaban la marcha de nuestros jóvenes; pero no tuvieron por qué sentir aquel retraso, pues Phann empezó a rastrear, quedando por fin inmóvil delante de media docena de madrigueras. Indudablemente el perro había olfateado algún animal, sin duda encamado, y Doniphan, llevado de sus aficiones, preparaba su escopeta, cuando Gordon le detuvo. -Economiza la pólvora, Doniphan, le dijo; te lo suplico; economiza las municiones. -¡Quién sabe, Gordon, si nuestro almuerzo estará ahí dentro! respondió el joven cazador. -¡Y también la comida!... añadió Service, bajándose y mirando las madrigueras. -Si hay algún bicho aquí, respondió Wilcox, lo obligaremos a que salga sin que nos cueste un perdigón. -¿Cómo puede ser eso? preguntó Webb. -Ahumándolo, como se hace con las zorras cuando están en las madrigueras. Y Wilcox, cogiendo algunos puñados de hierbas secas, las colocó delante de los agujeros y las encendió; un momento después, diez o doce roedores salían medio sofocados, procurando huir, pero en vano. Eran conejos tucutucos, de los que Service y Webb mataron algunos con un palo, mientras que Phann estrangulaba también a cuantos cogía. -¡He aquí un excelente asado!... dijo Gordon. -Y yo me encargo de ello, añadió Service, deseoso de llenar sus funciones de jefe de cocina. ¿Queréis comerlos ahora mismo? -En la primera parada, contestó el americano. Necesitaron más de media hora para salir de aquella pradera, tan cubierta de malezas, y más allá encontraron la playa llena de dunas, cuya arena finísima se levantaba al menor soplo de aire. A la altura en que se hallaban, el reverso de Auckland-hill quedaba ya a más de dos millas hacia Oeste, lo cual se explicaba por la dirección del acantilado en su curva desde French-den hasta Sloughibay. Toda esta parte de la isla estaba oculta por aquel bosque tan espeso, que Briant y sus compañeros habían atravesado en su primera expedición al lago, rogado por el riachuelo de que hicimos mención al ocuparnos de ello, y al que habían dado el nombre de Dike-creek. El mapa indicaba que ese creek desembocaba en el lago, y a su embocadura fue precisamente adonde nuestros jóvenes llegaron a las once de la mañana, después de haber andado unas seis millas. Al llegar a dicho punto hicieron alto al pie de un magnífico pino, encendieron lumbre entre dos piedras, y algunos instantes después dos tucutucos, desollados por Service, se asaban al amor de una gran llama, y Phann, echado al lado del hogar, se complacía en husmear el buen olor que se desprendía de aquellos roedores. Almorzaron con buen apetito, sin tener queja de ese primer ensayo de Service en el arte culinario. Los tucutucos bastaron, y no tuvieron que tocar a las provisiones que llevaban consigo, como no fuera algo de galleta, que hacía las veces de pan. Concluido el almuerzo, emprendieron de nuevo la marcha, y atravesaron el creek por un vado, sin necesidad del bote, cuyo servicio les hubiese consumido mucho tiempo. La orilla del lago, algo pantanosa, les obligó a seguir de nuevo las lindes del bosque, sin perjuicio de dirigirse hacia el Este tan luego como lo permitiese el buen estado del terreno. Los árboles eran siempre de la misma clase: hayas, abedules, pinos de varias especies, y encinas. Millares de pájaros de diversas castas revoloteaban debajo del follaje, cantando o silbando a porfía; y allá a lo lejos y muy alto, se veían algunas de aquellas aves de rapiña muy comunes en la América del Sur. Service, acordándose sin duda de Robinsón Crusoé, sentía mucho que no tuviese loros en la isla, porque tal vez uno de aquellos habladores pájaros le hubiera indemnizado de los malos ratos que le proporcionó la educación, tan poco aprovechada, del avestruz. La caza abundaba por doquier, y Gordon no pudo rehusar a Doniphan el placer de matar un pecari, que serviría para el almuerzo del siguiente día. Anduvieron hasta las cinco de la tarde, hora en que llegaron a orillas del segundo río señalado en el mapa; era otro desagüe del lago que desembocaba en el Pacífico, más allá de Sloughi-bay, después de rodear el Norte de Auckland-hill. Gordon resolvió detenerse en aquel sitio.  Después de haber andado doce millas, era justo cenar y descansar. Este nuevo río fue llamado Stop-river (río de la parada). Nuestros jóvenes establecieron su campamento debajo de los primeros árboles del ribazo, y los tucutucos formaron el plato principal de la cena, que Service condimentó con bastante acierto. Pero estaban muy cansados, y como la necesidad que tenían de dormir era mayor que la de comer, resultó que, si bien es verdad que las bocas se abrían a impulsos del hambre, los ojos se cerraban obedeciendo al sueño; así es que, apenas concluyeron de cebar, encendieron una gran hoguera, y se tendieron delante de ella envueltos en sus mantas. Wilcox y Doniphan velaron por turno, a fin de alimentar la hoguera para mantener las fieras a respetable distancia. La noche pasó sin ningún incidente, y al rayar el día todos estaban prontos a ponerse otra vez en camino, como lo hicieron sin dilación alguna. Tenían necesidad de atravesar el río, pero como no era vadeable, echaron mano del bote. Esta débil barquilla no podía conducir más que una sola persona, así es que hubo necesidad de pasar siete veces y repasar otras tantas, lo que exigió más de una hora; pero poco importaba semejante dilación, en gracia a que ni las municiones ni las provisiones se mojaran. Phann no quiso manifestarse cual perro comodón, y metiéndose en el agua, hizo a nado la travesía en un momento. Pasado el río, el terreno estaba enjuto, y Gordon dirigió otra vez la expedición hacia la orilla del lago, adonde llegaron a las diez de la mañana; y después de almorzar muy bien con buenos trozos de carne de pecari asada, y galleta, tomaron el camino con dirección al Norte. Nada indicaba aun que el extremo de lago estuviese próximo, pues el horizonte del Este se veía siempre cerrado por una línea circular de cielo y agua; pero a medio día Doniphan miró con el anteojo, y dijo: -¡Ya está aquí la otra orilla! Todos se pusieron a mirar por aquel lado, y, efectivamente, las copas de los árboles comenzaban a distinguirse por aquel lado. -No nos detengamos, replicó Gordon, y procuremos llegar antes de que anochezca. Una árida llanura, con algunas dunas, y sembrada acá y allá de matas de juncos, se extendía hasta perderse de vista en dirección al Norte. La parte septentrional de la isla Chairmán no se componía, por lo visto, sino de anchos espacios arenosos que contrastaban con los verdes bosques del centro. El americano le dio el nombre de Sandy-desert (desierto de arena.) A las tres, la orilla opuesta apareció distintamente, redondeándose a menos de dos millas al Este. Esta región parecía completamente abandonaba de todo ser viviente, como no fuera algunas aves marinas que pasaban por allí para ir a refugiarse en las rocas del litoral. En verdad que si el Sloughi hubiese abordado en aquel sitio, nuestros pobrecitos náufragos hubieran creído verse privados de todo recurso. En vano buscarían, en medio de aquel desierto, una morada tan abrigada como French-den, y al faltarles el abrigo del schonner no hubieran, de seguro, hallado refugio alguno. ¿Era necesario ir más adelante en la misma dirección para reconocer por completo aquella parte de la isla que parecía inhabitable? ¿No sería preferible dejar para otra vez la exploración de la orilla derecha del lago, en donde otros bosques quizás pudieran ofrecer nuevas riquezas? Indudablemente que sí; y además, para averiguar si la isla Chairmán estaba o no cerca del continente americano, había que dirigir las indagaciones por la región del Este. Doniphan propuso, sin embargo, llegar hasta la extremidad del lago, que no debía estar lejos, toda y vez que la dobla curva de sus orillas se acentuaba más a cada instante. Lo realizaron así, y al llegar la noche hacían alto en el fondo de una caleta, en el ángulo Norte de Family-Lake. En aquel sitio no se veía ni un ángulo ni una hierba, ni siquiera musgo o liquen seco. Les faltó el combustible, y para dormir se vieron precisados a echarse sobre la arena, cubriéndose con sus mantas. Durante aquella noche nada turbó el silencio en Sandy-desert. XV Camino que siguieron para la vuelta. -Excursión hacia Oeste. -Trulca y algarrobo. -Árbol de té. -El torrente de «Dike-creek». -Vicuñas. -Noche intranquila. -Guanacos. -Destreza de Baxter para lanzar las bolas y el lazo. -Vuelta a «French-den.» A doscientos pasos de la caleta se alzaba una duna de unos cincuenta pies de altura, observatorio muy a propósito para que Gordon y sus compañeros pudieran echar una ojeada sobre aquella región. A la salida del sol se apresuraron a subir hasta la cima de la duna, y desde allí dirigieron los anteojos hacia el Norte. Si aquel desierto arenoso se prolongaba hasta el litoral, como lo indicaba el mapa, era imposible divisar su fin, pues el horizonte de mar debía encontrarse a más de doce millas al Norte y a más de siete al Sur, y en esta suposición les pareció inútil remontar más allá en la parte septentrional de la isla Chairmán. -Entonces, preguntó Cross, ¿qué vamos a hacer ahora? -Volvernos por donde hemos venido, respondió el americano. -¡Pero no antes de desayunarnos! se apresuró a decir Service. -Pon la mesa, contestó Webb. -Puesto que tenemos que volver sobre nuestros pasos, observó Doniphan, ¿no podríamos seguir otro camino para regresar a la gruta? -Lo ensayaremos, respondió Gordon. -Me parece, replicó Doniphan, que si siguiéramos la orilla derecha de Family-Lake, nuestra exploración sería completa. -Resultaría demasiado larga, respondió el americano. Según el mapa, tendríamos que andar treinta o cuarenta millas, y necesitaríamos siete u ocho días para ello, suponiendo que ningún obstáculo se presentara en el camino, y semejante tardanza pondría muy inquietos a los de French-den, y nada exige les produzcamos tal inquietud. -Sin embargo, añadió Doniphan, tarde o temprano será necesario reconocer aquella parte de la isla. -Sin duda, respondió Gordon, y pienso organizar una expedición con este objeto. -Doniphan tiene razón, dijo Cross; tenemos interés en no volver por el mismo camino. -Bien, replicó Gordon. Propongo que sigamos la orilla del lago hasta Stop-river, y luego marcharemos directamente hacia el acantilado, cuya base seguiremos. -¿Y por qué volver a bajar por esa orilla? preguntó Wilcox. -En efecto, Gordon, añadió Doniphan. ¿Por qué no vamos por lo más corto, atravesando esta llanura arenosa para llegar a los primeros árboles de Traps-woods, que es hallan a tres o cuatro millas, cuando más, al Sudoeste? -Porque nos conviene, no lo dudes, atravesar Stop-river, respondió Gordon; estamos ciertos de que en ese camino por donde hemos andado ya, no hallaremos obstáculos, mientras que más abajo podríamos encontrar dificultad, si el río se cambiase en torrente; lo más seguro es, a mi parecer, no entrar en el bosque sino por la orilla derecha del Stop-river. -¡Siempre prudente, Gordon! exclamó Doniphan, no sin una ligera ironía en el acento. -¡Es mi deber! respondió el americano. Y bajando la duna, se sentaron un momento en la caleta, tomaron un ligero refrigerio, arrollaron las mantas, y cogiendo sus armas echaron a andar a buen paso por el mismo camino que la víspera. El cielo estaba magnífico, y apenas si una ligera brisa rizaba las aguas del lago; si el tiempo continuaba así siquiera durante treinta y seis horas, Gordon y sus compañeros llegarían a French-den al anochecer del siguiente día. Desde las seis de la mañana a las once anduvieron sin gran cansancio las nueve millas que separaban la punta del lago, de Stop-river. Doniphan mató dos magníficas avutardas moñudas, de plumaje negro, con manchas amarillas en el lomo y blancas en la pechuga, proporcionándose de ese modo un rato de buen humor a sí mismo y de satisfacción a Service, siempre pronto a preparar para el asado cualquier animalejo que cayera en sus manos, como lo hizo una hora más tarde con los cazados por Doniphan, después de atravesar otra vez el río en el halkett-boot. -Henos aquí ya en el bosque, dijo Gordon, y espero que Baxter encontrará ocasión de lanzar sus lazos o sus bolas. -El caso es que hasta ahora no han servido para nada, respondió Doniphan, quien, tratándose de caza, no apreciaba más que su carabina. -Esto no sirve para los pájaros, replicó Baxter. -Pájaros o cuadrúpedos, no tengo confianza en esos artefactos, dijo Doniphan. -Ni yo, añadió Cross, siempre dispuesto a apoyar la opinión de su primo. -Esperad siquiera a que Baxter haya tenido ocasión de servirse de ellos, antes de dar vuestro parecer, respondió el americano. Estoy cierto de que nos dará una sorpresa agradable; y no debemos olvidar que si las municiones llegan a concluírsenos, el lazo y las bolas no faltarán nunca... -¡Antes faltaría la caza!... replicó el incorregible muchacho. -Ya lo veremos, dijo Gordon, y mientras tanto almorzaremos. Los preparativos necesitaron algún tiempo, porque Service quería que la avutarda estuviese muy a punto, y es menester, en efecto, más de una hora para la cocción de una de estas aves, que suelen pesar de veinticinco a treinta libras, y miden cerca de tres pies desde el pico a la cola, siendo de las mayores que constituyen la familia de las gallináceas. Una vez asada, desapareció como por encanto hasta el último trozo, pues Phann, a quien dieron el armazón, no dejó tampoco nada. Concluido el almuerzo, los graves viajeros penetraron en la parte aun desconocida de Traps-woods, que Stop-river atraviesa antes de confundirse con el Pacífico. El mapa indicaba que dicho río se inclinaba en su curso a Noroeste, dando vueltas a la extremidad del acantilado, y que su embocadura esta ¡situada más allá del promontorio False-Sea-point. Fijado en esto, Gordon resolvió abandonar la ribera de Stop-river, porque, siguiéndola, serían llevados en una dirección completamente opuesta a French-den, cuando lo que él quería era llegar por el camino más corto a las primeras rocas de Auckland-hill, para seguir su base bajando al Sur. Así es que después de orientarse por medio de la brújula, el americano empezó a marchar en dirección al Oeste, por donde los árboles, siendo menos espesos que en la parte Sur de Traps-woods, dejaban más libre el paso por un suelo menos cubierto de brozas y malezas. Entre los abedules y las hayas he abrían algunos claros que dejaban penetrar los rayos del sol, merced a los cuales, las flores silvestres, hermoseando la tierra y perfumando el ambiente, mezclaban sus vivos colores con el verde de los arbustos y de la alfombra de césped. Los coquetones jovencitos cogieron algunas de esas flores y adornaron con ellas las solapas de sus chaquetas. Gordon, por su parte, y ayudado de sus conocimientos en botánica, hizo un descubrimiento muy útil, que en más de una ocasión había de aprovechar a la pequeña colonia. Atrajo su atención un arbolito muy frondoso, de hojas poco desarrolladas, y de cuyas ramas, llenas de espinas, pendía una pequeña fruta rojiza, del tamaño de un guisante. -¡Este árbol es el trulca, si no me equivoco! exclamó. Es una fruta muy apreciada por los indios. -Si no es nociva, respondió Service, comamos, puesto que nada cuesta. Y antes de que el americano pudiera impedirlo, Service se llevó a la boca dos o tres de ellas. ¡Cuántas muecas hizo! Sus compañeros reían a carcajadas al verle escupir la abundante saliva que el ácido de aquella fruta le producía. -¡Y tú, Gordon, que decías que esto se comía! exclamó Service, cuando pudo hablar. -No he dicho tal cosa, repitió el americano. Si los indios hacen gran consumo de esta fruta es para fabricar un licor que obtienen por la fermentación, y añado que dicho licor será para nosotros un precioso recurso cuando nuestra, provisión de brandy se haya agotado; pero con la condición de ser parcos al servirnos de él, porque es una bebida que se sube fácilmente a la cabeza. Llevaremos un saquito de trulcas, si os parece, y haremos un ensayo en French-den. -Sí, sí, las llevaremos, repitieron todos a una. Y se pusieron a cogerlas, sin calcular lo difícil de la operación, a causa de los millares de espinas que defienden a dicha fruta; pero Baxter y Webb facilitaron la recolección haciendo caer gran cantidad de ellas en el suelo, dando ligeros golpes en las ramas. Más allá encontraron varios algarrobos, árbol muy común en las tierras próximas a la América del Sur. Las vainas de aquel vegetal dan también, por la fermentación, un licor muy fuerte. Esta vez, Service se abstuvo de probar nada, e hizo bien, porque aquella fruta azucarada produce en la boca una sequedad bastante penosa, no pudiéndose mascar impunemente sus semillas. Otro descubrimiento de no menor importancia se verificó por la tarde, un cuarto de milla antes de llegar a Auckland-hill. El aspecto del bosque se había modificado bastante; con el aire y el calor los vegetales se desarrollaban de un modo portentoso, los árboles desplegaban sus ramas a sesenta u ochenta pies de altura, cubiertos de nacientes hojas, y millares de pájaros de todos colores gorjeaban en ellas. Entre aquellos árboles se destacaba el haya antártica, que conserva en toda estación su tierno verdor, y un popo menos elevados, pero magníficos también, los winthers, cuya corteza tiene el mismo sabor que la canela, cosa que agradó mucho a Service. Gordon reconoció también, entre todos aquellos vegetales, el pernettia, árbol de té, que crece hasta en las más altas latitudes, y cuyas aromáticas hojas ofrecen en infusión, una habida muy saludable. -He aquí una cosa que podrá reemplazar nuestra provisión de té, dijo Gordon. Cojamos algunos puñados de hojas, y más tarde haremos acopio para el invierno. Eran las cuatro, poco más o menos, cuando nuestros exploradores llegaron casi al extremo Norte de Auckland-hill. Por aquel sitio, aunque el acantilado pareciese menos alto que en los alrededores de la gruta, era imposible ascender a él, pues las rocas estaban en sentido perpendicular; mas poco importaba eso, puesto que no se trataba sino de seguir su base, dirigiéndose hacia el río Zealand. Dos millas más allá oyeron el murmullo de un torrente que corría por un estrecho desfiladero, y que les fue fácil vadear. -Este debe ser el río que descubrimos en nuestra primera expedición al lago, dijo Doniphan. -¿El que tenía la calzada de piedras? preguntó Gordon. -El mismo, contestó Doniphan, y por este motivo le llamamos Dike-creek. -Pues bien, acampemos en su orilla derecha, repuso el americano. Son cerca de las cinco, y ya que tenemos que pasar todavía una noche al aire libre, más vale que sea aquí, al abrigo de estos árboles. Mañana por la noche espero que dormiremos en nuestras camas. Service se ocupó de la comida, para la que tenía en reserva la segunda avutarda: la asó y la sirvió a sus compañeros. ¡Asado, siempre asado! Pero hubiera sido una injusticia echárselo en cara a Service, que no tenía medios de variar la manera de guisar los alimentos. Mientras tanto se comía, Gordon y Baxter se habían internado otra vez en el bosque, buscando aquel nuevos arbustos y plantas, y éste la ocasión de utilizar su lazo y sus bolas, aunque no fuese más que para poner término a las burlas de Doniphan. Ambos habían anclado apenas un centenar de pasos en la espesura, cuando Gordon, llamando a Baxter con una seña, le enseñó un grupo de animales retozando en la hierba. -¡Son cabras! dijo Baxter en voz baja. -O a lo menos se les parecen mucho, respondió el americano; procuremos cogerlas... -¿Vivas? -Sí, Baxter, vivas, repuso su compañero; es una felicidad que Doniphan no nos haya seguido, porque hubiera matado una, y las demás hubiesen huido. ¡Acerquémonos despacio, a fin de que no nos sientan llegar! Aquellos graciosos animales no se habían asustado aun. Sin embargo, una de aquellas cabras, madre sin duda, olfateaba el aire, pronta a marcharse con su rebaño a la primera señal de alarma. De repente, se dejó oír una especie de silbido, y las bolas acababan de escaparse de las manos de Baxter, distante unos veinte pasos del grupo de animales. Diestra y vigorosamente lanzadas, se enredaron alrededor del cuello de una cabra, mientras que las demás desaparecían entre los árboles. Gordon y Baxter corrieron hacia el rumiante, que procuraba desembarazarse de las bolas, y la ataron, imposibilitándole para huir; cogieron también, dos cabritos, que el instinto había detenido al lado de su madre. -¡Hurra! exclamó Baxter, embargado por la alegría. ¡Hurra! Pero, dime: ¿son cabras? -No, respondió Gordon. Me parece más bien que son vicuñas. -¿Y estos animales dan leche? -¡Ya lo creo! -Pues en ese caso, ¡vivan las vicuñas! Gordon no se equivocaba. Las vicuñas se parecen a las cabras, sólo que sus patas son más largas, su pelo corto y fino como la seda, y su cabeza pequeña y desprovista de cuernos. Estos animales frecuentan principalmente las Pampas de América, y también los terrenos del estrecho de Magallanes. Es fácil adivinar la acogida que sus compañeros harían a Baxter y al americano cuando volvieran al campamento, el uno tirando de la madre con las cuerdas de las bolas, y el otro con un cabrito debajo de cada brazo. Puesto que su madre les daba aun de mamar, era fácil criarlos sin demasiado trabajo, y ¡quién sabe si esto sería el núcleo de un futuro rebaño, muy conveniente para la colonia! Doniphan sintió mucho no haber podido tirar a alguna de aquellas piezas; pero tuvo que confesar que, para cogerlas vivas, las bolas valían más que las escopetas. Comieron, o más bien cenaron, alegremente. La vicuña, atada a un árbol, se puso a pacer, mientras sus pequeñuelos saltaban alrededor de ella. La noche no fue tan tranquila como lo había sido en la llanura de Sandy-desert. Esta parte del bosque era visitada por animales más temibles que los chacales, y cuyos gritos participaban a la vez del aullido y del ladrido. A las tres de la mañana la alarma fue grande, porque esta vez eran verdaderos rugidos los que se oían. Doniphan, de guardia al lado del fuego, con su escopeta en la mano, no había creído necesario todavía despertar a sus compañeros; pero aquellos rugidos se hicieron tan violentos, que Gordon y los demás es despertaron. -¡Qué sucede? preguntó Wilcox. -Debe de ser una manada de fieras que ronda por aquí, dijo Doniphan. -Serán jaguares o conguares, respondió el americano. -Unos y otros se parecen mucho. -No del todo, Doniphan; el conguar es menos peligroso que el jaguar. Pero cuando van en manadas, son carnívoros muy temibles. -Estamos prontos a recibirlos, replicó Doniphan. Y sin esperar respuesta, se puso a la defensiva, mientras sus compañeros se armaban con los revólveres. -No tiréis hasta que estéis muy seguros de dar en el blanco, aunque creo que la hoguera impedirá que esos animales se acerquen aquí... -¡No están lejos! exclamó Cross. En efecto, cerca debían andar, a juzgar por la inquietud de Phann, a quien detenía su amo con mucho trabajo. Pero la oscuridad no permitía distinguir absolutamente nada en el interior del bosque. Sin duda aquellas fieras tenían por costumbre venir a beber de noche en el arroyuelo, y encontrando el sitio ocupado, demostraban su desagrado por formidables rugidos. ¿Se contentarían con esto, o sería preciso rechazar una agresión cuyas consecuencias podían ser funestas? De repente, a unos veinte pasos, se divisaron bultos que se movían, y Doniphan disparó su arma, después de lo cual se oyeron rugidos más violentos. Los viajeros entonces, con los revólveres empuñados, estaban prontos a hacer fuego, si las fieras se precipitaban sobre el campamento. Baxter cogió una rama encendida, y la lanzó vigorosamente del lado en que no veían ya unos ojos relucientes como carbones encendidos. Un instante después, aquellos animales, uno de los cuales debió ser herido por Doniphan, abandonaron el sitio, perdiéndose en las profundidades del bosque. -¡Ya se marcharon! exclamó Cross. -¡Buen viaje! añadió Service. -¿Y no pueden volver? preguntó Cross. -No es probable, respondió Gordon; pero es prudente que velemos hasta que sea de día. Pusieron más leña en la hoguera, cuya viva llama fue alimentada hasta las primeras luces del alba, a cuya hora levantaron el campamento y se internaron en la espesura para ver si alguna de aquellas fieras había muerto del tiro. A unos veinte pasos el suelo estaba impregnado de sangre, y hubiera sido muy fácil encontrar a aquel animal, con la ayuda de Phann, si Gordon no hubiera juzgado inútil aventurarse en lo interior del bosque. Así es que no pudieron saber si aquellas fieras eran jaguares, conguares u otros carnívoros no menos peligrosos; pero lo importante era que todos estuviesen sanos y salvos. Puestos nuestros expedicionarios de nuevo en marcha a las seis de la mañana, no tenían tiempo que desperdiciar si querían recorrer en el día las nueva millas que a Dike-creek separaban de French-den. Service y Webb se encargaron de llevar las pequeñas vicuñas, y la madre no se hizo de rogar para seguir a Baxter, que la llevaba atada. El camino, al pie de Auckland-hill, era poco variado. A la izquierda se extendía, cual verde cortina formada por la frondosidad de los árboles, tan pronto apiñados hasta no ser fácil penetrar, como menos espesos y dejando algunos claros. A la derecha, una muralla perpendicular, cuya altura crecía a medida que oblicuaba al Sur. A las once almorzaron, y para no perder tiempo, comieron los fiambres que llevaban consigo, poniéndose en seguida en camino, andando con mucha rapidez, y parecía que nada vendría a retrasar su marcha, cuando a eso de las tres un tiro sonó debajo de los árboles. Doniphan, Webb y Cross, acompañados por Phann, se encontraban a un centenar de pasos más adelante; sus compañeros no podían verlos ya, pero oyeron estos gritos: -¡Alerta... compañeros, alerta! Estas voces tenían por objeto avisar a Gordon, a Wilcox, a Baxter y a Service para que estuviesen con cuidado. De repente un animal de gran talla apareció en la espesura. Baxter, que acababa de enarbolar el lazo, lo lanzó, después de haberle dado vueltas por encima de su cabeza; y lo hizo con tanta destreza, que el nudo corredizo de la larga correa se arrolló al cuello del cuadrúpedo, que procuraba en vano desembarazarse de él; mas como era en extremo vigoroso, hubiera arrastrado a Baxter, si Gordon, Wilcox y Service no hubiesen cogido el otro extremo del lazo, que ataron al tronco de un corpulento árbol. Casi en seguida, Webb y Cross salían del bosque, seguidos por Doniphan, que exclamó con tono de mal humor: -¡Maldito animal!... ¡No sé cómo he errado el tiro! -Baxter no ha errado, compañero, respondióle Service; y aquí le tenemos, vivo y muy vivo. -¡Qué importa, si tendremos que matarlo! replicó Doniphan. -¡Matarlo! repuso Gordon. ¡Matarlo, cuando tan a propósito nos viene para el tiro! -¡Esto! exclamó Service. -Es un guanaco, respondió Gordon, y estos animales se estiman mucho en las cuadras de la América del Sur. Por útil que pudiera ser ese guanaco, Doniphan sintió mucho no haberle matado; pero se guardó muy bien de dar a conocer su pensamiento, y se acercó para examinar de cerca aquella hermosa muestra de la fauna chairmaniana. Aunque la Historia natural clasifique al guanaco en la familia de los camellos, no se parece en nada al animal de este nombre, tan común, en el África Septentrional. El guanaco, con su largo cuello, su fina cabeza, aun piernas largas y delgadas, señal de agilidad, y su piel aleonada con manchas blancas, no era inferior a los más hermosos caballos de raza americana. Seguramente que podrían emplearle en rápidas carreras, amansándolo primero y amaestrándolo después, como se hace, según dicen, en las granjas de la Pampas argentinas. Además, este animal es bastante tímido, y cuando Baxter aflojó el nudo corredizo, que casi la estrangulaba, no dio señales de quererse escapar, y fue fácil conducirle atado con la cuerda del lazo, cual si fuese una brida. Decididamente aquella excursión al Norte de Family-Lake iba a ser provechosa para la colonia. El guanaco, la vicuña y sus cachorritos, el descubrimiento del árbol de té, de las trulcas y del algarrobo, merecían que se hiciera una buena acogida a Gordon, y sobre todo a Baxter, que no teniendo nada de vanidoso, como Doniphan, no se enorgullecía por sus triunfos. El americano estaba contentísimo viendo que el lazo y las bolas prestaban grandes servicios. Es verdad que Doniphan era un excelente tirador, con quien se podía contar; pero su destreza costaba siempre algunas cargas de pólvora y de plomo. Gordon se propuso alentar a sus compañeros para que se amaestrasen en el ejercicio en que Baxter era ya profesor, y cuyo ejercicio utilizan los indios con mucha ventaja. Según el mapa, quedaban aun cuatro millas que recorrer antes de llegar a French-den, y nuestros jóvenes se apresuraron para llegar antes del anochecer. No le faltaban ganas a Service de montar sobre el guanaco con el fin de hacer su entrada triunfal en aquella magnífica montura; pero Gordon no quiso permitirlo, por no estar amansado aun, cual convenía para servirse de él. -Supongo que cuando lo domestiquemos no nos dará muchas coces, dijo; y en el caso, poco probable, de que no quisiera dejarse montar, será preciso, por lo menos, que tire del carro. ¡Paciencia, pues, Service, y no olvides la lección que recibiste del avestruz! A las seis divisaron French-den. El pequeño Costar, que jugaba en Sport-terrace, dio la noticia de la llegada de sus compañeros. Briant, seguido de los demás, aceleró el paso hasta unirse con los que esperaban, quienes con alegres ¡hurras! acogieron la vuelta de los exploradores, después de algunos días de ausencia. XVI Inquietud de Briant por Santiago. - Construcción del cercado. -Azúcar de arce. -Exterminio de las zorras. -Nueva expedición a «Sloughi-bay» -El carro enganchado. -Matanza de focas. -Las fiestas de Navidad. -Hurras a Briant. Ninguna novedad habla ocurrido en French-den durante la ausencia de Gordon. El jefe de la pequeña colonia no tenía más que alabanzas para Briant, a quien los pequeños demostraban un sincero cariño; y si Doniphan no fuera de un natural tan altanero y envidioso, hubiera apreciado también sus buenas cualidades; mas por desgracia no sucedía así, y merced al ascendiente que ejercía sobre Wilcox, Webb y Cross, éstos hacían causa común con él cuando se trataba de contrariar al joven francés, tan diferente por carácter de sus compañeros anglo-sajones. Briant no se cuidaba de ello; cumplía con lo que consideraba su deber, sin preocuparse jamás de lo que se pensaba de su conducta. Su gran pesar era la actitud de su hermano, a quien había interrogado de nuevo, sin obtener más respuesta que ésta: -No... hermano... no. ¡No tengo nada! -¿No quieres confesarlo? le dijo. ¡Haces mal!... ¡Sería un gran consuelo para ti, lo mismo que para mí! ¡Cada día observo que estás más triste y más sombrío!... Vamos, soy tu hermano mayor, y tengo derecho a saber la causa de tu pena... ¿Qué falta has cometido? -Hermano, respondió por fin Santiago, como si no pudiese resistir a algún secreto remordimiento; lo que he hecho... tú tal vez... me lo perdonarías... pero los demás... -¡Los demás!... ¡Los demás!... exclamó Briant. ¿Qué quieres decir, Santiago? Las lágrimas corrieron por las mejillas del pobre niño; pero a pesar de la insistencia de su hermano, sólo dijo: -¡Más adelante lo sabrás todo!... ¡Más adelante!... Después de esta respuesta, puede comprenderse fácilmente cuál sería la inquietud de Briant. ¿Qué falta tan grave podía haber cometido Santiago? Eso es lo que quería saber, de cualquier modo que fuese; así es que cuando Gordon hubo de volver de su excursión, la habló de lo confesado a medias por su hermano, rogándole interviniera en el asunto. -¿Para qué? le respondió con mucha cordura el americano. Más vale dejar a Santiago que obre con entera libertad. Lo que ha hecho será alguna falta cuya importancia exagera. Esperemos, pues, a que espontáneamente se explique. Desde el inmediato día, 9 de Noviembre, los jóvenes colonos se pusieron a la faena, pues el trabajo no faltaba. En primer lugar, fue preciso atender a las reclamaciones de Mokó, cuya despensa empezaba a estar desprovista, no obstante que las redes, ballestas, lazos y trampas habían funcionado varias veces. En realidad, lo más urgente era caza mayor, y para obtenerla hacíase preciso construir trampas bastante fuertes con que coger vicuñas, pécaris y guaculis sin gastar pólvora ni plomo, y a esta operación consagraron todo el mes de Noviembre, que corresponde a Mayo en las latitudes del hemisferio septentrional. El guanaco, la vicuña y sus cachorritos habían sido instalados provisionalmente debajo de los árboles más cercanos a la gruta, y allí, atados con largas cuerdas, que les permitían moverse en cierto radio, pacían tranquilamente. Esto les bastaba durante el buen tiempo; pero como para el invierno sería necesario arreglarles un abrigo más conveniente, Gordon proyectó construir al pie de Auckland-hill, del lado del lago y junto a la puerta del hall, un establo con algún terreno alrededor a manera de corral, y cercado todo por una empalizada. Pusieron manos a la obra, y un verdadero taller se organizó bajo la dirección de Baxter. Era un gusto ver a aquellos muchachos manejar con más o menos destreza las herramientas de carpintería que habían encontrado en una caja a bordo del Sloughi. Si echaban a perder alguna cosa, no se descorazonaban por esto, y volvían a empezar de nuevo. Árboles de un grueso mediano, cortados a flor de tierra y despojados de su ramaje, sirvieron de pies derechos para formar la empalizada, de un espacio bastante grande para que una docena de animales pudiesen vivir allí con toda comodidad. Estos troncos, bien hundidos en el suelo y unidos por travesaños, eran suficientes para resistir al empuje de las fieras, caso de que tratasen de franquearlo o derribarlo. El establo, cuyo techo cubrieron con una lona embreada, fue construido con el maderamen de la obra muerta del buque, ahorrándose de casi todo el trabajo de aserrar unos cuantos árboles para proveerse de tablas. Una seca y espesa cama, un buen alimento de hierba, musgo y hojas de que se haría gran acopio, era todo cuanto se necesitaba para que los animales domésticos se conservasen en perfecto estado de salud. No hay para qué decir que hasta que el cercado se terminara, el guanaco y las vicuñas se recogían todas las noches en Store-room, por temor a los chacales, zorras y demás fieras que rondaban de noche, demasiado cerca de French- den. Garnett, y Service especialmente, encargados de cuidar esta cuadra, hallaron pronto su recompensa viendo que el guanaco y las vicuñas se amansaban cada día más. Verdad es que sus cuidados se aumentaron, porque el cercado no tardó mucho en recibir nuevos huéspedes, como fueron un segundo guanaco que se bahía dejado coger en una de las trampas del bosque, un par de vicuñas, macho y hembra, de que se apoderó Baxter con ayuda de Wilcox, que empezaba también a manejar perfectamente las bolas, y un ñandú que Phann cogió a la carrera. Gran alegría recibió Service al ver llegar al avestruz, recordando sin duda al primero que cazaron; pero bien pronto se convenció de que con este animal alcanzaría lo que con el otro; esto es, gastar la paciencia, sin conseguir domesticarlo. Mientras Garnett y Service, como acabamos de decir, se ocupaban del cuidado de los animales, Wilcox y algunos de sus compañeros no dejaban de preparar trampita y lazos, que iban a mirar todos los días. Iverson y Jenkins, pequeños ambos, tuvieron también su parte de atenciones serias, pues cuidaban con mucho esmero un corral que encerraba algunas avutardas, faisanes, pintadas y tinamous que se habían cogido con lazos. Como se ve, Mokó tenia ahora a su disposición, no sólo la leche de las vicuñas, sino también huevos de las aves del corral, y de seguro que hubiera preparado alguna vez cualquier plato de dulce si Gordon no le hubiera recomendado que economizara el azúcar; así es que únicamente los domingos y algún que otro día de fiesta se veía en la mesa un plato extraordinario, con gran contento de Dole y Costar, que se regalaban a boca llena. Pero si no era fácil fabricar azúcar, ¿sería posible hallar alguna sustancia que hiciera sus veces? Estudiando sus Robinsones, decía Service que no había más que buscar, y que se hallaría, pues así lo había aprendido en ellos. Gordon buscó, pues, y concluyó por descubrir en medio de los matorrales de Traps-woods, un grupo de árboles que tres meses más tarde, en los primeros días de otoño, se cubrirían de un follaje de color de púrpura, ofreciendo a la vista un hermoso efecto. -Son arces, dijo; árboles que dan azúcar. -¡Árboles de azúcar! exclamó Costar. -No, goloso, respondió Gordon. He dicho que dan azúcar. No te relamas, pues. Este era uno de los más importantes descubrimientos que los jóvenes colonos habían hecho desde su instalación en la gruta. Practicando una incisión en el tronco de esos arces, Gordon obtuvo un líquido producido por la condensación de la savia, que, solidificándose, daba una materia azucarada. Aunque inferior en calidad sacarina a lo jugos de la caña y de la remolacha, esa sustancia no era menos preciosa para las necesidades de la cocina, y mejor, en todo caso, que los productos similares que se sacan de los abedules en la primavera. Teniendo azúcar, no tardaron en fabricar licor. Por consejo de Gordon, Mokó ensayó tratar por la fermentación los frutos del trulca y del algarrobo. Después de haberlos machacado en una cuba, valiéndose de una pesada maza de madera, tuvo el gusto de ver que dieron un caldo, cuyo sabor le hizo conocer que hubiera bastado para endulzar las bebidas calientes a falta del azúcar de arce. En cuanto a las hojas cogidas del árbol de té, les pareció que eran casi tan buenas como las de la odorífera planta china; así es que en sus excursiones por el bosque no dejaron de hacer abundante acopio de aquellas salutíferas hojas. Como se ve, la isla Chairman abastecía a sus habitantes, si no de lo superfluo, a lo menos de lo necesario para la vida. Lo que les faltaba, con gran pesar suyo, eran legumbres frescas y verduras, teniendo que contentarse con las que estaban en conserva, y que Gordon economizaba lo que podía. Briant procuró cultivar aquellas batatas, vueltas al estado silvestre, que el náufrago francés había sembrado al pie del acantilado; pero su ensayo no dio resultado satisfactorio. Felizmente, el apio, según se recordará, crecía en abundancia en las orillas del lago; y no habiendo razón, por lo tanto, para economizarlo, hacía las veces de las verduras, sin que por eso perdieran la esperanza de hallar con qué reemplazarlo en alguna de sus excursiones por el campo. Las redes tendidas durante el invierno en la orilla izquierda del río, habían sido transformadas para la caza en la estación cálida, y muchas perdices y otros pájaros se dejaron prender en ellas. Doniphan tenía muchas ganas de explorar la vasta región de South-moors, al otro lado del río Zealand, mas no se atrevió a aventurarse a través de aquellos inmensos pantanos, cubiertos en gran parte por las aguas del lago, mezcladas con las del mar en la época de las crecidas. Wilcox y Webb cogieron cierto número de agutis tan grandes como liebres, cuya carne blancuzca y algo seca, es intermedia entre la del conejo y la del puerco. Hubiera sido muy difícil cogerlos a la carrera, aun con la ayuda de Phann; pero cuando estos animales se hallan en su madriguera, basta silbar suavemente para traerlos al orificio y apoderarse de ellos. Diferentes veces nuestros jóvenes cazaron también algunas mofetas, glotones grises y zorrillos, parecidos a las martas por su hermosa piel negra rayada de blanco, si bien tienen la contra de que exhalan un olor fétido. -¿Cómo pueden sufrir ellos mismos el hedor que despiden? preguntó Iverson. -¡Ya lo creo! ¡Por la costumbre! respondió Service. El lago, poblado de una infinidad de peces, les daba, entre otros, hermosas truchas; pero tenían también el defecto de conservar, a pesar de la cocción y del condimento, un gusto a cieno nada agradable. Es verdad que podían recurrir a la pesca, en Sloughi-bay, de aquellas ricas merluzas que se refugiaban a millares entre las algas y los fucus, y luego, cuando llegara la época en que los salmones remontan el río Zealand, Mokó procuraría hacer un buen acopio de este pescado, que, conservado en salmuera, aseguraría un buen alimento para el invierno. Por una indicación de Gordon, que se valía de todos los medios para escatimar las municiones, Baxter se ocupó en fabricar algunos arcos de flexibles ramas de fresno y flechas de caña con un clavo en su remate, lo que permitió a Wilcox y a Cross, los mejores tiradores de la colonia después de Doniphan, matar de vez en cuando alguna caza menuda. Sin embargo, por más opuesto que era Gordon, según hemos dicho, a que se gastase la pólvora, se presentó una circunstancia que la obligó a apartarse de su habitual propósito. Un día, era el 7 de Diciembre, Doniphan le llamó aparte y le dijo: -Estamos intestados de chacales y zorras. Vienen a manadas durante la noche, destruyen los lazos y se comen la caza que allí encuentran. ¡Es menester acabar con ellos de una vez.! -¿No se pueden poner trampas? dijo Gordon, que comprendía demasiado bien lo que su compañero quería. -¡Trampas!... respondió Doniphan, que ni había perdido nada de su desdén para aquellos artefactos de caza. ¡Trampas! Si se tratara solamente de los chacales, son bastante estúpidos y se dejan coger en ellas algunas veces; pero las zorras son muy diferentes; en gran manera astutas, desconfían, a pesar de todas las precauciones que toma Wilcox, y el mejor día nos encontraremos con que en nuestro corral y cercado no quedará una ave. -Pues bien, ya que es necesario, respondió Gordon, concedo algunas docenas de cartuchos; pero procurad no desperdiciar los tiros. -Está bien, cuenta con ello, Gordon. La próxima noche nos pondremos en acecho al paso de estos animales, y haremos tal matanza, que no los volveremos a ver en mucho tiempo. Esa destrucción era, en efecto, urgente. Las zorras de aquellas regiones, en particular las de América del Sur, son, según parece, más ladinas aun que las de Europa, pues hacen grandes estragos en los alrededores de las haciendas, teniendo bastante inteligencia para cortar las tiras de cuero con que amarran los caballos a las reses en los pastos. Llegada la noche, Doniphan, Briant, Wilcox, Baxter, Webb, Cross y Service fueron a apostarse en los alrededores de un covert, nombre que se da en el Reino Unido a unos anchos espacios de terrenos, salpicados de breñas y zarzales. Este covert estaba situado cerca de Traps-woods, por el lado del lago. Phann no era de la partida, porque hubiera perjudicado más bien que ayudado en aquella emboscada, toda vez que no se trataba de seguir una pista. Además, las zorras no dejan ninguna emanación a su paso, y por eso, los mejores perros no encuentran su huella. Eran las once cuando Doniphan y sus compañeros se pusieron en acecho. La noche estaba muy oscura, y ni el más ligero soplo de la brisa turbaba el silencio que reinaba en el bosque, permitiendo oír el paso de las zorras por la seca hierba. Un poco antes de las doce, Doniphan notó la aproximación de una manada de aquellos animales, que atravesaban el covert para ir a beber al lago. Los cazadores esperaron, no sin impaciencia, que hubiera unos veinte reunidos, lo que necesitó algún tiempo, porque avanzaban con mucha circunspección, como si hubieran adivinado que les tendían alguna emboscada.. De repente, a una señal de Doniphan, varios tiros se oyeron, dando todos en el blanco, pues cinco o seis zorras rodaron por el suelo, mientras que las demás, huyendo, se escabullían por derecha e izquierda; pero casi todas iban mortalmente heridas. Al amanecer se encontraron diez de estos animales tendidos entre los matorrales; y como la matanza duró tres noches seguidas, la pequeña colonia se libró de aquellas peligrosas visitas que amenazaban la vida de los habitantes del cercado, y además proporcionó a los muchachos unas cincuenta hermosas pieles de un gris plateado, que, destinadas a alfombras o a abrigos, podían prestarles gran servicio. El 15 de diciembre se verificó una gran expedición a la bahía Sloughi; y como el tiempo no podía ser mejor, Gordon decidió que todos formasen parte de ella, cosa que celebraron los niños con gran alegría. Saliendo al amanecer, era probable que estuvieran de vuelta antes de la noche; pero si sobreviniera algún percance que los retrasara, ningún inconveniente había en que acamparan debajo de los árboles. Esta expedición tenía por principal objeto cazar las focas que en la época de los fríos frecuentaban el litoral de Wrech-coast para utilizar su aceite; porque como las grasas y líquidos combustibles para alumbrado se consumieron en grandes cantidades durante las largas noches de invierno, estaban ya a punto de faltar, no quedando de las velas que habían hallado fabricadas por el náufrago francés, más que dos o tres docenas; así es que urgía aprovisionarse de ellas, y eso preocupaba mucho al previsor Gordon. Mokó había conservado, es verdad, alguna grasa de los rumiantes, roedores y animales de toda clase; pero como no era mucha, se consumiría muy pronto con el gasto diario. ¿No sería posible obviar este inconveniente con alguna sustancia que diera la naturaleza, preparada ya, o sin preparación? A falta de aceite vegetal, ¿no podría la pequeña colonia suministrarse aceites animales? Era seguro que así sucedería si llegaban a matar cierto número de aquellas focas que venían a solazarse en el banco de arrecifes de Sloughi-bay durante el verano; pero era menester apresurarse, porque estos anfibios no tardarían en buscar las aguas más al Sur, en los parajes del Océano austral. Como se ve, la proyectada expedición tenía una gran importancia, y los preparativos se hicieron de modo que diera felices resultados. Hacía algún tiempo que Service y Garnett se habían aplicado, con regular éxito, a enganchar a los dos guanacos para amaestrarlos en el tiro, a cuyo efecto Baxter había fabricado unas cabezadas jaquimas, urdiendo filamentos vegetales con tirillas cortadas de pedazos de lona; y si aun no se les podía montar, ya era posible, por lo menos, dedicarlos al arrastre del carro, que, como se recordará, habían, aunque toscamente construido. El vehículo fue cargado con municiones, provisiones de boca y diversos utensilios, entre otros una ancha vasija y media docena de barriles vacíos, que volverían llenos de aceite de foca, pues más valía despedazar aquellos animales al lado del mar que llevarlos a